El bucle infinito

Isabel Martín · Capítulo 21 de 41

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El bucle infinito

Capítulo 20

20

 

Una mañana, varios días después, Julia entró furiosa en mi dormitorio.

—¿Se puede saber qué haces? —grito y cerró de un portazo.

—Me pongo las medias.

—Déjate de chorradas. Sé que has sido tú el que le ha metido esas ideas estúpidas en la cabeza.

—Querida, no sé de qué me hablas.

—Te hablo de Mencía y de su súbito interés por la ciencia. Te hablo de Mencía y de sus súbitos miedos nocturnos.

No nos habíamos visto desde la boda. Aquellos días todos nos habíamos vuelto un poco locos, sobre todo yo, pero la vida volvía a su aparente tranquilidad. Después de sopesar mis ideas megalómanas y comprender que había experimentado una enajenación transitoria, decidí tomármelo con calma. Ya habría tiempo para pensar en el negocio del chocolate. De momento, me dedicaría a lo que tenía entre manos, que no era poco: separar a Julia de Salinas sin que ello menoscabara la investigación, encontrar a alguien que fabricase las lentes y dinero para pagarlas y, por supuesto, volver al siglo XXI. Los festejos habían significado una tregua para todo. Para mis celos, para mi búsqueda, para nuestros planes.

Nadie lo vio venir. Yo no lo vi venir. Seguía con mis chorradas conspirativas, mis clases, mis encuentros libidinosos, mis paseos por la ciudad donde intentaba absorber todo lo que encontraba a mi paso. Vivía con pasión cada momento y, a pesar de mis penas amorosas, gozaba como un niño al que sueltan en un campo de juegos que abarca toda una ciudad, todo un siglo. Qué incauto fui, qué inconsciente, qué memo.

Disfrutaba de las perlas reaccionarias de mi amigo Baldomero sintiéndome superior y civilizado. Me encantaba, sobre todo, escuchar los sermones en las iglesias donde se aglomeraban los pecadores en busca del perdón pascual. Los sacerdotes tenían sus seguidores, como blogueros vestidos con casulla. Los había apocalípticos, misóginos, patrioteros, incluso alguno compasivo y sensato. A la salida del templo, había discusiones y hasta peleas entre partidarios de los distintos predicadores y yo solía participar de aquellos corrillos. Escuchaba argumentos delirantes sobre la Trinidad, el pecado de lujuria o las maldades de los luteranos, e incluso intervenía en ocasiones, siempre que no viera peligro para mi integridad física.

En una ocasión libré a Baldomero de ser pisoteado por una muchedumbre, sin saber que aquel gesto me ayudaría en un momento crucial, no mucho después. La gente se arremolinaba junto a la catedral para contemplar la salida de la misa mayor donde acudía lo más granado de Salamanca. Baldomero había bebido más de la cuenta, quiso saludar a un conocido que descubrió a las puertas del templo y se puso a apartar a todo el mundo con sus manazas enormes. Esto no gustó demasiado al populacho, que, aprovechando el tumulto, comenzó a empujarlo sin miramientos. Al principio, Baldomero resistió bien los embates mientras lanzaba todo tipo de exabruptos a voz en grito hasta que un tipo de su mismo tamaño gigantesco consiguió tirarlo al suelo. Ahí la gente perdió el norte y, entre risas e insultos, le pateó, le escupió, le tiró del pelo y hasta consiguió arrancarle el jubón de color amarillo chillón que lucía según su costumbre. Cuando vi que la cosa se ponía fea de verdad, saqué el puñal que llevaba siempre conmigo y me puse a pinchar el culo de todos los que tenía a mi alrededor hasta que conseguí abrirme paso hasta Baldomero, que, borracho perdido, estaba casi inconsciente. No sé cómo, pero conseguí mantener a raya a los atacantes dando vueltas con mi puñal en ristre hasta que llegaron dos alguaciles que dispersaron por fin a la multitud.

Después de recomponerle mínimamente, acompañé a Baldomero a su casa, donde doña Casilda le recibió entre aspavientos y lo ayudó a meterse en la cama.

—Os debo la vida, amigo mío —farfulló cuando estaba a punto ya de dormirse—. Y un León de Acevedo no olvida sus deudas.

