El caballo de madera

Eric Williams · Capítulo 21 de 23

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El caballo de madera

Capítulo X

 

P ETER se despertó de pronto y del todo. Había una absoluta oscuridad. Sacó la linterna del bolsillo de su gabardina y la enfocó sobre su reloj de pulsera. Se había parado. Paseó el haz luminoso por el pañol. John dormía con la cabeza apoyada en el brazo. En su rostro sin afeitar había una leve sonrisa y sus largas pestañas le sombreaban las mejillas.

Se había mareado durante la noche. Peter se revolvía en la incómoda lona. Le sabía mal la boca y tenía los labios secos y agrietados. Habían devuelto hasta que, agotados, se quedaron dormidos. El farol se había consumido y los dejó a oscuras. Peter se había mareado otras veces, no solo en el mar, sino incluso en el aire. Pero nunca se había sentido tan mal como ahora. El mar estaba muy revuelto y el agua de la sentina no había cesado de agitarse y emanaba de ella un olor insoportable.

Mientras les duró el farol, no lo habían pasado tan mal. Pero cuando se les acabó el petróleo y no pudieron verse mutuamente sino solo oírse sus quejidos y vómitos, se les convirtió su encierro en un infierno húmedo, negro y apestoso.

Oyeron pasos en la cubierta bajo la cual se hallaban y Petersen bajó por la escala, trayéndoles un jarro de café y algunos sándwiches. No venía borracho y les dijo que podían subir, pues había pasado todo peligro.

—Tuve que dejaros en el pañol a causa de la patrulla costera. ¿Te mareaste, profesor?

John miró a Peter:

—Quiere saber si nos hemos mareado.

Una hora después bajó Sigmund con un farol y los condujo a la camareta.

—Aquí estaréis más confortables —dijo—. Podéis dormir en las literas durante las dos noches que faltan y luego tendréis que bajar otra vez. Supongo que allí no habréis estado muy cómodos.

—No se pasa demasiado mal —dijo John—. Es que todavía no estamos acostumbrados al movimiento.

—Esto se pondrá todavía peor —dijo Sigmund —. Por esta época solemos tener muy mala travesía. La mar mejorará cuando estemos entre las islas.

—¿Adónde iremos cuando lleguemos a Copenhague? — preguntó Peter.

—Los esconderemos a ustedes en la ciudad o vendrán conmigo a la Resistencia. Dependerá de los marineros. A veces, nuestros botes tienen que esconderse a causa de las patrullas alemanas. Tenemos que esperar hasta que lleguemos a Copenhague para saber lo que hemos de hacer. Pero de un modo o de otro, todo se arreglará. Ahora estarán ustedes con nosotros. Mister Olsen es el que tiene que decidir.

—¿Quién es Mr. Olsen?

—En realidad nadie se llama Mr. Olsen. Es el nombre que damos al jefe del Movimiento de Resistencia. No sé el verdadero nombre del que tenemos ahora. No quiero hablar de la Resistencia.

Pasaron el resto del día en la camareta jugando a las cartas, durmiendo o comiendo los huevos y el tocino que Petersen preparaba en la pequeña estufa. Como lo había previsto Sigmund, el tiempo empeoró y por la noche el barco cabeceaba de tal manera que los dos pasajeros se alegraron de poder acostarse en las literas.

Al día siguiente seguía la mar tan alborotada. No pudieron desayunar; prefirieron quedarse inmóviles en las literas y esperar que pasara el tiempo. Ahora tenían tiempo de sobra para pensar en el futuro. A Peter, que se encontraba muy mareado, le parecía que en Dinamarca iban a estar muy poco mejor de lo que habían estado en Alemania. En Dinamarca se encontrarían en manos de la Resistencia. Actuarían sin saber los motivos ni el sentido de sus actos. Se limitarían a hacer lo que les dijeran sin comprender por qué ni para qué lo hacían. Decidió que reducirían su estancia en Dinamarca lo más posible.

