El Arquitecto

Antonio Cavanillas de Blas · Capítulo 3 de 7 · parte 1/3

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El Arquitecto

Capítulo 3

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

3

Alejandría, 276 antes de nuestra era.

Una nave los llevó del Pireo a Alejandría tras hacer escala en Iraklion, capital de la mágica Creta. Eran de la partida la pequeña Pitia, que ya hablaba, Sofía, la vieja aya que ahora se ocupaba de la niña, tres jóvenes doncellas y Amruz, el esclavo nubio que la pareja había heredado al casarse. Les llamó la atención la luz de África, esplendente en aquel mes de Poseidón, y lo tibio del aire, cuando en Atenas los días invernales eran grises y fríos. El barco atracó en el Gran Puerto o Mégas Limén, donde fondeaban los navíos que frecuentaban la ciudad. Cientos de trabajadores portuarios descargaban mercancías o las estibaban en las bodegas de los buques de diferentes portes, muchos abarloados, prestos para partir. En una de las dársenas, al aire libre, subastaban una partida de esclavos recién desembarcados. Los había de ambos sexos y de todas las razas: semitas, caucásicos, negros, hindúes y de piel amarilla. El ambiente era sonoro y luminoso. Un carruaje de seis tiros gobernado por aurigas uniformados esperaba en el muelle al arquitecto.

Tras cruzar el Heptastadion, el largo muelle que enlazaba con la ciudad y partía en dos el puerto, fueron llevados al alojamiento que el rey Ptolomeo II había previsto para ellos, una lujosa mansión en el barrio Real. Aquella misma tarde Sóstratos se entrevistó con el monarca y conoció a la reina.

Ptolomeo Filadelfo era un hombre de treinta y dos años, ocho más que el arquitecto que iba a inmortalizarlo. Alto, robusto, de maciza osamenta, había heredado la belleza de su madre, Berenice, tercera esposa de Ptolomeo I Sóter, que pasaba por su padre. Y digo tal pues Berenice, tenida como la mujer más bella que había producido Egipto desde los tiempos de la reina Nefertiti, esposa de Akenatón, tuvo varios amantes. El encuentro fue en extremo cordial.

—Tengo las mejores referencias sobre tu arte, Sóstratos —dijo Filadelfos—. Te avala también tu procedencia: ser nieto del constructor de Alejandría.

—Gracias, majestad. Explicadme cuál es vuestro proyecto e intentaré complaceros.

—Quiero edificar en el islote de Antirrodos, que habrás visto dentro del Mégas Limén de camino al Bruqueion, un palacio dotado de los más modernos adelantos constructivos. No te oculto que tendrás que competir con otros arquitectos. Siendo dinero público, las obras en mis reinos se litigan en concursos abiertos.

—Entiendo, majestad. Supongo que existirá un presupuesto y habrá un plazo.

—Pretendo que las obras se inicien en primavera. Por ello el plazo se cierra dentro de treinta días. En cuanto a presupuesto, no tiene límites. Pero, siendo enemigo del despilfarro, elegiré la obra que, dentro de un precio razonable, sea más atractiva, cómoda e inteligente. Dispondrás en tu alojamiento del material y medios necesarios para trazar los planos. Infórmame si precisases de algo para ti o tu familia. Quiero que os halléis cómodos.

Sóstratos se puso inmediatamente a la tarea que culminó en tres semanas, tiempo que Pitia aprovechó para instalarse y recorrer parte de la ciudad acompañada de Amruz. Tras visitar los terrenos donde iba a levantarse el edificio, una parcela que ocupaba el islote en su totalidad, el arquitecto lo diseñó en dos plantas. El material de construcción sería ladrillo de Cirene de doble ancho, material resistente y poroso, aislante del calor. Iría recubierto de mármol en las fachadas y enfoscado y decorado al fresco en las zonas nobles. Un pórtico de seis altas columnas dóricas, rematado por un frontón con bajorrelieves relativos a la vida de Alejandro y de los reyes lágidas, decoraría la fachada principal, abierta a la ciudad. En la planta baja estarían los salones separados por mamparas desmontables para poder unirse en caso necesario. En primer lugar el de recibo, enorme, y después los de música, trono, juegos, baile, espejos y comedor de gala. Al fondo, una gran terraza escalonada se abriría al Mégas Limén, llegando a una pequeña playa. En el lado derecho se hallarían las cocinas, despensas y calderas, y en el izquierdo las dependencias del servicio, criados, esclavos y miembros de la guardia. La planta alta, a la que se accedería por una escalera semicircular desde el gran salón de recibo, tendría cuarenta habitaciones y dependencias, todas dando al puerto. El dormitorio real se hallaría en el centro, con una enorme terraza frente a Pharos, un islote que separaba los fondeaderos del Mégas Limén del mar Mediterráneo. Todos los dormitorios contarían con lavabo y retrete separado, dotado con agua fría y caliente. El real, además, dispondría de una gran bañera circular fabricada utilizando el tronco de un baobab, el rey de los árboles, traído de algún lugar del centro de África, en los confines del desierto.

El palacio se rodearía de un extenso parque ajardinado, sembrado de césped y alfombrado de flores de mil clases. Se aprovecharía un montículo poblado de palmeras para instalar allí, en alto, el depósito de agua. Habría un templete de la música, fuentes, varios estanques con riachuelos comunicándolos, una gran jaula para pájaros, otra para simios y una charca vallada con saurios capturados en el Alto Nilo. En zonas especiales se plantarían acacias, laureles, magnolios, moreras, jazmines, naranjos dulces y amargos, limoneros, granados y sicomoros. Habría palmeras datileras, higueras, nísperos y olivos trasplantados de Siwa. Al fondo del jardín, junto a la playa, se levantaría el pabellón gimnástico dotado de piscinas y baños de vapor, al modo asirio. Sóstratos dudó si diseñar una dársena que comunicara la islita con Alejandría, pero al final optó por perfilar un muelle para embarcaciones, de forma que Antirrodos no perdiera su condición de isla. El inconveniente era que había que embarcar para acceder al palacio, y la ventaja, de cara sobre todo a la seguridad, su aislamiento. El proyecto de Sóstratos ganó el concurso y se iniciaron de inmediato las obras.

El año que duraron lo aprovechó nuestra pareja para asentarse en la ciudad y conocer a los alejandrinos más representativos. El más conspicuo de ellos era sin duda el propio rey, Ptolomeo Filadelfo, «el que ama a su hermana». Nacido en la isla de Cos, frente por frente a Knidos, su padre lo asoció al trono cuando tenía veintitrés años. Dos años después, al morir Ptolomeo Sóter, comenzó a reinar en solitario. Nueve años llevaba haciéndolo cuando el arquitecto llegó a Alejandría. Filadelfos repudió pronto a su primera esposa, Arsínoe I, y se casó con su hermana Thais, una bella mujer siete años mayor con la que se entendía desde la pubertad. Fue un hecho que llamó la atención de Pitia.

