El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 42 de 49

Páginas del PDF

El cáliz de Melqart

Capítulo XXXIX

 

M IMBRO trató de aparentar una gravedad que no sentía, reprimiendo la ebullición que parecía inflamarle el pecho; un exceso de entusiasmo sería una prueba de puerilidad que debía evitar. Se vistió sin un comentario y examinó con circunspección la apariencia de sus compañeros. La plata que les había proporcionado el secretario del sacerdote púnico les había permitido comprar atuendos magníficos, así como armas nuevas para remplazar a las que se habían visto obligados a abandonar en Curris. Con los yelmos, las faleras de plata, las torques y las placas de los cinturones recién bruñidas, ofrecían un espléndido aspecto.

Gerión los miró con detenimiento, uno por uno, y finalmente indicó su aprobación con la cabeza.

—Bien, creo que estamos listos. Todo está un poco demasiado nuevo, pero podemos pasar por arévacos acomodados. Recordad: conviene hablar lo menos posible; nunca se sabe quién puede estar escuchando y nuestro acento ólcade pudiera llamar la atención.

—Pero algo tendremos que decir en la asamblea, ¿no? —⁠apuntó Saunio⁠—. Para eso estaremos allí.

—Algo tendré que decir —subrayó Gerión—. Dejadme hablar a mí y no mostréis ninguna reacción ante lo que oigáis. Limitaos a asentir. Estaremos en manos de los dioses.

—En las tuyas, más bien, noble Brigecio —dijo Argonio, llevándose la mano derecha al pecho e inclinando la cabeza, en una elegante imitación del tradicional saludo celtibérico.

—Gracias, Biurno —contestó Gerión, devolviendo el saludo con una sonrisa⁠—. Recordad los nombres, ¡los nombres! No bajéis la guardia en ningún momento; tened presente que llevamos con nosotros el destino de los nuestros. Y estad también atentos por si entre los representantes de otras tribus hay alguien que pueda conocernos. Si así fuera, deberemos evitar que nos vea. Conviene que intentemos pasar desapercibidos todo lo posible. ¿Algo más?

Los otros tres negaron con la cabeza.

—De acuerdo, pues vamos allá. Que Epona y Astarté acompañen nuestros pasos.

Bajaron al patio mientras Mimbro no dejaba de repetirse una y otra vez los nombres de los cuatro: Brigecio, Betartíker, Biurno y, él mismo, Ibešoren. El temor a cometer un error quedó en segundo término cuando vio las monturas que habían comprado con la plata de Malión. Los caballerizos de Bokhamón los habían cepillado hasta hacer brillar su pelaje; llevaban mantas nuevas de vivos colores sobre las grupas y los bocados de plata refulgían pálidamente a la luz del alba.

Salieron por el portón a la plaza y su aparición llamó al punto la atención de los peregrinos que se apiñaban alrededor de la fuente de la serpiente de Eshmún. Unos los señalaron, otros hicieron reverencias, se escucharon voces de loa y buenos deseos; un pequeño grupo, con las cabezas rapadas cubiertas con tiaras de fieltro azul, comenzó a moverse rítmicamente, invocando la protección del dios. Un buen número de clientes de la fonda salieron también para despedir a los embajadores arévacos y el propio Bokhamón, gordo y oscuro como un verraco, les sirvió de portavoz.

—¡Más que embajadores parecéis reyes, arévacos! —⁠exclamó con un vozarrón rasgado por el aguardiente⁠—. Id con los dioses, ¡y no dejéis de honrar a nuestro buen Asdrúbal!

Se pusieron en marcha tomando la calzada encajada entre los niveles aterrazados de la ladera, flanqueada a ambos lados por viviendas populares, de tres y cuatro alturas, palpitantes con su bullicio de voces, gentes asomadas a los angostos ventanucos y ropas puestas a secar como banderolas que festejaran algún rito intemporal. Toda la ciudad parecía haber resuelto hacer de aquel día algo memorable y celebraban a los extranjeros con preces y perfumes por todas partes. Mimbro se sintió liviano y aturdido, como en un sueño, y observó cuanto les rodeaba con una intensidad que pretendía imprimirlo en su memoria para siempre. Cayó en la cuenta de que un solo par de ojos parecía poca cosa para aprehender aquella jornada irrepetible.

