El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 28 de 35

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El bosque embrujado

26. Calambre y Urtico

OS prisioneros fueron arrastrados fuera de la choza y la luz cegadora del sol, que caía a plomo sobre el campamento de los orcos, los cegó.

Sombrío no acertaba a pensar en un modo de huir. Había demasiados

orcos por allí, y ellos estaban desarmados, y sin el precioso macuto que contenía la brújula de Floridiana y el trino de las hadas. Aunque hubieran conseguido escapar, no habrían podido hacer gran cosa.

—Lo siento —le susurró Spica mientras algunos orcos sujetaban sus cadenas a un cepo poco distante del de Sombrío—. No…, no podía dejar que te matara.

Él, con la garganta aún ardiendo, asintió con la cabeza y se dio cuenta de que, pese a las lágrimas, el rostro de la chica tenía una expresión resuelta y obstinada. No le hizo ningún reproche.

Fue Robinia quien lo hizo.

—Sólo era una táctica, no iba a matarlo… Si de verdad quería la espada, ¡no se habría arriesgado a perderla!

—¿Y tú cómo lo sabes? —la reconvino Régulus, entornando los ojos ante la fortísima luz del día.

—Bueno, no estoy segura… Sólo sé que ahora estamos en un buen lío.

—También lo estábamos antes, si a eso vamos —contestó Régulus.

—Pues ¡ahora más que antes! —se empecinó Robinia, señalando la espada apoyada en una piedra, en el centro de la explanada—. ¡Si la perdemos, pobres de nosotros! ¿Es que tengo que recordaros que es la única arma capaz de liquidar a los caballeros sin corazón? Sin esa espada tenemos pocas posibilidades de sobrevivir. Eso en el caso de que logremos soltarnos y huir de aquí…

La frase resonó en la explanada, que de repente había quedado en silencio. El orco de nombre Calloso, vigilante pese a parecer somnoliento y distraído, dijo:

—Así que ése es el secreto que esconde el arma. Gracias por contármelo, pequeños elfos repelentes.

Y, mientras lo decía, corrió a contarles a sus superiores lo que había oído.

—¡Muy, pero que muy hábil! —masculló Régulus.

Spica miró a Sombrío y trató de darse ánimos. Quizá había sido una ingenua, era cierto, pero le pareció que a él no le importaba. Más bien intuía que, como siempre, su amigo iba ya un paso por delante y pensaba, no en lo que había ocurrido, sino en lo que iba a ocurrir. Miraba a Veneno como si supiera algo que a ellos se les escapaba, así que también ella posó su mirada en la espada del destino. Y nunca como en aquel momento le pareció que aquella hoja iba a decidir su suerte.

Los reflejos verdes del arma relucían a la luz del sol y Sombrío seguía mirándolos mientras pensaba, preocupado, qué hacer, pero las ideas que le pasaban por la cabeza se esfumaban todas tan de prisa como relámpagos. Su única esperanza eran Pavesa y

Fósforo.

Pero había algo más, algo que no habían dicho acerca

de la espada. Tal vez no todo estuviera perdido.

Suspiró y la garganta le dolió, luego paseó la vista

alrededor, por la explanada, y pensó con mucha calma que no, que aún no había acabado todo. No mientras quedara una esperanza.

Pavesa vio pasar a sus amigos, heridos y cansados,

arrastrados por los orcos como si fueran sacos, y sintió que se le encogía el corazón. Recordaba bien aquel hedor horrible, recordaba el miedo que había sentido al ser capturada, tiempo atrás, cuando atravesaba aquellas tierras…

Se deslizó hacia adelante con su paso bamboleante de oca, procurando que no la vieran los orcos. Fósforo la seguía, silencioso, escabullándose de una sombra a otra, de la tela de una tienda a la esquina de una choza, hundiéndose de vez en cuando en la suciedad que imperaba por todas partes. Ambos tenían las plumas sucias y polvorientas. Ambos estaban cansados y tenían miedo.

