El caballo de madera
Capítulo VI
S E habían encerrado ya en la habitación para pasar la noche. Peter y John, sentados en una de las literas, cosían sacos. Hacía un calor insoportable en la pequeña estancia. Mientras las luces estaban encendidas se les prohibía a los prisioneros abrir los postigos de madera y el aire se hacía irrespirable con el humo del tabaco. En el corredor, «el avisador» de turno leía un libro.
En otros departamentos a lo largo del corredor otros prisioneros fabricaban piezas de un aparato de radio clandestino, falsificaban pasaportes, confeccionaban trajes de paisano con trozos sueltos de uniforme… A través de la delgada separación de madera llegaban los chirridos de un gastadísimo disco de jazz. También se oían las voces de dos prisioneros que se estaban peleando.
Robbie, Bennett, David y Paul jugaban al bridge. Pomfret, con airada expresión, se esforzaba en leer un libro.
Nigel fabricaba una pelota de golf. Había estado varios días buscando una piedra adecuada. Por fin la había encontrado: suave, redonda y no demasiado pesada, era ideal para el núcleo de la pelota. Luego había deshecho el punto de la parte superior de unos calcetines de lana y enrolló cuidadosamente la lana en un palito. Era muy buena lana y podría darle a la pelota la suficiente «vida» para que Nigel pudiera lanzarla a cincuenta o sesenta yardas. Después de convertir un par de botas en zapatos utilizó los recortes de cuero blando de la parte superior para hacer la cubierta de la pelota. Cortó un ocho en el cuero. Después de enrollar la lana a la piedra hasta que la pelota alcanzó el tamaño de reglamento, metió el cuero en agua e impermeabilizó unas hebras de hilo. Cosió una parte del cuero metiendo luego dentro la pelota de lana, y ahora estaba extendiendo cuidadosamente el cuero para acabarlo de coser. De pronto, silenciosamente, sin advertencia previa, lanzó un viento.
—¡Qué bien te ha salido! —dijo Peter.
Pomfret apartó su libro con un gesto de exagerada repugnancia:
—La verdad, Wilde, ¿crees que era necesario?
—Mejor está fuera que dentro, chico.
—Pues a mí me parece muy improcedente —dijo Pomfret —. El que seamos prisioneros no es motivo para que nos conduzcamos como unos salvajes. Creo que no hacía ninguna falta y que es algo muy desagradable.
Por la pared de separación se filtraban las estridencias del cascado gramófono de la habitación vecina.
—¡Dios mío! —dijo Pomfret—. Otra vez ese dichoso gramófono.
—Te apuesto lo que quieras a que la próxima canción será Boynk, boynk — dijo Nig.
—Te acepto la apuesta —dijo Peter—. Veinte cigarrillos Players a que será Ah, dulce misterio de la vida.
—Yo también entro en la apuesta —dijo John —. Será Intermezzo.
Esperaron pacientemente a que pusieran otro disco.
—¿Veis? —exclamó Nigel—. Es Boynk, boynk.
—No es Boynk, boynk —dijo Pomfret—, sino Oynk, oynk.
—No, no —insistió Nigel—. Está clarísimo: es Boynk, boynk.
—Te digo que es Oynk, oynk —repitió Pomfret —. Escucha.
—¡Diablo!, ¿es que vais a discutir otra vez? — preguntó John.
Obsesivamente, la estúpida letra entró en el coro, «Oynk, oynk; boogie, boogie, woogie».
—¡Es Boynk! —exclamó Nigel.
—¡Es Oynk! —dijo Pomfret.
Llamaron a la puerta. Era Stafford, el representante en la barraca del Comité de Fuga, y traía una caja de la Cruz Roja con alimento para inválidos, el que enviaban especialmente desde Inglaterra para el hospital. Una cierta cantidad de este alimento iba a parar a manos del Comité y se racionaba entre los prisioneros que trabajaban en túneles.
Peter le hizo sitio a Stafford entre los sacos que había sobre su litera.
—Traigo raciones extra —dijo Stafford.
—Gracias —repuso Peter—. ¿Hay noticias de la linterna?
—Sí, mañana la tendremos. Solo dispondremos de dos baterías; de modo que tendréis que usarla lo menos posible.
