El caballo de madera
Fase I
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CAPÍTULO PRIMERO
E RA por la mañana temprano. Dentro de la habitación había un silencio absoluto; la fantasmal y transitoria falta de vida de un cuarto donde todos duermen. En las cuatro literas de dos pisos alineadas a lo largo de las paredes dormían los prisioneros acurrucados en sus mantas. Junto a cada doble litera, como un centinela, había un estrecho armario de madera. En la mesa del centro de la habitación, suavemente iluminados por la luz que se filtraba por las rendijas de los postigos cerrados, yacían en montones desordenados las ropas de los dormidos prisioneros. De la Kommandantur llegaba débilmente el sonido de una lejana trompeta.
En una de las literas superiores se movió una figura, gruñó y se volvió del otro lado. Aquella persona permaneció quieta durante un rato; luego, con una sacudida violenta que hizo temblar toda la estancia, sentóse en el lecho, se frotó los ojos y bostezó. Peter Howard, que se hallaba en la litera de abajo, abrió los ojos. Unas cuantas virutas desprendidas del colchón de arriba fueron cayéndole lentamente sobre el rostro. Se las quitó con la mano, volvióse otra vez en el lecho y se tapó las orejas con la delgada manta gris. Era demasiado temprano para despertarse. Cerró los ojos. Todo esto lo conocía él de sobra. Un par de piernas cubiertas con largo vello de color arenoso aparecerían por encima del borde de la litera superior. Esas piernas moverían sus dedos gordos de un modo muy desagradable mientras su dueño se preparaba para aterrizar junto a Peter como una avalancha. Todo esto lo había visto él antes con excesiva frecuencia. Prestó una tensa atención desde el refugio de sus mantas. ¡Crach! ¡Bang! ¡Pum! Toda la barraca tembló. Una de las figuras de las literas se movió con impaciencia y maldijo entre dientes. Un taburete resbaló ruidosamente por el suelo. El hombre que había maldecido se tapó la cabeza con su manta. Pesados pasos cruzaron la habitación. Un breve silencio y luego — ¡clang! — la tapadera de una tetera cayó al suelo. Otro breve silencio y luego el sonido de una cucharilla movida violentamente dentro de una jarra de barro. La estancia entera volvió a temblar con un portazo.
Peter relajó sus músculos y abrió lentamente los ojos. Sabía con exactitud lo que había ocurrido desde que la primera sacudida de aquel cuerpo le había despertado. Primero, Bennett se había puesto los calcetines; luego, los zuecos de madera que habían pasado la noche reposando junto a su cabeza. A continuación se había lanzado para caer sobre el taburete de madera. Lo había fallado, enviándolo a una buena distancia. Esto le había producido sorpresa y se había precipitado hacia la tetera a ver si tenía agua. Al encontrarse con que la jarra solo contenía un poco de té seco, puso de nuevo una expresión de exagerada sorpresa y llenó un jarro de agua fría de otro mayor que estaba cerca de la estufa. Después de añadirle una cucharada de limonada en polvo, lo había removido violentamente, y después de beberse esta mezcla en tres grandes tragos había salido dando un portazo para dar unas vueltas por el circuito hasta la hora del desayuno.
Todas las mañanas, desde que llegaron a Stalag-Luft III, había tenido Peter el mismo brusco despertar. Al principio abría los ojos al oír el primer crujido. Luego se había acostumbrado a mantenerlos cerrados hasta que Bennett salía de la habitación.
Volvió a producirse un absoluto silencio. Los otros seis ocupantes de las literas seguían inmóviles. O estaban dormidos o se aferraban a los últimos jirones de sueño hasta que la «tormenta» hubiera pasado. Bennett se había marchado. Estaría, en aquellos momentos, dando vueltas al campo justamente por el borde del bajo alambre preventivo, el que servía de señal para conocer la intención de fuga. Mientras, los demás tratarían de recomponer sus retazos de sueño. Muchas veces se había preguntado Peter qué atractivo encontraría Bennett en la vida carcelaria para levantarse tan temprano. La mayoría de ellos se quedaban en la cama el mayor tiempo posible, pues se les hacía muy dura la idea de empezar un nuevo día. Bennett era un tipo extraño: empezaba su jornada media hora antes que todos los demás y, en cambio, se pasaba toda la tarde en su litera. Quizá tuviera razón en esto. A esa hora de la mañana, el campo estaha desierto y Bennett necesitaba mucho espacio a su alrededor. Era demasiado fogoso, demasiado viril para vivir en manada con otros siete. Necesitaba amplitud para moverse con la mayor libertad posible y tener algo en qué trabajar. Peter se acomodó mejor en su colchón de virutas y trató de conciliar de nuevo el sueño.
Desde el rincón situado a su mano derecha le llegaron frases sueltas del himno de odio que Robbie murmuraba cada mañana… «¡Señor, qué tipo tan alborotador e inaguantable es Bennett!». Robbie decía esto con acritud. Peter estaba convencido de que Bennett y Robbie acabarían peleándose pronto. La cosa empezaría por algún pequeño detalle que sería la chispa productora del incendio. Uno de ellos se trasladaría a otra barraca y la vida seguiría igual allí dentro. Siempre ocurría eso en los campos de prisioneros. Uno aguantaba durante mucho tiempo el aburrimiento, y entonces, de un modo casi imperceptible al principio, los hábitos de cualquiera de sus compañeros empezaban a fastidiarle. Cosas insignificantes como la manera de comer o, sencillamente, su acento… y bastaba eso para que la vida se le hiciera a uno insoportable.
