El Arquitecto
Capítulo 5
5
EL trovador accedió de no muy buena gana. Conociendo el carácter voluble y las ideas de Pitia, temía que buscaría a Sóstratos y lo encontraría. Sabedor de sus modos y del atractivo irresistible que irradiaba su cuerpo, el arquitecto caería en sus brazos la primera noche. Pero, por otra parte, poco podía hacer. Él era un hombre libre amante de una mujer cautiva. Aunque se rebelase, poco adelantaría: la ateniense conseguía siempre lo que se proponía. Amarrarla en su casa del lago era impensable. Por ello decidió actuar con cautela y, aparentemente, se mostró encantado con la idea. Le agobiaba el trabajo y solo pensaba en su obra. Sóstratos se merecía disfrutar de la compañía de su mujer, pensó, y Pitia estaría acompañada y protegida. Conocedor de algunas rutas del desierto libio, exigió que fuesen acompañados por Amruz. Con preocupante frecuencia se producían robos en caravanas e incluso asaltos a cargo de númidas incontrolados. Precisamente, no hacía mucho habían descuartizado en la plaza del mercado a un bandolero que se dedicaba a asaltar expediciones y violar a indefensas doncellas.
Las caravanas entre Alejandría y Siwa eran frecuentes. Al menos una vez en semana, desde el mercado de Racotis, partían largas recuas de dromedarios y camellos, carros atestados de mercancías y viajeros hacia el oasis. Era la manera más segura de trasladarse allí. La carretera a Cirene, por la costa, era una pista de tierra apelmazada a trozos que permitía a los carros progresar, pero a partir de Maisa Matrún el camino se perdía hacia el desierto en trochas desoladas y a veces borradas por el viento o las dunas que hacían difícil el tránsito a los carromatos. Sóstratos, sabiamente asesorado, organizó muy bien la marcha. Alquiló tres camellos con sus correspondientes camelleros. En uno iría Amruz, en otro Pitia y él y, cerrando la marcha, el tercer rumiante con la impedimenta y la intendencia. Siendo la distancia a recorrer muy larga, más o menos ciento diez parasangas, y al ritmo de once diarias, las caravanas tardaban en llegar a Siwa unos diez días.
El desierto impone sus propias condiciones, a las que se acoplaron. Iban vestidos al modo de las tribus nómadas: kaftán azul añil, turbantes blancos y sandalias de cuero. Tan solo la fíbula de oro que adornaba la pechera de Sóstratos y los zarcillos de plata y ámbar que embellecían a Pitia denotaban su alcurnia. Los dos eran buenos jinetes, pero jamás habían cabalgado sobre aquellas peculiares bestias, altas, macizas y de andar arrítmico. Los tres primeros días se acoplaron a su marcha cadenciosa al precio de terminar molidos. Por suerte encontraban siempre un lugar donde dormir sobre mullido, pues paraban en pequeñas aldeas costeras, abrigos pesqueros o aduares campesinos. Las mejores habitaciones de la posada de cada lugar eran de Sóstratos: nadie manejaba la bolsa con su largueza pródiga. Viajando en la misma montura, hechos a idéntico bamboleo en sus respectivas cestas de mimbre, uno al lado del otro, Pitia y su sufrido esposo dialogaban sin cesar, dormitaban o admiraban las vistas.
—Si me hubiese jurado la pitonisa de Delfos que me iba a ver en estas, no la hubiese creído —dijo Sóstratos el segundo día—. Me duele todo el cuerpo. Hago este sacrificio por ti.
Se alejaban ya de Alejandría. Si volvían la cabeza, podían ver la magna torre del faro refulgiendo entre la bruma láctea. La caravana, más de cien camellos y dromedarios entreverados de carros, mulos, asnos y carretas, levantaba una densa nube de polvo amarillento. Olía a cuero, a sudor rancio y a grasa de caballo. El arquitecto había hablado a su esposa, en más de una ocasión, de su visita de muchacho a Delfos y del augurio que escuchó.
—Al final la pitonisa acertó en su vaticinio —dijo Pitia.
—Cierto —respondió él—. «Sóstratos, claridad duradera que iluminará al mundo». Nunca imaginé que la luz sería la de una atalaya junto al mar.
—El primer faro… —dijo ella soñadora.
—No es para tanto.
—Opino lo contrario. Los demás suponemos una mota de polvo en el camino, pero tú pasarás a la historia —sostuvo Pitia—. Consultaremos al oráculo de Siwa para que nos prediga el futuro.
—A pesar de todo sigo sin creer en oráculos.
—¿Y entonces?
—Cualquier frase significa mil cosas. Los augures juegan con ellas y con la buena fe del pueblo inculto o predispuesto. Aquella «claridad» puede referirse a una obra de arte, a un libro que ilumine la mente o a un filósofo que con su doctrina haga prosélitos.
—Pues yo sí creo en ellos. Una vez, en Atenas, una gitana quiromántica vaticinó que sería amada por dos hombres.
—No te creo…
—Fue muy gracioso. Me acompañaban Lavinia y nuestros esclavos, Ohruz y Amruz. Recuerdo que, muerta de risa, pregunté si no serían ellos mis amantes. Amruz podrá confirmártelo. La maga, entonces, aseguró que los surcos de la mano nunca mienten. «Serás amada al tiempo por dos hombres libres», añadió.
—Me engañas.
—No tengo por qué. Y aquel vaticinio va cumpliéndose.
—Muy segura lo dices.
—Hablo con fundamento. Tú me amas y Apolonio me adora.
—Sabes que te quise más que a nada en el mundo. Pero el amor hay que cuidarlo lo mismo que a un arriate de flores. Si no lo abonas y riegas, se marchita antes de tiempo. De repente, aquel amor voló…
—Sé que me porté mal. No tengo la culpa de amaros a los dos, de tener un corazón tan grande. Si te ofendí, pido perdón humildemente. Nunca dejé de amarte.
Al tercer día de marcha abandonaron la costa y se internaron por una pedregosa pista en dirección al sur. Empezaba el desierto. Los carruajes y los equinos no pudieron seguir y fueron reemplazados por rumiantes. La vegetación costera fue sustituida por matojos ralos y al final por cactus polvorientos y desperdigados. Siendo los días muy calientes, se protegían del sol con toldos de lona. Por la noche la caravana se detenía en las cercanías de algún pozo y cada cual levantaba sus tiendas. Amruz, siguiendo órdenes, montaba una para Pitia y otra para Sóstratos. El esclavo dormía envuelto en un capote de piel de oveja atravesado en la puerta de la jaima de su ama para impedir el paso a los extraños.
La parada nocturna compensaba con creces los sinsabores y el molimiento diurnos. Amruz cocinaba para ellos. Se organizaban zambras entre los viajeros jóvenes, a la luz de las antorchas, y muchos bailaban hasta el amanecer. Nuestros viajeros amaban pasear a la luz de la luna o bajo el increíble firmamento artesonado de millones de estrellas rutilantes como jamás habían visto en parte alguna. Se alejaban del grupo guiados por el resplandor de los luceros. Una noche se separaron dos estadios. El frío era muy intenso. Un chacal ululó muy cerca de ellos. Pitia, arropada en su clámide, tuvo un escalofrío.
