El Arquitecto
Capítulo 2
2
Atenas, 30 de bedromion de 285 antes de Cristo.
Galbalkian, el boxeador armenio, era más aparente y macizo que Acteas, el púgil de la Tesalia, pero también de movimientos menos ágiles. El griego, recio y escurridizo, golpeaba a su rival en tórax y abdomen mientras su contrario trataba de derrumbarlo a puñetazos en el rostro. La emoción era máxima en el ágora, gran plaza de la Atenas vieja donde se celebraba la pelea, cruzándose apuestas cada vez más altas. Quince filas de espectadores vocingleros y gesticulantes animaban a sus respectivos candidatos al triunfo. Los contendientes, con las pieles brillantes por el sudor y hediendo a grasa de caballo, se atizaban con creciente saña. Era el último de los tres asaltos pactados del combate y en él se dilucidaba el resultado. La expectación se extendía a los clientes del vecino mercado, pendientes de la pelea con un ojo mientras con el otro vigilaban el peso de sus compras. Acteas impactó el puño en el pecho de su rival dejándolo sin aire y el armenio respondió con un golpe directo al mentón del griego que lo derrumbó en tierra. Era la segunda caída del tesalónico y el árbitro interrumpió la lid proclamando vencedor a Galbalkian. Hubo un murmullo al que siguieron aplausos y abucheos. Los asistentes cobraron o pagaron sus apuestas y se desperdigaron por las callejas del mercado de vuelta a sus hogares tras cumplir sus encargos. Sóstratos y Eutícrates, ganadores de medio siclo de plata, buscaron una taberna famosa por despachar el mejor vino de Eubea.
—Es la primera vez que veo una pelea a puñetazos —dijo Sóstratos.
Con solo quince años era ya un hombre hecho. Alto, delgado, musculoso, sus facciones se habían perfilado, endureciéndose, y la agresiva nuez paseaba por su cuello un atractivo viril que desquiciaba ya a las féminas. Vestía una elegante túnica de hilo egipcio adornada con fíbula de plata y piedras finas. Tras su regreso de Babilonia por Petra y Jerusalén, pasó en Knidos tres días, los justos para liar los bártulos, despedirse de su madre y verse con Sinesia, a punto de dar a luz. Nadie se escandalizaba por el embarazo de una esclava, pues los amos se solazan con sus siervas desde que el mundo es mundo.
—El pugilismo es afición de Esparta que ha calado aquí —aseguró Eutícrates.
El acompañante de Sóstratos tenía su misma edad. Era todavía más alto que él, igual de fuerte y elegante, pero más claro de piel. Procedía de Macedonia. Su padre, Eutíquides de Sición, era profesor en la academia de arquitectura que dirigía Praxíteles y en la que se formaban ambos. Eutícrates, lo mismo que el de Knidos, llevaba el pelo largo resuelto en bucles y recogido en una trenza para cumplir las normas policiales académicas, muy estrictas con el aseo de los alumnos.
—¿Cuándo será la próxima pelea? —preguntó Sóstratos.
—Hay combates todos los días de Venus, al caer el sol.
—Si sigues acertando en tus pronósticos, pasaremos el año sin agobios económicos.
—Conozco bien a los púgiles —aseguró Eutícrates—. Se entrenan en una palestra cercana a nuestra academia. Galbalkian es uno de los mejores y nunca perdí mi dinero apostando por él.
—Vi que llevaban las manos vendadas —apuntó el de Knidos.
—Son tiras de lienzo empapadas en resina para que no deslicen por la piel en el momento del impacto. El pugilismo tiene sus normas.
—Lo imagino. El director del combate lo paró cuando vio a Acteas en el suelo.
—Era la segunda caída —dijo el macedonio—. Los combates se pactan a tres asaltos y a dos caídas para evitar lesiones en los púgiles o incluso su muerte, como ocurría a veces en Esparta. Allí se permitía todo: se podía golpear en todo el cuerpo y las contiendas eran sin límite de asaltos. Terminaban cuando uno de los luchadores se derrumbaba muerto o sin sentido.
—Era inhumano.
—Por eso lo prohibió la autoridad ateniense en tiempos de Platón. Aquí no se puede utilizar la cabeza para ofender al otro ni golpear por debajo de la cintura, en los testículos. Por ello los combatientes llevan un cíngulo amarrando el calzón, cada uno de un color distintivo propio del púgil. Si alguno incumple las normas, el árbitro para el combate y lo descalifica.
La taberna se había ido llenando. El ambiente era denso por el calor y el olor a humanidad. Hombres y mujeres bebían vino o mojaban en él tortas o maza. Muchos tomaban kykeón, una pócima mezcla de vino y sémola de cebada con hierbas aromáticas. Una desgreñada taumaturga leía las rayas de la mano a un soldado en la mesa contigua. Dos prostitutas se acercaron a la mesa de los estudiantes. Eran pendejas, desechos de tienta mustios y acabados. Iban pintarrajeadas, con exómidas que descubrían ambos hombros y mostraban casi por completo los ajados senos. Se habían depilado las cejas, sustituidas por una fina línea de color violeta.
—Estoy sedienta —dijo la más descarada—. ¿No habrá un amante de Zeus que me invite a una copa?
—Nosotros no usamos plata y las últimas monedas de cobre se nos fueron en pagar las nuestras —dijo Eutícrates.
—Mentirosos…
—El mejor remedio contra la sed es el agua. Y en el ágora hay fuentes — intervino ingenioso Sóstratos.
—Sois muy graciosos —aseguró la otra.
—Tan solo realistas —dijo de nuevo Sóstratos—. Somos estudiantes. Disponemos de escasos dineros y nuestra intención es conservarlos.
—Miramos por lo nuestro lo mismo que vosotras —dijo Eutícrates—. ¿O es que usáis vuestro instrumento de trabajo en plan filántropo?
—Desde luego cobramos —dijo la que parecía más curtida—, pero para un par de efebos tan apuestos siempre habría buen precio.
—El caso es que no nos tiran las mujeres —dijo Sóstratos tomando de una mano a su amigo.
—Acabáramos… Haber empezado por ahí, menguados sodomitas —dijo una de las furcias antes de escupir en el suelo y proseguir su búsqueda.
Quedaron en silencio antes de prorrumpir en ruidosas carcajadas en cuanto se alejaron las golfas. Apuraron el vino.
—Quizá debiéramos volver a la academia —dijo Eutícrates—. Debe pasar de la hora nona y no quiero exponerme a la furia de Eukas.
