El Arquitecto

Antonio Cavanillas de Blas · Capítulo 1 de 7 · parte 1/2

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El Arquitecto

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Antonio Cavanillas de Blas

El Arquitecto

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turolero 20.04.15

Título original: El arquitecto

Antonio Cavanillas de Blas, 2015

Editor digital: turolero

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Para la mujer, tantos siglos preterida, olvidada y explotada

1

Knidos, 7 de thargelion del 287 antes de Cristo.

La barca, con nombre de mujer, se mecía sobre las aguas quietas. Amarrada por una soga al farallón, la brisa la aproaba hacia levante. Derrumbados sobre el piso de tablas, junto a sendos aparejos de pesca, dormitaban desnudos dos muchachos. En un balde, al sol primaveral que aún no quemaba, boqueaban plateadas lubinas, brecas y sargos. Los cormoranes sesteaban en la orilla rocosa conviviendo en paz con las gaviotas y un petrel buceaba buscando la pitanza. Una voz de mujer quebró la paz y el sueño de los kouros.

—¡Sóstratos! ¡Arístipos! —chilló sin dejar de avanzar por el talud de piedra que bajaba a la playa.

Era una hembra rayando la treintena, guapa, morena, con el pelo recogido en una trenza, de caderas que oscilaban al andar con magia bruja. Calzaba sandalias de cuero, vestía túnica que descubría los tobillos, ceñía su talle un cíngulo azul noche y le adornaba el pecho una delgada fíbula de plata engastada en piedrecillas de ámbar. El sol, a sus espaldas, trasparentaba en la tela su incitante silueta. Tuvo que gritar un par de veces antes de que los zagales se desperezaran. Lo hicieron incorporándose, bostezando y estirando los brazos. Eran de edad pareja —sobre los trece años— y similares trazas: recios, bien musculados, con la piel atezada y la melena resuelta en mil rizados bucles. A pesar de ser mozos, lucían vergas de hombre, o sería la erección que suele acompañar al despertar.

—¿Ocurre algo, madre? —preguntó Sóstratos haciendo balancear la barca para intentar que Arístipos perdiese el equilibrio. En sus ojillos pícaros sonreía la malicia.

—Ocurre que es más de mediodía y os espera el maestro Teón para la clase, dormilones. Y cubríos, por favor, que ya no sois tan niños.

Los dos se lanzaron al agua y nadaron el trecho que los separaba del farallón, un monolito enhiesto que partía en dos la playa. Potoné los esperaba allí con sendos paños de hilo para que se enjugaran. Recogieron las túnicas que habían dejado sobre la arena y se cubrieron. Eran exómidas, ropones que dejaban un hombro al descubierto, al modo heleno.

—Te pido perdón, madre; nos dormimos —aclaró Sóstratos.

—Todo con tal de no estudiar —respondió Potoné—. Solo pensáis en divertiros. A este paso acabaréis convertidos en borricos. Al menos habréis cogido algo…

—La pesca está en la barca, tía —dijo Arístipos.

Halaron de la soga, recogieron el cubo, los trebejos de pesca y partieron. La mujer los dejó en la ladera que subía al templo dedicado a Triopas, el dios solar protector de la ciudad, del que su hermano Teón era guardián, y siguió hacia su casa en Knidos. Se despidió:

—Os espero a comer cuando acabe la clase. Prepararé el pescado. Aprovechad el tiempo —los aleccionó gesteando con la mano al alejarse—. Y no te retrases: sabes que tu padre no tolera la impuntualidad —añadió para su hijo en la distancia, elevando el tono de la voz.

El templo del dios Triopas se alzaba en un promontorio adentrado en el mar, a cuatro estadios de la población. Era una construcción rectangular, con seis altas columnas en el frontis, el pórtico y una cuadrada cella. Lo rodeaba un ancho peristilo en donde, dando al mar, tenían lugar las clases. No era un sitio de culto como los templos mesopotámicos o egipcios: estaba hecho no para los fieles, sino para el dios. Era un lugar de silencio, de penumbra, de fresca brisa marina y aire puro, de reposo, estudio y meditación. La estatua de Triopas, pequeña, situada en el centro de la cella, recibía la luz solar en el amanecer del solsticio de verano, el 21 de sgirophorion. La luminosidad llegaba desde algún orificio oculto de la bóveda plana, un prodigio arquitectónico que dejaba a Sóstratos perplejo cuando lo contemplaba. De repente, rasgando la negrura, un haz de luz surgía entre las sombras y alumbraba al dios de esquisto negro. El milagro se repetía año tras año en aquella fecha. Cuando llegó la pareja, en plena clase, fue observada con expectación por los demás alumnos. El profesor interrumpió la docencia con gesto de disgusto.

—¿Con qué derecho importunáis a vuestros compañeros? —interrogó Teón.

—Pedimos nuestras disculpas más humildes —dijo Arístipo serio, inclinándose, hablando por los dos—. Estuvimos pescando y después nos quedamos dormidos en la barca.

—Como castigo —dijo el maestro—, al terminar os quedaréis aquí media hora más.

Sóstratos iba a alegar sobre la inconveniencia de comer pescado frío, pero se lo pensó mejor. Se sentaron en el suelo de piedra, haciendo círculo en torno al enseñante con los demás. El sol, lo mismo que la brisa, se filtraba entre los fustes y columnas. Olía a mar. Teón era un hombre mayor, de barba entrecana muy cuidada, hirsutas cejas y frente despejada. Vestía himacio de lana fina, suelto, sin clámide ni cíngulo. Iba descalzo, pues sus sandalias de cuero reposaban a un lado. Era el único que tenía asiento: un poyo de piedra, resto de una columna dórica. Cuando pareció recobrar la calma habló despacio:

—Quedamos, pues, en que el arte dialéctico es cosa de Platón. Os dije el otro día el verdadero nombre del filósofo, ¿alguno lo recuerda?

Después de unos segundos se alzaron varias manos.

—Tú, Perictione —dijo el sabio.

Perictione era una niña de doce años, hermana de Arístipo y prima, pues, de Sóstratos. Era fina de piel, morena intensa, de ojos negros rasgados y facciones clásicas todavía sin pulir. En su túnica alba apuntaban ya las bayas de sus senos de corza. Se levantó para hablar.