El pobre Robbie llevaba encerrado cerca de tres años y una mala cabaña de madera no era el ambiente ideal para Bennett. Le habría sido imposible no armar ruido incluso en una habitación forrada con una gruesa capa de corcho. Peter suspiró. La idea del suelo de corcho le recordó los cuartos de baño. Desde hacía dos años no se bañaba — a no ser que llamemos baño a una lata de cacao agujereada para duchas — y acudieron a su mente los baños de porcelana con todos los colores del arco-iris. Verde, amarillo, rosa, negro… No; el negro no le gustaba, prefería un baño que diera al agua su color. En este sentido, lo mejor era el color verde. Un baño verde, con mosaicos negros en las paredes y un suelo de corcho… O quizá fuera preferible un baño hundido en el suelo. Sí, un baño hundido y lo bastante grande para que dos personas cupieran a la vez en él. Pensó mucho tiempo en esto.
Peter se esforzó por pensar en otra cosa. ¿Y el túnel? Tenía que haber un sitio donde empezar la excavación de uno; era cuestión de meditar sobre ello. David estuvo a punto de conseguirlo. Sí, el David de los ojos de marinero y el halo rosado de su barba pelirroja. David, el campesino, un hombre en el que podía uno confiar. Organizaba toda una granja en el papel. Sobre su litera había un rústico estante hecho con tablas de camas, aquellas estrechas planchas de las literas. Todos los libros que tenía allí trataban de agricultura, especialmente de todo lo necesario para explotar una granja. En la época adecuada del año, David sembraría su cosecha y a su debido tiempo la recogería. Llevaba un libro de pérdidas y ganancias. Era divertido ver la seriedad con que lo hacía. Si llovía el día en que había decidido segar, andaba de un lado para otro con una cara de pésimo humor. Si durante una hora de calor se le ocurría a alguno de los otros decir que hacía buen tiempo, David murmuraba en seguida algo sobre la lluvia que necesitaban las cosechas. Aquella ilusión servía de compensación al buen granjero David por su encarcelamiento. Sin embargo, trataba de escaparse. Era el representante de la barraca en el Comité de fuga. Sin embargo, su granja era muy real para él. Peter sonreía al recordar la ocasión en que el valle de David estuvo en peligro durante una inundación y condujo a un rebaño de ovejas desde el prado más bajo a la seguridad de las colinas que dominaban la granja. Los vigilantes se habían alarmado cuando todos los habitantes del barracón ayudaron a David en la conducción de su rebaño a través de todo el campo de prisioneros. Ya habían cogido los fusiles-ametralladoras al ver aquella masa de hombres que silbaban y gritaban empujando algo invisible hacia la alambrada. Pero el nuevo prado estaba situado dentro del cercado y no había ninguna infracción de las ordenanzas en lo que hacían.
El único que sabía más de granjas que David era Bennett. Pero es que Bennett sabía más de todo que cualquier otro. Bennett era la autoridad en persona. No se podía discutir nada con él. Fuera cual fuese el tema de la discusión, soltaba Bennett una sentencia categórica y autoritaria que mataba toda argumentación. Se hacían entonces intentos para resucitar la cuestión, pero abortaban bajo el peso de la autoridad de Bennett. La oposición languidecía hasta caer en un silencio desanimado no exento de cierta irritación.
Siempre estaban discutiendo. Paul daba mucho que hacer. Alto y delgado, tan alto que se preguntaba uno con asombro cómo le habría sido posible meterse en el Hurricane que le habían derribado a principios de la guerra. Había entrado en la RAF en cuanto salió de la escuela. Todo su mundo era volar y la inmensa libertad del cielo. Para él la vida carcelaria era más insoportable que para la mayoría de sus compañeros. Perdía la paciencia con gran facilidad y en sus momentos de desesperación buscaba el consuelo de Robbie.
Robbie era el pacificador.
Peter se obligó a despertarse del todo. Le tocaba ser cocinero. De todas las servidumbres de la vida de prisión lo que más odiaba Peter era tener que cocinar. A los primeros prisioneros que llevaban allí más tiempo les había sido más duro porque tuvieron que cocinar al aire libre con leña. En cambio, ahora tenían una estufa. Por lo menos, pensaba Peter, le correspondía la ciento doceava parte del calor de una estufa. Había catorce habitaciones en la barraca. Cada habitación alojaba a ocho prisioneros y por cada ocho hombres había un cocinero. Al final de la cabaña había una estufa de hierro con una arandela de cocina y un pequeño horno. En esa cocinilla tenía que guisar cada uno de los catorce cocineros la cena correspondiente a su grupo de ocho. Peter empezó a pensar en la cena. Si pelaba las patatas y las ponía a cocer a eso de las diez… Robbie le varió el curso de los pensamientos.
—¿Qué tal vendría un poco de té, Pete?
—Muy bien, Robbie. Ahora mismo. Nos sobra tiempo. — Se desperezó y salió del camastro —. ¡Buenos días, Nig!
—Buenos días, Pete. —Nigel Wilde y John Clinton dormían en el par de literas junto a la estufa. Como todas las ventajas de la vida de prisión, también la de esos dos tenía sus desventajas compensadoras. Aunque en el invierno disfrutaban de más calor, eso significaba que las literas las usaban todos como asiento durante el día. Peter prefería la independencia de la pared más apartada de la estufa a pesar del frío.
Nigel volvió a tumbarse de espaldas en la litera superior, rodeándose, en una forzada posición, la cabeza con el brazo derecho y dándose golpecitos con la mano derecha en el lado izquierdo del bigote. Tenía un aire beatífico.