—¿Cómo te hiciste con ella? —le preguntó John.
—Uno de los muchachos se la ha birlado a un goon. ¿Por qué estáis haciendo tantos sacos?
Le explicaron el nuevo sistema.
—Desde el principio estábamos convencidos de que acabaríais haciendo eso — dijo Stafford —. Para un hombre es demasiada tarea. ¿Habéis decidido ya el camino que vais a tomar y cómo qué os presentaréis?
—Hemos pensado ir hacia el Báltico y meternos en un barco sueco — respondió Peter.
—Pero ¿cómo qué viajáis? ¿Como polacos?
—No —dijo John—. Preferimos hacernos pasar por trabajadores franceses de primera clase. No como exprisioneros de guerra, sino como obreros especializados traídos de Francia. Hablo bastante bien el francés. Viví en Francia durante algún tiempo antes de la guerra y los dos somos lo bastante morenos para pasar por franceses.
—¿Podéis dejarnos algún dinero? —preguntó Peter.
—Tenemos algo por ahí escondido… ¿Os basta con doscientos marcos para cada uno?
—Hombre, nos gustaría disponer de un poco más, si es posible. Nuestro propósito es viajar en primera clase y alojarnos, si es preciso, en buenos hoteles.
Stafford parecía sorprendido.
—Creo que exageráis, ¿no? ¿No creéis que os vais a lucir demasiado?
—No —dijo John—. Lo hemos pensado todo muy cuidadosamente. La mayoría de los muchachos que han intentado escaparse se presentaron como vagabundos. Nunca lograron llegar muy lejos. En cambio, si viajas en tren normalmente se logra todo o se pierde todo. O te cogen o llegas adonde quieres ir. Hasta ahora no sabemos de ninguno que se haya alojado en un hotel. Por eso queremos probar este sistema.
—Quizá tengáis razón… De todos modos, es cosa vuestra. Os daremos el dinero y arreglaremos los documentos y todo lo que necesitéis. Si lo conseguís seréis los primeros desde hace más de un año.
—Muchísimas gracias, Stafford —dijo Peter —. Y a propósito, ¿qué tal te vendría mañana saltar un poco?
Stafford hizo una cómica mueca:
—Me parece que te aprovechas un poco. De acuerdo; iré a saltar. Estaré en mi habitación. Llámame cuando salgáis.
—Muy bien —dijo Peter.
—Ah, se me olvidaba —añadió Stafford—; están abriendo un túnel los de la sección 64. No le estorbará al vuestro. Es un túnel que ya existía y que lo taparon hace algún tiempo. Odell ha vuelto a poner en marcha el proyecto. Será una tarea relámpago. Trabajarán continuamente, por turnos, y dejarán la arena en el tejado de su barraca.
—¡Qué tontería! —se extrañó Peter—. Los goons inspeccionan los tejados una vez a la semana.
—Precisamente por eso. Van a esperar a que pase la próxima inspección y empezarán inmediatamente después. No se entretendrán en esconder la tierra, sino que la tirarán de cualquier modo sobre el tejado y, trabajando por turnos día y noche, esperan haber terminado la próxima vez que inspeccionen el tejado.
—¿Qué longitud tienen que abrir? —preguntó Peter.
—Unos ciento cincuenta pies.
—Es imposible que pongan sobre el tejado toda esa tierra. Se les vendrá abajo con un peso tan formidable.
—No; es que van a dejar en el tejado todo lo que puedan y lo de los últimos días lo meterán en sus literas y en las cajas de la Cruz Roja colocadas debajo de las camas.
—¿Cuántos se van a escapar?
—Pues todos ellos.
—No tienen ni la menor probabilidad de lograrlo. — Peter se había indignado con la intensa y rápida ira del campo de prisioneros, la ira que se desvanece tan pronto como se presenta —. Eso supone un centenar de hombres. Si se fugan cien hombres, los goons darán una batida en toda regla y entonces, ¿qué será de todos nosotros? Es imposible que salgan todos con papeles ni adecuadamente vestidos. Además, nos estropearán por completo nuestro proyecto.