Alcanzaron la puerta exterior de Qart Hadasht, con los bastiones gigantescos recién construidos, extendiendo los lienzos de sillares entre los montes de Aletes y Baal como un trasunto, según se decía, de las nunca vencidas murallas del istmo de Cartago. Una vez en el exterior cruzaron el suburbio de huertos y casas de labor que cuadriculaba las faldas del cerro de la necrópolis de la antigua Mastia, y contemplaron al fin la vasta explanada del mercado de esclavos y ganado donde cuatro veces al año, una en cada estación, se producía la mayor reunión de tratantes y compradores de toda Ispania.

Mimbro dejó escapar un silbido de admiración.

El lugar se había convertido en un inmenso acuartelamiento, un laberinto de tiendas agrupadas en torno al humo de las hogueras y la sombra vertical de los estandartes de las ciudades que habían acudido a la llamada de Asdrúbal. Eran innumerables. Distinguió los perfiles de un ciervo, un buey, un gran animal marino de aletas puntiagudas y morro prolongado, un carnero, una espiga, un barco de pesca con una cabeza de caballo en la proa y un solitario mástil temblando en la mañana de invierno. Se adentraron en el campamento y vio hombres de aspectos tan diversos que tomó conciencia, por vez primera, de lo inabarcable que era el mundo, y de las engañosas distorsiones que produce el paisaje siempre repetido de lo cotidiano. Intuyó la tristeza de anticipar todo lo que nunca llegaría a conocer.

A la derecha del camino, hacia poniente, una breve península irrumpía en el agua pizarrosa de la bahía para detenerse abruptamente, suspendida en barrancos de piedra astillada. Estaba cubierta de olivos y cipreses, y se prolongaba en dos espigones que semejaban antenas. En cada uno de ellos estaba atracada una gran péntera desarbolada, con el ojo de Melqart escrutando el mundo desde ambos lados de la proa.

Mimbro alzó la mirada hacia el horizonte y vislumbró su destino lindando con el mar abierto: la isla de Melqart, un peñasco desleído por la bruma, con la silueta del templo apenas intuida sobre ella.

 

Al llegar al embarcadero fueron recibidos por Malión, cuyos ojos inquietos desmentían la sonrisa cortés con que trataba de transmitir tranquilidad. Numerosos grupos de hombres de armas hablaban entre ellos o miraban con desconfianza en su derredor, con esa displicencia arrogante con la que la gente de rango se comporta cuando se siente fuera de su entorno cotidiano de autoridad y reverencia. Un ejército de sirvientes, ataviados con mantos ribeteados con el púrpura de los Bárquidas, revoloteaban en actitud deferente, señalando el camino hacia las pasarelas de embarque.

—Sed bienvenidos, nobles arévacos —dijo Malión, apuntando una apresurada inclinación de cabeza⁠—. Toda Qart Hadasht os agradece vuestra presencia en este día venturoso. Este es Diodoro —⁠añadió, señalando a un sirviente alto y de aspecto aniñado⁠—. Os acompañará en todo momento y se ocupará de atender vuestros deseos. Ahora os ruego que me disculpéis, veo que llegan nuestros invitados de Edeta.

«¡Edeta!», se dijo Gerión, lamentando agriamente que la ciudad con la que habían pretendido establecer una alianza hubiera respondido a la convocatoria de Asdrúbal. Poco a poco, por la diplomacia o por las armas, los Bárquidas iban ganando las ciudades que permanecían libres, dejando a Hélike peligrosamente sola. Sospechó que a lo largo de ese día no dejaría de crecer esa evidencia. Sin embargo, la presencia de los edetanos le proporcionaba una oportunidad inesperada de recibir noticias de la boda de la hija del Edecón. Si era lo suficientemente cauto, tal vez incluso pudiera averiguar algo sobre los heliketas que habían acudido para participar en ella.

