El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 5 de 35

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El bosque embrujado

3. Pelo de bruja

A niebla seguía rodeándolos y volviendo más lúgubres los ánimos de los chicos.

—¿Cómo es posible que sigamos aquí en medio después de toda una

jornada de viaje? —se lamentó Robinia, sentándose lejos de los demás.

—Odio esta niebla… Y, además, ¡tengo barro y musgo hasta en el pelo! —añadió Spica.

Régulus resopló.

—¡Dejad de quejaros! ¿Qué creéis, que sois las únicas que tienen hambre y están cansadas?

Sombrío no podía más. Los pensamientos bullían en su interior, estaba empapado de la cabeza a los pies y sus botas no eran más que pesados lastres de barro. Y ellos seguían haciéndose recriminaciones. Sólo Pavesa había dejado de protestar y se había enroscado detrás de una piedra, para limpiarse de barro las plumas; ella era la única que permanecía en silencio, como él.

Quizá debería irse y dejarlos allí, solos. Podrían volver atrás y… Se estremeció: ¿cómo podía pensarlo siquiera? Eso significaría su muerte. ¿Qué podrían hacer sin la brújula? ¿Y qué habría hecho él sin su ayuda?

Se cogió la cabeza con las manos y volvió a pensar en el día anterior: habían hablado, intercambiado opiniones y se habían consolado unos a otros. Ahora, en cambio… ¿Qué había ocurrido? Había algo que no iba bien.

Acarició distraídamente a Fósforo , que estaba hecho un ovillo junto a él, y la mano se le cubrió de una extraña pelusa gris.

En ese instante se percató de que también su ropa y la cota de malla que le había dejado el cazador y que llevaba como protección debajo de la túnica, estaban cubiertas de aquella materia desconocida. Observándola mejor, vio que en los lugares donde había estado en contacto con el agua empezaba a secarse. Alzó los ojos hacia los otros y sintió que se le helaba la sangre. También ellos estaban cubiertos por aquella finísima red grisácea.

Se levantó como un resorte, fue hasta Pavesa y, enseñándole una madeja de pelusa filamentosa, le preguntó:

—¿Tienes idea de qué es?

Ella abrió unos ojos como platos.

—¿Dónde la has encontrado?

Sombrío se agachó y pasó la mano sobre una ala de Pavesa, luego se la enseñó.

—La tenemos encima. Todos —contestó con los dientes apretados, señalando a los demás—. Tú, Régulus, Robinia, Spica, Fósforo y yo, ¡todos!

—Será una especie de alga que crece en este pantano. Unos antes y otros después, todos nos hemos caído al agua —observó la oca.

Sombrío asintió.

—De acuerdo, pero lo que quiero saber es si puede ser algo que tenga efecto sobre nosotros.

—¿Efecto?

—Sí, no me digas que no te has dado cuenta. Todos estamos desquiciados. Ninguno de ellos ha sido nunca así. Ni yo tampoco.

Los ojos de Pavesa centellearon con amargura.

—Es decir, que buscas explicación en una causa externa. Oh, sería estupendo que la hubiera, pero todas las criaturas somos un poco egoístas, ¿nadie te lo ha dicho nunca, elfo?

—Las personas no cambian tan de golpe. ¡Ya hemos afrontado antes situaciones difíciles y ninguno de nosotros ha reaccionado nunca de esta manera!

—Bueno, a mí esa madeja de pelo no me dice mucho, pero, como te he dicho, sé poco de estos pantanos. Nunca había estado en esta zona… ¡ni quería venir! —dijo en voz cada vez más alta.

Sombrío se sentó a su lado, esforzándose por no replicarle groseramente.

—El hecho es que ni siquiera deberíamos estar aquí, en este reino desolado — prosiguió Pavesa en tono beligerante. Luego se calló, pensativa—. Espera… — murmuró—. Pelo de bruja…

—¿Qué?

—Podría ser pelo de bruja —repitió ella afirmando con la cabeza—. Es una alga rara. La he visto en el palacio de Brujaxa; las brujas la guardaban en tarros llenos de agua. Cuando se sumergen en un líquido, parecen largos cabellos blancos. Y para propagarse se pegan a cualquier cosa que se mueva.

—Como nosotros… —dijo Sombrío.

—Si de verdad nos hemos topado con pelo de bruja, ¡estamos en peligro! Es tóxico: cuando se seca, desprende un polvo que, al respirarlo, provoca cambios de humor y puede llevar a la locura… Pero me temo que, si nos sacudimos la ropa, se levantará más aún —añadió Pavesa.

—Entonces, ¡tenemos que lavarnos enseguida con agua limpia! —exclamó, poniéndose en pie—. Pero sólo nos quedan unos sorbos y los necesitamos para beber… ¿Tú no puedes hacer nada?

—No conozco ningún encantamiento para anular el efecto de esas algas…

El elfo se alejó unos pasos. Tenía la mente ofuscada. Si Stellarius estuviera con ellos, seguramente habría sabido qué hacer.

Él, en cambio… Spica tenía razón, él se movía a tientas. Pero si aquella sensación de disgusto consigo mismo era un efecto del pelo de bruja, entonces debía luchar para vencerla. Hacía falta una idea brillante para resolver la situación… Sí, hacía falta…

—¿Y la lluvia? ¿Podrías hacer que lloviera? —le preguntó de improviso. Pavesa lo miró.

—¡Sí, creo que eso sí! Estiró su sinuoso cuello y

palabras arcanas salieron de su pico mientras de su cuerpo parecía emanar una luz bermeja. Sombrío observó las inmediaciones. Una densa nube se formó en el cielo y una lluvia abundante empezó a caer sobre ellos, mojándolos de la cabeza a los pies. Y limpiándolos de pelo de bruja.

En la oscuridad de la noche, suspiró de alivio.

A la mañana siguiente, bajo una lluvia menuda

pero incesante, los chicos se pusieron de nuevo en camino. Atravesaron un último trecho de ciénaga y llegaron finalmente a un punto de las Tierras Humeantes más elevado que el terreno circundante.

Por fin andaban otra vez sobre suelo más firme.

Ya era casi mediodía. Las protestas y expresiones de enojo habían desaparecido casi del todo, dando paso a caras cansadas y pocas ganas de hablar. Sombrío les había explicado a los demás lo que había ocurrido por culpa del pelo de bruja.

—A propósito de las cosas que dije ayer… —murmuró Spica—, me gustaría pediros disculpas.

—Bueno —farfulló Robinia—, no fue culpa nuestra, sino de esa especie de alga, ¿no es así?

Sombrío y Régulus asintieron, pero Spica negó con la cabeza.

—Pero de todos modos os dije cosas horribles a todos. Si Sombrío no se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando, todos habríamos muerto.

—Robinia tiene razón —contestó él para consolarla—. No le des más vueltas.

Spica lo miró y luego esbozó una sonrisa.

—Tal vez ahora pudiéramos hacer que cesara esta lluvia. Estoy más empapada que una esponja.

Sombrío miró a Pavesa.

—Ya hemos dejado atrás el pelo de bruja, creo que ya no hay peligro.

—Sí, a mí tampoco me gusta la lluvia —afirmó ella y, con un gesto, hizo que el cielo se despejara de nubes.

Pero el rostro de Spica no se serenó. Miró de soslayo a Sombrío y luego a Robinia, y se puso en marcha tras los demás con el arco bien apretado entre los dedos, preguntándose por qué se le encogía de aquella manera el estómago cuando Sombrío le hablaba o le sonreía a Robinia.