El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 44 de 49

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El cáliz de Melqart

Capítulo XLI

 

U N barco largo y esbelto, con un solitario mástil y una vela cuadrada, surcaba despacio la embocadura de la bahía. Llevaba a bordo tres o cuatro docenas de hombres, algunos con impronta de gente de guerra, y el resto de marinería. Dejaron caer un ancla por la borda y pronto el navío se detuvo, acompañando con suavidad la respiración del oleaje.

Descendió un esquife hasta el agua y lo ocuparon dos remeros y un hombre de edad avanzada con un manto gris y un casquete de cuero en la cabeza. Comenzaron a bogar hacia tierra mientras un grupo de arqueros tomaba posiciones a lo largo de la cubierta.

—¡Adhérbal! —gritó Aníbal, tratando de comprender qué significaba aquella aparición inopinada de un navío de Arse. ¿Era posible que los arsetanos hubieran resuelto no quedarse fuera de la alianza, hurtándole a Edeta cualquier posición de ventaja?⁠—. ¡Apresta a los arqueros, pero aguarda a mis órdenes; esperaremos a saber cuáles son sus intenciones!

Miró a su alrededor y comprobó que todos seguían la escena con la misma combinación de expectación y desconcierto. El que gente armada de Arse pudiera presentarse de aquel modo en el corazón de Qart Hadasht, tomando a todos por sorpresa, era algo intolerable. El sistema defensivo de la ciudad había sido puesto vergonzosamente en evidencia y debería ser revisado por entero.

Antes tenían que ver en qué paraba aquello. Y quién era aquel hombre. ¿Tal vez el propio Alorco, reclamando el protagonismo de la asamblea al sumarse a ella de aquel modo tan dramático?

Un grito de la oretana le sacó de su error.

—¡Padre!

Aníbal miró a Anglea estupefacto y después devolvió su atención al bote que se aproximaba. ¿Aquel anciano era Orissón? ¿El más acerbo enemigo de Qart Hadasht se presentaba solo en la ciudad, a bordo de un bote de remos, protegido por arqueros de Arse?

Buscó a Zekárbal: tenía los ojos tan saltones que parecían a punto de desprendérsele del rostro. El de Titayú se contraía en una mueca de disgusto feroz, como si no pudiera soportar que se estuviera echando a perder su día de triunfo. Sin embargo, Asdrúbal… No podía estar seguro por la distancia, pero le pareció que su cuñado lucía la suave sonrisa de los idiotas, pareciendo encontrar alguna diversión en todo aquello.

Vio también que Gerión se había incorporado y seguía la escena junto a sus compañeros, con el rostro cubierto de sangre y la espada de nuevo en la mano. Estaban vigilados de cerca por los guardias, de modo que decidió dejar ese asunto para más adelante.

El esquife se arrimó a la orilla en un punto en que un pequeño embarcadero permitía, mediante una empinada escalinata, alcanzar el muelle principal.

Todos observaron en silencio a Orissón ascender solo, con pausada dignidad. Acaso no fuera sino una forma de disimular su edad, pero Aníbal tuvo que admitir que el oretano ofrecía una estampa imponente, con todos sus movimientos convertidos en una nítida expresión de majestad.

Al poner el pie en el atrio del templo, Anglea comenzó a llamarlo a gritos y él se dirigió hacia ella, con gestos de alegría y preocupación disputándose su semblante. Aníbal se apresuró y llegó hasta la oretana al mismo tiempo que Orissón. Hizo una indicación a los guardias para que soltaran a la mujer y esta se abrazó con su padre, sollozando.

—¡Hija mía, Anglea!, ¿estás bien, te han maltratado estos hombres?

—Estoy bien, padre —respondió Anglea, haciendo un esfuerzo por serenarse. Toda la asamblea los observaba con atención⁠—. Pero ¿qué haces tú también aquí? ¿Por qué habéis venido? ¿No te das cuenta de que estamos renunciando a todo aquello por lo que hemos luchado siempre? ¡Primero Gerión y los demás y ahora tú! —⁠exclamó, con la voz convertida en un lamento solitario y oscuro, como el ulular de un ave nocturna⁠—. Mi destino estaba ya en manos de la infinita sabiduría de Astarté; deberíais haber confiado en ella.

Orissón la observó con ternura y una interrogación que no pudo dejar de formular.

—¿Cómo has dicho? ¿Primero Gerión?

Ella alzó las cejas con extrañeza e hizo un gesto hacia el círculo de gente que los rodeaba.

Orissón distinguió de inmediato a su hijo Argonio, acompañado por Gerión, Saunio y Mimbro. Lo sacudió un estupor que fue deshaciéndose a medida que una idea aproximada de lo que debía haber sucedido se engranaba en su cabeza. La voz impaciente de Aníbal reclamó su atención.

—¿En verdad eres Orissón de Hélike?

—Así es. Y tú, ¿quién eres? ¿Aníbal Barca?

Este ignoró la pregunta.