—Había oído hablar del amor incestuoso entre hermanos —dijo dando un sorbo a su copa de arak—, pero no suponía que se diera entre griegos.

Charlaban de lo visto y vivido durante el día con las luces de la ciudad a sus pies y, al fondo, la claridad nocturna de la luna cabrilleando sobre el Mare Nostrum. Amaban hacerlo en las sobremesas, sobre todo en las cenas.

—Es algo desconocido en nuestro mundo helénico, pero habitual entre los faraones y la aristocracia egipcia desde hace milenios —sostuvo Sóstratos—. Aunque en este caso no es propiamente incesto, pues hablamos de hermanastros: Ptolomeo es hijo de Berenice, la tercera esposa de Ptolomeo Sóter, y Thais, de este y de una bella hetaira ateniense de igual nombre. También imitan la costumbre egipcia de declararse dioses.

—No hace mucho, en alguna parte de la ciudad, escuché que Ptolomeo pretende la divinidad en vida —dijo Pitia.

—Lo sé. El día de la inauguración del palacio se autonombrará dios alejandrino y su mujer será diosa también.

—La diosa Thais… Dicen que es muy bella.

—Tal me pareció cuando la vi, apenas un instante. Aunque ya no es Thais: ha mutado su primitivo nombre por Arsínoe. El objetivo de la pareja es reimplantar la vieja tradición faraónica para, mediante una endogamia sin fisuras, perpetuar su estirpe en el poder. Será una dinastía de divinidades filadelfas, dioses hermanos que se aman mutuamente.

—¿Thais es la madre de los hijos del rey?

—No. Los pequeños Ptolomeo y Berenice son de la primera Arsínoe. Filadelfo embarazó a su hermanastra muchas veces, pero siempre abortó, y es que las diosas no deben tener hijos para simular la virginidad y conservarse bellas. Se dice que los abortos fueron provocados por una famosa y experta maga de un poblado del Delta.

—¿Y por qué, si se entendían desde siempre, no casó Ptolomeo directamente con Thais?

—Por la diferencia de edad. Cuando Ptolomeo Sóter desposó a Thais con Lisímaco, hijo de un general de Alejandro, ella tenía doce años y su hermanastro cinco. Enviudó con quince años.

—¿Qué pasó?

—Lisímaco murió de unas extrañas fiebres, dicen que envenenado. Thais jugueteó sin quitarse los lutos con unos y con otros. Ocho años después, al matrimoniar por segunda vez con Ptolomeo Cerauno, todos sabían que aquel enlace duraría poco.

—¿Quién fue Cerauno?

—Otro hermanastro. Hijo de Sóter y de su primera mujer, Eurídice.

—¿Murió?

—Amaneció muerto en su cama, cosido a puñaladas. Se comenta que era un gran amante. Era tan sonoro el placer que daba a Thais que media Alejandría se enteraba. Filadelfo, que ya se acostaba con ella, no lo pudo sufrir y ordenó su asesinato.

—Pero Filadelfo apenas sería un niño… —dijo Pitia asombrada.

—Tenía dieciséis años. Algunos afirman que él mismo empuñó la daga. No soportaba que otro proporcionase gozo a su adorada y, mucho menos, que su deleite resultase audible.

—Entiendo… ¿Qué fue de la primera Arsínoe?

—Tenida por loca, se encuentra desterrada de por vida en un perdido oasis de la frontera nubia del que resulta imposible escapar —respondió Sóstratos.

Por el balcón entornado penetraban el aroma de la flor del magnolio, los rumores del búho y de los grillos y las maldades de que es capaz un hombre poderoso cuando se trata de su propio placer. Se sirvieron más licor de palmera.

—¿Qué te parece Thais-Arsínoe? —preguntó Pitia—. Ardo en deseos de conocerla.

—Ya te dije que apenas la vi en mi primera entrevista con el rey. Es una bella mujer, pero su hermosura es poco natural. Dicen que se pasa el día en manos de Manopthe, su estilista, un peluquero-maquillador-perfumista que mima su piel con costosos ungüentos y domina la ciencia del aroma. Afirman que su cuerpo es tan escultural como los de las núbiles que custodian el templo de Atenea Partenos en la acrópolis.

—¿Cómo pueden saberlo?

—El cuerpo de una reina egipcia es casi público. Lo contemplan a diario su estilista, las esclavas que la bañan, las doncellas que la visten y acicalan y los altos funcionarios que la sirven —dijo Sóstratos—. Cuando la conocí llevaba puesta una túnica de seda trasparente que desvelaba todo. Me pareció que para sus treinta y muchos años está bien conservada.

—Comprendo. La muy desvergonzada está perfecta porque nunca dio a luz — dijo Pitia—. En mi próximo embarazo acudiré a la maga del Delta.

—No harás tal, mi tesoro —dijo Sóstratos—. Siempre serás preciosa preñada o no. Además eres mi diosa desde que te vi con quince años en el teatro de Dionisos.

 

* * *

Ptolomeo era un hombre callado y melancólico. Sóstratos tuvo tiempo de conocerlo bien, pues se reunían a diario para ver los progresos de las obras. Hábil diplomático, prefería la paz a la guerra y el diálogo a la confrontación. Se decía de él que era tan fino amador como su padre y se le conocían varias amantes fijas. Era un gran mecenas e impulsor de las letras, las ciencias y las artes. Su pasión era el coleccionismo y, dentro de él, el atesoramiento de manuscritos. Los reunía en su propia y privada biblioteca, pudiendo allí admirarse pergaminos chinos y japoneses de mil años atrás, escritos caldeos y sumerios en piedra caliza, grabados hindúes y babilónicos en terracota y papiros jeroglíficos de las primeras dinastías faraónicas con dos milenios de antigüedad. Amaba también la pintura y la escultura, poseyendo piezas de gran valor. Gustaba de los bichos raros y animales exóticos: escarabajos, escorpiones, arañas, serpientes de mil clases, jirafas, hipopótamos, elefantes y felinos salvajes. Por ello pidió a Sóstratos que añadiese al proyecto palaciego un pequeño jardín zoológico que acogiese aquella informe fauna.

Egipto era un país rico a la llegada de Sóstratos de Knidos. Su economía se basaba en dos pilares: la agricultura, que en las riberas del Nilo y en su Delta producía de todo y en grandes cantidades, y la ciudad de Alejandría y su puerto, fundamental para el comercio. La población egipcia proporcionaba una mano de obra inacabable y barata, por lo que Ptolomeo no tenía necesidad de implantar un sistema esclavista como en Persia, Grecia o la naciente Roma. Era una raza autóctona mezclada con la árabe asiria, caldea, mauritana, sabea o yemení. El producto final eran hombres y mujeres altos, de figura esbelta, cráneo alargado, nariz aguileña, cabello crespo, tez morena aceitunada, ojos rasgados y mirar vivo. Los campesinos componían una inmensa y amaestrada gleba, pero no eran siervos. Podían desplazarse libremente por el país y cambiar de ocupación o residencia, y de hecho lo hacían, pues no habían perdido el nomadismo que define a aquellas razas descendientes de Sem. Solo los extranjeros podían ser esclavos y pocas veces para el trabajo. Hombres y mujeres de la Tracia o del Cáucaso, de la Germania, Arabia, Transilvania, Nubia, Kerma o Meroe se vendían y compraban para el placer sexual. Rara era la casa aristocrática donde no hubiera efebos o jóvenes de todas las razas y colores para el deleite de sus propietarios sin distinción de sexos. Ptolomeo impulsó la irrigación de extensas zonas, sobre todo en los oasis de Siwa y El-Fayum, e hizo notables mejoras en el puerto alejandrino, núcleo principal del comercio egipcio, fuente de sus exportaciones y origen de los cuantiosos ingresos de la corona.