 

Creo que durante aquellos días fue cuando dejé de pensar que vivía en el pasado y simplemente empecé a vivir. El trato con Mencía, el odio hacia Salinas, la relación con Asia, las clases con don Jaimito, las salidas nocturnas con don Baldomero, incluso asistir a la fiesta en honor del príncipe, todo ello comenzó a transformar lo que para mí habían sido meras figuras de un decorado imposible, sombras desaparecidas quinientos años atrás, en seres humanos tan reales como yo.

Me había convertido en un habitual del cuchitril de Asia y de sus remedios para olvidar todo lo que me atormentaba. Allí y en mis noches de taberna aprendía más del mundo que me rodeaba que en todos los palacios de Salamanca. Baldomero no dejaba de alucinarme con sus ideas sobre las clases sociales, la religión y, sobre todo, las relaciones sentimentales. Esto era, quizá, entre todas las cosas que me asombraban cada día, una de las que me producía más estupor. No te das cuenta de lo arraigada que tienes una idea hasta que te la ponen en solfa de dos patadas.

—Debéis tomar esposa, amigo mío —me dijo unos días después de estar a punto de ser linchado—. No hay nada más placentero que llegar al hogar y encontrar mujer sumisa y complaciente, parca en palabras y poco sabia en goces amorosos.

—No os entiendo, don Baldomero. Si es poco sabia en amores poco podréis disfrutar del matrimonio.

—¡Pardiez que sois extraño! ¿Quién piensa en disfrutar en el hogar habiendo rameras de grandes talentos? A fe mía que hicisteis bien en escapar de vuestra tierra. Esos luteranos tienen ideas muy peligrosas.

—No creo que los luteranos disten mucho de vos en estas apreciaciones.

—¿De dónde habéis sacado, pues, tamañas doctrinas?

—De mis propios pensamientos, señor. Creo que la felicidad en el hogar sería más completa si hombre y mujer compartieran el lecho con igual gusto.

—¡Voto a Judas! ¿Habéis perdido el juicio? Si una esposa disfruta de las delicias del tálamo, el esposo nunca estará a salvo de sus anhelos pecaminosos. La buena casada ha de ser joven e inexperta para asegurar la paz del hogar y, sobre todo, la legalidad del linaje. Los hijos son la única razón para asuntos de alcoba con la esposa.

—Mas…

—Ni más ni menos, señor. Cuando desposé a doña Casilda, apenas contaba dieciséis años. Y tras veinte años de matrimonio me congratulo de decir que permanece tan pura y simple como el primer día. Ese es el perfecto matrimonio. Así son las cosas y así serán por el resto de los tiempos.

—No estaría yo tan seguro.

 

Qué hubiera pensado el cazurro de mi amigo al ver a Julia aquella mañana frente a mí, en jarras y furiosa, la viva imagen de lo que no debía ser una mujer.

Hacía mucho tiempo que no la veía con el pelo suelto. Le había crecido y enmarcaba un rostro pálido, como siempre, y con unas manchas de color en las mejillas que no dejaban lugar a dudas de su cabreo. Su aspecto había mejorado. Ya no tenía ojeras y me pareció que había engordado un poco; la vista se me fue hacia el pecho, que, aunque contenido por el corpiño, mostraba un volumen muy atrayente.

—De verdad que no sé de qué me hablas. Mencía es la hija mayor de los condes, ¿no?

—No me cabrees más, por favor. Y ten al menos el valor de ser sincero conmigo.

—¿Igual que tú lo eres conmigo, quieres decir?

—Pues sí, igual que yo lo soy contigo. ¿Es que te he mentido en algo?

—La falta de información también es una mentira.

—¿Qué falta de información? —Sacudió la cabeza—. Mira, no me enredes. No estamos hablando de mí sino de tus tontas manipulaciones.

—¿Quieres calmarte y explicarme de qué va todo esto? Te juro que no entiendo nada.

Julia me miró con suspicacia. Yo, con cara de tonto.

—Siéntate y cuéntame qué te pasa. ¿Has discutido con tu pupila?

Julia siguió en silencio con los brazos en jarras, como decidiendo si creerme o no y yo conseguí no desviar la mirada. Al final, pareció convencerse de mi inocencia, suspiró y se sentó de golpe en mi cama.

—«Me interesa mucho la alquimia y anhelo aprender todo lo que mi querido primo pueda enseñarme» —dijo mientras imitaba la voz de Mencía —. No nos deja en paz. Está todo el tiempo con nosotros. Y, por la noche, ha decidido que yo duerma en su habitación. Teme que se le cuele un demonio en la cama.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —Intenté no mostrarme eufórico.