—Platón se llamaba Arístocles Podros, maestro —dijo con su voz diáfana.

—Sabrás entonces el porqué de su pseudónimo…

—Platón significa «el de la espalda ancha» —respondió segura la muchacha.

—Bien, bien, pequeña —dijo Teón—. Puedes sentarte. ¿De quién es heredero Platón? —preguntó a la asamblea.

Ahora todos levantaron el brazo.

—Crítias… —dijo el profesor mientras señalaba a una muchacha.

La nombrada se alzó. Era la hermana mayor de Sóstratos. Algo más alta que Perictione, de similares trazas, estaba también más desarrollada, exhibiendo en su túnica la sombra de sus curvas de mujer en agraz.

—El maestro de Platón fue Sócrates —sostuvo con voz firme.

—Cierto —dijo Teón—. Pero sabrás que no comulgaba con todas sus doctrinas.

—No lo hacía, maestro. Los enfrentaba la distinta manera de entender el diálogo —dijo la moza.

—Explícate.

Hubo un silencio con ecos de olas rompiendo en el acantilado. Una familia de palomas parecía avistar la escena desde unas rocas próximas. Crítias tragó saliva.

—Para Sócrates y los sofistas el diálogo es una pugna oratoria, un enfrentamiento de monólogos cuyo objetivo es silenciar al adversario, derrotarlo, mientras que el diálogo platónico busca conciliar a los participantes con la verdad, sin vencedores ni vencidos.

—Bien. Muy bien, preciosa Crítias. Pero hay algo más —sostuvo Teón—. Ayer os explicaba la esencia del discurso del gran Platón. ¿Alguno la recuerda?

Ahora el murmullo del piélago en los arrecifes se escuchaba nítido. Olía a alga marina, a salitre y a musas. Sóstratos levantó la mano y luego se incorporó al obtener licencia para hablar.

—Los sofistas son realistas, maestro, contando para ellos solo el éxito —dijo el muchacho—. Para Protágoras solo vale el hombre, que es la medida de todas las cosas. Platón, por el contrario, afirma la trascendencia de la verdad. Sin verdad la vida carece de sentido.

—Correcto —subrayó el profesor—. La verdad nos iguala y enaltece. El diálogo platónico es una especie de conversación entre pares, sin maestro. El sabio (sofistés) no existe aquí y solo se hace profesión de ignorancia, un reconocimiento que es el inicio de la filosofía, que es amor y por tanto deseo, falta de saber.

—Eso no lo entiendo, maestro —dijo Aristón, el hermano mayor de Sóstratos, gemelo de Crítias—. ¿La filosofía supone ignorancia?

—La filosofía es el comienzo del fin de la ignorancia —sostuvo Teón—. Hay tantos tipos de ignorancia como de saberes. Si en un saco cupiera el saber de que es capaz un hombre o una mujer, se hallaría siempre semivacío. El filósofo es consciente de su ignorancia, aunque sea sabio. El saber platónico es verdadero, mientras que el de los sofistas, al estar disociado de la verdad, es tan solo aparente. Los seguidores de Protágoras no desean saber realmente: desean vender lo que hacen pasar por saber. El motor del discurso sofista es financiero y el de Platón erótico.

Hubo más de una risa sofocada. Sinesia, la hija de los siervos familiares de Sóstratos, enrojeció. Debía sobrepasar los quince años y parecía por completo una mujer, con la belleza y hechuras de una hembra sazonada. Descalza, mostraba los pies y los tobillos bajo el borde de su túnica parda, color que señalaba su origen esclavo.

—¿Tienes algo que decir, Sinesia? —inquirió Teón.

—Nada, maestro. Es solo que ignoraba que el saber de Platón se basara en el sexo.

—El sexo es tan importante para Platón como para Epicuro —sostuvo el sabio—. Pero el vocablo erótico en la definición de su discurso no tiene implicación sensual: se refiere al amor, a aquella intensa atracción espiritual de los seres humanos que nace en Eros y es el eje sobre el que gira la vida.

Se escuchó la levedad pueril de cerebros pensantes. Latía en el ambiente cierta desilusión. Las mentes juveniles preferían asociar el placer y la filosofía, el saber y el goce de Afrodita. Había llegado el tiempo de descanso. Se escuchó desde Knidos el rumor campanil de la clepsidra anunciando el mediodía. Teón se levantó y dio su mano a besar.

—Por una vez, os levanto el castigo —dijo dirigiéndose a los primos—. Espero que a partir de hoy seáis puntuales.

—Gracias, maestro —dijeron casi al tiempo antes de correr con los demás por el acantilado abajo, bulliciosos, saciados de saber, buscando el alimento para el cuerpo.

 

* * *

Sóstratos de Knidos tenía trece años cuando narró los hechos. Era hijo de Dinócrates y Potoné, el tercero tras los gemelos Crítias y Aristón, por delante de Teodoro, el pequeño. Potoné, treinta años más joven que su esposo, era la tercera esposa de Dinócrates. Este se divorció de la primera, que no le dio hijos, y quedó viudo de la segunda a poco de casarse. Vivía la familia en una bella y espaciosa mansión situada sobre una cresta rocosa entre los dos puertos de la floreciente ciudad capital de la Caria, frente a Halicarnaso, en la zona occidental de la larga y angosta península que forma la bahía de Cerámico, en el Asia Menor. Parte de la población de la ciudad (de forma octogonal y amurallada) se hallaba en una isla a la que, con la marea baja, se podía acceder a pie enjuto. Durante la pleamar un servicio de barcas se ocupaba de acarrear mercancías y humanos de una parte a la otra. Fundada por los dorios del Peloponeso dirigidos por el mítico Triopas, Knidos fue la principal capital de la hexápolis dórica que, tras la expulsión de Halicarnaso, quedó reducida a una pentápolis o confederación de cinco ciudades: Knidos, Cos, Lindos, Ialisos y Camiros, estas tres últimas en la isla de Rodas. El núcleo de aquella mancomunidad ciudadana se centraba en el templo de Apolo Triopas, el mismo en el que Sóstratos recibía sus lecciones, un lugar de peregrinación donde se hacían también juegos florales, celebraciones y reuniones políticas.