* * *
La academia de arquitectura de Praxíteles vivía tristes momentos. Su fundador, el autor de la Venus de Knidos, del Apolo sauróctono y la inmortal Deméter, agonizaba rodeado de su familia, profesores y alumnos. Sóstratos solo disfrutó de su docencia tres semanas. El escultor y arquitecto ateniense, de sesenta y cinco años, que padecía de plétora ascítica, se apagó como la candela a la que falta aceite en apenas dos días. Al menos cruzó sin sufrimiento la laguna Estigia. Su entierro fue un acontecimiento en Atenas sin parangón desde la muerte de Platón, hacía setenta años. Hubo ciertos momentos de tensión cuando Friné, la amante del escultor, una bella cortesana de unos cuarenta años, se acercó al féretro para dar su último adiós al fallecido en presencia de su esposa legítima. Se sabía que la hermosa ramera había posado para el escultor en muchas de sus obras y se suponía que su cuerpo era el modelo que reflejó Praxíteles en su Venus de Knidos. Y en verdad que, a pesar de su edad, aquella diosa lúbrica encandilaba a cualquier varón de más de doce años. Fue el caso de Sóstratos y Eutícrates, quienes, con disimulo y mirando al futuro, intentaron enterarse de las señas del prostíbulo que regentaba. El diácodo de la ciudad decretó tres jornadas de luto, los comercios cerraron y las mujeres jóvenes raparon sus cabellos y se los ofrecieron a los dioses. Eufranor, el arquitecto-escultor designado sucesor de Praxíteles, dispuso su inhumación en una urna de mármol finamente labrada con escenas míticas, que, tras ser sellada con soldadura de plomo, quedó expuesta en el templo de Palas Atenea de la acrópolis.
Una semana duró el duelo académico. Los más de treinta alumnos se dedicaron a holgar o, los más inquietos como Sóstratos, a indagar en los muchos e interesantes monumentos que adornaban la ciudad. El de Knidos dedicó aquel tiempo a estudiar el Partenón, el templo más grande del orbe conocido, levantado por Fidias hacía ciento sesenta años bajo planos del arquitecto Ictinos. Totalmente construido en mármol rosado del Pentélico, períptero de estilo dórico, de ocho enormes columnas en los frentes y diecisiete en los laterales, con una suntuosa decoración escultórica, el alevín de arquitecto jamás había visto nada más bello y perfecto. Se dedicó a examinar las columnas una a una, los triglifos, las metopas esculpidas con bajorrelieves, todas diferentes y de maestría inigualable, la cornisa chapeada y las gárgolas de mármol figurando cabezas de animales, tigres, leones y elefantes. El friso, de estilo jónico, situado en la parte superior del paramento exterior del muro, representando la procesión de la fiesta de las panateneas, lo mantuvo expectante dos mañanas. Paseó, mudo de asombro, alrededor del peristilo. Admiró despacio la cella y en ella la estatua crisoelefantina de Atenea Partenos, obra de Fidias. La diosa, erecta, majestuosa y serena, estaba representada con su égida, gorgona y casco. En la mano derecha sostenía una nike mientras que su escudo, en el que estaba enroscada la serpiente sagrada, se apoyaba en el costado izquierdo. Nunca había visto una cella tan grande. Supo que Fidias la quiso así para crear en torno a la deidad un espacio armonioso en el que destacara de la columnata interior de dos pisos que la rodeaba. El opistódomos, cerrado y cubierto con bóveda semiplana, contenía el tesoro de la diosa y los fondos del Estado.
Sóstratos fue al vecino Erecteion para admirar el Partenón desde una perspectiva adecuada. No entendía que de un templo rígido, en el que se imponía la rectitud de líneas, emanase tal armonía. Pronto descubrió la causa: Fidias corrigió tal rigidez lineal dotando a la construcción de determinadas curvas, imperceptibles a simple vista, que daban al templo la sensación de respirar, de tener vida. Así, la superficie del basamento sobre el que se elevaba la columnata no era horizontal: presentaba una curvatura que culminaba en el centro. Era una giba mínima, inapreciable, pero que daba al conjunto un toque espiritual, etéreo. También las columnas presentaban a media altura un ligero ensanchamiento o éntasis, y estaban algo inclinadas hacia el interior de modo que el templo no era paralelepípedo, sino piramidal. Estas sutilezas le hicieron cavilar, pues presuponían un cuidado extraordinario en la construcción: al ser diferente, cada piedra tenía que ser trabajada a medida, siendo la obra de un virtuoso del buril y el escoplo. Tras aquella semana luctuosa se reiniciaron las clases en la academia.
Se regía aquel centro del saber arquitectónico por normas más espartanas que atenienses. La formación de un arquitecto o escultor duraba un lustro. Los alumnos, varones de entre quince y veinte años, dormían en una sala comunal. Cada uno aportaba una cantidad mensual para cooperar en el mantenimiento del centro. La labor se iniciaba estrictamente al alba, con independencia del horario que marcase la clepsidra del vecino templo de Zeus Olímpico. Eukas, la temida encargada del orden, se ocupaba de levantar a los jóvenes cuando el primer rayo de sol, penetrando por los ventanales de vidrio esmerilado, quebraba la penumbra clorótica. Alta y seca, desabrida de modos, la gobernanta no tenía mal fondo, pero hallarlo era tan complicado como asirse a un cardo borriquero. Exponerse a su furia no era recomendable, pues podía suponer una mengua en la ración de vino o la adjudicación de la tajada de cordero con más hueso. Aquella especie de hiena sin motear amaba despertar a los estudiantes tirando de la manta. Al pasar delante de cada catre despojaba al durmiente de su asidero y fuente de calor, dejando su desnudez expuesta al aire helado desde pyanopsion a thargelion. No se cortaba si encontraba debajo de las sábanas gruesos y erizados cipotes caballunos, pues es sabido que en el amanecer el falo de los jóvenes se engrosa y endurece tanto o más que la roca. Los durmientes, creyendo soñar, desnudos y descalzos, iban a congraciarse con el agua. Tenían lugar las abluciones en uno de los sótanos, junto a las calderas. Era un salón rectangular cuyo techo recorría una cañería plúmbea de la que pendían varias alcachofas de cobre por las que caía el agua hirviente. Tras frotarse los cuerpos con arcilla, terminaban de enjuagarse en el estanque, una pileta de mármol donde el agua se renovaba constantemente. Limpios y resplandecientes, los alumnos calzaban las sandalias, se cubrían con el himacio y hacían la primera colación: tortas de trigo a discreción, aceitunas aliñadas, almendras y un gran tazón de leche de cabra con su costra de nata a manera de opérculo.
Una mañana Sóstratos coincidió en el estanque con Giorgios, un estudiante de último curso de veinte años de edad, y pudo contemplar su desnudez. El joven era de mediana estatura, fibroso, de tez morena y ojos claros, con larga cabellera negriazul deshecha en tiernos bucles. Su cuerpo era perfecto, proporcionado, elástico. Se rozaron dentro del agua clara y fue una conmoción que el de Knidos no se acertó a explicar, un pálpito pudendo traducido en erección visible, tanta que tuvo que cubrirse con un paño de lino para ocultarla sin llamar la atención. No comentó con Eutícrates el caso. Con la mala conciencia de un cazador furtivo, procuró no coincidir más en la pileta con el hermoso joven. Lo evitaba también en las duchas. Su desazón terminó al acabar el curso, pues Giorgios se diplomó y desapareció. Temía y al tiempo deseaba verse en una ocasión similar, pero ningún otro mozo lo motivó hasta el extremo de producir en él emoción perceptible.
