El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 29 de 49

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El cáliz de Melqart

Capítulo XXVI

 

C UANDO Anglea despertó sintió que un dolor palpitante le abrasaba la cabeza al ritmo de los latidos de su corazón. Estaba abandonada a un constante zarandeo; todo su cuerpo se agitaba de un lado a otro, como si recibiera golpes de todas direcciones. Escuchó chirridos metálicos, un relincho, voces amortiguadas, y comprendió que se encontraba en el interior de una carreta en movimiento.

Sobre ese punto de apoyo dejó que se restaurara poco a poco su lucidez, y con ella vino el recuerdo de lo que había sucedido en el camino. El ataque de los jinetes púnicos, la defensa de los suyos, la traición de Virtes… ¡Abarien malherido, con una lanza clavada en el vientre!

Se sintió turbada de tal modo que temió volver a perder el sentido. Trató de no pensar todavía, de posponer las preguntas que empezaban a formularse solas dentro de ella. Durante un largo rato inspiró y expiró pausadamente, con cautela, hasta que el dolor terminó por hacerse soportable. Solo entonces se atrevió a abrir los ojos.

Vio ante sí una penumbra cortada por finos haces de luz; minúsculas partículas de polvo se encendían y apagaban al atravesarlos, haciendo parecer que danzaban alrededor de algún fuego oculto. A medida que sus ojos se acostumbraban comenzó a distinguir los objetos con que compartía la caja de la carreta. Un baúl. Algunos sacos. Dos jaulas. Un tablero de madera apoyado verticalmente contra la pared. Un momento después lo reconoció: era el trillo de Virtes, el objeto con que el sículo había comenzado a ganarse la confianza de Orissón en un día de verano que ahora parecía muy lejano.

De modo que iba en la propia carreta del traidor. Seguramente ella misma era el trofeo principal del ataque a la caravana y Virtes quería mantenerla cerca de él. Una oleada de ira y odio la recorrió por entero.

Sintió sed. Trató de incorporase y constató que estaba atada de tal modo que no podía moverse. Pensó que el sículo se encontraría en el pescante y estuvo tentada de gritar llamando su atención. Pero se abstuvo. No le pediría nada al traidor, ni a ninguno de los que habían atacado a los suyos. Era su forma de comenzar a convocar toda la dignidad y el coraje que necesitaría durante el tiempo que estaba por venir. La habían hecho prisionera, pero no se había rendido, y no estaba dispuesta a hacerlo. Ella era Anglea de Hélike, hija de Orissón, sacerdotisa de Astarté.

Sintió la suave trepidación en su interior que le anunciaba la cercanía de su diosa. Comenzó a murmurar una oración.

—Bendita seas, Astarté, fecunda y antigua…

Se quedó dormida.

 

Cuando despertó supo que había alguien junto a ella. Tardó en abrir los ojos para darse tiempo a reconocer el ritmo de la respiración, el olor. Suprimió una náusea.

Virtes.

—Vaya, ya era hora. Creí que no despertarías nunca. Te he traído agua y algo de comer.

Anglea dejó que el sículo la desatara, tomó el pellejo que le ofrecía, bebió sin prisa hasta vaciarlo y se lo devolvió. Eligió después algunos higos de un saquito que había en el suelo y comenzó a masticarlos en silencio. Necesitaba tiempo y alimento para reponer fuerzas.

—Me alegra ver que estás bien. Temí que murieras en la confusión del ataque.

La voz de Anglea sonó como un áspero silbido.

—¿Como Abarien?

—No sé qué ha sido de él —respondió Virtes⁠—. Sé que los hombres han intentado curar sus heridas, como a algunos otros de entre los tuyos. Pero se han quedado atrás. Nosotros debemos llegar sin demoras a nuestro destino.

—¿Qart Hadasht?

—Qart Hadasht, claro, dónde si no.

—¿Durante todas estas semanas has trabajado para los Bárquidas? ¿Mientras disfrutabas de la confianza y la hospitalidad de mi casa?

El sículo la miró durante un largo instante.

—Creo que todo lo que he hecho puede ser puesto en ventaja para Hélike. Se acercan momentos decisivos para Ispania y aún tenéis la ocasión de sumaros con dignidad al bando de los vencedores. Asdrúbal no es como el viejo Amílcar, del mismo modo que Gerión y tú no sois como tu padre. Nuevas personas para nuevos tiempos. Asdrúbal cree en una alianza de pueblos ispanos que mantengan sus propios gobernantes, sus leyes y su libertad. No aspira a sojuzgar a nadie.

—Alianza, ¿contra quién?

—Alianza contra Roma. Es cuestión de poco tiempo que sus legiones pongan pie en Ispania. Asdrúbal quiere que estemos preparados para recibirlos.

Anglea enarcó las cejas con sorpresa. Pareció que se disponía a decir algo pero negó con la cabeza y se contuvo. Escupió en el suelo frente a Virtes y se dio la vuelta.

—Eso es lo que pienso de la alianza de tu amo —⁠dijo⁠—. Y no hablaré más contigo. Eres un traidor infame y solo espero volver a verte cuando pueda exigirte el castigo que mereces. Ahora vete.