—Os he visto hablando varias veces.

—Y por eso ya has deducido que me he aliado con ella para no sé qué planes malvados. ¿Por qué haría eso?

—Está loca por Juan. Tiene la tonta idea de que va a casarse con él y está celosa de que pasemos tanto tiempo juntos.

—Repito, ¿y qué tiene que ver eso conmigo?

Julia se quedó cortada. Todo lo cortada que ella podía quedarse. Por una vez, pareció sopesar lo que iba a decir.

—No sé… supuse que a ti tampoco te hacía mucha gracia y que os habíais aliado para separarnos.

—Salinas no es santo de mi devoción, pero si pasáis tiempo juntos es para que volvamos cuanto antes a casa, ¿no? ¿Por qué iba a boicotear eso? Yo tengo tantas ganas como tú de volver.

—Sabes que hay algo más entre nosotros. Nunca hemos hablado de esto, pero creo que es evidente.

—Sí, es bastante evidente. —Toda mi euforia había desaparecido.

—Lo siento. No quiero hacerte daño, de verdad, por eso no te había dicho nada. Es que nunca me había pasado algo así. Ya sé que a veces soy muy bruta y no me paro a pensar en los sentimientos de los demás, pero desde que estoy con Juan me he dado cuenta de que tú…

—Que yo estaba colado por ti y que puede que incluso sufriera por veros juntos. Es un detalle por tu parte.

—Lo siento.

—Deja de decir que lo sientes. Tú no tienes la culpa. Te has enamorado de ese tío y ya está. No te preocupes, se me pasará.

No, joder, no se me iba a pasar.

—De hecho, ya lo he superado —seguí todo lo flemático y sonriente que pude—. ¿Te acuerdas de la mujer de la que te hablé, Asia?

Julia asintió sin decir nada.

—Estamos medio enrollados.

—Pero…

—Sí, es una prostituta. ¿Algún problema?

«Tu Salinas es un gilipollas odioso y prepotente y ahí estás tú, encoñada hasta las cachas».

Esto último no lo dije en voz alta, claro.

—Solo te advierto de que tengas cuidado. —Me puso una mano en el brazo. Tenía un tonillo condescendiente que me revolvió las tripas.

—Pues ya está. Todos contentos.

—No del todo. ¿Qué hacemos con Mencía? Si está todo el tiempo con nosotros no podremos avanzar en la investigación.

—En eso poco te puedo ayudar.

—Entretenla de alguna manera.

—Se me dan fatal los juegos malabares.

—¿Qué tal si intentas cortejarla?

—No digas chorradas. Si es una niña.

—En el siglo XXI. Aquí es una doncella casadera.

—Sí, y da la casualidad de que yo soy del siglo XXI y para mí es una niña, por muy casadera que sea.

—No te estoy diciendo que te cases con ella. Solo que la entretengas. No sé, alaba su figura, su belleza, háblale de sitios remotos y de historias de conquistas. Ya sabes, cosas de esas. Cuando quieres eres muy divertido.

—Vale, no hace falta que me hagas la pelota. Haré lo que pueda, pero si esa niña está enamorada de Salinas, no creo que cambie de opinión porque yo le haga cuatro carantoñas —dije para que me dejara en paz.

Me había costado mucho mantener el tipo, pero, al final, no podía haber salido mejor. A partir de entonces, podría encontrarme con Mencía sin que Julia sospechase.

 

Nuestro plan siguió su curso. A Julia y su amante les era cada vez más complicado estar juntos a solas. Yo, claro, tenía ideas encontradas al respecto. Me alegraba de los problemas que yo había provocado. También me daba cuenta de que esta dificultad ponía en peligro todos nuestros planes. Cerebro contra vísceras y, de momento, ganaban las vísceras. Era muy fácil provocar encuentros entre Mencía y Salinas para que este la acompañara a las múltiples misas, a los toros, a las procesiones varias que cada dos por tres recorrían las calles de Salamanca. Me enteraba de que estaban solos y entonces mandaba recado a Mencía para que se presentase en la botica o dondequiera que estuviesen sin perder tiempo. La instruía para que hiciera a Salinas preguntas estúpidas sobre los elementos alquímicos, sobre las Indias, sobre sus minas; en fin, para que no los dejara en paz. Me imaginaba la desesperación de Salinas y de Julia y me reía para mí, como el idiota que era.

