El caballo de madera
Capítulo III
C [5] ONSTRUYERON el caballo. Tenía cuatro pies y seis pulgadas de alto y la base cubría un área de cinco pies por tres. Los costados se hallaban cubiertos por planchas de madera de dos pies cuadrados. Procedían de las cajas de la Cruz Roja donde esta enviaba los paquetes y que habían sido robadas del almacén alemán. Los lados iban unidos a la tapa hecha de sólidas tablas acolchadas con ropa de cama y cubierta con tela blanca sacada de los envoltorios en los que habían venido de Inglaterra los cigarrillos. Había cuatro agujeros de cuatro pulgadas de largo por tres de ancho abiertos en los costados. Metiendo unos palos de seis pies de longitud y tres pulgadas por dos de grosor por aquellos agujeros el caballo podía ser conducido por cuatro hombres, a manera de una silla de mano.
Guardaban el caballo en la cantina. Una cantina que solamente lo era de nombre, una prolongación de la cocina del campo formada por la barbería y una habitación grande y vacía donde ensayaba la banda de música. Como todas las demás edificaciones del campo de prisioneros, se asentaba sobre pilastras; pero la cantina tenía unos cimientos de ladrillo y era más sólida que las viviendas. La entrada se realizaba por una puerta de dos hojas a la que se llegaba por unos cuantos escalones anchos de madera.
El caballo de madera con una de las barras para levantarlo colocada en posición.
Durante la construcción del caballo, John había estado reclutando prisioneros para saltar. Puso anuncios, dibujados por él, por todas las barracas anunciando que habría clases de gimnasia todas las tardes. Algunos prisioneros fueron delegados para hablar con los alemanes. Se refirieron a la típica manía por los ejercicios corporales y les contaron, como quien no quiere la cosa, lo del caballo de madera.
Unos días después, los escasos paseantes de aquella hora de la tarde por el circuito quedaron sorprendidos al ver abierta la puerta de la cantina y un grupo de prisioneros, que solo vestían shorts, descendía los escalones de madera y formaba en fila a lo largo del alambre de alarma. Inmediatamente después los cuatro prisioneros más vigorosos del equipo salieron llevando una especie de cajón en andas. Este cajón fue conducido hasta un lugar situado a unos treinta pies del alambre de alarma, donde fue cuidadosamente depositado en el suelo. Luego quitaron los palos que servían de asas.
El equipo volvió a alinearse y, bajo la dirección de uno de los prisioneros, empezó a saltar sobre el artefacto. Los guardias, cansados de observar a los prisioneros en sus interminables vueltas al circuito, se interesaron por el insólito espectáculo. Pero no prestaron toda su atención al ejercicio deportivo. Un partido de boxeo o una pelea fingida solía ser un método corriente de distraer la atención de los guardias mientras que se realizaba un intento en un punto de la alambrada alejado de allí. Así, pues, los centinelas apartaban a cada momento la vista de aquel juego para fijarse en el trozo de alambrada del que eran responsables.
El término medio de saltos era de buena calidad. El capitán del equipo hizo realizar a sus hombres una complicada serie de saltos. Solo uno de los del grupo lo hacía bastante mal. Se notaba en seguida que no servía para aquello. Los guardias se dieron cuenta desde el principio de su torpeza y se reían de él cuando no podía saltar al otro lado del caballo. La nueva distracción había atraído a una multitud de prisioneros, a quienes la cosa divertía extraordinariamente, y todos jaleaban con gritos y burlas los fallos del gimnasta bisoño. Cada vez que tropezaba en la madera y caía hacia atrás levantaba en la concurrencia un tremendo regocijo.
Pronto todos los vigilantes concentraron su atención en este prisionero en espera de su ridícula exhibición. No tenían muchas ocasiones de reírse a cuenta de los prisioneros. Lo corriente era precisamente lo contrario. A medida que los espectadores iban ensañándose más con él, el mal saltador parecía empeñarse más en vencer el obstáculo. Por fin, tomando carrera con gesto heroico, dio un salto desesperado, pero tropezó en el caballo y lo tumbó. El artefacto había caído de tal manera que su interior quedaba por completo a la vista de los guardias.
