El camino de Compiègne

Jean Plaidy · Capítulo 6 de 21

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El camino de Compiègne

La condesa de Choiseul-Beaupré

 

Durante todo el año pareció como si la sombra de la muerte planease sobre Versalles. Había llegado el verano, muy caluroso, y el rey había ido con madame de Pompadour al castillo real de Compiègne, para dedicarse a la caza.

Un día, la esposa del Delfín se despertó con una sensación ominosa, quizá por la mala noche pasada. Se había despertado varias veces descubriendo que el Delfín hablaba en sueños; cuando ella le dirigió la palabra, él le respondió de forma incoherente.

Al tocarle la frente descubrió que estaba muy acalorado; de ese modo, ella pasó la noche casi en vela, y tan pronto se hizo la luz se incorporó para observar al Delfín, que en esos momentos dormía.

Su rostro enrojecido le dijo que el Delfín tenía fiebre. Se levantó, avisó a los criados y ordenó llamar a los médicos.

En cuestión de pocas horas la noticia se extendió por palacio y recorrió todo París: el Delfín padecía de viruela.

No existía enfermedad más temida que aquélla: era muy contagiosa, rapidísima de acción y, sobre todo, responsable de la muerte de miles de personas.

La esposa del Delfín estaba aterrada. No alcanzaba a imaginar su vida sin su marido, y era plenamente consciente del peligro en que él se hallaba.

Los médicos le dijeron que debía abandonar sus aposentos. Tal vez hubiese contraído ya la enfermedad. Debía comprender que quedándose junto al lecho de su esposo no haría otra cosa que jugar con la muerte; y en el supuesto de que lograse burlarla, tal vez quedase horrorosamente marcada de por vida.

—Mi lugar está a su lado —dijo ella con firmeza—. Mi sitio es éste, más que el de ninguna otra persona, y aquí he de permanecer.

No dejó que nadie la disuadiera: vestida con un sencillo ropaje blanco se ocupó de todos los cuidados íntimos que el enfermo necesitó. Apretó los labios con fuerza; no lloró, sino que murmuraba oraciones sin cesar, a medida que trabajaba en el aposento del enfermo: «Si todo lo hago por él —se decía — lo salvaré, ya que todo lo que sea necesario lo haré mejor que ningún otro. Tengo que hacerlo, porque lo amo. —Pero, al poco tiempo, empezó a decir—: Yo lo salvaré. No va a morir». Y con eso sintió una gran paz de espíritu, pues pensaba que todo el que pusiera tanto empeño en desear algo como ella hacía, de ninguna manera podía fallar.

Una y otra vez se le aconsejó que no frecuentara el aposento del enfermo; una y otra vez le recordaron los horrores de la enfermedad, sus terribles consecuencias; ella se limitaba a sonreír no sin tristeza.

—¿Qué precio sería demasiado alto para pagar por su restablecimiento? —preguntó.

A partir de ahí todos supieron que no tenía sentido alguno intentar disuadirla.

La noticia llegó a Compiègne y alcanzó al rey a su regreso al castillo, después de cazar.

Luis se quedó aterrado.

—Debo regresar de inmediato a Versalles —dijo.

—Mi queridísimo sire —aventuró la marquesa—, el peligro que corréis en Versalles es grande.

—Madame —respondió el rey con tristeza—, mi hijo, el Delfín, está en peligro de muerte.

—Nos dispondremos a emprender viaje de inmediato —dijo la marquesa con una reverencia.

«¡La muerte! —pensó el rey—. Es como un espectro que me persigue, una sombra gris que no deja ver la luz a mi familia. En febrero perdí a mi hija más querida; ¿habré de perder ahora a mi hijo?».

Se alegró de que el camino de Compiègne a Versalles estuviera construido. En un momento como ése, las miradas disimuladas, las acusaciones que daban a entender que «ése es el castigo que merecéis», le habrían resultado insufribles. El pueblo atribuiría la enfermedad del Delfín a la misma cólera divina a la que había atribuido la muerte de Ana-Enriqueta. No, en tales momentos no podría haber soportado la expresión triunfal de sus súbditos.

Si el Delfín muriese, el heredero al trono sería el recién nacido duque de Borgoña. Si él mismo, Luis, tuviese que morir, Francia se encontraría a otro niño como rey. El Delfín no podía morir.