—Hombre, no está tan mal como tú lo pintas — dijo Stafford —. Todo estará terminado dentro de quince días y tu plan, en cambio, no habrá terminado hasta dentro de dos meses. El escándalo que se produzca por la fuga de ellos habrá pasado cuando os vayáis vosotros. Mi opinión es que los del 64 no van a tardar más que unos días… en ser detenidos de nuevo. Pero al fin y al cabo, es un intento muy digno y nosotros respaldamos todo lo que se haga en este sentido. — Hizo una mueca maliciosa —. Si no, no os ayudaríamos a vosotros.
—Los descubrirán con los sismógrafos —dijo John.
—Sí, sobre todo si trabajan a esa velocidad — asintió Peter. Ahora se sentía más animado.
—Lo increíble es que no os hayan descubierto a vosotros — dijo Stafford.
Peter se rio:
—Lo nuestro no es tan descabellado como tú te figuras. Hemos atado mejor los cabos. Cualquier vibración que pudieran recoger los sismógrafos quedaría borrada por la vibración que producen los saltadores al caer en tierra.
—Caray —dijo Stafford—, no había pensado en eso.
—Para ser sincero, hemos de reconocer que tampoco nosotros pensamos en esto hasta que el túnel iba ya bastante avanzado — admitió John —. Comprendimos que los sismógrafos lo habrían denunciado ya de no haber sido por los saltos.
—Bueno —bostezó Stafford—. Voy a sustituir al «avisador». — Se levantó y se desperezó —. No os olvidéis de llamarme mañana.
—Descuida —dijo John.
Cuando Stafford se alejó, Peter le dijo a John:
—En el plan de Odell hay un lado ventajoso para nosotros. Creo que los goons están un poco escamados y si descubren nuestra tierra le echarán la culpa a Odell. ¿Seguimos con el dibujo? — Peter abrió su cajón y sacó un retrato, a medio acabar, de John.
Pomfret estaba sentado a la cabecera de la mesa absorto en su libro. Pomfret odiaba a las mujeres novelistas. En opinión suya, todo lo escrito por una mujer era malo. Pomfret tenía ideas inconmovibles sobre los deberes femeninos y para él escribir libros no era uno de ellos. Una de sus formas favoritas de automartirizarse consistía en coger un libro escrito por alguna de las novelistas más populares y leerlo lentamente, palabra por palabra, sufriendo, mientras tanto, lo más que podía. Esta noche lo estaba pasando estupendamente. Con la cabeza entre las manos procuraba aislarse todo lo posible del bridge post mortem que seguía su curso al otro extremo de la mesa.
—Pete —dijo—, ¿qué es una «sólida barra de angustia»?
—¿Cómo dices, muchacho?
—Una sólida barra de angustia.
Peter estaba muy atareado borrando algo con una goma.
—¿Qué significa eso, chico?
—Eso es lo que me gustaría saber. Dice así: «Una sólida barra de angustia le apretó la garganta». Pero ¿qué puede ser una sólida barra de angustia? Veamos: una sólida barra — hizo un gesto con la mano indicando una imaginaria barra — la agarró por la garganta. — Pomfret se cogió la garganta con ambas manos hasta casi estrangularse —. No puedo comprenderlo, ¿y vosotros?
—No —dijo Peter—. Yo no lo sé. Oye, Nig, ¿qué es una sólida barra de angustia?
Nigel pensó un momento:
—Pues una barra llena de gente en un bar donde se ha acabado la cerveza; me parece a mí.
—Cerveza —dijo Peter—. ¡Cerveza! ¡Cuánto daría yo por tener ahora un poco de cerveza! Cuánto daría por poderme recostar sobre la barra de un bar y decir: «Una caña, por favor».
—Ya casi he olvidado a qué sabe —dijo John.
—Pues yo nunca olvidaré su sabor y su olor — repuso Peter.
—Tú estuviste acuartelado cerca de Cambridge, ¿no, Pete? — preguntó Nigel.
—Sí.
—¿Ibas mucho al Lion?