Virtes sonrió, como si la dignidad de Anglea le resultara divertida.

—Como ordenes, princesa Anglea. Descansa lo que puedas. El tiempo apremia, de modo que mañana continuaremos a caballo.

El hombre volvió a atarla y se marchó, dejándola a solas con el traqueteo del camino y la incertidumbre de lo que estaba por venir. Había partido de Hélike con la esperanza de lograr una alianza con Edeta y el albedrío azaroso de los dioses la enviaba ahora a Qart Hadasht. Sintió una mezcla de recelo y de incertidumbre. ¡Si tan solo estuviera Gerión con ella! Lo echó de menos, y a los niños, y a su padre. Trató de no pensar en nada, para mantener a raya la sensación de soledad que le ahogaba la garganta.

 

Diodoro se despertó sobresaltado. A la luz mortecina de la lámpara de aceite comprobó que era la señora Sofonisba quien lo llamaba, sacudiéndolo del brazo. Se incorporó con celeridad, buscando la túnica que había dejado sobre el arcón, a los pies del catre.

—¡Señora! —exclamó—. ¿Estáis bien, ocurre algo?

—Diodoro —murmuró Sofonisba, con los brazos cruzados sobre el pecho⁠—, tu señora necesita tus servicios.

—Por supuesto, señora, de inmediato. ¿De qué se trata?

Sofonisba dio unos pasos nerviosos por la angosta estancia y se sentó en el catre. Se echó las manos al rostro y comenzó a sollozar.

Diodoro quedó en suspenso, sin saber qué hacer. Aquella era una situación insólita y que le ponía en un grave riesgo. Si se corría la voz en el palacio de que Sofonisba había visitado su alcoba por la noche… Tenía que poner término a aquello cuanto antes.

—Señora, es menester que os serenéis. En caso de que os pueda ser de ayuda, os ruego que me lo digáis sin demora.

—¡No puedo dormir! —balbució Sofonisba, con la voz turbia⁠—, ¡por muy fatigada que me encuentre, no consigo conciliar el sueño ni un solo instante! Tiene que tratarse de un maleficio. ¡Es Zekárbal, seguro que es él! ¡Está intentando volverme loca para que mi amado Asdrúbal pueda repudiarme!

—Señora, calmaos, os lo ruego. Debéis volver a vuestros aposentos y tratar mañana este tema con vuestro esposo. Nada deseo más que ayudaros, pero es completamente inapropiado que os encontréis a esta hora en la alcoba de un esclavo.

Sofonisba se puso en pie y miró a Diodoro de hito en hito. En su mirada había una intensidad fría y feroz.

—Yo diré lo que es apropiado o no, no seas insolente. Quiero que vayas a la despensa y me traigas un ánfora de vino. Haré libaciones en honor del dios Bes; en sus manos está concederme la bendición del sueño.

—¡Señora, os lo ruego, no me ordenéis eso! —⁠exclamó Diodoro con voz lastimera, casi infantil⁠—. Recordáis como yo la advertencia del señor Aníbal; ¡podría costarme la vida si llegara a sus oídos!

Sofonisba inspiró para dominar su ira y dejó escapar el aire con un silbido. Habló con voz admonitoria y arrogante.

—No voy a seguir tolerando esto. Si vuelves a mostrar reticencia o a poner en cuestión una orden mía, te haré azotar y abandonarás de inmediato mi servicio. —⁠Diodoro quiso formular alguna excusa y Sofonisba lo detuvo con un gesto imperioso⁠—. Pero si me muestras la lealtad que merece la hija de Amílcar Barca, sabré ser generosa contigo. Tráeme lo que te he pedido y mañana por la noche podrás ir a disfrutar de alguno de tus amantes en las tabernas del puerto.

Diodoro titubeó un momento. Si Sofonisba le hacía a él objeto de su amargura por la ausencia de Aníbal, podía convertir su vida en una pesadilla. Sin duda tenía mucho que ganar representando, con toda la cautela necesaria, el papel de hombre de confianza. Podría visitar con más frecuencia el santuario de Melqart; la cercanía del dios y los perfumes de sus pebeteros le inspiraban visiones maravillosas. Y anhelaba verse con Ántifo: el alejandrino le fascinaba de un modo irresistible. Era un hombre caprichoso y disfrutaba haciendo someterse a sus caprichos a los demás, pero su ironía afilada y extravagante le divertía, y nadie como él sabía hacer cumplidos y elegir regalos cautivadores. En su compañía se sentía amo, y no esclavo.

Hizo una solícita inclinación.

—Por supuesto, señora. Disculpadme. Haré siempre cuanto pueda para complaceros.

—Bien, Diodoro. Marcha ahora, te estaré esperando.