Buscó con la mirada a los edetanos y los vio al fin: los dirigía un hombre de alta estatura, cubierto con una capa de piel tan gruesa que era difícil adivinar su complexión. Llevaba la cabeza descubierta, dejando ver una cabellera gris recogida en una intrincada trenza, y lucía una de esas sonrisas a medio esbozar que algunos hombres necesitan para dialogar con lo que ven. Sin duda se trataba del Edecón.

El corazón le dio un vuelco a Gerión cuando, entre los guerreros que acompañaban al Edecón, distinguió a Nereildun.

¡Nereildun! Aquello era la consumación de una traición que no había podido imaginar. ¡Aquel hombre, hermano de Orissón por matrimonio, había acudido a rendir pleitesía a los cartagineses! La incertidumbre sobre la suerte corrida por Anglea y sus acompañantes se convirtió en su pecho en un pavoroso augurio.

Además, la presencia de Nereildun les hacía correr un gran riesgo: si eran reconocidos por él en presencia de toda aquella gente, su impostura quedaría al descubierto. Cruzó con los demás gestos de cautela y se volvió hacia el sirviente, quien se mantenía inclinado ante él.

—Vamos, llévanos al lugar que nos corresponda.

Fueron conducidos hasta la cubierta del barco y Gerión lo reconoció al punto, a pesar de haber sido desprovisto de mástil y velamen: se trataba del Memoria de Sidón, uno de los navíos que habían acompañado al Gloria de Melqart hasta Limaia. La propia péntera de Aníbal estaba amarrada en el otro embarcadero y, aunque también desarbolada, había sido engalanada con una profusión de estandartes de color púrpura, con caballos blancos y rayos dorados alternándose en ellos. Un baldaquín adornado con los mismos motivos cubría el puente de popa, esperando, sin duda, a los Bárquidas y su séquito.

Siguiendo al criado llegaron casi hasta el extremo de proa, junto a un nutrido grupo de guerreros con lacias cabelleras negras, mantos de lana cruda y los brazos cubiertos de intrincados tatuajes azulados. Fueron obsequiados con copas de vino templado mezclado con miel y quedaron observando en silencio cómo la cubierta del barco iba llenándose de hombres. Gerión suspiró aliviado al ver que los edetanos eran conducidos al puente de popa, en el extremo opuesto, al parecer reservado para los invitados de mayor rango.

Transcurrió algún tiempo hasta que se completó el embarque; toda la atención se dirigió entonces hacia la péntera de los Bárquidas, a la que llegaba una comitiva de jinetes encabezada por el propio Asdrúbal, tocado con una alta tiara de oro y cubierto por un flamígero manto, del mismo color que sus banderas. Lo acompañaba una mujer morena ataviada con una magnificencia deslumbrante. «Titayú —⁠se dijo Gerión⁠—, Asdrúbal debe sentirse muy seguro para presentarse en público con ella de este modo, cuando aún no han pasado dos lunas desde la muerte de Sofonisba». Los seguían Aníbal con sus hermanos Asdrúbal y Magón, y Naravas con una mujer tocada con una diadema de refulgentes piedras preciosas, sin duda Salambua. Tras ellos, erguido a lomos de un caballo zaíno, como un pájaro de mal agüero, el Rab Kohanim Zekárbal, vestido con la túnica negra de la liturgia de Eshmún. Después seguía una considerable multitud de soldados, sacerdotes, secretarios y lacayos que fueron pasando a bordo del Gloria de Melqart, mirando hacia la péntera de los invitados con indisimulada curiosidad altanera. Gerión tomó conciencia de que lo que estaban contemplando no era sino una representación de la conquista de Ispania por los púnicos.

Cuando Asdrúbal alcanzó su lugar bajo el baldaquín, agitó una mano y lanzó al aire unas palabras de bienvenida y bendición. En respuesta, un coro de cuernos de metal estremeció la mañana, provocando un estallido de vítores en los muelles y en los bancos de remo, bajo sus pies. Todos los invitados se sumaron al clamor, invocando a sus dioses con una heterogénea confusión de lenguas y acentos.