La importancia de la ciudad era grande. Knidos comerciaba hacia el oriente con Damasco y Samarcanda, en África con Egipto —donde poseía la factoría de Naucratis— y Cirene, y hacia occidente con Roma y Siracusa. Era tal su riqueza que contaba con tesoro propio en Delfos, lugar famoso por sus olimpiadas y por su antiguo oráculo. Por el oeste fundó factorías pesqueras en Sicilia y Lípari, compitiendo favorablemente con Fenicia. En 540 antes de Cristo fue ocupada por el monarca persa Ciro II el Grande, y permaneció bajo su dominio hasta el comienzo de la guerra del Peloponeso, en la que Knidos se alió con Atenas. Tras el fracaso de la expedición a Sicilia en 413, la ciudad rompió aquella alianza. Asociada a Esparta, resistió los intentos atenienses de reconquista hasta que, en 394, fue vencida por el general Conón. Cuando vivía el abuelo de Sóstratos, Knidos pertenecía ya a Atenas.

Amén del santuario solar de Apolo Triopas y de dos espaciosos teatros, la ciudad era famosa por el grandioso templo dedicado a Afrodita, cuya efigie, esculpida en mármol blanco de Paros por Praxíteles, era objeto de culto por cientos de peregrinos. La imagen de la diosa, la Venus de Knidos, se hallaba decorando el atrio del templo y era de tal belleza que sobrecogía. Raro era el día que, desde que supo andar, Sóstratos no se acercaba a ella para admirar su pátina lechosa, trasparente, la morbidez más que humana de las formas de la deidad o, desde los diez años, sus desnudos y turgentes senos. No entendía que un mortal fuese capaz de labrar a buril con tanta perfección, que alguien pudiese sacar a la piedra tales formas angélicas. Aún había en ciudad tan pequeña otra escultura inmortal: la Deméter de Knidos, diosa de la agricultura, obra de Leocares, que, sentada sobre su trono con un ramo de espigas en la mano, recibía la admiración y el culto de los campesinos implorando a través de ella buenas cosechas.

 

* * *

La casa donde nació el futuro arquitecto era espaciosa. Coronada de cúpulas azules, disponía de patio central, la gran cocina donde se convivía en torno al hogar, un salón de reuniones y de música, diez o doce habitaciones y una azotea que cubría por completo la vivienda. Un jardín poblado de palmeras, magnolios, sicomoros, limoneros y naranjos rodeaba la casa que aislaba de las vecinas un denso muro de aligustre. Disponía de un estanque donde podía disfrutarse del baño. Al fondo del jardín estaba el barracón de los esclavos, y al lado, las letrinas de agua corriente. Integraba la servidumbre un matrimonio y sus dos hijas, Plótina y Sinesia, nacidas ambas en cautividad. De naturaleza liberal, tanto Potoné como Dinócrates trataban a sus esclavos con largueza: jamás los castigaban por sus manos, comían juntos los mismos alimentos, un físico los atendía si enfermaban, las jóvenes se educaban con sus hijos y se les reservaba cierto salario a la espera de lograr su libertad al cumplir la mayoría de edad, veintitrés años.

Dinócrates era arquitecto hijo de arquitecto. Su padre, Dinócrates de Rodas, había diseñado y levantado Alejandría por orden y bajo la supervisión de Alejandro Magno, el general macedonio. Discípulo del gran Praxíteles, era uno de los ciudadanos más respetados de Knidos. Seguidor de Platón en su vida y planteamientos morales, admiraba ciertos aspectos de la doctrina de Epicuro, pero su filósofo era Aristóteles, a quien divinizaba. Consideraba al Estagirita como fundador de las disciplinas más elevadas del espíritu humano. Para él, el que fuera preceptor de Alejandro era principio y fin del saber, la inteligencia más preclara que había producido nunca Grecia. Dinócrates había construido numerosos templos y edificios públicos en el Asia Menor y en las islas del mar de las Espóradas. También el Ática y el Peloponeso conocían su habilidad diseñando construcciones sociales, carreteras, canales o acueductos. Poseía por matrimonio extensas tierras paniegas e inmensos olivares y viñedos en la Caria, que tenía bien arrendadas.

Potoné, su tercera mujer, mucho más joven, era una agraciada y rica propietaria rural que al tiempo se interesaba por el arte y las letras. Amaba la música, siendo una buena intérprete de arpa y flauta. Las musas la habían bendecido con una bella voz. Dos veces al mes, siempre en tardes de Júpiter, se reunían en su salón los amantes del arte de Euterpe. Estaban allí los matrimonios más conspicuos de Knidos: Ctesias, el físico e historiador con su mujer Electra; Eufronio, el mayordomo de sus fincas con su esposa Palmira; Agatárcidas, escritor y matemático acompañado de Helena, su joven media mitad; Marduk el Sirio, dueño de la principal barbería de la población con Leda, su compañera, y por fin Andrómaco, el diácodo de la urbe, del brazo de su mujer Anticlea. Todos eran melómanos, pero alguno, además, cantaba o interpretaba. Eufronio tocaba bien la lira, Helena tenía una voz ligera y agradable, Marduk era un excelente percutor del tambor y la krótala, Anticlea tañía el laúd de tres cuerdas y la propia Potoné, amén de cantar, hacía sonar con mucho arte la siringa y la flauta de Pan. Los asistentes lucían sus habilidades dando recitales o interpretando dúos, tríos o cuartetos. Al terminar la música había un refrigerio y, culminado este, se charlaba hasta la segunda vigilia de política, filosofía o arte.

La liberalidad, el sol meridional, el cielo azul y el aroma marino presidieron la infancia de Sóstratos de Knidos. El ambiente benigno, no siendo los días invernales o ventosos, la bendijo. Nuestro pequeño héroe amaba la luminosidad de las mañanas — tanta que a veces deslumbraba—, el color y la tibieza de las tardes preñadas de sosiego y de paz, y las noches serenas aromadas de la flor del magnolio, el jazmín y la dama de noche. Temprano al amanecer, luego del desayuno familiar —pan de trigo o centeno, cebollas asadas, huevos escalfados y leche de cabra—, bajaba a la playa con sus hermanos y las sirvientas jóvenes, Plótina y Sinesia. Estas, a pesar de su juventud, hacían de niñeras sin dejar por ello de jugar o bañarse con los cuatro hermanos. Los niños lo hicieron desnudos hasta los doce años, cuando sus miembros viriles comenzaron a erizarse y a llamar la atención de las jóvenes: entonces intervino Potoné poniendo orden y calzones de baño. Las niñas se chapuzaban también in puribus, pero, a los once, al poblarse de pelusa sus pubis, auparse los senos y despuntar en ellos los pezones, fueron obligadas a cubrirse con una larga túnica que solo dejaba ver tobillos y hombros. En ambos casos fue peor el remedio que la enfermedad: las vestiduras, empapadas y adheridas a la piel después del baño, dejaban traslucir los atributos femeniles, las arreciadas vergas y los testes.