La marquesa quiso consolarle durante el viaje de regreso a Versalles.

—Tengo entendido que un médico llamado Pousse —dijo— es el que más sabe de viruela en todo el mundo. ¿Querría Vuestra Majestad considerar la posibilidad de hacerlo llamar? Es un burgués que nada sabe de las costumbres y la etiqueta de la corte, pero está considerado como el hombre que más vidas ha salvado entre los enfermos de viruela. ¿Querrá Vuestra Majestad que sea conducido a Versalles?

—Debemos aprovechar todas las oportunidades que se nos presenten — dijo el rey—. Sí, poco importa cuáles sean los orígenes de ese hombre. Hacedle llamar.

—Ordenaré que venga sin dilación —dijo la marquesa.

 

Luis estaba sentado junto al lecho del Delfín. Con un gesto había ordenado que los dejaran a solas, para no tener que soportar a todos los que quisieran recordarle el riesgo que corría.

«Hijo mío. ¡Mi único hijo! Ojalá hubiésemos sido mejores amigos».

Con qué amargura lamentaba las diferencias que habían surgido entre los dos. Intentó recordar en qué época habían comenzado a distanciarse. Se vio de camino a los aposentos del Delfín, cuando éste no era más que un adolescente, y recordó cómo se arrojaba el muchacho en sus brazos.

«Entonces —pensó el rey—, me amaba como no amaba a nadie más. Ahora siente indiferencia hacia mí como persona, e incluso es mi antagonista en calidad de rey. Tiene que haber no pocos momentos en que piense en ocupar mi sitio. ¿Acaso ansia que llegue el día en que yo ya no esté?».

¡Qué triste era la vida!

«Si al menos pudiésemos lograr que el tiempo se detuviera, lograr que las cosas sean así para siempre…». Si pudiese, seguiría siendo joven; un joven esposo, un joven padre, un joven rey a la vista del cual el pueblo exclamase: «¡Larga vida a Luis el Bienamado!». Al volver la vista atrás, se imaginó que el camino de Compiègne era como una cinta que partía su vida en dos, que separaba la primera mitad de la segunda. La siembra, se podría decir, y la cosecha.

Junto al lecho de su hijo sintió un intenso deseo de ser un hombre bueno, un buen rey, amado por su corte y por su pueblo. Pero con el tiempo se había tornado demasiado cínico. Conocía de sobra lo pasajeros que, en el fondo, eran esos estados de ánimo en los que prevalecían el pesar y el arrepentimiento.

Terminaban por pasar, de forma tan inevitable como el tiempo.

El doctor Pousse cruzó los aposentos del Delfín como un torbellino. No es que pasara por alto la etiqueta de palacio; es que ni siquiera la conocía. Ignoraba las diferencias que había entre un conde y un duque, no tenía ni idea de la reverencia que debía hacer ante cada cual; aunque si lo hubiese sabido, tampoco le habría preocupado en absoluto. Tenía un único objetivo en la vida: curar a los pacientes aquejados de viruela. A él no le importaba que fuesen herederos al trono de Francia o cocineros en la peor casa de comidas de la rué des Boucheries; los consideraba sólo como pacientes en quienes podía poner en práctica sus grandes conocimientos.

Entre todas las personas que rodeaban al Delfín sólo sintió aprecio por una persona: una mujer apacible, tranquila, vestida de blanco.

Le gustó. La mujer trabajaba sin armar alboroto; era capaz de hacer todo lo que se le pidiera, y, además, con gran eficacia.

—Marquesa —gruñó Pousse—. Cuando este joven se restablezca, deberá su recuperación a dos personas: a su médico y a su enfermera.

Cada vez que le ordenaba algo, con un ladrido, ella obedecía con rapidez. Tenían la máxima confianza uno en el otro.

—Bien, niña —le decía él—, asegúrate de que el paciente descanse. No quiero que nadie lo moleste; ni siquiera su padre.

—Entendido —respondía ella.

Pousse le dio una afectuosa palmadita en el brazo.

—Una buena enfermera es una gran ayuda para un doctor, niña —le dijo.

La situación del Delfín era fuente de una inmensa ansiedad, y el rey fue al aposento en que su hijo se encontraba para permanecer junto a él.

Pousse se aproximó a Luis y, agarrándole por uno de los botones de la casaca, se lo llevó a un lado para hacer un aparte con él.