—¿Qué significa que te hayas presentado aquí de este modo, a bordo de un navío de Arse? Dinos sin demora a qué has venido, y si lo haces como amigo o enemigo.

—Preguntas mucho —respondió Orissón con ligereza, mirando a su alrededor⁠—. Y tú debes ser Asdrúbal…

—¡Orissón de Hélike! —exclamó este, acercándose⁠—. ¡No imaginas cuánto me complace que hayas decidido aceptar nuestra propuesta! Hubiera lamentado inmensamente tener que hacer pagar a Anglea tu obstinación. Y debo decirte que a todos nos ha impresionado esta singular forma de acudir; ¿debo suponer que también desean las gentes de Arse sumarse a nuestra alianza? Sería una espléndida noticia.

—Asdrúbal Barca —dijo Orissón, y en su voz latió de pronto una antigua fatiga⁠—. Tu pretendida ingenuidad es una ofensa; el comportamiento de Qart Hadasht y el tuyo merecen todo mi desprecio. ¿Es que pensabas que tus promesas iban a hacernos olvidar cómo trata Cartago a aquellos a quienes somete? ¿Es que no nos habéis causado ya bastante sufrimiento? Ahórrame tus engaños; mi pueblo ya ha conocido el precio que hay que pagar para satisfacer vuestra ambición. Tal vez eso valga para los demás —⁠añadió, señalando con un movimiento de su brazo hacia la asamblea⁠—, pero no para Hélike. Si tanto deseabas ganarte nuestra obediencia, debieras haber venido a buscarla en el campo de batalla.

»Pero ya es tarde para eso: quisiste que viniera y aquí estoy; ahora deja marchar a mi familia y dispón de mí. Mientras me tengas en esta ciudad —⁠añadió, señalando sin mirar hacia la silueta de Qart Hadasht, difuminada por la bruma en el fondo de la bahía⁠—, Hélike no os será hostil. No seremos vuestros amigos, pero tampoco buscaremos causaros ningún perjuicio.

Aníbal y Zekárbal miraron a Asdrúbal y comenzaron a hablar simultáneamente, pero este los interrumpió con un gesto imperioso.

—Callad, que no es vuestra palabra lo que está en juego. Pedimos a Orissón que viniera y aquí está, ¿no es cierto?, poniéndose a nuestra merced y a la de Melqart. Ha venido a admirar la majestad del cáliz y la de esta noble asamblea de príncipes de Ispania, y permanecerá entre nosotros. ¡Alabado sea Melqart!, ¿qué más podíamos pedir? Hoy es ciertamente un día que siempre será recordado. ¿No lo crees así, Orissón?

Este tardó en darse por aludido. La mención al cáliz se había apropiado al instante de su atención y había quedado admirando la joya, como si en ella se materializara un antiguo caudal de anhelos, represado durante mucho tiempo.

Allí estaba, brillando tenuemente sobre el altar de alabastro. El cáliz de Melqart.

Sacudió la cabeza y suspiró.

—Así lo creo, Asdrúbal —respondió al fin—. Lo será siempre, aunque tal vez no por las razones que tú imaginas. Ahora deja marchar a los míos. La gente de Arse los devolverá a Hélike.

Aníbal y Zekárbal se opusieron con vehemencia, pero Asdrúbal ignoró sus protestas.

—Vamos, Aníbal, ocúpate tú; es bueno que todos vean que estamos juntos en esto. Condúcelos al bote.

Aníbal apretó las mandíbulas y, por un momento, pareció que la lucha entre su ira y la autoridad de Asdrúbal se resolvería a favor de la primera. El instante se desvaneció en un adusto gesto de aquiescencia.

Anglea miró a su padre desde la vastedad de su incredulidad y su angustia y negó a su vez con la cabeza, como si su sola voluntad pudiera evitar el desenlace que estaba representándose ante ella. Desde que le retiraran el velo del rostro ante la asamblea, la sucesión de acontecimientos le había desdibujado la frontera de la realidad de tal modo que no podía evitar sentir que la lucidez se le escapaba entre los dedos. Los ojos se le inundaron de todas las lágrimas que había mantenido a raya desde que fuera hecha prisionera camino de Edeta. Tragó saliva en un intento desesperado de mantener la dignidad y la cordura.

—Pero, padre, ¿te has vuelto loco? ¿Cómo has pensado que iba a aceptar esto? Márchate ahora mismo, antes de que sea tarde; ¡Hélike te necesita mucho más que a mí!

Orissón sonrió y la apartó de sí.

—Vamos, Anglea, sabes que esta no es mi decisión, sino la de toda la ciudad. En Hélike te esperan tus hijos y toda tu vida. Yo estaré bien aquí. Quién me lo hubiera dicho: viviré bajo el mismo techo que el cáliz de Melqart.