Después de ciertos ejercicios gimnásticos en la playa, incluida una carrera de diez estadios para los varones, se iniciaban las clases en el templo de Triopas. No siendo en días festivos, el maestro Teón aguardaba allí a sus alumnos viéndolos ascender la vereda riendo o empujándose. Eran siete: Sinesia, Sóstratos, sus hermanos y los primos Perictione y Arístipo, pues Plótina, la mayor de las siervas, dejó de tomar formación al cumplir quince años. Recibían lecciones de gramática griega, historia, geografía, matemáticas y filosofía.

Teón era un encendido seguidor de Platón, furibundo enemigo de Epicuro, Pirrón y los sofistas. Viudo y sin hijos, amaba el diálogo en forma de polémica, siendo famosa la que sostenía cada día de Venus en su casa, frente al puerto mayor de la ciudad. Allí, en la terraza, bebiendo arak, un licor de palmera que se hacía traer de Egipto, contendía con los mejores polemistas de la zona, filósofos como él: Faetón de Halicarnaso y Timón de Rodas. Una vez al mes, con el buen tiempo, las polémicas se trasladaban a la calle. El lugar más común para polemizar era la plaza del mercado, junto a la estatua de Deméter. Rodeando a los contendientes dialécticos, la multitud contemplaba sus discusiones sobre musas, dioses, héroes y mitos griegos, acerca de temas filosóficos como la inmortalidad del alma, el suicidio, el bien, el mal, la moral o la mejor manera de encarar la muerte, y cuestiones políticas como la honradez del administrador o la mejor forma de gobierno del Estado. Teón, desengañado o harto quizá de las mujeres, vivía con dos efebos, uno griego de la isla de Eubea y el otro nubio de algún lugar cercano a las fuentes del Nilo. Se decía que ambos eran esclavos, pero no era verdad. Daimon, el griego, pescador en sus ocios, moraba con el filósofo cambiando placer por enseñanzas. Era moreno, con los ojos muy verdes y la cabeza coronada de una melena larga y trenzada. Su simpatía era proverbial en toda la ciudad. Comentaban algunos que engañaba a su mentor con una joven beldad, hija de un pescador del abra. Y debía ser cierto, pues más de una vez se los vio marear entre las islas en pos del atún o del sargo. En cuanto a Héctor, sobrenombre del nubio, era posiblemente el hombre más bello de toda la bahía de Cerámico. Alto de casi cinco codos, fornido como un roble del norte, musculoso como una gran pitón del Delta del río Nilo, era un atlas de anatomía viviente. Ver pasear su figura negra y protectora al lado de Teón, flanqueado a la otra parte por el pálido y también hermoso heleno, era un espectáculo esperado y común, cotidiano, en todo Knidos. Al tiempo del crepúsculo el trío se estacionaba en cualquiera de las tabernas de los puertos para comer pescado y libar vino nuevo de Samos o de Kefalos, en la vecina isla de Kos.

Amante de la libertad individual y odiando imponer su voluntad a nadie, Dinócrates dejó a sus hijos elegir libremente su futuro. Sóstratos decidió desde muy niño, como mejor manera de conocer la vida, ver de cerca los distintos oficios que más le atraían antes de optar por uno de ellos. Es verdad que consultó con su maestro y que Teón lo animó en sus intentos, orientándolo. Con siete años inició su formación en la agricultura. Una vez por semana, justo el séptimo día, el dedicado a Saturno, salía a cualquiera de los campos familiares para conocer sobre el terreno las labores agrícolas, sudar con los labriegos y llevar con ellos el peso de la jornada. De la mano de Eufronio y de su capataz, supo cómo se saneaba un olivo y la mejor forma de recoger la cosecha de aceitunas, vareándolas. Vio funcionar una almazara, se empapó de su olor y aprendió a distinguir, por su color, la calidad del aceite tras la última prensada. Bajo el fuerte sol canicular se ejercitó en la siega con hoz y con guadaña, trilló muchas horas en la era el cereal y conoció la forma de aventarlo para separar el grano de la paja. La espiga, recogida en gruesos fardos, tenía casi tanto valor como su fruto, pues suponía el alimento del ganado todo el año. Contempló al llegar bedromion, mes dedicado a la vendimia, las labores de recogida y almacenamiento de la uva y la elaboración del vino. La pisada de los racimos, en grandes depósitos rectangulares de madera, era el momento culminante de la recolección. Hombres en taparrabos y mujeres semidesnudas, todos descalzos, se afanaban en machacar los prietos granos de la vid para exprimir el jugo que caía a grandes depósitos subterráneos donde se fermentaba. Los días que seguían a la vendimia, el mes de pyanopsion, primero del año griego, eran de interminables fiestas dionisiacas dedicadas al dios de la vid y de la hiedra. Dionisos era también el dios del delirio, el entusiasmo, el éxtasis, la danza, la tragedia y la fiesta. El más joven de los dioses del Olimpo había nacido dos veces: de su madre Sémele y del muslo de Zeus. En las festividades en su honor se consumía el vino de la anterior vendimia para que, en adelante, solo hubiese en los toneles vino nuevo. El colofón normal de las orgías vendimiarias era el amor desenfrenado para dejar atrás, junto a los mostos rancios, cualquier sensual moderación. Nadie de cualquier sexo, por deforme, obeso o contrahecho, dejaba de participar en el placer que patrocinaba Eros. Sóstratos supo por su madre que él mismo era el jugoso fruto de uno de aquellos festejos en honor de Dioniso. El pequeño contempló las diferentes formas de tratar un campo: el abono, el arado, la siembra y la cosecha. Aprendió a manejar el arado de reja, a distinguir y extirpar las malas hierbas y a bendecir la paz de los barbechos. Conoció los árboles frutales, las distintas hortalizas y los mecanismos del riego de las huertas. Durmió a la sombra de un álamo cantor, comió sandía hasta hartarse bajo la luz del fuerte sol de estío y asimiló la mejor forma de comer un higo chumbo sin clavarse las púas. Su experiencia agricultora fue dichosa, pero nunca para dedicar a ella su única vida.

