El bucle infinito

Isabel Martín · Capítulo 38 de 41

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El bucle infinito

Capítulo 37

37

 

Le parece que lleva una eternidad encerrada en la celda. No sabe si Lope ha dejado el convento. No sabe si Julia está a salvo. No sabe si es de día o de noche. La luz del exterior entra solo por el ventanuco de la puerta, aunque tiene una lámpara de aceite para alumbrarse. Por las veces que le han dado de comer y han vaciado el cubo que le sirve de letrina, por el sonido de las campanas llamando a las horas, deben de haber pasado al menos cuatro días, aunque el tiempo se desdibuja en la invariabilidad de la celda. Junto a la puerta hay siempre un soldado que vigila a la sirvienta que le trae la comida, una sirvienta a la que no conoce y que no responde a ninguna de sus preguntas. Al principio gritó, golpeó la puerta, lloró. No sirvió de nada. Otros gritos más, pensó, como los que despertaban a las novicias cuando ella llegó al convento. Se imagina a Ana tapándose los oídos mientras intenta dormir sin saber que ahora son sus gritos los que la desvelan.

Se hubiera ido con él, incluso aunque eso significara no volver a ver a Julia, pero no tuvo ocasión. Dos soldados la sujetaron por los brazos sin atender a las protestas de Lope y sus intentos por liberarla, lo que le valió un golpe en la cara y argollas en las manos y en los pies. Vio con impotencia cómo lo sacaban a rastras de la ermita. Se retorcía y soltaba amenazas inútiles contra el obispo y no pudieron ni intercambiar una última mirada.

—Me temo que ahora ya no está en mi mano perdonaros, padre —dijo el arzobispo cuando Lope estaba a punto de traspasar la puerta, custodiado por los alguaciles.

Y después esta celda, sin más palabras, sin respuestas a sus muchas preguntas.

Intenta pensar con claridad. Julia no puede estar encerrada. El arzobispo la necesita para sus delirios. A ellos no, y al descubrir que estaban al tanto de su secreto, debió de temer que frustraran sus planes o, incluso, que le arrebataran el acceso a esa inmortalidad que lleva ansiando tantos años. Ha de ser eso. Julia tiene que estar a salvo. ¿Y Lope? ¿Se atreverá el arzobispo a hacerle daño? Lope es un hombre del rey, alguien que no puede desaparecer sin más. Aunque el arzobispo no se puede arriesgar a que Felipe II se entere de la existencia de la máquina. Lope es el mayor peligro para sus planes. ¿Qué le espera pues? ¿La cárcel, la muerte? No quiere pensar en eso, lo arranca de su mente como un bicho que intentara comérsela por dentro.

Entonces, tumbada en el camastro, escucha un raspar cerca de su oído, al otro lado de la pared, como el roer de un ratón. Puede que no sea nada más que eso, un ratón en su agujero. Pero hay algo distinto en este sonido, algo que le suena a humano, un ritmo cadencioso que va en aumento a medida que se acerca. Pega el oído a la pared y puede escuchar con claridad el raspar de los adobes. Se queda así durante mucho tiempo, tanto que hasta se adormece. La despierta un ruido distinto: ha saltado un trozo de yeso. Mira, expectante, el pequeño agujero que se ha formado y, entonces, escucha un susurro que atraviesa la pared.

—¿Sabina, estás ahí? Soy Ana. ¿Estás ahí?

Pega la boca al agujero.

—Estoy aquí. ¿Me oyes?

—¡Qué alegría! ¡Creí que estabas muerta!

—¿Por qué?

—Fue lo primero que pensé. Me dijeron que habías vuelto a tu aldea, pero yo no lo creí. Barrunté que habías muerto y no querían decírmelo.

—¿Y por qué iba a morir, así de repente?

—Deja de hacer preguntas. Tengo poco tiempo y muchas cosas que contarte.

—¿Está el padre Lope en el monasterio?

—Hace varios días que no lo veo. ¿Por qué te han encerrado aquí?

—No lo sé. ¿Y la hermana Bárbara?