Los pocos asistentes que acompañaron al rey al aposentó del enfermo se quedaron de una pieza al contemplar un gesto de tal familiaridad que les resultó inaudito. Pousse se percató de la sorpresa creada.

Sonrió de mala gana y olvidó por unos momentos a su paciente, para hablar con el rey.

—Bien, monsieur —dijo—, no sé cómo esperáis que os trate. Para mí no pasáis de ser el padre de mi paciente. Entiendo vuestra ansiedad, porque vuestro hijo está gravemente enfermo. Pero ¡animaos! El muchacho pronto estará estupendamente.

Luis puso las manos sobre los hombros del médico.

—Sé que podemos confiar en vos. No respetáis a las personas, sino sólo a la viruela —le dijo.

—Tengo un gran respeto por mi vieja enemiga —repuso Pousse, con ojos brillantes—. Pero esta vez la he derrotado. Y la enfermera ha sido de gran utilidad.

—La enfermera es la esposa del Delfín —le recordó el rey.

—La esposa del paciente, ¿eh? —dijo Pousse. Esbozó una leve sonrisa—. No tengo la menor duda de que no la he tratado como una dama de su posición espera ser tratada. De todos modos, siento por mi pequeña enfermera un afecto que no podría haber sentido por una gran dama. Haré que las nobles parisinas vengan a verla cuando sus maridos enfermen, para que aprendan bien qué se espera de ellas. Es una buena chica. Ya veo que os estoy dejando perplejo por mi falta de respeto ante los miembros de vuestra familia.

—Salvad al Delfín —dijo el rey— y os tendré por amigo mío de por vida.

 

Hubo un gran alborozo en la corte: el Delfín se había restablecido del todo; gracias, según se dijo, a la habilidad y a los conocimientos del doctor Pousse, pero también a la dedicación y a la entrega de la delfina.

Nadie podría haberse sentido más feliz que ella. Entendía que la enfermedad de su esposo los había unido más que nunca; se regocijó porque, como en todo momento se había sentido celosa de su antecesora, la primera esposa del Delfín, ahora podría decirse: María Teresa Rafaela nunca tuvo ocasión de cuidarle cuando estaba enfermo de viruela, aun a riesgo de su propia vida. Por fin tenía una ventaja sobre aquella primera esposa que había contado con todo el afecto del Delfín, muriendo cuando más intensa era su pasión, tras sólo dos años de matrimonio, de tal manera que para siempre quedó grabada en la memoria de su esposo: perennemente joven, embellecida por la distancia, ideal.

En cuanto al doctor Pousse, recibió una pensión vitalicia en pago a sus servicios.

La marquesa de Pompadour sumó sus felicitaciones a las del resto de la corte, si bien el Delfín las recibió con frialdad; como ella deploró la determinación del Delfín, decidido a tratarla como si fuese su más acérrimo enemigo, llegó a la conclusión de que iba a ser más ostentosa que nadie a la hora de las celebraciones.

Así pues, planeó dar una gran fiesta en Bellevue.

Iba a tratarse del agasajo más exuberante de los celebrados hasta la fecha. Los fuegos de artificio eran siempre muy populares, y podían tener gran efectividad; la marquesa planeó un despliegue nunca visto, incluido un aparatoso espectáculo que simbolizaría el restablecimiento del Delfín.

Iba a tratarse de un Delfín (el Delfín de Francia) entre serpientes de mar y otros monstruos de las profundidades, todos los cuales lo rociarían de un fuego que exhalarían sobre él. El fuego, explicó la marquesa, representaba la viruela. Apolo aparecería para destruir a los monstruos, y el Delfín aparecería entre ninfas encantadoras.

El Delfín no había perdido ni un ápice de su disgusto por la marquesa durante su convalecencia; además, había resurgido de tan duro trance refortalecido en su puritanismo. No iba a dejarse engañar por ese espectáculo de homenaje. No obstante, no pudo rehusar la invitación para asistir a Bellevue. Mientras se celebraba el espectáculo en su honor, estuvo sentado, contemplándolo, rodeado por sus amistades.

—El Delfín tiene cierto parecido con vos —dijo alguno de sus compañeros, temerosos de que pudiera producirse una cierta amistad entre el hijo del rey y la amante de éste—, pero ¡qué ser tan asqueroso! Se trata de una caricatura; tiene sin duda el objeto de ridiculizaros, Vuestra Alteza.

