El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 36 de 49

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El cáliz de Melqart

Capítulo XXXIII

 

O RISSÓN se pasó la mano por la frente limpiándose el sudor. Sacudió la cabeza con incredulidad. Cruzó su mirada con la de Lagandi, Biurtites y Larima, antes de regresar a Enneges.

—No sé qué decir —apuntó, y lo subrayó negando con la cabeza, como si de ese modo pudiera dejar sin efecto todo lo que acababa de escuchar⁠—, es como una pesadilla. Nunca pensé que podría suceder algo así. ¡La mitad de los guerreros muertos, y los restantes, incluida Anglea, encerrados en el palacio de los Barquidas, en Qart Hadasht! ¿Estás seguro de que se encuentran bien?

Enneges se encogió de hombros, apesadumbrado.

—Orissón, ¿qué puedo decirte? Astarté sabe cuánto me gustaría poder daros mejores noticias, pero la realidad es que Anglea está en manos de los púnicos. No está herida y trata de mantener el ánimo y la dignidad, a pesar de haber presenciado la ejecución a sangre fría de varios de los nuestros. El que yo no corriera la misma suerte se debe tan solo a que ella sintió que su copa se había colmado. ¿Está bien? No, no está bien. Pero soporta su situación del mismo modo que nosotros debemos hacer frente a la nuestra. Anglea es fuerte, sin duda más que yo mismo. Estoy seguro de que tan solo quiere que hagamos lo mejor para Hélike y aceptará con entereza lo que acontezca.

—Algo así tenía que acabar pasando —intervino Lagandi⁠—; es claro que Qart Hadasht no puede seguir tolerándonos. Si estuviera el joven Aníbal al frente de la ciudad, hace tiempo que su ejército estaría hostigando nuestras fronteras. Pero Asdrúbal es paciente y astuto, y más aún ese sacerdote suyo. La cuestión es si estamos dispuestos a jugarnos el todo por el todo, provocando una guerra inmediata con los púnicos que pondrá en riesgo, entre otras cosas, la vida de Anglea. O si preferimos el apaciguamiento y ofrecemos una farsa de sumisión para tratar de recuperarla al tiempo que mantenemos, en lo esencial, nuestra libertad.

—Esas son las opciones —convino Orissón— ¿Cuál es la tuya, Enneges? El tiempo apremia y debemos tomar una decisión.

—Creo que un enfrentamiento con los púnicos será, antes o después, inevitable. Nunca podrán dominar Ispania mientras sigamos cerrando su acceso al noroeste. Pero cualquier tiempo adicional nos beneficia: mientras ellos combaten a los contestanos en la costa, nosotros podemos seguir reforzándonos y buscando aliados.

Orissón observó a Enneges con los ojos entreabiertos, escrutadoramente.

—Pero Hélike nunca ha comprado tiempo ni ninguna otra cosa a cualquier precio, ¿no es cierto? Y mucho menos tratando de apaciguar a los invasores púnicos. Hace siete años lo arriesgamos todo precisamente porque no estábamos dispuestos a ello. Y tú fuiste el primero en mantenerte firme.

—Todo cambia, Orissón —respondió Enneges, separando las manos en un gesto que abría entre ellas un espacio de inevitabilidad⁠—. Y no estoy proponiendo que rindas la ciudad; tan solo que le digas al Bárquida un puñado de buenas palabras y te traigas a los nuestros de regreso. Sabes que seré el primero en acompañarte. Conozco el camino.

—Te estás haciendo viejo, amigo mío —respondió Orissón con suavidad⁠—. Te atormenta la idea de que Anglea esté en manos de esa gente y crees que condenarla a ser ejecutada por el Bárquida es más de lo que puedo soportar…

—¿Y no es así? —preguntó Enneges, en voz muy baja.

Siguió un silencio largo y espeso, de esos que ocupan todos los rincones con sus amenazas.

—Es absurdo que estemos dispuestos a caer en la trampa de esos perros —⁠apuntó Biurtites⁠—. Si Hélike tiene que ir a la guerra contra los púnicos, y de eso no me cabe duda, que sea cuando a nosotros nos convenga y no cuando Asdrúbal quiera arrastrarnos a ella. El honor y la estupidez nunca deben ser la misma cosa. Si al menos conociéramos mejor sus intenciones… Dinos, Enneges: ¿no escuchaste ningún rumor sobre lo que planea el sacerdote? Una asamblea como la que preparan no tiene precedentes.