—Abrázame, mi amor —le pidió.
Sóstratos obedeció con aprensión.
—Más fuerte…
El arquitecto la estrujó entre sus brazos hasta sentir crujir sus huesos. Sabía que era un juguete en sus manos, pero era irremediable. Sus bocas se encontraron, se encajaron mejor, en una compulsión abierta y tórrida. Sendos torrentes de cálida saliva, sápida de varón, dulce de fémina, concluyeron en una catarata mayor que las del Nilo.
—¿Me deseas?
—Más que a nada en el mundo —reconoció Sóstratos.
—Tómame entonces.
—Solo si me prometes amarme como antes y nada más que a mí.
—Odio cualquier promesa. Te amo, soy tu esposa y quiero lo que es mío.
* * *
Llegaron al gran oasis cuando se ponía el sol, al undécimo día de viaje. Los recibió el más bello crepúsculo. El sol, en una sinfonía callada de tonos amarillos, cárdenos y violetas, se sumía en el desierto más allá del mar de inacabable arena. Jamás habían visto tal profusión de palmeras datileras, más de quinientas mil. En una extensión mayor que la isla de Rodas, las arboledas de mil clases, los trigales, viñedos, olivares y huertos de limoneros y naranjos se extendían entre fuentes rientes y lagunas de aguas negras y dulces.
—Según Apolonio, estamos a un nivel algo más bajo que el del mar —informó Pitia—. Ello y la profusión de plantas y árboles dan a este paraíso su temperatura idílica en medio del cálido desierto.
—Es sencillamente deslumbrante —exclamó Sóstratos—. ¿Apolonio estuvo aquí?
—Nunca. Quiso traerme y me habló mucho de Siwa. Al final consiguió que me enamorara del lugar sin verlo.
El oasis tenía varios aduares habitados por beduinos de atezada piel. Muchos hablaban griego. En Siwa, el más poblado y que daba nombre al oasis, finalizó el viaje. Era un lugar muy rústico, de una sola taberna y sin posadas. Sus habitantes eran sencillos, serviciales, siempre sonrientes, incontaminados de la peste con que la gran ciudad inficiona a las gentes. Comieron sémola, calabaza, dátiles y queso de cabra y bebieron leche de dromedaria. Nunca sabían la hora, una felicidad tras el trajín de la gran urbe. Preguntaron al tabernero por la mejor manera de alojarse y les recomendó a un árabe cetrino, antiguo nómada, que dormía la mona en una hamaca tendida entre dos árboles. Amruz tuvo que despertarlo a empellones. El árabe gruñó, pero se despejó de golpe cuando Sóstratos le mostró una moneda de oro.
—Me han dicho que dispones de una choza junto al lago y que la alquilas. Muéstranosla —ordenó el arquitecto.
Le siguieron hasta la salida del poblado, cosa de tres estadios, a una rústica construcción de madera y caña de bambú con techumbre de paja, rodeada de una tupida red de arbustos. Al llegar era noche cerrada. El tipo aquel encendió una bujía de aceite e iluminó la choza. Era circular, amplia, con el piso de madera levantada un palmo sobre el suelo para librarse de las ratas de agua. Toda ella, igual que las paredes, se encontraba tapizada de esteras. Prendió tres lamparillas más y un pebetero de incienso de sándalo. Se veía orgulloso de su posesión y en verdad que era hermosa. Disponía de una mesa central, cuatro sillas, un hornillo de carbón en un rincón y en el opuesto un gran camastro bajo. Todo se veía limpio y ordenado.
—¿Hay jofaina y aguamanil? —preguntó Pitia.
—No se precisan —respondió el dueño—. La laguna está al lado y no existe aseo comparable.
—¿Cuánto quieres por el chamizo? —inquirió el arquitecto.
—Depende del tiempo que vayan a quedarse…
—No lo sé —dijo Sóstratos—. Ello estriba en el precio que nos pongas.
El cetrino arrugó el entrecejo, como si no entendiera el juego de palabras.
—Suelo cobrar un talento griego de plata cada tres semanas.
—Te daré seis si todas las mañanas nos sirves el desayuno —ofreció Sóstratos.
—Por ese precio les daré de comer como nunca lo han hecho —aseguró.
La choza no tenía puerta, haciendo las veces una sábana. Supieron pronto la causa: en aquel edén olvidado del mundo no había delincuencia, ladrones ni violadores. La justicia del gobernador, una especie de jeque independiente de Alejandría por antiguas prerrogativas faraónicas, era sumaria: al que pillaban robando una gallina lo empalaban en medio de la plaza. Si la audacia llegaba a la violación de un niño o niña, se producía la decapitación pública e inmediata. Al que mataba o asesinaba lo enterraban en el arenal con la cabeza fuera untada en miel. Comido de lagartos, hormigas, escorpiones y víboras cornudas, tardaba en morir cinco o seis días. Con tales expeditivos métodos reinaba en el oasis una paz que no era de este mundo. Incluso así, Amruz instaló su esterilla en un pequeño pórtico, delante de la sábana.
Vivieron una segunda luna de miel. Resucitó el amor con renovados bríos y la pasión carnal llegó al delirio. Al lado del furor sensual de Siwa, los escarceos de Mitilene quedaron en un juego de niños. Los días fueron una sucesión de innovaciones voluptuosas por parte de ella, y las noches, de inesperados escarceos libidinosos de un reverdecido Sóstratos. Faltaban horas para gozar de tanta dicha. Se bañaban desnudos en cada amanecer, desayunaban leche de cabra y miel, se amaban sobre el césped tras mandar a Amruz a comprar algo, dialogaban sobre el antiguo Egipto, paseaban, comían con las manos cordero asado o pichones rellenos, ella leía o escribía, él dibujaba, volvían a pasear, se acariciaban, cenaban, se sumergían otra vez en la laguna de aguas negras y tibias, brocado damasquino, e iban al lecho para cerrar el ciclo. El estruendo común, una berrea de ciervos, subrayaba que casi siempre compartieron los clímax.
Fueron una mañana a visitar el templo de Júpiter Amón. Lo hicieron a lomos de camello, pues se hallaba en la aldea de Zeitun, a cinco parasangas. Se maravillaron una vez más de la fertilidad de aquellas tierras, de la belleza del inmenso palmeral entre regatos de agua, de la frescura de sus sombras. Había lagunas dulces, pequeñas cataratas y norias de madera que procuraban agua para el riego mediante un original sistema de canales. Los frutos arqueaban las ramas de los naranjos por su peso, y los limones, grandes como faros inmensos, destellaban entre las verdes hojas su amarillo. El aroma a flor de azahar lo invadía todo. Las granadas se abrían como brevas maduras ofertando sus jugosos granos a los pájaros. Vieron abejarucos, pardillos, gorriones, mirlos, estorninos y negretas entre las aves chicas. Aquel debía ser el hogar invernal de las cigüeñas, los flamencos rosas y las garzas reales, pues se veían a miles. Un perfume floral aromaba el idílico ambiente, tibio, entre suaves graznidos, silbos acompasados y el dulce crotorar del cigüeñato. En los trigales y arrozales trabajaban decenas de mujeres protegidas del sol por sombreros de paja. A mitad de camino se bañaron en una poza de agua solitaria, trasparente, entre palmeras. Llegaron al templo al atardecer.