El caballo estaba vacío. Los saltadores pusieron el cajón en su sitio y siguieron con su ejercicio. Pronto llevaron el caballo a la cantina y lo dejaron allí hasta la tarde siguiente.
Antes de salir de la cantina ataron hilo negro de algodón cruzando la puerta y en torno al caballo. A la mañana siguiente el algodón estaba partido. Los chivatos no se fiaban de ningún juego. Durante la noche habían examinado el caballo de madera.
Después de desayunar, una semana más tarde de haber empezado el notable deporte, paseaban Peter y John por el circuito. El tema de su conversación — el único tema que habían tenido durante toda la semana — era el caballo de madera.
—Creo que mañana podríamos empezar a cavar — dijo John —. Los goons se han acostumbrado ya a nuestro juego. Han podido ver el interior del cacharro durante bastante tiempo y están seguros de que no escondemos nada dentro. Además, los muchachos que saltan quieren que su esfuerzo produzca algún resultado. No podemos esperar que sigan ayudándonos si no ven que se empieza en seguida a hacer algo positivo.
Peter fumaba su pipa.
—¿Has oído alguna vez la historia de los dos toros?
—No —dijo John—. ¿De qué se trata?
—Había dos toros en el campo. Uno era un toro viejo; el otro, un toro joven. De pronto, el toro joven le dijo al viejo: «¡Mira! El granjero se ha dejado abiertas las puertas del cercado. Ahí cerca hay algunas vacas. Vamos a lanzarnos a toda velocidad y disfrutamos a dos de ellas». «No — dijo el toro viejo —. Vamos a ir despacito y podremos disfrutarlas a todas».
John se rio.
—Es muy cierto. Si fuéramos tú y yo los únicos, estaría de completo acuerdo contigo. Pero hemos de tener en cuenta a los saltadores. Si no ven que adelantamos algo, se desanimarán y tendremos que abandonar el proyecto.
—Sí, ya sé; a mí también me preocupan los saltadores. Es muy duro hacer tanto ejercicio con el poco alimento que tomamos. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en terminar el túnel?
—Veamos —dijo John—. Tenemos cuarenta y cinco pies hasta el alambre de alarma y treinta pies bajo la franja de peligro hasta la alambrada. O sea 75 pies. El cable mismo tiene ocho pies de grueso, de manera que son en total 83 pies. Pero más allá de la alambrada hay que avanzar por lo menos treinta pies para librarnos de los centinelas de fuera. Con eso llegamos a los 113 pies. Es decir, si podemos ir derechamente. Pero es muy posible que tengamos que torcernos a causa de rocas o raíces que encontremos, y así tendremos definitivamente unos 120 pies. Si hacemos cinco pies al día tardaremos veinticuatro días.
—No podremos avanzar cinco pies diarios —dijo Peter.
—Hombre, no sé. Yo estoy seguro de poder cavar cinco pies al día. Bueno, déjalo en tres pies, si quieres… Serán unas seis semanas.
—No se trata de la cantidad que podamos abrir cada día, sino de la cantidad de tierra que podamos transportar en el caballo. ¿Te das cuenta de lo que pesa la arena?
—Tú lo tienes que saber bien, ya que eres aquí el aparejador.
—Si no me falla la memoria, una yarda de tierra pesa unas mil libras, pero no recuerdo si húmeda o seca. La nuestra, desde luego, estará húmeda; pero, en fin, el saber esto no nos ayudará mucho. Lo que necesitamos saber es el tamaño que tiene una libra de tierra, de manera que podamos imaginarnos cuánta cantidad podremos llevarnos de cada vez. ¿Cuánto peso crees que podrán transportar entre los cuatro en el caballo… con uno de nosotros dentro además?
—¿Cuánto pesas tú?