Durante los dos días siguientes les habló Sigmund de la ocupación alemana de Dinamarca. Contó lo «correctos» que habían sido los nazis al principio, movidos por la esperanza de lograr la conquista pacífica del país, cogiéndoles el alimento que necesitaban para el ejército alemán y empleando solo una pequeña parte de ese ejército como fuerzas de ocupación. Pero los daneses se habían negado a cooperar. Por las noches se habían producido tiroteos en las calles. Habían muerto algunos soldados alemanes. Los invasores retuvieron a algunas personas como rehenes y establecieron el toque de queda. Ahora no se permitía a ningún danés salir de casa después de las ocho de la tarde. Muchos de los jóvenes se habían retirado al campo desde donde organizaban guerrillas contra los alemanes.

—La mayoría somos estudiantes —les dijo Sigmund —. Únicamente viven en el campo los que no pueden ya mezclarse con la población por haber sido descubiertos. La vida de un enlace no dura mucho. Después de unas cuantas idas y venidas, acaba siendo fichado por los alemanes. Entonces es cuestión de suerte el que pueda librarse del campo de concentración o del fusilamiento. Si se enteran a tiempo de que han sido descubiertos y no los mandan en ninguna nueva misión, pueden ocultarse en el campo. Yo he tenido suerte hasta ahora. Este será mi último viaje. Cuando llegue a Copenhague me quedaré con las guerrillas.

En la mañana del tercer día, Sigmund, que había estado en el puente, bajó a la camareta.

—Hemos recibido un radio de Mr. Olsen en clave — anunció —. Los nazis quieren detenerme cuando llegue a Copenhague.

«¡Diablo! —pensó Peter—; ahora sí que estamos arreglados».

—Mr. Olsen nos envía un pequeño bote para recogerme antes de que el barco llegue al puerto — continuó Sigmund —. Modificaremos el rol para que mi nombre no aparezca. Ustedes dos tendrán que venir conmigo.

—¿Adónde iremos? —preguntó Peter.

—Al campo. Parece que ha habido mucho jaleo en Copenhague. Han detenido a muchos. Tendremos bastante trabajo.

—¿Cómo van a llevarnos a los tres en un bote pequeño? — preguntó Peter.

—Desde luego, será difícil. Han avisado al capitán. El barco entrará en el puerto mañana por la mañana. Por la noche nos saldrá al encuentro el bote y embarcaremos en él. Si lo fallamos, estamos perdidos. En último término, me tiraría al mar antes de amanecer y procuraría llegar a la costa. Siempre será mejor que un campo de concentración.

—Podríamos irnos en un bote salvavidas —sugirió John.

—Imposible. Notarían que faltaba un bote y fusilarían al capitán. No figuraremos en los libros y a él no le ocurrirá nada. Pero si tomamos un bote de este barco podría serle fatal.

Pasaron el resto del día y la noche esperando angustiosamente al bote. Se levantó el viento y Peter y John volvieron a marearse.

Antes del amanecer disminuyeron la marcha las máquinas y los tres subieron a cubierta. El mar estaba muy agitado y llovía. El viento, barriendo las crestas de las olas, esparcía el agua salada en la cubierta. El cielo parecía hallarse solo a unos cuantos pies por encima de la mar, sólido y negro, y el viento rugía mientras el barco cabeceaba.

—Con esta mar —gritó Peter—, nunca lograremos saltar a un bote.

Agarrados a la amura, esforzaban los ojos, mientras el agua les azotaba la cara, para distinguir el bote.

—Esto me da mala espina —dijo John—. Sería imposible nadar en estas condiciones.

El barco se balanceaba en el mar como una cáscara de nuez. A la débil luz del alba podían ver las crestas blancas de las olas que se quebraban y deshacían con el viento. En un momento determinado, el barco quedaba a cuarenta pies sobre el nivel normal y al momento siguiente se hundía como si no fuera a subir más. Pero subía, sacudiéndose el agua, y apenas si sus máquinas conseguían hacerlo avanzar un poco.

