El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 23 de 35

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El bosque embrujado

21. Disfraces

QUELLA noche transcurrió tranquila y, por primera vez desde hacía muchos días, también Sombrío logró dormir. Soñó con su padre cabalgando en un enorme y fiero dragón azul. Luego, soñó con Régulus encadenado y Spica gritándole algo, pero se despertó sin oír bien qué.

Miró alrededor confuso y con el corazón acelerado, y se quedó tumbado observando a sus amigos, que dormían, hasta que la luz del sol se hizo cálida y dorada.

Tenía un mal presentimiento con respecto a los demás y a sí mismo. Y se dio cuenta de que su aprensión atañía sobre todo a Spica.

Al principio había creído que temía por la vida de la chica de la misma manera que temía por la de Régulus o la de Robinia, pero aquella mañana, mientras la contemplaba dormir tranquila, comprendió que no era así. Habría preferido que estuviera en casa, a salvo, lejos de las brujas y los orcos, y lejos también de él, que estaba obligado a correr al encuentro de aquellos peligros. Desde hacía ya muchos días, la estrella de la frente de su amiga no brillaba y sus ojos estaban tristes y ofuscados. Spica rehuía su mirada igual que él rehuía la suya. ¿Qué estaba ocurriendo?

¿Por qué la seguridad de ella era para él más importante que cualquier otra cosa?

Suspiró, sabiendo ya la respuesta, y, al volverse, sus ojos se cruzaron con otros del color del cielo. Se puso en pie lo más de prisa que pudo y susurró:

—Duerme un poco más, Spica. Aquí estás a salvo.

Luego se alejó en dirección al arroyo.

La chica no se durmió; al contrario, se levantó y siguió a Sombrío, al que encontró sentado en una piedra. Tenía la cabeza gacha y sus profundos ojos estaban fijos en el agua, en cuya superficie jugueteaban retazos de sol.

Desde hacía algunos días, a Spica le parecía que su amigo se comportaba de manera distinta, que escondía sus pensamientos y preocupaciones. Hasta cierto punto era normal que todas aquellas responsabilidades y dificultades estuvieran cambiándolo, pero Spica lo había seguido para estar cerca de él y ahora, en cambio, tenía la impresión de no poder ayudarlo. O, mejor dicho, de que él no quería que lo ayudaran.

Se le acercó por la espalda, sin que él se percatara, y lo sobresaltó.

—Perdona, no quería asustarte —dijo.

La cabeza de Sombrío apenas se movió.

—No te preocupes, sólo estaba pensativo.

—¿Hay algo en el plan que no te convence?

—No, al revés, creo que el plan que han propuesto los abedules es la única posibilidad que tenemos de pasar desapercibidos y llegar hasta los Espejos.

—Sí —asintió ella—. Entonces, ¿qué te preocupa?

En el rostro de Sombrío apareció una sonrisa.

—Tardarías menos preguntándome qué no me preocupa… —murmuró, tratando de dar un giro cómico a la conversación.

Ella guardó silencio.

—Nos esperan orcos, dragones y brujas, es verdad. Pero… el hecho es que tú nunca has reaccionado de esta manera.

—¿De qué manera?

Spica se volvió a mirarlo.

—Ésta precisamente, Sombrío. ¡Te comportas como si fueses tú, tú solo, contra el mundo!

Él no dijo nada y eso hizo que ella se enfureciera.

—¿Para qué crees que hemos venido contigo? ¿Para qué, si no para ayudarte a sobrellevar todas las responsabilidades que te han caído encima de repente, y para ayudarte a derrotar a las brujas? ¿Somos amigos o no? ¡Actúas como si de golpe no te fiaras de nosotros! ¿Por qué nos evitas? —Lo atacó, como si quisiera echarle la culpa de los sentimientos contradictorios que ella experimentaba: miedo, remordimiento por las palabras dichas, incluso… celos.

—No entiendo de qué estás hablando. ¡Sólo estoy preocupado! —replicó Sombrío.

 

—Bueno, ¡todos lo estamos! ¡Es natural! ¡Pero tú…, tú te has cerrado como una ostra y no dejas que nadie sepa lo que piensas! Te has puesto una especie de máscara y te ocultas detrás de ella —se desahogó Spica.

Él sintió que se acaloraba.