—No lo sé. Pesaba once con tres cuando me abatieron. Creo que ahora pesaré diez con siete o cosa así.
—Entonces yo debo de pesar diez. Vamos a suponer que podemos llevar otras diez de arena…
—Entonces tenemos un total de 140 libras. Vamos a pesar una libra de arena para ver cuánto abulta. Me parece que un pie al día será más razonable que tres pies.
—Y ¿qué vamos a emplear como peso de una libra? Creo que un
galón[6] de agua pesa unas diez libras.
—Emplearemos una lata de klim sin abrir, porque pesa exactamente una libra. Nos fabricaremos una balanza, colgaremos una lata de klim vacía en uno de los extremos y la llenaremos con arena húmeda hasta que la balanza quede equilibrada. Entonces podremos saber el tamaño que tiene una libra de arena.
—Perfectamente —dijo John—. Ahora no podemos ir. Están dando clase de latín en nuestra habitación.
—Creo que yo debía empezar a dar clases de alemán.
—Hombre, Peter, yo no me preocuparía de eso. Después de todo, no vamos a presentarnos como alemanes. Saber un poco del idioma puede resultar más peligroso que ignorarlo por completo. Si empiezas a aprender alemán ahora y te pones a hablarlo, nos comprometes a los dos. Lo mejor que puedes hacer es estar siempre callado cuando nos escapemos. Es preferible que nos presentemos los dos como franceses y yo me encargaré de hablar siempre que se presente la ocasión. Con tal de que puedas decir «Ich bin Ausländer… nicht verstehen», te bastará.
—Estupendo —dijo Peter—. Ich bin Ausländer… nicht verstehen. Suena de un modo impresionante. ¿Qué significa?
—Quiere decir: «Soy extranjero… No comprendo».
—Me parece muy bien. Repetiré esas palabras sin parar hasta que tú llegues.
—Si quieres, puedes fingirte sordomudo.
—Ya sé lo que voy a hacer. Fingiré un tartamudeo muy exagerado, de manera que si me preguntan algo me pongo a tartamudear como un desesperado, y entonces llegas tú, les dices que yo no puedo hablar y les explicas lo que sea.
—Sí, lo haré así con tal de que me hablen en francés. Pero si no, empleas el procedimiento del nicht verstehen.
—De acuerdo —dijo Peter—. Ich bin Ausländer… nicht verstehen. — Siguió dando vueltas al circuito y pensando en la fuga —. Ich bin Ausländer… nicht verstehen. ¡Vaya un vocabulario para cruzar con él toda Alemania! Pero ¿es que me serviría de algo hablar con toda corrección el alemán? Esto de la fuga es cuestión de suerte. Algunos se han escapado y han llegado a Inglaterra sin saber ni una palabra de alemán. Y a muchos que dominan el alemán estupendamente los han pescado. Además, todo esto es anticiparse demasiado. Lo primero es salir del campo. Mañana será otro día. De todos modos, ¡es tan hermoso pensar en el regreso a Inglaterra! Ahora tenemos la sensación de estar haciendo algo en vez de pudrirse aquí en espera del final de la guerra. ¡Volver a la escuadrilla y poder volar de nuevo y pasar miedo y sentir luego el alivio de que el peligro ha pasado, y las reuniones de los compañeros y la sensación de que lo peor le puede ocurrir a cualquiera menos a ti! Y esa otra sensación de que no te ha ocurrido a ti la noche anterior y de que no tendrás que preocuparte hasta la noche siguiente y que esa noche de enmedio la tendrás libre…
Aquella tarde preparó Peter la parte superior. Lo hizo con los cuatro lados de una caja de madera reforzándolos para que pudieran formar una caja rígida de cuatro lados, sin fondo ni tapa. La caja tenía que resistir una gran presión desde el interior.