—¡Allí está! —gritó Sigmund.

Peter tuvo apenas tiempo de ver un cohete rojo que caía en el mar:

—¡Van a alarmar a la patrulla costera! —dijo.

Mientras decía esto, salía tras él un cohete que el barco enviaba en respuesta. El bote lanzó otro y entonces distinguieron Peter y John la pequeña embarcación a la que las olas zarandeaban como si fuera un tapón.

—Tendremos que saltar —dijo Sigmund—. No se acercarán mucho con la mar como está. — Se alejó y volvió con tres salvavidas —. Pónganselos ustedes. Nos tiraremos uno tras otro. Pero es preciso que cada uno espere a que el anterior haya sido recogido por los del bote. Usted primero — le dijo a John.

El bote se acercó por sotavento. Llevaban un pequeño foco con el que iluminaban el espacio donde habían de caer los fugitivos.

—¡Tírese usted! —ordenó Sigmund.

John se tapó la nariz y saltó. Cayó en el agua entre el costado del barco y el bote y fue izado a bordo. El bote se inclinó de popa.

—¡Ahora usted! —dijo Sigmund.

Peter se subió a la amura y miró al negro mar. Escogiendo un momento en que el barco descendía, saltó para caer a bastante distancia del barco y cerca del bote.

Al principio no sintió la frialdad del agua. Pero luego empezó a helarse. Hacía esfuerzos desesperados por acercarse más al bote y tragaba agua salada. Estaba aterrorizado. Les costó algún trabajo subirlo. Luego lo tendieron en el fondo del bote y uno de los ocupantes de este le introdujo coñac abriéndole la boca con dificultad.

Sigmund llegó poco después. Pusieron el motor a toda marcha y avanzaron hacia la costa. El oleaje hacía dar brincos a la pequeña embarcación. Tocaron tierra cuando ya amanecía. El viento se había abatido algo, pero el mar seguía revuelto y el cielo estaba amenazador y con nubes muy bajas. Era una costa tétrica y desolada. Grandes acantilados negros se elevaban del mar gris y mostraban una franja blanca en su base.

Los dos hombres que llevaban el bote no habían hablado. Los tres pasajeros, mojados, temblaban bajo un montón de mantas, echados en el fondo de la pequeña embarcación.

Al llegar a la costa, Sigmund habló en danés con el timonel.

Este replicó también en danés. Era un individuo tranquilo, curtido por el mar.

—Han detenido a Mr. Olsen —dijo Sigmund—. Los nazis han detenido a Mr. Olsen. — Lo decía como si esto significara el fin de la Resistencia.

—¿Cómo? —preguntó Peter. No le preocupaba mucho Mr. Olsen en aquel momento. Tenía frío, sentíase mal y deseaba, por encima de todo, desembarcar.

—Esos jerries asaltaron la finca donde él estaba. Lo han encarcelado.

Entraron en una pequeña bahía y luego en un estrecho fiordo donde había una franja de blanca playa de la que salía un empinado sendero hasta lo alto del acantilado. Podían oler las algas, que despedían un fuerte y mareante olor en la frescura matutina, y las gaviotas giraban y planeaban por encima de ellos chillando y volviendo la cabeza para mirar el bote.

El timonel volvió a hablar con Sigmund.

—Hemos de darnos mucha prisa —tradujo Sigmund —. Tenemos bicicletas en lo alto del acantilado. Estos hombres esconderán el bote. Ellos han visto patrullas alemanas que rondan por aquí. No podemos perder tiempo.

Subieron por la cuesta hasta la cumbre del acantilado. La ropa, empapada, se les pegaba al cuerpo. Pero cuando llegaron arriba, ya habían reaccionado y sus ropas despedían vapor mientras ellos miraban el pacífico y ordenado paisaje que se extendía ante sus ojos.

