El caballo de madera
Capítulo VIII
C UANDO volvieron a trabajar en el túnel al cabo de siete días, se encontraron con que la tierra de las paredes y del techo se había secado y se habían producido bastantes desprendimientos. Tuvieron que pasar otra semana retirando la tierra caída y reforzando el túnel con tablas en los sitios peligrosos.
Ya estaban a principios de octubre y terminaba el largo verano de Silesia. Durante todo el verano su trabajo había sido protegido por el buen tiempo. Cuando levantaban la trampa y los excavadores se hallaban en el túnel, les costaba un cuarto de hora volver al pozo, cerrar la trampa y regresar en el caballo. No podían permitirse ser sorprendidos por un aguacero. Si empezaba a llover, los saltadores no podían seguir el juego sin despertar las sospechas de los guardas. Tampoco podían correr a cobijarse en la cantina y abandonar el caballo de madera bajo la lluvia. Lo natural era que se llevasen al caballo, y no podían hacerlo si la trampa estaba abierta y los dos excavadores seguían en el túnel. Por eso tenían que estudiar cuidadosamente el estado atmosférico y, a la menor señal de posible lluvia, tenían que saltar sin hacer nada en el túnel. Casi cada vez que sacaban el caballo discutían antes muchísimo sobre el tiempo. Mientras más se acercaban a la alambrada, más les preocupaba el peligro de ser sorprendidos por la lluvia. También estaban resueltos a terminar hacia fines de octubre, y a medida que el tiempo pasaba se hacían sus discusiones más dogmáticas e irritadas.
A Philip le preocupaba más que a sus dos compañeros un posible y súbito cambio de plan. A veces despedíanse por la noche después de haber convenido en iniciar los saltos inmediatamente después del desayuno a la mañana siguiente. Philip llegaba a la habitación de los otros vestido para excavar y se encontraba con que, debido a un cambio de tiempo, no harían nada. Diez minutos después, si el tiempo daba señales de mejorar, decidían reanudar la tarea, y en pocos instantes reunían a los saltadores.
Todo esto les producía un gran desasosiego a todos ellos. Estaban físicamente cansados después de tres meses y medio de excavación, y ahora sus nervios se resentían de la continua inquietud y de los súbitos cambios de plan. Peter contó muchas veces más aquella historia del toro joven y del viejo, pero se desesperaba en su interior con las dilaciones causadas por los aguaceros, cada vez más frecuentes.
Con el nuevo sistema el túnel adelantaba poco. Habían ampliado el extremo para formar una bolsa lo bastante amplia para permitir que el hombre que trabajaba en la parte avanzada pudiera descansar los codos en tierra y ponerse en cuclillas. En vez de usar el tobogán de madera para transportar la tierra túnel abajo, emplearon una palangana de metal que tenía dieciocho pulgadas de diámetro por ocho de fondo. La palangana era lo bastante pequeña para encajar en el túnel. Abrieron en este recipiente dos agujeros opuestos en su borde para atar a ellos la cuerda que habían formado uniendo varios cordeles que venían sujetando los paquetes de la Cruz Roja.
Cuando terminaron de abrir la bolsa —les costó cuatro días eliminar la tierra que sobraba — continuaron perforando el túnel. Uno de ellos trabajaba en la extensión del túnel echando la tierra hacia atrás hasta meterla en la bolsa. Una vez allí, el «tunelista» tiraba de la cuerda para atraer la palangana hacia su hueco, se la pasaba entre los pies y, poniéndola entre sus dobladas rodillas y su estómago, la llenaba de la tierra que acababa de retraer. Dos tirones a la cuerda era la señal convenida con el compañero que esperaba en el pozo de entrada para que este tirara hacia sí de la cuerda y llegase a sus manos la palangana llena de tierra. Entonces el del pozo volcaba la palangana y llenaba sus sacos mientras el excavador volvía a arrastrarse hasta el extremo más avanzado del túnel para sacar más tierra.