Enneges se encogió de hombros.

—¿Rumores, Biurtites? Los únicos que llegaban a la mazmorra en la que nos encerraron al llegar a Qart Hadasht eran los de las ratas. Y solo salí de allí cuando me condujeron ante Anglea. Después, una patrulla me llevó hasta el vado de la Pira de Amílcar, y no cruzaron una palabra conmigo en todo el camino. Tan solo sé lo que me dijo el sacerdote: el día del solsticio de invierno, Asdrúbal Barca ofrecerá una alianza a los pueblos del Levante de Ispania, y señalará la ocasión con un anuncio extraordinario. Cada príncipe podrá acudir con tantos de sus hombres como desee y gozará de inmunidad sagrada mientras esté dentro del territorio de Qart Hadasht —⁠Enneges hizo una pausa y cada uno de los instantes de angustia y dolor de la luna pasada le oscurecieron el semblante⁠—. Si Hélike no comparece, Anglea será ejecutada en castigo por la muerte de Amílcar.

El rey de Hélike hundió el rostro en la palma de las manos y guardó silencio.

—Un anuncio extraordinario… —murmuró Lagandi ⁠—. Es lamentable que no tengamos modo de saber nada más. Por cierto, ¿qué fue de Virtes? No lo has mencionado entre los supervivientes.

—Virtes… No lo sé con certeza —respondió Enneges⁠—. Imagino que murió durante el ataque a la caravana. No recuerdo haberlo visto desde entonces.

—Que Cernunnos lo acoja y le muestre el camino —⁠susurró Orissón⁠—. Cuánta pérdida.

—Acaso todo esto no sea más que un engaño —⁠sugirió Biurtites, siempre desconfiado⁠—. Acaso Hélike sea la única ciudad invitada a la reunión del solsticio de invierno y el ejército púnico nos esté esperando para hacernos pagar estos siete años de resistencia.

—Solo los dioses lo saben —respondió Orissón⁠—, pero no lo creo. Somos una pieza demasiado valiosa como para que pierda la ocasión de humillarnos ante el mayor número posible de testigos. Seguramente nos ha utilizado como reclamo para que acudan todas las ciudades íberas, desde el Iber hasta el Betis. Me pregunto si estará también Edeta. ¿Qué dirá Nereildun de todo eso?, ¿habrán tenido noticias del ataque?

—No te quepa duda —respondió Enneges—; estábamos ya demasiado cerca de su territorio como para que les haya pasado inadvertido. Si tuviera que apostar, lo haría porque estarán en Qart Hadasht en el solsticio. Todos lo harán.

Orissón asintió despacio, tratando de ordenar la avalancha de noticias, preguntas e incertidumbres que había desencadenado la llegada de Enneges al mediodía, a lomos de un mulo con arreos púnicos, acompañado por dos hombres de la torre de vigilancia de Leitabaros. Había sido un suceso tan insólito que buena parte de las gentes de la ciudad se habían echado a la calle para pedir nuevas al jinete.

Tan solo una de las personas que ocupaban la estancia había permanecido en silencio durante la conversación.

—Estás muy callada, Larima —señaló Orissón⁠—. Te entiendo bien: hemos enviado a tus hijos y al mío al confín de Ispania cuando más íbamos a necesitarlos. Nadie sino tú puede hoy dar voz a los ólcades en nuestra deliberación. ¿Qué te dice el corazón?

La mujer se mesó el pelo cano y se puso en pie, apretando los puños cerrados contra sus muslos. Tenía el aspecto devastado de un árbol seco: parecía haberse hecho más pequeña y quebradiza en un instante. Los miró a todos desde dos ojos hundidos en un páramo de arrugas.

—¿Qué puedo decir yo, Orissón? Tu familia y la mía han sido elegidas por los dioses para poner a prueba a nuestros pueblos, y sabemos demasiado bien lo que eso significa. El único lenguaje que utilizan los dioses con los hombres es el del dolor. Acaso también el del amor, o acaso es que sean la misma cosa. Pero lo demás: el honor y el coraje, el odio y la venganza, son tan solo las canciones que inventamos para sobrevivir al dolor. Y qué sería de nosotros si no las tuviéramos. Sin el honor de los hombres, el dolor de los dioses haría que la vida no mereciera ser vivida.