Primero el Gloria de Melqart y después el Memoria de Sidón, ambos navíos se apartaron lentamente del muelle y pusieron rumbo hacia la embocadura de la bahía, avanzando por la mar somnolienta al ritmo pausado y ceremonioso de los tambores de los celeustes, batiendo al unísono, mientras un inmenso griterío los seguía desde el puerto principal de Qart Hadasht, en el que parecían haberse dado cita todos los habitantes de la ciudad.

Gerión cruzó con sus compañeros algunos comentarios en voz baja sobre la presencia de los edetanos, sin perder de vista al joven sirviente que los acompañaba. El muchacho parecía tenso y agitado, con la piel sudorosa a pesar del frío y los ojos empañados con un brillo febril. Desvió después la atención hacia su destino y recibió en el rostro el sol mortecino del solsticio y una brisa fría cargada de perfumes: sal y guano, romero y horizonte; y contempló en silencio las acompasadas ondulaciones de las filas de remos, que llenaba el aire de salpicaduras de espuma. Una chillona bandada de gaviotas revoleaba sobre ellos, acompañándolos en su travesía hacia la isla de Melqart.

Llegaron a ella con prontitud y se abarloaron a un angosto muelle tallado en la roca, donde los esperaba una hilera de sacerdotes vestidos con mantos de lana blanca, descalzos y con la cabeza afeitada, que se prolongaba por la escalinata que ascendía hasta el templo. Los acólitos de Melqart se movían adelante y atrás, entonando un salmo con voces graves, mientras hacían oscilar pebeteros envueltos en nubes de incienso y terebinto. El instante exudaba una solemnidad tan intensa que extinguió de inmediato todas las conversaciones.

Los primeros en desembarcar fueron los Bárquidas y su séquito, seguidos por los representantes de los pueblos de Ispania, en una secuencia cuidadosamente organizada por los hombres de Malión, que dejó a Gerión y los suyos cerca del final, muy alejados de los edetanos.

Hicieron el recorrido en silencio y, al llegar a lo alto de la escalinata, Gerión constató que el templo se asemejaba, a una escala más reducida, al gran santuario de Melqart de la ciudad de Gadir. Habían hecho una escala en él al regreso de Limaia y Aníbal había concedido un tiempo a todos los remeros para que pudieran cumplir con sus propios ritos. Había sido una experiencia que había causado una honda impresión en los ólcades, y Gerión tuvo la impresión de que se disponían a revivirla. Reconoció el amplio atrio salpicado de pebeteros alzando hacia los dioses temblorosas columnas de humo que no tardaban en deshacerse entre los dedos de la brisa, y las grandes columnas revestidas de bronce que flanqueaban el acceso al recinto más sagrado del templo, orientado al vasto confín de levante.

Ocupó junto a los otros el lugar que les indicaba el sirviente, en un extremo del atrio. Paseó la mirada por la asamblea y se encontró de pronto con la de Nereildun, quien, tras un instante de desconcierto, le dirigió un saludo cargado de interrogantes. Gerión lo ignoró por completo y dirigió su atención hacia el estrado donde se situaban los Bárquidas, circundado por banderolas con los emblemas de su familia y de Cartago. Como si le hubiera estado esperando, Asdrúbal se incorporó en ese instante. Avanzó unos pasos hasta situarse frente a un sencillo altar de alabastro, semejante a un betilo, y se dirigió a la asamblea con los brazos en alto.

—¡Sed bienvenidos a Qart Hadasht, hermanos de Ispania! — ⁠exclamó, con una voz tan aguda que parecía a punto de quebrarse⁠—. Considerad a nuestra ciudad vuestro nuevo hogar; nos sentimos honrados y agradecidos de teneros con nosotros.

Hizo una pausa para recibir de la asamblea un rumor apreciativo de respuesta.