Al principio se limitaban a pasar la cuerda por los agujeros abiertos en el borde de la palangana. Pero como estos habían sido abiertos con un clavo, de un modo muy elemental, y estaban llenos de cortantes aristas, resultó que la cuerda se rompía con frecuencia y la palangana se quedaba parada en seco, por lo general en medio del túnel. En esos casos solía suscitarse una discusión en murmullos para decidir cuál de ellos dos se encontraba más cerca del recipiente y a cuál le correspondía, por tanto, arrastrarse por el túnel y reparar la cuerda. Pero esto lo solucionaron por fin fabricando unos fuertes ganchos de alambre de los cuales ataban los dos trozos de cuerda.
Por la época en que abrieron el hueco auxiliar estaban muy preocupados por la falta de aire en el túnel. Con el nuevo sistema de la palangana se encontraron con que el movimiento de esta túnel arriba empujaba suficiente cantidad de aire para el excavador. Ahora trabajaban en dirección ascendente, acercándose de un modo gradual a la superficie, y era imposible permanecer en la extensión durante más de unos minutos. Si por alguna razón la palangana no se movía, la escasez de aire se hacía peligrosa.
Después de un cierto tiempo avanzaron tanto más allá del hueco auxiliar que tuvieron que hacer uno nuevo al final del túnel rellenando el antiguo y alargando la cuerda. Antes de terminar del todo se vieron obligados a abrir tres bolsas de aquellas.
A pesar de sus esfuerzos no pudieron persuadir a Philip de que entrara desnudo en el túnel. Insistió en llevar una camisa, shorts y zapatos de tenis. A esto se debió el que sus dos compañeros decidieran que se quedara siempre en el pozo de entrada.
Era una verdadera hazaña sacar las treinta y tantas palanganas de tierra desde el extremo hasta el pozo. Además, las bolsas tenían que llenarlas y levantarlas una por una para colocarlas luego dentro del caballo; por eso, Peter y John fingieron estar muy cansados y convencieron a Philip para que les permitiera a uno de ellos trabajar en el pozo mientras a él le tocaba excavar.
Después de trabajar durante varios meses, se convenció John de que el túnel se desviaba hacia la izquierda. Peter, encargado de la construcción, creía, en cambio, que no había desviación alguna. Se habían guiado por una brújula de fabricación casera y, después de discutirlo mucho, decidieron salir de dudas con una prueba.
Peter reptó hasta el final del túnel con la cuerda de la palangana atada a un tobillo. Llevaba una vara metálica de unos cuatro pies de longitud. John, en el pozo, sostenía el otro extremo de la cuerda. Mientras, en la superficie, Nigel, sentado sobre el caballo, parecía descansar después de unos difíciles saltos.
Philip se paseaba con las manos en los bolsillos en la indiferente actitud típica del prisionero de guerra. Los demás saltadores andaban también de un lado para otro, cerca del alambre bajo. Los guardas se aburrían en sus garitas. Todo el campo tenía su habitual aire de cansancio.
Peter, tendido en el extremo superior del túnel, abrió un estrecho y profundo agujero en la pared frente a su cara. Colocó allí el extremo de la vara metálica y fue introduciendo el otro por el techo del túnel mediante un movimiento de tirabuzón para evitar un derrumbamiento. Era una dura tarea. Le caían en la cara terrones del techo. Pulgada a pulgada fue haciendo subir la vara metálica hasta que el extremo inferior quedó al nivel del techo. Entonces escarbó un poco de tierra en torno a la varilla y la empujó aún más. Por la repentina falta de resistencia comprendió que había salido a la superficie y que ya la rebasaba. Dio dos tirones a la cuerda para advertirle a John que había terminado. John dio unos golpecitos en el interior del caballo, y Nigel, al oírlo, envió un mensajero para avisar a Philip.
Philip, procurando aparentar indiferencia, miraba frenéticamente la superficie que tenía frente a él en busca de la punta de la varilla. No la veía.
