El Arquitecto
Capítulo 4
4
Pitia superó mal la pérdida de su hijo. Nunca le había pasado nada igual. Tenía en la cabeza aquel lívido cuerpo salido de su ser, carne de sus entrañas. Al recordarlo, se apoderaba de ella una negra tristeza que nublaba sus alboradas y le oprimía el pecho. Solo tenía ganas de llorar. Se consolaba en el jardín arreglando los arriates de flores, regando sus favoritas, las glicinias, y echando de comer a las percas del estanque, peces versicolores dibujados en todos los tonos del arco de la lluvia que importaban de Oriente. Su refugio dilecto era un hueco labrado entre grandes palmeras, sobre el césped, donde leía a Sófocles, pensaba, le daba por llorar, bordaba o hacía punto. Comía sola, viendo el mar silencioso desde la terraza de su dormitorio con los ojos arrasados de lágrimas, servida por sus criadas y doncellas. Desde allí escuchaba los gritos de las niñas al bañarse en la alberca de aguas verdes salpicada de lotos, cuidadas por Sofía. Veía al bueno de Amruz podar los setos de aligustre, sanear los viejos olivos, segar la hierba o trepar hasta la copa de las palmeras altas, descalzo, ceñido a la cintura con cincha para cortar los racimos de dátiles maduros. Poco a poco iba tranquilizándose. Igual que los rayos del sol abriéndose camino entre nubes plomizas, la esperanza iluminaba su alma al fin en tonos glaucos. Antes de partir para el museo daba clase a sus hijas. Ello la consolaba, era lo que más paz aportaba a su espíritu. Pitia, la mayor, era el espejo cabal de su marido, y Electra, una copia exacta de ella misma. Ambas escuchaban muy atentas, sin separar la mirada de sus manos, cuando les hablaba de la historia del mundo, de Atenas, de las islas, de Platón y de Sócrates. Aquella noche habló con Sóstratos a su regreso de la torre. Se extrañó el arquitecto de no ver al poeta.
—¿Apolonio? —preguntó.
—No ha podido venir —contestó ella—. Hemos pasado la tarde trabajando y está cansado. Debía terminar de catalogar ciertos manuscritos de la dinastía meroítica llegados desde Kerma, en la Alta Nubia. ¿Y tu torre?
—Viento en popa. Crece como las alubias en un caldero hirviente. Ha empezado la fundición de los cuatro tritones que adornarán la cúspide siguiendo la rosa de los vientos, y diseño estos días la estatua de Poseidón, en bronce, que la culminará.
—Estarás orgulloso. No se habla de otra cosa en la ciudad. ¿Sabes cómo llaman a la torre en los mercados?
—No, si no me lo dices.
—«El faro». Sencillamente así. «El faro de Alejandría». Lo escuché en tres sitios distintos: en la pescadería donde merqué los salmonetes, al cordelero que me vendió una cesta para hacer la labor y en la tahona. Todos me veneran por ser la esposa del arquitecto y a ti te tienen por un dios.
—Te llaman «la dama».
—Lo sé. Guardan para mí los mejores cuartos de cordero o el pescado más fresco. Me muevo por los zocos lo mismo que una reina con su corte, escoltada por las criadas que llevan los paquetes y por decenas de curiosos que me siguen como a Pan los niños escuchando su flauta.
—Te veo un poco pálida. Y más bella que nunca. No estarás…
—No. Solo estoy triste. Estoy pensando que un corto viaje me vendría bien. Siento por dentro una extraña melancolía, una rara añoranza de algo que desconozco, pues lo tengo todo. Me comporto como una niña estúpida y mimada.
—Ve a casa de tus padres. Pondré a tu disposición una nave que te llevará al Pireo en tan solo tres días. Quédate un tiempo en Grecia. Podrías llevarte a las niñas y a Sofía…
—Grecia queda muy lejos. Quisiera, simplemente, cambiar de aires y descansar de niñas y de gritos, de algarabía. Ver caras nuevas. No conozco Canopo ni Heraclion. Apolonio me ha hablado mucho de aquellos excitantes lugares que podía visitar en solo siete u ocho días.
—¿Y cómo irías?
—Desde luego a caballo y en barca. Vendrían conmigo mis doncellas.
—Te acompañará también Amruz.
—Amruz debería quedarse al cuidado de las niñas y la casa —dijo ella.
—Con Sofía sería suficiente para tal cometido —opinó Sóstratos.
—Me da miedo dejarlas solas sin la protección de un hombre. Sabes que ocurren robos. Ayer mismo colgaron a un facineroso que asaltó una mansión en el Bruqueion y violó a una mujer.
—Nunca te dejaré viajar sin la compañía de un varón que te ampare y proteja. Hablaré con Apolonio —dijo Sóstratos.
—No te molestes: ya lo he hecho yo y se niega.
—¿Por qué?
—Sabes lo responsable que es y que, igual que tú, odia abandonar su trabajo.
—Le convenceré para que te acompañe. No pasará nada si deja el puesto una semana.
—Lo mismo podría decir él respecto a ti. Lo ideal sería que interrumpieses ocho días tu labor en la torre. No se hundirá el mundo. Pasaríamos juntos unas maravillosas jornadas de descanso.
—Sabes que no puedo hacerlo, mi amor. Ya estuve en Canopo, parece que hace un siglo. Además, la torre me reclama a su lado como una amante posesiva y caprichosa. No podré separarme de ella hasta que el fuego arda en su quemadero iluminando el mar. Si no estoy yo, habría que detener las obras y Ptolomeo no lo consentiría.
Dos noches después hablaron del asunto con Apolonio en una sobremesa. Los dos suplicaban en vano al poeta para que accediera.
—Hazlo por mí, Apolonio —dijo Sóstratos—. Pitia se encuentra decaída de ánimo. Necesita descanso y distracción y yo no puedo dárselos. Te lo ruego.
—Debería informar primero a Calímaco.
—¿Cómo está? —preguntó el arquitecto.
—Se ha repuesto del todo. Se puso en manos de un médico hebreo que lo ha sanado. Pensaré sobre el caso y mañana le daré la respuesta a Pitia en el museo.
No hubo problema por parte del bibliotecario. Las dificultades provenían del propio Apolonio y fueron solventadas paseando con Pitia por el Heptastadion, a la vista de la gran torre ya mediada.
—Háblame de tus planes. Necesito saberlos antes de embarcarme en tu loca aventura.
—No es ninguna aventura y mucho menos loca —sostuvo ella—. Me has hablado tanto de Canopo y Heraclion que quiero conocerlos. Nadie como tú para mostrármelos.
—No pretenderás que viajemos solos…
—Nos acompañarán una doncella de confianza y Astarté, la esclava nubia que me regaló Sóstratos en mi último embarazo.
—Todo sería más fácil si contaras con pasaporte real. Yo dispongo del mío.
—Ya lo tengo —dijo Pitia—. Ayer me lo trajo Sóstratos con el sello de Ptolomeo II.
—¿Cuándo quieres partir?
—Cuanto antes. Iríamos a caballo.
—Resultaría muy incómodo. Las zonas que limitan el Delta son muy pantanosas, llenas de marismas y arenas movedizas. La red de embarcaciones y carruajes del reino es aceptable y lleva a todas partes. Una barca real nos trasportará por el canal hasta las proximidades de Canopo. Por mar se llega antes, pero el desembarco es peligroso por los médanos, muy abundantes, a flor de agua e invisibles. Muchos se han quedado allí y han perecido ahogados.
Habían tomado varias copas de vino en la taberna de Mitria y compartían un pescado a la brasa. La noche caía y con ella los rumores y el movimiento en el dique. Pitia, tan solo de saber que partía, no cabía en sí de gozo. Había adelgazado, pero estaba tan bella como siempre. En sus ojos acuosos brillaba una lucecita intrigante. Él los miró por dentro.
—¿Qué tramas? No estarás maquinando maldades…
—Solo pensaba en nuestro viaje. Te juro que me portaré bien.
—Mejor será. Te temo.
* * *
Partieron tres días más tarde. Un lanchón de vela los llevó por el canal de Alejandría hasta un ramal secundario, cenagoso, que, paralelo a la costa, llegaba a quince estadios de Canopo. La embarcación iba llena: comerciantes, labriegos y fieles de Serapis que peregrinaban a su templo en la ciudad de solaz y recreo. El día amenazaba lluvia y era fresco. Pitia y las siervas vestían mantos de lana sobre sus túnicas, y Apolonio, clámide de piel sobre el himacio. El viento acamaba los juncos de penacho amarillo en las riberas del estrecho canal, habitado de ánades de cien clases.
—Son los codiciados tallos empleados en la elaboración artesanal de cestos y sombreros, aneas de Canopo, las mejores del orbe —aseguró Apolonio—. Casi toda la producción se envía a Grecia e Italia.
Las tres mujeres, sentadas en el mismo banco frente al joven sabio, lo escuchaban absortas, sobre todo las siervas, que estaban autorizadas por su ama para hablar. Resultaba curioso contrastar el tono de sus pieles: blanca como la nieve del Psiloritis la de Pitia, morena aceitunada la de Néctea, la doncella, y negra como alquitrán fundido la de Astarté, la pequeña esclava nubia de catorce años. Un destacamento de jinetes pasó junto a la orilla cabalgando en dirección al este.
—Forman parte de la milicia real —dijo el poeta—. Recorren todo el Delta en busca de bandidos o ladrones y los llevan al juez. Solo si los cogen en flagrante delito están autorizados a impartir justicia por sí mismos.
—¿Los azotan? —preguntó Néctea.
Néctea era una egipcia de unos treinta años, de rostro peculiar y cuerpo seco, hija de esclavos libertos. Trabajaba como doncella para Pitia y Sóstratos desde la llegada del matrimonio a Alejandría.
—Al delincuente sorprendido cometiendo el delito lo ahorcan al instante. Y es casi mejor, pues si el juez de la ciudad lo halla culpable, su destino es el empalamiento.
—Qué horror… —dijo Pitia.
—No existe alternativa. La única forma de refrenar al malhechor es el castigo.
—De acuerdo, pero debiera ser proporcional al mal, igual que en Grecia —opinó la joven.
Pitia estaba particularmente bonita aquella mañana, con los rizos de su melena mecidos por la brisa y los ojos dilatados de esperanza y ansia de saber.
—La cultura alejandrina es una mezcla. Predomina lo griego, pero África impone sus costumbres y su ritmo de vida —sostuvo Apolonio.
—En mi patria son mucho menos crueles, mi señor —dijo Astarté—. Allí a los pocos forajidos los expulsan del poblado después de apalearlos.
La esclava se manejaba en griego con dificultad, pero se hacía entender. Era la primera vez que su ama la veía expresarse de otra forma que no fuese sí o no. Era solo una niña: menuda, delgada y sin apenas formas, con las aristas del rostro aún sin redondear y los labios gruesos de su raza. Iba descalza y sentada sobre un fardo de ropa de su dueña, parte del equipaje. La planta de sus pies, de color amarillo desteñido, contrastaba con la belleza de su dermis negra.
—¿De dónde eres? —preguntó Apolonio.
—De Napata, señor, un poblado a la orilla del Nilo.
—¿Eso está entre la tercera y la cuarta catarata?
—No lo sé, mi señor.
—Las gentes son tranquilas por allí, Astarté. Ocurre en zonas pobres. Ni siquiera ajustician a los violadores. En Alejandría y, sobre todo en el Delta, la delincuencia abunda: forajidos, bandas de salteadores, cuatreros, gitanos desalmados, extranjeros paupérrimos… Todo emana de la riqueza de sus opimos campos, de la abundancia de la fauna doméstica, vacas, toros, carneros y caballos, tan codiciados como la más hermosa de las mujeres. La única forma de preservar la ley del rey es aplicarla de manera rigurosa.
