El caballo de madera
Capítulo III
C UANDO salieron de la estación estaba lloviendo. Un viento frío, procedente del Báltico, traía una lluvia fina y pertinaz que les azotaba el rostro mientras permanecían en la plaza de la estación, en la que se veían señales de bombardeo.
—Tenemos que meternos en alguna parte —dijo John, abrochándose el cuello de la gabardina —. Probemos los hoteles. Tenemos que encontrar refugio antes de la media noche. Es muy posible que haya un toque de queda para los extranjeros en esta ciudad.
—Hoy es sábado. —Peter dudaba todavía de la conveniencia de alojarse en un hotel —. Estará todo lleno.
—Tenemos que intentarlo —insistió John—. A no ser que nos quedemos en la sala de espera hasta mañana por la mañana.
—¡Qué disparate! Las salas de espera son los sitios más peligrosos. La Policía las inspecciona cada dos o tres horas. ¿Por qué no salimos al campo?
—Está todo demasiado mojado —respondió John —. Además, hemos de encontrar un sitio donde afeitarnos. Vamos.
Emprendieron la marcha bajo la lluvia.
Peter sentía escalofríos.
—Hace un frío jorobante.
—Anda ligero —dijo John—. Pronto entraremos en calor.
Anduvieron rápidamente calle abajo, pasaron ante los edificios bombardeados, que tenían en la oscuridad un aspecto siniestro. En las calles había montones de escombros y las aceras presentaban hoyos y desigualdades por los sitios bombardeados.
—¡Vaya panorama! —dijo Peter—. Quizá no quede ni un hotel en pie. Podríamos dormir en una de estas casas bombardeadas.
—Sería demasiado peligroso. Podrían creer que buscamos objetos de valor en los escombros. En Alemania fusilan por eso.
Las calles estaban en completa oscuridad y con una extraña quietud.
—Espero que no habrá toque de queda —dijo Peter.
—Lo sabremos en cuanto entremos en el primer hotel. Si hay toque de queda podemos explicar que acabamos de llegar en tren… aunque no sé qué explicación vamos a dar para quedarnos en Stettin en vez de seguir hasta Anklam.
—Puedes decir que, como mañana es domingo, hemos pensado que la fábrica estaría cerrada. Y que creemos que lo mejor será esperar aquí hasta el lunes y llegar a Anklam el lunes por la mañana.
—Dudo mucho de poder expresar todo eso en alemán.
Seguían avanzando contra el viento y la lluvia, mirando a todos los portales por donde pasaban.
—Lo malo es esta infernal oscuridad como precaución antiaérea — dijo John —. Es peor que en Londres.
—¿Qué estará haciendo Phil? —dijo Peter.
—Si no lo han pescado todavía, estará ahora en Danzig; habrá llegado anoche. Ahora estará en un barco o en una celda de la policía.
—No iba preparado para dormir por ahí.
—Es que su plan era «o todo o nada». O se ha embarcado ya o lo han detenido. — Peter se rio entre dientes —. Apuesto a que está sentado en la bodega de algún barco comiéndose sus muestras de margarina y acordándose de nosotros. No creo que tuviera mucha confianza en nuestro plan.
—Por eso no vino con nosotros.
—Y yo me alegro —dijo Peter—. Tres, habríamos sido demasiados. Phil plantea muchas dificultades. Se habría irritado con esta lluvia. Acuérdate de cómo refunfuñaba cuando no podíamos trabajar en el túnel porque llovía.
—La verdad es que hemos debido resultar un poco molestos — dijo John.
Se detuvieron frente a un imponente edificio de piedra con un pórtico clásico y puerta giratoria de caoba.
—Parece un club —dudó Peter—. No dice que sea un hotel.
—Quizá no acostumbren a hacerlo en Alemania. De todos modos, podemos probar.
John entró por la puerta giratoria. Peter le siguió, sintiéndose de pronto indigno y avergonzándose de su aspecto. Las alfombras eran demasiado blandas y había allí un aire excesivo de respetabilidad alemana. Cogió a John por el brazo.
—Vámonos de aquí —murmuró inquieto.
Se dirigió rápidamente hacia la puerta giratoria. John, contagiado por el súbito pánico que vibraba en la voz de Peter, se fue tras él. Pasaron a toda prisa por la puerta giratoria y salieron a la oscuridad de la calle.
—¿Qué diablos ocurre? —preguntó John.
—No sé. No me gusta eso. Probemos en otro sitio.
—¡Por amor de Dios! —dijo John—. ¿Qué tenía de malo ese hotel?
—No sé, no me gustaba. No parecía un sitio apropiado para obreros extranjeros. Vayamos a otra parte.
—¡Por amor de Dios! —repitió John—. No podemos pasarnos la noche en busca de hoteles.
—Bueno, preguntaremos solo en otro. Es que este me ha dado mala espina.
—A ti siempre te está dando mala espina.
Siguieron calle abajo hasta llegar a un edificio más pequeño que el otro con un letrero débilmente iluminado que decía «Hotel».
—Este parece mejor —dijo Peter.
