El bosque embrujado
12. El Paso Velado
L viaje por las montañas se hizo más dificultoso. El camino estaba cortado en varios puntos que habían sido sepultados por derrumbes y avalanchas, causados con toda probabilidad por las larvas del hielo.
El tercer día, Stellarius se detuvo y miro hacia el sur. Desde las cumbres en que se encontraban, el espectáculo era, como mínimo, magnífico: la cegadora extensión de cimas nevadas parecía un océano infinito de rocas, nieve y hielo. Se estaba levantando viento y la nieve caída recientemente se alzaba formando espirales granulosas. Pero en la belleza de aquel paisaje el mago notó algo que no encajaba.
Algunas nubes oscuras, poco distantes, formaban una amenazadora muralla de estratos superpuestos.
Agarró por el hombro al caballero y lo obligó a volverse. El rostro del elfo, que aún mostraba las señales de la última caída, pareció ensombrecerse más aún y, entre sus delgados labios, las palabras susurrando como una condena.
—Se está acercando una tormenta de nieve. Sólo nos faltaba eso.
—Las montañas, como tú mismo has dicho, saben ser crueles —comentó el mago. Pero una ráfaga de viento más potente que las demás lo forzó a gritar para que lo oyera. Las nubes transitaban rápidas. Demasiado rápidas. En poco tiempo alcanzarían el lugar donde estaban y verterían su aterradora carga de nieve y hielo sobre los dos indefensos viajeros.
Mordiente soltó un gruñido e hizo ademán de salir disparado.
—No, amigo —lo retuvo Stellarius tirando de la brida y acariciándole el cuello—. Nunca conseguiríamos dejarla atrás, ni siquiera corriendo más veloces que el viento.
—Tenemos que cavar un refugio en la nieve. ¡Es nuestra única esperanza! —gritó el caballero por encima de las ráfagas.
El mago asintió.
—¡Eso puedo hacerlo con mi magia sin ningún problema!
Y mientras lo decía, su bastón chisporroteó con una luz dorada: sobre la pared de hielo se abrió un orificio circular, lo bastante grande para que por él pasara incluso un armiño.
Antes de que la tormenta los arrollara con su furia, entraron en el refugio y sellaron la entrada con un encantamiento. Stellarius encendió entonces un fuego mágico, que quedó suspendido sobre la nieve sin deshacerla, iluminando el espacio con brillos dorados. Así que mago, caballero y armiño descansaron y repusieron fuerzas, cruzando apenas unas pocas palabras, mientras el viento rugía fuera. Pasaron así dos días, hasta que un silencio casi total les indicó que la tormenta se había aplacado.
Cuando salieron del refugio para reanudar su viaje, la blancura de la nieve los deslumbró y dejó boquiabiertos.
Aquel día, el camino fue más fácil.
Antes de que anocheciera, llegaron a un
punto desde el que descubrieron que el
trecho siguiente era llano.
—Por fin esto mejora —observó
Stellarius.
El elfo no dijo nada y siguió escrutando
el recorrido. Luego murmuró:
—El camino mejora, pero se dirige
hacia el este.
—¿Y eso es malo?
El caballero tendió la mano para indicar
la cima de una montaña puntiaguda y dijo:
—Recuerdo esa montaña, el Dedo
Apuntando al Cielo; la vi cuando me dirigía a Siemprinvierno. Y desde allí, nuestra ruta debería virar hacia el noroeste. Tal como vamos, en cambio, nos hemos desviado hacia el sur antes de alcanzar el pico, y ahora nos estamos encaminando al este.
Stellarius miró en esa dirección y negó con la cabeza.
—Por ahí no veo caminos.
El caballero suspiró.
—Detengámonos aquí a hacer noche. Mientras, volveré atrás a echar un vistazo. Quizá se nos haya pasado algún camino secundario.
—Mordiente y yo también vamos. Nos detendremos sólo cuando se ponga el sol. —Rebatió Stellarius.
Volvieron sobre sus pasos, pero no encontraron nada distinto de lo que ya habían visto, y acamparon en cuanto el sol se ocultó tras las montañas.
El mago encendió fuego con su bastón. Y en ese momento, el elfo se puso en pie ahogando un grito de estupor. Entre la muralla insalvable de los montes había descubierto algo. Por un instante, había visto resplandecer un camino.
—¡Qué ingenioso! ¡Un paso disimulado! —rió Stellarius complacido mientras con su bastón iluminaba la pared rocosa—. ¡Muy ingenioso!
A la luz mágica, las rocas revelaron un estrecho desfiladero que, por un juego de sombras e ilusiones, de día había permanecido oculto al experto ojo del mago.
—Se dirige hacia el norte —asintió el caballero—. ¡He aquí el camino a Siemprinvierno!
Stellarius cruzó el umbral del paso.
—¡Tenías razón! —masculló, escondiendo una sonrisa bajo su tupida barba—. Pues bien, iremos al norte, pero ¡mañana! Ahora estamos cansados y necesitamos recuperar fuerzas.
Al elfo se le escapó una sonrisa.
—Como quieras, mago.
Stellarius posó los ojos en él y asintió con la cabeza. Luego le dio una palmada a Mordiente en el morro. Se sentía aliviado. Al día siguiente entrarían en el territorio protegido de una hada, viajarían más seguros. Más tarde, Nevina ayudaría al caballero a llegar al Reino de las Brujas y a él a reunirse con los chicos. Desde que se habían separado, Stellarius no encontraba la paz. Estaban solos y, más aún, en un reino hostil conquistado por los orcos.
Suspiró y apartó de su mente esos pensamientos.
Cuando una alba despejada y gélida inundó con su luz rosada las montañas, los viajeros retomaron el camino para aventurarse al otro lado del Paso Velado. Durante algunas horas, avanzaron entre altas paredes de roca. Luego, de improviso, el camino se ensanchó y mostró las tierras de Siemprinvierno en toda su belleza.
El mago y el caballero se quedaron mudos; después de días y días recorriendo estrechos caminos encerrados entre rocas y hielos, ahora se presentaba ante ellos un amplio valle circundado por una corona de montañas: Siemprinvierno. Enormes alerces llenaban la cuenca y, más lejos, se vislumbraban abetos de copas verdes, con largas ramas dobladas por las últimas nieves. Todo brillaba a la luz del día. Stellarius y el elfo sentían aligerado el corazón.
Desde allí se veía que el sendero, asomado al borde de una impresionante escarpadura, avanzaba hacia el noroeste y, en determinado punto, atravesaba un puente.
Lo siguieron, aliviados por la idea de haber encontrado la forma de llegar a la morada del hada; al atardecer, los dos viajeros acamparon para pasar la noche, no lejos del puente, mientras las estrellas empezaban a aparecer en el cielo despejado.
El cansancio se adueñó de ellos y ninguno de los dos advirtió que los resplandores del pequeño fuego habían atraído la atención de alguien. Minúsculos ojos de color azufre se encendieron y apagaron.