Se trataba de una construcción típica de la XI dinastía, tebana, que precisamente interesaba a Pitia. Se hallaba parapetada tras una triple fila de palmeras. Dos altos pilonos flanqueaban la entrada, seguía un patio de piedra ajedrezada y la sala hipóstila, más ancha que larga, con dieciséis columnas y el techo en arquitrabe. Al fondo de la columnata se encontraba la naos con la estatua del dios en mármol rosa. Todo estaba rodeado de inscripciones policromadas, enigmáticas cifras y jeroglíficos. Sóstratos merodeó por todas partes olisqueando lo mismo que un hurón. Se detuvo sobre todo en la cella. Los pájaros habían callado y solo se escuchaba el rumor de la brisa al pasar entre las ramas de los árboles.
—Nunca he visto una bóveda tan perfecta —dijo.
—Parece completamente plana… —opinó Pitia.
—Las bóvedas planas por completo no existen. Esta es casi plana. Hay que fijarse mucho para ver que la altura en los bordes del techo es apenas una pulgada menor que en el centro. Ello traduce la exactitud geométrica del corte de las piedras, el grosor de un cabello más estrecho en la parte caudal que en el ápice.
—No entiendo nada. Únicamente tengo la sensación de que va a derrumbarse.
—No te alteres. El arquitecto sabía lo que hacía: las piedras encajan con precisión matemática. Si no se vino abajo en mil quinientos años, dudo que lo haga ahora.
—No sería un mal lugar para morir —dijo ella abrazándole.
—Conmigo no tienes que fingir.
—No finjo. Jamás dejé de amarte.
—Volverás con Apolonio…
—¿Quién dijo eso? Deja en paz al poeta.
—Reconozco que es guapo y varonil. Me matarás si me abandonas otra vez.
—Eso no pasará.
La noche había caído y apenas se veía. Sus cuerpos se empotraron, se encontraron sus bocas, tropezaron las lenguas, se mordieron, iniciándose el proceso imparable. No hubo palabras. La penetró de pie sacándole por los hombros la túnica, con fuerza, apoyando su espalda en el astil del dios. Pitia, los muslos y rodillas doblados y los pies anudados detrás de la cintura de su esposo, aullaba como una pantera malherida. Sin darle ni un instante de reposo, le dio la vuelta y lo hizo por detrás hasta oírla gemir, suplicar, sollozar. Fue un final estruendoso. Temblaron las columnas de la sala hipóstila cuando compartieron un orgasmo trabajado, milimétrico, glorioso. Amón, Isis y Ra debieron conmoverse en todas sus capillas a lo largo del Nilo. Ella no quiso desasirse hasta que remitieron los espasmos cíclicos.
—Quiero empaparme de ti. Sé que me encuentro en celo…
—¿Cómo puedes saberlo?
—No sabría explicártelo. Es una sensación de plenitud interior que nace en la cintura y baja hasta la vulva. Mi corazón se detiene cuando ocurre: me ha pasado contigo varias veces y también con Apolonio, con los seres que amo.
Se separaron despacio. Él salió para examinar los contrafuertes y ella se quedó un rato haciendo anotaciones y traduciendo jeroglíficos. Durmieron en la única posada y siguieron al aduar de Aghurmi, donde se encontraba el oráculo. El augur no pudo recibirlos aquel día, tal era la afluencia de peregrinos de todas partes que acudían para escuchar sus vaticinios. Los viajeros pernoctaban al raso o en tiendas, pero existía un mesón de tres dormitorios para los más pudientes. Estaba lleno. El arquitecto consiguió que el mesonero indemnizara a una pareja de beduinos y los desalojara de la habitación tras abonar el séxtuplo del costo.
La potestad de ejercitar como oráculo de Siwa, con independencia del sexo, era de provisión hereditaria. Solo si los videntes morían sin descendencia tenía lugar una complicada elección entre los aspirantes en la que prevalecía un juego de influencias diversas, no siendo la menor el número de esclavas y dromedarios entregados al jeque. La fama del augur era grande en todo el Sahara el Gharbïya, del Nilo hasta Cirene, acrecentada sin duda desde que vaticinara el futuro a Alejandro, el general macedonio. El oficio debía originar pingües congruas a pesar de su gratuidad, pues los aspirantes al cargo eran legión. Y es que la clientela, para no incurrir en la ira de Amón, dejaba al adivino generosas propinas en dinero o especies.
Caía el día cuando los recibió el hechicero. Una luna muy grande, con arrugas de vieja bruja solitaria, elevaba su círculo dorado sobre las copas de los árboles. La brisa, trasportando aromas de fogata de alguna lumbre próxima, hacía temblar las ramas de las viejas palmeras. Olía a estiércol. Entraron en una casucha sórdida. Una anciana sentada sobre un puf les indicó con una mano que siguieran adentro. Lo hicieron por un pasillo angosto hasta desembocar en una habitación de suelo recubierto de esteras, mal iluminada por bujías de cera. En alguna parte se quemaba un incienso aromático mezcla de espliego y rosa. Las paredes se encontraban tapizadas de mugrientas telas de colores chillones. Hubieron de acomodar la vista antes de divisar al mago, un hombre ceniciento de tez, con el rostro surcado por repliegues profundos como tallados a buril. Parecía tener más de cien años. Se atrincheraba tras una especie de ara de la que sobresalía medio cuerpo. Los observó desde el fondo de unas cuencas orbitarias que semejaban vacías antes de afirmar en egipcio:
—Sois helenos.
—Lo somos —respondió Sóstratos en griego.
—¿De qué parte?
—Ella es ateniense y yo de Knidos, en la Caria.
—¿Deseáis conocer vuestro futuro? —preguntó el truchimán.
—Siempre que sea agradable —dijo Sóstratos—. Ni creo en horóscopos ni deseo escuchar sandeces u obviedades.
El nigromante no se inmutó. Tan solo los escrutó con su mirada vacua e inexpresiva, sin brillo. Rompió el silencio el gañido de un perro. Se rebulló en su asiento el mago mientras alcanzaba determinados instrumentos de su oficio con manos trémulas. Al fin, al tercer intento y usando yesca, prendió fuego en una redoma de barro. El combustible era una pequeña piedra negra, grasienta y mate, que olía fuerte y desagradable. Era la misma, procedente de pozos del subsuelo sabeo, que se utilizaba en el quemadero del gran faro. Mientras la llama azul tomaba consistencia, el augur descolgó una jaula que pendía de una larga pértiga a su espalda y sacó de ella un pájaro. Era completamente negro, con el pico naranja, algo mayor que un cuervo. El ave voló con maestría por la habitación, como reconociéndola, y terminó posándose en un hombro de Pitia. Entonces el oráculo ordenó a Sóstratos que extendiera una mano, hizo un par de profesionales pases sobre ella con las suyas e inquirió al cuervo sobre el sexo del cliente:
—Varón… Es un varón… —dijo el pajarraco en egipcio y claramente.