John pasó la tarde confeccionando doce sacos con la parte de abajo de los pantalones. Varios de los prisioneros habían sacrificado las perneras de sus pantalones cortándoselas de manera que les quedaran unos shorts. Cuando John cosió las perneras agujereando la parte superior para meter cuerda y cerrar, había logrado unas bolsas de unas doce pulgadas de altura. Se fabricó ganchos con alambre fuerte para suspender las bolsas dentro del caballo. Durante la semana habían hecho dos cavidades en la arena, una en la parte de delante y otra a un lado de donde colocaban al caballo. Esto lo hicieron a la vista de los guardias, de modo ostensible y como medio de suavizar la caída en el salto. Pero su verdadero objeto era que sirvieran de punto de referencia para colocar el caballo siempre en el sitio exacto. A la tarde siguiente sacaron el caballo con John dentro. Llevaba este una caja de cartón de la Cruz Roja para meter en ella la arena de la superficie, las bolsas y los ganchos, y la paleta de albañil que habían robado de la casa de duchas en construcción.
«¡Dios mío! —pensó Peter—, esto es peor que la primera vez que vuela uno cabeza abajo». Llevaba uno de los extremos de la barra delantera y andaba lentamente hacia el sitio donde iba a colocar el caballo. John se acurrucaba en el interior. Apoyaba los pies en los listones de la base, uno a cada lado. En los brazos llevaba el equipo. El caballo crujía y se bamboleaba porque los portadores vacilaban bajo el insólito peso. Por fin, pusieron el caballo en posición y empezaron a saltar.
Dentro del caballo, John trabajaba con rapidez arañando la arena de la superficie gris oscura; la iba echando en la caja de cartón, y así empezó a cavar una profunda zanja. La brillante arena amarilla la iba colocando en las bolsas que habían fabricado con las perneras de los pantalones.
A medida que la trinchera se hacía más profunda experimentaba John una mayor dificultad por alcanzar el fondo con la mano. Lo hizo entonces más ancho y para ello tuvo que amontonar la arena excavada a un lado del interior del caballo. Hacía allí dentro un calor grandísimo y John empezó a sudar copiosamente.
Donde se ve cómo está construída la armazón del caballo; con un hombre dentro en posición para ser conducido.
Terminó la zanja y puso en posición una hoja de madera. Volvió a colocar la arena por encima de la tapa, apisonándola bien, y después de extender una fina capa de arena sobre toda la superficie cubierta por el caballo cuidó de borrar las huellas de sus pies y manos.
En voz baja le hizo saber a Peter que había terminado.
Los saltadores colocaron en posición las barras que servían de asas y regresaron a la cantina llevando con gran dificultad a John y los sacos de arena.
Una vez dentro de la cantina pasaron la arena de las bolsas a unos sacos alargados, especie de salchichas, que habían confeccionado con las mangas y perneras de camisetas y calzoncillos de lana. Estos nuevos paquetes los llevaron arrollados al cuello o a lo largo de las piernas bajo los pantalones.
Dispersaron la arena por varios lugares del campo; una parte de ella fue a parar a las letrinas, otra parte quedó enterrada bajo las barracas, y otra la transportaron en bolsillos especialmente confeccionados en los pantalones y la enterraron en el tomatal que había cerca de una de las barracas.
Les costó cuatro días de trabajo hundir los cuatro lados de la caja en tierra. Trabajando alternamente hundieron los cuatro lados en el suelo y quitaron la tierra de dentro. Cuando llegaron al fondo siguieron profundizando y pusieron ladrillos bajo las cuatro esquinas de la caja para sostenerla. Hicieron una trampa con tablas de cama y volvieron a colocarlas en su sitio y a cubrirlas con la capa arenosa de la superficie cada vez que dejaban el trabajo.
