El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 4 de 35

Páginas del PDF

El bosque embrujado

2. El camino sobre las aguas

AS estrellas fueron palideciendo una a una, difuminadas por la luz de la mañana, hasta que acabaron por desaparecer del todo.

Cuando Spica se despertó, se dio cuenta de que había dormido

profundamente toda la noche. Se sentó y trató de ordenar sus ideas, y entonces vio a Sombrío observando atentamente los nenúfares del agua.

Nunca lo había visto tan tenso. La misión que Floridiana le había encomendado parecía imposible: llegar al Reino de las Brujas y aniquilar desde dentro el poder del cetro oscuro. Penetrar en la guarida del enemigo, allí donde, según las antiguas leyendas, ni siquiera las hadas podían llegar; pues si una hada cruzase los confines del Reino de las Brujas, lo mismo que una bruja el de las hadas, perdería sus poderes. Floridiana necesitaba por tanto otras manos para luchar contra la pérfida Brujaxa: las de Sombrío.

Y Spica deseaba con todo su ser compartir con él el peso de tal responsabilidad: si nadie lo ayudaba, también su amigo, por fuerte y valiente que fuera, sería aplastado. Se sentó a su lado.

—Estás preocupado, ¿verdad?

—Sí… Ya no sé qué camino seguir.

—La brújula siempre nos ha indicado el correcto. Estoy segura de que también esta vez es así.

Sombrío apartó los ojos de los nenúfares y los fijó en los de la chica.

—¿Quieres ayudarme?

—¿A qué? —preguntó ella, y lo miró con curiosidad.

Él sacó del macuto el pequeño libro que contenía las profecías del viejo Enebro; ya antes los versos del anciano maestro del Reino de los Bosques le habían sido de ayuda.

—¡Lo había olvidado! —exclamó

Spica, contenta—. Quizá en él encontremos alguna pista.

Sombrío lo abrió. A causa de la

humedad de las Tierras Humeantes, el

papel se había abarquillado y los dos

elfos fueron pasando las hojas con el

mayor de los cuidados, hasta que

encontraron una página aparentemente

en blanco con sólo un círculo enmarcado

por ramas secas pintadas con tinta azul.

Entonces, la estrella de la frente de Sombrío se iluminó e inundó la página de luz. En medio del círculo de ramas, ante sus ojos tomó forma una profecía:

TIEMPO ES YA DE COMENZAR

Y CIEGOS E INERMES MARCHAR

POR EL CAMINO DE LAS GRANDES HOJAS

HASTA DONDE LA MUERTE DE INFINITAS PATAS ATRAPA, POR LA SENDA DE LOS HUESOS ABANDONADOS

HACIA EL LUGAR DONDE NACEN LAS GOTAS HELADAS.

MÁS ALLÁ AÚN EL CABALLERO DEBERÁ ACUDIR,

ALLÍ DONDE EL AIRE HABLA A QUIEN SABE ESCUCHAR Y QUIEN ESCUCHA, HABLAR TAMBIÉN SABRÁ.

MÁS ALLÁ AÚN EL CABALLERO DEBERÁ ACUDIR,

LA CALAVERA DE ÓRBITAS VACÍAS QUEBRAR DEBERÁ

Y CON SU ARDOR DOBLEGAR LA INSENSIBLE LLAMA.

Y MÁS ALLÁ AÚN EL CABALLERO DEBERÁ ACUDIR

HASTA LAS AGUAS IMPETUOSAS PROSEGUIR SU VIAJE,

DONDE EL VUELO SOBRE ALAS DE CRISTAL EMPRENDER DEBERÁ SI ENFRENTARSE A LA MUERTE Y EL DOLOR NO QUIERE.

—«Más allá aún el caballero…». —Murmuró Sombrío. Su mente viajó enseguida hasta el cazador, el misterioso elfo que había conocido en el Reino de los Bosques y que había vuelto a encontrar en el Reino de los Elfos de Fragua: no sabía mucho de él, sólo que había sido un caballero de la rosa compañero de su padre.

