El bucle infinito
Capítulo 4
4
Se han sentado en la zona más oscura de la iglesia, iluminada tan solo por una lamparilla en el altar. No hay nadie ni lo habrá durante un tiempo hasta el próximo rezo y la novicia la ha llevado allí para contarle la historia de la posesión. Parece ansiosa por hablar. Ella, arisca en un principio, se ha dejado ablandar por los modos naturales y amistosos de la novicia, unos modos ajenos al mundo que conoce.
—Teresa fue la primera hermana que conocí aquí y si hubiera estado en mi mano abandonar el convento, lo habría hecho en aquel mismo instante — comienza su relato la novicia, que se ha presentado como Ana Clevés—. Es una mujer antipática y soberbia que se cree mejor que todas nosotras porque su padre es conde y ella ha sido presentada en la corte. Me trató como a una sirviente y me advirtió desde el principio que aquí no tendría ninguno de los privilegios de ser hija de un pañero rico. Así llamó a mi padre, que es uno de los comerciantes más importantes de Valladolid. Aunque tiene las facciones bellas, está muy marcada por la viruela y se cubre la cara con un velo. Se dice que estaba prometida a un hombre poderoso cuando cogió la enfermedad y quizá por eso, por perder su belleza, terminó en el convento.
»Un poco antes de la Natividad —sigue contando la novicia—, durante la misa, la hermana Teresa comenzó a hacer unos ruidos muy extraños, una especie de risa espeluznante y murmullos y exclamaciones como si hablara con alguien que nadie veía. La madre abadesa le hizo salir de la iglesia y después estuvieron reunidas en sus aposentos. Teresa se mostró incluso más altiva con todas nosotras después de aquello y nadie se atrevió a mencionar lo acontecido. Pero unos días más tarde, en el refectorio, y sin mediar palabra, Teresa cogió la escudilla de sopa que estaba tomando, la estampó contra la cabeza de su compañera de mesa y después se lanzó sobre ella mordiendo, arañando, gritando como si hubiera enloquecido. Hicieron falta varias hermanas para separarlas. La madre abadesa hizo llamar al médico, que le recetó un cordial y que guardara cama durante unos días. Todo ha sido en vano. Teresa se pasa las noches gritando, se arranca la ropa al menor descuido haciendo gestos obscenos y, cuando más tranquila parece, se lanza babeando como un perro rabioso contra cualquiera que esté a su lado.
»Ahora está confinada en su celda, atada de pies y manos a su camastro y de vez en cuando lanza esos aullidos que acabas de escuchar. Y lo más terrorífico de todo esto es que varias hermanas están empezando a comportarse de manera extraña. Aparecen las sábanas desgarradas y durante la noche se escuchan chirridos de cadenas. Ya nadie duerme tranquilo y la madre abadesa ha dado parte al arzobispado de Valladolid, el protector del monasterio. Sin duda el demonio ha entrado en esta comunidad. Yo ya he escrito a mi padre pidiéndole que me saque de aquí.
Sabina se estremece. Así que es eso. Aquello que había sentido en el pórtico era el maligno al apropiarse del cuerpo de aquella monja. Se vuelve a sentir tan indefensa como en la aldea cuando era una niña. Ella, que hace mucho ya que no tiene miedo a nada, solo a esas visiones que la martirizan desde siempre y que la han llevado hasta allí para caer en otra trampa aún peor.
Desde siempre ha oído el nombre del diablo unido a su destino. «Demonia», decía su padre. «Bruja, demonia», le decían en el pueblo. Calumnias, majaderías. Ella no era el demonio ni tenía tratos con él. Satanás no se había dignado nunca pasarse por la aldea. De ser así, quizá más de uno hubiera deseado firmar un pacto con él que le sacara de la miseria. Mas el diablo, al parecer, sabe elegir bien a sus víctimas. ¿Qué mérito hay en tentar a quien nada tiene? Bien lo decía el mosén en sus largas homilías. El demonio está al acecho de las almas puras, de las más elevadas, de las más nobles. Y ella, para sus adentros, suspiraba con alivio de no poseer un alma tan apetitosa que la arrastrara al infierno.