Habían llegado a hacer un hoyo de unos cinco pies de profundidad y dos pies cuadrados con seis pulgadas. La caja de madera empotrada en la entrada del pozo la habían bajado más y estaba ahora a dieciocho pulgadas por debajo de la superficie. Estas dieciocho pulgadas de arena por encima de la tapa de madera de la trampa les daba la seguridad de que los chivatos no la descubrirían con sus pinchos y también estaba lo bastante profunda para amortiguar cualquier sonido cuando alguien pisara por encima de aquel sitio. Pero resultaba demasiada cantidad de arena para quitarla cada día antes de empezar el trabajo de excavación. Para facilitar esto llenaron de arena varias bolsas confeccionadas con prendas interiores de lana. Las colocaron encima de la tapa de madera, cubriéndolas luego con solo seis u ocho pulgadas de la arena superficial. Las bolsas eran lo bastante finas para no obstaculizar la penetración del pincho que empleaban los chivatos para «calar» los sitios sospechosos y a ellos les permitía cubrir y descubrir la entrada vertical con más rapidez.
La caja de madera se asentaba sobre cuatro pilas de ladrillo de dos pies de altura.
Por tres lados, el espacio situado bajo la caja de madera estaba recubierto con tablas de cama partidas. El cuarto lado era la entrada del túnel.
Era posible permanecer de pie en el pozo, pero no se podía uno arrodillar. Para entrar del pozo al túnel se vieron obligados a abrir un pequeño hueco en la dirección opuesta con objeto de meter allí los pies y poderse arrodillar para penetrar en el túnel.
Los primeros siete pies del túnel fueron recubiertos sólidamente con tablas. Las planchas de madera para ello las preparaba Peter por las tardes en la seguridad de su habitación y las llevaban al túnel por partes para volverlas a montar allí. Aquella obra la hacían con un cuchillo de mesa y un atizador al rojo vivo.
Para montar el recubrimiento, Peter se tumbaba de espaldas en la oscuridad del túnel y rebañaba la suficiente cantidad de tierra para fijar los soportes principales antes de instalar las tablas. Tenía que trabajar lenta y cuidadosamente por el continuo temor de que un súbito desprendimiento lo dejara enterrado. Estaba allí solo y bastaría una pequeña cantidad de tierra para dejarle indefenso empotrado en el túnel.
Cuando el techo del túnel estuvo dispuesto tuvieron que rellenar con arena el espacio entre el techo del túnel y el de madera. De no hacer esto la tierra se desprendería y el techo iría subiendo hasta que una reveladora depresión en la superficie delatara la dirección del túnel.
Después de los primeros siete pies del recubrimiento que construyeron para contrarrestar el impacto de los saltadores sobre la superficie, el túnel proseguía ya sin protección.
El túnel era muy pequeño. En seguida se habían dado cuenta de que el avance de la obra dependería de la velocidad con que pudieran sacar la tierra excavada. Mientras más pequeño hicieran el túnel, menos tierra tendrían que sacar y más rápidamente adelantaría la obra.
Mientras uno de ellos dirigía el deporte, el otro perforaba el túnel. Allí dentro se hallaba solo. Una vez dentro del túnel, tumbado y con las manos por delante de la cabeza, tenía que permanecer así. No podía volver los brazos hacia atrás ni realizar el movimiento que en natación se llama crawl. Tenía que arrastrarse como un reptil moviendo solamente los dedos de las manos y de los pies. Una vez llegado al extremo de la perforación, escarbaba alguna tierra con la paleta e iba retrocediendo por el túnel, llevándose la arena consigo a fuerza de irla echando hacia atrás. Cuando llegaba al pozo de entrada tenía la suficiente tierra para llenar un saco, y había doce sacos.
Dentro del túnel la oscuridad era absoluta y se respiraba con dificultad. Trabajaban completamente desnudos y sudaban continuamente. El excavador se desnudaba por completo antes de entrar en el túnel porque así estaba más fresco y porque, si llevaba la menor prenda, desprendía con ella una cierta cantidad de tierra de los lados cuando se arrastraba. Cada bolsa de la tierra caída de los lados del túnel significaba una bolsa menos de la parte delantera. Por eso trabajaba completamente desnudo y con el sudor se le pegaba la arena al cuerpo. Tenía tierra en los ojos, en los oídos, en la nariz… y le parecía tenerla hasta debajo de la piel.