Larima hizo una pausa. Cerró los ojos un instante e inspiró como si esa bocanada de aire fuera lo único que la mantuviera en pie.

—Hace más de una luna que nuestros hijos partieron a un lugar tan remoto que me cuesta imaginarlo. Marcharon guiados por un desconocido, persiguiendo una leyenda, una fantasía. Aún no comprendo cómo accedimos a ello. Y a Anglea, que no sería más hija mía si la hubiera parido, le espera la muerte si no accedemos a someternos, aunque sea con palabras fingidas y vacías, a quienes nos han causado tanto daño. Epona sabe cuándo me duele deciros esto —⁠añadió, y un llanto suave comenzó a deslizársele entre las grietas de la voz⁠—: jamás saldrán de mis labios esas palabras. Lloraré a mis hijos y a los tuyos, Orissón, si no regresan, hasta que la muerte venga a ocupar el vacío que me haya quedado dentro. Pero no podría soportar la vergüenza de que vuelvan a nosotros con deshonor y me recuerden siempre que no supe escuchar su canción.

La voz de Larima se extinguió en un silencio que cubrió la estancia con una sombra agria, henchida de premoniciones.

Un momento después se abrió la puerta y apareció en el dintel el pequeño Gerión. Los miró a todos con el ceño fruncido, hasta que reparó en Larima y corrió hacia ella, abrazándose a sus piernas.

—¿Por qué lloras, abuela? —preguntó—, ¿pasa algo malo? ¿Por qué no vienen papá y mamá, si ya está aquí el tío Enneges?

—No hagas eso, Gé —respondió Larima, apartándolo con suavidad mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano⁠—. Tus padres aún tardarán un tiempo en regresar; lo harán cuando sea la voluntad de los dioses. Ahora anda al patio a cuidar de tus hermanas.

El niño la miró muy serio.

—Abuela, no me gusta la voluntad de los dioses —⁠dijo⁠—. ¿Por qué no nos basta con la nuestra?

Nadie contestó al niño, y echó a correr hacia la puerta.

 

Nereildun se sorprendió al ver que el Edecón estaba de pie, esperándolo en la puerta de la estancia, para acompañarlo hasta una silla contigua a la suya. Era una deferencia a la que no estaba acostumbrado y contribuía a acrecentar la extrañeza que aquella inusual invitación le había producido. «El Edecón quiere hablaros esta noche», le había dicho el sirviente que fue a buscarlo, a esa hora a la que ya nadie espera nada bueno de una llamada a la puerta.

«Qué querrá ahora», se había preguntado, una y otra vez, caminando hacia la cita, con la incertidumbre irritada de las personas acostumbradas a dominar los acontecimientos cuando dejan de hacerlo. Era una extraña forma de poner fin a la distancia agria e incómoda que se había establecido entre ellos desde la boda de Nalbebiur y Sllibor, cuando cada cual pareció hacer responsable al otro de los malos augurios que enturbiaron la ceremonia.

—Nereildun —dijo el Edecón al tomar asiento, moviendo afirmativamente la cabeza, dejando que en ese gesto se desvaneciera cualquier animadversión que anduviera aleteando en el aire⁠—. ¿Cómo está mi pequeña Sillibor? No imaginas cuánto se la echa de menos.

—Está bien, Edecón —respondió con gravedad Nereildun, cruzando las manos en su regazo⁠—. Los jóvenes saben sobreponerse a casi todo. Por fortuna, vivir es para ellos el más urgente de los asuntos.

El Edecón asintió, de ese modo despacioso y deliberado que sirve para masticar pensamientos antes de convertirlos en palabras.

—En efecto; por fortuna. Eso les ayuda a esperar a que el tiempo vaya dando respuesta a algunas de sus preguntas.

Nereildun esperó en silencio a que el Edecón continuara, resistiéndose a representar el papel que el otro había previsto para él en la conversación.

—Sabemos dónde están los heliketas —dijo al fin el príncipe de Edeta⁠—. Al menos, buena parte de ellos, incluida Anglea.