Aquella situación no duró mucho. Todo cambió cuando Julia volvió a entrar unos días después en mi dormitorio. Parecía nerviosa y hasta asustada, algo tan extraño en ella que me temí lo peor.

—Tengo que contarte una cosa. Pero prométeme que vas a pensarlo antes de ponerte como un energúmeno —dijo sin ni siquiera sentarse.

—Pues empiezas bien.

—Prométeme que respirarás hondo antes de cabrearte y que dejarás que me explique.

—No te prometo nada. Dime de una vez lo que sea.

Creo que por primera vez desde que la conocía, Julia parecía no saber cómo continuar. No me imaginaba qué podía ser tan malo como para que no se atreviera a decírmelo. Se sentó con parsimonia frente a mí, se mordió una uña, respiró hondo.

—Le he contado a Juan quiénes somos.

—¿Perdón? —Me puse de pie como si me hubieran pinchado en el culo.

—Me has oído perfectamente. Deja que te explique por qué.

—Le has dicho a Salinas que hemos viajado en el tiempo y que venimos del siglo XXI.

—Sí.

No sabía qué decir. Ni siquiera tenía ganas de gritarle. Me quedé callado, mirándola, como el que mira a un loco peligroso que no sabes si está a punto de saltarte a la yugular. Ella aprovechó el asombro y la impotencia que debió de ver en mi cara. Me tiró del brazo para obligarme a que me sentara y empezó a hablar a toda velocidad. Ahora que había soltado la bomba, parecía tener el discurso muy ensayado.

—Se lo he contado por dos razones. Una personal y otra práctica. La personal, te la puedes imaginar. No puedo tener una relación tan íntima con un hombre al que miento constantemente.

Estupendo.

—La segunda es la más importante y nos afecta a los dos. Pero, antes, tengo que contarte algo que aún no sabes y que creo que puede ser la clave de todo esto.

—Tú dirás. —Me crucé de brazos dispuesto a escuchar cualquier despropósito.

—¿Has oído hablar de Nicolás Flamel?

El brusco cambio de asunto me descolocó. Claro que había oído hablar de él. Flamel era un alquimista francés del siglo XIV, rodeado de leyendas. Se contaba que recibió un grimorio alquímico, es decir, un libro mágico de un desconocido, o de un ángel, según las versiones. Para descifrarlo vino a España, donde conoció a un rabino que le tradujo el libro. Se supone que así descubrió la fórmula de la inmortalidad y de la trasmutación del oro.

—Juan tiene el libro de Flamel —dijo Julia.

—Ese libro solo es una leyenda. Y, además, ¿qué tiene eso que ver con que le hayas dicho la verdad sobre nosotros?

—Déjame que te lo cuente hasta el final.

Al parecer, hacía dos días, Salinas había entrado en la botica con un paquete. Julia no solía estar allí a esas horas y cuando él la vio se quedó cortado. Gaspar se acercó a él y juntó las manos como si fuera a rezar. «Por fin lo habéis traído», dijo, y se calló de repente. Ambos cruzaron una mirada. Gaspar negó con la cabeza. Juan dudó, el alemán volvió a negar con más fuerza y Salinas le pidió a Julia que los dejara solos.

—Estaban muy nerviosos, tenía que ser algo importante y lo primero que pensé es que quizá era lo que estábamos esperando. No podía permitir que me dejaran al margen. Esa noche, cuando me quedé a solas con Juan…

Julia me miró de reojo, como si hubiera hablado más de la cuenta.

—No seas tan cuidadosa con mis sentimientos. No te pega nada.

Esa noche Julia intentó averiguar qué era lo que les tenía tan emocionados, pero Salinas no quiso hablar de ello. Le dijo que hacía muchos años ambos hicieron el juramento de que, si encontraban lo que él había hallado no lo revelarían nunca a nadie más.

Salinas le habló de un secreto muy peligroso. Quien lo poseyera conseguiría riquezas y poder más allá de cualquier imaginación, aunque también sería víctima de una maldición que podría destruirlo.

—Siguió diciéndome que no tenía miedo de enfrentarse al peligro, pero no permitiría que yo sufriera el mismo destino. Me burlé un poco de su tono misterioso y siniestro, pero él estaba cada vez más nervioso. «Sois lo más preciado para mí», dijo, «y si he de separarme de vos para proteger este secreto y manteneros a salvo, no dudaré en hacerlo, aunque con ello pierda la salud y la dicha que me proporcionáis».