Salió al vestíbulo interior que comunicaba los cuartos de la servidumbre, iluminado con parquedad por lámparas de aceite sujetas a las paredes. Prestó atención a las puertas situadas enfrente, más allá del hueco de la escalera; correspondían a las estancias de los sirvientes de Asdrúbal y todo el palacio sabía que él las utilizaba a menudo para bajar a visitar discretamente a Titayú, cuyos aposentos se encontraban bajo los suyos, en el piso inferior. Había sido una exigencia de la propia Sofonisba cuando Asdrúbal trajo a su concubina: la furcia íbera, como ella la llamaba, dormiría en la planta baja, donde se encontraban las despensas, la bodega y las cocinas. Pero ahora las frecuentes idas y venidas entre ambas plantas habían terminado por convertirse en una insoportable humillación para Sofonisba. «Pobre señora», pensó, «una hija de Amílcar tratada de este modo».

Descendió por las escaleras sin hacer ruido. Al pasar junto a la entrada de las habitaciones de Titayú, creyó oír susurros y vio un tenue haz de luz por debajo de la puerta. Se apresuró por el corredor que conducía a las cocinas, llegando hasta los dos soldados de la Guardia Bárquida que vigilaban los accesos de la zona noble del palacio.

—Vaya, Diodoro —le dijo uno de ellos, con fingida expresión de sospecha⁠—, ¿no me digas que te ha entrado hambre a estas horas?

—Hambre, pero acaso no de comida —dijo el otro, haciendo un gesto obsceno⁠—, ¿no irás a encontrarte con alguno de tus amigos, Diodoro?

Este se llevó el dedo índice a los labios.

—Será cosa de un momento, vuelvo en seguida. Pero no os diré nada. Así estaréis más entretenidos el resto de vuestro turno, dando rienda suelta a vuestra imaginación.

—Menuda nochecita —respondió el primero—. Primero sale la criada de la princesa Titayú y al cabo de un rato vuelve acompañada por Eteocles, el médico. Y ahora apareces tú con tus misterios. ¡Por los cuernos de Moloch que aquí se está cociendo algo!

—Pues mejor que guardes la boca cerrada, Hanbes —⁠dijo Diodoro, encogiéndose de hombros⁠—; de las cosas de los de ahí adentro, cuanto menos se hable, mejor.

Atravesó la vasta cocina y descendió a la cava excavada bajo el suelo donde se conservaban los vinos. Llenó un pellejo con uno de los favoritos de su señora, un rosado suave y perfumado procedente de Onuba, y volvió sobre sus pasos sin dejar de pensar en las palabras del soldado. ¿Una criada de Titayú había ido a buscar al médico en mitad de la noche? Y, al parecer, aún no había salido, por lo que la luz y las voces que había percibido en los aposentos de la íbera debían obedecer a algo muy distinto de lo que había imaginado.

Ocultó el pellejo de vino bajo su túnica y pasó junto a los soldados sin ningún comentario, emprendiendo el regreso por el corredor. Al llegar frente a la puerta de Titayú se detuvo, sin saber qué hacer. La luz seguía siendo visible bajo la puerta y el rumor de las voces era aún más audible que antes. Si la íbera había requerido a Eteocles a esa hora tan intempestiva, se trataba de una noticia que su señora querría conocer de inmediato. Pero no le resultaría fácil justificar su presencia si alguien lo descubría allí, y Sofonisba estaría ya impacientándose por su tardanza.

Las voces parecieron acercarse hacia la puerta y Diodoro comprendió que esta se abriría en cualquier momento. Subió a grandes zancadas las escaleras y se tendió en el suelo frente a la puerta de su habitación justo cuando la luz de la estancia de Titayú se derramaba por la planta baja.

Quedó inmóvil, conteniendo la respiración agitada. Vio que, más abajo, dos hombres salían del aposento hablando en voz queda. No les veía el rostro, pero reconoció al punto la voz de Asdrúbal.

—Gracias, Eteocles, Ahora queda todo en tus manos. Y no dejes de llamarme de inmediato si hay cualquier complicación; estoy aquí arriba.

—Vete sin temor, Asdrúbal —contestó la voz profunda y con acento griego del médico⁠—. Perder algo de sangre a estas alturas del embarazo no es raro. Tiene que reposar y confiar en su juventud. Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Asdrúbal, encaminándose a la escalera.

Diodoro quedó paralizado. Las palabras de Eteocles resonaron en su interior como un destello de luz. ¡Titayú estaba embarazada!

Escuchó los pasos de Asdrúbal subiendo los escalones hasta llegar al descansillo. El Bárquida se detuvo un instante y Diodoro se sintió aturdido por el estruendo del corazón latiéndole en los oídos. Era como un tambor batiendo en el silencio de la noche.

Estaba a punto de ser descubierto. Bastaba con que Asdrúbal mirara en su dirección…

Escuchó abrirse la puerta al otro lado del vestíbulo y cerrarse de nuevo; Asdrúbal volvía a sus aposentos. Todo volvió a quedar en calma. El alivio pasó como una breve brisa y las implicaciones de lo que había averiguado lo asaltaron de nuevo.

Titayú estaba embarazada.

Se sintió inundado de temor y amargura. Pidió fortaleza a Melqart para comunicarle la noticia a Sofonisba. Sabía que sería un golpe devastador para ella y que su ira no tendría límite.

 

El grito estremeció al palacio como un escalofrío. Fue como el aullido de un animal, terminante y terrible. Faltaba poco para el alba.