Con ocho años, Sóstratos se inició en los secretos del mar y de la pesca. Sin descuidar sus estudios, siempre en el día que los hebreos decían del shabbāt, salía a pescar o a navegar con Kephas, un caldeo afincado en Knidos dueño de la mejor pescadería de la urbe, la que proveía de pescado a su familia. La barca de Kephas era grande, con cuatro bancos y más de veinte varas de eslora, precisando de tres marineros para su manejo. En un mástil de casi treinta varas envergaba una única vela triangular que, henchida por la brisa, hacía volar a la Mandrágora, nombre con el que estaba bautizada. El jovenzuelo hubo de hacerse al mareo de mar superando las bascas y los vómitos. A bordo de la nave recorrió las riberas de la bahía de Cerámico de punta a punta y las islas vecinas de Kalymnos, Pserimos, Kos, Gyali, Nyssiros y Symi. Quiso ir a Rodas, pero nunca lo permitió su padre, experto navegante, temeroso de las corrientes que separan aquella isla de tierra firme. Ávido conocedor de todo, se impuso pronto en el manejo de las artes de pesca, en los cambios del tiempo, en las fases de la luna y en saber si una nube era inocua, traía agua o contenía en su vientre el temido pedrisco. Levaba las nasas de alambre con maestría, rápido, para impedir que los peces hallaran la salida y escaparan por la estrecha boca por la que habían entrado. Con el sedal de fino hilo trenzado en las manos, sabía distinguir si era un pez lo que mordía el anzuelo o se trataba de una jibia. El premio a todo un día de labor sucedía en la playa, al regresar, preparando sobre las ascuas los sabrosos babounis, las deliciosas langostas o las grasientas sardinas ensartadas en cañas.

Kephas lo llevó un día a la factoría donde, macerando los corpezuelos de los múrices, un caracol marino abundante en la zona con las branquias dispuestas como las púas de un peine, se obtenían tintes y colorantes. El animal, visto de cerca, tenía la belleza de cualquier molusco, pero su carne macerada y putrefacta olía de forma nauseabunda. La gracia y la condena del bichejo era la segregación de una materia roja parecida a la púrpura, por muchos tenida como su propia sangre, que era muy apreciada por los tintoreros al dar el escarlata rutilante más bello. La peste que circundaba a la factoría se detectaba a cien estadios.

—¿Cómo puede nadie trabajar aquí? —preguntó el rapaz al pescador tras contemplar en las piscinas el magma putrefacto y los rojos depósitos del tinte.

—Todos los operarios son esclavos —respondió Kephas—. Como compensación, y atendiendo también a que el negocio es próspero, perciben amén de la comida un mínimo salario.

Sóstratos salió de allí con el hedor metido en las capas del cerebro y convivió con él cuatro semanas. Supo también que la «sangre» del múrice se exportaba a Egipto y al Ática y era tan codiciada como la plata. Cuando terminó el año dedicado a las artes marinas, Sóstratos amaba el mar aún más que antes, pero decidió disfrutarlo antes que dedicarle su vida entera.

Con nueve años, su padre lo mandó a la mejor barbería de Knidos y lo encomendó a Marduk, el Sirio. Este era un personaje peculiar, tuerto de un ojo, natural de algún lugar de la antigua Caldea o la Mesopotamia, amante del deporte y la cultura física. Adoraba también a las mujeres, teniendo fama de amador incansable. Todo sobre su nacimiento y la forma en que se enriqueció suponían un misterio. Había quien decía que heredó una mina de oro en Bucara o Samarcanda y quien opinaba que el dinero era de su mujer, la hermosa Leda, una armenia de gran belleza que le había dado cinco hijos. En cuanto al costurón que le cruzaba el rostro y culminaba en el ojo averiado, era cuestión sobre la que estaba vedado pronunciarse. La opinión más común afirmaba que lo causó una pelea al ser sorprendido en la cama con la mujer de otro. Al parecer el cornudo lo habría ofendido con una daga pretendiendo cegarlo. En cualquier caso, Marduk era un tipo agradable, de conversación docta y amena, cultura adecuada y aspecto interesante que el parche ocular de seda negra, que dos cinchas trenzadas sujetaban a la coronilla por detrás, lejos de afear incrementaba.

La barbería del Sirio se hallaba en el mejor lugar de la ciudad, en el centro de la plaza grande. Siempre muy concurrida, como todas en Grecia, se juntaban allí los hombres importantes de Knidos para arreglarse barba y cabello, debatir los problemas de la urbe y chismorrear. El mentidero más selecto en todas partes era la barbería. Desde la época de Alejandro Magno, años atrás, la costumbre masculina en la Hélade era el cabello corto y la barba rapada, pero muchos, sobre todo los viejos, persistían en los antiguos modos de las barbas largas y cuidadas. Era mucho más trabajoso y caro arreglar una barba que raparla. Marduk, astuto como un anciano zorro del desierto, encomendaba uno y otro trabajo a manos femeninas. Tras algún tiempo de probaturas, llegó a la conclusión de que no hay nada como la delicada mano de una mujer para el cuidado de la piel del rostro del varón. En consecuencia, disponía de una selecta tropa de mujeres barberas.

El día de Saturno, víspera de festivo, era precisamente el elegido por los hombres que querían hallarse presentables. Una de las misiones del pequeño Sóstratos era hacer guardar los turnos a los clientes y encaminarlos a los asientos donde los atendían. En aquel guirigay de voces que disputaban, negando, afirmando o confirmando, sobre asuntos comunes de la ciudad, las barberas atusaban, arreglaban, recortaban, rapaban cabellos a punta de tijera o, en el caso de la barba, la afeitaban a navaja tras enjabonarla. Después, tras envolver las caras en paños calientes y humeantes, masajeaban cutis o perfumaban barbas con polvos o pomadas aromáticas.