Quizá ha sido todo un error, quizá nunca debió dejar el bosque, quizá haría mejor en salir de allí cuanto antes y no inmiscuirse en los tratos de aquellas monjas con Satán. Tiene que pensarlo, tiene que decidir qué hacer antes de que sea demasiado tarde. Simula, por tanto, un cansancio mayor incluso del que padece y solicita a la novicia que le proporcione un rincón donde pasar la noche sin molestar a nadie.
—Puedes dormir conmigo —propone la joven.
—En cualquier rincón me apañaré —responde ella con más hosquedad de la que quisiera. La amabilidad de la novicia todavía la confunde.
—No seas necia —dice la novicia y coge el brazo con familiaridad.
Ella se aparta un poco por instinto, pero Ana parece no darse por enterada y la atrae aún más hacia sí.
—La noche es fría —insiste—. Nos daremos calor.
No está acostumbrada a esa cordialidad. Le sorprende, incluso, que la novicia no haya dicho nada de sus ojos, esos ojos que le han causado tantos quebrantos.
Avanzan por el claustro hacia el dormitorio en un silencio solo roto por el ulular de una lechuza y el roce de las sayas de la novicia sobre el suelo de piedra. Suben una gran escalera con balaustre de bellas filigranas y llegan a una puerta que gruñe con fuerza al abrirse.
La sala donde duermen las novicias es grande y larga. El techo alto apenas deja ver las nervaduras de los arcos que lo cruzan y las ventanas que se abren al exterior están cubiertas con pergaminos que evitan el paso del viento. Un par de braseros en el centro de la estancia intentan aliviar la noche, pero, así y todo, el frío es glacial. Los camastros se pierden en la oscuridad; consigue contar al menos veinte, distribuidos a lo largo de las paredes de la sala, todos ellos ocupados, salvo aquel al que le conduce la novicia.
Se siente extraña entre los sonidos del sueño de aquellas mujeres desconocidas. Cuerpos que cambian de postura, alguna que otra tos, ronquidos jóvenes. Ruidos nocturnos muy distintos a los de la lechuza o el cárabo. No está acostumbrada a ese hacinamiento de cuerpos, de olores. Pero aún queda mucha noche por delante y está agotada por el viaje, y el calor del cuerpo de su compañera la sume en un agradable sopor. La extrañeza se diluye, los miedos se desdibujan y, casi sin querer, se queda finalmente dormida.
No sabe el tiempo que ha pasado cuando el sonido de la campana la saca del sueño.
—Maitines —dice su compañera de cama con voz somnolienta mientras se incorpora.
La sala comienza a llenarse del murmullo de cuerpos semidormidos que se desperezan, toses, cuchicheos, alguna que otra queja contenida y el movimiento de los cuerpos en la penumbra que asemejan ánimas dolientes de esas que tanto temen las mentes simples de la aldea.
—¿Y yo? —pregunta.
—No es preciso que acudas al rezo. Puedes seguir durmiendo. La regla no obliga a los viajeros a cumplir las horas.
Se acurruca e intenta volver a dormir, pero la cama vacía le impide conciliar el sueño. Ana se ha llevado el calor, que ni siquiera puede recuperar con un ladrillo caliente. Está sola en aquella sala inmensa y se siente mucho más desprotegida que en su cabaña del bosque. La ventisca del exterior golpea el pergamino de las ventanas y el ulular del viento semeja el grito de almas perdidas, penando por entrar. Tiene el ánimo alterado por el relato de la novicia y por las visiones del pórtico que no logra quitarse de la cabeza. La leve luz de las ascuas de los braseros se ha extinguido y la oscuridad es tan densa que no puede siquiera ver su propio cuerpo tapado con una manta demasiado delgada.