La embarcación atracó en un muelle de tablas carcomidas con un chasquido seco. Descendió el pasaje. Dos carruajes de línea tirados por dromedarios aguardaban a los viajeros. Nuestros excursionistas tomaron el que se dirigía a Canopo. Ambos carricoches partieron a la vez, pero el que iba a Heraclion tomó la primera bifurcación a la derecha. El camino era recto, llano, y lo cubrieron en apenas media hora. De tierra apelmazada, discurría entre arenales pantanosos tapizados de matorrales ralos. De vez en cuando alguna palmera o un sicomoro yermo trataban de alegrar el paisaje. Varias trabajadoras descalzas, provistas de guadañas, recogían juncos de anea que anudaban en gruesos mazos. Vieron una gran culebra de agua serpenteando entre la hierba, brillándole los lomos por la lluvia que hizo su aparición. Pitia se abrazó a Apolonio, temblorosa.
—No puedo soportar a las serpientes —reconoció—. Si algún día regreso a Grecia será para no verlas.
—Esta es inofensiva. Y en Grecia tenéis víboras.
Súbitamente, al traspasar la rasante de un montículo, apareció ante los ojos asombrados de los viajeros la punta arenosa donde se asentaba la ciudad que ordenara levantar el faraón Neferetis II hacía cien años. Justo en aquel momento salió el sol. Rodeada de un mar aborregado, verde intenso, las blancas casas y edificios de Canopo reverberaban como un brillante engastado entre esmeraldas.
—Canopo, ciudad para unos depravada y para otros de oración y descanso… — dijo Apolonio pensativo.
Se alojaron en la mejor posada, en la plaza principal de la ciudad, frente al casino. Identificándose por sus pasaportes, Pitia como mujer del arquitecto real y Apolonio como sabio del museo alejandrino, consiguieron las habitaciones reservadas a la aristocracia. Las estancias se comunicaban entre sí y compartían balcón sobre la plaza. Eran lujosas y amuebladas con gusto, disponiendo de aguamaniles. En una dormía Pitia, con las sirvientas a los pies de su cama sobre esteras de paja, y en la otra Apolonio en su gran lecho solitario. Lo incómodo era el aseo, un estrecho retrete común que debían utilizar por turnos, pues las criadas se aviaban en las letrinas de la planta baja. Tras instalarse, enjuagarse y cambiarse de ropa, la pareja bajó a recorrer la urbe. Pitia, lavada, vestida, perfumada y maquillada por Néctea, estaba simplemente preciosa.
La gran plaza era el centro de Canopo. Rectangular, enlosada de piedra, pasear por ella era mayor espectáculo que asistir al teatro. Cuando ellos la recorrieron caía la tarde. En las cuatro esquinas y en el centro ardían antorchas embreadas. Tras la lluvia, el bochorno del día se iba ya y la brisa del mar, salada y viva, refrescaba el ambiente. Olía a océano y a la humareda de las decenas de parrillas donde se doraban espetones de carne y de pescado. Pasaron por delante de un mostrador lleno de olorosas especias de mil clases: jenable, pebre negra, canela, comino, alcaparrón, cúrcuma, azafrán, perifollo, cardamomo y vainilla. Pitia se hizo con una muestra de ellas en diferentes frascos. En un hueco labrado en la fachada de una casa, un zapatero acuclillado manejaba con precisión la lezna. Varios equilibristas caminaban por un alambre tendido entre dos postes. En una especie de casamata, por detrás de varios paños colgados de cuerdas a manera de improvisado camerino, una mujer hacía tatuajes. Pitia palmoteó de alegría.
—Deja que me tatúe, por favor…
—No soy quién para prohibirte nada.
—Vaya si lo eres: vas a ser mi amante.
—No digas disparates. ¿Qué dirá tu marido?
—Sobre qué.
—Sobre qué ha de ser. Hablo del tatuaje.
—Sóstratos me da todos los caprichos razonables.
La mujer no tenía clientela en aquellos momentos. Pitia se abrazó a él hasta sentirlo. Se colgó de su cuello y arrugó los morros.
—Anda…
—Haz lo que quieras. Te esperaré aquí.
—Siento inquietud… Mejor pasa conmigo.
Entraron juntos. La tatuadora trabajaba con henna, un tinte cobrizo que no es indeleble. Ajustaron el precio. Pitia eligió como motivo un corazón y por lugar la parte interior y alta de un muslo. Cerraron bien los paños que aislaban el tenducho. Sentada sobre un taburete alto, con las piernas separadas y la mujer acuclillada ante ella, en un momento quedó grabado un diminuto corazón de color malva en la parte elegida. Las bragas persas de la moza, en seda trasparente, lo dejaban ver todo: la poblada montaña de Venus, el valle del delirio y la gruta embrujada. Apolonio contemplaba la escena estupefacto, pellizcándose para comprobar que no soñaba, sintiendo correr goterones de sudor espalda abajo. Pitia le desquiciaba, le sorprendía, le maravillaba y al tiempo lo hacía vivir.
—¿Tarda mucho en borrarse el tatuaje?
—Aproximadamente treinta días, señora. Algo menos si se frota con agua.
Tras abonar unas monedas de cobre por el trabajo, salieron. Ahora se pegaron el uno al otro como la hiedra al muro silencioso y en sombra.
—Juraste que ibas a portarte bien, pérfida —dijo Apolonio.
—E intento hacerlo, amor. Me he tatuado para ti…
—¿Qué dirá Sóstratos cuando vea el corazón?
—No lo verá. Lleva tiempo sin trastear por esa zona y además solo tiene ojos para su torre. Mi corazón es tuyo.
Tropezaron con un árabe cetrino que preparaba espetones de pescado a la brasa.
—Se me abrió el apetito —dijo ella.
Probaron del mismo espeto: pez espada chorreante de grasa. Alternaban los bocados. El último lo compartieron equitativamente. Tomaron otro de carne de camella. Era ya noche plena, con la temperatura propia de un edén. Fueron a una taberna y pidieron una crátera de vino de Chipre. Allí el ambiente era denso del humo de varios pebeteros de kyphy y olor a humanidad.
—Todo está nuevo —advirtió Pitia—. Afirmaste que la ciudad tenía cien años.
—Muy pocos más. Fue obra de Neferetis II, pero Nectánebo I la engrandeció. El templo de Serapis que veremos mañana es obra de Ptolomeo Sóter. Lo mismo que el casino. El palacio real es muy reciente, pues lo ordenó levantar Ptolomeo Filadelfo nada más iniciar su reinado.
—Se ve gente…
—Casi toda de paso: jugadores, juerguistas, enfermos que buscan curación o clientela para los lupanares. Canopo no tendrá arriba de tres mil habitantes censados.
—Me han dicho que sus playas son preciosas.
—Pero muy peligrosas por las corrientes, que pueden arrastrarte mar adentro. Además los limos que lleva el Nilo llegan hasta aquí y enturbian mucho el agua.
—¿Y en cuanto a las célebres danzas dionisiacas?
—Excepto en los inviernos, se celebran en la plaza los días de Venus.
—Mañana, pues.
—Exacto. Podremos contemplarlas desde nuestro balcón.
—Adelántame algo —pidió ella.
—No se puede explicar. Es algo único, asombroso, exclusivo de Canopo.
La taberna se había ido llenando de tipos patibularios, vocingleros, que devoraban a Pitia con los ojos. La crátera estaba ya vacía.
—¿Quieres más vino?
—Echaré a volar si bebo un trago más —sostuvo Pitia—. Además el vino me adormece y quiero estar alerta cuando te ame.
—Deliras…
Levantaron el campo. Por callejas atestadas de viandantes fueron al casino. Tropezaron con diferentes pelotones de soldados uniformados y armados con machetes y porras. Su presencia era efectiva, pues no vieron altercados ni escucharon una palabra más alta que otra en los tres días de estancia en la ciudad. Iban enlazados por la cintura, sobreexcitados, encajando las caderas al andar, rozándose como un rabo de gata al travesaño bajo de una silla. El Palacio del Juego se encontraba abarrotado de jugadores, apostantes y ludópatas. Había diferentes secciones. Contemplaron un buen rato a los jugadores de cótabo, juego griego muy popular que conocían los dos. Diferentes contendientes, tras libar vino y mirra en honor de Dionisos, arrojaban el último resto de la copa, por encima del hombro, contra un platillo de latón en equilibrio inestable sobre una repisa. El que lo hacía caer encima de otro plato mayor, ahora de bronce, y lograba un sonido más estridente a juicio de un jurado, ganaba el premio: una hetaira desnuda que contemplaba la escena. Jugar no era barato, pero el galardón compensaba con creces el gasto.
—Prueba si quieres —le animó Pitia—. Yo jugaría si la recompensa fuese un hombre como tú.
—Eres mala…
—Pero lo pasas bien conmigo.
—Mentiría si dijese otra cosa. A tu lado no hay lugar para el aburrimiento. Envidio a Sóstratos.
—Pronto dejarás de envidiarlo —aseguró ella.
Vieron en un salón a los apostadores del senet, un viejo juego egipcio librado en un tablero de treinta casillas en tres filas. Cada apostante tenía cinco fichas. Se progresaba en las casillas tirando tabas de conejo con un cubilete. Con arreglo a las figuras que formaban, ganaba el que sacaba antes sus fichas del tablero. Los jugadores de tjau se agrupaban en una sala aparte. En sus rostros sudorosos se reflejaba el vicio, el ansia de ganar. Era un juego de dos: en una mesa estrecha y alargada hacían avanzar una especie de cono de marfil echando sobre el tapete unos palillos. No entendieron nada. Tan solo que se apostaba fuerte: una estatera de plata por partida.
En la terraza del casino, sobre un mar silencioso en el que centelleaba una gran luna llena extrañamente roja, bebieron sendas copas de arak. La animación era grande en todas partes.
—No comprendo la pasión por el juego —dijo él—. Entiendo que se pueda matar por una mujer, pero arruinarte con el juego del «perro y el chacal» es algo que no concibo.
—¿Matarías por mí?
—Tal vez me dejaría matar.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Entonces me amas un poco…
—Es más que amor. Te lo dije una vez. Pero puede más el aprecio que siento por mi amigo. Lo tuyo sin embargo es pasión, y ello me frena.
—Te equivocas: estoy segura de amarte. Ocurre que también amo a Sóstratos. Tal vez no puedas entenderlo.
—No, no lo entiendo. En mi pecho solo cabe un sentimiento pasional que sería incapaz de compartir. Asegúrate del terreno que pisas: si algún día fueses mía, no podría compartirte con nadie.
Se hallaban rodeados de jugadores que se tomaban un segundo de respiro para beber o coger aire. Había más de un beodo. Casi todos eran hombres, ricos comerciantes de Alejandría, y el idioma era el griego. La cúpula celeste se mostraba con la magnificencia que acostumbra en las noches egipcias, lustrosas, reverberantes, calientes en pleno mes de metageinion. El aroma de Pitia, delicado y sensual, aminoraba los olores que criaba el ambiente, el acre del sudor de los varones y el de los jazmines y magnolios en flor.
—Háblame de Canopus, la estrella —pidió ella.
—Según Euclides es la segunda mayor de la constelación de los Argonautas, pero la de más brillo.
—¿Cuál es?
Apolonio señaló un refulgente astro, hacia el sur, rodeado de tenue polvillo cósmico que lo hacía resaltar. Emitía una luz áurea, titilante.
—Es bellísima… ¿Quién le puso ese nombre?
—La estrella fue descubierta por los astrónomos egipcios de las primeras dinastías. El nombre es heleno: el del mítico piloto de la nave de Menelao en la guerra de Troya. Solo Sirius la supera en fuerza, pero no en belleza. Para Tales de Mileto era cien veces más grande que nuestro sol.
—Nunca la había visto.
—No suele verse desde Grecia. Se contempla mejor cuanto más al sur. Dicen que en la Nubia resulta especialmente esplendorosa. De ahí el nombre egipcio, Kahi Nub, que significa «tierra dorada».
Muchos se reintegraban a los salones de juego para seguir apostando. Era ya madrugada.
—Antes hablaste de un juego de perros y chacales —recordó ella.
—Ven. Te lo mostraré.