—Permitidme solicitar un auxilio a mi memoria — ⁠añadió, haciendo un gesto hacia atrás.

Malión dio un paso al frente y leyó de un papiro desplegado entre sus manos.

—¡Sed bienvenidos, nobles príncipes de la Turdetania, la Beturia y la Oretania; de los túrdulos, los bástulos y los cinetes; de la Bastetania, la Vettonia y la Contestania; de Edeta, Turba y Contrebia Carbica; de Termancia de los Arévacos; de los mentesanos, los lobetanos y los ilercavones; de la Carpetania y la Lusitania! ¡Sed bienvenidos!

Asdrúbal se encogió de hombros, como si lo que habían escuchado fuera la más inesperada de las sorpresas.

—¡Por Astarté que es extraordinario! ¡Extraordinario! ¡Tantos guerreros de tal dignidad reunidos para celebrar nuestra amistad! ¡Y en una fecha tan señalada como esta! En el solsticio de invierno el dios Baal se sacrificó para hacer posible la gestación de un nuevo mundo. Hoy todo comienza de nuevo, brindándonos la oportunidad de decidir cómo queremos vivir.

»Vuestros pueblos llevan generaciones prisioneros de una lucha incesante, en la que se mata y se muere por un puñado de ovejas o una res. La lucha es buena y noble cuando lo son los fines que persigue, pero no cuando se trata, tan solo, de practicar un código de honor que acaso tuviera razón de ser en el pasado, pero que hoy solo beneficia a vuestros enemigos. Ispania se desangra sin honor ni propósito. Pero ahora tenéis, ¡ahora tenemos!, la oportunidad de hacer las cosas de otro modo. Creedme: todo sería distinto si vierais a vuestro vecino no como una amenaza, sino como una extensión de vuestra propia fuerza.

»¡Qart Hadasht se ofrece a vosotros para actuar como árbitro y garante de esa fuerza! Quien vea un propósito de supremacía, se equivoca; cuando Cartago ha querido dominar a otros pueblos, lo ha hecho sin disimulo. Quien abomine de toda forma de imposición, que sepa que será doblemente querido como amigo. Qart Hadasht simplemente os ofrece su lealtad y os pide corresponderla con otra expresión de lealtad por vuestra parte. Os invito a ofrecer esta lealtad compartida al símbolo de todo lo que nos ha traído hasta aquí.

Asdrúbal hizo una pausa y derramó sobre cuantos le observaban una sonrisa extática. Extendió los brazos como si quisiera envolverlos a todos entre ellos. Parecía a punto de estallar de gozo. Gerión observó a quienes estaban junto al príncipe de Qart Hadasht. Titayú con una cálida satisfacción felina, con esa capacidad que tienen algunas mujeres de comprender el transcurso de los acontecimientos de un modo inaccesible a los demás. Aníbal tenso y desconfiado, invitado, a su pesar, a una ceremonia que él hubiera querido representar de otro modo. Zekárbal impasible e inescrutable, como si, por obra de su inmovilidad, fuera a asegurar que nada iba a enturbiar su momento de gloria.

—Nos hemos reunido hoy en este lugar —prosiguió Asdrúbal⁠—, en el templo de Melqart, para celebrar ante él el nacimiento de una nueva Ispania. Hace cuarenta generaciones el propio Melqart arribó a nuestras costas, en la desembocadura del Betis. Fue la suya una historia de civilización y también de violencia, porque ningún dios lo sería si no se entregase en ocasiones al uso inmoderado de su poder. Derramó sangre y sabiduría a partes iguales, y cuando volvió a alzar velas para regresar al levante, había dejado entre nuestros antecesores dos legados.

Gerión comprendió súbitamente lo que estaba a punto de llegar y no pudo sino admirar la dramática elocuencia del Bárquida. Estaba dando a luz su propio relato de la fundación de Ispania; una Ispania púnica, como la que él mismo aspiraba a gobernar.

Melqart el asesino se convertía, por obra de sus palabras, en Melqart el fundador.

