El cáliz de Melqart

Arturo Gonzalo Aizpiri · Capítulo 28 de 49

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El cáliz de Melqart

Capítulo XXV

 

Dieciséis días después del equinoccio de otoño.

 

¡ G ADIR! ¡Cuánto tiempo esperando poder conocer al fin la más antigua y sagrada ciudad de Ispania! Doy gracias a Baal Hammón con toda la humildad de mi corazón. Gracias, gran Señor de la vida y del espacio, de todo lo que está vivo y es fecundo, de las cosechas, de la lluvia y del trueno. Gracias, Baal Hammón, ante ti se inclina tu siervo.

La impaciencia me ha ido creciendo dentro desde que salimos de Carteia hace dos días y nos adentramos en el estrecho de Melqart. El viento de levante era tan intenso que nos sentíamos arrastrados por el aliento del dios; las dos líneas de costa están ahí tan próximas que, más que mar, parece un anchísimo río de agua salada en retirada, como si la Ispania y la Buquata estuvieran a punto de caer la una sobre la otra.

Hicimos noche en el puerto de Baesippo. Aníbal acudió a la ciudad principal, situada en lo alto de un risco imponente, a dos leguas de distancia, y pasó allí la noche tras cenar con los principales del lugar.

Ayer a mediodía, cuando acababan de desplegar el toldo del puente de proa, Oksar dio la voz que todos estábamos esperando: ¡el santuario de Melqart! Los lugares de los que he oído hablar durante toda mi vida aparecían poco a poco ante mis ojos. Primero vimos la forma alargada de la isla de Kotinoussa, con el santuario en su extremo, en lo alto de un promontorio, deslumbrando a los barcos con los reflejos del sol en las planchas de bronce que cubren su frontispicio. Más allá se vislumbraba la isla de Erythiea. Es imposible no estremecerse al imaginar la fundación de la ciudad por el propio dios, caminando por las aguas con el sol en las manos, seguido por los navíos de Tiro.

El muelle que da servicio al santuario estaba atestado de barcos mercantes; en esta época del año el mar empieza a ser cada vez más impredecible y todos quieren hacer sus ofrendas al dios antes de zarpar. Aníbal no quiso esperar y ordenó a las pénteras echar el ancla al pie del promontorio, ofreciendo la proa al santuario en señal de reverencia. Él ha hecho revivir la antigua tradición de colocar en la proa de sus barcos una estatuilla del dios Kusor, señor del mar y los marinos, y vi con mis propios ojos cómo las de las tres pénteras refulgían con luz dorada, al encontrarse de ese modo con el más sagrado santuario de esta parte del mundo.

Aníbal me llamó para que fuera testigo del momento. Pasamos a tierra en un lanchón, junto al grupo de oficiales. Huelga decir que la llegada de Aníbal causó un gran revuelo en el muelle: no hubo marinero, pescador o soldado que no quisiera saludar al hijo de Amílcar, y este dedicó a cada uno de ellos unas palabras amables y una sonrisa. He comprobado que disfruta sinceramente de estos encuentros.

Ascendimos la escalinata que conduce al edificio principal, sobre el promontorio. Allí nos estaban esperando tres sacerdotes, todos ellos con la cabeza rapada y vestidos con túnicas negras de lino hasta los pies. Aníbal se dirigió de inmediato al que parecía de edad más avanzada, que sostenía en la mano derecha un báculo rematado por una figurilla de oro, y lo saludó con una respetuosa familiaridad. Se trataba de Arisqart, que ya era Rab Kohanim del santuario cuando Amílcar desembarcó por vez primera en Gadir, hace dieciséis años, acompañando a su padre.