Al fondo del local se encontraban los baños de vapor, innovación oriental que ganaba adeptos por momentos. Era para el muchacho la parte más interesante de la barbería, por la que pasaba la inmensa mayoría de la clientela. Marduk había ordenado edificar en el subsuelo de su negocio una especie de galería circular de ladrillo, abierta al exterior por chimeneas para ventilación, con una gran piscina de agua fría en el centro. Del estanque, en mármol blanco, salían distintos canalillos de desagüe o llenado del agua trasparente. Los suelos eran de madera acanalada, hallándose el recinto circuido de un banco del mismo material. En diferentes nichos se calentaban piedras de origen volcánico que, al ser regadas con agua por un operario, desprendían blancas, higiénicas y cálidas vaharadas. Completaban la decoración varias mesas de piedra sobre las que se daban los masajes. Los masajistas, en este caso hombres fornidos, vestían taparrabos lo mismo que los felices usuarios de los baños. El Sirio, tras distintos ensayos, coligió que la mano del hombre es más válida que la de la mujer para un masaje. Lo intentó una vez con féminas, pero hubo de renunciar: una por la terneza de sus dedos gráciles y la mayor por los escándalos y erecciones tremendas que provocaban en los varones semidesnudos la presencia y el aroma de mujeres sudorosas y ligeras de ropa.

La mecánica de una sesión de baño de vapor era muy simple. El cliente se desnudaba y revestía con calzón de lino, recibía el vapor junto al montón de rocas humeantes, se sentaba en el banco para sudar y charlar con el vecino esperando su turno, pasaba a la piscina de agua fría y por último a la mesa de piedra. Los masajes, en contra de lo que pudiera suponerse, no eran puramente manuales. Los masajistas, recios esclavos nubios y sudaneses, utilizaban retorcidas toallas empapadas en agua hirviente. Con ellas golpeaban la espalda y miembros del usuario hasta hacerle chillar. Solo al final, cuando se lograba el ablandamiento muscular, utilizaban las manos logrando un efecto relajante y balsámico. Sóstratos controlaba el acceso a los baños y se ocupaba de los cobros. Desde luego aquella barbería era un negocio próspero: a razón de medio talento de plata por sesión completa, calculó que Marduk se embolsaba cada shabbāt cinco estateras de oro, pues apenas tenía gastos. Los esclavos trabajaban por la comida y las barberas y peluqueras cobraban un óbolo de cobre por servicio. El futuro arquitecto comprendió que dedicándose a aquel tipo de negocio medraría su bolsa, pero su espíritu enflaquecería como las libélulas.

Con diez años, Sóstratos se dedicó al más antiguo de los oficios: hacer pan. Eutiquio, un griego errante de la Kefallinia, una isla del mar Jónico, era el más ilustre panadero de Knidos. Su tahona, en la explanada del puerto grande, suministraba el mejor pan de centeno y el candeal más lustroso y consistente. Era un pan que no se deshacía entre los dedos, que tardaba dos días en endurecerse y que alimentaba. La mejor torta de harina de cebada, la maza, alimento esencial de las clases humildes, la elaboraba Eutiquio. Es sabido que el pan era fundamental en la dieta de los griegos clásicos. Todo alimento sólido: cebollas, aceitunas, verduras, pescado, fruta o golosinas, es decir, el opson, se ingería con pan. Comer sin pan no se entendía: era lo mismo que amar a una mujer con la nariz tapada y cerrando los ojos. Es por ello que su demanda era grande y el oficio de panadero más que respetable. La tarea de Sóstratos durante aquellos cincuenta y dos sábados fue acompañar a Eutiquio, observarlo, escuchar y aprender. Se alzaba del lecho en la cuarta vigilia para estar en el molino a la hora prima con su mentor. Allí los esperaba un ayudante que, desde dos horas antes, vigilando al pollino que hacía girar la pesada rueda de granito, había recogido los sacos de acemite, flor recental de harina, la mejor.

—El pan hecho con harina de dos días pierde el aroma, la frescura que hace de este alimento el de los dioses —afirmó Eutiquio el primer día.

Sóstratos no se atrevió a contradecirlo, pero estaba seguro de que un paladar normal no sabría distinguir un bollo hecho con harina ligeramente más antigua o moderna que otra. Y, además, poco le iba en ello. En cualquier caso el silencio no era mala receta con Eutiquio, que imponía por su aspecto de ogro: alto, parco en palabras, renegrido de piel, con poblado entrecejo en visera, una mancha vinosa sobre el pómulo revestida de cerdas como de jabalí y la nuez oscilante amenazando con saltar de su cuello y ensartarlo contra la pared como si fuese un dardo. En el carro, rodeados de sacos y enharinados como peces antes de debutar en la sartén, llegaban a la panadería cuando el campanil de la clepsidra de la torre del Viento daba la hora tercia. Hasta la cuarta, dirigidos por el maestro panadero, varios operarios amasaban las diferentes mezclas con palas de madera. Una llevaba mayor proporción de trigo que centeno y otra más levadura que cebada, menos sal, más agua que avena o menos azúcar. Las había también sin levadura, para formar pan ácimo. Las masas fermentaban en artesas cubiertas de paños húmedos y su destino final era el mismo: un gran horno de barro alimentado con fuego de sarmientos de vid seca. Las piezas, de mil caprichosas formas, entraban colocadas sobre planchas engrasadas de hierro cociéndose a fuego vivo. A la hora quinta se iniciaba la sinfonía olorosa que preludiaba al rey de los aromas: el del pan caliente y recién horneado. Desde la calle llegaba el rumor impaciente de la clientela. Cuando Eufrosia, la panadera, abría la tahona a la hora sexta volaban panes, tortas, bollos y roscos. El resto de la mañana lo pasaba el muchacho viendo elaborar dulces y tartas. Sóstratos aprendió el arte de mezclar huevos y azúcar con diferentes proporciones de harina y agua, la forma de tostar avellanas y almendras, de hacer sirope, rebajar la miel y elaborar almíbares. Tampoco era mal negocio una panadería bien llevada, pero no eran el pan ni la repostería la sendas que el zagal trazaba en su mente.

