El bucle infinito

Isabel Martín · Capítulo 12 de 41

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El bucle infinito

Capítulo 11

11

 

Lo primero que me sorprendió al entrar en Salamanca fue el bullicio. Pudiera parecer extraño que a alguien acostumbrado al ruido de una ciudad del siglo XXI le abrumara la cacofonía, el jaleo anárquico de aquellas calles plagadas de gente que iba y venía como en una romería enloquecida, pero así fue. Era un galimatías de gritos, imprecaciones, risas descontroladas, juramentos, ruedas de carros contra el empedrado, cascos de caballos… Estaba claro que la gente iba a atemperar sus maneras durante los próximos quinientos años. O quizá los ruidos eran distintos, las voces tenían otra resonancia, los diálogos eran más vociferantes. Parecía una discusión de sordos que compitieran por hacerse oír. Todo se decía con aspavientos. Me recordó un viaje que hice por Marruecos en mis años de universidad. En los zocos marroquíes me sentí agredido por los gritos de los comerciantes, por la intensidad de sus reclamos, por la cercanía de sus cuerpos, acostumbrado como estaba a la asepsia de las relaciones con mis compañeros y mis amigos. Así era Salamanca en 1543, una especie de casba inmensa donde todos se comunicaban a base de exclamaciones y encontronazos.

El trazado de la ciudad era muy distinto a como lo recordaba: una impresionante ciudad renacentista, Patrimonio de la Humanidad, de piedras doradas y magnífica iluminación nocturna. Las calles eran mucho más estrechas; las viviendas, más miserables. Había bastantes palacios, sí, y casas de buena planta, y también muchas viviendas de adobe de dos o tres pisos que parecían mantenerse en pie por pura voluntad.

Por mi parte, tras aquella noche con Julia, seguía en un estado de estupidez agridulce. No era así en su caso. Parecía como si nada hubiera pasado. Durante la noche había vuelto a su habitación mientras yo dormía y al día siguiente se comportó conmigo con la misma familiaridad desapegada de siempre. En mi primer intento de acercamiento me dejó muy claro que todo había sido un espejismo.

—Miguel, no quiero que te hagas una idea que no es. Lo de anoche fue sorprendente, desde luego, pero prefiero que todo quede como estaba. Tenemos una tarea muy difícil. No debemos complicarla más con tonterías sentimentales.

En voz alta me mostré tan pragmático como ella. Tenía toda la razón, menudo jaleo se montaría si dos hermanos fueran pillados in fraganti.

—Como poco, la hoguera —dije con una risa que intenté que fuera creíble —. Hay que enfocar todos nuestros esfuerzos en conseguir volver. Ya habrá tiempo, entonces, para jueguecitos amorosos.

Julia hizo un levantamiento de cejas que interpreté como cierto escepticismo ante mis últimas palabras y no dijo nada, lo que le agradecí.

De puertas para adentro estaba hecho polvo. Me había montado la película de la pareja feliz en busca de aventuras y me había dado de bruces contra la realidad juliana. Me sentía como un pringado que recibe sexo por compasión, un imbécil ingenuo al que le habían dado con la puerta en las narices después de vislumbrar un trozo de paraíso. Muy bien, si así estaban las cosas, yo no iba a rogarle. Me tragaría mis sentimientos como lo había hecho hasta entonces, aunque esta vez sin la esperanza de que la situación pudiera llegar a cambiar.

En una cosa Julia tenía razón: nos esperaba una tarea muy difícil. No iba a tener tiempo de lamentaciones y «tonterías sentimentales», como ella había dicho con su tacto habitual. Me conformaría con atesorar aquella noche como un recuerdo que, esperaba, iría difuminándose hasta ser una vaga memoria de algo que pasó.

Entramos en Salamanca por el puente romano en el carruaje de nuestros benefactores, una especie de cajón oscuro con duros asientos de madera y dos ventanillas a los lados que apenas dejaban entrar algo de luz. Por el ventanuco de mi lado vi en lo alto las siluetas de las dos catedrales, una de ellas aún en construcción. Era sorprendente poder contemplar la torre románica de la catedral vieja, la auténtica, tan esbelta y austera. Nada que ver con esa mole enorme que habían construido, que construirían a su alrededor para paliar los desperfectos ocasionados por el terremoto de Lisboa un siglo después. Estaba descubriendo la Historia en vivo y eso me producía una exaltación que ni los desplantes de Julia podían menoscabar.