El rey también mostró interés por la religión de sus súbditos, tanto griegos como judíos, árabes o egipcios. Gustaba de visitar el templo de Serapis, donde oraba y presidía sus solemnidades anuales. Acudía alguna vez a la sinagoga hebrea para escuchar a los rabinos, habiendo ordenado traducir al griego sus sagradas escrituras vertidas en arameo. Reunió para ello a setenta y dos sabios que dominaban ambas lenguas, asesorados por estudiosos llegados de Judea, y logró una hermosa edición de aquellos antiguos textos conservada en la gran biblioteca. Fomentaba el culto de los antiguos dioses faraónicos, en realidad los mismos que veneraban los árabes alejandrinos con diferentes nombres. Consentía la taurobolia, vieja fe hindú en la diosa Mitra, cuyos devotos se reunían el primer día de Venus tras el solsticio de verano para beber la sangre del toro votivo recién sacrificado, todavía tibia. Ordenó levantar nuevos lugares de culto y, para fortalecer su poder en una sociedad en la que los ámbitos político y religioso estaban estrechamente relacionados, introdujo por primera vez desde los faraones la adoración del rey y de la reina en vida, de los theoi adelphoi o «dioses hermanos». Favorecía viejas costumbres griegas, como el culto a Dionisos o la iniciación en los misterios de Eleusis, símbolo espiritual de la Hélade, ambas anteriores a los poemas homéricos. Cuatro veces al año, al modo ateniense, se celebraban en Alejandría las fiestas dionisiacas en las que el vino era el dios. No se imponía en ellas la promiscuidad a nadie, pero sí se prohibía que alguien impusiera su castidad a otro, fuera cual fuese su sexo. En cuanto a Eleusis, su iniciación acontecía en otoño, de noche y en lugares especiales, secretos. Los peregrinos, rodeados de adeptos, recibían una pócima, el kykeón sagrado, compuesta por vino, menta y harina parasitada por un hongo alucinógeno, el cornezuelo, de intenso poder psicoactivo. El consumo de vinos con mirra y extracto de haschish era común para estimular reuniones privadas, así como los licores con diluciones de beleño, belladona o mandrágora en cualquier parte. En ninguna casa aristocrática faltaban los sahumerios o inciensos de jazmín con algún añadido estimulante, principalmente polvo de adormidera.

El arquitecto y Pitia fueron pronto invitados a fiestas palaciegas, muy frecuentes, y a reuniones que los días de Júpiter se celebraban en los salones reales. Coincidían allí con lo más granado de la sociedad alejandrina. Atraídos por la floreciente y cultivada nueva ciudad como las mariposas blancas por la luz de la linterna en el anochecer, los cerebros más preclaros y las mentes mejor aparejadas del orbe helenístico se asentaron en Alejandría como residentes o para formarse en las ciencias, las letras o las artes. Conocieron en ellas a Euclides, el gran geómetra, que con cincuenta años a sus espaldas representaba el saber matemático; hablaron con Teócrito, el ya curtido poeta bucólico que encandilara a Pitia con sus versos, y con Calímaco, el bibliotecario, poeta y vate, cantor de Berenice, la bellísima tercera esposa de Ptolomeo I, madre del rey. Charlaron con Apolonio de Rodas, el prometedor ayudante del museo alejandrino, un agraciado joven de veinte años que destacaba ya por su sapiencia en todas las ramas del saber, y con Manetón, el sacerdote egipcio del dios Ra, favorecedor de Serapis y encargado de su templo, notable historiador. Apolonio, por su belleza, causó en nuestra pareja una impresión dispar y especialmente intensa. Pitia quedó inmediatamente deslumbrada por su atractivo viril y Sóstratos sintió como un tumulto interno, algo muy parecido a la conmoción que le causara años atrás Giorgios, el hermoso y fugaz compañero de estudios.

El arquitecto era madrugador. Se alzaba antes del alba, se refrescaba en el aljibe del jardín y llegaba a la obra palaciega antes que nadie. Inspeccionaba los progresos de la construcción y revisaba materiales mientras veía incorporarse al tajo a obreros y albañiles. Discutía con los capataces y maestros las labores del día. Regañaba a un carpintero díscolo o instruía a los soldadores que fabricaban las tuberías de plomo. Corregía el trazado de una zanja o desechaba una pieza defectuosa de madera o mármol. Comprobaba que las cantidades de arena, arcilla, cal, agua y sílice eran las correctas para la masa del ladrillo más firme. Esperaba la llegada de Ptolomeo II, que no solía faltar y, luego de cambiar impresiones con el rey y recorrer las obras, sobre la media tarde, se dirigía al museo para encontrarse con Pitia, nombrada por Filadelfo ayudante de bibliotecaria y alumna de Apolonio. Era algo que la ateniense se propuso conseguir desde que comprobó la existencia de tan magno centro del saber. Pitia recibía de Manetón lecciones sobre historia de Egipto, algo que le apasionaba. Al terminar, ella y Apolonio repasaban legajos del pasado o clasificaban manuscritos. Siendo de una edad parecida, congeniaron muy pronto. Comían juntos, aguardaban la llegada de Sóstratos y se dedicaban a recorrer Alejandría. Las pocas veces que faltaba el arquitecto lo hacían solos. Apolonio de Rodas se convirtió enseguida en el amigo inseparable de ambos.

 

* * *

Alejandría estaba amurallada y contaba con tres puertas principales: la de Cirene, que se abría al oeste, la del Lago, que al sur llevaba a la laguna de Mareotis, y la de Canopo, cuyo camino se dirigía al este, a la ciudad de descanso y solaz junto al brazo occidental del Nilo. Había otras puertas secundarias comunicando con el arsenal y el Heptastadion. Un canal procedente del Nilo rodeaba por el sur la ciudad y la proveía de agua potable. Iniciaron el recorrido de la enorme urbe visitando los restos del poblado de Rhakotis, tras pasar las murallas por la puerta de Cirene y cabalgar tres parasangas egipcias, el equivalente a cien estadios. Dejaron los caballos al cuidado de una anciana mujer que freía ajos, perejil y cebollas frente a la abierta puerta de su choza. El sol ya declinaba y con él el calor.

—¿Quiénes eran en realidad los bukoloi? —preguntó Pitia.