Los sacerdotes nos condujeron a través de un patio con numerosos altares de bronce y llegamos a la entrada al templo, flanqueada por dos grandes columnas. Solo Aníbal pudo acceder al interior, acompañado por Arisqart. Los dos sacerdotes más jóvenes nos explicaron que en el espacio sagrado del templo se encuentra el fuego del dios, que ha ardido sin interrupción desde la fundación de la ciudad, hace casi veinte generaciones, pocos años después de la caída de Troya. Pudimos observar los relieves de bronce en el frontispicio, representando escenas de los trabajos de Melqart, y a numerosos devotos, hombres de mar en su mayoría, que traían víctimas para el sacrificio y depositaban sus ofrendas en los altares. Vimos también, en ambos extremos del patio, los famosos pozos del dios, que jamás han dejado de producir la más dulce y exquisita de las aguas, y cuyo nivel asciende cuando baja la marea, y al contrario. Es un lugar conmovedor donde se percibe la divinidad en el aire. En todo momento tuve la impresión de que Melqart estaba mirando en mi interior, comprobando mi devoción y mi lealtad.

Cuando Aníbal salió de nuevo estaba pálido y sudoroso, como si hubiera realizado un gran esfuerzo, pero tanto su mirada como su sonrisa eran las de un hombre iluminado, ungido por el dios. Nos hizo regresar de inmediato a los barcos, sin hacer ningún comentario sobre lo que le había acontecido en el interior del templo.

Levamos anclas y navegamos bordeando Kotinoussa. La isla está cubierta de olivos y acebuches y todo su propósito es sagrado: alberga templos y, en su mitad septentrional, una gran necrópolis. En el extremo opuesto al del santuario de Melqart, sobre un cabo que parece estar a punto de desprenderse del resto de la isla, se encuentra el templo de Baal Hammón, tan magnífico y sobrecogedor como el anterior. Al pasar en el barco a sus pies sentí que la cercanía del dios me llenaba de luz interior. He tenido la fortuna de poder visitarlo hoy; las visiones que he experimentado deben quedar entre el dios y yo. Gracias, Baal Hammón, mi gran Señor; ante ti se inclina tu siervo.

Al rodear el cabo nos encontramos frente a la isla de Erytheia, separada del extremo de Kotinoussa por un estrecho canal que sirve de fondeadero para un sinnúmero de barcos. En el extremo situado frente al templo de Baal Hammón se encuentra el templo de Astarté, de piedra blanca, refulgente al sol de la tarde, rodeado de bosques sagrados. El resto de la isla está ocupado por la ciudad de Gadir, un laberinto espléndido de casas, templos y grandes edificios públicos, con un conjunto de muelles rematado por los nuevos astilleros militares que ha ordenado construir Asdrúbal. Junto a ellos está el puerto militar, hacia el que nos dirigimos, desplegando al viento los estandartes con el rayo de los Bárquidas y haciendo sonar los cuernos.

Fue un espectáculo impresionante. La noticia de nuestra llegada nos había precedido y la ciudad entera se echó a los muelles para vernos pasar, vitoreándonos sin cesar. Aníbal saludaba desde el puente del Gloria, con una expresión de orgullosa alegría que cautivó a todos.

La noche lo fue de homenajes y celebraciones. El consejo de notables de la ciudad, junto al comandante de la guarnición, celebraron un banquete en honor de Aníbal, mientras la tropa, la marinería y los remeros se desperdigaban por toda la ciudad. Tan pronto como comprobé que Aníbal no me requería, me apresuré a buscar a mis antiguos compañeros. Al principio me recibieron con recelo, como si hubiera contraído alguna enfermedad o cometido una traición. Pero la dulce noche de Gadir, su música y sus perfumes, la danza y el vino, pronto disiparon cualquier recelo. Y no diré más.

Hoy me despertó Cartalón con la noticia de que Aníbal me reclamaba de nuevo. Con él he visitado la ciudad entera: las nuevas fortificaciones y los astilleros, el puerto comercial y el militar, las plazas donde vocean sus mercancías y cierran tratos los gremios, el tofet sagrado, el templo de Astarté y, por fin, el de mi gran Señor, Baal Hammón. Me he sentido inflamado por la presencia inmarcesible del dios.