—Melqart nos dejó la simiente deslumbrante de la civilización. Él nos dio el ganado, las astas de los bueyes y las ubres de las vacas. Él nos dio el ladrillo y el adobe; el oro, el azogue y el plomo. Él nos dio la simiente y el arado. Y, para que no olvidáramos nunca el compromiso de fe y virtud a que nos obligaban aquellos dones, eligió al muchacho más puro de aquel pueblo, Gerión, y le entregó en custodia un cáliz de oro que simbolizaba el destino resplandeciente de Ispania.

»El cáliz terminó por desaparecer de la memoria de los hombres y su extravío dio paso a un tiempo de guerra y división que aún perdura. ¡Ispania dejó de ser el gran reino de Melqart y Gerión para convertirse en el enjambre de pequeñas colmenas enfurecidas que hoy somos…!

La voz de Asdrúbal se desvaneció en un grito agudo, precipitándose en la inmensidad del mar de pizarra y los montes verdigrises. Todos quedaron absortos, pendientes de la palabra que había de revelarles el prodigio del solsticio.

—¡Hermanos: después de tanto tiempo, Aníbal hijo de Amílcar, el más audaz de entre los nuestros, ha viajado al confín de Ispania, más allá del río del Olvido, para traeros un presente!

Aníbal se giró y recibió, de manos de Naravas, un objeto envuelto en un paño de brocado dorado. Avanzó hasta situarse junto a Asdrúbal y habló con una furia estremecida temblando entre los dientes.

—Si hay un hombre que hubiera merecido brindaros esto, príncipes de Ispania, ese fue Amílcar, mi padre, el más grande de los generales de Cartago.

»¡A él consagro el cáliz de Melqart!

Retiró el paño y alzó la copa. El sol invernal extrajo de ella un fulgor adusto y espeso, como si llevara un largo tiempo latiendo en su interior.

Primero fue respondido por un silencio preñado de estupor. Tal fue el estremecimiento que se había desplomado sobre la asamblea, que Gerión alzó instintivamente la mirada hacia lo alto, esperando que el dios se manifestase de algún modo. Después comenzó a rodar un rumor desordenado que creció hasta convertirse en un clamor en que se mezclaban el asombro, los interrogantes y, acaso, la celebración de los presentes.

La puesta en escena había sido perfecta y los Bárquidas manejaban ahora a la asamblea como a uno de esos osos amaestrados con que los cómicos errantes de Córcega y Etruria se ganaban unas monedas por los caminos. Gerión intuyó que otras sorpresas estaban a punto de llegar.

Aníbal esperó a que la brisa disolviera el vocerío y alzó la voz.

—¿No querrá ninguno de vosotros honrar al cáliz de Melqart? ¿Y a Asdrúbal Barca, albacea de mi padre Amílcar Barca, que nos ha convocado hoy a este lugar sagrado para dar comienzo a un nuevo tiempo?

Aníbal depositó con solemnidad el cáliz sobre el altar de alabastro y quedó inmóvil junto a Asdrúbal.

Los grupos de ispanos se cruzaron miradas recelosas, sintiéndose más espectadores que oficiantes del ritual que los púnicos habían preparado para ellos.

El instante se prolongó, con el silencio subrayado por los graznidos de las gaviotas. Gerión advirtió una sombra de preocupación o impaciencia en el rostro de Asdrúbal, como si se estuviera demorando el siguiente acto de la representación.

Un hombre se adelantó entonces de entre los espectadores y caminó hacia el estrado, acompañado por un agitado rumor de expectación.

Era el Edecón de Edeta y lucía una expresión impenetrable en su rostro afilado.

Llegó hasta el altar, tomó con reverencia el cáliz en sus manos y lo tendió hacia Asdrúbal.

—¡Has hablado con sabiduría, Asdrúbal Barca! — ⁠clamó⁠—. Edeta está cansada de guerrear contra todos sus vecinos, mientras nuestros verdaderos enemigos acechan en espera de vernos postrados y exhaustos.

