
Del sentimiento trágico de la vida
Unamuno parte de una decisión que lo cambia todo: no le interesa el hombre abstracto de los filósofos, sino el de carne y hueso, el que nace, sufre y se muere. De ahí sale el problema que recorre los once capítulos y la conclusión, escritos en Salamanca y recogidos en volumen en 1913: el hambre de inmortalidad, esas ganas de no acabarse que ninguna razón consigue justificar y que ninguna razón consigue apagar tampoco. El libro no resuelve la contradicción, la habita. Discute con teólogos y con filósofos, se detiene en el catolicismo, en la fe, en la esperanza, en lo que hacemos con la certeza de la muerte, y termina volviendo a don Quijote. Uno lo sigue como quien oye pensar en voz alta, con desvíos, repeticiones y una vehemencia que no disimula. Exige atención, pero no erudición previa.