Íbamos un poco apretujados entre el pestilente corpachón de Baldomero y las pestilentes sayas de doña Casilda, por no hablar de sus pestilentes hijos, que saltaban de un lugar a otro excitados por el viaje. Al menor lo habíamos conocido al día siguiente de nuestra llegada. Era un niño de unos dos años, que en aquel momento lloraba a moco tendido en el regazo de su madre, mientras esta intentaba acallarlo ofreciéndole una castaña asada.

El calor era excesivo para la época o quizá era la falta de aire en aquel cubículo estrecho y aromatizado por los mencionados efluvios, a los que se añadía el olor a meados del niño pequeño, que, al parecer, aún se orinaba encima sin que aquello pareciera molestar a nadie. Los dos criados que acompañaban la comitiva tenían mejor suerte, pues iban junto al cochero, sentados al aire libre sin tener que soportar el ambiente cargado del interior del carruaje.

A pesar de las molestias, el viaje había sido muy fructífero. Tanto, que incluso nos sirvió para encontrar empleo.

—Don Baldomero —dije cuando nos acercábamos a Salamanca y nos propuso pernoctar en su casa—, habéis sido amable en exceso conmigo y con mi hermana. No podemos seguir abusando de vuestra amabilidad.

Él sacudió la mano quitando importancia a mis palabras.

—Sandeces, señor. Hemos hecho lo que cualquier buen cristiano haría. Y aún he de serviros para algo más, si me lo permitís. Por vuestras palabras he creído entender que os encontráis en una situación extrema. ¿Qué pensáis hacer sin dinero, sin caballos, sin las cartas de crédito que también os robaron?

—Había pensado buscar un empleo de preceptor. Creo que con mis conocimientos no me sería difícil conseguirlo.

—¡Ajá! Es lo que suponía. Estoy muy satisfecho de poder ofreceros una ocupación.

—¿Con vuestros hijos? —Esos mastuerzos, desde luego, necesitaban alguien que los puliese.

—No, no, mis hijos mayores ya saben todo lo que tienen que saber y el pequeño es demasiado niño aún. El mayor pronto se estrenará como paje del marqués de Casaquemada y, con el tiempo, se hará cargo de su herencia como primogénito. Los dos siguientes ingresarán en el cuartel uno y en el monasterio el otro, para comenzar sus carreras.

—¿Y vuestra hija? —preguntó Julia.

Don Baldomero la miró como si le hubieran preguntado por el destino de su gato.

—Mi hija está prometida con el barón de Castro Andrade.

—¡Si no tiene ni doce años!

—Disculpad a mi hermana, don Baldomero —dije mientras miraba a Julia intentando trasmitirle que se callara—, ha vivido muy retirada del mundo y a veces no entiende de costumbres sociales.

—Estamos muy orgullosos de este enlace —intervino doña Casilda—. El barón posee grandes fincas en la Extremadura.

Julia abrió la boca para hablar y le di un pellizco de advertencia. Tomó nota y permaneció en silencio, para tranquilidad de todos.

—Volviendo a lo que nos ocupaba, don Miguel —siguió nuestro compañero de viaje—, creo que estoy en disposición de aseguraros un empleo en el palacio de mi primo, don Álvaro de Andrade y Mendoza, conde de Pimentel. Desde hace un tiempo, el conde anda buscando un preceptor para su único hijo, un muchacho de alto ingenio que está llamado a grandes empresas como heredero del condado. Ya os dije que no podíais haber llegado en mejor momento. Su antiguo ayo murió hace poco, coceado por un caballo en una montería, y, desde entonces, mi primo busca alguien que sustituya sus buenos haceres.

—Os agradezco mucho vuestro interés, don Baldomero, mas temo no estar preparado para señor tan ilustre.

—Fruslerías, señor. Un preceptor extranjero y de tan lejano país será sin duda del agrado de mi primo, que aquí, entre nos, peca de cierta afectación debido a la gran estima que le otorga don Carlos, nuestro rey y señor.

Acepté el ofrecimiento con alguna muestra más de modestia. Lo cierto es que aquello nos situaba en una posición inmejorable para entablar relación con personajes ilustres de la época y, por extensión, esperaba que con ese misterioso Salinas que aparecía en la tablilla de barro. Las cosas no podían ir mejor.

