El bucle infinito
Capítulo 38
38
No conozco palabras capaces de explicar la emoción de volver a ver el rostro de Julia, de besar sus labios, nada que refleje la incredulidad de sentirla entre mis brazos. En muchos aspectos, era igual a la Julia de diecisiete años atrás: brillante, entusiasta, cabezota, pero la madurez parecía haberle otorgado una calidez que antes no existía. Ese autismo emocional que a veces la alejaba del mundo se había esfumado. Creo que fuiste tú, hija, quien la hizo más humana, a pesar de no conocer tu verdadera identidad. O quizá era yo, capaz de ver en ella justo lo que yo había perdido con los años. En cualquier caso, fueron unas horas casi psicodélicas, como si hubiéramos tomado una droga que distorsionara la realidad, que alterara los sentidos.
La cripta, esa misma cripta a la que habíamos llegado desnudos y asustados casi diecisiete años atrás, volvió a acogernos. También nos quedamos desnudos, esta vez por voluntad propia. Y también estábamos algo asustados, asustados de la intensidad de nuestra excitación. Dicen que cuando alguien se encuentra entre la vida y la muerte, los sentidos se le agudizan, se extreman. Quizá eso fue lo que nos pasó. Nos aferramos el uno al otro como los cachorros se aferran a su madre. Nos arrancamos la ropa casi a mordiscos. Habíamos estado tan solos durante diecisiete años que no podíamos dejar de tocarnos.
Éramos más viejos y, en algunos aspectos, más sabios, y yo seguía igual de loco por ella. Ella…
—He tenido muchos años para arrepentirme de cómo te traté —me dijo después de los primeros besos—. Supongo que te sabía tan seguro que no me paré a pensar en cuánto te quería. Y te quería. Muchísimo. Fui tan idiota.
Algo se me aflojó por dentro. El caparazón que me envolvía desde hacía tanto tiempo, ese caparazón que había ido engordando día a día a golpe de espada y de soledad se resquebrajó como una tela vieja. ¡Julia me quería! Sentí caer los trozos inútiles de esa coraza y pude vislumbrar, allí en lo más profundo de mí mismo, a ese otro yo encerrado durante dieciséis años que volvía a ver la luz. ¡Me quería! No podía ser más feliz.
El cuerpo de Julia, sus pechos más llenos, más acogedores; sus caderas; sus labios, tan apetitosos como los recordaba; sus ojos, ribeteados de tiempo. Durante unas horas, todo se desdibujó. Durante unas horas, nada hubo a nuestro alrededor salvo nosotros. Ni siquiera tú, aún.
Hablamos sin parar y sin dejar de tocarnos. Teníamos tanto que decirnos. Mi historia ya la has leído. Ahora lo sabes todo sobre mí, más incluso que la propia Julia. A ella también le hablé de mis cicatrices, las internas y las externas, que recorrió con sus dedos y sus labios, aliviando un dolor de años.
No fui capaz, sin embargo, de hablarle de la muerte de Salinas, o, mejor dicho, del asesinato de Salinas; su homicidio, si quiero ser escrupuloso. No me preguntó por él. Y yo callé. Quizá en algún momento se lo diga, quizá incluso le deje leer este libro, en el que me abro en canal. Pero aún no. Con ella, fui de nuevo un cobarde. Temía tanto perderla si Salinas volvía a interponerse entre nosotros, que callé, que sigo callando.
Tampoco le hablé de ti durante aquellas primeras horas. Tenía que buscar la manera de decirle que nuestra hija no había muerto cuando ella creía y no supe cómo hacerlo hasta que fue la propia Julia quien te nombró.
Comimos pan y queso sentados en el camastro de la misma cripta que, cinco siglos después, sería una ruina a cielo abierto. Me había dado un vuelco el corazón al ver de nuevo las lentes y los espejos, casi idénticos a los que recordaba, aunque de aspecto mucho más tosco. Recordé las superficies pulidas, de circunferencia perfecta, enmarcadas por un perfil de acero, y las comparé con estas lentes deformes, algo opacas, sujetas por estructuras de palos y correas que parecían sacadas de la estética postapocalíptica de Mad Max.