—Fueron los primitivos pobladores de esta lengua de tierra, los fundadores de Rhakotis —aseguró Apolonio—. Eran pastores salvajes de procedencia hindú, inicialmente nómadas, que se mezclaron con los peores bandidos egipcios para dominar la laguna de Mareotis y las marismas del Delta hace quinientos años.

—En Grecia los llamamos «gitanos» —dijo Sóstratos.

—Lo sé. Estos no eran pacíficos. Cuando llegó Alejandro hubo que exterminarlos, pues se le enfrentaron. Solo quedaron los niños y las mujeres, de las que descienden estas pobres gentes —sostuvo Apolonio.

Apolonio de Rodas había nacido en Alejandría en el 295. Era por tanto cinco años más joven que Sóstratos y seis meses mayor que Pitia, pero parecía un niño. Pasó, como veremos, la última parte de su vida en Rodas y de ahí su apelativo. De hecho, llegó a adquirir la ciudadanía rodia. Por el color de su piel, rosada como la de un infante, y el color de su pelo, blondo y deshecho en bucles, más parecía un bárbaro germánico que un meridional. Sus facciones eran clásicas, paradigmáticas. Atemperando su aspecto nórdico, su mirada era negra como el pecho del mirlo. Pitia, interesada en saber de los demás como cualquier mujer, se propuso desvelar aquel misterio. La vida de Apolonio desde su nacimiento se centraba en el estudio. Era difícil encontrar alguien más cultivado, con apenas veinte años, que el que llegara a ser bibliotecario del museo alejandrino.

Llegaron ante la Gran Cisterna que, aprovechando un hueco en la falla rocosa y levantada en piedra, había ordenado construir Alejandro Magno para abastecimiento de agua potable de la ciudad, pues aún no existía el canal desviado del Nilo y la de la laguna era salobre. Al lado había un torreón de la época faraónica. El portalón de carcomida madera estaba abierto. Ascendieron una escalera de ladrillo sin baranda, adosada al muro circular, y desembocaron en una pequeña habitación que amueblaban dos sillas rotas, una mesa de patas desgajadas y un camastro. Olía a polvo de momia y a dejadez de siglos. Una puerta sin jambas llevaba a una plataforma al aire libre, almenada, desde la que se contemplaba Alejandría.

—Esto fue un torreón de vigilancia de los últimos faraones que, hasta no ha mucho, sirvió para los guardianes de la Gran Cisterna. Hoy no se utiliza —informó el joven erudito.

Se refrescaron con un mal kykeón en un tugurio y regresaron a la ciudad. Cabalgaba delante Apolonio. Por la avenida Canópica, paralela a la costa, y por la vía de Serapis, torciendo a la derecha en el retículo perfecto que trazara Dinócrates de Rodas, llegaron al montículo donde se alzaba el Serapeium. Un servidor del templo, amigo del de Rodas, se hizo cargo de los caballos. Ascendieron los treinta y tres escalones y penetraron en la gran nave llena de fieles en cuyo centro se adoraba la estatua del dios. Un fuerte aroma a incienso trataba de amenguar el hedor de tanto peregrino sórdido y sudoroso. Visitaron el amplio claustro con doble columnata jónica y otros edificios menores, dormitorios para los sacerdotes y sacerdotisas.

—Como sabéis, Serapis es un dios reciente, creación del primer Ptolomeo hace tan solo cuarenta años. Se trata de una deidad sincrética, mezcla de Amón, Osiris y Apis, típicamente alejandrina, ideada para contentar a griegos, árabes y egipcios. Lo cierto es que cayó bien en Alejandría y cuenta cada vez con más adeptos.

—¿Te cuentas tú entre ellos? —preguntó Sóstratos.

—¿Bromeas? —contestó el joven sabio—. Yo solo creo en Platón y, a ratos, en Aristóteles y Sócrates. Serapis, igual que nuestros dioses griegos, es deidad benéfica, que no exige sacrificios humanos como los viejos y detestables dioses asirios o sumerios. Por ello lo consiento.

—Será dios de algo, a semejanza de los dioses helenos —dijo Pitia.

—En efecto. Es el dios de los muertos y al tiempo de la fertilidad. El cilindro acampanado que lleva en la cabeza es el calathos, patrimonio de médicos y físicos, pues se le atribuyen dotes sanadoras. La mayoría de sus fieles vienen al templo para impetrar por la curación de un mal.

—¿Y qué opinas de la divinidad de los actuales reyes? —preguntó de nuevo Pitia. Alejandría… Nadie que no la conozca podrá imaginar el embrujado privilegio que representa vivir allí. Para nuestra pareja la magia era palpable, surgía como la flor del almendro en los jardines, renovada a diario, nimbada por la luz matinal, satinada como un alba de otoño, perfumada de modo tan sutil que solo las abejas distinguirían sus mil matices. En ninguna otra parte habían conocido tal levedad del aire, la calidez del sempiterno sol, el sabor del agua cristalina del estanque, el mar amigo, antiguo, aquel dorado firmamento y la dulzura de sus anocheceres aromados de albahaca, salvia, canela y mirto. Alejandría no se entiende ni puede comprenderse o explicarse. Hay que vivirla, sentirla con los ojos, los oídos, las yemas de los dedos y los poros abiertos, comunicarse con sus gentes, pasear por sus calles y plazas, trasnochar tal como hicieron ellos.

—Me produce la misma indiferencia que Serapis. Si se acepta que la persona del monarca es sagrada, es natural que él mismo se considere un dios. Otra cosa es que se lo tome en serio. Sé por Calímaco que Ptolomeo sonríe malicioso cuando se saca el tema.

—La misma sensación tengo yo —intervino Sóstratos—. El otro día, recorriendo las obras del palacio, Filadelfo me dio a entender que desea hacerse dios alejandrino para complacer al pueblo.

—Será a la parte egipcia de su pueblo —dijo Pitia—. Los griegos no aplaudimos esas prácticas. Y menos adorar a la hija de una vulgar hetaira.

—No tan vulgar —sostuvo Sóstratos—. Se dice que Thais, hablo de la ramera, era de una belleza deslumbrante y muy culta.

—Por lo que sé sigue siendo muy bella —dijo Apolonio.

—¿Dónde está? —preguntó Pitia.

—Desterrada en el oasis de Siwa. Es algo muy egipcio. La reina Thais-Arsínoe no soporta que nadie le haga sombra. Y menos que nadie, una madre que a sus cincuenta y cuatro años sigue siendo muy hermosa.

—¿Insinúas que Ptolomeo sería capaz de acostarse con su propia madre? Eso sí que sería muy egipcio… —dijo Pitia.

—Thais tan solo es madrastra —intervino el erudito—. Y sí, se acostaría con ella aunque fuese su auténtica progenitora, pues pretende instaurar una nueva dinastía faraónica y el amor entre padres e hijos forma parte del juego. ¿Te escandaliza?

—En el amor nada me extraña —contestó ella—. Esquilo, Sófocles y Eurípides narran abundantes amores entre padres e hijos.

—Pero para execrarlos —sostuvo Sóstratos—. En el amor no todo es válido.