Mañana continuamos nuestra singladura. Solo me consuela pensar que a nuestro regreso volveremos a Gadir la bella, repartida en sus dos islas, en el umbral del océano. Si así lo desea mi gran Señor, Baal Hammón; ante ti se inclina tu siervo.

 

El cuarto día de viaje amaneció con el horizonte de poniente amurallado de grandes nubes grises, que se aproximaron con celeridad hacia ellos a lo largo de la mañana. A mediodía vadearon un río turbio y exhausto que señalaba el término del territorio oretano y el comienzo del carpetano. A partir de ese momento se mantuvieron apartados de los caminos principales, eligiendo la hondura de los bosques, cada vez más densos, de pinos piñoneros, encinas y madroños. A media tarde las nubes descendieron hasta disolver en su sombra pizarrosa las cumbres de los montes. Llegó un frío súbito y afilado, y comenzó a llover. Al contacto del agua la tierra exhaló un vapor que a Argonio le pareció el ritual postrero del verano: dejó que las gotas le rodaran por el rostro y se llenó el pecho de un perfume hecho de arcilla y romero, de paja y piedra, de las acículas al fin liberadas del polvo, de las crines húmedas de los caballos. Puso las palmas de las manos sobre Betis y percibió cómo a través de los cascos del animal ascendía hasta él la vibración del regocijo del mundo.

Llovió sin descanso durante toda la noche y el día siguiente, hasta que el campo quedó ahíto de agua y comenzó a alumbrar arroyos y charcas por todas partes, y los jinetes quedaron tan empapados como si se hubieran sumergido en un estanque. Apenas pudieron encender un fuego, incierto y crepitante, cuando se detuvieron en un abrigo rocoso para pasar la noche. Cenaron unos puñados de bellotas e higos secos y algún tasajo de carne ahumada en mitad de la lluvia, con Ispania convertida en un aura de luz desfalleciente alrededor del fuego y una infinita oscuridad rumorosa más allá. Los ólcades mostraron un ánimo melancólico que sorprendió a Argonio. Todos eran conscientes de que cada jornada que ellos pasaban avanzando dificultosamente bajo la lluvia, los navíos de Aníbal se dejaban empujar por el viento hacia las Casitérides.

El día siguiente despertó luminoso y radiante. El aire transparente, recién lavado, abría a la vista horizontes remotísimos, haciendo del mundo un lugar más vasto y más alcanzable al mismo tiempo.

Habían pasado ya ese punto en que el viaje deja de tener que ver con el origen o el destino y se convierte en el propio movimiento: un río que no elige su curso, sino que sigue ciegamente la orografía del azar, dejándolo todo atrás.

 

Veintitrés días después del equinoccio de otoño.

 

En los días que siguieron, mientras a estribor se abría el océano infinito e ignoto, mantuvimos a babor la costa de dunas y pinares de la Beturia, entre

la desembocadura del Betis y la del Anas[10], y, más allá, el monótono horizonte de arena de la tierra de los cinetes. El levante infatigable de estas costas convierte a la navegación en una suerte de latido, como si la respiración del mundo meciera al barco en su tedio.

Hicimos noche sucesivamente en Onoba[11], Esuris, en la desembocadura

del Anas, Ossonoba[12] [13] y Lacobriga, muy cerca ya del promontorio que los

cinetes llaman Sagrado[14]. Estos cinetes son celtas que llevan generaciones aceptando el comercio de nuestra gente de Gadir, y recibieron a Aníbal con admiración y respeto.

Tras el promontorio Sagrado la costa se orientó bruscamente hacia septentrión, y el océano se hizo más áspero. Yphtan, el piloto que embarcamos en Gadir para guiarnos por esas aguas, en ausencia del malhadado Adonibaal, nos explicó que la costa a la vista era ya la de los lusitanos, y que muy pocos de sus puertos son amistosos para la gente púnica. Por esa razón, las dos noches siguientes tuvimos que echar el ancla en bahías despobladas, y esperar al alba sin pasar a tierra, manteniendo una fuerte vigilancia en las cubiertas, y no fue hasta que llegamos a Caetobriga que pudimos cargar agua y dar a los hombres unas horas de diversión y tierra firme.