En el centro del círculo, que ocupaba como dos tercios de la cripta, había un aparato distinto al láser que habíamos usado en el siglo XXI. Era un disco de oro de unos treinta centímetros de diámetro que giraba a velocidad constante y que Julia denominó «una versión adaptada del motor magnético de energía libre». Lo contemplé todo con mucho más entusiasmo que la primera vez que los vi. Entonces no sabía nada. Ahora era consciente de que estos artilugios eran nuestra tabla de salvación.
Ella había tenido una vida mucho más tranquila que la mía, pero no más aburrida. Consiguió descifrar el libro de Flamel y con ello la posibilidad de trasmutar los metales, lo que convirtió al arzobispo en un hombre muy rico.
—El proceso de trasmutación tiene mucho que ver con la física cuántica. En el fondo no es más que una electrolisis potenciada —me explicó, aunque no entendí una palabra—. Fue más complicado desentrañar todo el palabrerío alquímico que el propio proceso.
La riqueza creada por Julia permitió al arzobispo hacerse con la sede arzobispal de Valladolid y, por extensión, con el monasterio, además de otras muchas posesiones. Entre remesa y remesa de oro, ella misma terminó por fabricar las lentes y los espejos de la máquina, ya que nadie era capaz de hacerlo.
—¿Te acuerdas de que antes era un poco impaciente?
—Qué gran eufemismo.
—Pues ahora soy más flemática que un lama tibetano. ¿Sabes lo difícil que es construir lentes así con la tecnología de este siglo? Tuve que aprender a base de errores. Soplar, cortar, pulir, medir. Cada lente que ves ahí, cada espejo, es un trabajo de meses, de años. Acuérdate de lo poco que tardé en obtenerlos en casa. Aquí fue como subir una duna: cualquier descuido y tenía que empezar desde abajo.
—¿Cómo conseguiste instalar el laboratorio precisamente en esta ermita?
—Cuando comprendí que la máquina tenía que montarse en el mismo lugar que la que nos trajo hasta aquí convencí a Covarrubias. Utilicé su propio lenguaje: fuerzas telúricas, poderes sobrenaturales, lugares mágicos. —Se encogió de hombros—. Fue fácil.
—¿Por qué tenía que construirse en el mismo sitio?
Me cogió la cara entre las manos y me besó.
—En palabras que entienda un zoquete científico como tú, porque este es uno de los lados del agujero de gusano. El otro está en el siglo XXI. Sin uno de los dos, el viaje no puede realizarse.
—Siento engrandecer la imagen de mi ignorancia, pero cuando viajamos aquí este lado no existía.
—¡Claro que existía! Lo había abierto yo hacía quinientos años. Eso es lo alucinante. Es un bucle perfecto. Imposible y perfecto.
Estaba desentrenado. Llevaba diecisiete años sin pensar en algo mínimamente complejo. Comer, beber, matar, follar. Esos habían sido mis pensamientos habituales. Tenía que volver a convertirme en la persona que había sido, en un historiador de mente racional, pero me costaba. Casi podía sentir el chirriar de mi cerebro, como un mecanismo mohoso que se ponía en marcha para pensar.
—Tú fíate de mí. —Julia pareció comprender mi desconcierto, algo que la Julia antigua nunca hubiera hecho—. Este es el único lugar donde puede hacerse.
—¿Quieres decir que, si la máquina no se activara ahora, en este tiempo, nosotros no podríamos viajar al pasado cuando lo hicimos?
—Exacto.
—Y si no viajáramos al pasado, ¿qué sería de nuestros cuerpos? ¿De nuestros recuerdos, de nuestras acciones?
—Supongo que desapareceríamos, no sé si solo aquí o para siempre.
—¿Y si no es así? —Empezaba a desperezarme y estaba entusiasmado—. ¿Y si destruimos la máquina y con ello evitamos que nuestros yoes futuros viajen hasta aquí? Podríamos ahorrarnos todos estos años de sufrimiento. Podríamos volver a ser quienes fuimos, sin ningún recuerdo de lo pasado, sin dolor, sin remordimientos.