—¿Y si tú fueses el caballero de esta profecía? —le preguntó Spica interrumpiendo sus pensamientos.

—Yo no soy caballero.

—Tal vez no, pero llevas una espada del destino al cinto, combates para proteger y liberar a los débiles, luchas contra las brujas… —Señaló la profecía y añadió—: ¡Todo cuadra! «Tiempo es ya de comenzar y ciegos e inermes marchar…». Mira a tu alrededor, la niebla nos vuelve ciegos, y los pantanos, inermes.

Sombrío posó de nuevo los ojos en la página del libro.

—«Por el camino de las grandes hojas…». ¡Tienes razón! Tenemos que andar sobre los nenúfares.

En ese instante, una sombra atravesó los ojos azules de Spica.

—«Hasta donde la muerte de infinitas patas atrapa…». ¿Crees que se trata de uno de los monstruos del pantano de los que hablaba Pavesa?

—No tengo ni idea, Spica.

Acababa de pronunciar esas palabras cuando un espantoso rugido los sobresaltó, y fue seguido por el sonido lejano de un cuerno.

Fósforo abrió los ojos bruscamente, erizó las plumas y arqueó la espalda al tiempo que emitía un pequeño gruñido, para después esconderse detrás de la bota manchada de barro de Sombrío.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Régulus, que se había puesto en pie de un salto, despertado por aquel ruido atronador.

—Vienen… los orcos —murmuró Robinia, todavía medio dormida.

—No —dijo Pavesa—. Ese sonido venía de lejos, de los campos de adiestramiento… Quizá algún dragón se ha rebelado contra su adiestrador. —Luego, volviéndose hacia Sombrío y Spica, añadió—: ¿Que tenéis en la mano?

Los chicos les mostraron a los demás la profecía y Régulus suspiró.

—¡Otra adivinanza! Como siempre, no me dice gran cosa…

Robinia asintió.

—A ti, Pavesa, que ya has estado aquí, ¿te dicen algo esas alusiones, huesos abandonados, gotas heladas…?

La oca negó con la cabeza.

—Las Tierras Humeantes son un misterio incluso para los orcos, y yo permanecí muy poco en este reino. Pero las «aguas impetuosas» podrían ser las del mar… Siento no poder ayudaros más.

—No te preocupes —la tranquilizó Sombrío—. Probablemente entenderemos la profecía conforme avancemos. Mientras tanto, lo mejor será darse prisa y atravesar ese «camino de las grandes hojas». No sabemos lo largo que será y es mejor intentarlo con la luz del día.

Los otros asintieron y se dispusieron a tomar un pobre desayuno.

—Bien, ya estamos listos. Iré yo primero —decidió Sombrío dando un paso adelante.

—No me parece buena idea —lo contradijo Régulus.

—Peso lo bastante como para poner a prueba la resistencia de esos nenúfares y, sea lo que sea lo que nos aguarda al otro lado, más allá de la niebla, voy armado — zanjó el elfo antes de que algún otro protestara.

Cerró los dedos en torno a la empuñadura de Veneno, que permanecía quieta en su vaina. Era una buena señal, porque su vibración habría significado peligro.

—Me ataré esta cuerda a la cintura y vosotros la sujetaréis por el otro extremo — añadió, mientras se anudaba la soga.

No se sentía valiente. Y tampoco fuerte. Sin embargo, tenía que intentarlo. Saltó de la roca al nenúfar más cercano a la orilla. Cuando aterrizó sobre ella, la hoja aguantó el impacto y apenas se balanceó.

Sombrío oyó a los otros celebrarlo, pero luego notó que unos reguerillos de agua empezaban a inundar la hoja y se percató de que debía moverse enseguida y saltar al nenúfar siguiente.

