El bosque embrujado

Geronimo Stilton · Capítulo 3 de 35

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El bosque embrujado

Las Tierras Humeantes

1. La avanzadilla

RA temprano por la mañana y en la llanura donde Sombrío, Spica, Régulus, Robinia y Pavesa se habían detenido a descansar acababa de salir el sol, que lo iluminaba todo con su luz dorada.

Allí, en el Reino de los Orcos, la temperatura era templada, mucho más agradable que el frío con que los había recibido el Reino de los Gnomos de Fragua, aunque el aire era húmedo y un olor a podrido flotaba en todas partes.

Sin embargo, los rayos del sol habían bastado para devolver el buen humor a Régulus y a su hermana Spica, que bromeaban cerca de los restos de la Puerta por la cual, la noche anterior, habían llegado a aquel reino.

Sombrío y Robinia, en cambio, parecían pensativos. La joven elfa forestal, que estrechaba a Fósforo entre sus brazos, miraba la niebla que se arremolinaba formando espiras de humo, mientras que el rostro de Sombrío traslucía cierta inquietud.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cuándo llegará? —preguntó de repente Pavesa, la joven enana transmutada en oca, que los había seguido desde el Reino de los Gnomos. Sus ojos no dejaban de volverse, impacientes, hacia los restos de la Puerta.

—No va a llegar —dijo Sombrío.

La oca dio un respingo.

Ahora la Puerta está sellada, Stellarius no va a llegar. Estamos solos.

Se dio cuenta, tal vez también él por primera vez, de que realmente era así. Spica lo miró y la aprensión veló sus ojos azules.

Había sido Sombrío quien, obedeciendo las órdenes del mago, había sellado la antigua Puerta tras atravesarla. Para hacerlo, había bastado con llevar a ese lado de la misma la piedra catalizadora que la había abierto: de ese modo, el mecanismo había quedado bloqueado y la magia que lo activaba se había desvanecido. La Puerta se había derrumbado, y el pasaje encantado que unía aquel lugar con el Reino de los Gnomos de Fragua se había hecho pedazos bajo los pies de Sombrío cuando éste aún estaba atravesándolo. El chico había sentido cómo se precipitaba a un terreno húmedo y podrido, y ahora estaban en el Reino de los Orcos.

En aquel lado, la Puerta, formada por un sencillo marco de hierro forjado cubierto por enredaderas, estaba sumergida en una poza negra, en el centro de una ciénaga. Todo alrededor quedaba oculto por la niebla.

—Estoy segura de que Stellarius encontrará otra manera de llegar hasta nosotros. Sabe dónde estamos —intervino Spica, con ojos que le centelleaban de certeza.

—Y sabe adonde nos dirigimos —añadió Robinia.

Pavesa movió débilmente sus grandes alas grises y negó con la cabeza.

—No tiene modo de llegar hasta nosotros sin este paso, la Puerta de las Ramas de Hierro, como la llamaban los enanos. Sombrío tiene razón. Las hadas crearon estos pasajes precisamente para recorrer instantáneamente las inmensas distancias que separan los reinos. Que yo sepa, la única alternativa para viajar de uno a otro eran

los dragones, pero ya no quedan. Y

desde luego, no en las montañas del

Reino de los Gnomos, donde se

encuentra ahora Stellarius.

—Ni siquiera puede usar los Espejos

de las Hordas, esos atajos inventados por

las brujas, porque nos dio a nosotros la

turquesa capaz de abrirlos… —dijo

Robinia con un suspiro, acariciándole la

cabeza a Fósforo.

El dragoncito bufó.

—Estoy convencida de que logrará

reunirse con nosotros de alguna manera —insistió Spica—. Pero, por el momento, tenemos que arreglárnoslas solos, así que la pregunta de Pavesa sigue sin respuesta: ¿qué hacemos?

—Movernos —dijo Sombrío poniéndose en pie—. Y lo más de prisa posible.

Por un momento, sintió que los rayos del sol perforaban la niebla y lo envolvían, como dándole ánimos.

—Tenemos una misión: encontrar los Espejos de las Hordas que llevan de aquí a la guarida de las brujas.

—Sí. Y llegar al castillo de la Reina Negra, la Roca Embrujada —murmuró Robinia con la mirada perdida en la lejanía.

El elfo asintió, serio.

—Nuestra primera preocupación, por tanto, es salir de esta ciénaga sin que nos sorprendan los orcos.

—No será fácil —observó Pavesa.

—Tú conoces mejor que nosotros este reino, pues lo atravesaste después de escapar de la Reina Negra. ¿Qué sugieres? —le preguntó Régulus.