Peter se impacientó y empezó a mover la varilla de arriba a abajo. Entonces la vio Philip. Se rascó la cabeza. Nigel dio unos golpes en el costado del caballo. John tiró de la cuerda y Peter quitó la varilla.
El punto más avanzado del túnel se hallaba exactamente debajo de la alambrada, pero a quince pies a la izquierda de donde Peter había creído que estaría.
A la mañana siguiente, Peter, John y Philip pasearon por el circuito para completar sus planes de fuga.
—Tendremos que perforar los últimos diez pies — dijo Peter —. Estamos ya debajo de la alambrada y solo nos quedan doce días para fin de mes. Si tenemos suerte haremos seis pies para entonces. Con eso estaremos a tres pies más allá de la alambrada. Hay una zanja poco profunda a unos doce pies más allá de la alambrada, y si podemos llegar hasta allí nos convendrá mucho para ocultarnos en el momento de salir.
—Pero ahí da también la luz de las lámparas de arco voltaico — objetó John.
—La luz de las lámparas se extiende a unos treinta pies fuera de la alambrada y nos sería imposible llegar tan lejos con el túnel. Además, el único horario de ferrocarriles que nos ha dado Stafford expira a fin de mes y no tenemos más remedio que calcular la salida de manera que tengamos tiempo de correr a la estación y coger un tren. Si salimos y tenemos luego que estarnos esperando un tren correremos gran riesgo de ser detenidos.
—Estoy de acuerdo con Pete —dijo Philip—. Tendremos el tiempo justo de organizar una «diversión estratégica» en las barracas más próximas a la alambrada exactamente cuando pensemos salir a la superficie. Tenemos que organizar…
—Eso no será tan fácil como crees —dijo John —. ¿Cómo vamos a calcular el tiempo que tardaremos en excavar diez pies?
—Calcularemos de más —dijo Peter—. Y luego añadiremos una mitad de ese tiempo por si acaso, y si alcanzamos la zanja antes de la hora que nos hayamos fijado, nos quedaremos quietos hasta que oigamos que empieza el escándalo en las barracas. — Se volvió hacia Philip —. ¿Quieres encargarte tú de organizar la diversión estratégica?
—Muy bien. Yo cuidaré de eso. ¿Y los centinelas del exterior?
—No entran de servicio hasta una hora después de oscurecer. John y yo nos hemos pasado varias noches en claro contemplando sus movimientos. Hay dos por el lado que nos interesa. Cada uno de ellos recorre la mitad de la alambrada por esa parte, se encuentran a la mitad, se dan la espalda y se dirigen otra vez cada uno a cada extremo. Si llueve, se quedan debajo de un árbol. Andan muy despacio y, cuando empiece el jaleo, ellos y los goons de las garitas mirarán hacia el interior, atraídos por el ruido. Podremos salir por detrás de ellos sin que se den cuenta. — Peter hablaba muy confiado, pero la verdad es que pensaba en las balas de los fusiles ametralladoras y en el grito desgarrador en la noche cuando Alan había sido acribillado en la alambrada —. Tendremos que llevar ropa negra — añadió.
—Ya he pensado en eso —dijo Phil—. Podemos disponer de alguna ropa interior de lana, conjuntos de camiseta y calzoncillos largos, en una sola pieza, enviados por la Cruz Roja. Si los teñimos de negro con hojas de té o granos de café podemos cubrir con ellos nuestro traje. Además, así conservaremos limpia la ropa de calle mientras atravesamos el túnel, y será un buen camuflaje para cuando salgamos.
—John y yo hemos pensado bajar desnudos al túnel — dijo Peter.
—Yo no estoy dispuesto a que, si me cogen, me lleven a la «fresquera» como vine al mundo. Eso está muy bien para vosotros los desnudistas. Además, mi piel no es como la vuestra; es demasiado blanca y se vería a una legua. Además, hay otra cosa: quiero recorrer el túnel mañana. No me fío de vosotros. Quiero estar seguro de que es lo suficientemente grande para que yo pueda pasar por él y llevar mi mochila.
—¿Qué es eso de tu mochila? —preguntó John.