Tras cumplir once años, Dinócrates parlamentó con su hijo y lo encaminó a Agatárcidas, escritor y matemático famoso en la ciudad. Discípulo de Eudoxo, el matemático y astrónomo que fuera profesor en la Academia que fundara en Atenas Platón, Agatárcidas era cronista de la villa y su principal valedor en las ciencias exactas. Su vida era un anecdotario. Había pasado algunos años en Alejandría, al lado de Euclides, el gran sabio alejandrino seguidor de Pitágoras. Compartía con el autor de los Elementos sus teorías y teoremas. A su lado, Sóstratos supo de líneas y planos, círculos y esferas, triángulos y conos, es decir, de formas regulares. Le explicó el célebre teorema de aquel sabio según el cual la suma de los ángulos interiores de cualquier triángulo da ciento ochenta grados. Conoció el compás, la regla, la escuadra y el cartabón. Entendió sobre geometría y axiomas euclidianos: sus teorías sobre el punto, la línea, la superficie, las paralelas, la palanca y las dimensiones. Agatárcidas simultaneaba la ciencia y el placer, pura matemática para él, pues presumía de haber yacido con mujeres de todas las razas y colores. Conocía la India y Samarcanda. Había recorrido el curso del Nilo desde el Delta a la primera catarata y visto los famosos monumentos funerarios que se extendían a su largo. Los ojos del mozo se dilataban de excitación al escuchar la descripción de tanta maravilla. El cronista era un hombre mayor, casado con Helena, una mujer encantadora y tan vieja como él. Le servía una esclava egipcia que había comprado en Alejandría, una silente muchacha con ojos de pantera y movimientos también felinos que ejercía como amante del otrora fogoso matemático en sus últimos estertores sensuales. Todo ello lo dedujo nuestro héroe al contemplar sus miradas ardientes a la bella, que lo era la egipciaca, y un cierto deje de impotencia en sus pupilas grises. Las matemáticas complacieron a Sóstratos, pero se trataba de una ciencia fría y sin afectos, no reflejada en hechos tangibles o palpables. ¿Qué se le daba a él que la tierra fuese o no centro del universo y los planetas diesen vueltas en su torno en líneas perfectas, círculos o combinaciones de ellos? Decidió reservar sus conocimientos matemáticos a la espera de poder aplicarlos en algo constructivo.

Con doce años el zagal tuvo un encuentro semanal con la filosofía. Fue Teón el encargado de ampliar sus conocimientos en la materia cada séptimo día durante un año. Teón lo terminó de imponer en las tesis aristotélicas, socráticas, sofistas y platónicas, en la forma que tenía Platón de entender la realidad y el mundo, para después explicarle quiénes eran y cómo pensaban Epicuro y Pirrón.

—Como habrás comprobado sigo a Platón, pero no me cierro a lo bueno que puedan aportar otros filósofos —dijo el profesor.

—Pensé que odiabas a Epicuro, maestro —osó decir Sóstratos.

—El odio es el peor consejero del hombre y no cabe en mi pecho. Conozco a Epicuro, pues conviví con él en su escuela ateniense, El Jardín, y hablo con conocimiento de causa cuando execro parte de su doctrina.

—Luego reconoces que tiene cosas buenas.

—Incluso óptimas. Pero mientras Platón centra el eje de su discurso en la verdad, Epicuro busca solo el placer.

—Pues, en principio, el placer no parece mala cosa…

—Y no lo es si se aplica de manera adecuada. Hay placeres naturales y necesarios, por ejemplo saciar el hambre, y placeres espurios como la gula. Una cosa es el goce sexual con hombres y mujeres si hay por medio amor y consentimiento, y otra muy diferente la violación o el deleite con la mujer o el hombre de otro. Comulgo con Epicuro cuando afirma que «todo placer es un bien en la medida en que tiene por compañera a la naturaleza», y estoy con Platón cuando asegura que «el placer vano es malo, pues a la larga acarrea dolor». En general, ambas filosofías tienen puntos de unión, pero son más los divergentes. No puedo estar de acuerdo con alguien que afirma que solo es real lo tangible, que niega la inmortalidad del alma y que centra en el hedonismo sus teorías éticas. Platón es un hombre social y Epicuro individual, uno es político y el otro anárquico, el primero es desinteresado cuando busca estructurar la sociedad integrando a todos y el segundo egoísta cuando hace primar el yo y la amistad en permanente búsqueda de la felicidad.

—¿Es malo para ti buscar la felicidad, maestro? —preguntó Sóstratos.

—Yo no he dicho eso. Solo sé que mi felicidad no podrá ser completa con la desgracia de otro.

—Aclárame el concepto de felicidad para Epicuro, maestro.

—Para él la felicidad no es otra cosa que la ausencia de dolor físico y de preocupaciones.

—Me parece algo utópico —dijo Sóstratos—. Siempre habrá un dolor de muelas o un cólico de mal de piedra que nos incordie para recordarnos que estamos vivos.

—Exacto. Y las preocupaciones son consustanciales a la vida del hombre. Lo que más teme Epicuro es la muerte, cosa que a Platón le deja indiferente, pues no depende del hombre y es, de largo, el hecho vital más seguro.

—¿Y en cuanto a Pirrón?

—Es un filósofo menor en comparación con los otros. Conozco bien al de Elis, pues conviví con él varias semanas en aquella ciudad del Peloponeso. Tiene exactamente mi edad: sesenta años. Es un hombre leal a sus ideas, el primero de los escépticos, y centra todo su discurso en la duda.

—¿Qué es la duda, maestro?

—La suspensión o indeterminación del ánimo entre dos juicios o decisiones, un hecho o una noticia. Pirrón duda que sea cierta o falsa cualquier realidad o propuesta. No es tan radical como lo fuera Antístenes, el cínico, que renunció a toda clase de filosofía, pero yo le vi negar los principios de la deducción aristotélica.

—No me gusta Pirrón… ¿Qué fue de él?

—En cierto modo es consecuente con su doctrina. Dudando de sus propias palabras en una discusión entre filósofos, optó por no hablar nunca más y así se mantiene desde hace siete años. Hasta los niños le hacen barrabasadas en la plaza para conseguir que se pronuncie, pero no lo han logrado. Supe no ha mucho que el cirujano le extirpó un lobanillo supurado en salva sea la parte y no se le oyó la menor queja, pues afirma que quejarse significaría sentir dolor y el dolor quizá podría no existir.

