El cáliz de Melqart
Tercera parte. Vengad la muerte de mi padre
TERCERA PARTE
VENGAD LA MUERTE DE MI PADRE
V enid y ayudadme; vengad la
muerte de mi padre enviándome a mi
hermano, pues ya no tengo fuerzas
para sobrellevar sola el peso de mi
desgracia.
Sófocles, Electra
CAPÍTULO XV
M ALIÓN, el secretario, entró en el despacho y quedó de pie, en silencio, junto a la puerta. Era su forma de expresar que tenía un mensaje que transmitir, aunque no tan urgente como para reclamar de forma más perentoria la atención del Rab Kohanim.
Zekárbal continuó leyendo la pulcra y apretada caligrafía de Bostar.
Hannón me ha tratado con esa arrogancia suya que tan bien conoces, Asdrúbal. Como si tan solo él estuviera en posesión de los secretos del poder. ¡A mí, a Bostar, comandante de la Guardia Bárquida, mano derecha del gran Amílcar! He tenido que morderme la lengua para no contestarle como se merecía. Viéndolo allí tan gordo, tan fatuo, tendido en su diván, sin ni siquiera dignarse a ponerse en pie para recibirme, he sentido deseos de azotarlo. Pero sé que en este momento el conflicto abierto no nos interesa.
Me ha dicho que todo el Gran Consejo ha visto con satisfacción la cuantía de los tributos enviados desde Ispania, y que será el primero en apoyar que se te renueve el mando sobre el ejército de allí. Pero que aún no es el momento de convocar la asamblea del pueblo para que elija a los sufetes. Es muy artero: sabe que nuestro partido está más fuerte que nunca y no quiere correr el riesgo de ser derrotado en la votación. Prefiere seguir teniéndote lejos, enviando puntualmente plata y esclavos. Pero ten por cierto que seguiré ganando apoyos en el Consejo Sagrado del Senado con ayuda de los recursos que me envías. Creo que puedo contar ya con trece o catorce, y pronto podremos alcanzar la mayoría de dieciséis. Ni siquiera Hannón podrá rechazar entonces una petición del Consejo para convocar la asamblea de Cartago.
Por otra parte, debes saber que se rumorea cada vez con más insistencia que Hannón y los suyos están manteniendo conversaciones secretas con emisarios venidos de Roma. Al parecer, ahora que el Cónsul Marcelo ha derrotado a los galos, todos allí vuelven a prestar atención a Cartago y a tus éxitos en Ispania. Como es obvio, no le he dicho nada a Hannón; tengo que intentar obtener alguna evidencia para acusarle. He puesto gente de confianza en el puerto para vigilar los movimientos de los barcos que vienen de Roma, pero son tantos en estos tiempos de paz que resulta muy improbable descubrir algo valioso. También Hirám y yo hemos intentado tirar de la lengua a los senadores que últimamente se han pasado a nuestro bando, pero afirman no saber nada. Parece que solo los más cercanos a Hannón están al corriente, y esas puertas nos están cerradas.
Nada más por el momento, Asdrúbal; te seguiré informando puntualmente de lo que ocurra. Confío en que Reshef te haya bendecido en la campaña contra los contestanos. Presenta mis respetos a Sofonisba y Salambua, y expresa mi lealtad a Aníbal.
Sé con los dioses.
En Cartago, Bostar.
Terminó de leer y dobló cuidadosamente el papiro. Se secó con un pañuelo el sudor que le perlaba el cráneo y sacudió la cabeza con preocupación. Bostar no estaba a la altura de las circunstancias: para manejar los intereses del partido Bárquida en Cartago necesitaba a alguien mucho más astuto e implacable. Esa debilidad romántica que mostraba Asdrúbal por conservar a los viejos colaboradores de Amílcar se estaba convirtiendo en un lastre que podría terminar costándoles caro. Necesitaba a alguien de plena confianza, que aceptase sin reservas la línea marcada por Asdrúbal y por él mismo. Hirám sería una opción magnífica: conocía como nadie los hilos y resortes del poder de Cartago, y era un magnífico orador que siempre producía una honda impresión tanto en el Senado como en las asambleas. El problema era que, si se viera obligado a elegir, su lealtad siempre estaría del lado de Aníbal. «Aníbal», se dijo Zekárbal, «una vez más él es la clave. Es preciso deshacer esa equidistancia que pretende mantener entre Asdrúbal y su hermana. Que entienda que Asdrúbal y yo somos el Estado, el futuro de los Bárquidas y de Cartago, y que Sofonisba es un obstáculo cada vez mayor».
—Tiene que dejarse de estupideces y tomar partido con claridad de una vez.