Eso fue ayer. Hoy hemos costeado hasta llegar a Olisipo[15], en el extenso

estuario en que desagua el Tagus[16], donde hay una modesta colonia fenicia que ha agasajado a Aníbal con un banquete al que no he sido invitado. Tanto mejor, porque he cenado en compañía de Yphtan y me ha contado numerosos relatos de estas costas y de las gentes que las pueblan. No me cabe duda de que muchos de ellos son producto de su fantasía, como el que afirma que las yeguas de Olisipo tienen la facultad de quedar preñadas por el viento favonio; pero eso no los hace menos interesantes.

 

El terreno comenzó a ascender hacia una cadena de altos montes, alzada en toda la anchura del horizonte como una colosal muralla de piedra gris. Cruzaron densos bosques de pinos y madroños, de encinas y robles de hojas marchitas; se sumergieron en un paisaje cada vez más desolado y agreste. Argonio miraba a su alrededor con una mezcla creciente de curiosidad y recelo. Sabía que la sierra que habían comenzado a cruzar era una tierra de nadie, disputada, desde hacía generaciones, por tres pueblos. Hacia el noreste se prolongaba el territorio de los carpetanos, salpicado de pequeños poblados bien visibles en lo alto de las lomas más prominentes. En dirección contraria daban comienzo las tierras altas, ásperas y montuosas, de los vettones, un pueblo de ganaderos, de antigua raigambre céltica, con fama de arrogantes y belicosos. Y, más allá de las montañas, extendiéndose hasta las vegas del

Durio[17], el gran río que atravesaba una buena parte de Ispania en su camino hacia poniente, estaban los vacceos, emparentados con los celtíberos arévacos de Termancia y Numancia, célebres por sus vastas extensiones de cereal cultivadas en común. Los viajeros contaban con encontrar apoyo entre ellos, pero antes debían cruzar una extensa sucesión de páramos y roquedales.

Avanzaron despacio, trabajosamente, en una permanente cautela que extinguió las conversaciones y los sumió a todos en un silencio tenso y atento. Argonio distrajo su aprensión escrutando el horizonte, hasta quedar cautivado por las alturas vertiginosas de la sierra. La altitud y el granito se aliaban para conferir al aire propiedades singulares: flotaba sobre el mundo una transparencia que convertía la distancia en algo a la vez nítido y vaporoso, al alcance de la mano. Las inmensas montañas cárdenas, cubiertas de pinos de tronco anaranjado y de matorrales pardos, crecieron hasta rodearlos por todas partes, y Argonio se sintió como un intruso al escuchar su conversación, hecha de los ecos geológicos del viento y los arroyos.

No tardaron en encontrar la huella de la presencia de los vettones. En la linde de un prado, en una vaguada encajada entre dos riscos, vieron la estatua de un gran toro tallado en granito, como una advertencia pétrea del comienzo del territorio de una tribu. Más adelante vislumbraron un rebaño de bueyes en la distancia, y luego otro más, guardados por pastores provistos de largos cayados. Comenzó a llover de nuevo y la marcha se hizo cada vez más lenta y dificultosa. Al atardecer debieron dar un amplio rodeo para evitar un poblado, ceñido por un campo de grandes piedras hincadas en el suelo, que dominaba el camino desde lo alto de un risco; tenues columnas de humo brotaban de su seno para disolverse en la bruma del horizonte.

En el ánimo de Argonio y sus compañeros, comenzó a instalarse el temor de que estaban viajando con excesiva lentitud. Según los planes que habían hecho al organizar el viaje, hubieran debido encontrarse ya cerca del Durio. Bekoníltir se mostraba cada vez más irritable y displicente, urgiéndolos a todos a apresurar el paso de un modo que obligó a Gerión a pararle los pies en dos ocasiones. El desagrado que le inspiraba a Argonio se convirtió en una intensa sensación física, como una náusea constante, irrefrenable.

Pero todas las precauciones de los jinetes no bastaron para evitarles un encuentro.