Las clases matinales, teóricas y prácticas, se sucedían durante cinco horas. Los futuros arquitectos recibían lecciones de matemáticas, cálculo, materiales, estructuras, dibujo y diseño. Las prácticas tenían lugar los días de Mercurio y eran al aire libre. Solían ser en el ágora o en la acrópolis, donde había sugestivos monumentos y obras de arte que copiar. Los alumnos no practicaban todos juntos, sino agrupados por cursos, siendo la dificultad de los dibujos creciente en los superiores. La segunda colación tenía lugar al mediodía y era más consistente: lentejas estofadas, pescado al horno, berzas asadas y torta de pan candeal con queso y aceite de oliva. Después de una hora de reposo posprandial, había dos más de ejercicios gimnásticos o lucha griega y, una vez por semana, equitación. El día lectivo terminaba con la clase de filosofía, obligatoria en Grecia para cualquier carrera. Era el momento de las discusiones sociológicas, políticas, éticas o metafísicas, en las que salían a relucir las distintas tendencias de los profesores. El jefe de estudios, Eutíquides de Sición, padre de Eutícrates, era abierto partidario de Epicuro; Eufranor, director de la academia, era platónico, y Cnemón de Corinto, el profesor de educación física, convencido aristotélico. A media tarde y hasta el tiempo de la cena, a la hora décima, el alumnado tenía tiempo libre. La cena no era obligatoria, pues podía faltarse justificándolo con tiempo, pero a la hora duodécima había que presentarse en la academia para pasar lista. Al inicio de la vigilia prima se apagaban las antorchas y era tiempo de sueño.
Las horas vespertinas de asueto eran el momento esperado del día. Acompañado de Eutícrates, Sóstratos amaba pasear por el ágora o ir al teatro dedicado a Dioniso, a los pies de la acrópolis. En la gran plaza solían escuchar las prédicas de Epicuro, el filósofo de Gargeta, de setenta y cuatro años a la sazón, que congregaba a su alrededor a una inmensa muchedumbre de oyentes o simples curiosos. A veces prendía la polémica y era el momento de disfrutar con la oratoria de cualquiera, de ver cómo repentizaba aquel labriego que, tras su vulgar apariencia de pastor de ovejas, encerraba un Demóstenes; o aquel otro, pescador del Pireo, quien, atufando a salazón de anchoas, exponía sus tesis con la gracia de Menandro o la astucia de Sócrates.
Epicuro, de modesta estatura, solía encaramarse a un pedestal de mármol para ser mejor visto y que su voz se escuchara por todos, pues no era precisamente potente y campanuda. Era de facciones marcadas, frente rugosa, nariz larga arqueada como pico de cuervo, pómulos llanos y barba tan rizada y blanca como su cabello, exiguo ya en los aladares. Educado en Samos, de padres pobres, se instaló en Atenas hasta la muerte de Alejandro Magno. Vuelto a la ciudad para hacer el servicio militar, estudió filosofía hasta los veintisiete años, cuando pasó a enseñar en Mitilene y por fin en la capital ática donde, en el 306, fundó su escuela, que denominó El Jardín.
Sóstratos gustaba de escuchar al filósofo. Encontraba acertadas sus teorías sobre la búsqueda de la felicidad a través del conocimiento de la naturaleza. Solo cinco años, justo lo que duró su formación académica, pudo disfrutar nuestro arquitecto en agraz de aquellas disquisiciones filosóficas, pues Epicuro sucumbió un desdichado día aquejado de mal de piedra. Una tarde se presentó en la tribuna del ágora su discípulo Hérmaco de Mitilene, quien afirmó con lágrimas en los ojos que su maestro, tras catorce días de crueles sufrimientos, había fallecido por retención de orina. En su testamento, que leyó, otorgaba la libertad a cuatro de sus esclavos.
En cuanto al teatro, acudían al menos una vez en semana, el día de Venus. Las representaciones teatrales eran diarias. Al ser subvencionadas por la autoridad municipal, el coliseo de Dionisos estaba siempre lleno. Cuando llovía o había vendaval se suspendían las representaciones. Eran más frecuentes las tragedias que las comedias. De los autores trágicos menudeaban las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides, y de los comediógrafos, las piezas de Menandro y Aristófanes. Más que por la pieza poética en sí, iban nuestros amigos al teatro por ver la maravilla de su construcción en la ladera de la acrópolis, los decorados, las máscaras de los actores, siempre hombres, los trajes, el perfecto ensamblaje de la piedra y el mármol. Parecía de verdad que el deus ex machina se hacía realidad en el escenario, que Apolo y Zeus bajaban desde el cielo hasta el proscenio para reencarnarse en el actor. Admiraban los elementos arquitectónicos fijos en los teatros que conocían: la orquestra, espacio semicircular dedicado a las evoluciones del coro y asiento de los músicos, la cávea para los espectadores, dividida en zonas radiales o kérkides, los diazómata o corredores circulares donde se sentaba el público, y el escenario, donde tenía lugar la representación. Detrás del escenario se situaba la escena, un gran telón que representaba normalmente la fachada de un jardín, monumento o palacio. En las primeras filas o diazómatas, en asientos especiales de mármol, se sentaban los cargos públicos, y entre ellos el sacerdote de Dionisos, en un trono decorado con motivos vegetales. Durante su aprendizaje arquitectónico Sóstratos se hizo un consumado conocedor del teatro griego.
El primer año de su carrera Sóstratos lo dedicó al estudio. Excepto los días de Venus y Saturno, que consagraba al descanso, la lectura o el teatro, el resto dibujaba incansable o hacía cálculos matemáticos. No hubo monumento o edificio notable en la ciudad que no plasmara en sus cientos de esbozos sobre el pergamino. En un respiro diario, que solía tomarse con Eutícrates, al caer el día recorría la parte vieja de la urbe, a los pies de la acrópolis. Ambos amigos amaban la belleza sencilla de sus callejas empedradas, limpias, el color del crepúsculo decorando las fachadas de las casas humildes, las flores en cientos de macetas y el especiado aroma de los guisos que las matronas hacían en plena vía pública. Solían recalar en un figón excavado en la roca, por detrás del teatro de Dionisos, donde daban buen vino y asaban en parrillas portátiles sardinas del Pireo, jibias y calamares. Por unas pocas monedas de cobre cenaban y se daban el lujo de prescindir de la comunal colación académica bajo los escrutadores ojos y los oídos vigilantes de Eukas.
—Ando desazonado —dijo una tarde Eutícrates—. Creo que necesito una mujer.
—A mí me ocurre algo parecido —aseguró Sóstratos—. Es como un hormiguillo que me sube por las piernas a la vista de una fémina apetitosa. Tengo agujetas en los antebrazos de tanto masturbarme. Deberíamos buscar un prostíbulo.
No encontraron nada adecuado en la ciudad por más que buscaron e indagaron. Iban a desistir cuando supieron por un condiscípulo que Eukas, la vieja bruja, había sido alcahueta hasta no hacía mucho. Se dirigieron a ella y expusieron su caso sin tapujos.
—El mejor lupanar de Atenas lo regenta Friné —dijo—. Es un lugar tranquilo y cómodo. Os lo aconsejo en cuanto a calidad, pero es caro. Conozco otro lugar en el Pireo, más barato.