Era un paisaje de juguete. Un paisaje de limpias casitas, campos que parecían recortados y buenos caminos. No había vallas, sino pequeños setos de separación hechos de madera o de tierra.

Al final del sendero encontraron tres bicicletas encadenadas y con un candado que abrió Sigmund con la llave que le había dado uno de los tripulantes del bote.

—Tenemos que correr mucho. Se está haciendo tarde.

Salió el primero y los condujo por aquellos caminos tan llanos y agradables. Eran unas bicicletas pesadas y de forma rara, con neumáticos muy gruesos y con el manillar vuelto hacia arriba; pero siempre era mejor ir en ellas que andando y el viento los azotaba secándoles la ropa. Entonces salió el sol y les calentó la sangre. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se sintieron libres.

Sigmund los conducía a buena velocidad. Siguieron pedaleando durante varias horas; pasaron por aldeas y pueblos sin detenerse en ellos. Saludaban a los aldeanos a gritos, pero seguían su camino con una gran impaciencia por llegar al cuartel general de la Resistencia y saber qué le había ocurrido a Mr. Olsen.

Peter, en cambio, no tenía prisa. El sol relucía y él no sentía la menor impaciencia por complicarse en la Resistencia. Lo que a él le interesaba era salir del país. La Resistencia era un asunto marginal, un incidente en el plan general de la fuga y Peter se proponía hacer que ese incidente fuera lo más breve posible. Tenían ya la ropa seca y él disfrutaba de aquel paseo en bicicleta por aquella región desconocida y encantadora.

Había pasado la tormenta dejando un cielo azul claro por el que flotaban algunas nubecillas que parecían humo plateado. Los caminos eran rectos y bordeados de árboles, y en los pueblos las casas estaban pintadas de rosa, blanco y azul pálido, y en las tranquilas calles se veían enormes hayas de ramas peladas.

Se detuvieron a la salida de uno de estos pueblos en una pequeña granja a cierta distancia de la carretera.

—Aquí está el cuartel general —les dijo Sigmund —. Esperen a que yo informe.

Le dejó su bicicleta a John y llamó a la puerta. «Dit dit dit dah», el signo W.

Una mujer abrió la puerta. Era una anciana vestida con traje típico de las campesinas de aquella región. Un pañuelo de colores le enmarcaba su moreno y arrugado rostro.

Sigmund se reunió con sus amigos.

—Se han marchado. Tenemos que recorrer unos cuantos kilómetros más.

Volvieron a subir en sus bicicletas y continuaron pedaleando. A Peter no le interesaba ya el paisaje. Tenía todo el cuerpo entumecido y quería llegar a donde fuera lo más pronto posible. Sentía mucha hambre y sed y la ropa le molestaba mucho por la sal que se había secado en ella.

El nuevo Cuartel general era una granja grande de ladrillo y techo de paja y anticuadas chimeneas de enorme tamaño.

Un muchacho montaba la guardia ante la verja. Vestía pantalones de campaña ingleses, sweater y botas de marinero. Cubría su cabeza con una gorra negra de visera reluciente e iba armado con una subametralladora Thompson y un revólver en una vaina de cuero sujeta a la pierna a estilo cowboy.

Sigmund le habló en danés. El centinela saludó y se apartó para dejarlos pasar.

Entraron en la granja y se encontraron en una habitación de techo bajo con suelo de piedra. En un extremo había una estufa de mosaico y en el centro una larga mesa a la que estaban sentados varios hombres. La habitación parecía una armería. Alineados en la pared había varios rifles de reglamento y debajo de ellos unas cajas con municiones; y otras abiertas, con granadas de mano. A la izquierda de los rifles, una mesita que sostenía un aparato de radio inglés transmisor y receptor. Sobre la mesa larga había cuatro ametralladoras Browning.

Los hombres miraron a los tres recién llegados. Todos ellos llevaban armas.

Sigmund habló con ellos en danés rápidamente. Peter le oyó pronunciar varias veces las letras R. A. F.