—Si estamos demasiado tiempo encima se hunden, ¡tendremos que ser rápidos! —les gritó a sus amigos—. ¡Soltad cuerda!

Régulus dejó correr la soga y Sombrío saltó a la segunda hoja un instante antes de que la primera se llenara de agua. Dos, tres, cuatro saltos consecutivos, luego uno más largo, y atisbo una orilla. La alcanzó de un último brinco y cayó hacia adelante, enfangándose manos y rodillas.

Se levantó y limpió como mejor pudo. Luego miró a su alrededor. Donde estaba, parecía una pequeña isla en medio de un océano de niebla y nenúfares. Se volvió; ya no veía a los demás.

—Se ha parado… —oyó decir a Régulus.

—¡Eh! —llamó Pavesa.

—¡Hay una islita en medio de los nenúfares! —gritó en respuesta—. ¡Tratad de llegar hasta mí!

Con cierto esfuerzo y algún que otro susto, pronto estuvieron todos en la islita.

—Ahora tendríamos que continuar en la dirección que indica la brújula —sugirió Spica.

—Sí —contestó Sombrío, y consultó rápidamente el instrumento—. Seguiremos así hasta que pasemos esta charca. —Y desapareció de nuevo, tragado por la niebla blanca y fluctuante, brincando con agilidad de un nenúfar a otro. La cuerda ondulaba como si colgara de la nada, y el sonido de sus saltos iba atenuándose según se alejaba.

Cuando el sol empezó a ponerse, los chicos estaban exhaustos y de mal humor.

—Da la impresión de que avancemos en círculo… ¿Seguro que esa brújula no está rota? —preguntó Pavesa.

—¡Es una brújula de las hadas, no puede romperse! —respondió Spica.

—¿Y eso quién lo dice? —masculló la oca.

—Lo cierto es que se rompió cuando la alcanzó la flecha de los caballeros sin corazón, en el Reino de los Bosques, aunque luego la reparamos —recordó Robinia.

—Precisamente, ¡está arreglada! Así que ahora funciona —replicó Spica.

—¡Basta ya! —dijo Sombrío. Pero estaba tan cansado que no lo oyeron y la discusión prosiguió en un tono cada vez más alto, hasta que intervino de nuevo, alzando más la voz esa vez, e hizo callar a Spica, que estaba a punto de responder por enésima vez a Robinia.

—Ahora es inútil discutir.

—Ah, claro, si lo dices tú…

¡Siempre tenemos que hacer lo que tú dices!

—¿Qué…?

—¡Tú sabes lo mismo que nosotros! Vagas a tientas en la niebla esperando acertar con la dirección. Pero ¡en cambio sigues dándonos órdenes! —gritó Spica.

—Pero ¡si ha sido idea tuya la de atravesar el estanque de los nenúfares! —Se enfadó él.

—¡Podrías haberte negado! —se empecinó ella.

—Sí, ¿estás totalmente seguro de que ésta es la buena dirección? —intervino Régulus.

Sombrío se obligó a no hacer caso de las críticas.

—Todos estamos cansados, pero tenemos que seguir.

Los demás lo miraron con ojos de quienes están hambrientos y sedientos, les duelen los pies y tienen ganas de detenerse para descansar.

—Sombrío tiene razón —asintió Robinia—. Si en vez de quejarse, algunos caminasen en silencio, sería mejor.

Las chicas intercambiaron miradas furiosas, aunque sin decir nada más.

Sombrío se aseguró de que la cuerda siguiera bien atada a su cintura, miró la brújula y reanudó la marcha.

El último salto fue el más difícil, pues se notaba las piernas más pesadas que nunca. Terminó en el agua, por suerte allí poco profunda, pero fangosa. Alcanzó trabajosamente la orilla y se dejó caer en el suelo a la espera de que los otros llegaran. Seguía oyéndolos discutir en la niebla y se preguntó si sería por culpa de su indecisión.

Pero ¿qué podía hacer?