—Nos quedaríamos aquí para siempre.
—Si es verdad lo que dices, no. Si la máquina no se activa ahora, si no creamos el agujero de gusano, nosotros no podríamos venir. Volveríamos a ser la científica borde y el historiador friki.
—No creas que yo no he pensado lo mismo. —Julia me miró con pena, y me apretó la mano—. Es una paradoja inquietante y no podemos arriesgarnos. El espacio-tiempo no puede sufrir una distorsión así. Las consecuencias podrían ser catastróficas.
—Eso mismo decía Emmett Brown y al final no pasaba nada.
—No sé de qué me hablas.
—De Regreso al futuro.
—¿Has vivido dieciséis años como soldado de los Tercios y sigues con tus chorradas?
—Tú me inspiras.
La acurruqué entre mis brazos. Cómo demonios podía seguir oliendo a manzana. No era capaz de dejar de tocarla, de sentir su cuerpo contra el mío. Era tan sorprendente tenerla a mi lado y que me quisiera. Era tan milagroso. Tenía el pelo mucho más largo de lo que recordaba y me conmocionó descubrir en él unas cuantas canas, testimonio del tiempo que nos habían robado.
—Miguel, lo que propones no es posible, te lo aseguro. Lo más probable es que nosotros desapareciéramos. Además, ¿qué pasaría con todos aquellos con quienes nos hemos relacionado?
—Pues vivirían tan a gusto sin habernos conocido. Tampoco es que hayamos inventado la pólvora. Solo la hemos usado.
Salinas, mi amigo Carlos de Ayanz, mis muertos en las batallas. Todos seguirían vivos sin mí. ¿No era razón suficiente para intentarlo?
Julia me miró fijamente y tardó unos segundos en volver a hablar. Y fue entonces cuando habló de ti.
—¿Y nuestro hijo?
—¿Nuestro hijo? —repetí como un memo.
—Nunca vi su cuerpo, pero le sentí salir de mí y fue como si me arrancaran las últimas fuerzas. Solo le escuché un instante, una especie de gorjeo. Después, todo fue silencio. —Mientras hablaba, Julia empezó a llorar. Las lágrimas le desbordaban los ojos sin que ella pareciera notarlas—. Creo que fue con ese dolor cuando aprendí a querer de verdad a otro ser humano. Quizá también fue cuando empecé a quererte a ti.
En ese instante yo también lo sentí. Hasta entonces para mí solo habías sido una idea, un deseo frustrado. Entonces viví el duelo como debió de vivirlo Julia. Recordé la emoción al saber de su embarazo. La esperanza, las ganas de ser padre para compensar quizá el abandono del mío. Imaginé a esa niñita recién nacida arrancada del cuerpo de Julia. Y entonces, por primera vez, viví realmente el dolor de la pérdida. Era el momento de hablar. No podía seguir evitando hablarle de ti, de lo que yo sabía de ti y ella no.
—¿Qué te dijeron?
—Que había nacido muerto, pero nunca llegué a creerlo del todo. No sé cómo explicarte lo mucho que se puede querer a alguien al que no has llegado a conocer.
La voz de Julia, tan triste, se animó antes de que yo pudiera hablar. Me agarró las manos con fuerza y sus ojos, aún húmedos de lágrimas, brillaron como antes.
—¡También me dijeron que tú habías muerto y aquí estás! ¿Y si Covarrubias me mintió también en lo de nuestro hijo?
—Nuestra hija.
Julia me miró en silencio, con el ceño fruncido, como si no fuera capaz de procesar lo que había escuchado.
—Fue una niña y, tienes razón, el arzobispo te mintió.
No paró de llorar mientras le contaba cómo me había enterado de tu existencia. No era un llanto triste, sino rabioso. Al final, me abrazó hasta casi hacerme daño y dijo en voz baja, con la boca pegada a mi oído.
