El bucle infinito

Isabel Martín · Capítulo 1 de 41

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El bucle infinito

Prólogo

 

Los quinientos años de oscuridad se rompen con la luz difusa de la linterna, dorada de polvo y telarañas. Los ojos se achican, la humedad se hace más densa. La mujer tose y el hombre se acerca al hueco de apenas veinte centímetros de diámetro que se abre a un interior aún oculto a las miradas. El hombre apoya una mano impaciente en los adobes carcomidos, nota el olor de los siglos y siente un escalofrío de anticipación. Pide la linterna y la mujer se la entrega en la mano extendida. El haz de luz se introduce como una lanza en el pasado.

Es un hueco pequeño, de apenas un metro de ancho y unos centímetros de fondo. Un pequeño cubículo robado a la cueva. La luz se pasea por las paredes de roca oscurecida, reacia a enfocar la verdadera razón de que estén allí.

—¿Qué ves? —pregunta impaciente la mujer—. ¿Hay algo?

—Sí.

En el suelo, junto a la pared de roca, yace un amasijo de telas descoloridas coronado por una cabeza que aún mantiene unos pocos mechones de pelo. Las manos, la única otra parte del cuerpo que queda a la vista, parecen enguantadas en pergamino. Una de ellas, la derecha, yace exánime sobre el muslo; la otra sujeta en el regazo un pequeño cofre ennegrecido. El rostro, de mejillas hundidas y resecas, tiene la boca abierta en un grito mudo y los dientes grandes y oscuros sobresalen de la piel momificada.

—¿Qué ves? —vuelve a preguntar la voz con excitación.

Silencio, el hombre jadea como si hubiera corrido una gran distancia; la voz de la mujer, ansiosa, empuja, insiste.

—Dime algo.

—Joder, está aquí —contesta el hombre. Su voz tiene un tono de incredulidad y a la vez de euforia—. Lo hemos encontrado.