Hizo una pausa y dirigió una señal al criado para que les sirviera vino. Nereildun se sintió irritado por las deliberadas demoras de su interlocutor, pero evitó dar ninguna señal de impaciencia.

—Están en Qart Hadasht. No fueron atacados por bandidos contestanos, como temimos, sino por una patrulla cartaginesa. Al parecer, ni Orissón ni su yerno Gerión iban en la comitiva. Tan solo Anglea y un tal Enneges, hermano de tu mujer, acompañados por una escolta de guerreros. Hubo alguna víctima en el combate, pero ellos dos están vivos.

—¿Cartagineses? ¿Tan al norte? Nunca habían llegado tan lejos. Es difícil creer que fuera por casualidad.

—La casualidad y la voluntad de los dioses son en ocasiones fenómenos difíciles de distinguir —⁠sentenció el Edecón, encogiéndose de hombros, con la sonrisa aviesa de quien considera el sarcasmo una forma de humor⁠—. El hecho es que nuestra Anglea no llegó a la boda porque se encontraba en manos de Asdrúbal.

Nereildun no supo si sentirse aliviado por la noticia.

—Y de Zekárbal.

—Ciertamente, y de Zekárbal.

—¿Y qué pide para dejarla en libertad?

El Edecón movió la cabeza en una ondulación que dibujaba un reproche.

—Pedir… Yo no utilizaría esa palabra; Anglea no es una moneda de cambio. Es más bien una… circunstancia. Una circunstancia que puede ser beneficiosa para todos si la interpretamos adecuadamente.

Nereildun sintió deseos de abofetear al hombre de ojos engañosamente amables que tenía ante sí.

—¿Y cuál es la interpretación adecuada, Edecón?

—Su interlocutor sonrió. Toda la conversación había sido un circunloquio cuidadosamente elaborado para llegar hasta ese punto.

—Asdrúbal ha convocado a las ciudades de Ispania a una gran asamblea en el solsticio de invierno. Va a invitarnos a formar parte de una alianza de pueblos libres que ponga fin a este estado de enfrentamiento permanente que nos hace tan vulnerables.

—Bajo su autoridad, naturalmente.

—Bajo su autoridad y la nuestra, naturalmente. Si acudimos con un fuerte contingente de guerreros y somos los primeros en aceptar su propuesta, luchará a nuestro lado contra Arse y Etobesa, y reconocerá nuestra plena autoridad entre el Sucro y el Udiva. Seremos los primeros entre los íberos.

—¿Los primeros entre los pueblos sometidos? ¿Le rendirás pleitesía a un extranjero, Edecón? ¿Inclinarás la cabeza ante él? Nunca antes había ocurrido tal cosa. Muchos aquí nos sentiremos humillados.

—Nuevamente utilizas palabras poco apropiadas. No es pleitesía, sino amistad. No inclinaré la cabeza, tan solo saludaré a un nuevo aliado de nuestro pueblo, un aliado que nos ayudará a derrotar a los enemigos con los que estamos enfrentados desde hace generaciones. Todos entenderán que es lo mejor para Edeta. Sobre todo si personas como tú lo explican… digamos con el énfasis correcto.

—Pero, Edecón —objetó Nereildun—, ya sabes a lo que conducirá todo esto. Terminarán por exigirnos que les enviemos a nuestros hijos para educarse entre ellos y no dejarán de ponernos un precio cada vez más alto cuando los necesitemos, una vez sepan que nos tienen de su lado. Además, ¿qué ocurrirá con Anglea y con Hélike? Todas las tribus lo considerarán una traición; es bien sabido que en los últimos tiempos hemos intentado estrechar la relación con ellos: la invitación para que Orissón acudiera a la boda no fue tan solo un asunto de familia…

El Edecón esbozó una efímera mueca de impaciencia y se encogió de hombros, mostrando las palmas de las manos, como si hubiera recogido en ellas, a su pesar, el oneroso capricho de los dioses.

—Fuimos sinceros, Nereildun, no lo pongas en duda, pero las circunstancias han cambiado. Y lo que importa son las circunstancias, ya te lo dije. Cada día que pasa veo con mayor claridad que el mundo que hemos conocido, el de innumerables tribus y ciudades permanentemente enfrentadas en algo más parecido a la caza que a la guerra, está llegando a su fin. Cartago está ya llamando a nuestra puerta y Roma no tardará en hacerlo si Arse se ve amenazada y pide ayuda. Si nosotros le damos tiempo para ello, claro está.