Se hacían desolladuras en los codos y en las rodillas y se partían las uñas. A medida que el túnel se alargaba, el trabajo se dificultaba y el aire se hacía más irrespirable. No abrieron agujeros de ventilación por miedo a los perros.
Y así continuaron hasta perforar un túnel de cuarenta pies de largo. Después de los cuarenta pies, no podían hacer más. Habían llegado al límite de su resistencia. Mientras más lejos llegaban, más difícil se hacía el trabajo. Era materialmente imposible respirar allá abajo y empleaban dos horas en llenar las doce bolsas.
No solo estaban agotados los «tunelistas» por recorrerse veinticuatro veces el túnel como un reptil humano, sino que los saltadores — que llevaban saltando todas las tardes de los dos meses que había costado abrir los cuarenta pies — se hallaban igualmente extenuados. A los excavadores se les daba una ración especial de alimento, pero a los saltadores no, y, en verdad, les hacía tanta falta como a los otros. Apenas les quedaban ya energías.
Peter y John habían ideado ciertas variaciones en aquel deporte. Una docena de hombres no puede pasarse dos horas seguidas saltando sin que la cosa resulte extraña. Durante todo el tiempo que uno de los tunelistas estaba trabajando, el otro permanecía junto al equipo de saltadores, procurando hacer que durante esas dos horas el empleo del caballo de madera pareciera lo más natural posible. Esto no era fácil, sobre todo cuando el chivato se quedaba junto al caballo contemplando los saltos.
Para variar el espectáculo llegaron incluso a organizar una carrera en torno al circuito, atreviéndose a dejar el caballo solo con la trampa abierta bajo él.
Trabajar dentro del túnel representaba un tremendo esfuerzo físico. Sin embargo, tanto Peter como John lo preferían a tener que organizar el deporte de arriba.
Llegó el final cuando John estaba en el túnel. Peter se había acercado a la puerta principal para enterarse de cuántos alemanes había en el campo. Quedaban diez minutos para la hora de encerrar el caballo.
Cuando volvía hacia el sitio donde saltaban le salió al encuentro uno de los saltadores, que venía corriendo hacia él y estaba palidísimo.
—¿Qué pasa? —preguntó Peter.
—Ha habido un desprendimiento.
—¿Dónde?
—Cerca del caballo.
—¿Está John bien?
—Le hemos gritado, pero no nos ha respondido.
Peter corrió hacia el caballo. Casi con toda seguridad un desprendimiento significaba el aplastamiento de John. No había ventilación alguna. Si se le cerraba la salida, se asfixiaría.
Los saltadores estaban agrupados alrededor de un hombre tendido en el suelo. Peter lanzó una rápida ojeada a las garitas de los centinelas sobre la alambrada. Los guardias miraban con atención hacia ellos.
—¿Dónde ha sido el desprendimiento? —preguntó Peter.
—Wilde se ha tendido sobre el agujero. En cuanto nos dimos cuenta de que se había abierto, se tendió Wilde para que los guardias no lo vieran. Finge que se ha lastimado la pierna.
—¿Cómo está John?
—Sigue sin contestarnos.
«¡Dios mío! —pensó Peter—, le ha ocurrido lo peor». Su primer impulso fue volcar el caballo y bajar, pero el pensamiento de que el túnel fuera descubierto le contuvo. El buen John se pondría furioso si luego resultaba que él había sentido un pánico injustificado.
—Que vayan dos en busca de una camilla —dijo Peter —. Tenemos que darle a esto un aire lo más natural posible.
Dos de los hombres fueron por una camilla. Peter se puso en cuclillas a los pies de Nigel y con la cabeza pegada al agujero:
—¡John! —llamó—. ¡John!
No hubo respuesta.
—Date un poco la vuelta, Nig.
Nigel corrió ligeramente hacia un lado. Entonces, por una abertura del tamaño de su brazo, pudo ver Peter la oscuridad del pozo.
—¡John! —siguió llamando—. ¡John!
