El bucle infinito
Capítulo 23
23
Le seguí hasta sus aposentos. Ninguno habló por el camino. Yo, porque tenía la lengua de lija y él, supongo, porque debía tener la cabeza ocupada en el asunto por el que me había requerido. Aún no sabía qué contestar a la pregunta que me haría, así que decidí seguir mis impulsos. Diría lo primero que me viniera a la cabeza.
Su dormitorio era mucho más lujoso que el mío. Cama con dosel de madera labrada, dos arcones, un bargueño taraceado en marfil, una mesa y dos butacones de cuero. En ellos nos sentamos. En el suelo, un gran brasero de bronce despedía cierto calor, pero la habitación estaba congelada, o era yo, que no tenía ya sangre en las venas. A los pocos segundos apareció un criado con una jarra de vino y dos copas. Lo dejó todo encima de la mesa y desapareció con una reverencia.
Salinas sirvió el vino y se recostó contra el respaldo de su asiento con su copa en la mano, como el que se dispone a pasar un largo rato de charla. Yo, sin embargo, respiré hondo y me bebí la copa de un trago. Estaba sentado en el borde de la butaca, dispuesto a salir corriendo a las primeras de cambio. La luz gris de un día nuboso se colaba por los cristales del balcón y dejaba en penumbra el rostro marcado de Salinas.
—Alcanzo a entender que conocéis la razón de mi reclamo, señor.
—Creo conocerla.
—¿Y bien?
—Preferiría que fuerais vos quien dijera lo que deseáis de mí.
—Si es así como lo queréis, no tengo inconveniente en hacerlo.
—Os lo agradezco —dije por alargar lo más posible el momento.
Se inclinó hacia delante. Ya no parecía tan a sus anchas como hacía unos segundos.
—No dudo de que sabéis el afecto que profeso a vuestra hermana. Su belleza y, por qué no decirlo, su entendimiento, más allá que el de cualquier mujer que haya conocido, me han cautivado. Es por ello que…
—¿Deseáis pedirme su mano?
Mi interrupción pareció descolocarle. Se irguió.
—No es eso de lo que deseo hablaros. Soy un hombre de cierta fortuna y no debo cuentas a nadie. Vuestra hermana es una mujer viuda. No necesita de vuestra autorización para desposar.
—Es cierto, pero mi hermana y yo estamos muy unidos —dije con una sonrisa beatífica—. Ninguno haría nada que incomodara al otro.
—¿Es que acaso os incomodan nuestros amores?
—Me parecen ocultos en exceso. Si, como decís, no tenéis que rendir cuentas a nadie, no entiendo el misterio.
Eso pareció descolocarle aún más.
—Veo que vuestras costumbres difieren bastante de las nuestras. En este reino, la primera cualidad de una mujer no es la honestidad sino la vergüenza. Es más importante la forma que la propia decencia. Nunca haría nada que pudiera dañar la honra de vuestra hermana.
—Salvo acudir con ella a cierta vivienda del arrabal, donde se os ha visto entrar a ambos a altas horas de la noche.
Siempre creí que eso de quedarse blanco como el papel era una hipérbole literaria. No fue el caso. Salinas perdió todo el color como si le hubieran sorbido la sangre con una jeringuilla. Se levantó tan rápido que se le derramó la copa y se manchó su pintón coleto de terciopelo.
—Yo os aseguro… os aseguro que…
Por primera vez tenía a aquel fatuo contra las cuerdas. Una pequeña victoria que solo me dejó amargor en la boca.
—No sigáis, señor. Como bien habéis dicho, mi hermana es viuda y libre de elegir a sus amantes.
Entonces, la palidez dio paso a un enrojecimiento tal que temí que le diera un ictus.
—¿Amantes? ¿Amantes, decís?
—Amantes, digo. Si mi hermana se ha encaprichado ahora con vos, no seré yo quien se lo impida.
Me levanté antes de que se repusiera de la sorpresa.
—Si es eso lo que queríais decirme, dicho queda. Podéis seguir con vuestros amoríos. Tenéis mi bendición.