—Qué valiente y qué enamorado. Yo diría más bien que lo que quiere mantener a salvo son los millones que espera conseguir con lo que sea que esconde.

—Lo que tú digas —dijo con cara de fastidio—. Estaba muy afectado, y también decidido a guardar el secreto. Y yo no podía permitirlo. Estaba segura de que tenía que ver con nosotros.

Así que Julia había hecho un trato con él: un secreto por otro. Él le revelaba qué había en ese envoltorio y ella le contaría a él algo que le asombraría como nada lo había hecho antes. También le dijo que estaba segura de que ambos secretos estaban relacionados.

—Y le has contado algo que nos puede llevar a la hoguera por una loca intuición de las tuyas.

—Es más que una intuición. Escúchame: Juan no es un experto alquimista. Estoy segura de que sus conocimientos no van más allá de algunas técnicas para la extracción de metales en sus minas de León y México. ¿Por qué entonces aparecía en la tablilla? Tenía que ser por algo distinto, algo secreto que hubiera descubierto. ¿Y qué puede ser si no este misterioso asunto del que espera riquezas y gloria? Déjame hablar y verás cómo tenía razón.

—De acuerdo, tiene su lógica, aunque no veo la necesidad de ponernos en peligro de esa manera. Siempre haces las cosas sin pensar y esta vez te has lucido.

—Confío en Juan. Es un científico y además…

—Además te adora y daría la vida por ti. Sí, ya lo has dicho.

—Aunque te burles, es verdad. Sé que me quiere y sé que se enfrentaría a todos por nuestro amor.

—Joder, pareces sacada de un culebrón venezolano. Vale, dejemos el asunto del amor y del sacrificio. Cuéntamelo todo.

—Le hice el juramento de revelarle mi secreto cuando supiera el suyo. Después de mucho cavilar y darle vueltas, al final se decidió. Entonces bajamos a la botica y Juan corrió un armario. Detrás había un hueco donde estaba guardado el paquete. Era un hatillo de cuero y al desenvolverlo apareció una especie de legajo que parecía muy antiguo, o más bien unas cuantas hojas entre dos tapas de cobre, aunque apenas se notaba el color original. Estaban negras de suciedad. Las pocas páginas que contenía estaban combadas por efecto de la humedad. Juan lo colocó con cuidado sobre un atril de la mesa y me habló de Flamel, contándome lo mismo que tú y dando por supuesto que es una historia cierta.

Salinas llevaba toda la vida buscando el libro. Le contó a Julia que hacía muchos años, en su primer viaje a las Indias, conoció a un hombre. Él fue quien metió en la cabeza de Ponce de León la idea de encontrar la fuente de la eterna juventud. «Nadie sabe lo que os voy a contar salvo Gaspar —le dijo—. Todos los que estaban allí han muerto a lo largo de estos años o no comprendieron de lo que se habló. Yo era un joven de quince años y por entonces ya estaba interesado en los poderes esotéricos. Aquel hombre nos habló del libro de Flamel, fue la primera vez que oí nombrarlo, y también nos contó que en él estaba la fórmula para dominar el tiempo y el espacio. Comprendí que estaba hablando de la eternidad, de la inmortalidad. Y ahora lo tenemos en nuestras manos. El poder absoluto».

Tras un tiempo de búsqueda infructuosa, Salinas desistió y marchó de nuevo a las Indias. A su vuelta, un viejo germano, compañero de hermandad de Gaspar, y que trabajaba en sus minas de León, le dio ciertas pistas que le condujeron a Toulouse. Allí visitó abadías, conventos e iglesias, los lugares con las mejores bibliotecas, y cuando estaba a punto de darse por vencido, conoció la existencia de la biblioteca de un judío de origen español que acababa de morir sin hijos.

—Compró todos los libros a la viuda y lo encontró camuflado dentro de un tratado árabe de astronomía. Las tapas están tan sucias que es difícil distinguir lo que hay grabado. Por lo visto, son caracteres griegos y árabes, pero aún no lo ha traducido. El libro tiene tres veces siete páginas, número poderoso de la Cábala, según Juan, y no son de pergamino ni de papel, sino de corteza de árbol.