Peter estuvo observándolo. Nigel hizo un guiño.
—¿Por qué diablos estás haciendo eso?
—Es que me gusta, chico. Te da la misma sensación que si te lo estuviera haciendo otra persona.
—Estás loco.
—Ya lo sé, pero tiene gracia.
En la litera de abajo, John Clinton dormitaba con su morena cabeza descansando sobre unos pantalones arrollados y con una expresión seráfica en el rostro.
—¿Qué tal tiempo hace? —preguntó Nigel.
Peter se dirigió hacia la ventana con los pies descalzos. Estaban a fines de primavera y, a través de los alambres de púas, podían verse los pálidos tonos de un fresno plateado que se elevaba grácilmente contra un fondo oliváceo del bosque de pinos. A Peter le gustaba aquel fresno plateado. Había procurado pintarlo en todos sus aspectos como una silueta frágil y aguda contra el cielo invernal. Y tal como lo veía ahora, como una cascada de verdes delicados, casi amarillo a la luz del sol mañanero. Lo había pintado frecuentemente, pero nunca había sido capaz de captar su aislada belleza, su esbeltez contra la oscuridad verdosa de los pinos. Por encima, el cielo estaba claro y tranquilo con la silenciosa expectación que precede a un día ardiente. Debajo de la ventana, la arena estaba húmeda de rocío. La alambrada relucía también con gotas de rocío. Las filas de largas chozas pintadas de verde daban una impresión de recién lavadas y frescas.
—Hace una mañana estupenda, ¿verdad, Nig?
—Gut zeigen. Y ¿qué hay de la taza de té? — Nigel tenía la especialidad de trasladar el argot de la aviación inglesa literalmente al alemán. «Gut
zeigen [2] » era su manera de decir good show. A veces usaba este extraño idioma alemán con los propios guardias y se quedaba realmente sorprendido al ver que no le entendían.
Peter, que seguía mirando por la ventana, vio a Bennett que seguía recorriendo el circuito furiosamente. Con sus botas pesadas del ejército, una gorra de lana y el uniforme de batalla de la RAF, pasó como una exhalación por delante de la ventana.
—Ven, Pete —llamó Nigel—. ¿Y el té?
Peter se acercó a un estante de madera colocado sobre la estufa y cogió siete jarras. La tetera había quedado al lado de la puerta la noche antes con un puñado, en el fondo, de hojas secas de té sin hacer. Al cocinero de la habitación vecina le tocaba aquel día llevar las dos teteras a la cocina general y hacer que se las llenaran de agua hirviendo. A Peter le tocaría al día siguiente. Llenó tres jarras, una para Nigel, otra para Robbie y otra para sí mismo. No quería despertar aún a los demás. Había tiempo de sobra.
Yendo otra vez al estante, sacó de una caja de cartón un pesado pan alemán: noventa por ciento de patata y el resto de serrín. Un pan que, si se le dejaba secarse, podía llegar a ser tan duro como una piedra. La caja de cartón había contenido un paquete enviado por la Cruz Roja desde Inglaterra. Había docenas de esas cajas por toda la habitación y en ellas guardaban los prisioneros sus objetos personales. Las cajas se apilaban sobre los armaritos, por debajo de las camas y alrededor de la estufa, llenas estas últimas de carbón vegetal, patatas viejas y trozos de papel. Cada semana llegaban a la habitación ocho cajas de estas y nunca parecían tener bastante.
Peter cortó veinticuatro rebanadas delgadas. La ración de cada hombre era la séptima parte de un pan cada día. Por el procedimiento de cortar rebanadas muy finas podía conseguir tres para el desayuno, una para el almuerzo y tres para el té. Las cubrió con una levísima capa de margarina procedente de un paquete enviado por la Cruz Roja, abrió a continuación una lata de mermelada y el desayuno quedó rápidamente preparado.
Todavía estaba Peter en pijama.
—¿Qué te parecería una ducha fría antes de desayunar, Nig?
— [3] Blond genug, chico. — Nigel se desprendió de las mantas.
—Vamos a despertar a John.
—¿Cómo? ¿Despertar al niño? ¡Ten compasión, hombre! — Nigel trataba a John con un respeto teñido de ironía. Lo respetaba por su fina inteligencia y por su valentía; y a la vez le tomaba un poco el pelo por su juventud y su despiste. John estaba siempre pensando en sus libros o en planes de fuga. Se hallaba tan alejado de aquel ambiente que Nigel tenía muchas veces que ir a buscarlo para las comidas. Nigel quería a John y disfrazaba su aprecio con una gran variedad de bromas. Lo llamaba «el niño» y lo respetaba más que a ningún otro.
—Bueno, despiértalo. Le sentará bien.
—Tú dirás.
—Sí, anda. —Peter esperó a que Nigel llevara a cabo la broma de todas las mañanas. Nigel echó mano de su último invento, el método más reciente que había inventado para hacer rabiar a John. Esta vez se trataba de un complicado mecanismo despertador. Una lata de cacao colgada de una cuerda y que venía a caer exactamente sobre la cabeza de John. Por un agujero abierto en la tapa de la lata pasaba otra cuerda en cuyo extremo había amarrado un racimo de clavos retorcidos y mohosos. Tirando rápidamente de la cuerda central, Nigel lograba producir un ruido bastante aceptable. Tiró de la cuerda.
John no se despertó.
—Me parece que lo de las tablas sueltas de la cama era una idea mejor — dijo Peter.