El vidente susurró una plegaria dirigida al cielo o al averno mientras derretía en la llama una figura de cera. Luego quemó una hoja seca de laurel y un mechón de pelos de camello; por fin echó al fuego un puñado de algo que podía ser harina y una pizca de sal. Cuando la mezcla ardió, se mantuvo expectante hasta sacar del pecho un rombo rojo. Sóstratos se veía serio, reflejando su rostro impaciencia y hartazgo. De repente el pájaro comenzó a invocar al dios:
—Amón… Amón… Amón… —decía como si fuese el mecanismo descompuesto de un autómata.
El brujo pareció entrar en trance ante la mirada escéptica de sus parroquianos. Luego de unos instantes de muda invocación con las manos juntas bajo la barbilla, habló por fin:
—Construiste la grandiosa torre y edificarás templos a Amón, pero se derrumbará tu propia fábrica —dijo muy serio.
Emitió su pronóstico con voz gutural, que parecía surgir del estómago antes que de la boca, igual que esos ventrílocuos que en las ferias intentan engañar a los incautos. Sóstratos trataba de simular indiferencia, pero temblaba levemente. Pasó a continuación a ocuparse de Pitia. Para ello se levantó y se acercó a ella por detrás, oliéndole el cabello. Luego extendió su mano y procedió como con su marido. Por fin preguntó al ave sobre su sexo.
—Hembra… Hembra… —dijo el cuervo.
El brujo retornó a su sitial y pareció de nuevo invocar a los dioses. Habló por fin:
—Las cigüeñas solo forman un nido. Antes de perder la belleza deberás elegir — dijo con su voz plana, sin matices.
Pitia escuchó atónita el agüero. Sintió que el sudor se le helaba en la espalda y una extraña aprensión oprimiéndole el pecho. Se alzaron de las sillas de anea. Llevaba ella monedas de plata en la faltriquera y alargó una al oráculo. En medio de su asombro fue el pájaro quien, con el pico, la cobró y la entregó a su amo. Este la sopesó antes de llevársela a la boca para morderla y comprobar su ley. Solo entonces se dieron cuenta de que era ciego.
* * *
Aquella noche se acostaron tarde. Apenas probaron un poco de harira, una popular sopa de lentejas espesa y muy especiada, pues habían perdido el apetito. La habitación disponía de un balcón abierto al palmeral plateado por la luna y en él se sentaron al fresco. Libaban licor de arak hecho en el propio oasis, para muchos el mejor de Egipto. Ambos llevaban grabadas en la mente la entrevista con el extraño mago.
—¿Qué opinas de aquel pájaro? —preguntó Pitia.
—Era un cuervo indostánico —respondió Sóstratos—. Vi alguno parecido en Babilonia y también en el parque zoológico de Ptolomeo. Tienen la rara capacidad de hablar y son muy listos.
—¿Crees que realmente hablaba o era el oráculo quien lo hacía por él?
—Son aves capaces de articular palabras y hasta frases sueltas. Para mí el mago estuvo mudo cuando el cuervo habló. Además su tono de voz era diferente.
—El caso es que adivinó nuestros sexos…
—Se trata de un pájaro entrenado. A un gesto de su amo, sabe si debe decir varón o hembra. Además, sin la menor duda, el oráculo sabía de nosotros. Debe tener informadores en los poblados y aduares del oasis y conoce a grandes rasgos, y más si son famosos, datos de los recién llegados. Luego aventura su pronóstico aleatorio y quizá acierte alguna vez.
Quedaron en silencio. La suave brisa traía del palmeral un delicado aroma a la flor del granado. Solo el canto del grillo les recordó que no estaban completamente solos en el mundo.
—¿Y en cuanto a los augurios? —preguntó ella al fin con un leve temblor en sus palabras.
—Serán estereotipados. Los tendrá preparados con arreglo a la calidad de la clientela, su profesión o edad.
—Yo no opino lo mismo. Paso porque sepa quién eres, pero no porque adivine que vas a construir infinidad de templos.
—¿Por qué? Sabe que soy arquitecto. Y los arquitectos construyen templos.
—Afirma que «se derrumbará tu propia fábrica»…
—Si temes por la torre, desecha tu temor. Se refiere a mi cuerpo. No me predice nada que ya no sepa: que moriré algún día.
—Pues con mi augurio acierta. Y me da miedo. Me compara a la cigüeña, un ave fiel, de un solo nido. ¿Cómo puede saber que amo, que casi convivo con dos hombres?
—No sabe nada. Hay muy pocas mujeres que se comporten como las cigüeñas, que sean totalmente fieles. Cualquier fémina puede darse por aludida por una afirmación tan vaga y traída por los pelos.
—Dijo que cuando pierda mi belleza deberé elegir entre ti y Apolonio.
—Aún falta para eso. Tú serás siempre bella.
—No sé por qué, pero hizo que me sintiera sucia, culpable, cuando mi única culpa es amar a dos varones admirables.
—No eres sucia ni culpable: perteneces a la humanidad pecadora, igual que yo. Eres hermosa, sensual e inteligente, pero tienes un sueño irrealizable que terminará destrozándote el alma. El culpable es tu cuerpo, algo adorable, aunque propiedad de los gusanos. Platón dice…
—No lo quiero saber. Te amo. Intentaré ser cigüeña en vez de cuco todo el tiempo que pueda.
* * *
Todavía permanecieron en Siwa tres semanas más. Resultaba difícil abandonar aquella vida muelle de idílica temperatura, paz absoluta y desnudeces lúbricas. Comieron frugalmente, bebieron vino, se hartaron de licor y se bañaron en la laguna de aguas caldas y oscuras. Se amaban todo el tiempo: en la cabaña, en el agua nocturna o bajo las palmeras. Aunque la soledad era completa, Amruz ejercitaba su facultad de fiero vigilante y ahuyentaba a cualquiera, animal, pescador o caminante, que se aproximase. El pobre negro debió terminar sordo de tanto alarido de placer. Cuando regresaron a Alejandría todo estaba en orden. Vieron desde lejos la gran torre luminaria, un coloso reverberando en plata la luz de la luna y vomitando fuego por su cima. Pitia, desde la cesta del dromedario en la que viajaba, se asió con ambas manos al arquitecto: era la mujer de un genio. Las niñas y el pequeño Apolonio, al cuidado de Sofía, los recibieron con muestras de alegría. Las doncellas y esclavas se ocuparon enseguida de su ama: la bañaron, depilaron, peinaron y perfumaron hasta hacerle olvidar las penas y el polvo del camino. Sóstratos se reintegró al trabajo en su estudio y Pitia organizó otra vez la casa. Pensaba hablar con Apolonio, pero no se atrevía a ir al museo. Dedicó una semana a cuidar su jardín, regar los arriates de flores, podar los jazmines, bañarse desnuda en el estanque grande y broncearse al sol.
El poeta tardó casi ocho días en aparecer. Lo hizo una noche, cuando el matrimonio se disponía a cenar en la terraza. Se abrazaron los tres. Apolonio estaba un poco pálido.