Dijo estas últimas palabras en voz alta y Malión se sobresaltó.
—¿Señor?
—No te hablaba a ti, Malión. A veces hay que decir las cosas en alto para entender cómo serán escuchadas por otros. ¿Qué noticias me traes?
—Ayer por la tarde entró en el puerto un barco procedente de las Casitérides —Malión hizo un gesto vago con la mano, transmitiendo impresión de lejanía—. Es una zona remota, en la costa de Poniente, rica en metales…
—Sé donde están las Casitérides —cortó Zekárbal tajante —, y me sorprende que haya allí alguna cosa que merezca mi atención.
—Discúlpame, señor. El barco es de un mercader de Gadir llamado Adonibaal. Según nuestros registros se dedica a todo lo que pueda reportarle algún beneficio en los fletes: esclavos, ganado, grano, salazones. Pero en los últimos años se ha especializado en metales y materiales de alta calidad para la construcción y los astilleros: mármol, alabastro, velas, maderas duras…
—Uno más de esos piratas de Gadir que se están enriqueciendo a costa de la ciudad de Asdrúbal. ¿Cómo se llama el barco?
—Gracia de Baal.
—Continúa.
—El propio Adonibaal ha patroneado el barco en este último viaje. Se ha presentado esta mañana en la puerta del palacio pidiendo que se le concediera una audiencia con el Rab Kohanim. Insistió tanto que lo recibió uno de mis ayudantes, y este lo condujo hasta mí. He hablado con él y creo, señor, que no considerarás un tiempo perdido el que puedas dedicar a escucharle.
Zekárbal enarcó las cejas en un gesto de curiosidad escéptica.
—¿Y puedo saber de una vez de qué se trata?
—Afirma saber dónde se encuentra el cáliz de Melqart.
—El mercader Adonibaal de Gadir, su Gracia —dijo Malión con potente voz ceremonial, haciéndose a un lado para dejar entrar al visitante.
Zekárbal se mantuvo durante un largo instante de espaldas a la puerta, siguiendo el hilo de sus pensamientos. Por último se giró, caminó hasta el estrado desde el que impartía justicia por voluntad de Eshmún, flanqueado por sendos soldados de la Guardia Bárquida, y se sentó en el sillón revestido de láminas de plata que había sobre él.
Solo entonces posó su mirada escrutadora sobre Adonibaal.
El hombre era menudo, con rasgos afilados y piel oscura, de aspecto más egipcio que fenicio. Mantenía la cabeza baja, respetuosamente, y los brazos extendidos, con las palmas de las manos sobre las rodillas. A todas luces había sido instruido sobre la forma de presentarse ante un Rab Kohanim.
—Mi tiempo es muy valioso, Adonibaal de Gadir. Es el tiempo de Eshmún. Di lo que hayas venido a decir.
El hombre alzó la mirada y Zekárbal pudo leer sus grandes ojos negros como en un rollo de papiro. Impaciencia, temor, avaricia, curiosidad. El rostro de quien asume un riesgo y encuentra en ello un secreto placer. El rostro de un mercader. Adonibaal comenzó a hablar sin un titubeo.
—Este verano, su Gracia, he navegado con uno de mis barcos hasta las Casitérides. Un conocido mío, Malco de Cartago, es propietario de una mina de plomo blanco en la desembocadura del río Limaia, y cada año envío mis barcos allí para abastecerme de metal. El viaje no carece de riesgos, pero la demanda es muy fuerte y hay que aprovechar la oportunidad.
Zekárbal le hizo un gesto para que evitara detalles superfluos y se apresurara. No obstante, el hombre le estaba suscitando interés. Su voz era suave y untuosa, acostumbrada al trato con los clientes, pero mostraba la confianza de quien ha preparado sus palabras con detenimiento y se sabe en posesión de una mercancía de gran valor.
—En la taberna de la aldea —continuó Adonibaal— conocimos a un bárbaro. Mi amigo Malco me dijo que provenía de una tribu poco conocida de las montañas del interior. Créame, su Gracia: en aquella tierra, tan pronto como uno se aleja unas leguas de la costa, todo se torna primitivo e ignoto.
»De modo que imaginad mi sorpresa cuando aquel bárbaro, ebrio y furioso con el tabernero cuando este se negó a servirle una nueva jarra de kelia, comenzó a vociferar en la lengua de Tartessos.
Adonibaal hizo una pausa y dejó que sus palabras se disolvieran poco a poco en la densa atmósfera de la estancia. Quería asegurarse de que a su interlocutor no le pasaran por alto las implicaciones de lo que acababa de escuchar.
Zekárbal comenzó a impacientarse.
