El Arquitecto
Epílogo
Sóstratos de Knidos, el arquitecto más notable quizá de todos los tiempos, superior para muchos a Vitrubio o Apolodoro de Damasco, vivió hasta su muerte en Alejandría. Falleció a los sesenta y cinco años, diez después de que su mujer legítima abandonara Egipto. Sus exequias fueron un acontecimiento que congregó a más gente que los funerales de Ptolomeo II Filadelfo. Fue enterrado en un mausoleo que se habilitó en el islote de Pharos, hoy desaparecido, casi al pie de la torre que lo inmortalizó.
Pitia y Apolonio se establecieron en Lindos, antiguo lugar de la isla de Rodas. Compraron una casa en la acrópolis a la sombra del templo de Hera, frente a la aldea de Harakis, de albo e inmaculado caserío a orillas del mar pródigo. Treinta años vivieron en la isla como esposos. A los ochenta de edad, en el 215 antes de Cristo, murieron casi al tiempo: ella primero y, pocas fechas más tarde, el poeta. Solo salieron de la isla en una ocasión: cuando fueron a Siracusa a visitar a Arquímedes. En Rodas Apolonio reescribió su poema Argonáuticas, que ganó fama y reconocimiento, y decenas de poemas amatorios dedicados a su musa.
El faro de Alejandría conoció diversos avatares a lo largo de la historia. En el siglo IV de nuestra era, a consecuencia de un terremoto, sufrió importantes daños. Al final del Imperio romano gran parte de lo derruido fue arrojado al mar para proteger el puerto de la ciudad, haciendo de escollera. Los árabes, tras conquistar Egipto, continuaron utilizando el faro como luminaria para la navegación hasta el siglo IX. Se cuenta que un emperador de Bizancio, para dificultar la navegación por la zona y evitar la competencia comercial a Constantinopla, decidió destruirlo. Careciendo de fuerza militar para enfrentarse al califa Al-Walid, dueño de Alejandría, resolvió utilizar la astucia. Envió a un emisario con la consigna de hacer creer al mandatario islamita que había un gran tesoro, el tesoro de Alejandro Magno, enterrado en la base rocosa de la torre. Al-Walid ordenó su demolición hasta que, advertido del engaño por un alto funcionario desertor del Imperio bizantino, hizo suspender la tarea destructora cuando ya se había consumado la mayor parte. Sea o no cierta la historia, el cronista árabe Ibn Batuta escribía en 1349 que el gran faro se hallaba prácticamente en ruinas. En 1477 el sultán Ashruf Qaitbey mandó que se utilizaran sus restos para construir una fortaleza que defendiera el puerto de ataques venecianos y bizantinos. Un terremoto por aquellos años culminó la destrucción del faro e hizo desaparecer cualquier vestigio de la gran torre luminaria que levantara Sóstratos de Knidos.
Para su redescubrimiento habría que esperar hasta la década de los sesenta del pasado siglo, cuando un submarinista egipcio encuentra restos de estatuas y placas marmóreas junto al gran puerto de Alejandría. En 1968 el arqueólogo británico Honor Frost realiza un estudio preliminar para calcular la viabilidad de recuperación de restos en la zona por encargo de un coleccionista privado, pero nunca se llevó a la práctica, pues el gobierno egipcio declaró las aguas que rodean Alejandría y el Delta como estratégicas y de uso militar. El Centro de Estudios Alejandrinos, dependiente de El Cairo, hizo tímidas averiguaciones submarinas en 1990 con pobres resultados. A partir de 1992, y patrocinado por la Hilti Foundation, el arqueólogo francés Franck Goddio inició en la bahía de Abukir y frente al viejo Mégas Limén unas exploraciones subacuáticas que pronto darían fruto. Merced a ellas se han recuperado de los fondos marinos más de quinientos objetos arqueológicos que muestran cómo eran los puertos alejandrinos, el gran faro y las ciudades de Alejandría, Heraclion, Naucratis y Canopo, devoradas en parte por las aguas. Gracias a la ímproba labor de Goddio y de su equipo de investigadores y arqueólogos, hoy pueden admirarse estatuas colosales, entre ellas una en esquisto rosa de Arsínoe II, estelas de diferentes faraones, naos de distintos dioses, joyas, monedas, mesas de ofrendas y objetos de uso diario que nos trasportan con la imaginación a aquella Alejandría, la mítica ciudad que hace dos mil trescientos años soñó un «magno» guerrero poniéndole su nombre y en la que un arquitecto genial edificó la que fuera durante muchos siglos una de las más rutilantes maravillas del mundo antiguo: el primer faro.
Terminaste El Arquitecto
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