Se abraza a sí misma para proporcionarse algo de calor y es en ese momento cuando siente que no está sola. Intuye una presencia en las tinieblas de la sala, una densidad en el aire, la intuición de un movimiento, una rabia contenida, el sonido casi imperceptible de unos pies desnudos en el suelo de piedra. El corazón empieza a retumbarle con fuerza en el pecho y el cuerpo se le cubre de sudor.
Quisiera moverse y solo puede mirar a la negrura con los ojos muy abiertos, como si con ello consiguiera abrir el cerrojo inviolable de la noche. Los pasos se acercan y escucha una respiración contenida, algo jadeante, más propia de un animal que de una persona, cada vez más cerca. Le parece incluso sentir un aroma distinto al de la sala, un olor a flores marchitas que le revuelve el estómago.
Cuando el corazón se le va a salir por la garganta y tiene ya los puños apretados y en tensión, dispuesta a la pelea, la puerta se abre y las novicias comienzan a entrar en la sala iluminando débilmente las sombras con unos cuantos candiles y rompiendo el silencio. La rabia que la rodea se diluye, mira alrededor y no ve a nadie. No es posible que haya sido una alucinación. Los pasos y la respiración que ha sentido no tenían la cualidad inmaterial de sus visiones. El corazón se le va aplacando poco a poco y cuando Ana se tumba a su lado consigue simular que está dormida. No quiere hablar ni que le hablen, tampoco puede volver a conciliar el sueño. El terror que ha sentido hace unos instantes sigue ahí, oculto entre las sombras del dormitorio.
Llaman a laudes y todavía no ha conseguido dormirse. Ha estado atenta a los sonidos de la noche como una pieza de caza que intuye a su cazador en la espesura. Cada roce, cada suspiro han vuelto a alterar su reposo y por tres veces ha oído los aullidos inhumanos de la monja poseída. Aullidos lejanos que provienen del ala sur del convento, donde deben de encontrarse las celdas de las monjas, y que llegan acompañados de brutales oleadas de ira.
Por eso, cuando Ana despierta para el rezo, se levanta con ella. No quiere volver a quedarse sola. Prefiere afrontar las inclemencias de la noche y se une a la procesión de novicias que se dirige a la iglesia. No van calladas, hay cuchicheos entre las mujeres y la voz de Ana junto a su oído:
—Han faltado tres monjas más a los rezos de maitines. La madre abadesa nos ha hablado después y nos ha prohibido contar nada de lo que está pasando. No podemos escribir a nuestras familias ni salir de la abadía por nosotras mismas. Se espera la visita del arzobispo para cuando amaine la tempestad. Gracias al cielo que ya mandé aviso a mi padre.
Unas lamparillas en el altar y varios cirios en los costados de la iglesia permiten distinguir apenas las siluetas blancas y negras de las monjas, alineadas como estatuas sedentes en la sillería que rodea el ábside. Se coloca tras las novicias que ocupan su lugar en el fondo de la iglesia y se abstrae contemplando las sombras que proyectan los cirios en el techo de la nave. Es un edificio grandioso, sin comparación con la pequeña ermita de su aldea, la única que conoce. Aquí, la Iglesia muestra todo su poder y también todas sus sombras. Un magnífico escenario donde Dios se percibe como un juez severo e inclemente. El altar, profusamente labrado, brilla en la noche con destellos irreales y en los flancos de la nave, adornados con altas y alargadas vidrieras apenas visibles en la oscuridad, las estatuas de Cristo crucificado, de la Virgen y los santos, parecen reírse de aquellas mujeres aterrorizadas que buscan el consuelo en la oración.
Se oye una voz:
—Domine labia mea aperies.
El resto de voces contesta:
—Et os meum annuntiabit laudem tuam.
El canto de monjas y novicias comienza a llenar el aire gélido del templo. Hace tanto frío que las voces se escuchan entrecortadas y el vaho forma nubecillas que se disipan al instante.