—Si tuviera a ese cabrón delante de mí en estos momentos, creo que sería capaz de arrancarle la piel solo con mis manos.
Se separó de mí y sus ojos volvieron a iluminarse.
—Al final no consiguió ninguno de sus propósitos. ¡Nuestra hija está viva y tú estás aquí, conmigo!
—No murió cuando te dijeron —intenté disminuir sus expectativas—, pero también hay que ser consciente de la mortalidad infantil en esta época.
—¡No digas bobadas! Es hija mía y tuya. No puede haber muerto.
Se limpió el llanto de un manotazo. Volvía a ser ella, con su entusiasmo, sus argumentos un poco absurdos y su seguridad en sí misma y en sus genes, en nuestros genes.
—Aunque nunca consiga conocerla, sé que está por ahí, viva. Si destruyéramos la máquina, tú y yo nunca nos conoceríamos y, por lo tanto, no nos habríamos acostado y ella dejaría de existir. ¿Es eso lo que quieres?
¿Era eso lo que quería? Si me lo hubiera preguntado una hora antes, hubiera dicho que sí, que si el precio que había que pagar para no vivir los últimos dieciséis años era que una hija a la que no había visto nunca no naciera, estaba dispuesto a aceptarlo. Sin embargo, en aquel momento, cuando acababa de sentir de verdad, por primera vez, la realidad de tu existencia y el dolor por tu pérdida, dudé. Si alguien me podía asegurar que mi hija estaba viva, aceptaría con resignación los años que había pasado en el infierno. Lo daría todo por bueno. Pero no lo sabía y no tenía ninguna posibilidad de descubrirlo.
Sí, dudé. Tienes que perdonarme. Aún no te conocía, no había visto tus ojos, tan iguales a los de mi abuela; no había escuchado tu voz, que era la voz de Julia.
Y había dicho algo más: si destruíamos la máquina, ella y yo nunca nos conoceríamos, nunca estaríamos juntos. ¿Quería renunciar también a eso?
La cabeza me iba a estallar. Y aún me faltaba por conocer lo más sorprendente, lo más inverosímil.
—Hay otra razón para seguir adelante que no sabes —siguió—. Algo alucinante. ¿Te acuerdas de cuando hablábamos de que era imposible que la información técnica y científica que aparecía en el libro procediera del siglo XVI?
—Dijiste muchas veces que esas fórmulas eran demasiado avanzadas incluso para ti.
Era algo sobre lo que habíamos especulado desde el principio y a lo que nunca habíamos encontrado una respuesta coherente.
—Después de mucho darle vueltas, comprendí que solo había una persona capaz de haber escrito el libro. —Hizo una pausa dramática y se dio una palmada en el pecho—: ¡Yo! Yo era la única persona capaz de hacerlo. Las fórmulas eran imposibles para alguien de este siglo porque no las había escrito nadie de este siglo. Yo escribí el libro que me dejé en herencia. Un libro lleno de trampas.
—¿Trampas?
—Las fórmulas para construir las lentes que abrieran el agujero de gusano estaban mezcladas con tonterías esotéricas. No podía ser demasiado evidente. Si yo hubiera entendido a la primera lo que aparecía en el libro, no nos hubiéramos hecho amigos. Casi no nos habríamos conocido antes de viajar hasta aquí. Y teníamos que hacerlo. Todo tenía que ser igual a como había sido. Nosotros pusimos las pistas para encontrar la piedra, nosotros somos nuestros propios antepasados. ¿A que esto deja en pañales tus noveluchas de ciencia ficción?
Todo encajaba como un puzle: aquel libro sobre el que tanto habíamos especulado, aquellas pistas imposibles que remitían a nuestras propias experiencias, la frase de las ovejas, el monasterio del valle del Silencio… Ahora estaba tan claro. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Como Julia había dicho, éramos nuestros propios antepasados, los mismos que guiarían a nuestros yoes futuros. Pensé en todas las penurias que habíamos vivido. Pensé en Salinas, en Mencía, en que nosotros mismos nos habíamos conducido hasta ellos y, por extensión, hasta nuestra desgracia. ¿Por qué?
