El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 20 de 49

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El cáliz de Melqart

Capítulo XVII

 

M ALIÓN se apresuró tras el Rab Kohanim por la escalera de caracol que descendía desde el cuerpo de guardia. El calor de la tarde pronto quedó atrás cuando se adentraron en el corazón pétreo del peñasco sobre el que se asentaba el palacio. Al llegar a la base de la escalera tomaron un corredor iluminado por antorchas, flanqueado por puertas atrancadas con cerrojos. Trató de ignorar las voces atormentadas, iracundas o plañideras, que se escapaban por las rendijas, y el hedor a encierro y excrementos. El humo de brea de las teas le irritó la garganta y los ojos, e hizo un esfuerzo para no toser. Odiaba con todas sus fuerzas descender a las mazmorras de la Guardia Bárquida, y sospechaba que Zekárbal obtenía algún placer al obligarle a hacerlo, pero siempre intentaba no incrementar esa sensación mostrando su pusilanimidad.

Al fondo del corredor dos guardias les franquearon el paso a una estancia excavada en la roca, de considerables dimensiones.

El lugar olía a sangre y ceniza, a humo y metal ardiente. Olía a dolor, tortura y muerte. Y hacía calor.

Al pasear la mirada por el interior no pudo evitar un gemido de horror.

En el extremo opuesto a la puerta de entrada había tres hombres de pie, iluminados por dos antorchas de llama inmóvil, de una cualidad casi sólida, y un brasero de ascuas iridiscentes. Dos de ellos eran altos y fornidos y vestían atuendo militar de los pies a la cintura; tenían la cabeza descubierta y el torso desnudo. El tercero era Adonibaal de Gadir.

Al oírlos entrar se volvieron hacia ellos; dirigieron a Zekárbal una respetuosa inclinación de cabeza y se hicieron a un lado, dejando a la vista un cuarto individuo, sentado en un pesado sillón de madera, atado a él con correas de cuero.

Los dos hombres altos tenían en sus manos instrumentos metálicos que Malión evitó mirar con detenimiento. Sin embargo, a pesar de que la mueca de desmayo y espanto que desencajaba el rostro de Adonibaal debería haberle disuadido de hacerlo, un horror morboso condujo su atención hasta el hombre atado.

El bárbaro estaba desnudo y su cuerpo brillaba húmedamente a la luz aceitosa de las teas. Tenía el vientre y los brazos convertidos en masas sanguinolentas, y el rostro devastado.

Malco sintió que una náusea incontenible le brotaba del estómago, inundándole la boca del sabor ácido y amargo de la bilis. Pero siguió mirando.

Al bárbaro le faltaba la nariz y tenía la boca convertida en un pozo del que manaba perezosamente un reguero de sangre.

La voz helada de Zekárbal rescató a Malión del espanto hipnótico en que se estaba sumiendo.

—Adonibaal, dile al bárbaro que quiero escucharlo de su boca.

El mercader tardó un instante en reaccionar. Miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, alucinados. Le temblaban la boca y las manos. Malión tuvo la certeza de que al anciano se le había roto algún hilo interior. «Has descubierto demasiado tarde que es peligroso acercarse al Rab Kohanim, mercader», dijo para sí.

—¡Adonibaal! —urgió Zekárbal.

El mercader dio un respingo, se acercó al hombre atado y pronunció un puñado de palabras en una lengua desconocida para Malión.

El bárbaro no respondió. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y la movía rítmicamente, como si sollozara. De lo que había sido su boca surgía un sonido hondo, desesperado. Podía ser una oración, o la respiración deshecha en un gemido.

Zekárbal hizo un gesto de apremio con la cabeza.

Uno de los soldados tomó del brasero un hierro, con su extremo iluminado por un fulgor rojizo que se extinguió con un chisporroteo fugaz al hundirse en la carne palpitante.

El bárbaro lanzó un aullido que la piedra de la montaña absorbió sin levantar un solo eco, como si estuviera hambrienta de sufrimiento.

Malión sintió que las piernas dejaban de sostenerle.

 

Una hora después, Zekárbal ascendió por la escalera de caracol y se dirigió de regreso a sus estancias, seguido por Malión.

Aunque su rostro estuviera tan impertérrito como siempre, el Rab Kohanim apenas podía contener su alegría. La información que el más improbable de los azares acababa de poner en sus manos era todo un golpe de suerte. ¡El legendario cáliz de Melqart estaba a su alcance, en una aldea perdida en las montañas de la costa de las Casitérides! Las posibilidades que ello les abría empezaban a dibujarse en su imaginación con la nitidez de lo inevitable. ¡El cáliz de Melqart! No se podía concebir otro título de legitimidad mejor que ese. Si lograban hacerse con él, toda Ispania vería a los Bárquidas como los sucesores del reino de Tartessos. Tenía que conseguir que fuera a buscarlo Aníbal; así se lo quitarían de en medio durante algunas semanas; cuanto menos tiempo pasara este con su hermana Sofonisba, tanto mejor. Y tendría que hablar con Asdrúbal sobre la puesta en escena cuando tuvieran en sus manos el cáliz. ¿Una gran asamblea de régulos y jefes íberos? Tal vez…

Interrumpió sus pensamientos al ver en la puerta de sus estancias, custodiada por sendos guardias, a un sirviente con la cabeza inclinada en actitud sumisa. Era Agram, el etrusco encargado de las palomas mensajeras. Al parecer, el día aún le reservaba alguna noticia más.

—Dime, Agram. Qué tienes.

El hombre le entregó un pequeño rollo de pergamino sellado con lacre.

—Acaba de llegar, su Gracia. De Hélike.

Zekárbal hizo un gesto despidiendo al hombre y a Malión, y se apresuró hasta su despacho.

Rompió el lacre, desplegó el rollo y leyó su contenido.

Ahora sí, dejó que una dilatada sonrisa se enseñoreara de su rostro.