El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 19 de 35

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El bosque embrujado

Orcos y dragones

17. Entre los árboles

OMBRÍO se despertó antes del alba, tan

cansado como si hubiese pasado toda la noche

corriendo. Tiritó, helado, abrió los ojos y miró

a su alrededor. Todo estaba silencioso. Se esforzó por recordar qué había sucedido la noche anterior, pero sus recuerdos eran turbios. Parpadeó y alguien cerca de él susurró:

—Se ha despertado…

Le pareció la voz de Régulus. Se concentró para recobrar la lucidez, se sentó y se frotó los ojos y la cara. Todo estaba oscuro.

—Está despierto… —repitió la voz en tono más alto.

—Sí, estoy despierto, Régulus —respondió él—. Pero baja la voz o despertarás a los demás.

Pero Régulus no contestó.

Sombrío dejó vagar la vista largo rato hasta que se le fue aclarando gradualmente: primero se perfilaron los finos troncos de los abedules, luego sus hojas verde claro, inmóviles sobre su cabeza. Lo que le llamó la atención fue sobre todo el silencio. Un silencio antinatural. Sus ojos, que poco a poco se iban acostumbrando a la oscuridad, distinguieron algunas formas agrupadas, pegadas a los troncos.

De repente, recordó una voz. Una que había entonado algo semejante a una canción de guerra:

… ¡Extirpa y desmiembra, ahoga y quiebra

a aquel que con el fuego el bosque desprecia!

Muerde y destroza, descuartiza y trincha

a quien con el acero la madera aflige…

Un violento escalofrío le corrió la espalda y una punzada en la sien lo devolvió al presente. Recordaba haber caído al suelo, arrollado por una onda de sonidos violentos que siguieron a esas palabras. Desde el desvanecimiento probablemente habían pasado horas. ¿Qué había sido de sus amigos?

—¡Régulus! —llamó.

Ninguna respuesta.

—¡Spica, Robinia! ¡Pavesa! —susurró entonces.

Una vez más, nadie respondió. ¿Qué había sucedido?

Sonó un débil rumor y una de las formas apoyadas en los troncos se sobresaltó. Sombrío intentó acercarse, pero una voz hizo que se detuviera. A pesar del aturdimiento, la reconoció: era la voz que había oído nada más despertarse. Y no era la de Régulus.

—Se está moviendo —dijo alguien a su derecha.

De detrás de él, le llegó otra voz más ruda:

—¡Detenedlo o avivará las llamas, como han intentado hacer los otros!

Él se quedó sin aliento.

—¿Quién hay ahí? —preguntó, volviéndose de sopetón y desenvainando la

espada. Nadie respondió y él apretó aún

más la empuñadura de Veneno—. ¿Qué les

habéis hecho a mis amigos? ¿Quiénes sois?

¡Dejad que os vea!

El silencio se prolongó aún, como si

aquellas misteriosas presencias se estuvieran consultando entre sí; por último,

una voz más amable preguntó:

—¿Tú… oyes?

Parecía sorprendida y Sombrío se

volvió instintivamente en la dirección de la

que provenía, pero no vio nada.

—Sí. Por supuesto —contestó.

Hubo otra pausa y luego alguien más

dijo:

—El Escuchador… ¡ha llegado el Escuchador! Golondrina lo dijo… antes de caer dijo que llegaría el Escuchador. ¿Os acordáis?

Sombrío apenas se movió.

—¿Golondrina? ¿Quién es Golondrina? —preguntó, sin dejar de escrutar.

—El hada que vivía en este lugar, el hada que lo protegía todo de las brujas — explicó la voz amable, con nostalgia.

—¡Basta! ¡No digas más! —la reprendió la voz que se parecía a la de Régulus.

—Pero ¿quiénes sois? —repitió entonces Sombrío.

—¡¿Y quién eres tú?! ¿Y por qué tú y tus amigos habéis venido aquí? —preguntó la misma voz, irritada.

—Pero ¿es que no lo entiendes? ¡Puede oír nuestras palabras! —intervino la voz amable. Parecía feliz de ello.

Sombrío se dio cuenta de que no era cuestión de mentir, pero tampoco quería descubrirse demasiado, pues no tenía ni idea de quiénes eran sus interlocutores.

—Estamos de viaje —explicó, temblando de frío—. Intentábamos evitar a los orcos.

—¿Habéis atravesado los pantanos? ¿Veníais de la Puerta?

—Sí —confesó él.

—¡Mientes! ¡El reino del otro lado de la Puerta está perdido! ¡El hogar de los gnomos está muerto! —chilló la voz más austera, en un tono que rebosaba odio.

—Quizá ya no lo esté. Puede que a estas horas las tierras de los gnomos sean libres —respondió Sombrío.

Súbitamente, detrás de él estalló un gran vocerío.

—¡Libres!

—¡Ah!

—¿Y cómo?

—¡Lo que dices no es posible, elfo! —volvió a intervenir la voz severa.

—¿Por qué? —Se entrometió la voz gentil—. ¡Él puede oír nuestras voces! ¡Puede entender lo que decimos! ¿Por qué iba a mentir?

—Quizá las hadas hayan conseguido…

—¡Basta! —gritó la voz parecida a la de Régulus.

Las demás voces se perdieron en un rumor sordo, de curiosidad e inquietud.

—¿Quiénes sois? —preguntó de nuevo Sombrío.

—Somos el pueblo entre los árboles, el pueblo susurrante…

—Pero ¿dónde estáis? ¿Y por qué no iba a oír vuestras voces? —preguntó entonces el joven elfo.