Salí disparado, rezando a todos los dioses para que su pasmo me diera un poco de cuartelillo. Casi había llegado a la puerta cuando su voz me detuvo. Le había infravalorado.
—¡Aguardad! Aún no hemos hablado de la cuestión por la que os he requerido.
Suspiré y me di la vuelta.
—Pues hablemos. Aunque no imagino qué otra cosa podemos tener vos y yo en común.
—Esto es muy difícil para mí…
—¿Más que mantener con mi hermana una relación contraria a los mandamientos de la Iglesia?
—¡Callad de una vez y dejadme hablar! —gritó y dio un puñetazo en el brazo de la butaca.
Ya no iba a poder seguir desbarrando. Así que me senté, resignado a lo que viniera.
—Iré al asunto antes de que volváis a enredarme con vuestro parloteo. — Levantó la mano cuando vio que yo abría la boca—. Ni una palabra más.
Se puso en pie y comenzó a caminar de un lado a otro de la estancia sin mirarme a la cara.
—Vuestra hermana me confió hace unos días un sinsentido que, he de confesar, me ofuscó las entendederas. —Se paró frente a mí y me miró con fijeza—. Asegura que sois viajeros del futuro, de un tiempo alejado de este unos quinientos años. Asegura que…
Me eché a reír. Reí mientras Salinas me miraba con cara de pasmo. La risa trajo tos y la tos más risa y esta, más tos. Era un ataque de nervios en toda regla. Salinas me ofreció un vaso de vino que bebí con ansia. Estaba agotado, pero, gracias a la risa, se me ocurrió una idea.
—Así que lo ha vuelto a hacer —dije entre jadeos—. Creí que ya lo habría olvidado.
—No os entiendo.
—Julia tiene una imaginación prodigiosa. Sabéis que su esposo era un importante científico, y también un visionario. Entre ambos dieron en pensar toda clase de ideas enloquecidas. Una de ellas era viajar en el tiempo, no me preguntéis cómo. No era brujería ni magia, os lo aseguro. Solo fruslerías científicas que les mantenían entretenidos mientras llevaban a puerto sus investigaciones más serias.
—Pero parece creerlo —farfulló Salinas aún más descolocado.
—En cierta manera es así. Pensad que Julia amaba mucho a su esposo. Cuando murió quedó desconsolada. Supongo que hablar de las locuras que inventaron juntos le hace seguir unida a él. Creí que habría olvidado esas ideas, pero parece que no es así. Imagino que, al ser vos también científico, le han vuelto a la mente aquellos tiempos. Debéis perdonarme, don Juan, creí que seríais uno de tantos, pero si Julia os ha contado su desatino es que os tiene en gran estima.
Según iba hablando, Salinas era un mapa de emociones contradictorias. Primero pareció desconcertado; luego, cuando hablé de «los otros tantos», volvió a palidecer y después, al hablar de la estima que al parecer le tenía Julia, se hinchó como un pavo.
—Mi hermana no está loca. —Tenía que dejar esto muy claro—. Solo es imaginativa, fantasiosa, si es así como se dice en castellano. Os recomendaría que le siguierais la fábula. Eso le hará mucho bien y la unirá a vos más que cualquier lisonja.
No lo podía creer. Había salido airoso de aquel trance. Me despedí de Salinas, todo sonrisas, mientras él apenas se daba cuenta de que me marchaba. Parecía en trance. Supongo que tenía muchas cosas en las que pensar.
Busqué a Julia. Necesitaba verla cuanto antes, tenía que contarle lo que había pasado para decidir entre ambos cómo continuar. Era probable que, si Salinas creía que Julia estaba medio chiflada, se negara a seguir compartiendo con ella el estudio del libro de Flamel. Esperaba que fuera lo suficientemente persuasiva para convencerlo de lo contrario, aunque me negaba a imaginar las artes que utilizaría para ello. Temía, por otra parte, que con mis palabras los hubiera acercado más que nunca, pero a estas alturas no podía sino resignarme. Era la única manera de mantener a Julia a salvo. Y, por extensión, a mí mismo.