—Sí, pero un poco peligrosa. —Y Nigel hizo una mueca al recordar el mecanismo anterior que había venido empleando para despertar a su compañero. Era un procedimiento sencillo con el que se conseguía quitar la única tabla que sostenía el colchón en la litera de John. Al caer la tabla, tanto el colchón como Clinton iban a parar al suelo.
—Vamos —dijo Peter—, daremos una vuelta al campo y luego nos duchamos.
Dejando a John dormido saltaron por la ventana. Este sistema de salida era más rápido y silencioso que el de la puerta.
Nuevamente quedó en silencio la habitación. Robbie seguía perezosamente en la cama espantando a las moscas que revoloteaban por el espacio interior de la litera. ¡Tenían toda la habitación para volar a sus anchas y no se les ocurría sino concentrarse en aquel recoveco para molestar a Robbie! Este se cansó de su defensa y tapóse la cabeza con la manta. En aquel momento uno de los bultos de las literas superiores empezó a maldecir.
—¿Qué pasa, Pomfret? —Robbie emergió de su manta.
—¡Es que esos dos son unos pesados y unos escandalosos! Tienen demasiada vitalidad. ¿Para qué demonios necesitan darse una ducha a estas horas de la mañana? Además, esa estupidez de la lata. ¡Vaya tontería!
—Hombre, supongo que les divertirá.
—Pues no debía divertirles. Nadie debía ser feliz en un campo de concentración. Es una falta de decencia. Por cierto, ya que hablo de decencia, me figuro que otra vez van a tomar desnudos baños de sol. El
S. B. O [4]. debía prohibirlo. Está muy mal que toleren esas cosas.
—¿Y por qué no van a permitirlo? —dijo Robbie —. No hay mujeres en varias millas a la redonda y aunque las hubiera no podrían ver lo que pasa dentro del campo. Si esos dos se quieren tostar, ¿por qué no han de hacerlo? Vivimos en un mundo libre y a ellos les sientan bien los baños de sol.
—Te repito que es una indecencia —insistió Pomfret.
—¡No seas tan rancio! Yo mismo tomaré baños de sol en cuanto haga un poco más de calor. — Robbie volvió a cubrirse la cabeza con la manta y se puso a pensar en la comedia que estaba dirigiendo. Lo que más le preocupaba era el papel de la protagonista. El joven Matthews lo había interpretado en las cuatro últimas representaciones y el público se iba acostumbrando a él. Podía preguntarle a Black si quería encargarse de hacerlo, pero ya le había enseñado al joven Matthews a andar adecuadamente y a sentarse sin abrir las rodillas. Era el mismísimo diablo… ¡Qué fastidio el primer papel femenino! A casi todos les daba muchísima vergüenza interpretarlo. La cosa podía pasar hasta que se llegaba a las escenas de amor; entonces empezaban a tomarlo a broma para quitarle, por medio de la caricatura, lo que pudiera tener de desagradable. Pensó visitar más tarde al joven Black; procuraría persuadirlo para que aceptara el papel. Latimer haría de protagonista masculino; estaba resultando un actor estupendo.
—¡Anda, saca las piernas! —le dijeron Peter y Nigel, que regresaban de tomar su ducha fría —. Dentro de diez minutos el desayuno estará listo. ¿Quién quiere desayunar en la cama?
Pomfret salió de su litera, se frotó los ojos y emitió algunos gruñidos sordos. Se puso un abrigo del ejército polaco sobre el pijama, cogió la caja de cartón donde guardaba sus cosas de aseo y se dirigió hacia el cuarto de aseo.
—¿Qué le pasa a ese esta mañana? —preguntó Nigel.
—Es que está un poco picado —le respondió Robbie —. Lo has despertado con tu máquina infernal.
—En cambio, el niño sigue como una piedra. ¡Hala, John, despiértate! ¡Que van a dar el desayuno, mein Herr!
—Bueno, ya desayunará después del appel — dijo Robbie.
En el rincón más lejano, David Bruce seguía meditando. Estaba haciendo el plan del día. Iba a medicinar a su nuevo ternero, que no estaba muy bien por aquellos días. Perder una ternera ahora resultaría un serio inconveniente; equivaldría a abrir un boquete en la pequeña reserva de capital que había ido acumulando.
La puerta se abrió de golpe y un guardia alemán entró en la habitación: «Raus! Raus! Ausgehen! Alle rausgehen!».
—Deutschland kaput! —gritó Paul, que se hallaba de pie junto a su litera, con los pantalones en la mano, la cabellera revuelta.
El guardia le chilló en alemán con irritación.
—¡Cierra ese hocico! —dijo Paul—. Aquí no entendemos el alemán, a ver si te enteras de una vez.
El guardia volvió a vociferar en alemán. Esta vez era una larga frase que terminaba con la palabra inglesa cooler (fresquera).
—Aquí no hay más frescura que la tuya —dijo Robbie.
El guardia volvió a gritar. Ya chillaba histéricamente. «¡Cierra ese hocico!». Paul repitió su réplica de siempre.
El guardia empezó a levantar su rifle, que llevaba puesta la bayoneta.
—A ver si tiene cuidado —dijo Robbie.
Un Feldwebel llegó por el corredor central del barracón. El guardia tomó la actitud de firmes y expuso una larga queja en alemán. El Feldwebel se volvió hacia Paul.
—¿De modo que ha vuelto usted a ser impertinente? — le dijo en inglés.
—No me gusta que me griten.
