El camino de Compiègne
La derrota de Choiseul
Existía un partido fuerte al que Choiseul tenía que hacer frente, y en el centro de ese partido se hallaba madame Du Barry. Juana atendía a los consejos de Richelieu, d’Aiguillon, Maupeou, el abad Terray y otros. «Persuadid al rey de esto, de lo otro…».
El rey la escuchaba, pues Luis a sus sesenta años comenzaba a anhelar cada vez más la paz; Juan Bautista y su hermana Chon avisaban a madame Du Barry de que uno de los dos, Choiseul o ella, tendría que renunciar a su puesto. Así las cosas, las apuestas empezaban a ser favorables a madame Du Barry.
El duque, tan astuto como de costumbre, se atrincheró en su nobleza y se negó en redondo a creer que una fille de rien pudiera llegar a tener tal importancia para la corona de Francia. Madame de Pompadour, al menos, había formado parte de la burguesía; fue una mujer de educación, que en pura lógica podía compararse a otros miembros de la corte. Por consiguiente, él comprendió casi de inmediato que sería más sensato ponerse de su parte, y no en contra de ella. En cambio, seguía teniendo a madame Du Barry como una mujer indigna de sus atenciones.
Choiseul empezaba a ser culpado por el fracaso de la guerra de los Siete Años, lo cual era a todas luces injusto, ya que dicha guerra había sido un desastre absoluto antes incluso de su llegada al poder. Se recordaba que había gastado treinta millones de libras en un intento por crear una colonia en la Guayana, para lo cual había enviado allí a doce mil habitantes de Alsacia y Lorena. Casi todos los candidatos a colonos habían fallecido.
—¿Por qué hay que considerar a Choiseul como un gran estadista, como un hombre esencial para Francia? —se preguntaban los barriens—. Basta con atender a ese simple dato.
Era verdad que había logrado la anexión de Córcega, aunque a tal efecto hubo de emplear una considerable suma tomada de los fondos públicos, que a su vez eran recaudados de entre las capas más empobrecidas del pueblo. También olvidaron cómo había refortalecido al Ejército y a la Armada.
A medida que madame Du Barry fue resultando más y más importante para el rey también empezó a ser más inevitable la desgracia de Choiseul.
Entretanto, d’Aiguillon se había enemistado con los magistrados de Rennes por haber procedido al arresto de La Chalotais, el fiscal general que tanto trabajó contra los jesuitas, y que tanto se había burlado de la debilidad con que se trataban los asuntos relacionados con los bretones.
Muy indicativo de los tiempos que corrían fue el hecho de que en cada una de las provincias de Francia comenzaron a preguntarse qué había ocurrido con las libertades del pueblo. Cuando el duque d’Aiguillon se propuso obligar a obedecer al Parlement de Bretaña, el Parlement de París se alzó en señal de protesta para apoyar la posición de sus colegas bretones.
Luis también se vio arrastrado a este conflicto que lo enfrentaba con todos sus parlements.
Cuando La Chalotais escribió al rey una carta quejándose contra d’Aiguillon, éste ordenó el arresto de La Chalotais. El Parlement aprobó una orden de procesamiento contra d’Aiguillon, al cual acusaban de embolsarse dinero del erario público; con esta acusación contra su persona, como el Parlement de París se negó a enjuiciar a La Chalotais, d’Aiguillon acudió a París para exigir allí una reparación de su honor.
Luis presidió el tribunal que lo enjuició; los miembros del Parlement acudieron a Versalles para este propósito.
El rey, sin embargo, deseoso de rehuir las constricciones impuestas a la monarquía por el Parlement, destruyó, al cabo de dos sesiones, los documentos que comprometían a d’Aiguillon, y declaró al duque inocente de todas las acusaciones.
El Parlement se fue de Versalles y en París se hizo una declaración en el sentido de que, a pesar del rey, d’Aiguillon debiera ser «privado de todos sus derechos y privilegios de par de Francia, hasta que haya purgado las sospechas que mancillaron su honor».
La declaración fue un insulto directo a Luis, al recordarle que, en realidad, el Parlement tenía más poder que la monarquía. Nada podía encender con más furia la cólera de quien siempre se había creído poseedor del divino derecho que asiste a los reyes.