Para franquear el paso de montaña que daba acceso a la vertiente norte de la sierra, se vieron obligados a bajar al camino, una pista tortuosa encajada entre grandes bloques de granito. Y allí, sin que ninguna voz o relincho les sirviera de advertencia, se dieron de bruces con una partida de vettones que hacían un alto junto al sendero. Ambas partes se sobresaltaron por igual, y Gerión guardó la retaguardia mientras apremiaba a los suyos a galopar hacia adelante, antes de que los vettones pudieran cerrarles el paso. Argonio los vio al pasar, mientras recogían sus armas y corrían a sus monturas. Eran hombres grandes, de largas cabelleras trenzadas en las sienes, con aros en la nariz y los brazos cubiertos de tatuajes azules. Sintió que el corazón se le encogía. Por un instante conoció el sabor ácido y quemante del peligro, y en un destello de intuición comprendió que nadie, ni siquiera él mismo, podía desoír su llamada oscura.

Los vettones salieron tras ellos, pero se habían demorado en exceso y terminaron por quedar atrás. Una única jabalina cayó entre los fugitivos, arrancando a la piedra fútiles gritos metálicos.

Esa noche, con la alarma aún instalada en el pecho de Argonio como una trepidación, plantaron el campamento en el corazón del pinar. Un frío repentino cayó sobre ellos como si hubieran entrado en otro mundo y este quisiera hacer notoria desde el primer instante su hostilidad. A la luz del fuego vieron caer puñados de copos de nieve, revoloteando indecisos en el aire helado, hasta deshacerse como mariposas suicidas entre las llamas.

Antes de amanecer ya estaban de nuevo en marcha, ateridos y con la fatiga del viaje clavada en los huesos. Descendieron siguiendo el curso del río

Irisama[18], que no tardó en ganar caudal y mansedumbre al entrar en la vasta

llanura, y al término del día siguiente llegaron a Cauca[19], protegida por imponentes murallas de ladrillos cocidos, y rodeada por pinares y campos de cultivo.

Cauca los recibió sin recelo y pudieron pasar la noche en una posada en la que se encontraron con viajeros de muchos rincones de Ispania. Cenando en la amplia estancia ahogada de humo, de olor a orines y cerveza, del estruendo de las risas y las voces, Argonio se encontró sumergido en el vértigo del viaje, cuando los rostros inesperados con que te observa el mundo parecen no tener fin, y te hacen entender que el fragmento de él que has conocido hasta entonces es tan pequeño que resulta, y te hace resultar, insignificante. Contempló fascinado los rostros, escuchó la confusión de lenguas, y experimentó un anhelo irrefrenable de descubrirlo todo, de comprenderlo todo.

Al atardecer del día siguiente llegaron a la ribera del gran Durio, de aguas arremolinadas y arcillosas, discurriendo en la penumbra de un denso bosque de chopos amarilleantes, de endrinos y zarzamoras. Argonio pronunció para sí una plegaria de gratitud a Belisama por haberle dado la gracia de contemplar, por fin, el curso del legendario río.

A esa hora el camino estaba lleno de campesinos que regresaban a la

ciudad de Amallobriga[20], bien visible, un millar de pasos aguas abajo, sobre un ancho espolón de los páramos que se asomaba a la vega del río.

Comenzaba a llover cuando se presentaron ante la puerta de la ciudad y Saunio mostró al centinela una tésera, pronunciando el nombre del tratante de ganados con quien su familia había establecido lazos de hospitalidad años atrás, antes de la guerra de Amílcar, cuando los vacceos llegaban hasta los montes ólcades atraídos por la fama de sus caballos y sus espadas de acero. «Idobáster», dijo, y el guardia asintió y les franqueó el paso. En una lengua que parecía un dialecto áspero y entrecortado del celtíbero que hablaban los ólcades, les indicó el camino hacia la casa de su anfitrión.

Tan pronto como se adentraron en las calles les rodeó el bullicio hospitalario de la pequeña ciudad.