—¡Ved las serpientes de mar! —dijo otro—. Echan fuego por la boca, y se supone que representan al pueblo. Esto es una monstruosidad; el pueblo ama al Delfín. Madame Catin nunca persuadiría a la corte de lo contrario, por mucho que lo intentase.

—A decir verdad, parece que esa dama trata de ridiculizar al Delfín, con el pretexto de darle un homenaje. Es un truco digno de una dama tan astuta.

El Delfín, oyéndolos, cada vez se sentía más y más furioso contra la marquesa.

Cuando el espectáculo hubo concluido, se marchó bruscamente de Bellevue rumbo a Versalles. Todos los presentes se dieron cuenta de que el intento de la marquesa por complacer al Delfín había sido un fracaso absoluto, puesto que él estaba determinado a no dejarse halagar, dispuesto sobre todo a proseguir la guerra contra la marquesa hasta que uno de los dos falleciera o hasta que ella desapareciera de la corte.

Todos aguardaron las represalias por lo que el Delfín había decidido interpretar como un flagrante insulto a su dignidad.

Se produjeron días después de la fiesta en Bellevue, cuando la marquesa asistió a una recepción en los aposentos del Delfín, y tuvo que permanecer de pie —no le estaba permitido sentarse sin el permiso expreso del Delfín— durante dos horas.

La marquesa jamás había permitido que en la corte se vieran sus debilidades físicas. En esta ocasión no le quedó más remedio, ya que estuvo a punto de desmayarse por la fatiga acumulada durante esas dos horas.

El rey se sintió molesto cuando se enteró de lo ocurrido, ya que sabía bien que, cuando preparó la marquesa la fiesta sólo había pensado en ganarse la amistad del Delfín. El estallido de afecto que había sentido por su hijo cuando pensó que éste se hallaba a punto de morir estaba a punto de apagarse. Se sintió irritado por la rigurosa actitud del Delfín hacia la amante de su padre.

Sólo existía una forma de impedir que algo semejante volviera a suceder: conceder a la marquesa el mayor honor de la corte, el tabouret, que le permitiría tomar asiento en presencia de la realeza.

El rey titubeó. Otorgar semejante honor a la marquesa produciría sin duda toda clase de rumores de descontento en palacio. En París ya era bastante impopular, y, bajo ningún concepto, deseaba que esa impopularidad se extendiera a su círculo inmediato.

¡Un tabouret para la marquesa! Tenía que meditar el asunto durante un tiempo, ya que, por mucho que la amase, debía tener muy en cuenta los orígenes de su amada.

 

Debía tener lugar un acto de celebración oficial por el restablecimiento del Delfín, lo cual haría necesario que viajara de nuevo a París.

Sería, como siempre, el trayecto ceremonial desde Versalles a la ciudad, y la misa de acción de gracias en Notre-Dame. Sus ministros, sabedores de la tendencia de la opinión pública en París, y al corriente de la cada vez más acusada impopularidad del rey, redujeron apresuradamente el precio del pan, con la esperanza de asegurarse de ese modo un recibimiento tan leal como caluroso entre los parisinos.

Luis emprendió el viaje sin el menor entusiasmo. En el fondo de su corazón deseaba tomar el camino de Compiègne, en vez de emprender viaje a París.

La reina, en su carruaje, viajaba detrás del rey. No tenía esos temores, ya que estaba enterada de sobra que el pueblo la consideraba una pobre mujer, baqueteada por la mala suerte; ella sabía que cuando más odiaran al rey, mayor sería la simpatía que sentirían por ella.

Por el camino, unos cuantos lugareños gritaron «Vive le Roí!» al paso de su carruaje; ahora bien, tan pronto entraron por las calles de la ciudad, fueron recibidos con el silencio de las últimas veces.

Terminada la misa, comenzó el trayecto de regreso, y de nuevo se encontraron con ese silencio empecinado. Pasó el carruaje del rey; cuando llegó el de la reina al Pont-du-Jour, un hombre de rostro emaciado y ropas andrajosas logró atravesar la barrera de la guardia y dio un salto.

Arrojó un mendrugo de pan negro al regazo de la reina.

—¡Miradme, madame! —gritó—. Éste es el pan por el que se nos pide que paguemos tres sous.

El cochero azotó a los caballos; se levantó un hosco rumor entre el gentío.