—¿Quieres saber lo que pienso? ¡Pienso que me habría gustado mil veces más que te quedaras en casa! ¡Que tenías razón cuando me dijiste aquellas cosas en los pantanos, que decido por todos, pero nunca estoy seguro de lo que hago! ¡Tienes razón, caramba! ¡No sé lo que estoy haciendo! ¡Voy a tientas buscando el mejor camino, pero cada situación me parece un acertijo, cada bifurcación una encerrona! No habría tenido que aceptar que vinieras conmigo sólo por darles la razón a unos versitos… En fin, me pregunto si es justo que estés aquí, empuñando tu arco encantado y siguiéndome… Spica sintió que la rabia que la había llevado a hablar de aquel modo se transformaba casi en llanto. Pero se quedó quieta, con la cabeza erguida y los ojos brillantes, desafiándolo.

—No quería decir lo que te dije. Fue culpa del pelo de bruja. Tú mismo dijiste que era por aquellas algas…

—En efecto, lo fue —confirmó él. Luego negó con la cabeza—. Pero el hecho es que… ¡tenías razón, Spica! ¡De la primera a la última palabra!

Ella notó que sus ojos verdes estaban llenos de rabia y de dolor, así que optó por decir:

—No, no lo creo. Y tampoco creo que hubiera debido quedarme en casa. Habría estado a salvo quizá, pero ¿por cuánto tiempo? Y además —añadió fijando la vista en un tronco próximo—, no había podido ayudarte…, y cuando hubieses vuelto a la Atalaya, habrías encontrado a una chica ingenua que no habría entendido nada de nada.

Sombrío se volvió para mirarla con los ojos como platos. Spica continuó, con la voz reducida a un susurro:

—Te habría parecido tonta y débil, y no habrías querido volver a hablar conmigo. Habrías conocido a chicas decididas, princesas valientes —añadió, pensando en Robinia— que habrían combatido a tu lado y habrían estado cerca de ti cuando las hubieras necesitado… Pero quería ser yo quien estuviera junto a ti. Ya no soy la chica de hace algún tiempo, interesada tan sólo en las flores con que adornarse el pelo para las fiestas y en contar historias a los demás elfos…

—Pero ¡si tú nunca has sido así! —La interrumpió él. No daba crédito a lo que oía.

—En fin —dijo Spica tratando de sonreír, parpadeando y encogiéndose de hombros mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla—, quizá te he decepcionado, pero me gustaría intentar ayudarte y…, y… —balbuceó al darse cuenta de que estaba llorando. Dio un paso atrás, secándose los ojos y avergonzándose de todas las cosas que había dicho—. ¡Maldita sea! —exclamó finalmente, dando media vuelta para irse corriendo de allí.

Sin embargo, la mano de Sombrío la agarró delicadamente por la muñeca, reteniéndola.

—Eres la chica más valiente que he conocido. Sólo querría no haberte obligado a renunciar a todo, a la Atalaya, a la escuela para narradores de corte…, por ayudar a alguien como yo, ¡que no tiene ni idea de cómo salir de este embrollo! —confesó con una sonrisa.

Spica sintió que le temblaban las piernas. «Eres la chica más valiente que he conocido», le acababa de decir.

—Ya verás, encontraremos alguna manera —murmuró ella.

Sombrío le apretó suavemente la mano.

Tras el desayuno, todos recogieron sus cosas y se pusieron en camino para llegar a la cueva, no muy lejana, donde mucho tiempo atrás los enanos habían escondido unas ropas de orco. Mientras caminaban por el bosque, procurando seguir un viejo sendero semioculto entre las zarzas, Robinia se acercó a Spica.

—Y bien, ¿habéis aclarado las cosas? —le preguntó, echándole una ojeada a Sombrío, que los guiaba.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella parándose.

—Vamos, se ve a un kilómetro que estás enamorada de él. ¡Y no me digas que me equivoco, porque no me lo creo!

—¿Yo… enamorada? —balbuceó Spica.

—¡No negarás que antes estabas triste y ahora, después de que hayáis hablado esta mañana, has vuelto a sonreír! —dijo Robinia con aire cómplice.

—En realidad… —empezó a decir la otra chica, poniéndose cada vez más roja.

—¿Se lo has dicho? Quiero decir: la situación no hará más que empeorar; nos dirigimos al Reino de las Brujas y, si algo ocurriera… Bueno, en fin, si yo fuese tú, preferiría que el chico que me gusta lo supiera —explicó Robinia.