La Sala del Perro y el Chacal se encontraba atestada. Era como una furia colectiva reflejada en rostros descompuestos y en miradas ávidas. Hombres y mujeres sudorosos se afanaban ante las mesas de juego, largos tableros con cincuenta y ocho agujeros de grosor diferente en los que hincaban las fichas, palos de marfil con cabeza de perro. El avance o retroceso de las piezas lo marcaba la disposición que, sobre un tapete rojo, formaban ciertos huesecillos lanzados con la mano por el jugador siguiendo un turno. Supieron que eran huesos de las extremidades de pequeños saurios. Solo el director de cada mesa estaba autorizado a leer el resultado en alta voz. Si un jugador era eliminado, pagaba sus apuestas y era sustituido por otro de inmediato. El dinero corría en enormes cantidades, pero era el casino, perteneciente a la corona, el que siempre ganaba.
—No le encuentro la gracia —reconoció Pitia—. Más que jugadores, parecen cazadores furtivos o proscritos.
—La pasión por el juego es, quizá, la peor de las lacras —afirmó el poeta.
—Estoy cansada.
—Es natural. Llevamos en danza desde muy temprano. Mañana nos espera una larga jornada.
—Llévame a la posada…
* * *
—¡No puedes pasar! ¡Estoy desnuda! —se escuchó su cantarina voz.
Habían dormido como leños y el sol lucía muy alto. Apolonio, tocando con los nudillos en la puerta que comunicaba ambas habitaciones, trataba simplemente de despertar a la durmiente intrépida y ponerla en movimiento.
—Ahora ya puedes… —llegó la voz más baja.
El de Rodas lo hizo con prevención, igual que el que penetra en la guarida de una pitón hambrienta. La visión que se ofreció a sus ojos fue fantástica: bañada por la luz de la mañana penetrando sin trabas por el balcón abierto, envuelto medio cuerpo en una sábana, Pitia se sometía al cuidado explícito de sus sirvientas. Néctea le almohazaba el cabello y rizaba sus puntas con una tenacilla, mientras Astarté, de rodillas ante ella, le pintaba las uñas de los pies en tonos diferentes. Tenía los párpados sombreados en negro, igual que las pestañas. Una batería de diminutos frascos de colores se agrupaba sobre el tocador. Su riqueza cromática sorprendió al ayudante de bibliotecario: gris perlino, rosmarino, albaricoque, añil, retinto, apizarrado, verdemar, verdemontaña, trigueño y rojo múrice.
—Me compongo para ti —dijo muy seria.
El joven paseó su mirada curiosa por la habitación de una mujer coqueta. Sobre el lecho revuelto, junto a bragas de gasa y cinchas trasparentes para ceñir los senos, se extendían varias túnicas en tonos diferentes. A un lado, seis pares de sandalias; sobre una mesa baja, sortijas, pulseras, pendientes, collares y otras joyas, y, en el tocador, ante un espejo giratorio, el resto de sus afeites y objetos de aseo: arcillas y potasas jabonosas, tarritos de perfume, pinceles, peines, cepillos, limas, un pequeño rallador de marfil para durezas en los pies, un estilete para limpiar los dientes, otro de cabos vueltos para raer la lengua, una fina cuchilla para depilación, pomos con polvo de coral, serrín de tiza azul y negro de humo, pomadas, ungüentos y cremas desodorantes.
—Es un día radiante —dijo Apolonio—. ¿Has descansado bien? Me apetece desayunar contigo.
—¿Dónde pensabas hacerlo?
—En un figón cercano famoso por su opson, al modo griego.
—Si sales al balcón, me reuniré contigo en un segundo, lo que tardo en vestirme. Puedes también darte la vuelta.
—Mejor saldré.
Apenas tuvo tiempo de admirar la plaza. Los edificios eran de piedra rosa y el pavimento de mosaico al modo egipcio. En el centro se levantaba un monumento a Neferetis. No siendo día de mercado, había poca gente. Distintos operarios barrían los suelos, los regaban con agua usando palanganas o cambiaban la estopa de las antorchas. Lo disponían todo para la fiesta vespertina en honor de Dionisos. Percibió su aroma sin girarse. Al hacerlo sintió un escalofrío: jamás la había visto tan hermosa.
—¿Qué tal? —preguntó dando una vuelta sobre sí, de puntillas, lo mismo que de niña cuando alababan su belleza.
Llevaba una sencilla túnica de lino verde agua, suelta, que dejaba un hombro al descubierto. Un racimo de bucles revoltosos le bailaba en las sienes. Calzando sandalias planas, con unos largos zarcillos de coral danzando en sus clavículas, semejaba una ninfa hechicera con los párpados sombreados y los labios pintados de rojo sangre.
—No puede existir nada más bello…
—¿Te gusto? Dice Astarté que hará calor. Por ello elegí ropa cómoda y fresca. Me muero de hambre.
Desayunaron con apetito dátiles con leche de búfala, huevos escalfados, cebollas asadas y granadas maduras del Delta.
—¿Dormiste bien? —se interesó ella.
—Como una piedra. Solo al amanecer me desvelé. Soñé contigo…
—Progresamos. Cuéntame tu sueño.
—No es el momento. Será mejor que vayamos al templo de Serapis.
Fueron por callejones umbríos para evitar el fuerte sol. El templo se hallaba frente al mar, en un leve montículo arenoso. Pasaron por los puestos donde vendían urnas funerarias y exvotos de cera. Les costó entrar, tal era el gentío que pretendía hacerlo. Largas filas de enfermos y tullidos se agolpaban en triple fila ante una especie de atrio. Traspasaron el pilono y entraron en la nave central, estrecha y alargada, sembrada de columnas de piedra con motivos florales. Al pie de la imagen del dios, un icono griego de un varón barbado y con cabeza de Medusa recubierta de un calathos, el sacerdote untaba con ungüento al peregrino que, arrodillado ante él, impetraba a la deidad sincrética. Lo hacía en la frente si se desconocía la etiología del mal o en la parte afecta si se sabía la causa del padecimiento: ojos, boca, oídos, senos o la parte del pecho que cubre el corazón. Los familiares del tullido o enfermo ofrendaban al templo cuencos de bronce con productos del campo o animales vivos: pichones, gallinas, conejos y hasta vacas. El ambiente era espeso del sudor humano y la suciedad de muchos peregrinos que, llegados de muy lejos, dormían a la intemperie.
Al salir —les faltaba ya el aire—, se encaminaron hacia los prostíbulos. Vieron antes las tiendas de los embalsamadores que, lo mismo que en Alejandría, momificaban los cuerpos de los fallecidos pero a precios más altos. Pitia aceleró su andar.
—Creo que vomitaré —se quejó—. Es lo que me faltaba: primero el insoportable hedor del templo y ahora esos carniceros… Necesito un trago de vino en un lugar donde me dé el aire.
Lo hallaron casi frente por frente a los chamizos en los que fornicaban las rameras, algunas a la vista del público. A pesar de su aspecto desastrado, también hacían cola varios hombres. Aquello era casi peor que todo lo anterior: furcias semidesnudas mostrando sus ajados encantos a una tropa desmadrada de tipos contrahechos. En aquel ambiente enrarecido les supo mal el vino. Dieron un sorbo y fueron paseando a la orilla del mar por una amplia explanada. Allí, con la brisa marina, el calor se soportaba bien.
—No imaginaba que el espectáculo iba a ser tan deprimente —dijo Pitia—: una legión de tarados y deformes, dioses falsos y triste sexo de burdel. Compadezco a esas pobres mujeres.
—Son de compadecer. La mayoría muere rápido a consecuencia de las extrañas afecciones que produce el sexo cuando es desordenado. Esta tarde te alegrará la fiesta.
—¿Cuándo empieza?
—A la caída del sol.
Pasaron por delante del Palacio Real, mandado construir por Ptolomeo Filadelfo. Era una construcción en nada parecida a la airosa que levantara Sóstratos en Antirrodos. Frente a él, en el centro de una plaza arbolada de palmeras, se hallaba la estela de Nectánebo I en piedra negra. Pitia estuvo un buen rato descifrándola, pues era de caracteres jeroglíficos. En ella el faraón daba instrucciones a sus gobernadores para el cobro del diezmo. La décima parte de la pesca, el ganado, los cereales y cualquier producto de la tierra o el comercio eran del rey y debían entregársele. Comieron pescado al horno en una taberna de la playa y se tumbaron al sol sobre la arena. Se quedaron traspuestos. Al despertar se iba ya el día.
—Será mejor que regresemos —dijo ella—. La fiesta debe estar a punto de iniciarse. Además debería cambiarme.
—Te encuentro bien así.
—Necesito lavarme. Aún llevo dentro de mí aquel hedor del templo, como si se hubiese adherido a mi vestido. Quiero estar deseable.
* * *
Mucho antes del crepúsculo la plaza estaba llena. Apolonio sugirió ver la fiesta desde el balcón, pero Pitia insistió en participar directamente mezclada con la gente. El joven aceptó con ciertas condiciones que la ateniense escuchó atenta.
—No te separes nunca de mí. Las mujeres que van solas pueden ser solicitadas por cualquier varón, cumpliendo determinadas normas, y deben acceder a sus demandas, incluso eróticas, pues se supone que al ir en soledad buscan amor.
—¿Cuáles son esas normas?
—Ir bien trajeado, limpio y sobrio. De un varón en esas circunstancias las hembras solitarias deben consentir toda propuesta.
—Pero la fiesta es dionisiaca, de lo que se infiere que habrá muy pocos sobrios.
—Beber no es obligatorio. En una estela de Neferetis II, que puede leerse en su monumento, vienen claramente escritas dichas reglas. Los soldados que verás y que guardan la plaza obligan a cumplirlas. Aquel que esté bebido, use ropajes sórdidos o hieda a suciedad no puede importunar a una mujer si es libre.
—Supongo que la inmensa mayoría de las mujeres que se postulan serán viejas y feas.
—Así es. Pero de vez en cuando se ven mujeres jóvenes y bellas que, por diferentes causas, acuden a la fiesta buscando consolarse de un amor contrariado o para mortificar a sus amantes.
—No temas. Me entran escalofríos de pensar que me pueda tocar otra mano que no sea la tuya. Me pegaré a ti como mosca a la miel.
El gentío era tal que a duras penas recorrieron la plaza bebiendo vino nuevo del Delta. Muchos cantaban y reían en grupo, visitando tabernas o diferentes puestos preparados al efecto. Había árabes, griegos, sabeos, egipcios y gentes de Cirene y la Nubia. Se prendieron las antorchas, más de cien, que circuían la plaza. Se veían soldados armados por todas partes. De repente sonó un agudo pífano y por una de las calles que desembocaban en la plaza aparecieron los saltimbanquis. Eran muchos. Unos saltaban sobre pértigas y otros sobre palos con muelles en su base. Se abrió un hueco espontáneo en el centro de la plaza e hicieron una torre de cuatro pisos, uno de pie sobre los hombros de otro. El de arriba, apenas un muchacho, se lanzaba al suelo dando vueltas y caía de pie. Hubo un hindú que comía clavos y después se tendía a digerirlos sobre un lecho de puntiagudos vidrios. Con un redoble de tambor se escenificó la pantomima del descabezamiento, que Pitia ignoraba y cuyo intríngulis Apolonio fingió desconocer. De un callejón surgió un hombre con la cabeza envuelta en una sábana. Lo perseguían un matón armado de un alfanje y un sicario provisto de un zurriago de púas. Lo alcanzaron en el centro de la plaza. Allí, tras increparlo soezmente, uno lo azotó implacable en la espalda mientras el otro lo amenazaba levantando el arma. El perseguido se arrodilló implorando perdón. Entonces el del alfanje, inmune a los berridos de clemencia, alzó el arma sobre el cuello del infortunado, la dejó levitar unos segundos en medio del horror de los espectadores y, por fin, la dejó caer descabezándolo de un certero tajo. El despojo sanguinolento rodó por el suelo empapándolo en sangre. Muchos chillaron o emitieron alaridos de terror. Pitia estaba tranquila.
—¿Cuál es el truco? —preguntó—. Porque tiene que haberlo. Nadie asesina entre nosotros de manera impune y ante la autoridad.
—Hay truco, desde luego —dijo Apolonio.
—No he conseguido descifrarlo. Explícame.
—Se trata de una vieja magia persa. Un muchacho o un hombre muy pequeño lleva sobre su cabeza la testa de un cordero recién sacrificado. Todo se envuelve en una sábana. El único problema es acertar exactamente con el lugar del tajo: si lo das más abajo, puedes matar de verdad al pequeño actor. Lo que rueda por el suelo es la cabeza del cordero colocada con el cuello seccionado hacia fuera.