El rey y la reina les oyeron murmurar.

—¡Tres sous la pieza, por un pan que no se puede comer! ¡Pan… pan! ¡Dadnos pan…!

Diríase que, en aquellos tiempos, era imposible que se produjera una visita de la realeza a la ciudad sin que se dieran tales manifestaciones.

 

Cuando la infanta, la hija mayor de Luis, llegó a Versalles de visita, el rey se sintió encantado.

Ella sabría darle consuelo, se dijo, por la pérdida de su querida Ana-Enriqueta. Adelaida, al observar el afecto existente entre ambos, se sintió celosa, ya que, desde la muerte de su hermana, había terminado por creerse firmemente instalada en el papel de hija favorita del rey.

Sin embargo, le iba a resultar muy difícil competir con la infanta, tan fascinante como mundana. Luis recordó el apelativo cariñoso que le había dado de pequeña, y siempre la llamaba Babette. Babette, que era más sensata y más sabia que Adelaida, de inmediato consolidó su amistad con la marquesa, con inmenso placer por parte del rey.

La infanta había tenido un hijo y una hija, por lo cual le estaría permitido permanecer un año entero en Versalles. «Mi casa —dijo—, la casa por la que nunca he dejado de sentir nostalgia».

A las primeras semanas de su regreso, el rey estaba tan maravillado con ella que olvidó su depresión; no obstante, tan pronto le vio más animado, Babette le manifestó que existían otros motivos en sus inmensas muestras de placer en estar con su padre.

—Soy vuestra hija —dijo a Luis—, vuestra hija mayor. ¡Ya me veo condenada a pasar mi vida en ese tétrico agujero de Parma!

Luis le prometió que, si él podía hacer algo, en el momento que fuera, por mejorar su estado, lo haría sin dudarlo.

Ella no quedó satisfecha. Sus ambiciones eran ilimitadas. Tenía hijos cuyo futuro debía planificar: un hijo, para el cual deseaba en concreto un trono, y una hija, para la cual quería nada menos que la corona imperial.

El joven José, hijo de María Teresa[10], era el marido que ella necesitaba para su hija. Imperiosamente, sugirió que, si fuese necesario, Francia debería entrar en guerra con tal de asegurarse ese matrimonio.

Luis, poco a poco, dio en escuchar los planes de su hija con una sonrisa de indulgencia, aunque a la vez se fue sintiendo incómodo en su presencia.

Se dio cuenta de que empezaba a tener uno de esos achaques de melancolía insistente, de los cuales sólo la marquesa sabía salvarle.

Ahora bien, muchos cortesanos habían comenzado a especular en torno al cambio acaecido en las relaciones entre el rey y la marquesa, la cual, según se notaba, estaba instalada en los aposentos que habían pertenecido a madame de Montespan. ¿Significaría eso que entre el rey y ella sólo había amistad?

Se decía que algunas jovencitas —a menudo de las clases bajas— eran llevadas en secreto a los apartamentos del rey.

¿Podía mantenerse una situación de ese tipo?

Claramente era la hora de que alguna emprendedora y ambiciosa persona llamara la atención del rey sobre una determinada mujer que pudiera asumir el importantísimo papel de maitresse-en-titre, que madame de Pompadour parecía haber abandonado con su connatural elegancia.

 

El conde d’Argenson se creía capaz de lograr la ansiada destitución de la marquesa, y comentó sus planes con su amante, la condesa d’Estrades. El conde, hermano menor del marqués d’Argenson, el memorialista, era en esa época ministro de la guerra y contaba con el favor del rey; tenía miedo de la marquesa y, sobre todo, de que una nueva amante ocupara un lugar prioritario en los afectos del rey: igual que todos los que estaban más cerca de él, se dio cuenta de que podría obtener grandes ventajas si la elegida fuese una protegida suya.

Fue su amante, una mujer muy dada a las intrigas, la que le propuso que observara a la bellísima, frívola y recién casada condesa de Choiseul-Beaupré.

La condesa d’Estrades visitó a la damisela con objeto de descubrir si estaría a favor de la idea, aparte de comprobar si era maleable; durante la visita, las dos damas comenzaron a hablar de la marquesa.

—Parece ser —dijo madame d’Estrades— que esa mujer envejece a ojos vista.