—El Lion era mi hogar espiritual. Creo que he bebido más cerveza en el Lion que en otros seis bares juntos. Todos nosotros solíamos entrar en el Lion antes de ir al teatro. Toda mi tripulación acostumbraba a salir junta una vez a la semana; sí, los siete. — Sentóse a horcajadas en uno de los largos bancos olvidando sobre las rodillas su tablero de dibujar —. Todas las semanas reservábamos entradas para el teatro y pasábamos primero a tomar un trago en el Lion. Creo que nunca llegamos a ir al teatro en todo el tiempo que estuvimos allí.
—¿Qué vas a esperar que ocurra si salís siete juntos? — preguntó Nigel —; ¿quién va a dejar de beber y marcharse al teatro después de siete cañas de cerveza?
—Nunca nos parábamos en las siete rondas — le dijo Peter —. Mi hermano estaba en otra escuadrilla cerca de Cambridge y venía también con su tripulación. Llegábamos a reunirnos unos quince.
—¿Dónde está ahora tu hermano? —preguntó Nigel.
—Le derribaron en febrero pasado.
—Lo siento.
—No; ya volverá —dijo Peter—. Está por Francia ahora. Era solo un crío, pero les tiene dado lo suyo a esos… — Y volvió a su dibujo.
Robbie cerró con fuerza el libro que había estado leyendo:
—¿Quiere alguien un buen libro?
—Yo leí una vez un libro, un buen libro… — recordó Nigel.
—¿Cuál es ese que has leído? —le preguntó John a Robbie.
—Kabloona.
—¡Estupendo libro! —dijo Bennett—. Está dedicado todo él a la vida sexual de los esquimales.
—No es verdad que todo él trate de la vida sexual de los esquimales — repuso Robbie —. Solo tiene un capítulo dedicado a eso.
—Y ¿qué vida sexual llevan los esquimales? — preguntó John. Parecía interesado.
—Rarísima, chico —dijo Robbie—. Solo existe en primavera.
—¡Vaya una juerga! —dijo John—. Y ¿qué hacen durante el resto del año?
—Recuperan fuerzas —explicó Robbie—. Es que no tienes idea.
—Ya asoma el sexo su horrible cabeza —dijo Paul en tono cómico.
—Sí —convino Robbie—, es demasiado pronto para empezar a hablar de lo sexual. Esperad a que apaguen las luces.
—Aquí hablamos demasiado de temas sexuales — dijo Pomfret.
—Es todo lo que podemos hacer —replicó Robbie —. Es una especie de purga hablar de estas cosas de cuando en cuando.
—Sí —dijo Peter—, eso es verdad. Vamos a hablar de cosas sexuales.
—Es demasiado pronto —insistió Robbie—. Además, distraeríamos a Bennett de su juego.
—Bennett no juega —dijo Nig—. Lo hace por instinto.
—¿Vamos a tomar una tacita de algo? —preguntó John.
—Magnífica idea —dijo Bennett—. Tenemos puesta agua a calentar. Hace diez minutos, cuando fuí a echar un vistazo, estaba ya muy caliente.
Aunque la «república» se había dividido en dos, todavía compartían el té, el café y el cacao. Resultaba más económico.
—Yo lo haré —ofreció Robbie—. Ya he terminado el libro. — Cogió las ocho jarritas y las puso en la mesa —. ¿Qué va a ser? ¿Cacao o Nescafé?
—Queda poco Nescafé —intervino Paul, que era ese día el cocinero de su grupo.
—Bueno —dijo Robbie—, entonces cacao. —Puso el cacao en las jarritas y salió por el corredor adelante. Volvió con la jarra de agua caliente —. He visto que tienen en el horno una magnífica tarta. ¿De quién será?
—Es de los del 3 —le dijo Paul—. Celebran el cumpleaños de Smith.
—¡Bueno, ya está! —exclamó Peter, apartando de sí el dibujo —. Temo que no se te parezca mucho, John. Pero no puedo hacer más. — Apoyó el retrato sobre la mesa y se retiró para abarcarlo mejor con la vista. Era un estudio a lápiz y carbonilla, a tamaño natural. Le faltaban algunos detalles finales, pero reflejaba algo del carácter del modelo. Mostraba un joven con una camisa de lana sin cuello y arrugada, sentado con un libro sobre las rodillas y la espalda apoyada contra uno de los soportes de la litera. Tenía la pierna derecha cruzada sobre la rodilla izquierda. Del pie derecho le colgaba una sandalia con suela de madera sujeta por tiras sacadas de un capote de la RAF. Sus facciones estaban en reposo. De piel morena, con grandes ojos castaños y cejas muy marcadas, resultaba a la vez sensible y maligno. Había algo faunesco en la disposición de sus orejas y de su largo pelo negro. Parecía como si fuera a hablar y daba la impresión de que lo que dijera sería interesante.