—¿Y los latigazos?
—No hay latigazos —aseguró Apolonio—. El azote no es cuero, sino tela pintada, y la espalda del figurante está acolchada.
La música comenzó cuando la clepsidra de la torre dio la hora décima. Los músicos tocaron aires griegos y egipcios. El público, la mayoría borracho, bailaba sin cesar. El ritmo se incrementaba gradualmente al son de los tambores y dombacs. A medida que los danzantes entraban en calor iban despojándose de sus vestiduras. Hicieron su aparición los bailarines profesionales, contratados por el municipio. Más de cincuenta, varones y hembras, iban descalzos, totalmente desnudos. Bailaban por parejas, se entrecruzaban o daban grandes brincos. Algunos eran niños o púberes. Interpretaron una danza ritual todos en círculo y luego corrieron saltando lo mismo que delfines. Las mujeres levantaban los brazos proclamando sus axilas intonsas y movían los dedos para hacer sonar sus castañuelas mientras los hombres brincaban y agitaban al tiempo los pies. Hubo un baile final, frenético, cogidos de las manos por parejas, chocándose los cuerpos. El sonido de la música era cada vez más agudo y chirriante. Músicos, bailarines y espectadores, todos in puribus, parecían en trance. A un redoble furioso de bombos y timbales sucedió el estruendo que ocasionó un gong retumbando en la plaza. Fue el signo que todos parecían esperar: danzantes, asistentes y músicos se acoplaron por parejas sin distinción de sexos. Pocos permanecían indiferentes. Un bailarín de enorme falo penetraba por detrás a su pareja al tiempo que esta le hacía una felación a un mozo bien dotado. Una mujer despatarrada, en pleno suelo, recibía a un hombre que, cortésmente, la había solicitado. Un energúmeno con la verga de un sátiro caldeo copulaba con una moza de apenas doce años. Una hembra ya curtida recibía en plena boca la carga seminal de su amante. Había parejas de heteros y de homos practicando cualquier tipo de sexo. Se veían coitos contra natura, cunnilingus sin final y besos negros. Aquello parecía un demoníaco contubernio, un aquelarre previo al fin del mundo, la síntesis del placer, la academia de Eros. Y todo al aire libre. Un hombre de mirada extraviada, pero bien trajeado y de sobria apariencia, se acercó a nuestros héroes. Pitia, aterrada, se empotró en el cuerpo de Apolonio y lo abrazó convulsa.
—Creo que ya he visto bastante, mi amor. Sácame de aquí, te lo suplico.
* * *
Al fin durmieron juntos. Pero no fue espontáneo: él clausuró la puerta con doble llave tratando de retrasar la agonía que lo estaba abrasando, pero Pitia, desnuda, entró por el balcón como una brisa bruja. Se acurrucó en su cama sin decir palabra, haciéndose un rebuño, y le buscó la boca. Él soñaba despierto con aquel tatuaje y buceó hasta hallarlo a la luz de la luna. Lo hizo suyo, lo mismo que todo lo demás de cintura hacia abajo. Fue un siglo de caricias y posturas salaces de ambas partes. Bebieron de sus salivas tratando de saciarse y se devoraron sin límites ni trabas. Cuando el poeta entró en ella fue lo mismo que habitar el paraíso. Solo gozaron juntos a la segunda vez, pero fue exacta. Hubo una tercera y una cuarta de placer compartido y celeste. Apolonio trató de contenerse, pero ella aulló como una loba herida varias veces. Quedaron tan machihembrados hasta el amanecer como el corcho en el ánfora.
La claridad del alba los vio desperezarse antes de volver al amor infatigables. No salieron de la habitación el día de Saturno. Desayunaron, comieron y cenaron en la cama, desnudos, servidos por Néctea, la doncella. Estaban tan ansiosos de sí que no podían dejar de contemplar sus cuerpos, de explorarlos, de lamerlos. Él jamás había soñado tanta magnificencia y ella no conseguía aplacar su lascivo ímpetu. El primer día de la semana, día del Sol de los egipcios, bajaron a la playa. No reconocían la ciudad despoblada, vacía. Solo en el templo de Serapis y en los lupanares había movimiento, pero evitaron pasar por sus proximidades. La playa, de arena blanca como acemite, era muy larga y cóncava. Se alargaba hasta el infinito, hasta tropezar con un cielo muy azul, lleno de pájaros y de nubes huidizas. Caminaron de la mano hasta el puntal desierto. Se bañaron, se amaron en el agua y en la arena caliente, rebozándose, y tomaron el sol. Saludaron agitando las manos a los tripulantes de una barca, pescadores que pasaban pegados a la costa sorteando médanos. A mediodía vieron llegar a Astarté, un oscilante punto negro en la lejanía, difuminado, que se aproximaba muy despacio. No hicieron nada por disimular sus desnudeces. La esclava nubia dejó vino y comida y regresó canturreando canciones de su tierra. Ellos lo hicieron cuando el sol dejó de calentar.
* * *
Llegaron a Heraclión por un canal interno, sinuoso, con las riberas habitadas de somormujos y ánades de colores. Predominaban los patos de alas grises, las ocas blancas y los gansos de tonos chillones, mucho más revoltosos. Emitían de consuno un eterno rumor de disconformidad, como si abominaran de los hombres y de sus artefactos. Hacían sus nidos entre los papiros y los juncos de plumero amarillo, justo en floración. Parecía que el lanchón discurría por un mar ambarino, flotando sobre yema de huevo. No iba lleno: media docena de labriegos egipcios dormitando, además de nuestros viajeros expectantes.
Divisaron las murallas de la antigua ciudad, de fundación incierta, importante centro comercial de influencia griega. Lo particular de la urbe era el estar bañada por cientos de canales que, formando un retículo, le prestaban un carácter anfibio muy personal, único en el mundo helenístico. Se alojaron en el mesón más reputado y céntrico, frente al templo de Amón. Los pasaportes sellados de Ptolomeo Filadelfo obraban más milagros que Serapis. El posadero alojó a los ilustres visitantes en la cámara reservada a los altos personajes del reino que visitaban Heraclion y divulgó la noticia de su llegada. La habitación era en realidad una vivienda: el dormitorio, enorme, con un balcón dando al canal de Osiris, un ventilado aseo con retrete, la sala que hacía de comedor y un pasillo ancho donde cabían bien las esterillas de dormir de las siervas. Lo primero que hicieron los amantes fue cumplir con la norma que los define: gozar de sí con frenesí demente y, sobre todo ella, sin ponerse límites.
Desde que sus cuerpos se amalgamaran la noche dionisiaca nunca se separaban más de un codo. Eran como parásitos comensales, seres que no pueden vivir el uno sin el otro, que se intercambian vida y savia, necesitan sentirse, olerse, saborearse, que mueren si se alejan. Semejaba que una sed de placer inmensa e insaciable se hubiera apoderado de los dos. Viajaban abrazados, se miraban a los ojos mientras comían con las manos unidas y contaban los segundos que faltaban para volver al lecho. Apolonio, con veinticinco años, era un toro de Creta copulando. Pitia, con meses menos, se encontraba en el momento culminante de su atractivo de mujer, conocía los secretos del arte de Afrodita y era dueña de la misma o superior belleza. La maternidad no había dejado huellas en sus carnes elásticas. Al contrario: había rellenado los bordes y suprimido las rectas, impregnando al conjunto de una pátina de atractivo imposible.
Fueron al puerto. No era el alejandrino, pero todavía mantenía cierto movimiento. Se comerciaba sobre todo con especias. Estas se amontonaban sobre lonas extendidas en el suelo en grandes barracones, siendo seleccionadas para ser enviadas a las principales ciudades egipcias, Grecia e Italia. Sus aromas picantes, dulces, acres o cáusticos y los colores audaces o imprevistos llenaban el ambiente.
—La ciudad no parece muy vieja —apreció Pitia ante un vaso de vino. Solían beberlo a mitad de mañana, en la primera taberna que encontraban, descansando y renovando fuerzas antes de proseguir.
—No lo es —aseguró Apolonio—. Según Ateneo de Naucratis, el historiador, data de solo doscientos años. Al parecer fue fundada por el faraón Amirteo, antecesor de Neferetis. Contó con el apoyo de Darío II, el sátrapa persa. Por este puerto entraban todos los productos del Oriente. Hoy día pierde importancia ante el auge imparable de Alejandría. Y mucho más cuando Sóstratos culmine e inaugure su torre.
—Mi pobre Sóstratos…
—¿Qué haremos con él?
—No quisiera perderlo.
—¿Aún insistes en tus lucubraciones de otro mundo? Olvida tus quimeras.
—Intentaré conservar su cariño. Todavía le amo. Podría compartiros del modo más equitativo…
—Me temo que eso será imposible. He gustado el sabor del paraíso y no podría renunciar a él.
—¿Entonces me amas de verdad?
—¿Cómo puedes dudarlo? Te adoro, me derrito por ti, siento en mi boca el sabor y el aroma de tu sexo día y noche…
—Mi cielo —dijo Pitia temblorosa, toda pegada a él—. Mi sensación debe ser parecida. Te noto muy profundo, palpitante, te saboreo hasta en sueños, pero hay veces que en ellos aparece contigo mi marido.
—Pues tendrás que elegir.
—Me partiréis el alma.
—Entiéndelo: de la misma manera que yo seré de ti, no puedo compartirte con nadie. Y al tiempo valoro la amistad de Sóstratos, de la que no quisiera prescindir. Todo un problema irresoluble.
—Buscaremos la mejor manera de arreglarlo —dijo ella.
Quedaron en silencio. Pitia era la única mujer en la taberna llena de comerciantes, pescadores y marineros griegos. Néctea la había maquillado con arte: polvo de coral para los pómulos, verde malaquita en los párpados, cejas perfiladas con negro de humo y labios carnosos en carmesí lascivo, a juego con las uñas. Era el centro de todas las miradas.
—Sabrás que a mi lado vivirás con modestia. No soy rico.
—Me ofendes. Pediría limosna con tal de estar junto a ti. Jamás había disfrutado de un placer semejante al que tú sabes darme. Además, nunca me faltará dinero: mis padres son muy ricos.
Recorrieron los mercados, los dos teatros, el griego y el egipcio, y otro día el templo de Amón, uno de los más bellos del Egipto dedicado a la antigua deidad. Erigido en piedra rosada de Giza, era pequeño: el pórtico que flanqueaban dos pilonos chatos, un patio enlosado de mármol, el pronaos y la sala hipóstila. Se detuvieron mucho tiempo en el patio para admirar y descifrar la estela de Neferetis II, escrita en caracteres jeroglíficos. Era majestuosa: alta, gruesa, de tres codos de ancho, de verdadero esquisto negro traído de la lejana Etiopía, más allá de la Nubia.
—Habla de los impuestos que deberán pagar las naves extranjeras, menores si son griegas —dijo Pitia—. La sal recibe un tratamiento fiscal diferente al algodón o el trigo. Se autoriza al gobernador del faraón a pagar a los estibadores con placas salinas el salario, y a azotar al ladrón de especias con cuarenta latigazos y con cien a los contrabandistas.
—Eres preciosa y la más inteligente de las mujeres —la halagó.
Manteniendo la respiración, cruzaron el pronaos y entraron en el sancta sanctorum. Con las paredes decoradas hasta el techo con jeroglíficos, de forma rectangular y bóveda plana, la sala hipóstila contenía en su naos la estatuilla del dios. Pitia llevaba un cuaderno de hojas enceradas de pergamino y un punzón con el que anotar lo más sobresaliente. Llenó todas sus hojas. Buscaron un lugar donde comer anguila ahumada, muy reputada en aquella parte, la mejor del Delta. Después pasearon a la orilla del canal principal entre magnolios florecidos.
—Si no dejas de amarme —dijo Apolonio—, te llevaré algún día a los templos de Amón que no conozco y que son los más bellos de Egipto: el de Karnak, río Nilo arriba, y el del oasis de Siwa, aquel pequeño paraíso.