Las últimas palabras del Muñón me vinieron a la cabeza: «No te afanes por cambiar el destino. Todo lo que va a pasar ya ha pasado. Todo lo que pasó está aún por pasar». ¿Era eso lo que querían decir aquellas palabras? Lo que va a pasar ya ha pasado. No podíamos cambiar nada.
—Sorprendentemente, es lo único que tiene lógica —dije—. ¿Cómo lo descubriste?
—Llegué a la misma conclusión que tú: era lo único que tenía lógica. Siempre me había preguntado cómo supe lo que tenía que hacer, aunque hubiera conceptos que no entendía. Y la respuesta es que todos los postulados científicos que aparecían en el libro procedían de mí misma, pero de un yo más adulto, del que se había pasado diecisiete años trabajando en las fórmulas cabalísticas de Flamel. El libro se escribió, lo escribí, para que llegáramos hasta aquí. Para tener a nuestra hija. Hay que cerrar el círculo, Miguel. Por rigor científico y, sobre todo, por ser fieles a nosotros mismos. Es el único camino.
Aquí vaciló. Parecía que le costaba seguir.
—Además, hay otra cosa. Algo que nunca te dije entonces porque hubieras pensado que estaba loca. Después ya no me atreví.
—No te preocupes. Siempre he pensado que estabas loca.
Hizo caso omiso de mis palabras. Ni siquiera sonrió, lo que me dio mala espina.
—En el libro había una primera página que arranqué antes de entregártelo. —¿Qué iba a decir ahora? Ya no podía aguantar muchas más sorpresas—. Estaba escrito tu nombre: «Miguel Saguar Balibrea. Restaurador». ¿Te das cuenta? Dejamos todo lo suficientemente claro como para asegurar nuestras acciones, ofreciendo solo la información necesaria para que no nos echáramos atrás.
Respiré hondo. ¿Mi nombre aparecía en el libro y nunca me lo había contado? Me había manipulado desde el principio, me había utilizado, me había convertido en un pelele.
—¡¿Dejamos?! ¡¿Echarnos atrás?! —grité—. Hablas como si yo hubiera tenido alguna opción, como si yo hubiera participado en las decisiones que tomaste tú sola. ¡Tú sola!
Me aparté de ella. No podía mirarle a la cara, porque si veía sus ojos no tendría valor para seguir enfadado. Y estaba muy enfadado. Ahora comprendía el porqué de la insistencia de Julia cuando nos conocimos, a pesar de mis reticencias a ayudarla.
Subí las escaleras a grandes zancadas y salí de la ermita. Estaba atardeciendo. El sol era una bola naranja, enorme, que rozaba el horizonte. Seguí furioso durante unos segundos. Después respiré hondo y me desinflé. Julia me había manipulado, sí, y ya estaba hecho. «Todo lo que va a pasar ya ha pasado. Todo lo que pasó está aún por pasar», repetí como un mantra. Podía cabrearme, podía patalear como un niño, pero no podía cambiar las cosas. Y por primera vez me di cuenta de que, quizá, tampoco querría hacerlo. Yo era quien era, con mis miserias, mis pecados, mis crímenes. Había vivido experiencias sorprendentes, terribles en muchos casos, y tan inverosímiles, tan fantásticas que ¿podía quejarme? Julia me había engañado, sí, ¿y qué? ¿Hubiera dado por mí mismo el paso que nos trajo hasta aquí? Nunca. ¿Entonces? Me di cuenta, quizá por primera vez, de que, en cierta manera, me gustaba el hombre en el que me había convertido. Y quizá ese era un momento perfecto para asumirlo.
Bajé a la cripta. Julia estaba sentada en el camastro. Me miró con cara de susto. Abrió la boca, supongo que para disculparse, y yo levanté la mano.
—No digas nada. De verdad. No estoy enfadado.
—Era muy arrogante. Ahora nunca hubiera hecho algo así.
—Lo sé.
Nos besamos, nos abrazamos y prometimos que nunca más nos mentiríamos ni nos ocultaríamos información relevante.