—Contadme —se interesó—. Tenéis muy buen aspecto.
—Serán la paz y el sol del oasis —dijo Sóstratos.
—En mi caso tal vez colabore el embarazo —dijo Pitia—. Estoy encinta.
Hubo un silencio denso. Sóstratos abrazó a su mujer.
—Mi amor… No me habías dicho nada.
—Es muy reciente. Esperaba mi regla hace diez días y no ha venido. Además mis senos tienen la turgencia de otras gestaciones.
—Te doy la enhorabuena, aunque para mí no es la mejor noticia —dijo Apolonio —. Supongo que me abandonarás…
—Yo no abandono a nadie. Vosotros sois los que me dejáis, más que necios. ¿Tan difícil es que vivamos los tres juntos? ¿Hasta cuándo tendré que repetiros que os amo y os considero mis esposos?
Los hombres se miraron. Lo hicieron sin acritud, con ojos de ovino de enrevesada cornamenta que marcha al matadero. Habló Sóstratos.
—Lo hemos discutido ya, querida. Conocemos tu forma de pensar, pero no la entendemos. Apolonio y yo te queremos en exclusiva y, según parece, ahora es mi turno.
—Opino igual, tesoro —dijo el poeta—. Te esperaré hasta que tú decidas. Además, no veo otra solución. Contemplé una, asesinar a Sóstratos, pero la deseché sin esfuerzo, pues valoro su amistad más que el oro.
—¿Cómo anda tu trabajo? —preguntó el arquitecto.
—Estoy en medio de él. Necesito que Pitia me asesore criticando mi obra. Si todo va bien, la culminaré antes de lo pensado y podré entregarla al amanuense para la trascripción.
—No me siento con ánimos para ir al museo —dijo Pitia—. La casa es un desorden y Sóstratos también me necesita. Lo ideal sería que me trajeses el manuscrito según fuese avanzando para irlo corrigiendo. De esa forma te veríamos.
Actuaron así. Apolonio solía cenar con ellos y Pitia dedicaba parte de su tiempo a revisar los escritos. Era una tarea ímproba pero apasionante. Hacía las correcciones (pocas) en los márgenes, con tinta de color diferente. Aunque su letra era distinta, utilizaba cálamos de grosor más fino que en el original para diferenciarlas. Fueron tres meses de labor ardua que culminó con un abultado manuscrito que, en la fecha prevista, fue entregado al amanuense para su traslado al pergamino. Por fin, en el plazo ajustado, Ptolomeo Filadelfo recibió la obra a él dedicada: el poema épico titulado Argonáuticas.
La obra fue leída-interpretada en la sala del museo dedicada a Melpómene. El papel de Jasón correspondió a Cneo Procidites, el mejor actor alejandrino, y Pitia, la encargada de leer la narración desde su púlpito. El éxito fue tal que el recinto abarrotado y presidido por los reyes-dioses derivó en un clamor incesante que no acababa nunca. Hubo una cena oficial en la que Pitia, bella como nunca y ostentando su bombo, fue objeto de mimos y atenciones hasta por parte de la diosa Arsínoe. Se sentaba en la mesa presidencial junto a Apolonio, entre ella y Ptolomeo Filadelfo. Sóstratos, un poco a la derecha, cenaba al lado del pequeño Ptolomeo, un muchacho de catorce años, algo enclenque, hijo del rey y su primera mujer.
—Jamás llegaré a adivinar quién es el afortunado autor de tus preñeces, pequeña Pitia —dijo la reina—. De verdad que envidio tu fortuna: eres amada por los mejores hombres de Alejandría, los más capaces y prolíficos.
—Gracias, mi reina-diosa, pero estoy embarazada de mi esposo.
—Sé que estuviste con él en el oasis de Siwa. Y también que recorriste el Delta con Apolonio. Conozco por mis informadores hasta el número de goces que disfrutasteis. ¿Cómo lo haces?
—Reconozco mi suerte.
—Eres tan famosa o más que yo: las gentes te conocen por «la Dama».
—Sabes que no es verdad, majestad. Mi popularidad es debida a la grandeza de mi esposo y se ciñe estrictamente a la ciudad, en tanto que tú eres merecidamente adorada en todo el reino.
No existía acritud en la pesquisa de Arsínoe, sino curiosidad y sana envidia. Sus aventuras libidinosas y lances de alcoba eran con miembros de la guardia palaciega, distinguidos cortesanos o apuestos jóvenes de cualquier extracción que caían en sus garras. Al contrario, Pitia era mimada por los dos varones más codiciados del reino que, lo mismo que sumisos corderos, suspiraban por su amor y se turnaban en su lecho. La orquesta que amenizaba el banquete vino a salvarla haciendo sonar sus sistros y trompetas. Filadelfo se levantó secundado por todos y se inició la música. La gran pista de baile se pobló de danzantes. El rey bailó con Pitia, y Arsínoe con Apolonio y después con Sóstratos. Cuando salieron los contorsionistas, se sentaron para contemplar el espectáculo. Al llegar el turno de las bailarinas, los asistentes estaban tan borrachos que no pudieron disfrutar sus desnudeces.
* * *
El comercio alejandrino, con arreglo a los planes previstos, se multiplicó por cuatro gracias al faro. Llegaban al Gran Puerto día y noche naves de alto porte procedentes del Ponto, del entero mar Mediterráneo y hasta del piélago occidental, más allá de las columnas de Hércules. La isla de Pharo se convirtió en un inmenso zoco. Negocios de todo tipo se establecieron en la plataforma que servía de base a la colosal torre. Cualquier mercancía o producto de todas las esquinas del orbe podía encontrarse allí. Ello supuso un inmenso auge en los ingresos de Egipto, tan rico como en las mejores épocas de su milenaria historia. Las posadas de la ciudad, varias centenas, estaban siempre llenas de foráneos, con lo que ello suponía para el comercio urbano y su prosperidad.
La obsesión de todo ciudadano alejandrino y de los visitantes extranjeros en aumento era ascender al faro. Eran tales las colas de aspirantes que hubo que regular su acceso. El regidor de la ciudad nombró a un intendente que, con el cargo de farero mayor, se ocupaba del mantenimiento de la torre, de que nunca le faltase combustible, de las brigadas de operarios y vigilantes encargados de que todo funcionase. Era un puesto codiciado, de mayor entidad que un consejero real, casi a la altura del bibliotecario. Había dos porteros, con viviendas dentro de la torre, que abrían la cancela de bronce al orto y la cerraban al ocaso. El trasiego de personas era incesante y algo menor el de caballerías. Solo podían ingresar a caballo los miembros del gobierno, los munícipes, funcionarios del museo y familiares del arquitecto. Los visitantes llegaban hasta la base de la estatua de Poseidón, donde había un mirador, lo rodeaban para admirar la panorámica en todas direcciones y bajaban de nuevo. Únicamente podían subir las escaleras que llevaban a la cúspide los autorizados por el intendente. Cuando el regidor de la ciudad se dio cuenta de la capacidad de generar ingresos del faro, y también para limitar el aumento imparable de curiosos, se estableció un canon.