En la primera página del libro había un texto escrito en letras capitales doradas. Salinas lo había traducido: ABRAHAM JUDÍO, PRÍNCIPE, SACERDOTE, LEVITA, ASTRÓLOGO Y FILÓSOFO. A LA NACIÓN JUDÍA DISPERSA POR LA IRA DE DIOS, SALUD Y VIDA ETERNA, D.I.

—El resto no lo quiso traducir. Al parecer eran maldiciones contra aquel que posase sus ojos en el libro sin ser sacrificador o escriba.

—¿Sacrificador? —pregunté.

Julia se encogió de hombros.

—Ni idea.

En la segunda página, Abraham escribía palabras de consuelo a sus correligionarios y, después de esto, en las páginas siguientes y en latín, enseñaba a su pueblo, cautivo de los romanos, la manera de pagar sus tributos obteniendo oro por medio de la trasmutación metálica.

—Ahora agárrate, porque vas a alucinar —dijo Julia con una enorme sonrisa—. Juan abrió el libro por una página que mostraba el dibujo de dos serpientes mordiéndose la cabeza la una a la otra, ambas sobre una vara que cruzaba el dibujo.

—El mismo dibujo que encontramos en tu libro. —El corazón comenzó a palpitarme a toda velocidad. Empezaba a estar tan emocionado como ella—. No es concluyente. Las dos serpientes unidas son un símbolo gnóstico bastante extendido. Es el símbolo de la ambivalencia, del contacto con el más allá.

—Sí, y de la sabiduría alquímica. Pero eso no es lo más importante. Después de varias páginas que son un galimatías, aparece un tercer dibujo: muchas serpientes corriendo por un desierto. En medio del dibujo hay una fuente donde paran a beber. Cuando llegan a ella, están arrugadas, viejas, y al alejarse parecen mucho más jóvenes, con pieles lisas y brillantes. El texto aún no lo ha traducido. Parece que está escrito en griego y aparece varias veces y en letras grandes la palabra «hodoiporía».

—Viaje —traduje de forma automática.

—Para Juan esto es la confirmación de que en el libro está la fórmula de la inmortalidad. A mí se me ocurre otra cosa. ¿Por qué esa palabra? ¿Cómo representarías un viaje en el tiempo? ¿Alguien o algo viejo que se vuelve joven, por ejemplo?

Nos miramos con cara de atontados.

—Mi libro podría ser la traducción de este. El mío no tenía dibujos, salvo el de las serpientes, pero son demasiadas coincidencias. Estoy segura de que es lo que nos trajo hasta aquí —dijo Julia.

—Y lo que nos puede devolver al futuro.

Estaba tan agitado que olvidaba la segunda parte de esta historia: la confesión de Julia.

—¿Qué ha dicho cuándo le has contado tu secreto? —le pregunté cuando conseguí tranquilizarme.

—Al principio se rio. No me creía, claro. Luego, después de escuchar en silencio todas mis explicaciones me ha dicho claramente que estaba loca. Incluso se ha apartado de mí como con miedo. Contaba con ello. Es normal. Hay que tener en cuenta que en esta época ni siquiera se han planteado la posibilidad de los viajes en el tiempo. Nosotros tenemos toda una cultura de ficción e incluso científica que lleva postulando esta posibilidad desde hace más de un siglo. Él es un hombre de otro tiempo, es…

—No hace falta que lo defiendas. Me parece estupendo que no se haya creído nada. Eso que ganamos en seguridad. Y, a pesar de ello, ¿va a dejarte participar en el asunto del libro?

—No he dicho que no me crea —dijo Julia con una sonrisa—. Tardé toda una noche, pero he conseguido que, al menos, conciba la posibilidad de que le digo la verdad. Por lo menos, ya no piensa que estoy loca de atar.

Julia no parecía consciente de lo que había hecho. Estábamos rodeados de superstición, de acusaciones de brujería, de fanatismo, de ignorancia. ¿Y si a Salinas le daba por denunciarnos a la Inquisición? ¿Y si se le ocurría contárselo a alguien y este alguien nos denunciaba? Me sentía tan expuesto como un muñeco del tiro al blanco.

—Salinas no creerá que estás loca, pero yo sí. Espero que no tengamos que arrepentirnos de esto.

—Claro que no. Confesar la verdad a Juan me ha servido para conocer el libro de Flamel. Aún nos queda mucha investigación por delante, pero estamos en el camino correcto. Es el principio del fin. Lo presiento.

Cuánta razón tenía.