—Y ahora que ya hemos aclarado todo, ¿qué hay que hacer? ¿Cuáles son los siguientes pasos?
—He dejado el libro a buen recaudo. Llegará a las manos de mi yo futuro en su momento. Hace tiempo que escondí el mapa en la piedra del castillo de Cea. No sé qué bucle temporal absurdo nos obliga a dejarlo en un lugar tan complicado, la verdad. Tuve que inventarme una historia muy rocambolesca para convencer al arzobispo de que debía ir allí.
Volvió a ponerse seria. Parecía preocupada.
—Solo me faltaba llevar la piedra filosofal, o como quieras llamarla, a la cueva del valle del Silencio, pero los acontecimientos se han precipitado. El arzobispo nunca me dejará salir de aquí; está demasiado ansioso. La piedra es el último elemento y el que más me ha costado conseguir. No sinteticé el compuesto hasta hace un mes. Una parte la utilizaremos para nuestro viaje y el resto debe esconderse allí, en la cueva, para asegurar el viaje en el futuro.
—¿Y cómo vamos a llevarla?
—Nosotros ya no podemos ir, pero yo tengo un plan alternativo.
No había vuelta atrás. Si estábamos allí era porque antes habíamos estado en otro lugar y habíamos hecho ciertas acciones que, a su vez, eran producto de nuestras decisiones de ese mismo momento. Después de haber aceptado mi pasado y mi presente, tenía que aceptar también mi futuro. Formaba parte de un eterno bucle temporal, un bucle infinito en el que nos movíamos como un hámster en una noria de juguete. No sabía entonces que en aquella noria había dos hámsteres más a los que me faltaba conocer: Lope y tú.
—Primero tenemos algo que solucionar —siguió—. Covarrubias tiene miedo de que le traicione y ha encerrado a una persona a la que quiero mucho para obligarme a continuar con sus planes.
—¿Una persona?
Me eché hacia atrás como si me hubiera pinchado. Sentí unos celos tremendos. ¿Quién podía importar tanto a Julia como para que el arzobispo lo utilizara de moneda de cambio? ¿Quién, aparte de mí?
—Se llama Sabina y es casi una niña. Solo la conozco desde hace unos meses y he llegado a quererla mucho. Es buena, graciosa y muy lista. ¡Aprendió a leer y a escribir en un par de meses! No me había dado cuenta de lo sola y lo triste que estaba hasta que la conocí.
Suspiré aliviado.
—¿Está en el monasterio?
—La tienen encerrada. Y también hay que liberar a Lope.
—¿Quién es Lope?
—Un exorcista.
—¡Un exorcista! ¿Y qué tiene que ver contigo?
—Es un buen tío, aunque te parezca mentira. Nos ha ayudado mucho y lo han detenido por mi culpa.
Volví a ponerme en guardia.
—Pues sí que has tenido una vida interesante. ¿Le conoces desde hace mucho?
—Es amigo de Sabina. Más que amigo.
Alivio de nuevo.
—¡Buenos ayudantes te buscas!
—No podemos irnos ya y dejarlos a merced de ese demonio. Y no nos olvidemos de la bruja de la abadesa. Creen que van a ser inmortales. Cuando comprendan que les he estado engañando todo este tiempo, no quiero ni imaginar las represalias que pueden tomar contra los que nos hayan ayudado. Si no podemos encontrar a nuestra hija, al menos no abandonaré a Sabina.
El corazón me empezó a palpitar a mil. No podía creer lo que se deducía de sus palabras.
—Acabas de decir que no podemos irnos sin liberarlos. ¡¿Significa que la máquina está preparada del todo?!
—Llevo dando largas al arzobispo y a la abadesa desde que volvieron. Sí, está preparada —dijo Julia con una gran sonrisa.
No podía creer que estuviéramos a punto de escapar de aquel infierno. Me daban ganas de saltar y bailar y gritar a todo pulmón. Abracé a Julia y la besé con urgencia.
—¿A qué esperamos? Pongámonos en marcha.