—Calla y escucha. Vino un hombre preguntando por Teresa, un soldado. Se montó mucho revuelo. Todas las que lo habían visto hablaban de que era un hombre muy apuesto. La madre abadesa le echó del convento y él se marchó muy enfadado; desesperado, según las palabras de la hermana portera. Al día siguiente estábamos en el huerto. La priora nos quiere ver trabajando todo el día. No tiene caridad…

Intenta aguantar la impaciencia. Aquella mujer es incapaz de centrarse.

—Ana…

—El hombre estaba escondido en el pinar. Debía de haber saltado la valla. Todas salieron a buscar ayuda, pero yo me acerqué, ya sabes lo que me gustan los misterios, y pude hablar con él unos minutos antes de que escapara. En verdad es apuesto, aunque viejo.

—¿Qué tiene todo eso que ver conmigo? —Intenta ser paciente.

—Me preguntó por Teresa. Al parecer, la conoció hace mucho tiempo — sigue Ana sin hacer caso de su interrupción—. La llamó «Mencía», su nombre en el mundo. Aunque le pregunté, no quiso decirme para qué la solicitaba. Me dio pena y deseé ayudarle. Parecía un buen hombre, aunque un poco brusco. Concertamos una cita para después y le ayudé a escapar por la puerta de los frutales. Esa noche le llevé hasta la celda de la hermana Teresa.

—¡¿Qué tengo que ver con todo esto?! Por si no te has dado cuenta, estoy encerrada.

—Escucha. Acompañé a aquel hombre y me quedé en un rincón mientras hablaban. Ya sabes cómo tiene la cabeza la pobre Teresa. Cuando le vio, empezó a llorar y a mascullar unas cosas muy extrañas. Hablaba en susurros, tanto que el hombre tuvo que agacharse hasta pegar la oreja a su boca. Aunque me acerqué con sigilo todo lo que pude, no conseguí entender nada. Después de escuchar un rato a Teresa el hombre se irguió. Parecía un toro encerrado. En aquel momento, alguien entró y dio la alarma. Yo me fui dejándolo allí. No quería que me descubrieran.

—No entiendo nada.

—Cuando me iba de la celda, Teresa me agarró del brazo y se acercó a mí: «Cuéntaselo a Sabina», me dijo al oído.

—¿Que me cuentes qué?

—Supongo que de todo lo que habló con ese hombre, aunque, para ser sincera, no entendí nada.

—Me estás volviendo loca. ¿Qué quieres que haga con todo esto que dices? No tiene nada que ver conmigo.

—Teresa parecía muy ansiosa por que te lo contara.

—Teresa siempre está ansiosa. Al menos ahora sabes que estoy encerrada. ¿Cómo te enteraste?

—Ingenio. Al mismo tiempo que desapareciste, llegó una nueva sirvienta que no habla con nadie. Sospeché de ella. Venga a traer y llevar jarras de vino y platos con comida que luego devolvía vacíos. La seguí hasta aquí esta mañana y vi al soldado apostado delante de la celda. ¿Era a ti a quien custodiaba? Tenía que comprobarlo. ¿Seguro que no sabes por qué te han encerrado?

—No. Tienes que buscar a Bárbara y contarle que estoy aquí. Por favor.

—Creo que ya lo sabe.

—¿Por qué dices eso?

—Porque fue la propia Bárbara la que me dijo que te habías ido y que ella misma te había despedido a la puerta del convento.

Aquella noticia la deja muda. ¿Qué ha pasado fuera de esas cuatro paredes? ¿Julia la ha traicionado? ¿Y con qué objeto? Ana solo ha venido a complicarle más la vida, si es que eso fuera posible.

—¿Para qué me cuentas todo esto? —susurra enfadada—. Si no puedes ayudarme a escapar será mejor que te vayas. Déjame tranquila. Vete a plantar acelgas en la huerta, a hacer dulces o a suspirar por los placeres del mundo.

Ana no contesta. Sabina se arrepiente de sus reproches, pero no pide perdón. Está demasiado enfadada, triste y preocupada.

—Eres una ingrata —susurra Ana por fin—. Si se enteran de lo que he hecho me encerrarán como a ti. Ya te he contado todo lo que venía a decirte, así que si lo que quieres es que me vaya, me iré.

—Vete. No te necesito.

—Me voy.

—Con Dios.

Silencio. Pega el oído al agujero. Tiene miedo de que Ana le haya hecho caso.