Los hombres se levantaron. Se les alegró el rostro a todos ellos al oír algo que les decía Sigmund.

—R. A. F. —dijo el hombre que parecía presidir a los de la mesa. Hablaba un inglés dificultoso —. Sean ustedes bienvenidos a nuestro país. Es bueno ver la R. A. F.

—Este es Carl —dijo Sigmund—. Es el lugarteniente de Mr. Olsen.

Carl era un individuo alto, de cerca de cincuenta años. A pesar de su edad y de sus cabellos grises, daba una impresión juvenil y firme.

—Bienvenidos —repitió.

—Gracias —dijo Peter. Miró a los otros dos. Ambos eran jóvenes. Parecían estudiantes. La mirada de Peter se detuvo sobre lo que había en la mesa y exclamó:

—¡Ametralladoras Browning! —Cogió una de estas armas que le eran tan conocidas.

—No disparan —dijo Carl.

Peter examinó el arma:

—Sistema número 1 —dijo—. Creo que podremos arreglarlas.

Los hombres observaron a Peter mientras este desarmaba la ametralladora. Les encantaba ver cómo se iba desarticulando en piezas sueltas en las manos de Peter y cómo iban siendo colocadas esas piezas en filas bien ordenadas sobre la mesa de madera. Siguió desarmando la ametralladora hasta dejar al descubierto la recámara.

—Mala suerte. Tiene roto el percutor.

—¿No puede usted arreglarlo? —preguntó Carl.

—Haría falta una recámara de repuesto —le dijo Peter.

Carl se dirigió hacia un rincón del cuarto donde había un montón de sacos. Sacó de entre ellos otra ametralladora Browning, que tenía el cañón doblado y estaba toda ella retorcida por el fuego.

—¿Dónde la encontraron ustedes? —preguntó John.

—En un bombardero de la R. A. F. que fue derribado aquí cerca — dijo Carl —. Llegamos antes que los alemanes. Todos los tripulantes estaban muertos. Les hicimos un funeral militar. Están enterrados en el cementerio local. Quitamos el armamento y las municiones.

Peter desarmaba la ametralladora inutilizada.

—Estupendo —dijo—. Tiene muy bien la recámara. Podremos arreglar la otra.

—Muy bien —dijo Carl—. Hemos preparado unos soportes para ellas. Las emplearemos contra los alemanes.

Habían comido todos juntos en aquella mesa ganso asado y legumbres de la finca con cerveza danesa floja y buen pan blanco amasado por la mujer del granjero. Carl se llevó a Sigmund a la otra habitación, mientras los cuatro jóvenes seguían sentados. Los daneses hablaban un inglés bastante correcto y se entretuvieron charlando de sus armas. Empleaban una pintoresca variedad de armas danesas, alemanas y finlandesas, pero estas eran las primeras ametralladoras Browning de que disponían. Nunca las habían visto y tenían grandes deseos de saber cómo se manejaban.

—Las hay que se alimentan por la mano derecha y otras que lo hacen por la mano izquierda — explicó Peter —. Las fabrican así para que se adapten a las torretas de tiro.

—¿Cómo las cargan ustedes? —preguntó uno de los daneses. Era un muchacho alto, de cabello rubio, con gafas. Le llamaban Hans.

—Primero preparan ustedes la correa —y Peter les mostró cómo se ponían los cartuchos juntos para formar la cinta —. La que encontraron ustedes en el avión incendiado se componía de varias series en el siguiente orden: perforadoras, incendiarias, explosivas, sólidas y trazadoras. — Mientras decía esto se veía de nuevo en el barracón de un aeródromo de Inglaterra. Fuera, el incesante zumbido de los motores y dentro una clase para aburridos aviadores que solo escuchaban a medias al instructor que, como un loco, recitaba las lecciones del manual de armamento.