—Te adoraré mientras aliente porque eres mi poeta, mi dueño, mi locura. No ha nacido quien me dé más deleite —contestó Pitia.
Cenaron una noche con el diácodo de la ciudad, en su bello palacio rodeado de jardines floridos. Era un egipcio educado y cortés que porfió, sin resultado, para que se trasladaran a un ala del palacio. Al cuarto día se trasladaron a Naucratis, «la que gobierna barcos», viejo emporio griego en el antiguo Egipto. Ubicada en el Delta del Nilo, en su brazo canópico, era la primera factoría helena en África. Se hallaba rodeada de un enorme palmeral datilero, inmersa en el fragor que millones de aves, grullas, avutardas, palomas, cercetas, alondras y cigüeñas producían silbando o crotorando. Era la mayor ciudad del Delta. Un jabeque, típico barco del Nilo, los dejó en el muelle abarrotado de fardos.
—Yo nací aquí —dijo Apolonio.
—Pensé que eras alejandrino.
—Mi madre trabajaba en una factoría de pescado. Una hermana suya vive todavía y nos acogerá en su domicilio.
—Me encantará conocerla.
—No esperes lujos. Pero la casa, a la orilla del río, es limpia y espaciosa.
Alquilaron un carro para que las criadas no se sofocaran con la pesada carga. Íctea, la tía del poeta, era casi calcada a su madre, como salida de la misma nariz. Farlo, el marido, era un sabeo afincado en el Delta, dedicado al trasporte de mercancías por el Nilo con un jabeque de su propiedad; un buen hombre. No tenían hijos. Se disponían a cenar cuando apareció la tropa. El recibimiento fue de lo más cordial. Apolonio presentó a Pitia como mujer de su mejor amigo. Hambrientos como estaban, despacharon el humilde opson: cebollas asadas, berzas, aceitunas griegas, berenjenas, huevos cocidos y frutas del Delta. El vino era reciente. Imitando a Farlo, lo bebían y mojaban en él trozos de maza. Hubo una sobremesa en la que tía y sobrino repasaron asuntos familiares. La pareja había oído hablar de la torre que se construía en Pharos y del arquitecto griego director de las obras. Ambos miraban a Pitia con estupor, en el caso de Farlo adobado de una mezcla de adoración y arrobo. Les mostraron la casa, hecha de adobe con techumbre de paja. Lo mejor de ella era el jardín, solitario, selvático, de árboles tan pegados que apenas dejaban penetrar la luz solar. Un sendero entre arbustos llevaba hasta el embarcadero donde atracaba el jabeque, recién calafateado. Saludaron a Andras, el marinero macedonio que lo cuidaba y defendía de robos y desvalijamientos por piratas fluviales. Las letrinas estaban detrás de un bosquecillo de sicomoros.
—Imagino que dormiréis juntos —dijo Íctia.
—Desde luego —corroboró Apolonio.
—Disponed entonces de nuestra habitación, que es la más fresca y cómoda — intervino Farlo—. Nosotros nos acoplaremos en la más pequeña.
—De ninguna manera —protestó Pitia—. No queremos molestar. Dormiremos en cualquier parte con tal de hacerlo unidos.
—El pequeño problema es que el lecho de invitados es muy estrecho —aseguró Íctia.
Los viajeros se miraron. Ella bajó los ojos antes de hablar.
—Mejor —aseguró—. Me enfrío en una cama demasiado grande.
La carcajada fue general. Apolonio enrojeció ligeramente.
—¿Y en cuanto a las criadas? —preguntó.
—Pueden dormir en la cocina o en la terraza si apretase el calor. Disponemos de esteras suficientes.
La habitación de huéspedes era de casa de juguete. Apenas si cabían dos de pie. La amueblaban el lecho, la mesa y una silla de anea. De suelo de tierra apisonada y negra, las paredes estaban decoradas con baleos de esparto. Un ventanuco sin cristal daba al Nilo y dejaba entrar por él toda su magia. Dos sahumerios con incienso de sándalo aromaban el ambiente. En un rincón había un aguamanil debajo de un espejo. Tras desnudarse, se lavaron el uno al otro reflejados en él, contemplando el deseo crecer de manera pulsátil, viéndolo endurecerse. Lo probaron primero de pie y después con ella inclinada en el alféizar de la ventana, viendo el río. El catre era en verdad angosto, pero fue delicioso. Los amantes, tras poseerse por tercera vez, se encajaron como daga en su funda, pues no cabían de otra forma, y así durmieron hasta el amanecer. El único inconveniente fue el silencio, el no poder quejarse ni gemir. Los despertó la luz amarillenta de Helios reflejada en el agua del padre de los ríos.
—Compraremos una casa pequeña y solitaria junto al Mareotis donde poder chillar —dijo ella—. El amor no me sabe si no puedo celebrar mi gozo.
* * *
—¿Es muy antigua la ciudad? —preguntó Pitia ante el templo de Apolo.
—Va a cumplir cuatro siglos. Como ves, es típicamente helena. Fue una concesión del faraón Psamético I a Atenas. Antes hubo colonos de Mileto y mercenarios griegos que servían en la vecina fortaleza egipcia de Daphnae.
El templo era hexástilo, recordando al de Poseidón en Cabo Sunion. Lo visitaron despacio, enlazados por la cintura, excitados, arrullándose como palomos jóvenes.
—Naucratis formaba parte de una confederación de ciudades, principalmente jónicas, encabezadas por Mileto, Corinto y Egina. Fue la época gloriosa —aseguró el poeta—. Era la capital del Delta, la más poblada, una ciudad internacional y un atractivo enclave cultural visitado por personajes como los sabios Solón y Tales de Mileto.
—Por entonces Grecia se debatía en diferentes guerras —recordó Pitia.
—No ocurría en Naucratis. Aquí convivían griegos de todas partes en armonía y concordia. Nueve ciudades actuaron en conjunto para levantar un gran templo común, el Helenión, que mañana veremos.
—Increíble. ¿Se conocen sus nombres?
—Desde luego. Déjame recordar… Eran Rodas, Quíos, Tea, Focea, Clazomenae, Knidos, Halicarnaso, Fasélide y Mitilene. Como ves, las había de tierra firme y de las islas. Todas colaboraban para el mantenimiento del santuario que era al tiempo centro comercial, foro de asambleas y fortaleza. Amén de ello, los ciudadanos de Mileto levantaron este templo de Apolo, los de Egina uno dedicado a Zeus y los de Samos el consagrado a Hera, que te encantará, pues es precioso. Existe también un templo en honor a los Dioscuros, protectores de los marineros.
Buscaron un lugar en la parte vieja donde refrescarse y beber algo. Cruzaron callejas empedradas, sinuosas, de casas de una planta de un blanco deslumbrante adornadas con flores. Por todas partes se palpaba la humedad y se escuchaba el sonido diurético y cantarín del agua. Hallaron una taberna solitaria donde la servían envinada, al modo ático. Pidieron una crátera.
—No entiendo que los faraones permitiesen a los extranjeros afincarse en su tierra —dijo Pitia.
Se había descalzado y con su pie jugueteaba entre los muslos de él como gustaba hacer, bajo la túnica.
—Los necesitaban para el comercio. Naucratis era el único puerto autorizado del Delta, paso obligado de los navegantes que pretendían progresar Nilo arriba al interior de Egipto. Ello duró hasta la conquista de los persas. Después, bajo el dominio de Alejandro, la ciudad prosiguió su declive. Hoy apenas se comercia con dátiles y esparto.
—¿Cómo se gobernaba la ciudad? —preguntó ella.
La punta del pie exploraba ahora zonas comprometidas, cálidas y erizadas. Afortunadamente estaban solos.
—Me haces cosquillas. ¿Qué te traes? —interrumpió su explicación el de Rodas.
Pitia prosiguió su indagación enredando con la punta de sus dedos adorables en la piel del escroto. Los testículos, desde siempre, la admiraban e impresionaban, no acertando a explicarse cuál fuera su función.
—La población contaba con un magistrado supremo llamado timuchi —continuó Apolonio—. Tenía a sus órdenes a diferentes ayudantes en cada distrito a manera de ediles. Los distritos, habitados por griegos de origen común, se gobernaban a sí mismos.
—Te amo, mi pequeño rey, mi verdadero Apolo… Te toco, te respiro y aún no entiendo que seas mío.
—Mi tesoro… —dijo él cogiéndola por la nuca y mordiendo su boca.
—Necesito amarte una vez más o moriré —dijo ella.
—Regresemos a casa.
—No puedo esperar tanto. Hagámoslo aquí mismo.
—Estás loca…
El tabernero trasegaba en aquellos momentos vino de un tonel. Era un hombre mayor. Apolonio se levantó y lo encaró.
—Necesito un lugar tranquilo donde pasar media hora —dijo poniendo una estatera de plata sobre el mostrador.
—Por este precio puede disponer de la taberna entera. Si es preciso la cerraré, señor.
Se desahogaron en un infame cuchitril que olía a mosto fermentado, entre pellejos de vino y licores de cereza y arak, pero no había otra cosa. Se arrancaron la ropa el uno al otro. Lo hicieron sobre sacos vacíos, casi a oscuras, tanteando, buscándose con frenesí lunático, revolcándose, tratando inútilmente de saciarse. Lograron un deleite tan largo que Pitia llegó a desvanecerse. Fue exacto, compartido, reflejado en alaridos triples: la berrea de los ciervos, el clamor de panteras en celo y el barrito del paquidermo. Al terminar, incansables, se acariciaron mucho tiempo, mirándose. Por fin salieron a la calle y fueron a la orilla del Nilo. Un grupo de niños se bañaba en sus tranquilas aguas.
—Ignoraba que pudiera gozarse de esta forma. Me haces feliz —dijo Pitia.
—¿Qué haré con Sóstratos? —preguntó Apolonio.
—Él es problema mío —sostuvo ella.
—No es cierto. Sóstratos es mi amigo. Tu marido confiaba en mí.
—Lo entenderá. Lo ideal sería que me compartieseis.
—Tú y tus extrañas teorías. Nadie comparte a una mujer y menos como tú. Tendrás que decidirte por uno de los dos.
—¿Y si os amara a ambos?
Los niños se habían ido y el río irradiaba su atractivo influjo. Hacía mucho calor. Se bañaron en silencio, dejando en la corriente los rastros del amor y la respuesta a la extraña pregunta. Se secaron de pie.
—Imagino que no habrá cocodrilos —dijo Pitia atusándose el pelo.
—No los hay. Solo viven en el Alto Nilo, pasada la cuarta catarata —aseguró Apolonio.
Estuvieron en Naucratis una semana, retrasando la vuelta de manera refleja. Lo vieron todo, confraternizaron con Farlo e Íctia y prometieron volver.
* * *
El encuentro, a pesar de todos los pesares, fue cordial. Sóstratos llegó tarde a cenar, como siempre, y su primera reacción fue de júbilo. Besó a Pitia y abrazó a su amigo, pero pronto comprendió que algo no iba bien. Jamás los había visto tan serios, como si al tiempo los aquejase una rara dolencia.
—Soltadlo ya —dijo—. Me temo que no voy a escuchar nada bueno.
Quedaron en silencio. El poeta abrió la boca para hablar, pero Pitia se adelantó:
—Apolonio es inocente. Yo tramé la escapada, lo busqué, lo acosé y me metí en su cama.
—Entiendo —dijo Sóstratos—. Lo veía venir desde hace mucho tiempo. Me partes el corazón.
—Lo imagino, pero no puedo gobernar mis sentimientos —dijo ella—. Apolonio me atrajo desde el primer día. Lo sabes. Pensaba que se trataba de algo físico, pero es mucho más profundo: le amo. El problema es que no he dejado de quererte.
—Explícame eso —pidió el arquitecto.
—No es nada enrevesado, al menos para mí: os quiero a los dos. Y no hay normas escritas sobre el caso. Si me lo permitieseis y fueseis razonables, me compartiríais.
—No puedo aceptar eso. ¿Qué opinas tú, Apolonio?
—Pitia sabe mi forma de pensar.