—No es bueno —dijo Peter—, pero es lo mejor que he hecho hasta ahora. Siento haberte hecho posar tanto tiempo.
—Está muy bien. ¿Y si jugáramos una partida de ajedrez?
—De acuerdo. —Vació la ceniza de su pipa en la estufa y la volvió a llenar con tabaco de una lata que tenía sobre la mesa. La encendió con un cigarrillo encendido y un pedazo de papel —. Si veis hacer esto a alguno después de la guerra, podéis asegurar que ha sido un prisionero de guerra.
—No verás hacerlo a nadie porque habrá gran abundancia de fósforos — dijo John.
—«El horizonte que escuchaba»… —leyó Pomfret —. ¿Cómo es posible que un horizonte escuche?
—Eso es una licencia poética —le explicó Bennett —. Significa que el horizonte estaba en calma.
—Entonces, ¿por qué no dice esta mujer: «Estaba en calma»? — preguntó Pomfret en tono quejumbroso —. «Levantó la vista hacia el horizonte que escuchaba»… ¡Qué tontería!
—Pues a ti parece que te divierte ese libro — le dijo Robbie.
—Yo cuando empiezo algo tengo que terminarlo — dijo Pomfret —. Empecé el libro y he de acabarlo. — Suspiró y volvió a sumergirse en su lectura. En el fondo, Pomfret lo estaba pasando muy bien.
John cogió el tablero de ajedrez y las piezas de un estante situado sobre su litera y los puso en un extremo de la mesa. Fue colocando las piezas:
—Si quieres, Pete, te daré un alfil de ventaja.
—Así estaremos más igualados —asintió Peter. Sentóse en el banco fumando su pipa. No era un buen jugador de ajedrez, pero le distraía este juego. Nunca había logrado vencer a John. Los que jugaban al bridge habían terminado y los cuatro se disponían a acostarse. Bennett se lavaba los pies en un barreño de agua cerca de la estufa.
—¿Me dejas ese libro, Robbie? —preguntó Nigel.
—Claro, hombre —dijo Robbie—. ¿Tiene alguien un libro que dejarme? Me gustaría un libro bonito que tratara de algo sexual.
—En nuestro campo no hay libros sexuales — dijo Nig —. Los censores alemanes no lo permiten. Creen que es perjudicial para nuestra moral.
—La culpa no es de los censores —aclaró Pomfret —, sino de la Cruz Roja.
—Yo tampoco creo que sea cosa de los alemanes — dijo Robbie —. De todos modos ellos son todos «homo».
—Apuesto lo que queráis a que ellos nos creen también a nosotros homosexuales — intervino Nigel —. Fijaos en el cabello del «niño»; le llega cerca del hombro. — Miró a John, que se inclinaba sobre el tablero de ajedrez —. ¿Por qué diablos no te lo cortas?
—Quiero ver hasta dónde puede crecer —se disculpó John.
—Dice mucho a favor de la manera de ser de los ingleses que podamos estar encerrados aquí tanto tiempo y que nunca ocurra nada de eso. Es más: ni siquiera pensamos en ello — dijo Bennett.
—No creo que haya tanta homosexualidad como suele creer la gente — dijo Robbie —. Yo tengo cuarenta y dos años y todavía no he encontrado a ninguno.
—Es porque tú no eres el tipo que a ellos les interesa — le explicó Nigel —. No eres lo bastante varonil.
—Hombre, a ver… —empezó Robbie.
—¿No habéis oído hablar de ese nuevo que hay en la habitación 10? — preguntó Bennett.
—¿Cuál? —dijo Nig.
—Ese al que le llaman Harry el Caballo.