—¡Qué buen escenario! —dijo don Baldomero cuando comenzamos a transitar por las calles salmantinas—. Vive Dios que ya se huele el próximo enlace. Nunca había visto una tal multitud.

—Sí se huele, sí —dije yo.

—Os alojaréis en nuestra vivienda —dijo doña Casilda— y mañana mi esposo os acompañará al palacio del conde.

—Nada os he comentado aún de la ocupación que tengo pensada para vuestra señora hermana —siguió Don Baldomero, cual eficiente empleado del INEM. Nunca hubiera imaginado lo fácil que era encontrar trabajo en el siglo XVI—. Los condes tienen, para su pesar, tres hijas casaderas y creo que vuestra hermana podría muy bien convertirse en su dueña, aunque he de hablarlo primero con la señora condesa. Así ambos podríais vivir bajo el mismo techo.

—No sé cómo cumplir tantas bondades, mi señor. Os estaré eternamente agradecido.

—Pamplinas. No es tan sencillo encontrar por aquí una mujer de tan grandes dotes como doña Julia. Su belleza, su elegancia y sus saberes harán las delicias de la duquesa, que, entre nos, también sufre de la misma afectación que su señor esposo. Nada le gustará más que contar a su servicio con la viuda de un afamado científico. Y sueca, para más abundancia de virtudes.

 

El palacio del conde era un edificio renacentista fabricado en la maravillosa piedra dorada que aún daría color a la ciudad tantos siglos después. Parecía una especie de maqueta cinematográfica. Los adornos almohadillados, los medallones y escudos, las columnas y capiteles y las pilastras decoradas con el bello encaje del plateresco no mostraban ningún deterioro, ningún desgaste; todo era reciente, demasiado perfecto. Me quedé pasmado, contemplando la magnífica fachada.

—Veo que admiráis el lugar.

—Nunca había visto un palacio tan nuevo.

—¿Nuevo?

—Excusadme. Bello, quise decir. En ocasiones, confundo las palabras.

—Imagino que allá por el norte no disfrutáis de un arte tal.

—Desde la conversión del rey Gustavo Vasar se dejaron de construir mansiones aristocráticas. Ahora, el país está sembrado de castillos que más bien son fortalezas. Nada comparable con la hermosura de estos palacios.

—Este fue construido por el obispo Fonseca, un gran hombre. A su muerte, pasó a manos de mi primo, el conde. Entremos de una vez, no hagamos esperar a su señoría.

Había dormido solo, claro, y después de una noche insomne me había levantado con el ánimo alicaído, aunque mostré un entusiasmo con el que conseguí engañar a Julia. Todo era fantástico, habíamos caído de pie, íbamos a conocer a uno de los hombres importantes del momento, amigo, nada menos, que del gran Carlos V. Qué más se podía pedir.

Después de deambular por unas estancias decoradas por grandes tapices y alfombras, en las que, sin embargo, había pocos muebles, fuimos introducidos en lo que debía de ser el despacho del conde. Me recordó mucho a la consulta del pediatra de mi infancia, que siempre me había producido pesadillas. La evocación iba asociada a las ganas de orinar, unas ganas que en varias ocasiones no había podido contener frente a aquel hombre de bata blanca que me aterrorizaba. Qué recuerdo más inoportuno, pensé mientras apretaba los esfínteres.

Era un lugar oscuro, con grandes sillones de madera y cuero, una mesa de despacho de patas torneadas maciza y enorme, y varios bargueños con taracea de marfil y marquetería. Los cortinajes oscuros estaban descorridos y dejaban ver unas ventanas de cristales algo toscos que tamizaban la luz de aquel día de otoño. Detrás de una mesa tan grande como una cama, se encontraba el personaje que, si todo iba bien, sería mi jefe a partir de aquel momento.

El conde era un tipo delgado y no demasiado alto, aunque estaba tan estirado que simulaba medir dos metros. Parecía recién salido de un cuadro de El Greco. De facciones algo toscas, grandes bigotes y barba puntiaguda, ojos pequeños y mejillas hundidas, su cara era tan siniestra como su ropa. Llevaba una lechuguilla pequeña como remate de un jubón negro, muy ajustado, que tenía toda la pinta de ser incomodísimo. La lechuguilla era un signo de alcurnia, por lo que esperaba no tener que someterme nunca a tal tortura. Si era incapaz de aguantar una corbata del siglo XXI, no podía suponer cómo sería llevar el cuello ahogado por una moda tan absurda.