Quizá se tratara de minúsculos duendecillos o espíritus de los bosques… Por lo menos no parecían malvados. La pregunta, de todos modos, pareció caer en el vacío. Una vez más, Sombrío tuvo la impresión de que se estaban consultando.

—Todo habla —dijo uno.

Y otro añadió:

—Pero no todos oyen. Sólo un semejante puede oír la voz de un semejante. — Luego precisó—: O una hada…

—… o el Escuchador. —Rebatió la voz amable.

Sombrío estaba confuso.

—Un Escuchador no enciende llamas y no quema madera parlante. ¡No mata ni destruye! —Gruñó una voz.

Él se estremeció, consternado por la que de repente le parecía la más natural de las respuestas.

—¡Los abedules! —murmuró incrédulo.

He ahí por qué las voces parecían provenir de todas partes a su alrededor. He ahí por qué las había oído incluso antes de llegar al bosque: el viento les había llevado sus palabras a él y a Pavesa. Por lo tanto, también la oca era capaz de oír y distinguir aquellas voces…, pero ¿por qué los otros no?

De pronto, recordó la profecía de Enebro y el corazón se le llenó de esperanza: «Allí donde el aire habla a quien sabe escuchar y quien escucha hablar también sabrá…».

Y resultaba que ahora él estaba hablando con los árboles; una vez más, Enebro los había avisado… Pero pronto se recobró de su estupor, pues los abedules esperaban una respuesta suya.

—No queríamos hacer daño a nadie, sólo queríamos tener un poco de luz y de calor —explicó. Se sintió escudriñado por mil miradas invisibles mientras preguntaba —: ¿Qué les ha sucedido a mis amigos?

—¡Ellos no escuchan! —dijo una voz.

—Hemos tenido que volverlos inofensivos…

—Aparte de esa extraña oca —añadió la voz amable—. Ella no se ha recuperado todavía.

—¿Volverlos inofensivos? ¿Qué les habéis hecho? —exclamó Sombrío, y su voz traslucía terror.

—¡Teníamos que detenerlos! —insistió otra voz.

—¡Había un dragón con vosotros! —añadió, casi justificándose, la voz amable, vagamente alarmada.

Sombrío sentía su corazón latiendo a toda velocidad mientras trataba de pensar lo más fríamente posible.

—¿Dónde están? —preguntó con ansiedad.

—A tu espalda, Escuchador. Nadie les ha hecho daño —contestó la voz severa.

Él se movió lentamente y se acercó a uno de los bultos que había descubierto en la semioscuridad; encontró los pies de Régulus y, al tocarlos, los notó revolverse de golpe.

—Soy yo, tranquilo —le murmuró, acercándose.

Su amigo parecía atrapado en una especie de jaula de ramas y raíces. Una red de tiernos brotes, aunque resistentes como cables de acero, les impedía hablar.

Sombrío se volvió y dijo:

—Soltadlos, os lo ruego.

—¿Para que enciendan fuego y lo quemen todo?

—No lo harán, os doy mi palabra. Liberad al menos sus rostros, quiero hablar con ellos y asegurarme de que están bien.

Tras un instante, los brotes se movieron y la maraña de ramitas que velaba los rostros de Régulus y los demás se aflojó.

—¿Estás bien, Régulus?

—¡No, nada de eso! ¿Se puede saber qué ha pasado?

—¿Qué es esta cosa que tenemos encima? —preguntó la voz de Robinia.

—Plantas, madera, creo… —contestó Spica tornando aire y escupiendo las hojas que había tratado de morder para soltarse. E inmediatamente después, preguntó—: ¿Tú estás bien, Sombrío?

—Sí, tranquila… —le murmuró él, acercándose.

—¿Se puede saber con quién estabas hablando? —quiso saber entonces Régulus —. ¿Quién hay aquí?

—El pueblo entre los árboles —respondió Sombrío.

—Yo no logro ver a nadie —dijo Robinia—. ¡Y Fósforo todavía está apresado!

—En resumen, ¿se puede saber quiénes son esos tipos?

—Os lo explicaré todo dentro de un instante, pero ahora necesitamos un poco de luz —comentó Sombrío.

—¡No vas a encender fuego, elfo! —le advirtió la voz severa—. Tendrás que encontrar un modo de iluminar sin quemar árboles, cortezas ni hojas.

Él suspiró, tratando de pensar. Pues ¡claro! Tenía un as en la manga. Dijo:

—Tengo algo en mi macuto que podría servir. ¿Puedo cogerlo?

—¿Coger qué? —preguntó Robinia.

—Tengo cristales luminosos.

Los abedules murmuraron, pero no se opusieron, así que, con calma, encontró a tientas su macuto y rebuscó en su interior con dedos entumecidos. Encontró las gotas heladas que había recogido en el claro de los ciempiés y las sacó. Una luz azul se filtró entre sus dedos cerrados y los abedules susurraron como si el viento los sacudiera.

—¡Lo sabía! —exultó la voz amable—. ¡Es él! ¡El Escuchador! ¡Aquel que ilumina sin quemar! Lo estábamos esperando, ¿o no era así? Tendrá la luna en la mano y las estrellas en la frente…

Sombrío abrió la palma de la mano y la luz de los cristales formó un halo plateado en torno a él, reflejándose en las caras pálidas y ateridas de Régulus, Robinia y Spica, así como en los ojos amarillos de Fósforo. Las estrellas de la frente de Régulus y de su hermana brillaron y Sombrío respiró: estaban bien.

Sólo Pavesa yacía en el suelo sin sentido.