—Apolonio es igual de cerril que tú en ese aspecto, mi amor —dijo ella—. Hombres…
—Supongo que deberás decidirte por uno de los dos —dijo Sóstratos—. Pero, antes que nada, quiero que sepas que no te guardo rencor por lo que has hecho. En parte soy culpable: te abandoné por la dichosa torre.
—¿Cómo va?
—Progresa…
—No te sientas culpable: soy la única responsable del estropicio.
—¿Entonces?
—Me iré con Apolonio.
—¿Qué haremos con las niñas?
—De eso quería hablarte.
—Al menos déjamelas —pidió Sóstratos—. Podrás venir a verlas cuando quieras e incluso pasearlas por ahí si te apetece.
—Pensaba pedirte que las cuidaras. No imaginas cómo valoro que me permitas verlas. Queda un pequeño asunto: a la espera de buscar un lugar donde vivir, seguiré alojada aquí si no te importa.
—Será cosa de poco —dijo Apolonio—. Pensábamos encontrar una casa a la orilla del lago. Sé de una que venden o arriendan no lejos de la de mis padres.
—Es posible que tengáis apuros económicos para comprar la casa —dijo el arquitecto—. Sé que el salario de un sabio del museo no es grande. Sabed que, si lo deseáis, puedo haceros un préstamo.
Pitia estaba a punto de llorar. No había tocado a Sóstratos hasta entonces, pero se abrazó a él.
—Yo pensaba alquilar —dijo el poeta—. Pero no sabes cómo te lo agradezco, querido amigo. Queremos vivir con sobriedad.
—Mi oferta sigue y seguirá en pie.
Ahora ella fue junto a su amante, se colgó de su cuello y lo besó en los ojos. Los tres estaban con los ojos brillantes.
—Gracias, Sóstratos —dijo Pitia.
—No tienes por qué darlas. Actúo por puro cálculo: no pienso renunciar a ti y, siendo generoso, tal vez tu vuelta se produzca antes de lo que piensas.
* * *
Encontraron una pequeña vivienda a orillas del Mareotis. Estaba en un paraje solitario, a parasanga y media del puertillo del lago. Tardaron casi dos meses en adecentarla y hacer ciertas reformas. Mientras duraban, Pitia prosiguió su vida de casada normal. Iba de compras, daba clase a las niñas, acudía al museo por las tardes y esperaba a su marido para cenar en soledad, pues Apolonio, muy atareado, iba de tarde en tarde. Dio muestras de embarazo antes del mes y medio. Celebraron el acontecimiento los tres, cenando juntos. El marido le regaló una cadena de cintura con un aguamarina y el amante un dije de azabache del tono de sus ojos. Era curioso discernir cuál de los dos se esmeraba más en complacerla, en atender a sus antojos. Ella dormía en una habitación enfrente del dormitorio conyugal con la puerta abierta, esperando la llegada de Sóstratos, que nunca se produjo.
El arquitecto cooperó en habilitar la nueva casa facilitando la mano de obra. Al final quedó una vivienda rústica pero muy confortable, casi un palafito. Era de madera con el techo de paja muy trabada, impermeable material fresco en verano y cálido en invierno. Disponía de un gran salón abierto al lago con dos mesas de trabajo y otra para comer, un triclinio al modo romano y un aparador con recuerdos de viaje. Estaba circuido de una estantería llena de libros y manuscritos. A través de un ventanal daba a una terraza que parecía sobrevolar el agua, apoyada en estacas clavadas en el fango. La calma de las doradas aguas impregnaba el ambiente, con el solo rumor de las brisas etesias agitando las copas de los árboles. A un lado del salón estaban la cocina y una estancia común para las esclavas y criadas. Al otro, el dormitorio principal, que daba también al lago, provisto de aseo y retrete. En la parte de atrás estaban las habitaciones de invitados, una pensada para las niñas, otra para el bebé que iba a venir y una tercera para Sóstratos, si es que le diera por aparecer.
Inauguraron la casa un día de Marte. Estaban los padres de Apolonio; Sóstratos, siempre con prisas, que brindó con ellos antes de volver junto a la torre; Pitia y Electra, dos mujercitas de cinco y dos años, que regresaron a Alejandría con Amruz al caer la tarde, y las fieles servidoras de la griega que seguían con ella: Astarté, la esclava nubia, y Néctea, la doncella. La dueña de la casa mostraba ya una discreta panza.
Lo mejor de la vivienda era la soledad. También la paz. Las noches estrelladas eran tan silenciosas que su propio sosiego era sonoro. Un día cualquiera de la pareja se iniciaba antes de amanecer, cuando la luz entre lechosa y glauca sobrevolaba las copas de las palmeras y teñía de nácar las mejillas de Pitia, coloreando las cosas muy despacio. Se amaban nada más despertar y lo hicieron hasta tres días antes de dar a luz. Ella solía llevar la iniciativa con propuestas audaces, renovadas y a veces sorprendentes.
—Jamás dejarás de impresionarme —dijo un día Apolonio—. ¿Cómo sabes tanto?
—Me interesa el amor físico —dijo ella—. Si existe placer en el paraíso que prometen los dioses, dudo que sea mayor que el que se logra entre tus brazos o me daba Sóstratos. Por ello me consagro a obtenerlo y siento una gran tristeza cuando no lo consigo. Si algo envidio de los hombres es vuestra posibilidad de gozar cada vez. Y si algo os hace admirables es la facultad, distinta e individual, de saber darnos gozo. Lo que distingue a un verdadero amante de un cantamañanas es precisamente esa potestad, un auténtico arte.
—No has contestado por completo a mi pregunta.
—He investigado en la sala de Clío.
—Lo suponía. Has visto los tratados egipcios sobre el tema y el libro de los persas…
—Sí. Pero hay cosas que desarrollo por mi cuenta. Adoro la creatividad en ese campo.
—Pues yo evitaba innovar por no herirte con ofertas procaces.
—Lo procaz no existe en materia de sexo. Para mí, todo lo que contribuya a dar placer es válido.
Desayunaban en la terraza, muchas veces desnudos para tomar el sol, se bañaban en el lago y ella lo veía partir hacia el museo. En la parte de atrás de la casa disponían de un jardín vallado donde había árboles frutales, palmeras, limoneros, granados y naranjos. En dos tablas de huerta, Pitia en persona cultivaba hortalizas y las hierbas que amaba: romero, albahaca, reseda, hierbabuena y reina de los prados. Plantaba sus flores favoritas en dos grandes parterres de tierra negra traída del Delta, a ambos lados de la terraza. Los regaba a diario, excepto si llovía, con agua del Mareotis. Había allí campanillas, iris, glicinias, nardos, peonías, heliotropos, pensamientos, violetas, nomeolvides y guisantes de olor. Si hacía mucho calor, se bañaba de nuevo. Comía sobriamente servida por Astarté, se componía asistida por Néctea y partía a Alejandría en una barca que pasaba a recogerla puntualmente. En el museo leía, estudiaba y clasificaba fichas y manuscritos. Al terminar la tarea, algunas veces recorrían el puerto como antaño, merendaban donde Mitria o contemplaban el progreso en las obras del faro. Su obsesión era regresar a su particular edén cuanto antes para amarse con una demencia que, lejos de menguar, iba a más. Desembarcaban y corrían al lecho para fornicar igual que dos posesos. Era un amor audible, sin barreras ni límites, que contemplaba todas las variantes y sorprendía a las criadas y a los ánades por la variedad e intensidad creciente del escándalo. Luego, ya sosegados, cenaban a la luz de los cirios.
* * *
La gran torre tenía una altura de doscientos codos cuando nació sin novedad el pequeño Apolonio. Fue un parto que no precisó ninguna ayuda. Pitia tuvo el primer dolor nada más irse su amante a la ciudad. Con ayuda de sus siervas y sin apenas molestias alumbró a un rollizo bebé que berreó con fuerza. Tenía los pulmones de ella y la belleza compartida de sus padres. Al no acudir a su trabajo, Apolonio sospechó algo y regresó al hogar. Cuando llegó, niño y madre dormían. Tuvo tiempo de llenar de flores del jardín la habitación. Pitia abrió los ojos.
—Será tan hermoso como tú y quizá más guerrero, pues fue concebido con pasión —dijo.
—Confío en que se te parezca, la más bella entre todas las féminas.
En cuanto al faro causaba ya estupor. Los trabajos progresaban a ojos vista, confiando Sóstratos en inaugurarlo en la fecha ajustada: a mediados del mes de sgirophorion del 270 antes de Cristo. Las placas de mármol se colocaban rápido, casi al ritmo que el muro de ladrillos. Una tarde, Pitia y Apolonio fueron a visitarlo. Ella, recuperada ya del parto, parecía una escolar traviesa con el pelo recogido en una trenza. Sus pies, una parte muy atractiva de su cuerpo, exhibiendo sus uñas decoradas en tono verde agua, lucían en sandalias abiertas de tacones muy altos. El arquitecto se afanaba como siempre, dando órdenes.
—Enhorabuena —dijo Sóstratos a su mujer—. Sé que tuviste un niño.
—¿Quién te lo dijo?
—No hace mucho Sofía y Amruz fueron a verte, pero no te encontraron. Dijeron que es precioso, aunque dudo que consiga emular a la madre.
—Es más guapo que ella, sin duda. ¿Cómo estás?
Sóstratos caviló antes de responder. Apolonio se aproximó al borde de la plataforma, mirando al mar, dejándolos que hablaran.
—Bien, mientras duren las obras —dijo al fin—. Cuando me halle mano sobre mano, me acordaré de ti todavía más.
—Si tú quisieras, cabezota, cuando culmines la torre podría pasar contigo una temporada. Iríamos a Grecia.
—¿Y Apolonio?
—Intentaría convencerlo.
—Veo que sigues tan loca como siempre y aún más bonita.
—Si me rechazas tendré que buscarte una mujer.
—Déjate de bromas. Tú eres mi mujer. Te esperaré.
—Pues irá para largo. Soy tan feliz con Apolonio como lo fui contigo. Enséñanos tu torre.
Vieron primero los tritones, dioses mensajeros de las profundidades marinas hijos de Poseidón y Anfítrite. Estaban a cubierto en una nave inmensa donde trabajaban cientos de operarios. Eran de bronce, de colosal tamaño. Tenían torso humano y cola de pez. Los cuatro eran distintos, llamando la atención uno de ellos, el centauro-tritón o ictiocentauro, con patas delanteras de caballo, torso de hombre y cola de pescado. Dos tenían cuerpo de mujer, con grandes senos desnudos, desafiantes. Todos soplaban conchas de diferentes caracoles marinos y nautilus, a manera de trompa, con las que calmaban o encrespaban las olas a su capricho.
—Se colocarán arriba de la torre, trabados a su pared con anclajes metálicos — dijo el arquitecto—. El ictiocentauro marcará el norte.
—¿Producirán sonido con sus conchas? —preguntó Pitia.
—Lo pensé —respondió Sóstratos—, pero ello supondría idear un sistema de propulsión de aire mediante fuelles, costoso y difícil de mantener.
—Hubiera sido de mucho efecto —manifestó Apolonio—. Según la Teogonía de Hesíodo, el sonido que emitía el tritón con su concha era tan terrible que los gigantes echaban a volar imaginando que rugían las furias. Sabéis que los tritones vivían por estas costas y más allá, hacia el golfo de Sirte, en la Libia.
—Por ello los represento aquí. Estamos trabajando ya en la estatua de Poseidón. Seguidme y veréis su estructura.
Al fondo de otra nave, acostada dada su gran altura, se veía la armazón de una estatua gigantesca. Se colocaban ya las primeras placas de bronce en su perímetro. Obreros metalúrgicos derretían el metal en enormes crisoles al rojo vivo mientras ferrallistas y fundidores lo moldeaban. Aquello parecía una mítica fragua del averno.
—La estatua será hueca, como la del coloso que hay en Rodas —informó el de Knidos—. Una escalera servirá para ascender hasta la cúspide y un cabrestante dotado de un sistema de cuerdas y poleas servirá para llevar al quemadero el combustible.
—¿Cuál será? —preguntó Pitia.
—Aún tengo dudas: resina arbórea o petróleo de Saba.
Todavía pasaron a ver el quemadero antes de visitar la torre. Era un recipiente de hierro de paredes gruesas, gran tamaño y la capacidad de cinco cubas.