Pavesa miró a los chicos uno a uno y lamentó más que nunca tener el cuerpo de una oca. Pero había aceptado acompañarlos al Reino de los Orcos y, desde él, al de las Brujas… ¡y así lo haría!

Hay un camino que cruza los pantanos —explicó con voz seria—. Lo llaman Vía de las Armaduras, porque es el que recorren los orcos cuando van a recoger las armaduras procedentes del Reino de los Gnomos de Fragua para entregarlas luego en los campamentos del Ejército Oscuro.

—Que recorrían, querrás decir —la corrigió Robinia con una sonrisa—. Ahora que hemos destruido la Puerta, ¡ya no podrán entregar nada!

La oca asintió.

—Pero los orcos no lo saben aún. Las entregas de armaduras se hacían dos veces al año y, puesto que hace poco se ha efectuado una, sabemos que no recorrerán ese camino al menos durante seis meses. Pero, en cualquier caso, atravesar las Tierras Humeantes no será fácil.

—¿Tierras Humeantes? —preguntó Régulus—, el nombre no promete nada bueno…

—Así es como llaman a estos pantanos —explicó Pavesa—. Aquí, las aguas del Riolento inundan los terrenos circundantes… Además, en esta estación la niebla es más densa que de costumbre y ningún orco se atreve a aventurarse hasta este sitio. — Luego, añadió en tono más bajo—: Estas tierras no solamente albergan fango, humedad e insectos… Entre los orcos tienen una fama siniestra y, si no fuese por las órdenes de la Reina Negra, ninguno de ellos se adentraría aquí por propia voluntad.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Sombrío.

 

Pavesa suspiró.

—Construyeron la Vía de las Armaduras, sostenida por palafitos de madera, precisamente porque tienen miedo de pasar por la ciénaga.

—Es normal, podría haber arenas movedizas —observó Spica.

—Sí, pero no es sólo eso… Percibí terror en sus voces cuando hablaban de este lugar.

—¿Terror? —repitió Spica.

Pavesa asintió.

—No sé demasiado, sólo lo que les oí a los propios orcos: al parecer, cuando el reino fue conquistado, muchos de los enanos que lo habitaban huyeron a los pantanos. El escuadrón de un viejo sargento orco, de nombre Sanguijuela, los siguió para sacarlos de sus escondites, pero nunca volvió. —Se calló un instante antes de continuar—. Muchos otros salieron en busca del escuadrón perdido, pero ninguno regresó. Los pantanos y la niebla parecían habérselos tragado. Así que, pasado un tiempo, dejaron de intentarlo. Pero las órdenes de la Reina Negra son órdenes… y construyeron ese camino sobre estacas para ir a recoger los cargamentos de armaduras. ¡Y tendríais que ver cómo van de armados cuando lo hacen! Después de todo, ésta es una frontera con un reino aliado, no hay motivos para todas esas armas ni todos esos soldados. Sea como sea, los orcos tienen miedo de las Tierras Humeantes. Y cuando hablan de ellas, os repito, ¡hay terror en sus voces y en sus ojos! Hablan de monstruos…, de criaturas terribles tan antiguas como el mundo, que bajaron de los montes Negros a las aguas del Riolento. Yo no sé si de verdad existen, pero estamos hablando de orcos, ¡que no suelen tenerle miedo a nada!

—Evidentemente, a algo sí —murmuró Sombrío, echando un vistazo a su alrededor.

Se sentía inquieto y se dio cuenta de que también los demás se estremecían con el relato de Pavesa. En realidad, ninguno de ellos había visto nunca a un orco, pero todos sabían de su existencia y no dudaban de que eran terribles.

—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos? —le preguntó el elfo a la oca.

Ir por la Vía de las Armaduras, y de prisa. Creo que es la única manera de salir vivos de los pantanos.

—Pero así corremos el riesgo de terminar en la boca de los orcos —observó Régulus—. Si este camino conduce a su campamento, en algún momento nos toparemos con ellos…

¿Sabes dónde se encuentran los Espejos de las Hordas, esos pasajes que debemos cruzar para llegar al Reino de las Brujas? —le preguntó Sombrío a Pavesa.

—Hacia el mar, al nordeste…, cerca de la cala de la Sombra. Pasado el campamento de los orcos —respondió ella.

—Bien… —dijo el elfo, y, agachándose, con piedras y palitos dibujó una especie de mapa—. Por aquí, dices, pasa la Vía de las Armaduras… Y aquí está el campamento de los orcos.