La referencia a Arse y a Roma era tan evidente que hizo comprender a Gerión que el Edecón no se había visto sorprendido por las palabras del Bárquida. «¡Edeta está en el juego!», se dijo, y se le aceleró el pulso al comenzar a tomar conciencia de lo que aquello implicaba. Oyó a Argonio pronunciar una exclamación ahogada y sintió que Mimbro le agarraba del brazo.

—Edeta se pondrá de tu lado —continuó el Edecón⁠—, mientras mantengas tu palabra de no inmiscuirte en nuestros asuntos. Nuestros guerreros serán los tuyos cuando los precises, mientras los tuyos acudan en nuestro auxilio si somos agredidos. Edeta considerará como amigos a los pueblos que hoy se hermanen con nosotros y te enviará a sus hijos para que conozcan la hospitalidad de tu casa.

»En esta hora, Asdrúbal Barca, bajo la admonición de Melqart y ante los príncipes de Ispania, te brindo la amistad y alianza de Edeta. Quieran los dioses guiar tus pasos para hacerte siempre acreedor de ellas.

Asdrúbal se aproximó a él, tomó el cáliz de sus manos para devolverlo al altar, y ambos se abrazaron con solemnidad.

—¡Así sea, noble Edecón de Edeta, que siempre se congratulen nuestros pueblos al rememorar este día!

Gerión buscó con la mirada a Nereildun y vio que este seguía la escena con expresión seria pero aquiescente. Una alarma ácida y urgente le inundó la garganta al constatar que todo cuanto había sospechado se representaba ante los presentes como una obra de teatro cuidadosamente ensayada.

En ese instante, como si hubiera sido alcanzado por algún contacto invisible, Nereildun volvió la cabeza y engarzó su mirada con la de él. El edetano abrió la boca y volvió a cerrarla, y quedó después inmóvil, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, mientras el drama del solsticio seguía su curso.

Tras el Edecón salió al estrado un hombre alto y de tez oscura, vestido con un manto azul de ribetes dorados y tocado con una tiara de los mismos colores. La voz estridente de Malión le dio la bienvenida.

—¡Saludamos a Biliantur de Etobesa!

Gerión había oído hablar de la ciudad, la primera de los ilercavones en la

costa del mar de Levante, próxima a la desembocadura del río Udiva[26], disputando siempre con Arse el control de esta. Era obvia la pauta que habían seguido los púnicos para procurarse aliados.

Biliantur repitió el testimonio de respeto hacia Asdrúbal, y no habían deshecho aún el abrazo cuando ya Malión estaba anunciando a Agerdo, de la

Acci[27] bastetana. Después todos parecieron competir por ocupar su lugar en

la fila. Pasaron Urci[28] [29] [30] [31] , Carmo de los turdetanos, Sisapo y Libisosa

de los oretanos, Purietine y Saltigi[32] [33] de los contestanos, Turba de los turboletas y una larga lista de nombres, muchos de ellos desconocidos para Gerión, mientras el sol alcanzaba su cénit y comenzaba a deslizarse hacia poniente por el cielo lechoso del mediodía, como si fuera la voz de Malión, desgranando la secuencia de príncipes y ciudades, la que lo mantuviera en movimiento.

—Vas a tener que salir, Brigecio, esto se acaba —⁠susurró Saunio a su lado, dando voz a su propio pensamiento. Corría un riesgo enorme de ser delatado por Nalbebiur, pero no tenía otra opción. Negarse a seguir el juego los pondría de inmediato en evidencia.

Tomó aliento y echó a andar hacia el estrado. Escuchó al secretario del Rab Kohanim gritar «¡Saludamos a Brigecio de Termancia!» como si se tratara de un sueño. Llegó hasta el altar y se detuvo ante él. Tomó el cáliz y se lo entregó a Asdrúbal con la misma sensación de estar observando la realidad a través de una infranqueable barrera transparente. Vio a Aníbal hacerle un gesto de reconocimiento y mover los labios, pero no escuchó nada. Abrazó a Asdrúbal; los olores mezclados de su manto y su mejilla se aferraron a él y lo acompañaron mientras regresaba a su lugar, con aguda consciencia de que bastaba que Nereildun alzara en ese momento la voz para poner fin a aquella insensata aventura.