Como Choiseul tenía que ponerse de parte del Parlement, los barriens hallaron de esta forma el medio idóneo para acabar con el ministro y con su camarilla, pasando ellos a ocupar el poder.
El canciller Maupeou se situó de parte del rey, a pesar de que el puesto le había sido concedido por Choiseul; sin embargo, creía que sólo con la destitución de Choiseul alcanzaría el poder que aún ansiaba. Por consiguiente, aunque hasta ese instante fingió lealtad hacia Choiseul, en el momento en que éste parecía a punto de iniciar su declive, pensó que ya no tenía por qué seguir fingiendo.
Maupeou se había unido a los barriens, y en el seno del partido se discutió qué política podría contar con el apoyo del rey, con la mediación, cómo no, de madame Du Barry.
En las calles de París, la pugna abierta entre el rey y el Parlement iba en aumento. El cambio se podía palpar en el aire. Hacía tanto tiempo que el pueblo odiaba a Luis que muy pocos recordaban ya aquellos tiempos en que había sido Luis Le Bien-Aimé.
Los que se dedicaban a escribir y a cantar canciones estaban muy ajetreados. En los cafés, se rezaba irónicamente una nueva oración:
Padre Nuestro, que estás en Versalles, santificado sea tu nombre;
tu reino está deshecho; hágase tu voluntad tan poco en la tierra como
ha hecho en el cielo; devuélvenos el pan nuestro de cada día que nos
has robado hoy. Perdona a tus parlamentos, que han apoyado tus
intereses, así como perdonas a tus ministros, que los han vendido unos
tras otros. No te dejes caer en la tentación por la Barry, y líbranos del
demonio del canciller. Amén.
Todo París se quedó patitieso al ver el magnífico carruaje que el duque d’Aiguillon había obsequiado a madame Du Barry, presumiblemente en reconocimiento por el apoyo que el rey le había dado durante el juicio.
El escudo de los Barry estaba en el centro de cuatro paneles de oro, y dos palomas, que representaban al rey y a su amante, aparecían en un nido de rosas.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que jamás había existido antes un carruaje tan lujoso; a su lado, el de la esposa del Delfín parecía de lo más barato.
El coste de aquel vehículo de ensueño, según se descubrió, rondaba las cincuenta y dos mil libras.
—¡Cincuenta y dos mil libras! —dijo el pueblo—. ¡Y nosotros no podemos pagar ni dos sous por el pan!
Choiseul comenzó a ver con total claridad el desastre que se le avecinaba, y pensó que sólo la guerra podría salvarle de la destitución, ya que en ese supuesto sí sería indispensable a su país.
Comenzó unas negociaciones secretas con España, esperando que este país provocara la guerra contra Inglaterra, debido a una disputa que había enfrentado a ambos países por la posesión de las islas Malvinas. Pero con los recientes ejemplos de cuan desastrosa podía ser la guerra, los españoles no estaban de humor para precipitarse y romper las hostilidades que salvarían a Choiseul, y rechazaron su idea.
Choiseul se vio arrinconado. No le quedaba otra alternativa que desvelar sus intenciones, y de inmediato fue acusado por el abad Terray, por d’Aiguillon y por Maupeou de intentar a toda costa provocar una guerra.
Choiseul luchó a la desesperada por conservar su posición. Solicitó una entrevista con el rey, en el transcurso de la cual le aseguró que si condenase al destierro a Maupeou y a Terray, el Parlement dejaría de causar problemas. Por otra parte, el canciller, junto con el abad y con d’Aiguillon, comunicaron al rey que la única manera de ahorrarse problemas era la destitución de Choiseul.
Juana du Barry recibió el aviso de sus amigos de que era el momento de presionar para la destitución de su enemigo.
Ella lo hizo así, y el resultado fue la redacción de una carta dirigida a Choiseul.
A pesar de todo, el rey no se decidió a ordenar que le fuese entregada. Recordaba que Choiseul había sido el jefe del gobierno durante doce años, y que en todos esos años, considerando el estado en que se encontraba la nación cuando Choiseul ocupó el puesto de primer ministro, Francia no había tenido tanto infortunio como cabría haber esperado.