Con ayuda de Pavesa, Sombrío dispuso piedras y palos para señalar los puestos enemigos y los Espejos de las Hordas. Hacia el sur, siguiendo las indicaciones de la oca, colocó unos palitos cruzados que representaban las Placas Muertas, una zona desértica de la que sería difícil salir vivos y donde se arriesgarían a ser localizados con demasiada facilidad.

—Pero ¿cómo puede haber un desierto ahí? —preguntó Spica, apuntando con el dedo el mapa recién dibujado—. ¿Es que por esa región no corre el Riolento?

—No, el río desaparece bajo tierra unos kilómetros después de salir de los terrenos pantanosos, al sur de las Tierras Humeantes. Y no vuelve a aflorar hasta aquí abajo, al norte de las Tierras Abrasadas. —Pavesa señaló justo debajo de los símbolos que representaban los Espejos de las Hordas.

—Si pasamos por las Placas Muertas —la interrumpió Régulus—, moriremos de hambre antes de haber alcanzado los

Espejos. No nos quedan demasiadas

provisiones.

—Pensemos: no podemos pasar por

el campamento de los orcos, pero

tampoco podemos rodearlo por el sur —

concluyó Sombrío—. No tenemos más

que una solución: dirigirnos hacia el

norte a través de las Tierras Humeantes.

—¿Qué sabes de ese lugar? —le

preguntó entonces Spica a Pavesa.

La oca suspiró.

Muy poco. Hay pantanos y bosques espesos. Luego, hacia el nordeste, debería haber criaderos de dragones, creo…

—¿Criaderos? —repitió Régulus abriendo mucho los ojos—. No creía que se pudiera tener a los dragones en cautividad.

—Bueno, los caballeros de la rosa, que en otro tiempo protegían el Reino de la Fantasía, cabalgaban en dragones —observó Spica.

—Sí, y ahora las brujas están tratando de criar una raza propia, más feroz que las anteriores —explicó Pavesa.

Sombrío frunció el cejo y la estrella de su frente brilló débilmente. Luego sacó de su macuto la brújula que le había dado Floridiana, la Reina de las Hadas, para que le indicara el camino y, tras observarla, dijo:

Parece que es precisamente al norte adonde debemos encaminarnos.

—¡¿Qué?! ¡Atravesar la ciénaga sin seguir la Vía de las Armaduras significa ir al encuentro de una muerte segura! —objetó Pavesa.

Sombrío colocó la brújula sobre el mapa improvisado para que los demás pudieran verla también: la aguja señalaba el norte. Todos guardaron silencio unos segundos. Asimismo, Fósforo dejó de jugar con uno de los palitos que representaban los Espejos de las Hordas.

—Bueno, si es eso lo que dice la brújula… —murmuró Spica.

—Nos ha salvado la vida más de una vez —añadió Régulus.

—¡P-pero no es posible que queráis pasar por las Tierras Humeantes! — tartamudeó Pavesa, incrédula.

No tenemos elección —cortó en seco Sombrío. Y mientras lo decía, un leve reflejo de la estrella de su frente iluminó la brújula, en cuyo borde resplandeció la leyenda ¡Ánimo y coraje!—. No tenemos elección —repitió.

Luego guardó la brújula en su macuto, se puso en pie y contempló el paisaje a su alrededor.

Lejos, hacia el este, se alzaban columnas de humo, señal de que allí se hallaba el campamento de los orcos. Por encima de la ciénaga, en cambio, gruesas nubes de reflejos violáceos se espesaban en un cielo oscuro por el que ningún pájaro se atrevía a volar.

Aquél era el antiguo Reino de los Enanos Grises, convertido ahora en el Reino de los Orcos tras años de ocupación del Ejército Oscuro. Y parecía esperar amenazador a Sombrío y a sus amigos.

Sombrío se detuvo, levantó la mirada y suspiró.

Estaba cansado. Desde que, siguiendo las indicaciones de la brújula encantada, se había adentrado con sus compañeros en la niebla de las Tierras Humeantes, las horas habían transcurrido lentas e insoportables.

El aire se había vuelto tan denso que les costaba trabajo respirar. El agua empapaba el suelo y hacía terriblemente fatigoso cada paso; por otra parte, evitar pozas, arenas movedizas, plantas carnívoras y setas ponzoñosas era más agotador de lo que había imaginado. Los pocos árboles que crecían aquí y allá no eran más que pálidas sombras borrosas, y el croar de las ranas y el zumbido de los mosquitos eran interrumpidos a ratos por gemidos lejanos y rugidos espantosos.