—Disiento —dijo Pitia—. Hablamos de un sentimiento indomeñable.

—Todo es domesticable, hasta las fieras —replicó Apolonio—. Y saber dominar las pasiones define al ser humano verdadero, asegura Platón.

Pitia movía la cabeza a ambos lados, en voluntario gesto de negación.

—Cuando Edipo se casa con su madre, sin saberlo, el hado le maldice y lo ciega, castigándolo a vagar eternamente con su hermana-hija Antígona como lazarillo — recordó Sóstratos—. No olvides que Yocasta se cuelga de una viga al saber que su descendencia fue procreada por su propio hijo. Y Electra, atraída por su padre Agamenón, mata a su madre y rival Clitemnestra con la ayuda de su hermano-hijo Orestes —añadió—. Lo nuestro son tragedias propuestas para la educación del pueblo, y los amores incestuosos de las antiguas dinastías faraónicas testimonio de un pasado que no es bueno resucitar.

—No me convencéis —dijo Pitia—. Sigo manteniendo que, mientras no haya malicia, cualquier placer es válido.

 

* * *

Un día fueron a visitar los puertos. Dejaron los caballos en una taberna al pie del Heptastadión, famoso por la calidad de su pescado, y atravesaron a pie el largo dique que separaba el Eunostos Limén, o puerto del Buen Retorno, del Gran Puerto o Mégas Limén. Antes hablaron con Mitria, el mesonero griego, y le pidieron que les reservara una docena de rojos babounis de los que se retorcían dentro de una banasta. Pitia estaba particularmente bella aquella tarde. Dejaba el pelo suelto caer sobre la blanca túnica, maquillaba sus ojos en tono verdiazul y pintaba los labios rojo sangre. Al no llevar camisa debajo del himacio, las delirantes bayas de sus senos se marcaban en la tela sutil. Calzaba sus cuidados y pequeños pies en sandalias abiertas y decoraba sus uñas en destellante color carmesí. Flanqueada por dos hombres, llamaba la atención de los viandantes, aurigas y carreteros que transitaban el puente en ambas direcciones trasportando fardos.

—El Eunostos Limén alberga nuestra flota de guerra —dijo Apolonio—. Gran parte de ella suele estar navegando, protegiendo nuestras costas o patrullando el mar, por lo que son pocos los navíos presentes.

—¿Quiénes son los potenciales enemigos de Alejandría? —preguntó Sóstratos.

—Los seléucidas del Asia Menor, comandados por su rey Antíoco I, los macedonios, respaldados por su monarca Antígono Gónatas, y un poder emergente: Roma. Pero, por fortuna, estamos en paz con todos.

Había dos naves trirremes abarloadas al muelle. El espolón de proa, desmontable, se hallaba recogido. Los remos descansaban en cubierta y las velas se encontraban plegadas. Los tripulantes, vigorosos guerreros de todas las razas, habían suspendido sus tareas y, apoyados en la borda, admiraban en silencio a Pitia o silbaban de asombro sin echar cuenta de sus acompañantes, algo normal en la ciudad.

—Conozco al responsable de estas naves —dijo Apolonio—. Se hallará sin duda en su camareta. ¿Queréis visitarlas? Veríais cómo viven los marinos y el lugar donde bogan las diferentes clases de remeros.

—No, gracias —dijo Pitia—. Odio la guerra. Además, tengo la sensación de que esos brutos terminarían devorándome.

—Motivos tendrían, pues estás comestible —dijo Sóstratos.

Terminaron de atravesar el Heptastadion y desembocaron en una gran explanada con puestos y tenderetes llenos de mercancías. Pitia se adelantaba unos pasos, curiosa, y los hombres charlaban sin cesar. Se veía nacer en ellos la amistad, crecer, fortificarse. Pasaron frente al almacén de esclavos que Pitia y Sóstratos vieran el día de su llegada a la ciudad, desierto en la ocasión.

—¿Cuándo subastan siervos? —quiso saber ella.

—Dos veces al mes, los días de Saturno.

—Debe ser interesante.

—Podéis venir si os apetece —dijo Apolonio—. A mí me desagrada. Detesto la condición que somete a un hombre o una mujer al arbitrio de otro. A mi juicio tiene más interés conocer el mercado del pescado y la lonja.

—La esclavitud es algo natural —sostuvo Pitia—. Lo detestable es tratar mal o castigar al siervo. Yo, entre pujar por un atún o un hombre, prefiero lo segundo. No veo qué hay de malo en tratar de comprar un esclavo, alimentarlo bien y disfrutar en paz de su trabajo. ¿Qué sería de nosotros sin ellos?

—A mí me va muy bien y no los tengo —dijo Apolonio—. A los dos que heredé de mis padres, un viejo matrimonio tracio, les concedí la libertad.

Hubo un silencio con aromas de entrañas de pescado, salazón de sardinas y pez de calafate. Pitia y Apolonio parecían resentidos, picados, sin dejar de tirarse puyas y zaherirse dialécticamente. Sóstratos disfrutaba, callado, de la pugna. Detectaba en su mujer una energía nueva, alejandrina, que la hacía más vital. Admiraba al poeta cuando se sofocaba o sostenía sus tesis. Se detuvieron ante un mostrador lleno de jibias y pulpos dentro de grandes banastas de las que trataban de escapar.

—Es fácil para un hombre mimado de la fortuna, soltero, anárquico e independiente prescindir de la ayuda de un siervo —dijo Pitia.

—No es cierto —contestó Apolonio—. Todos mis amigos tienen esclavos y sus vicisitudes son muy parecidas a las mías. Amo el silencio roto por la canción extemporánea, la tos, el exabrupto o el llanto de los siervos; venero el desconcierto organizado de mi propio desorden; preciso soledad, independencia, poder pasear desnudo por la casa cuando hace calor sin el estorbo de un par de ojos, quién sabe si anhelantes.

—¿Y si la mirada fuese de una mujer?

—Abomino del amor por la fuerza —aseguró el poeta.

—¿Y cómo te consuelas?

—Pitia… —intervino Sóstratos.

—Déjala —dijo Apolonio—. Os diré lo que pienso. Sé que podría comprarme una bella mujer o una niña indefensa para darme placer, pero el amor con ellas sería odioso. ¿Qué hay de mérito en poseer a una hembra contra su voluntad? Abusar de una esclava es acto indigno por más que muchos lo hagan.

—Hay excepciones —dijo Pitia—: mi marido tuvo hijos con una esclava.

—Es diferente —se defendió Sóstratos—. Nunca abusé de Sinesia. Ella y yo nos amábamos. Además, reconocí aquella descendencia.

—La actitud de Sóstratos fue loable —sostuvo Apolonio—. Lo degradante es comprar una virgen con la preconcebida idea de mancillarla a tu albedrío.

—No contestaste a mi pregunta —dijo Pitia.

—Lo haré: hasta que el hado me depare una esposa me consolaré como vengo haciendo.

—Solo es media respuesta.