—Hombre, ya sabes que voy como viajante de comercio. Por tanto, necesitaré un maletín de muestras y me he proporcionado un sombrero hongo negro que le he birlado a uno de los goons. Tendré que llevarlo en una caja para que no se me aplaste. Y luego llevo un capote de la RAF.
—En vista de ello, lo mejor es que baje Phil mañana y se convenza del tamaño del túnel — dijo John.
—De acuerdo —dijo Peter—, pero escucha, Phil, nada de bromas. No vayas a ampliarlo mientras estás allí y vengas luego con el truco de que se desprendió la tierra. Tal como es nos basta.
—Vamos a quedar de acuerdo en una cosa —dijo Philip —. No podéis entrar desnudos; tendréis que llevar zapatos por si tenemos que correr. A mí no me haría gracia correr por el bosque, perseguido por perros, completamente desnudo.
—Debemos acordarnos de coger alguna pimienta para los perros — dijo Peter.
—Sí, pero ¿qué hacemos con la mochila?
—Me gusta la idea de la camiseta y los calzoncillos — dijo John —. Podríamos llevar calcetines sobre los zapatos y capuchas negras para cubrir la cabeza.
—No podremos llevar toda nuestra ropa encima — insistió Peter —. El túnel no es lo bastante grande para eso.
—Entonces llevaremos puestas las camisas y los pantalones — dijo Philip —. Y el resto lo empaquetaremos en unos envoltorios teñidos de negro. Podemos remolcarlos por el túnel atándolos a los tobillos.
—Todavía no hemos resuelto el problema de mayor importancia — dijo Peter.
—¿Cuál?
—Cómo transportar cuatro personas en el caballo.
—¿Cuatro? —Philip estaba excitado—. Creí que solamente íbamos tres.
—Sí, pero alguien tiene que cerrar la trampa cuando hayamos bajado.
—Pero ¿es posible que no hayáis arreglado eso todavía? — Philip estaba aún más excitado.
—En realidad, nunca creí que íbamos a llegar tan lejos. — Y al decir esto, Peter le hizo un guiño a John —. Cuando decidimos ofrecerte que vinieras con nosotros no nos detuvimos a pensar cómo íbamos a salir cuando el túnel estuviera acabado. Tres podríamos haber cabido en el caballo por los pelos… pero me parece por completo imposible que podamos entrar cuatro.
—Tendremos que echarlo a suerte —propuso John.
Philip estuvo a punto de estallar:
—¿Queréis decir que, después de tener la obra tan avanzada, no habéis pensado cómo íbamos a salir?
—¿Es que tú lo has pensado?
—Creí que vosotros lo habíais dispuesto todo.
—Los paquetes tendremos que dejarlos en el túnel el día antes — dijo John.
—Imposible —repuso Peter—. Si ponemos los tres líos en el túnel a la entrada, no podremos bajar nosotros.
—Entonces lo mejor será abrir un hueco cerca del extremo del túnel, lo bastante grande para que puedan caber allí todos los paquetes.
—Eso supone un trabajo de una semana —dijo Peter —. No creo que podamos avanzar mucho una vez pasada la alambrada. De todos modos, hemos de sobrepasar la vereda por donde pasean los centinelas. Y esto tenemos que terminarlo antes de fin de mes. El horario de trenes de que disponemos expira a fin de mes y después sabe Dios a qué horas saldrán los trenes.
—Dios quiera que no llueva mucho durante los últimos días — dijo Philip.
—En ese caso tendríamos que saltar con lluvia y todo. Los goons están ya convencidos de que estamos chiflados. Es cosa de arriesgarnos, y esperemos que no sospechen.
—¿Qué tren vais a coger John y tú?
—Hay un tren rápido para Francfort a las seis y media de la tarde, hora alemana — dijo Peter —. A las cinco y media ya oscurece y los centinelas del exterior suelen llegar poco después. Si salimos a la superficie a las seis, habrá la suficiente oscuridad y tendremos bastante probabilidad de que no hayan llegado todavía los guardas. No queremos salir demasiado pronto, no vaya a ser que descubran el boquete después de marcharnos nosotros y lleguen a la estación antes de que parta el tren y nos pesquen.