—Venga conmigo. —El Feldwebel estaba acostumbrado a esta clase de incidentes.
Paul acabó de ponerse los pantalones. No le molestaba demasiado que lo metieran en la «fresquera». Casi se sentía feliz allí. Le agradaba tener la sensación de que seguía luchando de alguna manera. Recogió sus mantas y siguió al Feldwebel por el corredor.
—Ausgehen, alle rausgehen! —gritó el guardia, indiferente a la victoria que acababa de obtener.
—Gut zeigen, Joe. Ahora mismito vamos — replicó Nigel tranquilamente —. ¡Hala, John! Date prisa, que vas a llegar tarde al appel.
John abrió los ojos. Estaba despistado. De pronto se dio cuenta de qué se trataba:
—Por amor de Dios, que alguien me dé una taza de té.
Peter le pasó una taza. John bebió un trago y devolvió la taza. Saltó de la litera y se puso los zuecos. Era la suya una figura esbelta, de rostro moreno y una mata de pelo negro como la de un guerrero abisinio. Los pantalones de su pijama, que habían sido cortados por encima de las rodillas, eran de diferente tela que la chaqueta, la cual, por su parte, carecía de mangas. La chaqueta tenía rayas azules y los pantalones habían sido de color rosa. Tomó otro sorbo de té, se envolvió los hombros con una manta, cogió un libro y salió hacia donde pasaban lista con una rebanada de pan con mermelada en una mano y el libro en la otra. Mientras formaban en el appel, John leía su libro y, de cuando en cuando, daba un bocado a su rebanada.
Ya fuera de la barraca todos los prisioneros formaban grupos de cinco. Peter se hallaba junto a David, el cual, de una pipa que le salía de las profundidades de su barba pelirroja, lanzaba nubes de humo en el aire fresco de la mañana.
—¿Por qué tenemos que ponernos siempre en grupos de cinco? — se quejó Peter —. En el campo anterior solían ser grupos de tres.
—Estos son goons del ejército de tierra — dijo David —. Los otros eran goons de la aviación. Los de tierra solo saben contar de cinco en cinco.
Los guardias recorrían las filas contándolas; iban de uniforme y los prisioneros desafiaban el aire de la mañana en pijamas o shorts o bien se envolvían en sus mantas. Lentamente, los guardias pasaban ante ellos contándolos sin pararse. Ein-und-fünfzig… zwei-und-fünfzig… drei-und-fünfzig… vier-und-fünfzig… fünf-und-fünfzig… sech-un-fünfzig… sieben-und-fünfzig… Peter pensó: «¡qué lenguaje más idiota!». Esto era típico de toda la nación.
El ayudante inglés los llamó al orden. El Lager Offizier, alto e impecablemente uniformado, cruzaba hacia donde estaha el oficial mayor inglés. Después de saludar al S. B. O., se volvió hacia los prisioneros reunidos y, arqueando el pecho, saludó y gritó: «Guten Morgen, meine Herren!». Los prisioneros contestaron con un incoherente rugido. Mientras los más prudentes decían con claridad «Guten Morgen, mein Herr», los más atrevidos e indomables canturreaban su irrisoria réplica. De estas dos respuestas tan dispares se formaba un saludo de entusiasta apariencia que el Lager Offizier acogía con agrado. Con ello se creía popular entre aquellos ingleses de salvaje aspecto.
Después del appel regresó Nigel a su litera. Estaba fraguando su carrera de la postguerra. Ya había decidido ser médico, guardián de un parque de caza, buscador de oro, propietario de una zona de recreos, granjero (aunque esta idea la abandonó ante las despectivas observaciones de David Bruce), cazador de fieras y librero. Iba abandonando cada una de estas profesiones en cuanto otra más atractiva entraba en su fantasía. Vivía en un continuo y frenético entusiasmo, pero este necesitaba alimentarse constantemente con nuevos planes. Peter yacía en su litera esperando a que John terminara su desayuno.
—Mañana hay paquetes —dijo.
—Formidable —farfulló John con la boca llena de pan y mantequilla —; esta noche abriremos la última lata de salmón.
—No lo vayas a quemar esta vez —dijo Bennett —, tienes que hacerlo como te he explicado. Ya te he dicho que debes poner encima un papel engrasado.
John no replicó. Era demasiado temprano para empezar a discutir.
—Si conseguimos algunas pasas podemos hacer un pastel — dijo Peter.
—Lo coceremos por la tarde —dijo John—, y luego, si sale un puding, nos lo comeremos en la cena.
—Y si nos sale un porridge, nos lo tomamos mañana para desayunar — añadió Robbie.
—No me importaría encargarme de un restaurante después de la guerra — dijo Nig —. Lo llevaría yo mismo durante algún tiempo y luego pondría a un encargado mientras yo me dedicaba a explotar una pequeña granja. Con los productos de la granja surtiría al restaurante. Lo que sobrara de este me bastaría para alimentar a los cerdos y…
—Ya. Lo que tú quieres es resolver el movimiento continuo — le interrumpió John.
—Y luego, cuando tuviera ya en marcha la granja, la dejaría en manos de un administrador y yo empezaría otro negocio.
—Escucha, Nigel: para llevar un restaurante tienes que empezar por saber algo de cocina — dijo Bennett —. Y a juzgar por tu último esfuerzo, no te iba a ser muy fácil.
—Para sacarle provecho a una granja hay que ser un técnico — dijo David, saliendo de su apagamiento —. Si lo haces de cualquier modo, puedes perder mucho dinero. Precisamente ahora tengo una ternera que me preocupa mucho. Es una friesiana. El libro dice que son las más difíciles de criar. Siento no haberme decidido por una Hereford.