—Venite exsultatione Domino hortatur ad do rock salutis…
No conoce aquellos rezos y por ello, por no estar cantando, es quizá la primera que se apercibe de una figura que atraviesa la misma puerta lateral por la que entró la procesión de novicias. Está bastante cerca como para darse cuenta de ciertas singularidades en su apariencia. Lleva hábito y va destocada. El pelo corto le da un aire masculino, aunque la cara es, sin duda, la de una mujer. Con aquella luz, los rasgos se suavizan y las marcas de la viruela son imperceptibles, pero está segura de que se trata de la monja endemoniada. Su mirada no deja lugar a dudas. Avanza con determinación, casi corriendo, hacia la cabecera del templo. Ahora ya todas se han percatado de su presencia y el canto ha ido enmudeciendo acá y allá en las gargantas hasta que se produce el silencio.
Mira a un lado y a otro, con gestos de animal perseguido, se encamina al altar y cuando está a punto de tocarlo se detiene como si una fuerza superior le impidiera continuar. Suelta un gruñido animal, da la vuelta y se dirige de nuevo a la trasera del templo sacudiendo la cabeza y farfullando un galimatías incomprensible. Cuando llega hasta las novicias, estas le abren el paso apresuradas y se santiguan invocando a todos los santos. Entonces, la mirada errática de la monja se fija en ella, que ha quedado expuesta por la huida de las jóvenes de su alrededor. La mujer enloquecida se acerca lentamente, ahora parece casi normal, alguien que intenta recordar si ha visto alguna vez una cara desconocida. Cuando está tan cerca que siente en la piel su jadeo caliente, se detiene y con gran delicadeza comienza a acariciarle la mejilla. Ella no se mueve. Se escuchan murmullos en la iglesia. La mirada vacía de Teresa se dulcifica. Sabina ve en sus ojos un sufrimiento lacerante que durante un latido parece dominar el corazón de la mujer.
—Perdóname —dice.
El demonio toma de nuevo posesión de su cuerpo, el odio vuelve a imperar en la monja y la mano que le acaricia la cara se transforma en una garra que araña con furia. Ella grita y aparta de un manotazo a la monja loca.
Teresa sale corriendo, aullando y chocándose con las novicias, que se apartan de su camino como si su contacto quemara. Se alza una voz por encima de los gritos que ordena detenerla y varias monjas, las mayores, se interponen en su camino, la tiran al suelo y consiguen reducirla. Ella sigue gritando, se retuerce entre los brazos de sus compañeras, su cuerpo se arquea, echa espuma por la boca. No parece un ser humano.
En aquel momento, hay un revuelo en la cabecera de la iglesia. Dos monjas comienzan también a aullar, se tiran al suelo, se revuelcan, se arrancan el hábito hasta quedar desnudas salvo la toca.
Los nervios se desatan y el resto de las hermanas lloran y gritan presas del miedo. Muchas se arrodillan ante el altar y rezan suplicando ayuda del cielo, otras huyen de la escena demoníaca. Se vuelcan varios cirios y el paño que cubre el altar comienza a arder. Unas monjas se apresuran a arrancarlo, lo tiran al suelo e intentan apagarlo; lo pisotean y lo golpean con sus propios hábitos.
Ella contempla atónita todo aquel maremágnum. Con la mano aún en el arañazo del cuello, respira hondo para evitar la náusea que también comienza a sentir y toma una decisión. Se acerca a Ana, que se apretuja junto a sus compañeras en una esquina del templo y la agarra del brazo.
—Arrea. Mis remedios se quedaron con los soldados y no conozco el convento. Hay que calmar a estas mujeres.
—¿Cómo vas a calmarlas? —pregunta Ana. Tiembla tanto que casi no se entienden sus palabras—. ¿Es que tienes tratos con Lucifer?
Suelta un bufido.
—¡Deja de mentar a Lucifer! —contesta, y se santigua—. Tengo una pócima que las hará dormir.