Fuera por confusión o lealtad el edetano guardó silencio y, en lugar de la suya, fue la voz de Asdrúbal la que se abrió camino de nuevo entre el rumor del mar y de los hombres.

—¡Hermanos! —aulló, radiante de exaltación, y fue respondido por un clamor de vítores. ¡El cáliz de Melqart ha obrado hoy el prodigio de reunirnos a todos en un abrazo, y ese abrazo es Ispania, fuerte y temible como nunca antes lo había sido! ¡El cáliz ha sido la llave con que hemos abierto la puerta de lo que está por venir y ahora es el momento de traspasar el umbral!

Asdrúbal se aproximó a Titayú, la tomó de la mano y volvió con ella para situarse de nuevo tras el altar.

—Comienza el nuevo año —prosiguió—, y para hacerlo propicio los dioses nos requieren someternos a la danza de la vida y la muerte. Poner fin a una vida y dar comienzo a otra, mantener el equilibrio mágico de la noche y el día, de Baal y Astarté, de Luc y Epona.

Hizo una pausa para recobrar el aliento y miró a Titayú con el rostro encendido. La mastiena entornó los ojos en un gesto ambiguo de gozo y ambición.

—Yo os traigo hoy una nueva vida. La lleva en su vientre Titayú, hija de Lakerkes, mi esposa. Un hijo de Ispania y Cartago para encarnar el suceso feliz de este solsticio de invierno.

—¡Titayú está encinta! —murmuró Argonio—, ¡el Bárquida quiere que la asamblea reconozca a su nueva dinastía!

El clamor se redobló y Gerión tomó conciencia del gigantesco mecanismo que se estaba poniendo en marcha ante sus ojos. En efecto, Asdrúbal estaba siendo aclamado como fundador de una dinastía mestiza para gobernar Ispania, y ello le investía de autoridad real. Estaba naciendo un nuevo poder, formidable por sus recursos, pero acaso también con profundas grietas hundidas en su seno. ¿Es que ya nadie se acordaba de Sofonisba, cuya muerte seguía siendo vista por muchos con sospecha? ¿Es que Aníbal y todo el partido de los Bárquidas estaban dispuestos a aceptar la nueva legitimidad sucesoria alumbrada por Asdrúbal?

Se trataba, sin duda, de una jugada magistral, preparada meticulosamente, y ellos mismos formaban parte de ella.

Tal vez los hijos de Amílcar tuvieran sus propios planes y esperaran su momento. Gerión trató de encontrar respuestas en el rostro de Aníbal, pero este mostraba un viso pétreo e inmóvil como el de una escultura, escuchando la continuación de las palabras de Asdrúbal:

—Y os traigo también una vida que debe terminar, porque cuanto mayor es la amistad que se ofrece, más implacable debe ser el castigo para quien la traiciona.

Asdrúbal dio una palmada y las puertas del templo se abrieron a sus espaldas sin un ruido. Tras un instante de espera salió caminando una figura femenina vestida con una túnica blanca, cubierta por un velo. Estaba flanqueada por seis soldados de la Guardia Bárquida y el contraste con ellos acentuaba su impronta de liviandad y pureza. Saliendo del templo de ese modo, parecía un regalo del propio Melqart a la asamblea.

Al verla, Gerión sintió un escalofrío. Experimentó una inmediata sensación de familiaridad y recordó las palabras de Zekárbal al concluir la entrevista en el palacio: «Malión, al volver tráenos a nuestra invitada». ¡La invitada! Trató de encontrar una forma de deshacer el espanto que le estaba brotando en el pecho.

No lo consiguió.

Precedidos por Zekárbal, los guardias condujeron a la mujer hasta el centro del estrado, frente al altar, y quedaron dispuestos a ambos lados. Tratando de disimular su impaciencia con gestos solemnes, el Rab Kohanim se acercó a ella y retiró el velo de su rostro.