—¡Ah! ¿Te refieres a Gilbert el Gelding, el tipo al que le han afeitado la cabeza?
—Sí. Es un tipo de un carácter demasiado bueno para que sea sincero. Sus compañeros de la habitación 10 le han tomado el pelo de todas las formas imaginables.
—Sí, ya me han contado —dijo Robbie—. Es un asco.
—¿Qué le han hecho? —preguntó Nigel.
—Estaban todos sentados en su habitación una noche — dijo Bennett — cuando entró un compañero y dijo: «¿Os habéis enterado de la nueva orden del S. B. O.?». «No — dijeron los otros —. ¿Qué orden es?». «Pues, sencillamente — dijo el recién llegado —, que el S. B. O. dice que todos nosotros tenemos que afeitarnos la cabeza como protesta contra nuestros salvajes enemigos». Entonces discutieron a quién afeitarían antes y uno de ellos dijo: «Como Harry es el más nuevo, empecemos con él». Así, lo sentaron en una silla, cogieron navaja y jabón y le dejaron la cabeza como una bola de billar. Pero lo peor no fue eso, sino que, en cuanto terminaron de afeitarlo, entró otro tipo y dijo: «¿Os habíais enterado de la orden de afeitarnos la cabeza? Pues ha sido anulada».
Cuando dejaron todos de reír, prosiguió Bennett:
—Al día siguiente le dijeron que estaban cavando un túnel que partía de debajo de la misma habitación y le explicaron que para ello necesitaban una gran cantidad de agua para mojar la tierra. Le prepararon varios cubos y Harry estuvo haciendo viajes continuamente desde el lavadero hasta la habitación 10 cargado con cubos llenos de agua. En cuanto dejaba en el suelo un par de cubos le daban otros dos vacíos y tiraban el agua por la ventana. La broma duró unas dos horas.
—Me parece una vergüenza… —dijo Robbie.
—Lo curioso es que a él no le importa; al revés, le gusta. ¿Os acordáis del esqueleto que trajo de Berlín el viejo Mac para sus estudios de medicina? Pues bien, una noche los del 10 vistieron el esqueleto y lo sentaron en una silla. Cuando llegó Harry se llevó el susto mayor de su vida. «¿Qué es eso?», — preguntó. «Es el viejo Joe — le respondieron —. Fue uno de los primeros prisioneros de guerra de este campo; murió hace años y estamos sacando todavía sus raciones».
—Todo eso es verdad —confirmó Nigel—. Pero hay mucho más. La otra noche estaba yo en la habitación 10. Charlábamos tranquilamente mientras Harry leía un libro. De pronto, se abrió la puerta y un individuo vestido de uniforme completo entró en la habitación a cuatro patas. Todos fingieron no verlo, excepto Harry. El tipo aquel recorrió cuatro veces la habitación, sin dejar ni un momento su postura a cuatro patas hasta que, parándose frente a Harry, ladró y le gritó: «¡De pie cuando yo te hable! ¿No sabes que soy tu comandante?». Luego se fue como había venido. Uno de los compañeros fue a cerrar la puerta y tranquilizó a Harry: «No te preocupes; está como una cabra».
Las luces se apagaron y encendieron por dos veces. Entonces dijo Bennett:
—Dentro de cinco minutos hay que apagar todas las luces. A ver si os acostáis todos.
—Está bien —dijo Peter—. De todos modos, no podía haber ganado. Ahora te toca a ti, John.
—Sí, eso creo —dijo John.
Se desnudaron y Peter apagó la luz. Abrió los postigos de la ventana. El aire nocturno, con su frescura y limpieza, resultaba un gran alivio después de la atmósfera tan cargada de la habitación. Todo el terreno estaba inundado con la luz de la luna. La arena parecía plateada y los postes de la alambrada se recortaban rectos y oscuros y bordeados de luz. Los tejadillos de las garitas parecían también plateados. Ni siquiera los amarillentos faros podían estropear los plateados reflejos que la luna ponía en todo.
—El goon está en su garita y todo marcha bien en el mundo — dijo Peter.
—¡Ojalá esos hijos de tal se den el gran porrazo! — exclamó Robbie.
OceanofPDF.com