¡Se habían olvidado de Friné!, la amante de Praxíteles. Recordaron su espléndida figura y, Sóstratos, relamiéndose, la escultural Venus de su ciudad natal. Pasaron por su ramería y, la propia cortesana, sabiendo que eran discípulos de su antiguo amante y protector, los atendió personalmente. Cuando supieron los precios se asustaron.
—Una dracma cuadrada de plata por hacerlo una vez… —dijo Eutícrates—. Es lo que me manda mi madre cada mes. Se sale de mi presupuesto.
—Miradlo de otra forma: hablamos de hora y media, sí, pero con jóvenes de belleza poco vista —aseguró Friné—. Y ese tiempo da mucho de sí. Un mozo vigoroso como vosotros puede gozar tres y hasta cuatro veces en hora y media teniendo cierta experiencia y si la hembra es adecuada. No encontraréis mejores mujeres que en mi casa, ni más limpias —sostuvo la golfa.
—Tal vez ahorrando tres meses pueda hacer frente al gasto —dijo Sóstratos.
—En noventa días puede hundirse el mundo. El placer de Eros hay que tomarlo cuando surge, pues el que se deja pasar se pierde para siempre —opinó la golfa—. Pero antes de seguir quisiera saber si tenéis práctica.
Ambos confesaron su bisoñez, fingida en el caso de Sóstratos.
—Iniciarse en el amor es más complicado en el varón que en la hembra — aseguró la meretriz—. Una primera vez baldía o infausta puede arruinar futuras cópulas. Confiad en mí. Me caéis bien. Os buscaré la pareja apropiada y os cobraré una dracma por los dos, sin límite de tiempo, con una condición: que no lo divulguéis.
Friné les asignó dos hermosas jóvenes tracias casi recién llegadas del Danubio, quienes, aleccionadas por la dueña, se esmeraron en su quehacer. Expertas en buscar el deleite a los hombres, no tardaron en hallarlo en ambos casos. Salieron los mozos del prostíbulo de distinto talante: elásticos, hambrientos y de muy buen humor, pero arruinados.
—Me gustó la experiencia, pero me temo que no podremos repetirla en algún tiempo —dijo Sóstratos.
—Descubierto el placer, tendremos que averiguar lo que hay en el Pireo si no queremos olvidarlo —respondió Eutícrates.
Tras lograr de Eukas la dirección, se encaminaron al prostíbulo del puerto ateniense un día festivo. Se hallaba en Microlímanos, una playa no muy alejada de las dársenas. Aquello era otra cosa: confusión de marineros y pescadores en la entrada, apestoso aroma a sudor rancio, furcias viejas y desastradas arracimadas en un salón brumoso y ambiente depravado amén de sórdido. Ninguna de aquellas putas semidesnudas, tiradas en divanes astrosos, valía el belo de cobre por el que se postulaban. Salieron de estampida y no volvieron más.
* * *
Sóstratos culminó con éxito su primer año académico. Al regresar a Knidos se enteró de que era padre de una hermosa niña que ya daba sus primeros pasos. De inmediato la prohijó ante el juez. Era vieja costumbre helena de las clases altas y la aristocracia dar nombre y apellidos a la descendencia habida con esclavas cuando la concepción había sido consentida. Sinesia recibió alborozada a su joven y al tiempo viejo amante. Lo que duró el verano se vieron en la gruta de la playa cada amanecer. Se bañaban desnudos, tomaban el sol sobre la arena y, por las noches, dormían juntos en la cama de él. Al regreso a Atenas la joven se hallaba embarazada nuevamente.
Aquel verano Sóstratos habló con su padre más que nunca.
—En Atenas surge a cada instante el nombre de Alejandro, ¿cómo era el macedonio? —preguntó una vez.
—Lo poco que sé de él me lo contó tu abuelo —explicó Dinócrates—. Para nosotros fue un héroe que consolidó la unión entre macedonios y griegos fomentada por su padre Filipo, fortaleció la democracia e hizo olvidar las veleidades tiránicas de Esparta tras su victoria en la contienda del Peloponeso de hace cien años. Pero nunca llueve a gusto de todos: para los seguidores de Zoroastro fue Alejandro el Maldito, destructor de Persépolis.
—No me refería a sus victorias o conquistas, sino a su persona.
—Debió ser un hombre apuesto. Sé que era heterócromo y ambiguo en sus gustos sexuales.
—¿Heterócromo?
—Tenía un ojo de color gris ceniza y otro del tono de la miel silvestre.
—Interesante. Entonces le gustaban tanto los hombres como las mujeres…
—Eso dicen.
Hubo un silencio críptico.
—Afirman que acudió al templo de Júpiter Amón para escuchar al famoso oráculo —dijo al fin Sóstratos—. ¿Es uno de los templos del Alto Nilo?
—No. Los antiguos egipcios adoraban a Júpiter Amón en diferentes templos, pero el oráculo se halla en el oasis de Siwa, en medio del desierto. Los que lo han visto hablan maravillas de aquel lugar, un paraíso en medio del arenal, un verdadero milagro de la naturaleza.
—¿Cómo se accede a él?
—La forma más normal es integrando una de las caravanas de beduinos que parten de Cirene o Alejandría. Está a diez o doce jornadas de aquellas capitales.
—¿Es verdad que los lágidas, la dinastía reinante en Alejandría, descienden de Alejandro?
—No es cierto. Los ptolomeos provienen de Lago y Arsínoe. Lago fue un noble macedonio y Arsínoe la amante más conocida de Filipo II. Ellos son los padres de Ptolomeo I. Te veo muy interesado en Alejandría.
—Me gustó la ciudad. La encontré apasionante.
* * *
Conocieron a Pitia y a Lavinia cursando el tercer año en la academia, presenciando una comedia de Aristófanes: Las avispas. Fue puro azar: en el teatro atestado, Sóstratos y Eutícrates coincidieron al lado de las jóvenes. Se veía a distancia que pertenecían a la mejor sociedad ateniense: vestidas con túnicas de lino, calzadas con sandalias de piel de gamuza, adornadas sus pecheras con fíbulas de oro y brillantes y alfileres de plata recogiendo sus moños, estaban perfumadas con arte. Más pendientes de ellas que de la función, perdieron muchos diálogos admirando sus cuidados pies y el color de sus uñas, púrpura las de Pitia, verde malaquita las de Lavinia. En el descanso las abordaron de palabra y, lo mismo que las cigüeñas negras, se emparejaron de manera espontánea. Pitia cayó mejor a Sóstratos —¿o fue a la inversa?— y Eutícrates se decantó sin dudar por Lavinia. Ambas eran poetisas, primas hermanas, y tenían la misma edad, quince años, tres menos que los hombres. A pesar del parentesco eran tan distintas como el fuego y la nieve. Pitia, una belleza mediterránea clásica, más alta de lo normal para una griega, frágil, recogida de senos, con los ojos muy negros, boca roja y la piel del tono del ámbar nacido en las orillas bálticas. Lavinia era más exuberante, blonda como el oro de Byblos, de iris tan verdes como el mar en las islas y la boca pequeña de labios protruidos y carnosos. Al acabar la representación las invitaron a una crátera de agua envinada en la taberna que solían frecuentar, por detrás de la acrópolis.