Sóstratos culminó su año filosófico considerando bichos raros a todos aquellos pensadores, gente por otra parte bien intencionada y necesaria, y decidió no ingresar en sus filas. Por entonces su hermano Aristón, que había seguido un proceso similar de selección, se decidió por dirigir los predios familiares, los ubérrimos campos, huertas, viñedos y olivares que iba a heredar de Potoné, su madre. Nuestro adolescente, metido ya en los trece, encaminó sus pasos sabatinos a la consulta de Ctesias, el notable historiador y médico de Knidos. Se trataba de saber si lo motivaban el escalpelo y las artes de Hipócrates.

Ctesias, a quien ayudaba su mujer, era en sus ratos libres historiador. Electra se ocupaba de tenerle listo el recado de escribir: plumas de ganso o cisne, cortaplumas, tintas negras o rubras, polvos secantes, pliegos de papiro o pergamino y su apoyo correspondiente de satinada piel de anca de potro. Ella corregía sus escritos y vigilaba que el material de escritura estuviese siempre disponible y en perfectas condiciones, sobre todo los cálamos, limpios y recortados en el ángulo exacto para evitar borrones, catástrofe la más temida por cualquier escritor o amanuense. Se ocupaba de orear el pergamino tras seleccionarlo y de secar las hojas de papiro para que la humedad no impidiese deslizarse a la pluma. La literaria fue la parte del trabajo de Ctesias que más interesó al mancebo, que lo era ya, alto como lanza de carro, fornido como el tronco de los olivos viejos, con un bozo rojizo tapizándole el labio superior. En cuanto a la otra parte, la médica y quirúrgica, le decepcionó. Él amaba la realidad, lo tangible, y allí casi todo era empírico, basado en teorías sustentas en el aire o trasmitidas boca a boca desde Hipócrates, el principal corifeo de Asclepio, uno de los dioses del Olimpo en el que menos creía nuestro héroe. Tras contar sus experiencias en la escuela-hospital de Epidauros, en el Peloponeso, Ctesias lo admitió en la consulta. Raro era el sábado que no pasaban por ella menos de treinta pacientes. Todos eran interrogados en la anamnesis previa y desnudados —hombres y mujeres — para ser explorados, palpados, percutidos y auscultados. En una ceremonia reglada, el físico rastreaba desde la coronilla hasta el dedo meñique de ambos pies del enfermo, sin dejar de atisbar ni el orificio anal. En su investigación exhaustiva y tenaz, observaba hasta las heces en busca de parásitos y cataba la orina.

—¿Por qué pruebas la orina, maestro? —preguntó intrigado el muchacho la primera vez, con gesto de asco.

—Se trata de saber si contiene mayor o menor cantidad de hierro o urea y comprobar si es dulce.

—¿Dulce?

—El líquido excreticio contiene azúcar en pacientes afectos de diabainein, una vieja afección descrita por cierto físico asirio.

—Diabainein significa «atravesar»…

—La enfermedad se denomina así por ello. El agua parece atravesar el cuerpo del paciente, no se retiene y es eliminada por el riñón junto con el azúcar. De ahí que los físicos debamos probar la orina en la mayoría de las exploraciones.

Esto último le produjo repulsión. Entendía que pudiese probarse la orina de una hermosa y delicada joven o de un tierno muchacho, pero nunca sorber casi ruidosamente un buche de la apestosa de un labrador hediondo. Las exploraciones médicas arrojarían resultados dispares, pero los tratamientos eran muy parecidos: hierbas laxantes, tónicas o digestivas, pomadas emolientes, brebajes de contenido ignoto y pócimas de sabor repulsivo. Referente al acto quirúrgico, estaba presidido por los aullidos del paciente que, a pesar de estar amarrado a la mesa de intervenciones y bajo los efectos de un cazo de aguardiente con adormidera, desgarraban el alma. Sóstratos asistió a la incisión y desbridamiento de abscesos, panadizos, flemones y apostemas y desfalleció ante el apestoso aroma purulento. Ctesias investigaba aquellos días con un producto anestesiante: una mezcla de jugo de adormidera, tres escrúpulos de euforbio, dos óbolos de mandrágora triturada, ortigas secas, una pizca de nuez moscada y hojas de lechuga maceradas en vino caliente. Pero nada conseguía aplacar los berridos destemplados del enfermo ni sus juramentos dedicados al averno o a los dioses olímpicos encabezados por Zeus. Cuando una vez contempló a su maestro manejando docena y media de sanguijuelas en un frasco, su mediocre afición médica voló como el polen de los estambres de las flores con la brisa de mayo.

—¿Para qué son esos bichos repugnantes? —preguntó boquiabierto.

—Constituyen el mejor remedio de que disponemos para tratar la plétora.

—¿Plétora?

—Así llamamos al exceso de sangre corporal. Para combatirlo disponemos de la sangría y de las sanguijuelas, procedimiento menos traumático y tan efectivo como la flebotomía.

—¿Y cómo actúan? —quiso saber el mozo.

—Enseguida lo verás. Precisamente las preparaba para tratar a un paciente citado esta tarde.

No tardó en aparecer un robusto y rubicundo hombretón de más de ciento diez ockes de peso. Apenas podía moverse. Ctesias ordenó que se desnudase y se tumbase en la camilla de un gabinete anejo. Luego, utilizando finas pinzas de caña, dispuso sobre su espalda, glúteos y muslos hasta catorce sanguijuelas que, sin dudar, clavaron su ventosa en la piel. Dejaron allí al sufrido paciente y retornaron a la consulta para seguir tratando enfermos. Al terminar la sesión, cinco horas después, volvieron junto al pletórico: los asquerosos gusanos de agua, alguno de dos dedos de largo, se habían convertido en salchichas inmundas llenas de sangre negra y seguían engordando. El obeso, ajeno al drama que vivía su dermis, dormía plácidamente. Nuestro mozuelo hubo de sofocar las náuseas y una violenta arcada. Fue la última experiencia médica de Sóstratos de Knidos.

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