—Pero… —Trató de replicar la joven elfa estrellada.

Poco a poco, empezó a entender sin embargo que, en realidad, Robinia no se refería a ella, sino que estaba hablando de sí misma. Hablaba sin parar, contradiciéndose y dándose razones como para convencerse.

—… yo creo que, después de todo, una chica valiente tiene que saber cómo decir la verdad y… En fin, ¿qué tal te ha ido? —preguntó al final con un suspiro que le vació los pulmones.

Spica sonrió.

—¿Qué tal me ha ido qué?

—¡Decírselo todo! ¡La verdad! Que tú…, que él…, eso… —exclamó su amiga, incómoda.

—¡Eh, vosotras dos! ¿Queréis moveros? —gritó Régulus, que caminaba poco más adelante—. Estamos llegando…

Robinia dio un respingo. La sonrisa de Spica se hizo más ancha.

—Y tú —dijo—, ¿cuándo tienes intenciones de decirle a mi hermano que te gusta?

—¿De… de qué hablas? ¿Tu hermano? ¿Quién ha dicho que ese presuntuoso me

guste? —Y al decirlo enrojeció, por lo que dejó que el pelo le cayera sobre la cara para esconder el repentino rubor y aceleró el paso de golpe.

—Eh, ¿por qué huyes? —exclamó Spica

riéndose. Negó con la cabeza y reanudó la marcha detrás de ella. Se acercó a su amiga y le susurró—: ¡Y no me digas que me equivoco, porque no me lo creo!

Robinia se volvió y la miró con expresión de

asombro. Abrió la boca para protestar, pero no le salió ni una palabra.

Spica les guiñó entonces un ojo a ella y a

Fósforo, que había saltado al hombro de la chica, y pensó que su hermano era muy afortunado.

Llegaron a la cueva apenas media hora después y no les fue difícil encontrar los viejos baúles escondidos por los enanos grises. Estaban cubiertos de tierra, polvo y hojas empujados hasta allí por el viento. Las cerraduras estaban oxidadas, pero tardaron poco en forzarlas y abrirlas.

Dentro encontraron todo lo que habían dicho los abedules. A las ropas de orco, no obstante, había que hacerles arreglos para adaptarlas a sus figuras, más esbeltas. Cogieron todo lo que pudieron y volvieron al Bosque Embrujado. La tarde transcurrió entre pruebas y preparativos: rellenaron de hojas algunas túnicas, cosieron trozos de tela y viejas pieles para alargar las mangas y entrelazaron finas ramitas de abedul para que, de lejos, pudieran tomarse por barbas de orco. En cuanto a Pavesa y Fósforo, seguirían a los elfos y, si alguien se acercaba, los chicos fingirían que los habían capturado en la linde del bosque.

Por último, tras una noche de preparativos y explicaciones sobre el camino que debían tomar, decidieron que estaban listos para partir.

—Gracias por todo —les dijo Sombrío a los abedules aquella mañana, antes de ponerse en camino.

—No nos lo agradezcas, elfo, y lucha por nosotros.

—¿Podemos hacer algo para devolveros vuestro aspecto? —les preguntó Pavesa.

—Nadie puede deshacer nada, a no ser quien lo hizo. Ni siquiera Golondrina, creo, habría podido… Pero no os preocupéis por nosotros: estamos ligados desde hace ya demasiado tiempo a esta forma, esta tierra y estas montañas. En cierto modo, fuimos afortunados. Pero nuestra larga vida será menos triste si sabemos que hemos servido a una causa mayor. Si nos necesitáis, volved aquí y haremos lo que podamos… Nuestro corazón está con las hadas, no lo olvidéis. Y recuerda, Pavesa, lo que eres y lo que tu corazón viene enseñándote desde el principio. La verdad y la justicia son los mayores dones a los que se puede jurar obediencia. Libera a los enanos, si aún quedan. Libera a los esclavos, sean quienes sean…, pues ninguna vida debe vivirse en esclavitud.

Sombrío consultó por última vez la brújula encantada y, seguido de los demás, abandonó el Bosque Embrujado.

Ya estaban cerca, increíblemente cerca, de los Espejos de las Hordas que los conducirían al Reino de las Brujas, ante Brujaxa, la Reina Negra.

Y el miedo no podía frenarlos precisamente entonces.