El conde no se levantó ni nos invitó a sentarnos.

—Querido primo, me alegro de veros —dijo en un tono tan lánguido que más parecía que le habíamos levantado de la cama—. Por vuestro mensaje he creído entender que tenéis algo que ofrecerme.

—Mi buen primo, os traigo la solución a vuestros problemas.

—¡Pardiez! —El conde soltó una carcajada desganada—. ¿Habéis descubierto cómo acabar con la expansión otomana en el Mediterráneo o con la plaga de cochinilla de mis tierras de León?

Don Baldomero no pareció amilanarse por la ironía de su primo.

—Os presento al mejor preceptor que pudierais encontrar para vuestro hijo.

—Algo me habéis informado en vuestro billete. De ser verdad la mitad de lo que mi buen primo habla de vos —me dirigió una displicente mirada de reojo—, debería sentirme afortunado de teneros a mi servicio.

—Don Baldomero es muy generoso, excelencia. —No sabía muy bien como dirigirme al conde, pero supuse que cuanto más elevado el tratamiento, mejor sería recibido—. Es cierto que poseo conocimientos humanistas y que he sido discípulo del gran Erasmo. Sería un honor para mí ofrecer estos saberes en la educación de vuestro hijo.

—Mi heredero está llamado a ser alguien importante en la corte. Ha de recibir la educación más elevada. Soy un hombre de mi tiempo y considero que un noble debe cuidar su instrucción, no solo en las armas y las reglas cortesanas, sino en el conocimiento de las cosas modernas y en el estudio de las antiguas, como bien dice el gran sabio Maquiavelo.

—Veo que vos también sois hombre de letras. —No hay nada mejor para llegar al corazón de un hombre que una buena dosis de adulación.

—Me gusta estar informado. —Hizo una mueca que podría considerarse sonrisa—. Un noble que, como yo, goza de la amistad de don Carlos, nuestro rey y señor, debe estar al tanto de todo.

Noté de reojo cómo don Baldomero levantaba una ceja como diciendo «¿Lo veis?».

—Vivimos tiempos de cambios y novedades sin fin —siguió el conde—. El mundo se ha hecho amplio y confuso. Deseo que mi hijo aprenda a desenvolverse en este nuevo mundo con los mejores pertrechos que pueda ofrecer una buena educación.

—No puedo estar más de acuerdo con vos, señor. Y estoy a vuestra disposición para intentar cumplir vuestros deseos.

—Os presentaré a mi hijo. Tratadlo con la obediencia y el respeto debidos. El que seáis su preceptor no quiere decir que no seáis también su sirviente. No sé qué se cuece por vuestras tierras, mas aquí no permitimos familiaridades entre el servicio y sus señores. Tenedlo siempre en cuenta.

 

Nos instalamos, pues, en el palacio Fonseca, o Casa de las Muertes, como se conocía por las calaveras que adornaban los balcones del primer piso. Julia había conseguido el puesto de dueña de las tres hijas de los condes y ambos fuimos recibidos con cortesía por el resto de la servidumbre del palacio y con condescendencia por parte de nuestros señores. En una época donde las clases sociales estaban marcadas a fuego sin las ambigüedades que existirían siglos después, nosotros nos situábamos en el grupo de sirvientes con privilegios, pero sirvientes, al fin y al cabo.

Como era de esperar, el primogénito, mi alumno, resultó repelente. Tenía doce años y una altanería digna de un adulto. Era tan escuchimizado como su padre y caminaba tan tieso como él. Todo un mini conde consciente de su importancia y su futuro como grande de España. Cuando le conocí, me adelantó la mano para que se la besara y para ello, dada mi altura, tuve que doblarme como un camarero japonés. Al inclinarme, noté que la mano le olía raro. Después me di cuenta de que tenía el tic de pasarse el dorso por la nariz, lo que le había dejado una película seca de mocos en el mismo lugar donde tuve que acercar la boca con todo el asco del mundo. Junto a él, un muchachito algo mayor, vestido como un criado, por fortuna para él, me dirigió una mirada aviesa mientras se escondía detrás de su señor. Al principio, no entendí esa enemistad hacia mí, ya que acababa de conocerle. Tras la primera clase todo quedó claro. Yo sabía que los monarcas tenían la sana costumbre de educarse junto a un pobre desgraciado que se llevaba los palos de su señor cuando este no se sabía la lección. Creía que aquello era una práctica poco extendida, pero tuve la gran suerte de sufrirla.