—No consigo identificar tu aroma —dijo Eutícrates.
—Se lo robé a mi madre —aseguró Lavinia—. Es una mezcla de narciso y mirra. Se la hace traer del Yemen, al fondo de la península arábiga.
—¿Y el tuyo? —preguntó a su pareja Sóstratos.
—Es mío propio, fabricado en exclusiva por mi perfumista del ágora. Contiene en determinadas proporciones ládano, jazmín y aloe.
Hubo un silencio con olores complejos, perfumistas orientales y mágicas recetas con aromas persas.
—Nunca os habíamos visto por Atenas —dijo Eutícrates.
—Estudiamos en un internado cercano y bajamos a la ciudad rara vez —habló por las dos Pitia—. Nuestros padres no nos permiten deambular por sus calles y plazas si no es debidamente acompañadas.
—Pues no vemos por aquí a nadie que os proteja —habló Sóstratos.
—Hemos sobornado a nuestros cancerberos para que nos vigilen desde lejos. Aunque no lo creáis, dos pares de ojos nos observaban en el teatro y lo hacen ahora —dijo esta vez Lavinia.
—Nos tomáis el pelo —dijo Eutícrates.
Sonrieron a la vez y los enloquecieron con su reír nítido y trasparente, sus miradas sedosas y la corona de sus dientes perfectos, níveos, como de leche. Parecían entenderse o compartir algún secreto. Sin motivo hilarante se morían de risa sin cesar, animándose una a otra si menguaba el jolgorio festivo.
—¿Qué os hace tanta gracia? —preguntó Eutícrates levemente amoscado—. Confío en que no os riais de nosotros…
—Os pedimos perdón —dijo Lavinia—. Jamás cometeríamos tal indelicadeza. Nos reímos de nuestros cuidadores. Son los mejores hombres bajo las estrellas, pero tan horrorosos que da grima mirarlos. Si lo hacéis con disimulo, en aquella esquina lo comprobaréis.
Girando el cuello con tacto divisaron sentados sobre toneles de vino a dos tipos estrafalarios, un punto siniestros, que vestían como esclavos. Negros como alquitrán derretido, no se apreciaban bien los rasgos de sus rostros. Charlaban entre sí sin dejar de acechar a sus protegidas. Eran los clásicos individuos que te encuentras de noche en descampado y no paras de correr sin volver la cabeza.
—Sois preciosas, pero no entiendo que tengáis necesidad de protección —dijo Sóstratos—. Atenas es ciudad muy tranquila.
—Gracias por el cumplido —dijo Pitia—. Es lo mismo que alegamos en casa, pero nuestros padres no opinan igual y nos tratan como si aún fuésemos niñas — añadió.
—¿Qué hace el tuyo? —preguntó Eutícrates.
—Es propietario en la isla de Eubea —respondió Lavinia.
—El mío vive del comercio, pero ama la pintura —dijo Pitia antes de que le preguntaran.
—¿Qué actividad comercial cultiva? —preguntó Sóstratos.
—Exporta oro y plata al Oriente e importa sedas y piedras preciosas. ¿Y vosotros, qué hacéis?
Los jóvenes hablaron de sí mismos y de sus estudios. Se extendían los cuatro en sus respectivos quehaceres cuando la campana de una clepsidra cercana hizo sonar la hora octava.
—No os asustéis —dijo Pitia— cuando Amruz y Ohruz, nuestros esclavos nubios, se acerquen a recogernos. No se os ocurra tocarnos cuando nos despidamos.
—¿Y eso? —preguntó Eutícrates.
—Tienen severas órdenes de nuestros padres de que nadie nos importune ni nos roce.
Aquellas moles negras cruzaron la calle en tres zancadas y se personaron delante de sus amas como osos de Transilvania que exigen su pitanza. Eran fuertes y grandes, tan altos como cedros. Sus manos de palmas amarillas, endurecidas del trabajo de decenios, parecían palas de tundir encurtidos. Podían dormir erguidos sobre sus pies deformes si se lo propusieran, tan grandes eran, de casi tanta eslora como un lanchón portuario. Uno tenía el labio leporino, mostrando al sonreír sus encías descarnadas, y el otro era tuerto de un ojo que llevaba ocluido con un parche. No hablaron. Solo trataron de mostrarse amables sonriendo y mostrando la albura inmaculada de sus dientes. Las dos muchachas se alzaron de sus asientos. Uno de los esclavos silbó y un carruaje de cortinas echadas, de tiro cuádruple, se acercó.
—Tenemos que irnos —anunció Lavinia—. Nos ha gustado conoceros.
—¿Podremos vernos otra vez? —preguntó Sóstratos.
—Quizá. Nos gustan las comedias… —dejó en el aire Pitia.
Subieron. Recordando el consejo, ni siquiera hicieron ademán de estrechar las manos de las chicas, gesto además reservado para una mayor intimidad. Amruz y Ohruz se instalaron en el pescante junto al cochero que, azuzando a los caballos, partió perdiéndose en la noche ateniense con su preciosa carga.
* * *
Tres meses tardaron en encontrar de nuevo a las muchachas. Vieron las principales tragedias de los más encumbrados autores y todas las comedias de Aristófanes. En una de Menandro, Epitrepontes, localizaron a Amruz y Ohruz encaramados al graderío alto, exhibiendo sus negras moles y la burda estameña de sus túnicas entre decenas de blancos himacios. Solo con ver la dirección de sus miradas ávidas descubrieron a Pitia y a Lavinia junto al proscenio, en el lugar más selecto del teatro de Dionisos. Estaban solas. Se acercaron al acabar la representación. De camino a la taberna se emparejaron como la primera vez.
—Somos ya expertos en Eurípides y distinguimos a lo lejos el estilo de Sófocles —dijo Sóstratos en tono de reproche—. Nos citasteis sutilmente en el teatro y nos disteis plantón…
—No hubo tal —sostuvo Pitia—. Tan solo afirmamos que nos gusta la comedia.
—La verdad es que nuestros padres nos prohibieron volver a ver teatro —dijo Lavinia.
—¿Por qué? —preguntó Eutícrates.
—Es cosa de nuestros negros. Debieron relatar nuestro encuentro anterior con vosotros, como contarán este.
—¿Acaso no podéis hablar con nadie? —se interesó Sóstratos.
—La otra vez fue más que hablar: estuvimos media tarde con dos desconocidos sin saber quiénes eran y lo que pretendían —dijo una de ellas—. En casa están furiosos.
—Somos dos inofensivos estudiantes… —aseguró el macedonio.
—Mi padre dice que el hombre inofensivo lo es si está maniatado con triple vuelta de soga o descansa en la tumba —dijo Lavinia.
—Opino igual que tu padre —intervino Eutícrates—, pero en este caso se equivoca. Nuestra intención es saber de vosotras y cortejaros hasta donde es decente —añadió.