—¡Pitia! —se oyó la lastimera e imperativa voz de Sóstratos.

—No pasa nada —dijo Apolonio levantando una mano—. Contestaré. Hay mujeres libres y cariñosas, casadas insatisfechas y malcasadas. También existen los lupanares y las hetairas. Por fin, sé de gentes para las que el sexo no es vital.

—Lo dudo —dijo Pitia—. Dime de uno.

—Lo tienes delante. Para mí, antes que el amor físico está la amistad.

—Pamplinas… No es posible la amistad entre hombre y mujer a los veinte años. Tarde o temprano Eros revoloteará sobre la pareja hiriéndola con su lascivo dardo.

Sóstratos callaba. De repente su mujer le parecía una extraña. Sabía de su afición al lecho, de sus crecientes demandas de un placer anhelante que le exigía a diario, pero le conturbaba tanta desenvoltura. Era evidente que se sentía atraída por Apolonio y que no hacía mucho por vencer el influjo. Se sintió mezquino cuando se imaginó compitiendo con su esposa por el mismo hombre.

—¿Y qué hay del estudio? —dijo el arquitecto tratando de cambiar de tema—. Solo intentando atisbar la sabiduría se es feliz.

—Cierto —dijo Apolonio con sensación de alivio—. Nada supera la felicidad que da el conocimiento y el saber.

—Entiendo… —dijo Pitia—. ¿No será que tus gustos sexuales se decantan en otra dirección?

—No me motivan los varones, si es a eso a lo que te refieres. Pero no digo de este agua no beberé.

Habían llegado al final del mercado. Desde allí, casi cerrando el Puerto Grande, se divisaba el islote de Pharos, no mayor que la plaza del ágora ateniense. Señalándolo, habló Apolonio.

—Aquella es la roca en la que, según la Odisea, Ulises conversó con Proteo, el anciano habitante del mar, quien ilustró al navegante de los peligrosos médanos que rodean la desembocadura del Nilo en su brazo canópico.

Una mujeruca desdentada les ofreció un gran centollo vivo, amenazante con sus patas de afiladas uñas y las pinzas en garra. En una cesta de mimbre había langostas coleantes, bogavantes de guerreros colmillos, cigalas moribundas y gambones rojos. Vieron colgadas de un alambre serpientes desolladas, tortugas marinas sin el caparazón y un pequeño saurio despellejado. Al lado, sobre una parrilla humeante, se doraban varios lagartos grandes, eviscerados, sin piel y sin cabeza. El aroma era agradable.

—Hace tiempo que no pruebo lagarto —dijo Sóstratos.

—Los que se crían en el Delta son extraordinarios —sostuvo Apolonio—. Compartiremos uno.

Bebieron vino dulce mientras terminaban de asar un ejemplar mediano. Los lomos del reptil, de mejor sabor que el pollo más tierno, se deshacían en la boca. Pitia no los probó. De regreso a la taberna de Mitria un labriego del Delta les ofreció sandía en rajas. Su pulpa crepitante los refrescó al precio de salpicar las túnicas de rojo. Ahora la expectación en torno a Pitia se palpaba.

—Este es el Mégas Limén —dijo Apolonio señalando el recinto portuario entre el islote de Pharos y la colina de Loquias—. Está destinado al tráfico comercial y es, con mucho, el más importante del Mediterráneo.

Cientos de navíos de cualquier porte anclaban en sus aguas o se abarloaban en los muelles. Los había fenicios, palestinos, seléucidas, sabeos, macedonios y romanos, pero la mayoría eran griegos. El trasiego de hombres, caballos, carros y mercancías era incesante y la algarabía ensordecedora. De un barco descendían barriles de vino hispano y en otro estibaban balas de algodón egipcio. Había montañas de sal gruesa, cubas llenas de aceite, placas de mármol de diferentes tonos, sacas de distintos cereales y envoltorios de especias de mil clases. El puerto contenía dentro de sí el astillero y varias dársenas, una de ellas destinada a los barcos reales. Ptolomeo había ordenado construir para Arsínoe II una gran nave cuatrirreme de dos puentes e inmensa arboladura con la que habían navegado hasta Cirene en una ocasión y en la que celebraban fiestas. Estaba allí, orgullosa, luciendo su maderamen barnizado o dorado y el velamen lacio.

—Aquella es la pequeña isla de Antirrodos, con el palacio que Sóstratos levanta para la familia real —dijo Apolonio.

—¿Y la roca unida a la costa por el pequeño muelle? —preguntó Pitia.

—Es el Timonio, islote que lleva el nombre del misántropo griego. Es el mejor lugar para pensar de toda Alejandría.

Anochecía. Habían llegado a la taberna donde Mitria los esperaba con la mesa puesta. Cenaron ensalada de hortalizas del Delta y babounis a la plancha, regándolo todo con vino viejo de Chipre.

 

* * *

Las obras del palacio avanzaban a buen ritmo, esperándose su terminación en las fechas previstas. Pitia, embarazada nuevamente, tuvo una áspera discusión con su marido.

—No deseo este hijo —le espetó una mañana.

—¿Por qué?

—No soportaré una nueva panza durante los meses de calor. Casi un año de angustia y sufrimiento para nada quizá, o perder el fruto de la gestación como otras veces.

—A mí me hace ilusión el nuevo ser —dijo Sóstratos—. Será una niña tan preciosa como tú. Verás cómo todo irá bien, mi cielo. Estaré pendiente de ti como siempre, más que nunca.

—Tú estás pendiente de tu trabajo, como todos los hombres.

—Esta vez no. Ten algo de paciencia. No te faltará nada: tendrás a tres mujeres para servirte. Si lo deseas, te compraré una nueva esclava.

—Odio al pequeño tirano que llevo dentro —dijo Pitia—. Me desfigura. No podré acudir a la inauguración de tu obra ni a las fiestas palaciegas.

—Olvídate de fiestas y de estrenos, de todo lo que no seas tú. Eres mi diosa: te mimaré como a una reina, te amaré con cuidado especial y cuando des a luz te cubriré de joyas.

—Precisamente pienso en mí cuando hablo de desprenderme de ese déspota cruel. Desde que quedo encinta soy otra mujer: no siento nada cuando me tocas o acaricias, me convierto en un monigote deforme hecho de corcho e indemne al gozo.

—¿Y qué es lo que propones?

—Deshacerme del feto, de algo inerte y sin vida. Sabes que la reina lo hace.

—No me nombres a Arsínoe. Lo que haga esa perturbada me deja indiferente. No consentiré que una bruja partera mate a nuestro hijo. Sin contar con los peligros que supone un aborto para la madre: muchas mueren en el intento.

—No es el caso. Me he documentado: la partera del Delta no utiliza instrumentos, sino pócimas.

—No quiero saber más del asunto. Tendrás a nuestro hijo. Teón, mi viejo maestro, decía con Platón que la vida es sagrada, y lo que llevas dentro, digas lo que digas, es vida.