—¿De modo que la lengua de Tartessos? Sin duda no te hubieras presentado ante mí si no tuvieras una explicación para un fenómeno tan extraordinario.
—Así es, su Gracia —confirmó Adonibaal, desplegando una ancha sonrisa de satisfacción que reveló una boca casi completamente desprovista de dientes—. Se trata de una historia realmente notable. Veréis, hace muchos años que estoy instalado en Gadir, y pertenezco a esa antigua escuela de comerciantes para quienes nunca es suficiente lo que se sabe de aquellos con quienes se quiere comerciar. He viajado por el valle del Betis y por las sierras que lo circundan; he visitado las ciudades de los íberos, y también sus tabernas, sus minas y sus mercados. He tratado de aprender sus lenguas para conversar con ellos sin intermediarios. Cuando me doy cuenta de todas las cosas que he hecho en Ispania reparo en lo viejo que soy…
—No me interesan las cosas que has hecho en Ispania, Adonibaal. Explícame de una vez lo de la lengua de Tartessos.
—De inmediato, su Gracia, de inmediato. Ya sabéis que la mayor parte de los pueblos íberos, desde la Turdetania hasta la Edetania, hablan un dialecto más o menos uniforme, el habla del Sur. Pero en las zonas apartadas, en el corazón de las sierras, aún subsisten lenguas más antiguas. Hay una que siempre me ha llamado la atención: la hablan los pastores túrdulos, en los
escarpes que atraviesa el camino que conduce de Mellaria[8] a Sísapo. Son parajes ásperos y desolados, pero contienen en sus entrañas suficientes metales esperando ser explotados como para que a un mercader curioso como yo le haya merecido la pena frecuentar aquellos lugares y a aquellas gentes, e incluso aprender cuatro palabras de su idioma. Un idioma al que llaman…
Zekárbal concluyó la frase:
—La lengua de Tartessos.
—En efecto, su Gracia, la lengua de Tartessos. Y que Eshmún me ilumine si yerro, pero creo que es cierto. Aunque son muchos quienes se disputan el blasón de ser los herederos del antiguo reino de Tartessos, creo dignas de crédito las leyendas que cuentan los pastores túrdulos. Cuando cayó Tartessos, víctima de su propia decadencia y de las armas de Cartago, sus habitantes emprendieron la huida hacia el interior. Se dice que las familias más poderosas del reino, aquellas en cuyos linajes se contaban reyes fabulosos como Argantonio o Gerión, huyeron río arriba, hasta las cumbres donde nace el río Betis, en las fuentes argénteas de que hablan los relatos antiguos. Pero un gran número de guerreros, pastores y artesanos, carentes de carros y monturas, no pudieron llegar tan lejos, y encontraron refugio en las
serranías al septentrión de Iporca[9]. De ellos procede el pueblo de los túrdulos.
»Y lo asombroso, su Gracia, es que aquel bárbaro borracho de las Casitérides hablaba la misma lengua que los pastores túrdulos de las montañas. Y pude entender sus palabras.
El Rab Kohanim hizo un gesto de fastidio. Eso era lo malo de estos comerciantes complacientes y charlatanes: cuando conseguían la atención de alguien, terminaban abusando de ella. El rumor febril de la ciudad llegaba claramente hasta la estancia, transmitiendo una sensación de urgencia, como si convocara a quienes lo oían a una actividad incesante.
—Vamos, mercader, apresúrate, no tengo toda la mañana para hablar contigo. Cuéntame de una vez lo que dijo aquel hombre. Malión me mencionó el cáliz de Melqart.
—Así es, su Gracia —confirmó Adonibaal, haciendo reiteradas inclinaciones de cabeza—. ¡Se trata de un hallazgo asombroso, extraordinario! El hombre dijo que su pueblo había llegado del Mediodía muchas generaciones atrás, desde una tierra colmada de riquezas llamada Tartessos, de la que habían sido expulsados por guerreros llegados en grandes navíos, hermanos de los fenicios de Gadir, hambrientos de sangre y metales. Escaparon por las altas sierras de la Oretania, atravesando luego la llanura infinita que se extiende hacia el lluvioso Norte. Llevaron consigo el tesoro de aquel reino opulento, acumulado por sus reyes durante siglos. Nada había en él tan valioso como la joya que sirvió de pilar para la fundación de Tartessos: la copa que el primero de sus reyes, el legendario Gerión, arrebató al mismísimo Melqart cuando el héroe vino a estas tierras de poniente en busca de las riquezas de la antigua Atlántida.
»Sí, su Gracia. Aquellos bárbaros del río Limaia, el mismo que las viejas crónicas conocen como río del Olvido, dicen poseer el cáliz de Melqart.