—Tras mucho meditar, quiero dotarlo de un opérculo metálico, deslizable, para apagar el fuego a voluntad —dijo Sóstratos—. De esa manera se ahorrará combustible, sin contar con que durante el día la gran fogata no será necesaria.
Pitia y Apolonio estaban admirados. Como deferencia al arquitecto, procuraban no rozarse ni demostrar cariño. Ni tan siquiera se cogían de las manos. Fueron por fin a la plataforma superior, donde nacía la torre, tras ascender las rampas. Penetraron por el portón abierto, inmenso, e iniciaron la ascensión por la rampa interior. Era espaciosa, de piso de madera, y permitía el paso de dos carruajes no muy anchos a la vez. El borde interno estaba defendido por una barandilla de soga anudada a puntales metálicos para impedir caídas por el hueco central. Todo estaba sucio y desordenado, lleno de polvo, siendo incesante el trasiego de obreros y operarios. Ascendieron despacio, pues el desnivel era acusado. Se detenían para admirar el panorama desde las ventanas, cada vez más sorprendente. Al fin, sin aliento, llegaron a la cima donde un grupo de obreros dirigidos por varios capataces colocaba ladrillos. Lo hacían con el mismo mimo que un joyero engastando rubíes. Unos recibían el material de abajo, en espuertas izadas con poleas por el hueco central, otros hacían la mezcla de argamasa y el resto ponía los ladrillos con precisión de orfebre.
—Tened cuidado ahora, por favor. La altura es grande y hay un poco de viento — los previno Sóstratos.
Desde una tarima sin baranda contemplaron la visión fantástica, jamás vista: hacia el sur y a sus pies, Alejandría, los puertos, el lago Mareotis y las primeras dunas del desierto; a un lado, la sinuosa línea de la costa hacia Cirene; al otro, Canopo, Heraclion y el verdor lujurioso del Delta entre la bruma, y, por fin, al norte, el mar inmenso. Pitia estaba entre asustada y conmovida. El viento ondeaba su trenza y el sol se irisaba en su piel. Le faltaba la corona de olivo para ser tenida por Atenea Partenos, la deidad helena trasplantada a Alejandría para proteger a la ciudad.
—Nunca he estado tan alto. Soy la mujer de un genio —dijo.
—Cuando culmine mi torre llegarás tan alto como ninguna otra mujer jamás — sostuvo el arquitecto.
—Creo que me domina el vértigo. Bajemos —dijo ella.
Apoyada esta vez en sus dos hombres, Pitia descendió por la rampa. Se despidieron de Sóstratos y fueron donde Mitria a beber vino griego.
—La realidad supera cualquier ficción —dijo Apolonio—. Ni en sueños pensé que pudiera construirse algo tan colosal.
Bebieron sin dejar de admirar la majestuosa construcción desafiando la gravedad y el viento. Refulgía de luz reverberante.
—Es cierto —dijo ella—. No te molestará que sienta admiración por mi marido…
—Al contrario. Me indignaría que lo subestimases. Su nombre pasará a la historia como el más insigne de los arquitectos.
* * *
Calímaco amaneció muerto en su cama una mañana gris de invierno en la residencia de sabios del museo. Las honras fúnebres del bibliotecario duraron siete días. El de Cirene dejó escrito que su cuerpo no fuese momificado, sino incinerado, y sus cenizas esparcidas por el lago Mareotis. Apolonio, su principal discípulo, se afectó hasta el extremo de caer en la melancolía. Estuvo inapetente, sin ganas para nada, más de un mes. Solo se consolaba en los brazos de Pitia. Para terminar de rematarlo, Ptolomeo Filadelfo eligió como sucesor de Calímaco a Zenódoto de Éfeso, un excelente gramático, pero ya mayor, lleno de achaques físicos y lingüísticos. Apolonio, que confiaba en su designación como bibliotecario, pasó malos momentos.
—No debes apenarte, mi amor —trató de consolarlo Pitia—. Nadie ha sido bibliotecario con tu edad. Pronto llegará tu turno, pues eres el más válido.
El poeta comprendió que las razones de su amante eran justas y se dedicó con afán a clasificar la obra de su maestro. Recopiló sus himnos, sus cientos de epigramas, sus poesías… y ordenó hacer una nueva edición de su poema cumbre: El rizo de Berenice. Tan ingente labor le llevó algo más de un año. La culminó justo cuando Sóstratos finalizaba los trabajos del que todos llamaban ya «faro de Alejandría». La última fase, la colocación de los tritones y de la imagen de Poseidón, elevados por medio de ingeniosos juegos de poleas y polispastos, congregó ante la torre a miles de alejandrinos expectantes.
La inauguración del monumento fue un acontecimiento en todo Egipto. Acudieron gobernadores de todas las provincias del reino. En el estrado central se hallaban Ptolomeo y Arsínoe II al lado de Sóstratos y Pitia. En sitiales laterales se situaban el resto de los invitados ilustres: miembros del municipio, museo, judicatura, ejército, marina y sacerdotes. El monumento, en deslumbrante mármol blanco, se embellecía con los cuatro tritones y el Poseidón de bronce, arrojando una altura total de 295 codos reales, mayor elevación que las grandes pirámides de Giza, el más alto edificio jamás construido por el hombre. Poseidón, el dios de las aguas, brillaba con luz propia. Con el pie pisaba un gran pez, sujetando con ambas manos un afilado arpón. El quemadero se hallaba sobre su cabeza. Del cuello surgían arqueadas varillas de hierro portadoras cada una de un espejo en su punta. Estaban lo suficientemente alejadas del fuego para que su calor no derritiese el cristal reflectante.
Los momentos culminantes de la inauguración fueron el encendido del combustible, finalmente el negro aceite que manaba en el desierto sabeo, y la consagración del monumento a los dioses egipcios. El sumo sacerdote Manetón, revestido de su abstruso pontifical, ofició el ofertorio de la torre a Amón y Horus. Luego, el pueblo, humillado ante sus reyes-dioses, se prosternó a una sola voz para adorarlos. Acabada la brillante ceremonia, sonó un gong. Se hizo el silencio. A una orden de Sóstratos, el encargado de la luminaria, allá arriba, introdujo en el quemadero la pértiga que llevaba en su cabeza la mecha encendida e hizo prender el carburante: una inmensa llamarada se elevó al cielo en medio del clamor de los alejandrinos. Las llamas tomaban cada vez más incremento. Había lenguas de fuego tan altas como las columnas del ateniense templo de Zeus Olímpico. Sóstratos fue abrazado por el rey y, tiernamente, por la reina-diosa en su túnica de finísimo y trasparente encaje. Luego, a otro golpe de gong, el fuego se apagó: el encargado había deslizado el opérculo por medio de un resorte. A la extinción sucedió un clamor casi mayor que al del alumbramiento. Todos en las tribunas estaban boquiabiertos. El arquitecto mandó encender y apagar el fuego varias veces originando un febril entusiasmo traducido en vítores a Sóstratos y a Ptolomeo Filadelfo, júbilo general y ovaciones cerradas. De grandes jaulas de mimbre se soltaron miles de palomas blancas. Se habían dispuesto para el pueblo varias decenas de toneles con hidromiel, cerveza y agua envinada junto a parrillas donde se asaban carnes y pescados. A medida que se consumían bebidas y alimentos la gran explanada del puerto y el Heptastadion fueron despejándose y todo volvió a la normalidad al tiempo del crepúsculo. La gran torre quedó iluminando la noche alejandrina. Su resplandor iba a alumbrar el resurgir de la navegación en cualquier mar al favorecer la aparición de miles de faros en centenas de piélagos.
* * *
Sóstratos se encontró de repente sin trabajo, algo que llevaba peor que la ausencia de Pitia. Estuvo varios meses sin saber qué hacer, recibiendo homenajes, acogiendo de tarde en tarde a Pitia y Apolonio en visitas de cumplido, acudiendo al palacio real a recepciones turbias y desabridas, estúpidas. Afortunadamente, la reina Arsínoe no reparaba en él. El arquitecto disfrutaba de sus hijas, pero solo un rato: cuando se cansaba de escuchar preguntas sin respuesta las enviaba con las niñeras. Consolaba su negra mala suerte con vino del Peloponeso y licores de Creta: había perdido sus dos amores, reales o ilusorios, al mismo tiempo.
Supo a través de Amruz de aquella casa respetable, en el barrio árabe, donde tenían lugar las ceremonias de iniciación en los misterios de Eleusis. El esclavo nunca quiso decirle cómo había llegado a su conocimiento el dato valioso, pero sí le recitó tres veces la contraseña que permitía la entrada. La noche que se decidió a ir se enjugó en el estanque, no cenó como era preceptivo, vistió túnica nueva y bebió vino tibio que le preparó Amruz, con mirra, haschish y polvo de adormidera.
La calle era ruidosa y empinada y la noche caliente. Sintió que muchos pares de ojos se clavaban en él mientras ascendía evitando las piedras. Eran mujerucas sentadas a las puertas de sus casas cosiendo en la penumbra, charlando al fresco o friendo cebollas. En realidad fisgaban. Embutió la testa en el capuz aún más para evitar ser reconocido y aceleró el paso. El olor era a ajo, comino y jazmines morunos. Le invadía una somnolencia dominable, especial, que le hacía levitar y trepar calle arriba como si fuese cuesta abajo. Tropezó con un gato, que erizó el lomo y maulló desapareciendo en la negrura. Llegó a una casa de dos plantas recién enjalbegada que tenía los balcones cerrados. Coincidía con las señas. Hizo sonar el aldabón y el eco retumbó en su sesera despejándolo. Una mirada negra le atisbó a través de la estrecha mirilla.
—¿Y bien? —escuchó en buen egipcio.
Había olvidado el santo y seña, pero lo recordó enseguida.
—«Me place el vino de malvasía» —dijo.
La contraseña cambiaba con frecuencia, pero debía tener relación con el vino, pues el mosto era el regalo de Dionisos y un factor esencial en el culto eleusino. Se abrió la puerta y se cerró rápidamente tras entrar él. Hubo de acomodar los ojos a la oscuridad. Casi le hizo toser el fuerte aroma de incienso de jazmín y sudor ácido. Un muchacho desnudo, depilado hasta las cejas, perfiladas con kohl las aristas del rostro, le quitó de las manos la bolsa con monedas que llevaba dispuesta y se esfumó. Avanzó por un pasillo contorneado de lamparillas de aceite a un patio con el techo dibujado de estrellas titilantes. Las sombras de las luces proyectaban sobre el cielo raso figuras deformes, monstruosas, mágicas, que semejaban bailar danzas fantásticas. Hacía mucho calor. A un lado y otro, de pie, sentados alrededor de mesas bajas o tumbados en sórdidos camastros, pudo ver hombres y mujeres, desnudos, pintarrajeados o tatuados con ocre de arcilla. Algunos le miraban con sorna, dedicándole gestos obscenos o cómicos visajes. Todos bebían del contenido de una cuba central que contenía kykeón nuevo, recién consagrado. Escuchaba el rumor, en sordina, de aulos, siringas, krótalas y dombacs. Escoltado por dos jóvenes que no pasarían de catorce años, de la mano de una ninfa de piel negra llegó al salón donde, a los pies del sumo sacerdote, se hallaba la figura del dios. Se trataba de un mediano Dionisos de marfil y oro rodeado de bujías ardientes, situado sobre una plataforma de mármol. El escultor había plasmado a la perfección la figura de la deidad del vino y de la euforia: sus rasgos clásicos, burlescos, la gran barba deshecha en mil tirabuzones y hojas de parra prendidas del cabello.
—Bienvenido —dijo el hierofante en buen griego—. ¿Vienes a iniciarte en los misterios de Eleusis libremente?
—Sí —contestó el arquitecto.
—¿Estás presto para la iniciación?
—Completamente.
—Bien. Levanta los brazos —ordenó el oficiante.