El día que los reyes visitaron la torre se hicieron acompañar de Pitia y Sóstratos. Ascendieron la rampa en un carro dorado tirado por seis caballos blancos. Se había vedado el acceso del público al monumento para que los monarcas-dioses pudieran contemplarlo sin aglomeraciones ni molestias. Hacía algo de viento. Estuvieron en el mirador, a doscientos sesenta codos de altura, admirando incansables la inigualable vista: el brazo canópico del Nilo serpenteando entre el verdor del Delta; el sol de la mañana reflejado en decenas de cintas plateadas, como venas de agua cruzando la marisma; las ciudades de Canopo y Heraclion surgiendo entre la bruma; la inmensidad del lago Mareotis sembrado de islas, dando vida a Alejandría; las primeras dunas del desierto, y al norte el mar inmenso salpicado de velas. Arsínoe y los hombres ascendieron por las escaleras interiores del coloso que representaba al dios del mar mientras Pitia, luciendo su panza de cinco meses, permanecía en el mirador. Se había prendido el quemadero para que Ptolomeo lo viese funcionando.
—Hemos estado en la cima del mundo —dijo el rey al bajar al mirador—. Ningún monarca de la tierra estuvo nunca tan alto como yo.
—Ni tan a punto de chamuscarse —aseguró Arsínoe.
—Es verdad que la hoguera desprende calor —dijo Sóstratos—, pero las llamas están perfectamente controladas. Además hoy no es buen día para subir a la torre. Hay demasiado viento.
—Allí arriba todo resuena y vibra —dijo Arsínoe—. No te perdiste nada —añadió dirigiéndose a Pitia.
—¿Cómo puede moverse una estatua del peso de Poseidón? —preguntó Filadelfo.
—La fuerza del viento es grande y su efecto mayor cuanto más alto estés —dijo Sóstratos.
—¿Hay alguna posibilidad de que un huracán la derribe? —preguntó Pitia.
—No una galerna de las que conocemos —sostuvo el arquitecto—. El material del coloso está testado para una tempestad descomunal. Sus soldaduras, remaches y puntos de sujeción están diseñados para soportar cuatro veces el peso de la estatua. Yo temo más la acción de un terremoto.
Descendieron andando, pues las caballerías se resbalaban en la rampa si iban cargadas. Una falúa engalanada esperaba en el muelle del islote y los llevó al palacio de Antirrodos entre aclamaciones. Habían preparado un exquisito ágape, pero Pitia, alegando cansancio por su estado, pidió a su marido que la llevara a casa.
* * *
Pasaron tres años de feliz convivencia. Pitia tuvo una nueva hija y perdió un varoncito casi a término. Sóstratos reanudó su trabajo con furia. Le llovían los encargos. Construyó un templo en Alejandría en honor de la diosa Arsínoe, un puerto fluvial en Sebennitos, en el Nilo canópico, los pilonos del templo de Temenos en Naucratis y el templo de Sobek en Shedyet, cerca de Giza. Apolonio, muy atareado, cenaba de vez en cuando con la pareja. En su mirada triste se reflejaba desilusión al ser preterido por su amada, pero no desamor. Latía en su ánimo la esperanza de recuperarla, de recobrar las perdidas y brillantes jornadas de vino y gozo, aquellas silenciosas bacanales literario-sensuales del Mareotis que culminaban en el lecho. Había sido encargado por Ptolomeo II de la educación de su hijo, el futuro Ptolomeo III Evergetes, y ello y su labor en el museo le ocupaba todo el día. Si Pitia lo encandilaba, como siempre, el poeta producía en Sóstratos similares efectos. Su presencia alteraba al arquitecto en cuerpo y alma. El de Knidos sentía vibrar sus fibras más sensibles, se perturbaba, enrojecía sutilmente por la proximidad de su amigo, en la cumbre de su atractivo viril. El caso era tan notorio que no escapaba a la sutil, por femenina, percepción de la ateniense. El normal colofón de aquellas cenas era la visita de Sóstratos, al día siguiente, a la casa de placer eleusino.
Pitia continuaba colaborando con el poeta en la sala de Clío en plan aséptico, como si el recuerdo de sus vidas en la cabaña del lago estuviese ya muerto. Alguna vez llegaban a sus manos billetes doblados en mil partes: eran encendidos poemas amorosos del de Rodas, vibrantes odas, pareados o sonetos para recordar que su amor por ella se mantenía vigente.
Todo cambió en la vida de Apolonio de Rodas al cumplir treinta y un años: Zenódoto de Éfeso murió al caer del caballo. El bibliotecario se dirigía a su labor en el museo cuando el equino, asustado quizá de un sonido estridente, se desmandó y lo estribó. Fue una muerte terrible. Su cuerpo fue arrastrado tres estadios por la avenida Canópica y el cráneo, rebotando en cientos de adoquines, quedó convertido en una espeluznante masa de sangre coagulada y pulpa cerebral. Tras las exequias, celebradas con la pompa correspondiente a un cargo que en Alejandría solo cedía en grandeza al propio rey, Ptolomeo Filadelfo proclamó a Apolonio de Rodas nuevo bibliotecario. Apolonio, a su vez, nombró a Pitia directora de la sala de Clío.
Fue durante un viaje al oasis de El Fayum, acompañando a Sóstratos, cuando Pitia quedó de nuevo encinta. Integraban el séquito de los reyes-dioses en la inauguración de Teadelfia, una ciudad gemela a Filadelfia y encargada como ella de guardar de posibles ataques el rico enclave. Se abría al culto el templo que, levantado por Sóstratos, se dedicaba al dios-cocodrilo Sobek, para los griegos Pneforos. Era una construcción clásica del Imperio Medio, en piedra rosada, con pronaos y un altar en donde se adoraba la barca sagrada de Sobek, en negra madera de ébano revestida con láminas de oro. La nave hipóstila se hallaba decorada con frescos alusivos al padre de los ríos: los peces que lo habitaban, sus cataratas, las aguas blancas o azules que llenaban su cauce y la fauna que bebía en su orilla.
Fueron jornadas festivas, plenas de luz y de color en aquel privilegiado paraíso natural cercano al río, al sur de Giza. Jamás habían visto tantos pájaros. Los despertaban justo al amanecer con su concierto entrañable, entonado, casi acuático. La claridad era tal que deslumbraba. Un canal de nueva construcción, diseñado por el arquitecto, se encargaba de traer a la ciudad agua del Nilo. El oasis, algo menor que Siwa, era de temperatura aún más amena. Se alojaban en una tienda no muy alejada de la real, entre palmeras datileras y sicomoros, sobre el césped, rodeados de una nube de servidores nubios. Hubo banquetes, bailes, representaciones teatrales y danzarinas del desierto. La danza, las bailarinas lúbricas, sus propias desnudeces en el ambiente desinhibido y tibio de la jaima, contribuyeron a aquella gestación no deseada. Pero fue un espejismo. El amor de la pareja nunca tuvo la brillantez de antaño. Era como si Pitia amara con desgana, como intuyendo que la cabeza de él estaba en otra parte cuando la cubría. Y es que al fornicar, ambos recordaban a Apolonio. Sóstratos dedicó dos jornadas a mostrar a su mujer la Esfinge y las grandes pirámides. Al regresar a Alejandría, Pitia se encontraba triste y desconsolada.