No obstante, los barriens lo presionaban, y él se sentía demasiado aburrido con aquella situación, sólo deseaba una cosa: dejar la política de Versalles a cambio de una vida de paz en su retiro del Petit Trianon, en compañía de madame Du Barry, la única persona que le entretenía y le producía auténtico placer.
Eran las once de la mañana del día de Nochebuena de 1770, y el duque de Vrillière visitó a Choiseul.
—Ah —dijo Choiseul—, bienvenido, amigo mío.
Su tono fue irónico, sabedor de que Vrillière no era amigo suyo.
—Traigo una carta de Su Majestad —le informó Vrillière.
Nada más coger la carta, Choiseul supo que la antigua dependienta de Labille había vencido al astuto estadista. ¿No era algo característico de los asuntos propios de la corte de Luis XV?
Decidió que Vrillière no percibiese su desesperación.
Abrió la carta y la leyó.
Primo, la insatisfacción que me han causado vuestros servicios me
obliga a desterraros a Chanteloup, en donde os alojaréis en el plazo de
veinticuatro horas. Os habría ordenado que marcharais más lejos, de
no haber sido por el particular respeto que siento por madame de
Choiseul, y cuya salud me interesa mucho. Tomad el debido cuidado
para que vuestra conducta no me obligue a cambiar de parecer. Ruego
a Dios, primo, que os tenga en su santa custodia.
Luis
«¡Chanteloup! —pensó Choiseul—. ¡Qué lejos del deslumbrante mundo de Versalles!».
Así pues, ése era el fin de la gloriosa carrera de estadista que había ganado bajo el favorable auspicio de madame de Pompadour, y que se había perdido bajo el desfavorable auspicio de madame Du Barry.
La única lección que un hombre de su inteligencia debiera haber aprendido antes: siempre hay que ser amigo de la amante del rey.
—Monsieur duque —dijo Vrillière—, lamento en lo más profundo que se me haya escogido para cumplir tan ingrato deber.
Choiseul se echó a reír.
—Monsieur duque —repuso—, sé perfectamente que habríais encontrado muy difícil hallar una tarea más agradable que ésta.
Vrillière hizo una reverencia y Choiseul vio la sonrisa de satisfacción que le afloró a los labios. Lo mismo harían todos los que, más inteligentes que él, habían decidido enrolarse en el partido de los barriens.
Envió a sus criados para que acompañasen a su esposa a su presencia.
Cuando llegó, lo miró con un interrogante en los ojos. Tenía un rostro adorable, pensó el duque; él no la había correspondido como debiera. Ella le había dado una insólita fidelidad, así como su inmensa fortuna. Además de eso, debido al respeto que el rey sentía por ella, no era desterrado más allá de Chanteloup. Ella había rechazado las atenciones del rey por fidelidad a un esposo que jamás fingió siquiera serle fiel, y que nunca mantuvo en secreto el hecho de que amaba más a su hermana que a su esposa.
—¿Qué sucede, Étienne? —le preguntó—. Diríase que afrontáis la ruina.
—He de afrontar la ruina.
Ella cogió la carta de sus manos y la leyó.
—¿Y bien? —dijo él.
—En este mundo hay lugares tan hermosos como Versalles —respondió ella—. Yo creo que Chanteloup es uno de ellos.
—¿Nada que reprochar? —preguntó—. Tendremos que vivir exilados, y podría haber sido de otro modo muy distinto. Si me hubiese hecho amigo de esa ínfima criatura… Si le hubiese sonreído, adulado…
Ella sacudió la cabeza.
—Étienne, esa mujer no tiene ya ninguna importancia para nosotros.
—¿Ah, no? —de pronto, se echó a reír—. Yo no la olvidaré jamás. La recordaré… en Chanteloup.
—¿Es que no podéis vivir vuestra vida y dejar que ella viva la suya?
Él la agarró por los hombros.
—Sois demasiado amable, querida mía. Los hombres como yo sólo vivimos en la lucha, y esta batalla no ha terminado.
Dio por concluido el abrazo y se alejó de ella, ya que la duquesa de Gramont acababa de entrar en la estancia.
—¿Es posible? —le interrogó.