La encontré en el sótano destilando no sé qué cosa que olía a demonios. Por fortuna estaba sola. Sin mediar palabra me la llevé al rincón más discreto de la botica.
—¿Has hablado con Juan? —me preguntó agarrándome con fuerza del brazo.
—Me parece que he hablado con todo bicho viviente de este palacio. Y todos parecen haberse puesto de acuerdo en hacernos la vida imposible.
—¿Qué ha pasado?
—Dirás qué no ha pasado. Primero, el señor obispo, don Diego de Covarrubias, me ha asegurado que te han visto cometiendo actos satánicos por los desmontes de la ciudad.
Julia abrió los ojos y la boca.
—Déjame terminar. Después, tu querida pupila me ha confesado haber hecho correr ese bulo para que comprendas que es todopoderosa y que puede destrozarte la vida cuando quiera si no dejas en paz a Salinas.
—¡Será… puta!
—Y que lo digas. Para fin de fiesta, he conseguido que tu caballero andante acepte que esa historia del viaje en el tiempo solo es un intento por recordar los maravillosos días pasados con tu esposo el científico.
—¿Por qué has hecho eso? Ahora no confiará en mí.
—Sí que lo hará. Le he dicho que si le has contado eso es porque le adoras y le tienes en un pedestal. También le he pedido que te siga la corriente. Le he asegurado que no estás loca, como él pensaba, sino nostálgica de tiempos pasados. Y que le estimas tanto que has querido compartir con él la emoción que sentías investigando con tu marido.
—¿Y de dónde te has sacado toda esa historia?
—De la desesperación, supongo.
—Eres una caja de sorpresas —dijo sonriendo, aunque enseguida se puso seria—. ¡Ay, Dios! ¿Y qué vamos a hacer con Mencía y el obispo?
—Haces bien en invocar a Dios. Como no nos envíe un rayo salvador, no sé cómo vamos a salir de esta.
—No puedo dejar de ver a Juan. Incluso aunque rompiéramos nuestra relación, tenemos que seguir investigando el libro.
—Lo sé. La única solución que veo para intentar arreglarlo es que te arrodilles a los pies de Mencía, te humilles, llores, te rasgues las vestiduras y le asegures que nunca has querido hacerle daño, que Salinas la adora y que tú solo tienes un interés científico. Tampoco estaría de más que el propio Salinas confirmara lo que le digas.
—¿Estás loco? No voy a hacer algo así.
—Sí, ya me imaginaba que dirías eso. —La agarré por los hombros con fuerza y la miré a los ojos—. Escucha bien lo que te voy a decir. El obispo puede hacer contigo lo que quiera. Aquí no valen leyes. Estamos solos en esto. Puedes acabar en las mazmorras de la Inquisición y no tienes la menor idea de lo que eso significa. En el mejor de los casos, la tortura y la cárcel. En el peor, la muerte.
Se quedó callada, lo que, en Julia, era un triunfo. Por fin había conseguido asustarla. Solo esperaba que ese miedo le durara lo suficiente como para superar su orgullo y pedirle perdón a Mencía de todas las formas posibles.
—Nos iremos de aquí. Con tu Salinas, si eso es lo que quieres, pero tenemos que marcharnos cuanto antes. Esa niña es muy peligrosa. Incluso en el caso de que ahora se eche atrás, no podrás confiar nunca en ella. Mientras arreglamos todo para irnos, tienes que hacer lo que te he dicho. Hay que ganar tiempo como sea.
Julia asintió sin decir una palabra. Tenía los ojos muy abiertos, respiraba con rapidez. Parecía realmente asustada, lo que me alegró. Quizá aún podríamos salir con bien de este asunto. Todo había sido muy fácil desde nuestra llegada. Tan fácil y tan rodado que habíamos menospreciado la realidad. Nuestra vida no era una película ni un videojuego donde éramos los héroes de una aventura histórica. Estábamos prisioneros de este tiempo, de sus reglas y sus miserias y no había ninguna tecla de escape para cuando el juego se pusiera peligroso.