Pitia se resignó y, poco a poco, aceptó la preñez. A pesar de ella, continuaba su trabajo en el museo. Un día, en compañía de Apolonio, se lo mostró a Sóstratos, quien lo conocía someramente de su primera visita a Alejandría.

El museo alejandrino fue obra de Ptolomeo I, pero su sucesor, Ptolomeo Filadelfo, lo amplió dotándolo de nuevas instalaciones y del parque zoológico. Se levantaba en pleno centro de la ciudad, cerca del Heptastadio y enfrente del gimnasio. Era un conjunto de edificios de fábrica de mármol, separados entre sí, pero interconectados. Antes de iniciar la visita conocieron a Calímaco de Cirene, su director y bibliotecario, nombrado por Ptolomeo I y confirmado por su sucesor. Calímaco, de unos cincuenta años por entonces, era un hombre típicamente cirenaico, menudo, vivaz, moreno acanelado, con el rostro tatuado por el cálido simún del desierto y dos ascuas por ojos. Dotado de una cultura que abarcaba todas las ramas del saber, hablaba raramente, pero, si lo hacía, de su boca emanaban sentencias. Era soltero. Se sabía que vivía acompañado de un perro y de dos siervos: una joven bereber de la depresión cirenaica y un mozo llegado de los confines de la Galia, la patria de los remos. Compró a los dos en la misma subasta. A veces se veía al cuarteto paseando frente al puerto, mercadeando, y era curioso ver a tipos tan dispares: el mozarrón blanco de piel, rubio como los hilos de oro de los sabeos, la chica de tez negra y felinas hechuras, el amo de curtida tesitura, pura fibra, y el can —un galgo egipcio— sin cesar de festejar a todos con el rabo. Nadie sabía a ciencia cierta lo que ocurría en la preciosa villa que poseía Calímaco en la ribera del Mareotis. Lo único comprobable era el orden y la limpieza que reinaban allí. En cuanto a lo demás, todo eran suposiciones aleatorias. Había quien presumía que el sabio, entregado al estudio, estaba por encima de flaquezas humanas. Otros pensaban que, tras perfilar sus delicados poemas amatorios, se complacía haciéndolos realidad en los brazos de Siring, su sensual árabe. Algunos especulaban sobre la reconocida calidad homosexual del galo, pasiva o activa, para afirmar que dormían juntos. No faltaban los que aseguraban que el bibliotecario se conformaba con hacer de espectador en los encuentros lúbricos de sus esclavos. Eran pocos los que hacían intervenir al perro en los salaces dúos, tríos o cuartetos.

Calímaco estuvo encantador. Deslumbró a la pareja mostrándole ciertos manuscritos meroicos en cuya traducción trabajaba y hablándoles de su próximo viaje a Siracusa. Les ofreció zumo de frutas —la tarde era caliente— y los dejó en manos de Apolonio, su discípulo.

—El museo se erigió como dedicación a nuestras musas griegas —dijo el de Rodas—, pero se ha convertido en el centro de estudio y de investigación más notable del orbe conocido. Se mantiene con la aportación personal de la dinastía lágida. Los Ptolomeos tendrán sus puntos débiles, pero aman la cultura. Empezaremos el recorrido por el pabellón donde se ubica el Planetarium en honor a Urania.

Dejando atrás la estatua de la musa, una bella escultura en mármol rosa sosteniendo en las manos un compás y una esfera celeste, se introdujeron en una oscura nave en cuyo centro se elevaba el techo y se hacía circular. La bóveda se iluminaba con candelas de aceite en los lugares correspondientes a las constelaciones y los astros.

—El Planetarium se pensó para que los escolares del gimnasio conociesen los rudimentos de la astrología —dijo el de Rodas.

Corroborando sus palabras, un grupo de alumnos de ambos sexos escuchaba las explicaciones de un profesor.

—Hemos empezado por el final —sostuvo Pitia—. Urania es la última de las musas en nacer.

—Es verdad. Ya nadie la esperaba cuando surgió de las entrañas de Mnemósina en aquel parto múltiple.

—Si mal no recuerdo, el padre fue Zeus —dijo Sóstratos.

—Por tal se tiene. Aunque para otros es Urano, que la engendró sin madre, y de ahí el nombre.

—Dejemos en paz a Zeus y a los dioses. Solo Mnemósina sabría con seguridad quién la cubrió —dijo Pitia.

—¿Qué bicho te ha picado? —intervino Apolonio—. Hablamos de musas y de ninfas. Ártemis era casta, pero Mnemósina podía ser promiscua. Y una mujer promiscua puede atender a varios varones a la vez. Las mujeres decentes se cuentan con los dedos en Alejandría. Según tu teoría, pocas veces se podrá saber quién es el padre de un neonato.

—Yo soy decente, desde luego, pero sé reconocer cuándo me dejan grávida. Las veces que lo hiciste lo adiviné casi al instante —aseguró Pitia dirigiéndose a Sóstratos.

—Urania es también el nombre de una estrella —dijo este soslayando una discusión cuando menos estéril.

—Se trata mejor de un cuerpo celeste que vaga eternamente por el firmamento — matizó Apolonio—. Lo descubrió Tales de Mileto.

Pasaron por una galería acristalada al pabellón de música dedicado a Euterpe. Era una sala semicircular con escenario y, enfrentándolo, seis filas para los espectadores en gradas superpuestas. Emulando a la imagen marmórea de la musa, desnuda sobre un pedestal, coronada de flores y tocando el aulos o flauta doble, la luz del sol poniente aureolaba la cabeza de Pitia y traslucía su silueta a través del himacio, marcando el leve abultamiento de su abdomen y el perfil de sus senos. La preñez embellecía si cabe los rasgos de su rostro perfecto. Se celebraba en aquellos momentos un concierto en honor de Dionisos. Se sentaron al fondo de la sala, en la fresca penumbra de la piedra. Cítaras, bárbitos y liras eran templadas por dedos ágiles. Jóvenes artistas soplaban con maestría aulos, flautas y siringas; címbalos, tambores y castañuelas eran percutidos sabiamente; una joven nimbada de rosas hacía sonar las varillas del sistro, provocando un sonido metálico que recordaba a las hojas de papiro movidas por el viento; niñas envueltas en delgados y trasparentes tules hacían sonar los platillos de un crótalo y un músico tan negro como el ébano, con un taparrabos por toda vestimenta, hacía retumbar su tympanon de badana de oveja golpeándolo con las palmas de las manos abiertas.

Al acabar el concierto anochecía. Las luces de un crepúsculo tintado en malvas y carmesíes caían sobre la ciudad mientras recorrían el pabellón de danza consagrado a Terpsícore. Admiraron la estatua de la ninfa, con el busto desnudo, sonriente el rostro, coronada de azucenas y tañendo la lira. Muchachos de ambos sexos con guirnaldas de flores por único vestido bailaban aires alejandrinos al ritmo que marcaba una flauta de Pan y un dombac persa.