Por los fragmentos de conversación que lograron captar, comprendieron que estaban hablando de una espada.

—Veneno —murmuró Pavesa.

No había sido fácil entrar en el campamento y la oca sabía que salir sería aún más difícil, pero, extrañamente, eso era lo último que la preocupaba. Una sola pregunta llenaba su mente: ¿de qué forma podía ayudar a sus amigos?

Siguió a un grupo de orcos que reían mientras le clavaban el diente a una pierna de jabalí asado que goteaba grasa, y se deslizó sin ser vista hasta detrás de una gran tienda. La rodeó y se halló frente a la explanada.

En el centro resplandecía el brillo verde de Veneno mientras que, alrededor, encadenados bajo el sol ahora alto, estaban Spica, Régulus, Robinia y Sombrío.

Pavesa le hizo un gesto a Fósforo para que permaneciera en silencio y el dragoncito plumado se aplastó junto a ella y miró a sus amigos con sus ojos amarillos.

—Ahora observemos. Sólo tenemos que esperar el momento apropiado — murmuró la oca.

La multitud de orcos se abrió y en la explanada hicieron su aparición dos figuras: un orco gordo y bajo, con largos collares y un turbante de color verde ácido y la corta barba recogida con un lazo. Y un segundo orco que no llevaba ningún adorno salvo un turbante similar al del orco que lo precedía.

—¡El gran Calambre ha llegado! ¿Quién ha hecho llamar con urgencia al gran Calambre? —rugió el primer orco.

Desde donde estaba, Pavesa vio adelantarse a Calaverón. Llevaba una especie de corona formada por la calavera de un dragón rojo erizada de puntas óseas que se abrían en abanico encima de su cráneo. Sus largos cabellos pringosos le caían sobre la cara y los hombros. Todos los orcos mantuvieron un silencio cargado de tensión.

—¡Yo te he hecho llamar! —Gruñó rabioso Calaverón—. Si no hubieras venido, habría hecho que te trajeran aquí a rastras y te despellejaran vivo —añadió en voz más baja.

Las cabezas de los espectadores se volvieron hacia Calambre para observar su reacción. El recién llegado escupió al suelo, como si esas amenazas ni siquiera hubieran sido pronunciadas.

—Una sola palabra mía y mis tesoritos te habrían dejado seco —contestó mientras un pequeño escorpión asomaba del turbante de su ayudante, Urtico.

—Es bueno saberlo, porque entonces, ¡lo primero será arrancarte la lengua! —vociferó Calaverón.

Calambre estalló en una carcajada y, tras un instante, Calaverón hizo otro tanto. Al cabo de unos segundos, también de los espectadores se alzaron risas chabacanas, como si, en vez de atroces amenazas, los dos orcos hubieran intercambiado un saludo amistoso.

—Bueno, ¿qué quieres? —preguntó finalmente Calambre—. ¿Que le diga a mi ayudante que suelte a mis simpáticos bichitos para que diviertan a tus prisioneros?

Pavesa sintió que se le helaba la sangre al oír las risas que siguieron a la pregunta.

—Todavía no. —Gruñó alegremente Calaverón—. Antes, me gustaría que explicaras a nuestros gentiles huéspedes que los orcos no son tan idiotas como creen.

—Con mucho gusto. ¿Cómo?

—Uno de ellos tenía consigo esta espada, ¿lo puedes creer?

—No irás a decirme que un elfo…

—Ese chico ha liquidado a doce de los nuestros antes de que pudiéramos pararlo —murmuró Calaverón adelantándose un paso.

Una voz salió de la muchedumbre que se había reunido en el campamento:

—Así es, señor. ¡Lo he visto con mis propios ojos! ¡Con mis propios ojos!

Sombrío miró a Calaverón y a Calambre con gesto de orgullo. El calor abrasaba el suelo y el hierro que le sujetaba las muñecas.