—Nuestras familias quieren conoceros y cuanto antes —dijo Pitia—. De otra forma, no podremos hablaros.
El primer día de fiesta un carruaje los recogió en la academia y los llevó a una quinta de recreo en el camino a Sunion, junto al mar. La casa, grande, recién enjalbegada, de cúpulas redondas, se hallaba rodeada de un frondoso pinar que llegaba a la orilla del agua. Sóstratos y Eutícrates, de punta en blanco, conocieron a los padres de las mozas. Se bañaron con ellas en la playa desierta. Comieron pescado en una terraza que parecía sobrevolar el piélago. El padre de Lavinia, Andreas, era hermano de la madre de Pitia. Como suele ocurrir entre las clases acomodadas, ambas familias conocían o habían oído hablar de las de los estudiantes y tenían amigos comunes.
—Mi abuelo, Apeles, fue el pintor favorito de Alejandro el Grande —dijo Andreas dirigiéndose a Sóstratos—. Entre los recuerdos que conservo de él figuran varias cartas de tu abuelo Dinócrates de Rodas. Sé por ellas que coincidieron en Alejandría, la gran polis naciente, y trabajaron juntos.
Filippo, el padre de Pitia, había oído hablar de Eutíquides de Sicion, el padre de Eutícrates, pues había diseñado la casa de un hermano en Chalkis, la pequeña capital de Eubea. En menos de dos horas la sintonía era completa entre anfitriones e invitados. Las muchachas exultaban de gozo. Por la tarde recorrieron la finca, que era enorme, con estanques, riachuelos y un bosquecillo de magnolios. Les mostraron la jaula de los pájaros, de caña de bambú traído de China. Vieron allí azulejos, cucos, abejarucos, milanos, cárabos, neblíes y cuervos indostánicos. Estos, con el cuerpo azulado y picos amarillos, podían hablar. Decían palabras griegas sueltas y conocían los nombres de sus dueños. Era la primera vez que ambos amigos veían pájaros parlantes. Antes de despedirse pidieron permiso a Andreas y Filippo para hablar a sus hijas.
Con la tácita bendición de sus padres, ambas parejas iniciaron el noviazgo. Se veían una vez en semana y los días festivos, siempre vigilados por los esclavos nubios. Estos permitían algún arrumaco intrascendente, banales caricias o besos tangenciales, nada notable, pues siempre los tenían a la vista. Solo una vez en quince meses, tiempo que trascurrió hasta la finalización de sus estudios, lograron escabullirse de la vigilancia de sus guardianes. Fue la vez que visitaron el templo de Poseidón, en cabo Sunion. Era un domingo cálido de sgirophorion, de nubes bajas y cigarras cantoras. Seguidos en un carro por Amruz y Ohruz, habían cabalgado toda la mañana la ribera sarónica y, agotados, se bañaron a los pies del templo. Resultó una delicia el baño refrescante y un suplicio para ambos contemplar la silueta de los cuerpos de sus amadas a través de las mojadas túnicas. Se secaron al incierto sol mientras los criados preparaban babounis a la brasa. Después de la comida, que regaron con vino nuevo de Egina, Sóstratos propuso a Pitia ascender hasta el templo del dios de las aguas. Eutícrates dormía, apoyada la cabeza en el regazo de su novia, y los negros digerían el vino dando cabezadas. Treparon la ladera rocosa de la mano, despacio, bajo un sol que al fin lucía inclemente, con la brisa ondeándoles el pelo. Dejaron atrás el pequeño templo de Atenea Suníade. Pitia nunca estuvo más bella y deseable. La luz trasparentaba su túnica dejando imaginar lascivos humedales, senos de núbil y floridos vergeles. Llegaron a la cúspide. Rodearon el templo períptero, de orden dórico, con pronaos, doble columnata y opistódomos.
—¿Quién es el arquitecto de esta maravilla? —preguntó Pitia.
—No se sabe —respondió él—. Se supone, por su similitud, que el mismo que construyó el templo de Hefesto y Atenea en el ágora ateniense, y el de Ares en Acarna. Tiene doscientos años.
La panorámica desde aquella altura era fantástica: a la izquierda las islas de Makronissos y Kea, enfrente el islote de Jeorjios y a la derecha la inmensidad del golfo Sarónico con Egina al fondo. Los dos se estremecieron en un escalofrío compartido. Se besaron por primera vez con las bocas abiertas, aleando las salivas, sin urgencia. Pitia se dejó acariciar la cabellera undosa. Después, en una tibia compulsión de promontorios y hondonadas que encajan, se abrazaron hasta hacerse daño.
—Vamos dentro —dijo Sóstratos—. Te enseñaré el lugar donde se adora al dios.
El sancta sanctorum era un recinto estrecho y ténebre. En el centro, sobre una peana de pórfido rojizo apenas iluminada por un rayo de luz surgido desde el techo, se hallaba la figurilla votiva labrada en mármol blanco. Poseidón tenía la altura de un zagal. En su mano derecha sostenía el tridente que blande si se irrita o para hacer que se estremezca el mar.
—¿Quién domina sobre más seres vivos, Zeus o Poseidón? —preguntó ella.
—Imagino que Zeus —dijo él.
—Te equivocas: los humanos, las bestias y aves que pueblan tierra y cielo son menos que las infinitas criaturas que viven en las aguas. Entre otras cosas porque el mar es siete veces mayor que la tierra. Poseidón reina sobre innúmeros peces de mil clases, mamíferos marinos, las nereidas de argentados pies, las seductoras e incontables sirenas, el viejo y multiforme Proteo y sus millones de vasallos, sin contar con Anfítrite, su esposa, y su corte de náyades.
Había frente al dios un altar de negro esquisto egipcio. Tras besar a su novia otra vez e indagar con la lengua en pos de menhires de marfil, la tumbó encima de la piedra. Acariciaba ya sus pies y ascendía buscando con la boca la mágica hendidura cuando Pitia se alzó.
—Imagino que supondrás que soy doncella —dijo bailándole en los ojos la malicia—. Mis padres ofrecieron mi virtud a Ártemis, diosa de la virginidad y señora de los prados nunca hollados. Únicamente seré de aquel que me despose ante el altar de la fecundidad que postula Afrodita. Lo mismo que la diosa, adoro la lasciva paloma, que es mi ave, pero temo a las furias que habitan en el Hades si falto a mi promesa.
* * *
Sóstratos y Eutícrates se casaron el mismo día en el templo de Hefesto que, dedicado a Teseo, se encuentra en la colina de Colono Agóreo, junto al ágora vieja. Llenaban la nave y propileos las familias de los contrayentes y la aristocracia ateniense al completo encabezada por Eufranor, el regidor de la ciudad y gobernador del Ática. El sol lució radiante e hizo el calor que se supone en el estío heleno. Lavinia y Pitia, flacas y pálidas como novias el día de su boda, estaban a cual más deliciosa. Sendas túnicas de seda color sombra de hueso, recamadas de realce, envolvían sus recién cumplidos diecisiete años. Descalzas para cumplir la norma de Hera, diosa protectora del matrimonio, ornadas sus cabezas de coronas de nardos, enlazadas sus manos con las de sus esposos, recibieron la bendición del sumo sacerdote del templo de Atenea Partenos, en la acrópolis. Un acólito les ofertó sobre conchas marinas pan y sal, al modo griego. En el propileo aguardaba a los recién casados una lluvia de pétalos de iris, flor fecunda. Tras un ágape en casa de los padres de Lavinia, una acogedora mansión rodeada de jardín en la colina de las Musas, muy cercana a la acrópolis, las dos parejas se separaron para el viaje nupcial. Lavinia y Eutícrates partieron para Trípoli y Nauplion, en el Peloponeso, y Pitia y Sóstratos embarcaron en el Pireo hacia la isla de Lesbos.