John entró seguido de Peter. El vestíbulo tenía cubierto el suelo de linóleo y olía a desinfectante. En un rincón se hallaba la cabina del conserje de noche. Pero estaba vacía. En la esquina opuesta, unas escaleras también cubiertas de linóleo subían, retorcidamente, al primer piso.
Ambos esperaron en medio del vestíbulo. Había allí un absoluto silencio.
—Subiré —dijo John.
Peter le siguió, pues no quería quedarse solo en el vestíbulo. No le hacía gracia la perspectiva de que alguien le hablase en alemán sin estar con John. En el piso de arriba había un descansillo. A este daban varias puertas. Una estaba abierta. Había camas en aquel cuarto, varias camas en dos filas colocadas simétricamente como en un cuartel.
—Esto no me gusta —dijo Peter.
Condujo a John rápidamente escaleras abajo y le hizo salir a la calle. Otra vez estaban en la calle y seguía lloviendo. John se irritaba.
—¿Por qué demonios…? —empezó a decir, pero Peter siguió andando.
—Era demasiado barato —dijo—. Parecía una fonda de mala clase.
—Bueno, ¿y qué? Allí hay camas y no nos mojamos.
—En un sitio así es natural que nos interroguen. Es demasiado poca cosa. Probablemente tendrán inspecciones de la policía y sabe Dios cuántas cosas. Es el lugar más indicado para que busquen allí a los desertores. Hemos de encontrar un sitio más caro — y al decir esto temblaba de frío.
—Dijiste que el último sitio era demasiado caro. No podemos permitirnos ser demasiado «escogidos».
—No tenemos más remedio que escoger con mucho tiento. Eso es precisamente lo que debemos hacer. Si un sitio es demasiado barato, será peligroso, porque puede haber inspecciones de la policía, y si es demasiado lujoso, resultará un peligro porque nos pondrá en evidencia. Hay que encontrar un hotel tranquilo, respetable, familiar.
—Entonces lo mejor será que se lo preguntemos a un policía — dijo John, irritado.
—Cosas peores podríamos hacer.
—No seas idiota.
Los dos estaban muy enfadados. Irritados y cansados, asustados y calados hasta los huesos. Se indignaba cada uno consigo mismo por no haber imaginado que la realidad tendría esa cara. Estaban enfadados porque de pronto se encontraban sin plan que seguir y fuera de la rutina que durante tanto tiempo les había servido de norma.
Habían llegado al pie de la cuesta que formaba la calle principal hacia el centro de la ciudad. Habían probado varios hoteles más. Pero todos ellos estaban llenos.
—Es inútil —dijo por fin John—; es la noche del sábado. Salgamos de la ciudad y busquemos algún sitio para dormir.
—Muy bien —dijo Peter con una sensación de alivio —. Encontraremos mañana un hotel — añadió —. Esta noche podemos dormir por ahí en algún sitio seco. Una arcada de ferrocarril o algo por el estilo.
—¿Qué dirección tomaremos?
—Hacia el sur. Si vamos hacia el norte, allí está el mar; y al este y al oeste iríamos también cerca de la costa.
Se sacó del bolsillo su pequeña brújula y la examinó a la luz de su linterna.
—Iremos a la plaza —dijo—. Tomaremos por la carretera que va hacia el sur.
Emprendieron la marcha por una carretera de asfalto que se extendía en línea recta; pasaron por un cementerio que se hallaba a un lado de la carretera y grandes edificios de ladrillo al otro.
—Si las cosas se ponen muy mal, podemos dormir en el cementerio — dijo John.
—Estará cerrado. Siempre cierran los cementerios por la noche.
—Podemos saltar la tapia.
—No merece la pena. Podrían vernos saltar. No vale la pena arriesgarse. De todos modos, no creo que estuviéramos muy cómodos ahí dentro.
—No; pero estaríamos tranquilos.
Dejaron atrás el cementerio y los grandes edificios, hasta llegar a una zona de pequeñas casas suburbanas.
—Esto parece que va a seguir así durante muchas millas — dijo John.
—Me gustaría saber si hay toque de queda.
—Si lo hay, no creo que sea antes de medianoche. ¿Qué hora es?
Peter miró su reloj:
—Las once y media.
—Bien; entonces tenemos media hora antes de medianoche. Seguiremos y veremos lo que pasa.
Y durante todo este tiempo recorrían la recta carretera de asfalto empapados de lluvia, que se les metía por los cuellos y les pegaba a las piernas los pantalones por abajo; una lluvia tamborileante e implacable. Después de andar un buen rato vio Peter que se les acercaba un policía. Un tipo alto de botas altas y con un sable. Estaba al otro lado de la carretera, pero cuando los vio empezó a cruzar.
—Hablaré francés —dijo John—. Tú me escuchas como si comprendieras, pero obsérvalo por el rabillo del ojo cuando hayamos pasado.
—Echemos a correr.
—No. Míralo. Puede salir todo bien. —Empezó a hablar rápidamente en francés.
Siguieron caminando como antes. El policía cruzó la carretera para cortarles el paso. «Va a pararnos — pensó Peter —; ¿qué le vamos a decir? ¿Qué disculpa le vamos a dar por andar en las afueras a estas horas de la noche?».