—Por tanto, debe de ser un… ¿caballero de la rosa? Y ésta, una espada del destino.

—No puede ser de otro modo: ésta es una espada del destino y, para manejarla, a la fuerza él tiene que ser un caballero.

—Cierto, cierto. —Estuvo de acuerdo Calambre.

—¿Y los demás? ¿Qué armas tenían? —graznó Urtico.

—¡Puros trastos! ¡Cosas de principiantes! ¡A mí sólo me interesa ésta! —contestó Calaverón con voz atronadora.

—Bueno, pues ya la tienes, ¿no? —respondió Calambre, indiferente—. ¿Qué quieres de mí?

—¡Mírala atentamente!

—¿Por qué, qué tiene? —preguntó, acercándose.

—¡Es verde! —gritó Urtico.

—Ya veo —murmuró Calambre, estudiándola—. Sí…

—Igual que el veneno de los escorpiones que… —prosiguió Urtico.

Un gesto colérico de su jefe hizo que se callara.

—¿Cómo se ha vuelto de este color?

—Por lo que parece, el chico mató a uno de tus animalitos venenosos.

El rostro de Calambre palideció y se volvió, si cabe, aún más horrendo y repugnante. Silbó como una serpiente lista para atacar.

—Bien, ¿qué quieres que haga?

—Dos de mis orcos han muerto entre los dolores más atroces sólo por haber empuñado esta espada. Quiero saber si su veneno es realmente de escorpión y si por eso mata a cualquiera que trate de empuñarla.

—Sólo un veneno potentísimo habría podido impregnar el metal. Y tiene todo el aspecto de ser veneno de uno de mis escorpiones gigantes. Te confirmo también que, si no es su legítimo dueño, quienquiera que la toque morirá —murmuró, mirando a Calaverón a los ojos.

—Cualquiera —respondió el otro— excepto quien

sea inmune al veneno de escorpión. Como tú, por ejemplo.

—Así pues, ¿quieres que compruebe tu teoría

poniendo mi vida en peligro?

Calaverón sonrió y un hilillo de baba se le escurrió

de la boca.

—Tú no eres el único inmune al veneno, ¿o me

equivoco?

—Hum, si lo hago tú tendrás la espada. ¿Y yo qué gano?

—Podrás decirle a Brujaxa que has matado al último caballero de la rosa.

Calambre levantó la cabeza y parpadeó a causa del sol ardiente.

—Sí, me gusta la idea… —contestó con una risita. Luego ordenó—. ¡Urtico!

Su ayudante dio un temeroso paso adelante, aterrorizado ante la idea de aquel diabólico plan.

—¡Empuña esa espada! —le dijo Calambre.

—Mi señor, yo…

—Estás a mis órdenes y vas a obedecer.

—Pero podría matarme —gimió.

—Tú crías escorpiones y eres inmune a su veneno, ¿no? Igual que yo. No te pasará nada.

—Pero…

—Sí no lo haces, te mato yo. Y ahora mismo.

Tragando saliva, Urtico obedeció. Se acercó a la espada, la observó entornando los ojos y luego se frotó las manos grasientas, armándose de valor para tocarla. Finalmente, tendió la mano húmeda y temblorosa. El silencio era absoluto.

Sombrío contemplaba la escena mientras oía latir su corazón acelerado. El sol estaba en lo alto. No había sombras. Junto a él, Spica respiraba despacio; al otro lado, Régulus parecía nervioso.

A disgusto, Urtico agarró la empuñadura. Luego levantó el arma y, durante un brevísimo momento, todos contuvieron la respiración.

—No es posible —susurró Régulus.

—¡No! —gimió Robinia.

Sombrío se quedó mudo mirando a aquel orco empuñar a Veneno, su Veneno, y levantándola a media altura.

Urtico la hizo girar un instante y luego se volvió hacia Calambre.

—¡Estoy vivo! ¡Todavía estoy vivo! —celebró.

Los orcos estallaron en un clamor.