Al día siguiente, pasé la tarde buscando un carruaje que pudiéramos alquilar para nuestra huida. No era nada fácil con el trasiego constante que se vivía en la ciudad, y más en aquellas fiestas. También fui a despedirme de Asia.
—Os añoraré mucho —me dijo, y me echó los brazos al cuello.
Había tenido que utilizar toda mi persuasión para que nuestra despedida no terminara en la cama. No tenía el cuerpo yo para retozos.
—Sois el amante más extraño que he tenido nunca. Y lo digo como alabanza. Cuando volváis, venid a buscadme. Espero que, para entonces, me encontréis en una vivienda más lujosa.
Al llegar al palacio, helado hasta los huesos, decidí tomarme un caldo en la cocina. Era el único rincón donde no hacía un frío polar. En el portal, los lacayos me miraron de reojo cuando pasé a su lado y se pusieron a cuchichear a mis espaldas. En la cocina había un alboroto mayor de lo habitual. Todos hablaban a la vez mientras hacían las labores de la casa. Tres chiquillos haraganeaban junto al fuego jugando a las tabas, un paje limpiaba los arreos de las caballerías, dos mujeres pelaban los faisanes de la cena y llenaban todo de plumas y otras dos mezclaban una gran cantidad de harina y agua en una artesa, remangadas y sudorosas sobre la masa de pan.
—¡Válgame el cielo! ¡Cómo gritaban! —dijo en ese momento la doncella de Mencía, que remendaba medias en un rincón.
—Tampoco es eso nuevo en el palacio —respondió la cocinera, una mujer muy delgada, de cejas espesas y a la que le faltaban varios dientes—. Vuestra ama es bien dada a los excesos.
—Bien dices, pero de habitual es ella la que grita y los demás callamos.
—Pues en esta ocasión ha encontrado una buena rival.
—Y tanto —dijo un lacayo—. Doña Julia gritaba incluso más que ella.
Me quedé de piedra. Para variar, Julia no me había hecho caso o, al menos, no todo el caso necesario. Estaba claro que ni se había humillado ni rasgado las vestiduras como le había suplicado que hiciera. Maldije en voz baja. Al verme, la cocinera se encaró conmigo.
—¿Vos no sabéis a qué la pelea?
—¿Yo? Acabo de entrar por la puerta. —Me encogí de hombros—. No sé nada. ¿De qué pelea habláis?
—Mi señora está celosa de doña Julia —afirmó la doncella de Mencía—. No os ofusquéis, don Miguel, pero vuestra hermana tiene tratos demasiado íntimos con don Juan. Y a estas alturas todos sabemos que doña Mencía bebe los vientos por ese pariente que ha salido sabe Dios de dónde. Ya sabía yo que esto no tendría buen arreglo.
Varios criados soltaron la carcajada y comenzaron a especular sobre la naturaleza de las relaciones entre Julia y Salinas, como si yo no estuviera delante, y sin dejar demasiado margen a la imaginación. Estaba a punto de intervenir para salvaguardar la honra de mi hermana cuando entró un hombre en la cocina.
Su cara me era familiar, pero no conseguí descubrir de qué le conocía hasta que se quitó el sombrero que le tapaba la cabeza. Esa melena lacia y grasienta era la misma que había visto un instante en la fiesta ofrecida al príncipe Felipe. Era el hombre que miró fijamente a Julia mientras hablaba con el obispo, el mismo que me había producido un vuelco en el estómago: la premonición de que algo malo iba a pasar. Ahí estaba él y lo malo ya estaba pasando. Aquel pájaro de mal agüero aparecía en el momento más inoportuno. Se acercó a la mesa y pidió algo de comer.
—¿Se puede saber quién sois vos? —preguntó la cocinera con los brazos en jarras.
—Pertenezco a la servidumbre de monseñor —dijo el hombre en susurros, como si estuviera en la iglesia.
—No os había visto antes por aquí. Creía que vuestro amo partía hoy mismo hacia Calahorra —repuso alguien.
—Las circunstancias han cambiado —susurró mientras me miraba fijamente—. Mi amo debe permanecer en Salamanca para solucionar ciertos asuntos.