Anglea permaneció aturdida durante un largo instante. Por último, rompiéndose por dentro como si se le hubiera llenado el alma de astillas, comprendió que nada haría a su padre rectificar su decisión y renunció a pronunciar todo lo que se le venía a la garganta. Lo abrazó por última vez y le dejó un puñado de palabras en el oído. Se irguió después, reconstruyendo con los escombros de su ánimo la nobleza que correspondía a una princesa de Hélike, y se dejó conducir por Aníbal.

Se abrazó brevemente con cada uno de los otros al llegar junto a ellos: estrechó la temblorosa fragilidad de Argonio, el asombro mudo de Mimbro, la ternura de Saunio. La calidez y el perfume imprescindible de Gerión. Solo supo cuánto lo había echado de menos cuando lo tuvo nuevamente junto a ella. ¡Gerión! Su sola presencia hacía todo aquello soportable. Quedaban abiertas, para más adelante, todas las puertas que franqueaba aquel abrazo.

Argonio se separó de ellos y corrió hacia su padre. Llegó hasta él y lo miró a los ojos, dejándole leer allí todo lo que tenía que decirle. Le tomó las manos y las besó, volviendo después con los demás, sin pronunciar una palabra.

Descendieron por la escalinata y subieron al bote, seguidos por la absorta atención de la multitud. Todos sabían que los sucesos de aquel día lo harían objeto de canciones y leyendas, y observaban en silencio, como si cualquier sonido pudiera quebrar el sortilegio que la voluntad de Melqart había tejido en torno a ellos.

Los heliketas comenzaron a alejarse.

 

La presencia del dios lo sumergió en un oleaje de determinación y Diodoro supo con lucidez inexorable que era el momento.

Trajo a la memoria a Sofonisba, con su generosidad vanidosa y su sonrisa perezosa e indulgente. Y también, con una náusea, a Atin, disfrutando de su cuerpo antes de quitarle a su ama la vida, con sus manos entrenadas por igual para el placer y la muerte. Sintió ternura al pensar en Ántifo, haciéndole reír con su engreída afectación, con su humor refinado y exuberante, ocultando tras sus excesos una suave dulzura vulnerable, encendiéndole espacios desconocidos en el alma. Después lo vio convertido en una trémula masa de carne herida, mirándolo a través de dos brillantes caparazones de agonía, advirtiéndole del dolor que Asdrúbal y Zekárbal estaban dispuestos a causar para hacer realidad sus planes.

Aquella mirada lo había señalado como siervo de Melqart para hacer justicia en su nombre.

Los sucesos de la asamblea le habían producido tal desconcierto que había estado a punto de renunciar a sus planes. La revelación de la identidad de los celtíberos a quienes él mismo acompañaba, el combate entre Aníbal y el bárbaro, la aparición del rey de Hélike… Pero ahora Melqart vibraba en el aire como una promesa de redención. Nadie le prestaba atención; todos estaban pendientes de la marcha de los oretanos. Era el momento.

Echó a correr a través del atrio y al hacerlo creyó haberse vuelto aéreo e invisible; comprendió que volaba impulsado por las alas del dios.

Alguien gritó y Asdrúbal se volvió cuando ya llegaba hasta él. El Bárquida apenas tuvo tiempo de pronunciar su nombre.

—¡Diodoro! ¿Qué…?

Sacó la daga que ocultaba bajo el manto y la clavó dos veces en el cuello de Asdrúbal; vio con una vaga sorpresa que sendos borbotones de sangre brotaban al punto de las heridas, como si solo entonces constatara que todo aquello estaba ocurriendo verdaderamente.

Advirtió que el sapo Zekárbal se arrojaba sobre él; le lanzó una puñalada al costado y lo empujó al suelo.

Hubo entonces un griterío ensordecedor y todo pareció oscurecerse, girando como un vendaval vertiginoso a su alrededor.

Tomó el cáliz del altar, lo estrechó contra su pecho y corrió, blandiendo ante sí la daga ensangrentada, hacia el extremo del atrio, donde el enlosado formaba una suerte de mirador, con un gran pebetero en su centro, asomado a los riscos y al mar abierto.

Oyó una estridencia insoportable acuchillando el aire y comprendió turbiamente que eran los alaridos de Titayú. Escuchó las órdenes, los gritos, los pasos percutiendo contra la piedra; embistió contra alguien que intentaba detenerlo, se desprendió del manto para liberarse del enjambre de manos que tiraban de él.

Llegó al borde del mirador y supo que dejaba de ser hombre para convertirse en pájaro: las alas y el cáliz de Melqart eran suyos para hacer posibles todos los milagros. Saltó mientras una oración lo impulsaba hacia lo alto.

«Melqart noble y poderoso, heraldo del Sol y amante de la Luna, guíame por las anchuras del mar y del cielo, muéstrame el camino hacia la luz que engendras…».

Recibió el aire en el rostro y le pareció que tenía un perfume inaudito. Allí estaban todas las criaturas del mar y la espuma, los lejanos territorios de que hablaba Ántifo, las ciudades construidas sobre los anhelos y las miserias de un millar de pueblos, las transparentes moradas de los dioses, el amor y el olvido…