—¡Hola, Pete! —La respuesta era débil.
—¿Qué ha sucedido?
—Un desprendimiento, pero puedo arreglármelas. He sacado de las paredes del fondo algunas tablas. Ahora las estoy empotrando. ¿Puedes tapar el agujero por arriba?
—Sí. Avísame cuando hayas empotrado las tablas en el techo. — Peter fingió atender a la pierna de Nigel.
—Los malditos goons parecen interesados por lo que pasa aquí — dijo Nig.
—Los chicos que han ido por la camilla estarán aquí en seguida — lo tranquilizó Peter —. Te llevarán a la barraca. Con eso se quedarán satisfechos.
En ese momento le llegó desde el fondo del túnel, muy débilmente, la voz de John:
—Estoy acabando de poner las tablas de soporte. Dentro de unos cinco minutos puedes llenar el boquete.
«¡Qué hombre! —pensó Peter—. ¡Qué hombre! Este John es un gran chico». Le dio unos golpecitos afectuosos a Nigel en la pierna, como a un herido de verdad. Los dos muchachos regresaron con la camilla y un botiquín de urgencia. Peter exageró cuanto pudo la operación de vendar a Nigel para dar motivo a que los demás, moviéndose de un lado a otro, echaran con los pies la arena de la superficie hacia el boquete.
—Quedará un poco hundido —dijo Peter—. Más tarde lo cubriremos más. ¿Qué hora es?
—Las tres y media.
—¡Caray, pasan lista a las cuatro! John tiene que estar fuera antes de esa hora. — Peter dio unos golpes a un lado del caballo. No obtuvo respuesta.
Pasaron diez minutos. Seguían sin la menor noticia de John.
«¡Dios mío, ahora sí que nos la hemos ganado! — pensó Peter —. Si no estamos todos allí a la hora de pasar lista, nos va a costar caro».
—Vamos, chicos, sigamos saltando. No podemos quedarnos quietos ahora.
Empezaron otra vez el juego. Entonces oyó Peter la voz de John, con un tono de urgencia desde el interior del caballo:
—Oye, Pete, ¿qué hora es?
—Tienes cinco minutos.
—Es que esto se ha complicado.
Al cabo de los cinco minutos lo llevaron a la cantina. Apenas podía ponerse en pie:
—Se nos ha presentado una buena complicación — explicó —. Hay un pedazo de raíz de algo, y por lo visto, a fuerza de saltar arriba, se ha soltado. La he sujetado por ahora, pero es preciso fijarla bien.
—Mañana bajaré yo con lo necesario —lo tranquilizó Peter.
A la tarde siguiente bajó Peter con unos refuerzos de madera. Se encontró con que la tierra casi llenaba el túnel. Y continuaba cayendo mientras él trabajaba. Peter se afanó en la oscuridad, guiándose por el tacto y con un aire irrespirable que le hacía jadear continuamente. La tierra le caía en los ojos y en la boca. Trabajaba con furia colocando los refuerzos y sacando la tierra hacia el pozo de entrada.
Cuando las tablas de contención quedaron encajadas, se las arregló para sacar parte de la tierra; el resto la extendió por el suelo, apoyándose en ella con el vientre y aplastándola con las manos.
Cuando por último volvió al caballo, apenas tenía ya fuerzas para colocar de nuevo la tabla de la entrada. Pero lo hizo y cubrió la tapa con la arena, dándole a John la señal de que ya estaba listo. Cuando llegó a la cantina salió gateando del caballo y se desmayó.
Lo llevaron al hospital del campo. Había abusado excesivamente de los saltos, la excavación y las preocupaciones. El médico inglés le mandó guardar cama durante una semana. Peter quedaba fuera de combate y tuvo que permanecer en cama, preguntándose constantemente qué estaría haciendo John en aquel momento.
Durante la semana que pasó en el hospital no hubo excavaciones, pero sacaban al caballo todas las tardes y saltaban como siempre para evitar que los guardias sospecharan.
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