—Falta cerrar el círculo y Lope y Sabina nos ayudarán a hacerlo.
—¿Cómo?
—Tendrán que ser ellos quienes viajen al valle del Silencio y coloquen la piedra donde la encontramos. Es la única solución. Será un quid pro quo: nosotros los liberaremos y ellos nos liberarán.
—¿Confías en ellos?
—Tanto como en ti o en mí misma. Pero primero hay que conseguir que se alejen de aquí cuanto antes. Sé que harán todo lo posible por ayudarnos. Cuando hayan escapado, nos iremos. No podemos esperar más.
Había algo que me rondaba la cabeza desde que Julia había empezado a hablar de la cueva.
—Acabo de recordar una cosa. ¿Quién será la momia que sujetaba el cofre de la piedra? ¿Y si fuera alguno de ellos, la chica o el exorcista? ¿No te preocupa?
—Claro que sí y, en un primer momento, pensé en buscar otra solución. No podía mandarlos a una posible muerte. Al final recordé una cosa: la momia tenía unos mechones de pelo largo y eran más bien rubios. Nada concuerda con ellos, ni la ropa, ni el tamaño, ni el pelo.
Me pareció un argumento un poco endeble, pero me encogí mentalmente de hombros. Podía ser que la tal Sabina o el tal Lope se convirtieran en un daño colateral de nuestra liberación, pensé. No iba a ser yo quien lo cuestionara. Al fin y al cabo, eran unos completos extraños para mí.
Seguí el mapa que me había dibujado Julia para llegar al monasterio. La llama del hachón dibujaba formas fantasmagóricas y las paredes de piedra y adobes rezumaban un agua helada que entumecía los huesos. Olía a humedad y a encierro. Me sentí de nuevo prisionero en los calabozos de la Inquisición, ahogado por la tortura del verdugo. Cuánto tiempo había pasado de aquello. Toda una vida. Qué distintas hubieran sido las cosas si no nos hubiéramos cruzado con aquel miserable de Covarrubias. O quizá no. Todo tenía que suceder como había sucedido, me repetí. No había vuelta atrás, no había atajos. Pensé en él, en el arzobispo, en aquel hombre que había dedicado su vida a una empresa sin sentido. Pensé en la rabia que sentiría cuando lo descubriera. Si las cosas no salían según lo previsto, tendríamos que buscar un buen sitio para escondernos.
Me había despedido de Julia con aprensión. La besé como si no fuera a volver a verla. Tenía miedo de que todo hubiera sido un espejismo, de que el destino se confabulara en nuestra contra y volviera a separarnos. Pero no podía venir conmigo. Tenía que quedarse dando los últimos retoques a la máquina y preparando el recipiente donde guardar la piedra que os entregaría. En cuanto consiguiera liberaros, tendríamos que ser muy rápidos. El arzobispo no nos daría cuartel.
—No te muevas ni un centímetro —le dije antes de irme—. Cierra todas las puertas, no dejes entrar a nadie salvo a mí.
Después de atravesar el laberinto de pasadizos con la ayuda del mapa y de las marcas que Julia había dejado en las intersecciones, llegué al monasterio. Salí por las cuadras y varias vacas mugieron al verme aparecer tras unas balas de heno.