—¿Seguro que quieres que me vaya? —escucha por fin.

—No.

La rabia se esfuma. Ana es lo único que la une con el exterior. Es su amiga y se ha arriesgado por ella.

—Busca al padre Lope —dice—. Entérate de qué ha sido de él. Y luego intenta hablar con Bárbara.

—Tanto Lope como Bárbara se han esfumado. Nadie los ha visto desde hace cuatro días. La última vez que vi a la hermana fue cuando me dijo que te habías marchado. Después, nada.

No puede decirle a Ana que busque en la cripta. No se atreve, no quiere ponerla en peligro. ¿Qué puede hacer? ¿Tumbarse en el camastro y dejar que el tiempo pase?

—Veré qué puedo averiguar. Será poco, a pesar de mis dotes para el fisgoneo. Tú no desesperes. Todo se arreglará.

—Nada se va a arreglar, pero te lo agradezco.

—No me des las gracias. Esto es lo más emocionante que me ha pasado en los últimos cinco años. Lo único emocionante. Ojalá las mujeres pudiéramos ser alguaciles. Te aseguro que no estaría en este convento donde nunca pasa nada.

Pobre Ana, piensa, si supiera lo que sucede bajo sus pies, no volvería a protestar por el supuesto tedio que ha de soportar en el monasterio.

 

Dos días más. Nadie, salvo la sirvienta, aparece por la celda. No puede de inquietud. Ya ni siquiera consigue animarse al recordar las últimas horas pasadas con Lope. Le parece que las campanas de la iglesia solo tocan a difuntos. Todo lo bueno se ha desvanecido, todo parece muerto. Solo le queda la esperanza de que Julia haya conseguido escapar a su mundo. Pero si eso fuera así, ¿qué razón habría para que ella siguiera encerrada sin más? El arzobispo estaría tan furioso que la mataría para vengar la traición de Julia. O, en el mejor de los casos, la interrogaría para averiguar cómo había desaparecido.

Se desespera. Las preguntas sin respuesta se agolpan en su cabeza y no le dejan descansar. Apenas duerme, apenas come.

Entonces escucha unos gritos en la puerta de la celda. Son dos hombres discutiendo. ¿Lope? «Que sea él, por favor, que sea él», reza.

Los gritos se incrementan. Escucha ruidos metálicos, exclamaciones, golpes. Y, luego, el silencio. Alguien manipula la cerradura, la puerta se abre de par en par. El soldado cae al suelo atado de pies y manos y en el umbral aparece un desconocido. ¿O no lo es? Su porte le es familiar: es un hombre alto, de pelo canoso. Le mira con atención.

—¡¿Qué hacéis aquí?!

—¿Eres Sabina?

Ella asiente.

El hombre se acerca, la sujeta por el brazo y tira de ella para que se ponga de pie. Ahora está más cerca y la mira con el ceño fruncido. Levanta la lámpara, le ilumina la cara y, casi de un salto, se separa de ella como si le hubiera dado una bofetada.

—¡Eres tú! —dice con los ojos como platos.

No sabe qué pensar de aquel hombre que se ha quedado pasmado mirándola. ¿Por qué la mira así?

Y, entonces, hace lo último que hubiera esperado. Se acerca a ella y la estruja entre sus brazos. El abrazo apenas dura unos segundos. Ella le da un empujón y le separa de sí.

—¡Soltadme! ¡¿Estáis loco?!

Él sigue sin hablar, solo la mira de arriba abajo. Ella se siente cada vez más extraña. ¿Le conoce de algo?

—Os envía Lope, ¿verdad? —dice para hacerle reaccionar—. ¿Está aquí? ¿Está bien?

—No me envía tu Lope.

El hombre sacude la cabeza, le agarra de la mano y tira de ella para sacarla de la celda.

—Más bien tenemos que ir nosotros a salvarle el culo.

A pesar de que el hombre cojea, a Sabina le resulta difícil seguir sus zancadas.

—Corre.

¿Salvarle el culo, ha dicho? ¿Qué manera es esa de hablar? Aquel hombre parece conocerla. La ha abrazado y ahora tira de ella por los pasillos del convento. A ella también le resulta familiar. Le sigue fascinada. Casi ha olvidado que están en peligro.