—Las friesianas son más bonitas —comentó Peter.
David replicó con un gruñido.
Cuando los demás terminaron el desayuno, Peter recogió los ocho cuchillos y jarros — no tenían platos — y los llevó al lavadero para fregarlos.
Fuera del lavadero, que era a la vez fregadero y cuarto de baño, había una larga cola de prisioneros esperando a que les tocara el turno para su ducha matinal. El campo, que encerraba cerca de mil hombres, contaba con seis grifos de agua fría. Dos de ellos habían sido convertidos por los prisioneros en duchas elementales. Los otros cuatro proporcionaban el agua necesaria para lavar la ropa, fregar y guisar. Los alemanes habían consentido en instalar duchas. Desde hacía cerca de un año las estaban construyendo. La inacabada estructura se hallaba dentro del campo rodeada por una barrera especial de alambre espinoso para impedir que los prisioneros robaran los clavos y pedazos de madera. Ya hacía mucho tiempo que habían abandonado toda esperanza de usar algún día las duchas.
Abriéndose paso por entre los aspirantes a la ducha, Peter entró en el lavadero. Estaba lleno de hombres que lavaban ropa sucia en largos bancos de madera. Primero empapaban las ropas en agua, luego las extendían sobre los bancos, las enjabonaban y las frotaban con cepillos duros. En un rincón, varios individuos trataban de mojarse con el chorrito insignificante de agua que salía de la lata de cacao. En el rincón opuesto, un prisionero estaba subido en el banco de lavar la ropa y mantenía la cara pegada a la ventana. Por todo el campo había figuras semejantes a esta que vigilaban por los agujeros abiertos en las paredes de las cabañas o que, escondidos en los huecos que dejaban las edificaciones por debajo, entre las pilastras, espiaban a los guardias alemanes. Cualquier actividad subversiva que se produjera en el campo contaba con su red de «avisadores». Cada policía que se introducía en el campo era vigilado por uno de los prisioneros, que seguía todos sus movimientos como si fuera su sombra.
En medio del suelo había un boquete de unos dos pies de lado abierto en las seis pulgadas de cemento sobre las que descansaba el suelo de ladrillo. Junto al agujero había una trampa. Esta, construida de sólidos ladrillos enmarcados en madera, podía ser colocada en la posición conveniente por medio de ganchos que encajaban en las muescas abiertas a los lados del marco. Una vez que la trampa quedaba en la debida posición y las junturas se tapaban con jabón mezclado con polvo de cemento, era imposible notar que el suelo había sido tocado. Asomando la cabeza y los hombros por la trampa, apareció un hombre llamado White.
—Hola, Will —dijo Peter.
—Buenos días, Pete.
—¿Cómo va eso?
—¡De rechupete! —White levantó la mano abierta tocándose con el índice la yema del pulgar e hizo un chasquido con la lengua —. La cosa va estupendamente.
—¿Hasta dónde habéis llegado?
—A unos cuarenta pies.
—¡Se acerca un chivato! —Era el «avisador», que daba la alarma desde la ventana.
White se hundió en el boquete como una exhalación y la trampa quedó cerrada en un instante. Muchos de los que se duchaban y de los que lavaban la ropa se apiñaron sobre la trampa zapateando sobre el suelo y camuflando así la trampa. Peter se puso a fregar sus cosas mientras que el vigía lanzaba desde la ventana continuas noticias sobre el avance del guardia hacia el lavadero. Pero el alemán pasó de largo y el trabajo en el túnel pudo continuar tranquilamente.
Cuando Peter regresó a la choza, encontró a Bennett dedicado a la singular tarea de «abollar la lata». Los prisioneros se veían obligados a cocinar en utensilios hechos por ellos mismos. Los alemanes no les daban absolutamente nada para esto. Lo que solían fabricar como objeto más útil era un plato llano de unas doce pulgadas de largo por ocho pulgadas de ancho y dos y media de profundidad. Para fabricarlo bastaba con quitarle los lados a una lata de klim y darle la vuelta al cilindro hasta convertirlo en una hoja lisa. Cuando reunían bastantes hojas las juntaban doblando los bordes para encajarlas unas dentro de otras y llenaban las junturas con papel de plata de las cajetillas de cigarrillos.
Bennet, rodeado de pedazos de lata desenrollada, machacaba furiosamente la lata como si estuviera satisfaciendo un deseo personal de venganza, y la barraca temblaba con los golpes y las vasijas se bamboleaban en los estantes.
—Hace un día magnífico —dijo Peter.
Bennett gruñó.
—¿Por qué no haces eso ahí fuera, tomando el sol? Además, chico, el barracón no temblaría tanto si dieras esos golpes sobre la arena.
Bennett volvió a emitir un gruñido.
Peter suspiró. Puso la primitiva vajilla que acababa de fregar sobre los estantes y salió a pasear por el circuito hasta la hora de almorzar.
Fuera se encontró a Robbie vestido con un chaleco de lana viejo y unos shorts sacados de unos pantalones de uniforme. Los andrajosos bordes de sus shorts flameaban sobre sus piernas morenas y delgadas. Calzaba unas sandalias de fabricación casera.
—Hola Pete. ¿Ha venido ya el correo?
—Todavía no, Robbie. Esta mañana se retrasa.
—¿Sigue machacando ese hijo de tal, ese Bennett?
—Sí.