En Mitilene, la capital de la bella isla espórada, vivía una tía de Pitia, hermana de su madre, que acogió a los recién casados durante el mes y medio que duró su estancia. Fueron cuarenta y cinco jornadas de giras campestres por la isla, baños marinos en calas escondidas y amor sabio. Al tiempo de recorrer la enigmática Lesbos de punta a punta, Sóstratos se aplicó a explorar la anatomía de su esposa. Lo hizo con calma numismática, desde la uña del adorable dedo chico de un pie hasta la coronilla. Visitó las crestas y vaguadas de su cuerpo, transitó por rectas arqueadas y curvas jeroglíficas, recorrió húmedos valles, cálidos secarrales y elevadas montañas. Se entretuvo mucho tiempo en sus senos, duros como el ónice negro, dulces como ambrosía, suaves como la piel de la garduña. No hubo rincón escondido, recoveco frenético o meandro sinuoso que no agasajara hasta saciarse. Bebió en el manantial donde surge la vida y descubrió el volcán que mana lava ardiente. Valiente y arriesgado, no lo amedrentaban los sabores acres ni el aroma venéreo. No permitía que nadie —ni siquiera Sofía, el aya de Pitia que la viera nacer y que los acompañaba en el viaje— se aproximara a su cuerpo. Él se encargaba de vestirla y desnudarla, de recortar y decorar sus veinte uñas, de almohazarle el cabello, pintar cejas, párpados y boca, bañarla, enjugarla, depilar el vello en donde sobra y perfumarla. Dormían siempre abrazados, desnudos, tan encajados como el tapón y el ánfora.
Escalaron la cumbre del Olympos, la mayor de la isla, recibieron en pleno rostro el agua de la lluvia, comieron cabeza de cordero y carne de tortuga en Ajiassos, al pie de la montaña, y probaron el postre de la isla: requesón endulzado con eraje silvestre. Pasaban los fines de semana en una casa que sus anfitriones poseían en Pamfylla, al lado del templo de Thermi, dedicado a Apolo. Era más un refugio escondido en la cala arriñonada de aguas verdes entre pinos cantores: la sala-comedor mirando al mar, una cocina chica, el dormitorio enorme y la letrina que desaguaba a un pozo negro. Era tal la soledad e hizo tanto calor que, las veces que fueron, estuvieron desnudos todo el tiempo. Se bañaban desde el amanecer, desayunaban mirándose los cuerpos con codicia y se amaban. Él pasaba la mañana diseñando un palacio para un rico hacendado ateniense y ella leía poesías amatorias de Sapphós. El segundo baño, poco antes de comer, era más largo. Nadaban hasta una roca plana al comienzo de la cala, entre delfines. El agua era tan clara que podían numerarse las piedrecillas del fondo, a cuatro varas, y tocarse los peces. Tomaban el sol, se zambullían de nuevo y acababan fornicando sobre la dura piedra. Comían pescado fresco, fruta, queso y huevos. Las tardes las pasaban paseando por la arena, leyendo o charlando. En las noches inquietas y salaces, salpicadas de grillos, repicaban los ecos del amor entre los arrecifes.
—¿Se sabe en qué lugar de la isla nació Sapphós? —preguntó una tarde Sóstratos.
El sol se ponía por detrás del cerro de Mystegna y dibujaba un crepúsculo en cien tonos magenta. El calor no cedía.
—Se supone que en Mitilene, pues su madre, Kleis, era de allí. Aunque bien pudo haber nacido en Eressos, en el otro extremo de Lesbos, de donde era oriundo Escamandrónimo, su padre.
—Es raro que viviendo en una isla tan alejada de Atenas se hiciese tan famosa.
—No siempre vivió aquí —aseguró Pitia—. Siendo muy niña, el dictador de Lesbos obligó a su familia a emigrar a Sicilia. Al cumplir veintiocho años regresó a la isla y fundó un internado para jóvenes en el que se enseñaba música, danza y poesía. Se hizo tan célebre que acudían alumnas de las islas vecinas y de Esmirna, ahí enfrente, en el Asia Menor. Sus epigramas, elegías, epitalamios y el celebérrimo himno a Afrodita son de aquella época.
—Se comenta que convivía con una de sus alumnas.
—Es muy probable —dijo Pitia—. La lírica de Sapphós parece inspirada por el afecto a sus discípulas. Lo encuentro lógico: estar todo el día rodeada de jóvenes bellezas debe atraer a una mujer.
—Te doy la razón —dijo Sóstratos—. Y, abundando en ello, me parece más razonable el amor entre dos mujeres que entre dos hombres.
—¿Por qué dices eso? Yo, aunque entiendo el amor homosexual, me parece extraviado en ambos casos. Sería incapaz de entregarme a una mujer.
—Las mujeres sois más sensibles que los hombres. Más sentimentales. Y la homosexualidad se da más entre gentes perceptivas y alterables. Ahí puede estar la causa.
—En cualquier caso, Sapphós sería bisexual, pues casó con Cércilas y tuvo una hija con él, que llamó Kleis, como su madre.
—Lo sabía. Escuché decir en la academia que el lesbianismo de la poetisa fue la causa que la distanció de su propia familia.
—Falso —sostuvo Pitia—. En el siglo pocos padres se escandalizaban de una hija homosexual. La verdadera razón fueron los desastrados amores de Caroxos, el hermano de Sapphós y preferido de la madre, con una famosa prostituta: Rodopis.
—Lo ignoraba. Cuenta…
—Rodopis era una bella cortesana, amante y compañera de esclavitud de Esopo, en Samos. Libres el fabulista y la meretriz, se establecieron en Naucratis, en la costa egipcia. Caraxos de Lesbos, que trabajaba en dicha factoría, se enamoró de Rodopis tras contratar sus servicios, la sacó de la calle y la llevó a Mitilene. Kleis y Escamandrónimo la aceptaron, pero la poetisa no lo pudo sufrir y rompió con ellos, trasladándose con su marido e hija a casa propia.
—¿Vivió Sapphós muchos años? —preguntó Sóstratos.
—Como los grandes artistas, murió joven. A los treinta y cinco años concibió una violenta pasión por un joven llamado Faón y, al verse despreciada, se dio muerte arrojándose al mar desde el risco de Lécade. Sus convecinos la honraron más muerta que viva.
—Suele ocurrir.
—Para Platón, como sabes, es la décima musa.