Él le tendió la carta.
La leyó, la arrojó al suelo y la pisoteó.
—¡Esto es obra de esa mujerzuela!
—En efecto —dijo Choiseul—, y nuestra también, pero la batalla no ha terminado aún. Nos retiraremos tácticamente a Chanteloup para proseguir la lucha desde allí. No olvidéis que Luis tiene más de sesenta años. Pensad en la vida que ha llevado. La esposa del Delfín es amiga mía, y enseguida dominará por completo a nuestro genial y, sin embargo, letárgico Delfín. Oh, no, la batalla no está perdida aún. Venid, vayamos a cenar. Supongo que la cena sabrá tan bien a los exilados como a quienes se quedan en la corte… no por mucho tiempo.
Choiseul se marchó de Versalles a Chanteloup con su esposa y con su hermana.
Cruzaron la capital seguidos por numerosos carruajes, en los cuales viajaban sus criados y sus pertenencias.
Los ciudadanos contemplaron su paso.
—Ahí va un gran hombre —dijeron—. Ha sido expulsado porque madame Du Barry ha dicho que se vaya.
Choiseul sabía bien qué estaban pensando y sonreía benignamente por ello. Estaba seguro de que no pasaría demasiado tiempo antes de su regreso.
«A Chanteloup —pensó—. Allí organizaremos una corte que será casi tan lujosa como la de Versalles, y quizá más brillante; daremos la bienvenida a los filósofos, a los escritores más brillantes; escribirán canciones y sátiras; y un día no muy lejano, será madame Du Barry la que habrá de marcharse de Versalles por haber caído en desgracia, un día en el que los Choiseul regresaremos victoriosos».
Con la destitución de Choiseul, el Parlement había perdido su apoyo más poderoso.
Maupeou hacía todo lo posible por persuadir al rey de que era preciso recortar el poder del Parlement mediante la creación de un nuevo sistema.
No obstante, Luis estaba indeciso, después de haber cedido finalmente a decretar la destitución de Choiseul.
Madame du Barry fue requerida para ayudarlo a tomar una decisión, cosa que hizo colocando en sus aposentos un gran retrato de Carlos I de Inglaterra pintado por Vandyke. Puso por excusa el hecho de que los Barry eran parientes de una familia irlandesa, los condes de Barrymore, algo emparentados a su vez con los Estuardo. De ese modo, según dijo Juana, el caballero del cuadro era su pariente.
No obstante, la auténtica razón por la cual colgó ese cuadro fue para que sirviera a Luis como recordatorio perpetuo de lo que había ocurrido a un rey
que se mantuvo en constante conflicto con su Parlamento[20].
A medida que la situación fue empeorando, y que los barriens decidieron que era preciso hacer algo cuanto antes, Juana recibió la orden de comunicar verbalmente al rey lo que le había ocurrido con Carlos I.
Ella así lo hizo, abrazando a Luis.
—Este cuadro se me antoja una advertencia. Oh, Luis, desmantelad el Parlement. Recordad que fue un parlement el que ordenó que decapitaran a ese hombre.
Luis se volvió hacia el trágico rey del retrato.
Recordó las miradas del gentío, el hosco murmullo, el estado de la nación.
Dio una orden, y una fría noche de enero sus mosqueteros visitaron los domicilios de todos los magistrados, a los que entregaron las correspondientes lettres de cachet, que por fuerza debían aceptar a menos que accedieran a crear un nuevo sistema de reglas que a su debido tiempo sería estipulado por el rey.
Todos ellos se negaron en redondo, aceptando en cambio las lettres de cachet. Se formó un nuevo gobierno bajo el triunvirato de d’Aiguillon, ministro de exteriores; Maupeou, canciller; y Terray, administrador general de cuentas.
Luis se dirigió a los miembros del nuevo Gobierno el día de la investidura.
—Os ordeno que comencéis de inmediato el cumplimiento de vuestros deberes. Prohíbo expresamente toda deliberación que sea contraria a mis intereses y toda alegación en favor de mi antiguo Parlement, pues nunca he de cambiar de parecer.
Las nubes de la revolución habían comenzado a adquirir forma bien definida sobre los cielos de Francia.