—Usarán ustedes las balas adecuadas al fin que se propongan en cada momento — continuó —. La trazadora no les será de mucha utilidad, pero las incendiarias resultan muy útiles para los sabotajes. — Les enseñó cómo podían distinguir el tipo de bala guiándose por el color de los redondeles que llevaban en su base los cartuchos.

—¿Y para enfriarla? —preguntó el segundo estudiante. Era un muchacho bajito con una cabellera negra y rizada. Parecía judío.

—Hay que dispararla en ráfagas cortas. Están dispuestas de tal modo que se enfrían por sí solas; fueron concebidas para disparar en el aire de las alturas. Marcharán bien si disparan ustedes ráfagas cortas como con un fusil-ametralladora. Si no, se encasquillarán.

—Las usaremos en el asalto a la cárcel. Si hubiéramos sabido manejarlas antes no habrían detenido a Mr. Olsen. Lo libertaremos esta noche.

—¿Cómo lo cogieron? —preguntó John.

—Después de un raid que hicimos —respondió el judío —. Una buena operación: atacamos un transformador de Copenhague. Nos escapamos en un camión y fuimos arrojando clavos por la carretera. Resultó muy bien y todos escapamos.

—Después de ese raid fue cuando detuvieron a míster Olsen — dijo Hans —. Lo descubrió un miembro del Schalburg Corps y lo denunció a los jerries.

—¿Qué es el Schalburg Corps? —preguntó John.

—Una sección del partido nazi danés. Se organizaron para contraatacar las actividades del Movimiento de Resistencia. Precisamente por ser daneses son más peligrosos para nosotros que los militares alemanes. Son unos traidores y entre nosotros hay una guerra a muerte. La lucha entre nosotros y el Schalburg Corps es mucho peor que la que sostenemos contra los alemanes. No podemos ya ni acordarnos de la vida que llevábamos antes de que nos invadieran los alemanes. Llevo luchando más de un año. Mi madre y mi hermana están en Copenhague, pero yo no he ido a casa desde hace un año porque si fuera a visitar a mi madre la detendrían los alemanes. A mi hermano lo han enviado a un campo de concentración en Alemania.

—A mi padre lo mataron —dijo el judío—. Lo fusilaron porque era judío. Mi madre se escapó y está en Suecia.

—Conseguimos pasar quinientos judíos a Suecia el mes pasado — dijo Hans.

—¿Cómo se las arreglaron ustedes? —dijo Peter. Esto era lo que más le interesaba. Lo que había estado esperando durante toda la conversación.

—En botes pequeños. Los pasábamos por la noche, cruzando el estrecho.

—¿Y las patrullas alemanas?

—Las burlamos. Conocernos bien estas aguas y los vientos. A mí incluso me divertía esa tarea. Nos trataron muy bien en Suecia.

—¿Pueden ustedes hacernos llegar así a Suecia?

—Veremos lo que opina Carl —dijo Hans—. Durante la ausencia de Mr. Olsen él es el jefe. Pero lo primero es rescatar a Mr. Olsen.

Aquella tarde los llevó Sigmund en tren a Copenhague.

—Les llevo a ustedes a casa de mi hermana — les dijo —. Hagan ustedes exactamente lo que ella les indique y procuren producir el menos ruido posible. Si no vuelvo a buscarles deben esperar allí pacientemente hasta que alguno de nosotros se ponga en relación con ustedes. De ninguna manera deben salir del piso.

Les condujo, dando un rodeo, por un dédalo de callejuelas que parecían todas iguales y se detuvo ante una moderna colmena de pisos. Pulsó uno de los timbres que había en el portal, entró por la puerta oscilante y subió por las escaleras de cemento armado. Peter y John lo siguieron hasta uno de los departamentos cuyas puertas daban al descansillo del tercer piso.

Una muchacha alta y hermosa abrió la puerta. Parecía asustada. Sigmund le habló en danés y ella cerró los ojos. Se puso muy pálida, pero sonrió y les hizo pasar.

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