Mi incapacidad para propinar una paliza, o ni siquiera un pescozón, a alguien que no había hecho nada por merecerlo me restaba autoridad y no quería que eso llegara a oídos del conde. Así que decidí adaptar el sistema a mi conveniencia. En lugar de golpear, castigaba y premiaba. El premio, claro, era para don Jaimito, como yo lo llamaba para mí, y el castigo se lo llevaba Bartolillo, que para eso estaba el muchacho, aunque procuraba que fueran castigos que le aportaban más beneficios que inconvenientes. Por ejemplo, si don Jaimito hacía algo mal, situación harto frecuente, yo castigaba a Bartolillo a que se estudiara tal o cual lección. Así, mientras el amo no avanzaba demasiado, su sirviente se fue convirtiendo en todo un estudioso. El chaval era bastante despierto, mucho más que su señor, y aunque al principio no parecía recibir los castigos con demasiado gusto, al poco tiempo me di cuenta de que estaba deseando que don Jaimito se equivocara para poder echar mano de los libros que, de otra manera, le estaban vedados. No imaginaba entonces el fruto que sacaría Bartolillo de aquel aprendizaje.

 

Los primeros días de nuestra estancia en el palacio apenas pude ver a Julia. Me había contado su encuentro con la condesa, que no había sido muy diferente del mío con el conde. Antes de ser presentada, doña Casilda la había conducido a una sala donde le hizo cambiarse de ropa para ofrecer un aspecto más acorde con la importancia del momento. La propia doña Casilda se ofreció a ayudarla a vestirse.

—Esta ropa es un infierno —se quejó Julia cuando nos encontramos y me quedé mirándola como un imbécil—. La camisa es muy áspera, aunque supongo que las grandes damas llevarán tejidos más delicados. Además, esta especie de chaleco de una tela que no me imagino cómo será con treinta grados a la sombra y, luego encima, el jubón. Y nada menos que tres faldas, tres, una sobre la otra. ¿Para qué se necesitan tres faldas, por favor?

—Casi nada de lo que tiene que ver con la moda es necesario —dije—, pero estás muy guapa.

Era cierto. Me asombraba lo que la embellecía la ropa de esta época. En el siglo XXI, a pesar de sus ojos y su boca, Julia no destacaba especialmente por su belleza. Su aspecto era descuidado, anodino con su ropa oscura e informe y su eterna coleta. Y esta nueva indumentaria parecía haber sacado a la luz una mujer nueva, mucho más atractiva, más deseable; no para mí, que no podía desearla más, sino para el resto del mundo, lo que no dejaba de preocuparme. Como ya dije, parecía haber nacido para llevar esta ropa, por muy incómoda y absurda que le pareciera.

—Déjate de chorradas —dijo—. ¿Y qué me dices de los zapatos con esta suela de corcho?

—Te acostumbrarás. Espera a tener que ponerte una gorguera.

—Ni loca. La condesa llevaba una que parecía un platillo volante.

—¿Cómo es tu señora?

—¿Mi señora? No sé si voy a poder soportarla. Lleva el culo tan apretado que si le metieran carbón saldría un diamante. Casilda me contó mientras me ayudaba a vestirme que es de origen flamenco. Es muy rubia, de ojos azules y pálida como una muerta. Si no fuera tan tiesa podría ser incluso guapa. Supongo que lo fue de joven. Parece tener unos cuarenta años, aunque no puedes fiarte mucho de las apariencias. Por lo visto, la casaron con el conde cuando era casi una niña por indicación del rey, como compensación a su padre por no sé qué historias que no he entendido muy bien.

—En eso del carbón podéis hacer muy buenas migas.

—Si quieres decir que no me gustan las tonterías, de acuerdo. Pero puedo ser tan divertida y tan graciosa como la que más.

—Sí, desde que te conozco no paro de reírme —dije—. Entonces ¿te has ganado el puesto?