Siguieron al pequeño teatro donde los seguidores de Talía y Melpómene representaban comedias y tragedias. Era una sala oblonga, con asientos laterales y una parte central, la arena, donde se situaban los estudiantes en pie. Las estatuas en bronce de las musas se enfrentaban: a un lado, Talía calzando borceguíes, coronada de hiedra —símbolo de la inmortalidad— y enmascarada, y al otro, Melpómene desnuda, calzada con coturnos, en la mano derecha una careta trágica y en la otra un puñal ensangrentado. Vieron parte de un acto de Antígona, de Sófocles, interpretado con maestría por un elenco de actrices y actores diletantes. Salieron en el primer descanso para admirar el pabellón dedicado a Polimnia y Calíope. Era un salón rectangular de suelo ajedrezado, negro y blanco, en mármol importado de Italia. Se entretuvieron contemplando la figura dorada de las musas. Polimnia, revestida de blanco, sentada en actitud meditativa, se llevaba un dedo a la boca como vindicando la virtud del silencio a falta de un discurso notable. Calíope, con corona y túnica doradas, tocaba la trompeta mientras exhibía en la mano un poema épico. En distintos estrados, mímicos, oradores y vates ofrecían su saber a ambas ninfas. De allí pasaron al pabellón de Erato, la musa de la poesía lírica y erótica. Admiraron a la entrada su estatua en mármol blanco, de esplendorosos senos al descubierto, coronada de mirto. En una mano llevaba la lira y en la otra la flecha con la que el dios alado hiere a los amantes. Vates de distintas edades y sexos, en diferentes púlpitos, declamaban encendidas odas amatorias.

—No puedo asimilar nada más —dijo Pitia—. Estoy agotada.

—En ese caso continuaremos mañana la visita. Queda mucho por ver —aseguró Apolonio.

 

* * *

Al día siguiente recorrieron el salón de actos, la residencia de sabios, que alojaba a sobresalientes personajes de la cultura alejandrina y helenística, los jardines y el parque zoológico, un capricho de Ptolomeo II. Centrado en un acuario de agua de mar con cualquier clase de peces, contenía una laguna con cocodrilos e hipopótamos y una zona arbolada y vallada en la que, en libertad, se movían todos los representantes de la fauna africana, desde el macaco del Atlas al león de Nubia. Visitaron por fin la gran biblioteca, en el edificio mayor y más solemne. En el salón principal, desde el que a través de un ventanal corrido se divisaba una hermosa panorámica del puerto, podían leer, estudiar o consultar libros o manuscritos, cómodamente sentados ante mesas de roble, mil doscientos alumnos a la vez. Era un lugar donde nacía el silencio, deteniéndose los rumores y el furor del mundo. Allí vivía la poesía y habitaba la ciencia. Una aglomeración callada de copistas, calígrafos, iluminadores, traductores, estudiantes y lectores se afanaban en su labor, cada cual con su quehacer distinto. La estatua de Clío, la musa de la historia y la poesía épica, presidía la entrada. La ninfa, una púber desnuda coronada de laurel, con un rollo de papiro en una mano y una esfera terráquea bajo uno de sus pies, invitaba al estudio del pasado del mundo. De la mano de Apolonio, responsable de la sección a las órdenes de Calímaco, cruzaron la gran sala en medio de un silencio absoluto a pesar de estar llena. Toda a su alrededor se hallaba circuida de estanterías hasta el techo, abarrotadas por miles de libros y volúmenes que contenían todo el saber humano. Numerosas escaleras deslizables servían para acceder a los tomos situados sobre las baldas altas. Expertos estudiantes de ambos sexos se encargaban de proporcionarlos a los demandantes, previa petición escrita y tras consultar un extenso catálogo. Al fondo del salón de lectura y consulta se alzaba un pódium central que utilizaban los conferenciantes.

—Jamás he visto tantos libros juntos —dijo Sóstratos.

—Los que ves forman solo una parte de los fondos de la biblioteca. Hay muchos más en las diez secciones destinadas a investigación y en los sótanos. Justo estos días entregué a Calímaco el primer catálogo temático o pinakes ya concluido. En conjunto son más de medio millón de ejemplares, muchos a la vista, la mayor parte ocultos, ordenados en cofres de madera o de cuero.

—Qué locura… —dijo el arquitecto—. Su catalogación debe suponer un trabajo ingente.

—Y que lo digas. Gracias al concurso de Pitia se hace más llevadero. Trabajamos todavía en clasificar miles de legajos. De hecho no se termina nunca, pues se reciben a diario originales o copias manuscritas de todo lo que se publica, desde las Columnas de Hércules en Hispania, a occidente, hasta el país de Amaterasu, por donde nace el sol en el oriente. Alejandría es la patria del libro. Se dice que si quieres entender en especias debes ir a Samarcanda, si ambicionas joyas a Babilonia y si pretendes los mejores esclavos a Atenas, pero si lo que buscas son libros debes venir a Alejandría.

—¿Cuál es el idioma más escrito? —preguntó de nuevo el de Knidos.

—Sin duda el griego, pero tenemos obras en arameo, latín, sánscrito, asirio, persa, caldeo, sumerio, distintos idiomas hindúes, chino, sabeo, meroico, kerma, jeroglífico y de todos los periodos faraónicos.

Visitaron las diez estancias para investigación, cada una destinada a una disciplina diferente y a cargo de un especialista. Decenas de amanuenses pagados por la corona trabajaban allí. Estudiosos como Euclides, que desarrollaba allí su geometría; Hiparco de Nicea, que defendía la visión geocéntrica del universo; Aristarco, que justo patrocinaba lo contrario; Eratóstenes, que escribió su geografía y compuso el primer mapa conocido; Herófilo de Calcedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia no reside en el corazón, sino en el cerebro; los astrónomos Timócaris y Aristilo, o Apolonio de Pérgamo, el gran matemático, habían sido responsables alguna vez, como investigadores, de dichas secciones. Había una consagrada a copiar las obras de los autores griegos, teniendo terminadas más de cien del gran Sófocles. Saludaron a la traductora al latín de los textos homéricos, una cultivada joven egipcia de bellos ojos negros. Era delgada y delicada como el tallo del lirio y olía a la flor. Apolonio se detuvo un momento para verificar la perfección de su trabajo, lo que alteró mínimamente a la muchacha, que enrojeció. Ya en su despacho preguntó Pitia, muy interesada en todo.

—¿Cuál es la obra más antigua de la biblioteca?

—Quizá la más vieja y valiosa sea la Historia del mundo, de Beroso, un sacerdote babilónico. Está escrita en caldeo y consta de tres tomos. Si tienes interés, puedo mostrártela cualquier mañana.

—Me encantaría.

—Antes debo pedir permiso a Calímaco, pues las obras más valiosas se conservan en una cámara especial del sótano, protegidas de la humedad mediante un sistema de calefacción por agua.

—Es obvio que trata del devenir del mundo…

—El primer tomo narra desde la creación hasta el diluvio, un periodo que para Beroso habría durado 432 000 años, cien veces más de lo que citan los seguidores de Yahvé en su Antiguo Testamento. Con arreglo a tal cifra, Calímaco ubica el origen del saber de Beroso en la India.

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