—Ese tren me conviene a mí también —dijo Philip.
—Entonces, ¿decididamente no vienes con nosotros? — le preguntó Peter. Y pensó: «Más vale así. Si fuéramos los tres juntos, acabaríamos peleándonos. Es mucho mejor que el buen Philip vaya por su cuenta. Él seguirá sus planes punto por punto y nosotros seríamos incapaces de ello. Sin embargo, nuestro plan es el mejor. Adaptarse a las circunstancias. Tal como lo haremos nosotros, necesitamos contar menos con la suerte. Y podemos hacerlo…».
—Iré por mi cuenta —dijo Philip—. Me dirigiré a Danzig y trataré de embarcarme allí.
—Nosotros nos quedaremos en Francfort —dijo John —. Tomaremos el tren rápido hasta Francfort, pasaremos la noche allí, y ya veremos cómo se presentan las cosas. Lo más probable es que lleguemos a Stettin en dos o tres etapas cortas. Y es muy posible que nos apeemos del tren antes de llegar a la estación de Stettin y nos metamos en la ciudad.
—Yo seguiré directamente hasta Danzig —dijo Philip —. Espero estar en Suecia tres días después de salir del campo.
—Creo que tu plan es perfecto —dijo Peter —. Es decir, perfecto para ti. Hablando alemán como tú hablas y presentándote como un ciudadano neutral, lo que más te conviene es, indudablemente, un viaje directo y rápido. Seguramente ha de salirte muy bien. Nosotros, una vez en Francfort, utilizaremos trenes locales y lentos.
—¡Ya sé lo que vamos a hacer! —exclamó John.
—¿A qué te refieres? —preguntó Peter.
—Yo bajo al túnel por la tarde antes de que pasen lista; por ejemplo, a eso de las dos; y me llevo el equipaje, me dejáis allí encerrado y puedo pasarme la tarde excavando. Durante mi ausencia, preparáis un truco para que no se den cuenta de que no estoy allí cuando pasen lista y luego os reunís los dos conmigo en el túnel en cuanto podáis. Pasan lista a las cuatro menos cuarto, de manera que a las cuatro o poco después podéis estar abajo. Os lleváis a alguien con vosotros, el compañero más pequeño que encontremos, para que él se encargue de cerrar la trampa cuando bajéis, y luego nos quedan dos horas para el esfuerzo final.
—No tendrá ninguna gracia —dijo Peter— estarse allí solo un par de horas.
—No te preocupes, estaré muy bien. Abriré un agujero para la ventilación debajo de la alambrada, pues allí no lo verán, y me dedicaré tan ricamente a excavar. Cuando lleguéis vosotros habré avanzado ya cinco o seis pies.
—No vayas a esforzarte más de la cuenta; que ya te conozco. — Peter conocía, efectivamente, la tremenda energía que desplegaba John cuando se empeñaba en hacer una cosa. Cuando se lanzaba a algo, todo él era un manojo de nervios enérgicos y de audaces redaños. No se daba cuenta de la parte que gastaba de sí mismo cada vez que emprendía algo —. No olvides que, a lo peor, tenemos que salir corriendo a toda velocidad al salir a la superficie — añadió Peter —. No te agotes cavando y déjanos la mayor parte del trabajo para cuando bajemos este y yo.
—Lo tomaré con calma —mintió John. Peter sabía que le estaba mintiendo, pero la cosa no tenía remedio.
—Bueno, de modo que estamos de acuerdo en todo, ¿no? — preguntó Philip —. Voy a ver al Comité y fijaré la diversión estratégica para las seis. Además, quiero preparar mis muestras de comisionista.
—¿Qué muestras llevarás? —preguntó Peter.
—Muestras de margarina en cajitas de madera. Si me entra mucha hambre, me las comeré.
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