—¿Acaso lo dudabas? Aunque a ti no te lo parezca, soy encantadora. Mi hechizo natural y mi acento sueco han sido irresistibles.

—Por cierto, ¿de dónde te sacaste el nombre de tu difunto marido?

—Me vino a la cabeza en ese momento. Es el único científico sueco de esta época que me suena. Creo que aún tardará en nacer unos años; no creo que nadie lo compruebe. —Luego siguió—: Mientras esperaba a que me recibiera la condesa, estuve contemplando los tapices de la sala. Es sorprendente lo nuevo que está todo. Los colores de la lana y de la seda. En el más grande se veía una mujer de pelo largo y una mirada muy dulce, un ángel con las alas blancas en la espalda, que intentaba tranquilizar a un dragón de seis cabezas. Era un tapiz inmenso, de colores muy brillantes. Rojos, verdes, azules. Nunca había visto un tapiz con unos colores así.

—Estamos acostumbrados a ver estos tapices amarronados y bastante desvaídos. No puedo dejar de pensar que estos son imitaciones.

—Sí, doña Casilda se rio cuando me vio la cara y me contó que la condesa había posado para esa tabla, y que el tapiz se había confeccionado en un famoso taller de Bruselas, de un tal Pana no sé qué…

—¿Pannemaker?

—Eso. Cuando entré en la sala y vi a la condesa, pude comprobar el parecido, aunque la modelo del tapiz era mucho más joven.

—Parece que hemos caído entre la crème de la crème del momento.

—Y que lo digas. Cuando entré en el salón de recibo había varias mujeres sentadas y reclinadas en cojines en un estrado, como si fuera un escenario. Todas llevaban ropas suntuosas, de colores oscuros, con grandes collares de perlas y de oro que les cubrían toda la delantera. Daban un poco de miedo, mirando así, con esa altivez.

—Sí que debe de ser temible la condesa para que te diera miedo.

—Con decirte que me salió hasta una reverencia casi sin darme cuenta. Todas me miraban como si estuvieran en un zoo y yo fuera un ejemplar exótico que nunca hubieran visto.

—Una armadilla.

—Ja.

—Bueno, entonces ¿serás la dueña de sus hijas?

—Sí, también estaban allí. Son bastante guapas, pero mudas.

—Pues habrán salido a la madre, porque el padre es como un renacuajo vestido de terciopelo.

—Se parecen bastante a ella, sí, aunque no son tan rubias. Tienen trece, quince y diecisiete años. Aurora, Elvira y Mencía. No se dignaron a dirigirme la palabra o, a lo mejor, es que no se les permite. Cualquiera sabe. La mayor parece más lista que las otras, no sé. Ya te iré contando. No creo que puedas verlas mucho porque parece que apenas salen, solo a misa, a los toros y a las procesiones cuando las hay.

—En esta época, afortunadamente para ellas, hay mucho de eso. Tanto de misas como de fiestas. Ya sabes, el pan y el circo. Creo que veremos muchas corridas de toros y muchos saltimbanquis. Todo relacionado con las fiestas religiosas, aunque con mucha jarana.

—¿Has conseguido saber algo de Salinas?

—Aún no. Empezaré a hacer averiguaciones discretas en cuanto me sienta más seguro.

—Es como si estas tres faldas fueran unos grilletes que me tuvieran prisionera. Quiero salir y conocer todo esto y ayudarte a buscar a ese hombre. Me parece que lo único que se me va a permitir es rezar y bordar, y no sé hacer ninguna de las dos cosas.

—Paciencia. Y en cuanto a lo de rezar, no te lo tomes a broma. Estamos en una sociedad fanática e intransigente. No se permite ninguna desviación de la regla, y menos si eres una mujer. Trata de no dar el cante, por favor, sigue las normas y, sobre todo, intenta no ser tú misma.

Julia me miró con fastidio. Yo sabía que era lo suficientemente inteligente como para ser consciente de lo que se jugaba, pero confiaba menos en su carácter que en su inteligencia. Teníamos que interiorizar en lo más profundo de nosotros mismos que no solo estábamos en una época distinta, sino muy peligrosa, sobre todo para dos personas acostumbradas a decir en voz alta sus opiniones sin miedo a ser quemadas en la hoguera.