—Creo que no podré soportarlo —dijo a Sóstratos.
—Qué no soportarás, mi amor.
—Una nueva preñez. No me recuerdo con la tripa lisa.
—Apenas tienes treinta y un años, mi cielo. Estás en plena edad de tener hijos.
—Con los que tengo voy bien servida. He perdido la cuenta de mis embarazos. Además, presiento que será una nueva niña. Si al menos me asegurasen que iba a ser niño…
Sóstratos calló. Suponía lo que pasaba por aquella cabecita fascinante y voluble, referente a lo sensual llena de pájaros, pero no quiso interferir. Hay veces que es mejor ignorar que saber, pensaría. Por ello, sin preguntar, se limitó a abrazar a su esposa cuando, acompañada de Amruz y Astarté, partió una mañana en dirección al Delta. Áctea, la partera, le había hablado de una maga-herbolera que se dedicaba a practicar abortos en un pequeño aduar perdido en el inmenso estuario del gran río. Embarcaron en un jabeque que, desde Alejandría, costeando, penetró por la boca de Canopo y llegó a Naucratis. De la factoría helena, tras pasar dos noches acogida a la hospitalidad de Íctea y Farlo, los tíos de Apolonio, una pequeña lancha de quilla plana condujo a Pitia al hogar de la bruja luego de navegar por un dédalo de umbríos y sinuosos canales y riachuelos fangosos. La selva vegetal, palmeras, acacias negras, laureles, yambos y abenuces, era tan intrincada que la luz del sol no podía traspasarla. El silbo de los pájaros, amable en El Fayum, resultaba ominoso en aquel mundo oscuro y cenagoso, olvidado de los dioses. Al doblar el recodo de un canal apareció el aduar, seis casuchas de barro y un embarcadero. Un númida de aspecto estuporoso, huraño como un gato montés, les dio las señas de la maga, una cercana choza de madera y paja construida sobre una plataforma sobre el agua. Junto a la puerta esperaban dos mujeres jóvenes.
Cnea, la herbolera, recibió a Pitia tras despachar a las demás clientes. No tenía el aspecto que se presume en una nigromante: edad avanzada, largos dientes amarillentos señoreando la boca, sucia, despeinada y de ropajes sórdidos. Ni siquiera aparentaba ser vieja. Vestía un caftán recién lavado, aparecía risueña y recogía su melena cobriza en dos tirabuzones.
—Te llamas Pitia —dijo—. Te conozco a través de Áctea desde hace mucho tiempo. Eres mucho más bella de lo que me había dicho. ¿Qué deseas de mí?
—Estoy embarazada de un hijo que no quiero. Me han asegurado que con tu ayuda podré librarme de él.
—La descendencia es una bendición de Isis —sostuvo Cnea—. ¿Por qué quieres librarte de algo que envían los dioses?
—Tengo tres hijas vivas y un varón; he sufrido otros cinco embarazos. No deseo más hijos.
—Lo pregunto porque desaconsejo el aborto en primíparas. ¿La gestación te produce molestias?
—No excesivas: los mareos del primer mes y leves vómitos hasta la sesentena. Pero odio la incomodidad, ver mi cuerpo deforme en el espejo y sentirme lo mismo que una anciana: carne muerta, sin ganas de varón. No soporto que mi marido mire a otra…
—Sé que has convivido con dos hombres. No me extraña viendo tu hermosura sin tacha. ¿Tu actual varón aprueba tu decisión?
—Soy una mujer libre. Pero, antes de seguir, debo decir que la resolución aún no está tomada. Antes quería conocerte, saber qué método abortivo preconizas y la clase de riesgo que, sin duda, correré. Me aseguran que tu experiencia es grande.
—Mi procedimiento es casi inocuo, salvo que la mujer se halle predispuesta contra la droga que utilizo.
—Explícame eso.
—Hay humanos que reaccionan de forma diferente al mismo estímulo. O, de otra forma, la medicina que a la inmensa mayoría produce alivio, a unos pocos puede causarles la muerte.
—¿Se conoce el porqué?
—No. El origen debe ser de índole interna. Como si el cuerpo no admitiera, por razones ignotas, la droga en cuestión.
—Entonces el problema se resolverá utilizando dosis mínimas.
—No siempre. A veces basta un óbolo del fármaco intolerado para el letal efecto.
—Se ve que has sufrido la experiencia.
—Tan solo una vez, pero fue increíble. Hace cinco años murió aquí una mujer de diecinueve años tras un pequeño sorbo de mi droga abortiva. Afortunadamente se encontraban presentes su madre y su amante.
—¿Afortunadamente?
—Pudieron constatar que mi actuación fue inocua.
—¿Y qué droga utilizas? Pensé que usabas tallos de laminaria.
—La laminaria es efectiva pero peligrosa. Dejé de usarla hace ya muchos años. Un alto porcentaje de mujeres moría víctima de las fiebres. Desde entonces empleo mi brebaje y me va bien.
—¿Es una fórmula de tu invención?
—Se trata de un procedimiento que utilizaban los antiguos egipcios. Mi compuesto es una mezcla de hierbas cuya ingesta tiene efectos contractivos del útero. La matriz se convulsiona en espasmos que consiguen la expulsión del feto, mejor cuanto más rápido se emplee. Lo ideal es antes del tercer mes.
—Entonces estoy a tiempo: todavía no he visto mi segunda falta —dijo Pitia.
Cnea ordenó que se desnudara y, en presencia de Astarté, la examinó con calma. Fuera esperaba Amruz. La exploración se dirigió sobre todo a los senos y al antro vaginal. Al terminar ofreció un frasco de boca ancha donde Pitia orinó. Tras catar el líquido excreticio habló la maga:
—El embarazo es cierto.
—¿Puede saberse el sexo del nonato?
—Con seguridad, no. Por el sabor dulzaino de la orina casi afirmaría que se trata de una niña.
—Me lo temía. ¿La mezcla que utilizas es inocua?
—No. A ciertas dosis produce dolores de cabeza y quizá vómitos.
—¿Y es efectiva?
—El aborto se produce siete veces de cada diez.
—Si me decido, quisiera saber antes la fórmula de tu elixir.
—Puedo dártela sin ningún problema. Lo compongo con hierbas que yo misma cultivo en mi pequeño huerto: ruda, apiol, enebro, azafrán, oleandro y centeno humedecido y conservado en un lugar oscuro. El centeno es la clave. Debe utilizarse cuando un hongo parásito lo coloniza hasta formar en las espigas cuerpecillos rugosos en forma de cuerno. Lo que ya no puedo facilitarte es la exacta proporción de cada componente, pues es mi secreto. Solo añadiré que la mezcla se maja en el mortero y se diluye en vino dulce con un poco de menta que compense su amargor intenso.
Quedaron en silencio. La brisa de levante mecía las copas de los árboles y originaba un murmullo balsámico. Por toda música se escuchaba el canto del búho, la lechuza o el otillo quizá.