«Gritos de dragón», había dicho Pavesa.

Así, inmersos en la niebla y el légamo,

pasaron dos largos días. Su marcha hacia el norte los había llevado a avanzar por terrenos pútridos y enfangados, entre brumas cada vez más espesas y nubes de molestos mosquitos.

En cada ocasión tenían que elegir la mejor

vía sondeando cautamente el terreno para no hundirse en el fango.

Sombrío desconfiaba: pese a sus esfuerzos,

no se habían alejado mucho de la puerta. Tanteó de nuevo el terreno con su fiel espada Veneno, pero la hoja se hundió en el lodo por enésima vez. Se detuvo; en aquel punto, el sendero que seguían terminaba en una ciénaga.

Sin embargo, la brújula continuaba indicando el norte, incluso allí.

El joven elfo suspiró. Frente a sí sólo veía enormes hojas de nenúfares flotando en el agua gris y espesa.

Dio un paso y no tardó en oírse un croar siniestro, mientras extrañas ranas de espalda azul asomaban del agua.

Pavesa levantó la cabeza y miró al elfo.

—Sigo pensando que si los orcos van por el camino de tablas es por alguna razón. De esta manera corremos el riesgo de perdernos —dijo en voz baja pero firme.

—Tenemos que confiar en la brújula de Floridiana. Hasta ahora siempre nos ha guiado en la buena dirección —respondió Régulus en lugar de Sombrío, que seguía evitando los ojos de sus compañeros.

—Hay otro problema: las provisiones escasean y por aquí no hay nada de comer —añadió Spica.

—Las raíces comestibles son muy escasas. Os lo repito: volvamos —insistió Pavesa mirando a Sombrío esperanzada.

Pero el elfo permaneció en silencio; sacó de nuevo la brújula de su macuto y la escrutó con expresión taciturna, como si temiera la respuesta que iba a leer en ella: norte, una vez más.

—No podemos, ésta es la dirección —murmuró.

—No te entiendo… ¡Ni tú mismo estás convencido, pero de todos modos quieres seguir! ¿Acaso tienes miedo de tomar una decisión tú solo?

—¡No se trata de eso —estalló Sombrío, irritado—, sino de que es muy probable que, si vamos por el camino de los orcos, vayamos a parar directos a sus manos! ¡No sé vosotros, pero yo prefiero ahorrármelo!

Pavesa sintió una oleada de calor bajo las plumas.

—Ah, bien —replicó despechada—. ¡En cambio, si morimos aquí, habremos hecho una bonita contribución a la lucha contra las brujas! ¿Por qué me has traído de vuelta a este lugar si no te interesan mis consejos? Yo por mí no habría venido…

La expresión de Sombrío se endureció.

—Te necesitamos. Estoy seguro de que sabes muchas cosas que nos resultarán útiles… Pero, por lo que respecta al camino, tenemos que guiarnos por la brújula. Es la única decisión de la que estoy seguro.

—¡Pues mira adonde nos ha traído tu brújula! ¡A un punto muerto! ¿Y ahora? — replicó la oca.

—Tal vez deberíamos tomar el otro lado de la bifurcación… —propuso Régulus.

—O puede que nuestro camino sea… ¡ése! —exclamó Spica, señalando la ciénaga que se extendía frente a ellos—, ¡los nenúfares!

—¿Los nenúfares? —repitió Robinia.

Fósforo gruñó y saltó al hombro de Sombrío para poder escudriñar hasta más lejos con sus ojos amarillos.

—Exacto. Son bastante grandes, quizá puedan sostenernos de uno en uno; al menos el tiempo necesario para pasar de una hoja a otra.

—¡¿No estaréis pensando seriamente en caminar por encima de ellos?! —Se asombró Pavesa.

—¿Por qué no? —sonrió Spica—. En una vieja historia transmitida por los elfos de río se habla de un palacio real que se alza sobre una isla, y al que sólo se puede llegar por un camino de nenúfares.

—Pero ¡eso es sólo un cuento! —exclamó Robinia.

—Bueno, mañana por la mañana lo veremos. Por hoy, ya hemos caminado bastante. Hagamos un alto aquí propuso Sombrío.

Luego le sonrió a Spica y ayudó a los demás a encender una pequeña hoguera.

La noche cayó enseguida; pronto, los chicos se encontraron rodeados por la oscuridad y se acomodaron delante del fuego, pálidos, sin fuerzas para hablar, cada uno absorto en sus pensamientos.

Y mientras esperaban, intranquilos, a que transcurriera la noche, cada sonido parecía esconder una oscura amenaza.