Sóstratos los alzó al cielo, rectos, firmes. Sus escoltas le sacaron por el cuello el himacio. Vio el rostro del sumo sacerdote, luego el color brumoso de la túnica y al fin, de nuevo, la cara del oficiante bendecida por un gesto de triunfo. Sintió su aliento denso, ponzoñoso, cuando le saludó con el abrazo egipcio, como acogiéndolo dentro de la hermandad. Pronto, allí mismo, manos ágiles ungieron su cuerpo con bálsamos y unturas de olores sofocantes. La muchacha negra se encargó con sus manos de aplicar una especie de aceite en su cintura que extendió al ano y a la verga aún dormida. Luego le ofreció la gran copa iniciática que bebió a grandes sorbos. Era un vino caliente, de fuerte sabor a canela, muy especiado de diferentes hierbas. El licor se derramó en parte y resbaló hacia abajo, barbilla, cuello, tórax, abdomen y cintura. No pasó de allí, pues bocas anhelantes lo sorbieron hasta no dejar huellas. Después, varios pares de manos expertas le sobaron la espalda, las caderas, el arreciado falo, el ano inquieto y ambas nalgas, acariciando, provocando, excitando, antes de rellenar de nuevo el vaso.
Lo empujaron a una estancia aromada de kyphy. Un tambor persa retumbaba en sabia percusión y una flauta acompañaba canciones dionisiacas. El arquitecto se sentía flotar entre algodones blancos, lo mismo que una mariposa de luz. Oyó gritos de pájaros. Vio con ojos incrédulos una masa de cuerpos no filiados, apretados unos contra otros, justo cuando se intensificaba una agradable sensación de mareo, lo mismo que volar: el licor sagrado hacía su efecto.
—Relájate, no temas —dijo la joven ninfa—. Vas a ser iniciado.
Despacio, los adláteres lo condujeron a una estancia en penumbra. Le pareció ver caras de rasgos conocidos: un antiguo encargado de obra, un negro mastodóntico que viera con Amruz, una tierna muchacha hija de unos vecinos… De súbito lo deslumbró una antorcha de luz en su interior, un fogonazo dentro de las capas fibrosas del cerebro. Trastabilló. A la incierta claridad de una bujía de aceite en un rincón, sobre una alfombra, la negra se tumbó, abrió mucho los muslos y, asiéndolo de ambas manos, lo atrajo sobre ella. Era muy estrecha. Sóstratos jamás había disfrutado de erección semejante. Era tal que casi le hacía daño. La penetró con fuerza, imaginando que era Pitia la que tenía debajo. La oyó gemir y sintió sus uñas afiladas clavarse en los costados. Aún notaba las últimas contracciones sísmicas del orgasmo cuando ávidas manos separaron sus glúteos. Sintió con cierta desazón la fría untura gelatinosa. La joven de color se escurrió de debajo lo mismo que un delfín. Cuando sintió que era cubierto por detrás se entregó al deleite sin reservas, soñando con Apolonio. Nunca pudo discernir cuál placer fue mejor y más largo. Gozó el peso del macho y aspiró su sudor feroz y acre. Fue poco tiempo. Al terminar se dio la vuelta, pero solo pudo atisbar en la grisalla turbia un par de negras nalgas alejándose.
* * *
—He culminado el poema que compuse para ti —dijo Apolonio una noche sin luna, junto al lago.
Habían terminado de cenar. El pequeño, que había cumplido ya dos años, dormía y el silencio era pleno. Una luz inquietante (no había luna) iluminaba el Mareotis con su claridad argéntea. Las llamas del quemadero de la torre, allá a lo lejos, evocaban a Pitia su pasado. Sus ocho años alejandrinos parecían ochocientos. Astarté, perdida entre las sombras de la noche, casi invisible, les servía licor de palmera.
—Me agradaría mucho que me lo recitaras.
—Puedo hacerlo ahora mismo. Me lo sé de memoria, pues no es largo.
—Adelante.
Apolonio no se hizo de rogar y declamó la poesía lírica. Era sin duda el mejor vate de toda Alejandría y consiguió conmover a su amante.
—Es precioso, mi amor. ¿Esa soy yo?
—No hay versos que puedan expresar tu belleza.
—¿A quién agradecer mi suerte? Me adoran los dos mejores hombres del mundo.
—A eso quería llegar —dijo Apolonio—. El poema es, en parte, un desagravio a tu persona: a partir de mañana apenas tendré tiempo para ti.
—¿Qué ocurre?
—Ptolomeo me ha encargado un trabajo que debo entregar antes de siete meses. Se trata de un poema épico sobre los argonautas inspirado en el faro. Es una obra muy extensa, pues deberé narrar el viaje de aquellos héroes míticos, Jasón y los demás, de forma innovadora. Tengo que estudiar diferentes textos, algunos en arameo y sánscrito, y traducirlos.
—Los argonautas iban a la legendaria Colcos navegando en su nave, de nombre Argos… ¿No es verdad?
—En busca del vellocino de oro. El trabajo consumirá toda mi jornada y parte de la noche. Debo escribir primero sobre papiro, enmendar los errores y faltas tras una primera lectura y trasladar la versión definitiva al pergamino, que no admite correcciones. Me temo que siete meses se harán poco. Tendré que laborar hasta la madrugada en el museo e incluso dormir allí, ahorrándome los traslados y el tiempo que conllevan. No puedo defraudar la voluntad real, pues de ella depende mi futuro: quiero ser el siguiente bibliotecario.
—¿Y qué haré yo sin ti?
—No hace mucho te quejabas de no ver lo suficiente a las niñas. Sugiero que te traslades al Bruqueion cierto tiempo, hasta que tenga mi trabajo encaminado. Sóstratos, que ahora es más libre, las niñas y el pequeño, que llevarías contigo, podrían acompañarte. Aquí estarías muy sola. Para mí sería mucho más fácil visitarte de vez en cuando allí.
—Quizá tengas razón. Pero tendríamos que contar con Sóstratos.
Visitaron al arquitecto un día de Venus y no puso el menor inconveniente. Pitia y Electra eran ya mujercitas y brincaron al cuello de su madre. Esta se emocionó. Sofía acostó a los tres pequeñuelos y el trío pasó la velada bebiendo kikeón y diseñando planes como antaño.
—Estoy casi brazo sobre brazo —se quejó el arquitecto—. Filadelfo me ha encargado la construcción de un templo, no os riais, para la diosa Arsínoe. Irá al lado del palacio de Antirrodos y está ya diseñado.
—Serás un hombre rico… —dijo Apolonio.
—El rey ha colmado mis arcas. Me ha pagado una cantidad que me da vergüenza referir: quinientas estateras de oro griego, sin contar con la soldada de estos años. Por primera vez desde mi estancia en la ciudad, dispongo de tiempo para mí y más dinero del que podría gastar.
—Suena bien —terció Pitia—. Yo podría enseñarte lo que Apolonio me enseñó a mí.
—Y estarías con las niñas, que es tu gran deseo. De noche me esperaríais para cenar juntos los días que pueda —añadió Apolonio.
En ello se quedó. Pitia se instaló en el cuarto de invitados, el que Apolonio utilizara alguna vez. Todavía detectaba su peculiar aroma varonil entre las sábanas. La relación con su marido era fraterna. Desayunaba con él, cambiaban impresiones sobre temas actuales y, cuando Sóstratos se encerraba en su estudio, daba clase a sus hijos. Comía con el de Knidos en la terraza que daba al mar y partía para el museo. Allí apenas veía a Apolonio, siempre trabajando a destajo en su magna obra. Sobre las cinco la recogía Sóstratos y, juntos, recorrían la ciudad. No contaba con un inconveniente: el arquitecto era tan popular que lo reconocían, coreaban su nombre y pretendían alzarlo en triunfo. Ello, lejos de importunarla, le agradaba: era la mujer de un personaje, alguien venerado por el pueblo.
La ciudad era un magma en ebullición, un pozo sin fondo de rincones desconocidos, enigmáticos, y de nuevos distritos. Mostró a su marido lo que no conocía: el barrio de los embalsamadores, la judería, los zocos árabes, algún templo perdido y pequeños teatros. Cenaban sobriamente en alguna taberna pescado y vino nuevo y volvían al hogar para esperar el regreso de Apolonio, cuando lo hacía. Pasaron tres meses de convivencia difícil de clasificar, indefinible e inentendible, de tímido tanteo por parte de ella, de pesquisas entre sentimentales y sensuales por parte de él, de miradas perdidas o encontradas, de roces buscados o espontáneos. La helena se figuraba una raposa dentro del gallinero. De manera natural espiaba a su marido, olisqueaba su rastro. Se componía y perfumaba para él, haciéndose la encontradiza a la hora del baño que Sóstratos tomaba en el estanque al despertar. Ella se adelantaba y, desnuda, tumbada sobre el césped en posturas salaces, se secaba con los rayos todavía inmaduros del primer sol iluminando su dulce anatomía. Se sorprendía como cuando pretendía un juguete de niña: estaba tratando de conquistar a su propio esposo. Lo escuchaba silbar o carraspear para anunciar su presencia. Le veía inmerso en la sorpresa, traspirando angustia o emoción. Era un cielo. Sería una tonta si prescindía de aquel hombre excepcional al que, además, amaba. Era un amor distinto al que sentía por el poeta, más programado y casto. Uno era racional y lógico y el otro demencial e inexplicable; el artista era pasión urente y el genio lava ardiente dormida. Fue una noche de estrellas rutilantes cuando Pitia reparó en la belleza, ya firme y asentada, con cierto deje triste, de su esposo. Era un varón curtido y en la plenitud de sus treinta y dos años. Tenía el atractivo que aporta la experiencia, el empaque y la seguridad de un hombre hecho.
—No me puedo creer que en todo este tiempo no te hayas acostado con ninguna mujer… —dijo una sobremesa mirándolo por encima de la copa de vidrio.
—Pues es la verdad pura —mintió Sóstratos—. Propuestas no me faltan, pero sigo amándote. Y respetándote.
—¿Qué pasó con Arsínoe? Pocas veces vi en unos ojos de mujer el fuego con el que te abrasaba.
—Coincidimos dos o tres veces al año y casi siempre se deja caer. Pero no adelantamos. No es mi tipo.
—Podrías enamorar a quien te propusieras —sostuvo ella—. Sabes que eres apuesto.
—La torre me ocupó durante más de cuatro años. Tal vez ahora encuentre alguna cosa convincente.
Tornó a mirarlo. Seguro que, famoso, guapo, rico y con tiempo libre, las hallaría a docenas. Pero ella no estaba dispuesta a permitirlo: Sóstratos era suyo. Él también la contempló extasiado. Pitia, a sus veintiocho años, era una mujer de verdadero fundamento. Sus carnes seguían prietas, sus senos eran firmes, sus pezones —que adoraba— seguían perforando sus túnicas, cegaba con la luz de sus ojos y había ganado seguridad y aplomo. Y sus pies… Era lo que más añoraba de ella: su pequeñez, la finura de seda en el haz o el envés, poder besarlos, el aroma a pan caliente de sus plantas, las uñas cuidadas y decoradas en tonos sorprendentes. Echaba de menos verla componerse, despacio, la forma de lavar su cuerpo, de depilarse, pintarse y perfumarse. Soñaba con volver a gustar el sabor de su boca y el aroma de su sexo. Representaba, como siempre, un bocado exquisito. Su frente se hallaba levemente fruncida, como si tramara algo.
—¿En qué piensas? —preguntó el arquitecto.
—Me bulle en la cabeza una idea antigua: visitar el templo de Júpiter Amón en el oasis de Siwa. Pero no puedo hacerlo sola. Preciso de un hombre que me proteja y acompañe, un varón de toda mi confianza, ¿quién mejor que mi propio marido?
—¿No sería más justo que esperaras a que Apolonio culmine su trabajo?
—Conoces mi impaciencia. No puedo aguardar cuatro meses. Además, pronto será nombrado bibliotecario y ello le absorberá todo su tiempo.
—Me parece incorrecto. Habría que consultar con él: eres su amante y la madre de su hijo.
—No pondrá inconveniente. Apolonio es tan caballero como tú. ¿Tú te opusiste a que me acompañara a aquel viaje al Delta? Mi poeta sabe que deseo conocer Siwa y jamás me dejaría ir sola.
—Lo consultaré con Apolonio: si él lo permite, te acompañaré de mil amores.