—De acuerdo —consintió Pitia—. Dame la dosis de tu pócima y me la tomaré.
—No aquí. Desde aquella dolorosa experiencia facilito la dosis abortiva en un frasco para tomar en casa. De vuelta en Alejandría, en presencia de tu esposo o tus doncellas y esclavas de confianza, tumbada sobre el lecho en ambiente sosegado y silente, la beberás completa. Para que el efecto sea rápido es preferible hacerlo en ayunas.
* * *
Pitia nunca supo el sexo de aquel hijo. A efectos prácticos, más que aborto fue una gran menstruación, una hemorragia mayor de lo normal acompañada de vómitos e intensa cefalea que duró una semana. Sóstratos no dijo nada. Solo se detenía junto a la cabecera de su esposa con gesto contrariado, rumiaba frases inconexas, le daba masajes en los pies (algo que a ella le encantaba) o refrescaba su frente con paños mojados en agua fría. Cuando se recuperó de sus molestias, al cabo de casi tres semanas, Pitia se puso en manos de su masajista y llamó a Manopthe, la estilista de Arsínoe, para que devolviera a su cuerpo la elasticidad y a su figura el atractivo que creía perdido tras el frustrado embarazo. El resultado fue una nueva mujer, seductora como nunca, pero taciturna, embargada por una desazón dentro de las entrañas, un sentimiento inexplicable entre el dolor y la pesadumbre melancólica. Sóstratos tardó en asimilar los hechos, pero nunca terminó de perdonar a su mujer.
* * *
Jamás brilló Alejandría con el fulgor que derrochó durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo. El museo era la luminaria del saber que deslumbraba al mundo, y el faro, la colosal antorcha que guiaba hasta sus aulas a lo más granado de sabios y pensadores en torno al Mare Nostrum. Arquímedes apareció por la ciudad cuando era un joven soñador de veintisiete años. Nacido en el 287 en la ciudad de Siracusa, en la isla de Sicilia, era hijo de Fidias, un astrónomo famoso en todo el sur de Italia. Su padre fue quien le hizo amar las matemáticas. Muy pronto destacó entre los científicos alejandrinos que, bajo la maestría de Conón de Samos, estudiaban el arte de Pitágoras. Sobresalía también por su apostura, pues era un hombre guapo, moreno, de larga y brillante melena ensortijada, pómulos pronunciados, boca riente y grandes ojos negros.
Arquímedes entró en contacto con Eratóstenes de Cirene, el grandioso físico y matemático, pero sus grandes amigos fueron muy pronto Sóstratos y Apolonio. Solían reunirse al menos una vez en semana en casa del arquitecto, donde cenaban junto a Pitia. Eran dignas de ver aquellas doctas sobremesas terminadas casi siempre al amanecer, donde los tertulianos exhibían sus saberes sin alardes bajo el aroma del kyphy más cargado con resina de cáñamo, envueltos en los cálidos vapores del licor de palmera. Pitia, en la sabia sazón de sus treinta y cinco años, comentaba sus avances en egiptología, Apolonio declamaba poemas amatorios con los ojos brillantes, Sóstratos hablaba de la torre o exponía al detalle sus últimos proyectos arquitectónicos y Arquímedes divagaba sobre la cuadratura del círculo o esgrimía avanzadas teorías sobre la palanca, la polea compuesta, el tornillo o su espiral famosa.
—¿En qué trabajas ahora? —le preguntó una de aquellas noches Sóstratos.
—Ando por la mitad de un extenso trabajo que se llamará El método —dijo Arquímedes—. En él vengo a afirmar que sin orden científico, sin estrictas reglas, jamás se avanzará en la mecánica ni en la geometría.
—Euclides era de la misma opinión —afirmó Apolonio.
—Su fama fue la que me trajo aquí —dijo el siciliano—. Me apasiona la esfera y su misterio. Todo es redondo en el universo. He descubierto una relación entre la circunferencia y su diámetro, que he designado con la letra griega pi (π).
—¿Qué efectos prácticos puede tener ese descubrimiento? —preguntó Pitia.
—Importantes —aseguró el siracusano—. Todo está interrelacionado: círculos, esferas, volúmenes y pesos. Pueden moverse grandes volúmenes utilizando el método.
—Perdona, pero no te sigo —dijo Pitia.
—La afirmación no es mía, pues fue formulada hace ochenta años aquí, en Alejandría, por el gran Pappus. Aquel sabio habló de la palanca, una barra rígida para trasmitir fuerza. Mi teoría, «potencia por su base es igual a resistencia por la suya», se basa en los trabajos de Pappus de Alejandría. Con una palanca de suficiente longitud asentada en un fulcro adecuado, podría moverse el mundo.
Quedaron en silencio. Desde el lugar de la terraza donde estaban podía verse la torre y en su cúspide el quemadero echando llamaradas ardientes.
—Verdaderamente asistimos a unos progresos de la ciencia superiores a los de ninguna época anterior —dijo Apolonio.
—No estoy muy de acuerdo —intervino Sóstratos—. Poco hemos hecho en ciencias que supere a Tales de Mileto y nada en arquitectura confrontándonos con Fidias o los grandes arquitectos egipcios.
—En tu modestia te olvidas del faro, querido —dijo Arquímedes—. Nada construido por el hombre se ha elevado tanto sobre el nivel del mar como tu construcción. Una de las razones que me trajeron a Alejandría fue admirarlo.
—Es pronto para ponderar la magnitud de mi obra. Deja pasar mil años y hablaremos.
La popularidad de Arquímedes, ya grande, se expandió por toda la ciudad a raíz de un experimento que congregó en el Mégas Limén o Gran Puerto a un enorme gentío. El joven sabio había expuesto en el museo un artefacto de su invención, la polea compuesta, basada en el principio de su ley de la palanca. Se trataba de un enorme polispasto horizontal, construido en hierro, con poleas de tamaño creciente. Afirmaba el siciliano, en medio del escepticismo general, que si un niño de siete años giraba la manivela de la última polea, el cable amarrado al artilugio desplazaría al mayor de los barcos anclados en el puerto. Enterado del caso Ptolomeo Filadelfo, gran amante de la ciencia y de sus adelantos, se fijó día y hora para el ensayo, y se congregó en el Heptastadion gran cantidad de público. A la hora señalada se amarró a la proa de un navío de alto porte un acerado cable que se fijó al juego de poleas. El barco se hallaba anclado en el centro del recinto portuario, a algo más de dos estadios de distancia del muelle. Una de las hijas de Pitia, una preciosa diablesa de ocho años, fue la encargada de accionar la manivela. Fue algo mágico. Al tiempo de girar con suavidad y sin fuerza aparente la engrasada manija, se levó el ancla de la nave. En medio de un silencio de tundra miles de ojos incrédulos dieron fe del prodigio: el enorme buque de dos cubiertas y tres palos se aproximó a buen ritmo hasta casi topar contra la dársena. ¡Una niña era capaz de mover una mole como un templo de grande! Arquímedes fue vitoreado y levado en triunfo hasta el museo.