Aquella mirada dejaba claro que yo tenía algo que ver con el cambio de planes. Buscaba intimidarme y vaya si lo consiguió. Para disimular el miedo, bebí un gran trago de la escudilla de caldo que tenía en la mano y me abrasé la lengua. Solté una maldición, lo que dibujó una tenue sonrisa en su cara siniestra.
—Pues sed bienvenido —dijo la cocinera sin darse cuenta de nada— y sentaos a la mesa. Aquí tenéis un buen trozo de tocino y una hogaza de pan, y no os faltará una jarra de vino para mojar el gaznate.
—¿A qué se debe el retraso del viaje? —preguntó el lacayo que limpiaba los arreos—. El mayordomo de vuestro amo me encargó ayer mismo que lo tuviera todo dispuesto para la marcha.
—Ni yo ni vos somos quienes para debatir las decisiones de su eminencia. —No apartaba la vista de mí—. Solo os diré que algo grave ha de ser para que monseñor posponga su labor pastoral.
Me escabullí de la cocina. No quería seguir oyendo a aquel enviado del infierno. Bastante tenía con enterarme de la pelea entre Mencía y Julia.
Cuando la encontré, hablaba con Salinas y ambos estaban acalorados. Al verme, se callaron. Salinas besó la mano de Julia, me saludó con una inclinación de cabeza y salió escopetado.
—Espero que vos la convenzáis —me dijo antes de abandonar la habitación.
—Supongo que ya te has enterado —Julia tenía un arañazo que le cruzaba la cara y el pelo un poco revuelto.
—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Cómo puedes ser tan inconsciente?
—Por favor. No empieces a regañarme tú también. No tienes ni idea de cómo es esa niña. Lo he intentado todo, de verdad. Le he pedido perdón, le he asegurado que Juan solo era mi maestro, que estábamos sumidos en una investigación muy importante y que nunca me quedaría a solas con él si ella me lo pedía. No me ha dejado terminar. Se ha puesto como una loca, me ha gritado que soy una mentirosa y una ramera. Yo no sabía por qué se ponía así. He intentado calmarla, pero solo he conseguido que se abalanzara sobre mí y me hiciera este arañazo. Entonces me he cabreado de verdad y le he dicho todo lo que pensaba: que era una pija mimada, aunque esto no creo que lo haya entendido; que nunca podría enamorar a un hombre como Juan porque tiene menos interés que una acelga; que tiene un carácter del demonio y que no hay Dios que la soporte. En fin, que hemos terminado a grito pelado.
—Hay que salir de aquí.
—¿Sabes por qué estaba tan furiosa conmigo? Porque Juan le acababa de confesar que me amaba. Al muy idiota no se le ha ocurrido otra cosa que intentar convencerla de que no se interpusiera entre nosotros.
—No me extraña que te haya arañado. Para ser un científico, tu Salinas es un poco corto de entendederas.
—Tal como están las cosas, quiere hablar con el conde cuanto antes para pedirle mi mano. Por lo visto, como soy su empleada, él es quien tiene que dar el visto bueno al matrimonio.
—¿Al matrimonio?
—Cree que esa es la única manera de escapar de la venganza de Mencía y la influencia del obispo. Al principio me ha parecido una locura, pero ahora creo que es lo único que podemos hacer. Nos casaremos y nos iremos a sus tierras de León. Los tres. Allí podremos seguir con el estudio del libro de Flamel.
Julia y Salinas casados. Era lo último que podía imaginar aquella mañana. Me sentía como si cayera por un precipicio, por una cascada de acontecimientos sobre los que no tenía ningún control. Julia y Salinas casados. La única manera de escapar de las maquinaciones de Mencía. Julia y Salinas casados. Era tan surrealista y probablemente tan inevitable que era incapaz de reaccionar.
—Aunque se me revuelvan las tripas al decirlo, creo que Salinas tiene razón.
Nos iríamos en cuanto el conde diera su permiso. No queríamos desaparecer como fugitivos. Teníamos que comportarnos con normalidad. Eso decidimos: ser cautos y actuar con corrección. Cautela y normalidad. La peor decisión que habíamos tomado en la vida.