El Edecón hizo una pausa y bebió despacio de su copa de vino, reteniendo el líquido en la boca con expresión inquisitiva, como si buscara en él las palabras que quería pronunciar.

—La libertad pequeña y aislada que hemos conocido ya es historia, Nereildun. Ahora nos vemos de pronto en medio de un juego mucho más grande, del que nadie podrá quedar al margen. Lo único que conviene ahora al interés de Edeta es que sepamos escoger el campo en que queremos estar y lo hagamos con rapidez, obteniendo todo el fruto posible. De lo contrario se adelantatán otros y nos lo harán pagar caro.

—Tal vez, pero no veo por qué tenemos que aliarnos con Cartago. Sabemos bien cómo se comportan: son crueles y traicioneros, y todos los pueblos que se han puesto bajo su autoridad han quedado convertidos en esclavos.

El Edecón negó con la cabeza.

—Me gustan tan poco como a ti, me parecen arrogantes y ambiciosos, pero Asdrúbal nada tiene que ver con Amílcar, y creo que sus deseos de una paz digna son sinceros. Además, su Sumo Sacerdote, Zekárbal, comprende perfectamente la ayuda que les podemos prestar para realizar sus proyectos. Nuestros intereses coinciden y estoy persuadido de que Edeta no tendrá otra ocasión como esta para terminar con Arse de una vez por todas y adueñarnos del territorio que llevamos anhelando desde hace generaciones. Los beneficios que podemos obtener todos, y tú el primero, son inmensos.

—Pero Hélike… —la objeción de Nereildun se difuminó antes de acabar de formularse.

—Si Orissón acude a la asamblea, Anglea será puesta en libertad y podremos reanudar nuestra relación amistosa con Hélike. Si, por el contrario, deciden plantar cara a Asdrúbal, este aceptará la petición de clemencia que le presentaremos oportunamente y nos entregará a Anglea como muestra de buena voluntad. Tú tendrás entonces la misión de llevarla a su casa y negociar una solución honorable para Hélike. No me cabe duda de que tendrás éxito. En todo caso, la conducta de Edeta, y especialmente la tuya, serán irreprochables. De hecho, no concibo en estas circunstancias una conducta más honorable.

El silencio meditabundo de Nereildun fue interpretado de inmediato por el Edecón como una respuesta afirmativa y se incorporó exhalando un suspiro satisfecho que sirvió de conclusión a la conversación.

Nereildun suprimió una objeción antes de despegar los labios para formularla y se incorporó a su vez. Ambos hombres se dirigieron en silencio hasta la puerta, donde se despidieron con el incómodo abrazo de los parientes recientes.

Momentos después, Nereildun caminaba de nuevo por las calles desiertas de Edeta. Delante de él, el mismo sirviente que había ido a buscarlo iluminaba el camino con la luz ebria de una tea que ponía en fuga sombras efímeras por las esquinas. Sopló una ráfaga de viento súbito que a punto estuvo de dejarlos a oscuras y Nereildun se envolvió en su manto. Ponderó los argumentos con que el Edecón había terminado por convencerlo y le parecieron de nuevo sólidos e incontestables, pero con esa cualidad amarga con que la prudencia avisa de que está a punto de entrar en el territorio de la cobardía y la vergüenza. Supo que le sería muy difícil mantenerse fuera de ese territorio cuando tuviera que explicarle todo aquello a su familia, y especialmente a Asterdumar. A pesar del alivio que ella sentiría al saber que tanto su hermano Enneges como su sobrina Anglea estaban vivos, la idea de que Edeta iba a aliarse con quienes los habían atacado y hecho prisioneros le parecería un disparate.

Nereildun se encogió de hombros, como antes lo había hecho el Edecón, aceptando como él la inevitabilidad con que se les presentaban las decisiones que debían tomar. ¿Qué podía hacer él, cómo podía oponerse a los colosales mecanismos de poder que se habían puesto en marcha en Ispania? Acaso no le gustara aquel nuevo mundo que encarnaban Asdrúbal y Zekárbal, pero no tenía otro remedio que jugar con sus reglas.

Se encogió de hombros de nuevo y esta vez casi consiguió esbozar una sonrisa.