—¡Caray! ¡Tengo unas ganas de que trasladen a ese tipo a otro grupo! No es como los demás. Si quiere abrir una puerta no se limita a utilizar el picaporte. Se arroja sobre ella con todas sus fuerzas, y si ve que no cede, se resigna entonces a utilizar el picaporte.
—Es verdad —asintió Peter—. ¡Qué mal debió de pasarlo su mujer en la noche de bodas!
Anduvieron juntos en silencio dándole varias vueltas al circuito.
—¿Sabes, Pete? Esta vida es un asco.
—Sí. Es repugnante y te hace comprender las ventajas del hogar. ¡Cuánto daría yo por estar pisando hierba otra vez! — Y al decir esto Peter daba salvajes patadas sobre la arena —. Hay un sitio en Warwickshire donde me gustaría estar ahora, allá por el Avon. Hay allí un sitio donde yo solía bañarme, una orilla con mucha pendiente donde puede uno sumergirse en seguida a mucha profundidad. — Pensó Peter en el sol que estaría dando en aquellos momentos, por entre los árboles, sobre las riberas del río, y el olor a tierra húmeda, la cálida hierba bajo sus pies descalzos… — En cuanto vuelva a Inglaterra, iré allí.
—Yo me reuniré con mi mujer y mis chicos — dijo Robbie.
Peter dio un puntapié a una piedra que encontró en su camino. Sus pies se habían endurecido a fuerza de ir descalzo. La vida de antes de la guerra le parecía lejanísima por completo, distinta. Sí, era una vida más suave y menos real que esta de ahora. Pensando en ello dijo:
—Muchas veces me pregunto si el encarcelamiento es mejor o peor para vosotros, los hombres casados, que para nosotros los solteros. Por lo menos, tenéis alguien que os espere. Tenéis una vida organizada y esto de la guerra no es para vosotros más que un intermedio. A veces siento que la vida se me escapa rápidamente y que cuando quiera volverla a coger estará ya demasiado lejos. Será entonces demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó Robbie, sonriendo.
De nuevo Peter le dio un puntapié a una piedra y contestó:
—Pues demasiado tarde para empezar otra vez a vivir… Sí, Robbie, me refería a esa espantosa sensación de que el tiempo corre mientras estamos quietos. No estoy haciendo nada, ni siquiera luchar… Es una jorobante pérdida de tiempo.
—También yo estoy desperdiciando el tiempo, ¿sabes? — dijo Robbie amablemente —. Mi niña, la más pequeña, cumplirá dos años y medio la semana que viene y todavía no la conozco.
—Eso precisamente es lo que quiero decir: que tienes algo concreto frente a ti. Y también cuentas con algo detrás de ti para volver la vista atrás.
—Bueno, hombre; puedes edificar en el futuro. Hay muchos muchachos que se doctoran en esto o en lo otro, se preparan para muchas cosas…
—Sí, ya sé —dijo Peter, malhumorado—. Pero yo no me puedo meter en esas cosas. Lo único que deseo es fugarme y regresar a Inglaterra.
—¡Bah, fugarse! ¿Cuántos se han escapado de este campo hasta ahora? ¡Ninguno!
—Nada se pierde con probar —arguyó Peter—, así, por lo menos, hace uno algo y no se pasa días y días con la única ocupación de esperar el final de la guerra.
—¿Cuánto tiempo lleva el equipo de Bill White trabajando en el túnel del lavadero?
—Un poco más de dos meses.
—¿Y cuánto han avanzado?
—Unos cuarenta pies.
—¿Ves? Eso es lo que yo digo. Para llegar debajo de la alambrada necesitan tres o cuatro meses más. No tienen la menor probabilidad de trabajar ese tiempo sin ser descubiertos. Créeme, Pete, ni la menor probabilidad. Los goons los descubrirán al poco tiempo.
—No sé, no sé, hay gente que se ha fugado antes de los campos de prisioneros.
—Sí, pero… ¿en qué porcentaje? De cada treinta túneles empezados habrá uno que tenga buen éxito. Y lo peor es que, para el que logre salir del campo, las verdaderas dificultades empiezan en ese momento. Es inútil, Pete. Nunca lo terminarán. No es más que una pérdida de tiempo. — Robbie prosiguió la marcha con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada. Daba de vez en cuando puntapiés a la arena del circuito. El viento le alborotaba su fina cabellera gris, el mismo viento que se llevaba el polvo del circuito y le hacía cruzar por encima del alambre «de alarma». Y también este viento era el que traía la música de gramófono procedente de una de las barracas de madera y el olor a carbón vegetal en combustión.
—¿Qué hora es? —preguntó Peter.
Robbie miró su reloj:
—Poco más de las doce.
—¡Diablo! Tengo que ir en seguida a ocuparme del agua para el té.
—Tienes tiempo de dar otra vuelta —dijo Robbie —. Te darán agua caliente hasta las doce y media.
—Es verdad. Y así me ahorraré la cola.
Siguieron paseando bajo el sol.
—Me gustaría salir de aquí —dijo Peter—. Me entusiasmaría escaparme aunque solo fuera para ser libre unos cuantos días. Aquí se siente uno atado de pies y manos. Muchas veces me pregunto si el mundo entero no estará viviendo como nosotros. Tengo unas ganas terribles de ver una función de cine y usar un teléfono. ¡Dios mío, cómo me gustaría poder hablar por teléfono! Y subir y bajar en un ascensor, y andar sobre alfombras, y subir escaleras… Sería ahora para mí un placer grandísimo poder gastar dinero y tener que tomar una decisión por insignificante que sea.