—Dile que vamos a visitar a unos amigos —le dijo a John en voz muy baja. Pero este siguió hablando en francés.
Estaban a la altura del policía y Peter lo miró. El alemán se detuvo como si fuera a interpelarlos. Y John aumentó su torrente de animado francés. Movía mucho las manos y se encogía de hombros. «¡Qué bien lo hace! — pensó Peter —. ¡Vaya un hombre! Este John es el diablo». Habían dejado atrás al policía y este no los había detenido. Pero él sí se detuvo. Peter no oía ya sus pasos y comprendió que estaba allí observándolos y preguntándose si debía seguirlos.
—Entra por aquí —le dijo a John.
Era un callejón lateral. Al doblar su esquina quedaron fuera de la vista del policía. Peter aligeró el paso.
—Creo que nos sigue —dijo—. Me parece que sospecha de nosotros.
Llegaron al final de la calle. Era un callejón sin salida.
—Ahora sí que la hemos hecho —dijo John.
—¡Por el jardín, rápido!
Peter miró por encima del hombro. El policía los estaba mirando desde la carretera.
—Haremos como si entráramos en la casa. —Peter entró en uno de los jardines desde donde quedaba oculto al policía.
—Viene por la carretera —dijo John.
Peter intentó abrir la puerta de la verja que cerraba el jardín. Estaba cerrada.
—¡Ayúdame!
John se inclinó y entrelazó fuertemente las manos. Peter puso un pie en aquel estribo y se agarró a lo alto de la verja. Una vez arriba tendió una mano a John. Por fin se hallaban los dos, temblando, al otro lado de la verja.
—No podemos volver —dijo John.
—Tenemos que saltar esa valla para caer en la calle de al lado.
—Muy bien, pero ten cuidado con los perros.
Era una valla situada al final del jardín. Consiguieron saltarla y se encontraron hundidos hasta el tobillo en un montón de tierra recién removida, donde había unas huertas improvisadas.
—Por aquí debe haber un sendero que nos permita bordear las casas por detrás.
Hallaron, efectivamente, un sendero y lo siguieron a lo largo de la valla.
Había gran oscuridad; no se oía nada y el terreno estaba resbaladizo. Parecía no haber salida por allí.
—Debíamos dormir aquí —dijo Peter.
—¡Cómo!, ¿entre las lechugas de esa huerta?
—No; en uno de esos refugios antiaéreos. — Peter se había detenido detrás de uno de los jardines y señalaba una franja cubierta cerca de la valla —. Podemos meternos ahí y dormir.
—Por lo menos estará seco —dijo John—. Yo estoy hecho una sopa.
Saltaron de nuevo la valla y entraron a gatas en el refugio antiaéreo.
Era como una profunda trinchera en forma de W y de unos cuatro pies de profundidad. Estaba construida de tal manera que era imposible ponerse de pie y muy difícil acostarse. La lluvia se había introducido por la cubierta y formaba una extensa capa de fango en el fondo de la zanja.
—El resultado típico de los esfuerzos de los goons — dijo John.
—Muy incómodo, pero espero que aquí estaremos seguros.
—No quiero solo seguridad. Quiero dormir. A ver si encontramos otro más confortable.
Recorrieron varios refugios y por fin encontraron uno de madera con tierra amontonada a los lados y la techumbre cubierta con musgo. Dentro había un montón de paja. Como refugio antiaéreo, resultaba completamente inútil. Pero como sitio oculto para pasar la noche era exactamente lo que andaban buscando. Se quitaron las gabardinas, las botas y los calcetines.
—¡Dios mío! ¡Cómo se me apetece beber algo! — dijo Peter.
—Pon fuera esa lata vacía y recoge agua de lluvia.
—Así lo haré. La dejaré ahora y así, por la mañana, podremos beber. — Sacó la lata —. ¿Qué tal nos vendría ahora un poco de porridge?
—Nos llevaría demasiado tiempo recoger ahora el agua para hacerlo. Tengo un poco de «alimento perruno». Lo que más necesito es dormir.
Peter sacó el alimento concentrado y cortó dos pedazos de unas dos pulgadas cuadradas. Los cortó a la luz de la linterna que sostenía John. Hacía buena temperatura en el refugio.
—Aquí podríamos vivir varios días —dijo Peter.
—Necesitamos una base de operaciones en la ciudad — replicó John —. Este sitio está demasiado lejos. Tenemos que encontrar donde poder lavarnos y afeitarnos; si no, empezaremos a parecer vagabundos. Es muy importante mantener la respetabilidad. Mi chaqueta está empapada. ¿No te vas a quitar la tuya?
—Me la dejaré puesta; así se secará antes. Nos echaremos la paja encima y nos secaremos pronto.
—Espero que nos despertemos antes de amanecer. No olvides que hemos de salir de aquí.
—Para entonces ya se habrá retirado el policía — dijo Peter —. Nos despertaremos a tiempo. Dentro de tres horas es seguro que nos despertaremos temblando.
—¡Yo no! —dijo John—. Me estoy durmiendo.
Se enterró en la paja y Peter le echó aún más encima. En seguida se durmieron los dos.
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