La celda donde te retenían estaba en el sótano, el lugar más alejado de la vida cotidiana de las monjas. En la puerta de la celda había un soldado sentado en un taburete. Dormía apoyado contra la pared. Apagué la antorcha, la dejé en el suelo y me acerqué de puntillas con el mayor sigilo que pude. Si conseguía no despertarle, todo sería más fácil. Llegué a tocar la llave, que colgaba de una argolla amarrada al cinturón. Levanté con lentitud el brazo que descansaba sobre un muslo y que me impedía acceder al cierre de la argolla. El soldado se revolvió, farfulló no sé qué y se colocó de tal manera que ocultó más la llave. Le hice cosquillas en la nariz, levantó la mano, se sacudió la cara y dejó libre el acceso al cinturón. Conseguí desatar la argolla y, cuando estaba a punto de sacar la llave, el soldado abrió los ojos. Tenía la cara a pocos centímetros de la suya. Me miró sin comprender qué estaba pasando. No le di tiempo a más. Le agarré la cabeza y la golpeé contra la pared. Quedó aturdido. Le quité la llave de un tirón. Antes de poder meterla en la cerradura, el hombre se repuso del golpe y se lanzó contra mí. Saqué la espada y él hizo lo propio. Nos rodeamos el uno al otro como dos perros de pelea, midiendo nuestras fuerzas. El hombre era pequeñajo y hábil de movimientos. Pero, aunque esté mal el decirlo, no era rival para mí. Apenas cruzamos el metal un par de veces y ya lo tuve contra la pared. En lugar de ensartarle con la espada, le quité la suya y le golpeé en la sien con la empuñadura. Ya tenía bastantes muertos en mi conciencia. Cayó como un fardo al suelo. Le até las manos con su cinturón, los pies con el tahalí y lo amordacé con un trozo de su camisa. Cuando vi que no podría soltarse ni dar la voz de alarma, abrí la puerta de la celda con la llave.
El interior estaba iluminado con una lámpara de aceite. Había una figura de pie, junto a la pared, a la que no presté atención. Primero tenía que solucionar el asunto del soldado. No podía dejarlo fuera, así que le arrastré dentro de la celda, lo apoyé contra la pared y cerré la puerta.
Y allí estabas.
—¿Eres Sabina? —te pregunté.
Entonces acerqué el candil para verte la cara. Nunca podré olvidar el momento en el que te vi. Eras la alucinación en el campo de batalla. Mi abuela. Sus ojos. Los tuyos. En ese mismo instante, como un destello, como una revelación, supe quién eras.
—¡Eres tú!
Por inverosímil que fuera, tenías que ser tú. Me mirabas con la misma cara de sorpresa que yo debía de tener. Eras tan perfecta. Alta, como yo, y con la misma melena oscura de Julia, aunque más salvaje. Y esos ojos. Di gracias a mi abuela, porque por ese azul imposible te había reconocido. A mi madre le encantaría saberlo. Quizá aún pueda. Siempre se lamentó de que nadie de la familia hubiera heredado aquel color.
—¡¿Qué hacéis aquí?! —preguntaste.
Si había tenido alguna duda de tu identidad, tu voz la disipó del todo. ¿Es que nadie se había dado cuenta de que tenías la misma voz que tu madre?
No me salían las palabras. Estaba conmocionado. Me acerqué a ti como un zombi y te estrujé en un gran abrazo, del que tú te apartaste con un fuerte empujón y con cara de susto.
—¡Soltadme! ¿Estáis loco?
Tenía tantas ganas de decirte quién eras, de decirte quién era yo.
—Os envía Lope, ¿verdad? ¿Está aquí? ¿Está bien?
Otra vez ese Lope. Empezaba a caerme mal, no sabía muy bien por qué, quizá porque dijiste su nombre con un amor que era imposible esconder.
—No me envía tu Lope. —Te agarré de la mano y tiré de ti—. Más bien tenemos que ir nosotros a salvarle el culo.
El tiempo apremiaba. Ya tendríamos ocasión de hablar de todo, pensé. Ahora había que escapar.
—¿Sabes dónde está? —te pregunté mientras corríamos.
—Ha de estar en la zona exterior a la clausura —dijiste—. Por aquí.
Fuiste tú la que tiró de mi mano y me condujo con decisión por los pasillos del monasterio. Conocías muy bien todos los recovecos.
Corríamos ocultos en las sombras de los pasillos cuando una figura apareció de la nada a toda velocidad. Frenamos en seco. Frente a nosotros había un hombre joven, alto y muy delgado, con unas sayas cortas manchadas de sangre, el pelo tonsurado de los dominicos y tal cara de fiereza que me hizo ponerme en guardia. Llevaba un puñal en la mano y, por instinto, levanté mi espada para luchar.
—¡No! —gritaste, y me diste un golpe en el brazo.