—Ahora mismo puedes tomar una decisión, si quieres — repuso Robbie —. Por ejemplo, puedes decidir lo que vamos a cenar.
Peter se rio:
—Ni siquiera eso. Los paquetes llegan mañana. Solo nos queda una lata de salmón.
—Bueno, pero no me negarás que puedes decidir qué libro vas a sacar de tu pequeña biblioteca o los calcetines que vas a ponerte mañana.
—Me es imposible… Los tengo todos sucios.
—Lo que me llama la atención es cómo no tienes los pies destrozados — dijo Robbie mirándole a Peter sus pies descalzos.
—Pues no he llevado zapatos desde el invierno. — Levantó un pie. Tenía la planta tostada y dura como el cuero —. Tendré que quitarme esta capa de dureza antes del invierno próximo… Creo que ya no podré soportar mucho tiempo unos zapatos.
—¿Ves? —exclamó Robbie—. Esa es una decisión.
—Sí, y aquí tienes otra: voy a buscar ahora mismo el agua para el té.
—¿Quieres mirar de camino si hay alguna carta para mí? — le rogó Robbie —. Esperaré aquí y me lo dices por la ventana.
—Bien.
Peter se encontró con que Bennett había terminado por fin su ruidoso martilleo. No había nadie en la habitación. Sobre la mesa se hallaban varias cartas. Las repasó. Una para John, dos para Nigel, tres para Pomfret, una para él. Se asomó a la ventana y llamó a Robbie. Extendió el brazo con el puño cerrado y el pulgar para abajo. Robbie, entendiendo esta señal, se encogió de hombros y siguió su marcha con las manos en los bolsillos.
Mientras que Peter y Robbie pasean por el circuito, Paul está en la «fresquera». Es una celda estrecha en lo alto del barracón alemán. Tiene una ventanita al nivel del techo. Esta pequeña ventana está cubierta por fuera por una placa de metal separada un pie de la pared exterior. Por los bordes entra una discreta cantidad de aire, pero el prisionero no puede ver el ciclo.
Paul no ha desayunado. Lo han descalzado y, si tuviera un libro, no podría leer con tan débil luz. Ya conoce la celda. Ha estado aquí antes. Sabe que en cuanto sean las dos, si hay sol, entrará en la celda un rayo de luz que se deslizará por el pequeño espacio entre la placa de metal y el marco de la ventana. Contemplará Paul este rayo de luz. En él flotarán partículas de polvo, bellas y fantásticas motitas que danzarán y formarán torbellinos a la luz del sol cuando él se abanique con la mano. Se sentará allí mirándolas hasta que, al desplazarse el sol, desaparezca el rayito de luz.
Ahora oye pasos en el corredor y el ruido de una llave en la cerradura. La puerta se abre y entra un guardia con el almuerzo. También esto lo sabe. Tendrá la misma comida todos los días que pase en la «fresquera». Un tazón de caldo de verduras y un par de patatas cocidas con piel. Paul se sienta en la cama mientras el guardia coloca la comida sobre la mesa. Le gusta tratar al alemán como si este fuera un camarero. Físicamente padece las penalidades del encierro; mentalmente gana una batalla en la guerra incesante contra el enemigo.
Pasa la interminable tarde tumbado en su camastro y pensando en su casa. También piensa en la barraca de la que acaba de salir y donde estaba él con sus compañeros. En cierto modo es buena cosa encontrarse de nuevo en la «fresquera», libre de la insistente compañía de sus camaradas de prisión. Paul es un individualista, un piloto de caza nato. No se ha hecho para él la interdependencia de la tripulación de un bombardero. Es el lobo solitario, aislado en la cabina de su Hurricane, perdido en la inmensidad del cielo azul, con el sol brillando sobre las alas de su aparato y convirtiendo las deshilachadas nubes bajo él en una alfombra de nieve. A él le está reservado el solitario encuentro sobre las nubes y su presa son los panzudos bombarderos escoltados por los cazas malintencionados y venenosos como avispas. Dos cazas (trescientas millas por hora) que giran vertiginosamente en el cielo. El ra-ta-ta-ta-ta-ta de las ametralladoras y la caída del vencido incendiado entre las nubes que le esperan abajo y que no lo sostendrán.
Paul se ve a sí mismo en la cabina de su Hurricane. Recuerda el olor a glycol y la manera de golpearle a uno por detrás el paracaídas cuando hay que dirigirse a todo correr al avión, los saltos del aparato sobre la pista accidentada, la suavidad en cuanto el avión queda en brazos del aire, los raudos saltos entre las nubes y la emoción de ver al enemigo por debajo de uno, silueteado sobre las nubes. Recuerda los vuelos en picado cuando tienes que apretar los dientes y presionar el botón disparador y el avión es sacudido por los tiros de las ocho brownings, el súbito apagón (en ese momento en que todo desaparece de la vista del aviador) y la rápida mirada en torno cuando te empiezas a recobrar. Los momentos en que el avión rueda lentamente por la pista de aterrizaje antes de que pises el suelo, la paz, la calma absoluta que se produce cuando apagas el motor, el olor a grasa cuando saltas del aparato y los pequeños ruidos amistosos que te envía el campo mientras fumas un cigarrillo esperando al camión que te conducirá a donde se hallan tus compañeros.
Paul sigue pensando en esto mientras la oscuridad se hace aún más densa en su celda. Se queda dormido en su litera con la andrajosa manta sobre su pecho y, en su rostro dormido, un aire juvenil, libre y sin preocupaciones.
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