—Encuentro raro que una lesbiana se suicide arrojándose al vacío por un hombre…
—Yo no soy lésbica, pero la imitaré si dejas de amarme.
* * *
El triunfo de Sóstratos en la arquitectura fue meteórico. El palacio edificado para Soros Kastrakis, en la colina del Areópago, era un reclamo demasiado atractivo para los adinerados atenienses ávidos de poseer espléndidas mansiones. Construido en mármol blanco, rodeado de un parque con árboles exóticos, disponía de dos plantas y un amplio pórtico adornado por tres columnas jónicas que sustituía al patio clásico. De un salón circular con puertas por las que se accedía a las cocinas, calderas, dependencias del servicio, gimnasio, comedor y biblioteca, una escalera curva ascendía a los dormitorios de la planta alta, todos exteriores, dando a la trasera del edificio y abiertos al jardín. La principal innovación de la vivienda eran los lavabos en las propias habitaciones y un retrete comunal provisto de agua corriente. El líquido elemento, frío o caliente, llegaba a su destino mediante cañerías de plomo, una antigua idea persa que ya experimentaban en Roma. El agua, de lluvia o llevada con cubas, se almacenaba en un depósito en la parte más alta de la finca. Desde allí una tubería plúmbea la llevaba a la casa donde era distribuida por conducciones frías o calientes —tras pasar por la caldera— a las cocinas, lavabos y retrete. Al abrir las distintas espitas de los grifos, el mismo peso del agua hacía que circulara y brotara con fuerza. El meollo del asunto se hallaba en la suficiente altura del depósito.
En cuanto al retrete, era distinto al clásico: un orinal de barro o porcelana que había que enjuagar tras su uso con el inconveniente que ello representaba en caso de no disponer de esclavos. Sóstratos diseñó un asiento de madera horadada y apoyada sobre un tubo de plomo, de suficiente ancho, que desaguaba directamente a un pozo negro. Después de utilizar el retrete, el usuario abría un grifo que vertía agua a presión dentro del tubo y arrastraba el detrito, fuese sólido o líquido. Una tapa cerraba el orificio del asiento de manera hermética para impedir la salida de gases. Se trataba de la primera vivienda griega que disponía de tales adelantos, por lo que su existencia despertó la natural curiosidad en toda la ciudad.
En menos de cuatro años el arquitecto edificó decenas de viviendas y villas de recreo, pero lo que de verdad le dio prestigio, por la celeridad y perfección de su acabado, fueron el acueducto de Kalamos, el teatro de Megara y los templos de Hera en Tebas y Afrodita en Egina. Sóstratos se había rodeado de un excelente equipo de colaboradores, escultores, delineantes, canteros, herreros, carpinteros y albañiles, por lo que su misión se ceñía estrictamente a diseñar la construcción, calcular la resistencia de cimientos y estructuras, elegir los materiales adecuados y dirigir las obras. El resto de su tiempo era para Pitia y su pequeña hija de igual nombre.
Tras regresar de Lesbos buscaron un lugar que agradó a la pareja: una vieja mansión en la ladera de la colina de Licabeto que compraron y acondicionaron a su gusto. Pitia estaba cada día más bonita y más mujer, como si el amor físico la hubiese trasformado. Fruto de la frenética pasión de la isla espórada, comenzó a vomitar nada más desembarcar en el Pireo. No era mareo de tierra, ese que suele acompañar al navegante al pisar suelo firme, sino preñez ocasionada por un placer desconocido para ella que aún sentía en su cintura y que le obsesionaba. Nadie, ni su madre, hermanas, primas o amigas casadas le había hablado de ello. Todas se refirieron a su primer encuentro marital como algo casi desagradable. Hablaron del dolor del desgarro del himen y del sofoco que motiva la desnudez en las doncellas. Nombraron el órgano viril con aprensión y se refirieron a determinadas acciones o solicitudes de su varón con prevención o asco. Ella no sintió nada de aquello. La primera vez que fue poseída le pareció levitar de placer, como en un sueño. Notó leves molestias cuando fue penetrada, pero no vergüenza al ver su desnudez reflejada en los ojos ansiosos de su amante. En cuanto al recio atributo varonil de su marido, le pareció curioso y atractivo al tiempo. No lo esperaba tan majestuoso y ello la sorprendió. Las pocas veces que se lo vio a su padre, durante el baño en el estanque o en la playa, le llamó la atención su pequeñez. El de su hermano era aún más chico. La inquietud que provocó el aspecto, aroma y magnitud del príapo de Sóstratos duró poco. Tampoco puso trabas a las solicitudes de su esposo por extravagantes o arriesgadas: cualquier cosa que hiciese con su cuerpo le provocaba un deleite creciente. Se extrañó al comprobar su destreza amatoria, pues, en su candidez, lo suponía virgen. Su primera preñez terminó en aborto espontáneo a los cinco meses. La segunda fue fructífera: dio a luz a su hija primogénita. La tercera no llegó a feliz término, pues su fruto, un varón perfectamente conformado, falleció nada más nacer. Si mostraba desencanto por sus embarazos no era por las molestias que comportaban, leves, sino porque impedían la obtención de un gozo deslumbrante, un estallido de placer que no era de este mundo, aquel que obtuvo en las interminables jornadas estivales de sol y paz de Lesbos.
Veían mucho a Lavinia y a Eutícrates. Vivía la pareja en un palacio junto al ágora, heredado por ella, que muy pronto se pobló de niños. Inmensamente rico por su matrimonio, Eutícrates prefirió dedicarse a la docencia en la academia, sucediendo a su padre, que murió al poco. Lavinia era tranquila en el amor, un afecto para ella mucho más espiritual que el de su prima, menos alambicado y jubiloso. Era también silente. Abría mucho los ojos cuando Pitia le relataba sus sonoras, extravagantes y gozosas experiencias. Tenía un embarazo por año, lo mismo que Pitia, pero con más suerte, pues solo abortó una vez en cuatro años. Ambas proseguían con sus aficiones de soltera: pasear, leer poesía y ver teatro, siempre custodiadas en sus salidas por los esclavos negros. Ambas parejas solían cenar juntas dos veces por semana, alternando las casas. Los arquitectos hablaban de cosas de su oficio y ellas se contaban sus vivencias de amante y sus embarazos. La vida se presentaba sosegada para Pitia y Sóstratos cuando un hecho inesperado vino a alterarla: una embajada del rey Ptolomeo II Filadelfo desde Egipto llegó a Atenas en busca del arquitecto nacido en Knidos. El monarca lágida, casi recién ascendido al trono, lo reclamaba desde Alejandría. Se trataba de contratarlo para edificar un palacio de recreo en el Brucheion, el barrio aristocrático alejandrino. La respuesta tenía que ser inmediata.
—¿Qué te parece, Pitia? —preguntó Sóstratos a su mujer.
—Suena muy interesante.
—Entonces partiré de inmediato para estudiar sobre el terreno el proyecto. No tardaré en volver.
—Si piensas librarte de mí de forma tan sencilla, deliras. Dicen que las alejandrinas son ardientes y bellas. Te acompañaré.