—¡Desde luego! —exclamó madame de Choiseul-Beaupré—. Debe de ser ya muy vieja. A decir verdad, escapa a mi inteligencia qué es lo que Su Majestad pueda admirar en ella.

—El rey es un hombre de costumbres —añadió su acompañante—. Lleva tanto tiempo recorriendo el camino de los aposentos de su amante que ha terminado por convertirse en un ritual para él. Alguien tendría que poner fin a ese hábito innecesario.

—¿Es verdad que ya no se acuesta con ella? —preguntó la joven.

—Eso se comenta al respecto.

—Si Su Majestad se enamorase de otra, sin duda ella sería destituida…

—Una mujer inteligente tiene a su alcance tan espléndida oportunidad.

La condesa d’Estrades estudió a la damisela con mirada especulativa. Había dado en el clavo: madame de Choiseul-Beaupré temblaba de excitación.

¡La amante del rey! Igual que madame de Montespan. ¡Qué gloria había obtenido! Era cierto, desde luego, que a la sazón se vio desplazada por madame de Maintenon, que incluso llegó a casarse con Luis XIV.

Pero Luis XV tenía esposa ya; aunque, a pesar de todo, tal vez la reina falleciese pronto. Madame Ana-Enriqueta había muerto, y el propio Delfín había salvado la vida por muy poco.

La joven condesa se sintió casi mareada al pensar en el poder de que, en su tiempo, habían dispuesto las hermanas Nesle. Sólo madame de Mailly había sufrido; las otras dos murieron, pero el rey había perdido el seso por ellas dos, al igual que por madame de Pompadour.

—¿Cómo…, cómo sería posible tal cosa? —preguntó.

—Si una joven damisela fuese lo bastante hermosa, lo bastante encantadora, lo bastante entretenida… Y estuviese lo bastante dispuesta…, no le faltaría ayuda. Quizá Su Excelencia en persona pudiera ayudarla. Yo le aseguraría la colaboración de monsieur d’Argenson. Ellos dos son quienes hablan de los encantos de las mujeres con el rey. Ambos se encargarían de azuzar su curiosidad, y entonces… una cena íntima. Después, todo dependería de la propia damisela. El rey es un hombre afectuoso, condescendiente, amigo de cortejar a las mujeres que le agradan… Y debéis reconocer que es un hombre muy apuesto.

—Lo reconozco —dijo la joven condesa al tiempo que unía ambas manos y contemplaba un futuro que le parecía glorioso.

 

Luis se interesó por todo lo que le contaron de la bella y joven condesa.

Le habían manifestado que estaba hondamente enamorada de él, y que su mayor deseo era disponer de una oportunidad para demostrarle la profundidad de su afecto.

Luis se aburría. Necesitaba diversiones, y como la condesa deseaba muy en serio tener un encuentro con él, declaró que sería muy desconsiderado por su parte negárselo.

Se dispuso lo necesario para que esa entrevista tuviera lugar, que fue todo un éxito. Al rey, la condesa le pareció no sólo encantadora, sino también una compañera apasionante. Desde luego, una única entrevista de ese tipo no fue suficiente para él.

Las jóvenes que le habían sido presentadas resultaban divertidas, sí, pero por muy poco tiempo. En lo tocante a una relación más satisfactoria a nivel intelectual, dependía por entero de la marquesa. De repente, había descubierto qué delicioso era combinar la lujuria con el talante de la corte. La condesa apareció en el momento oportuno; él estaba necesitado de un cambio semejante.

Las noticias del último amorío del rey aún no se extendieron por la corte. El poder de la marquesa era grande todavía, y era preciso que ella ignorase lo ocurrido hasta el momento mismo en que la condesa exigiera al rey su inmediata destitución.

D'Argenson y sus amigos se regocijaron en secreto, soñando con el día en que la marquesa recibiera su inapelable lettre de cachet.

 

Quesnay, el médico que había estado a las órdenes de madame de Pompadour, y que algunas veces había atendido al rey, era también amigo de d’Argenson y de madame d’Estrades.

Cuando tuvo noticia de la trama con la que se proponían destruir a madame de Pompadour, sintió un profundo malestar.

—No temáis —le dijo d’Argenson—. Para vos no cambiará nada. No perderéis vuestro puesto.

El médico meneó la cabeza.

—He trabajado para madame de Pompadour cuando ella gozaba de prosperidad —repuso con gravedad—. Si fuese expulsada de la corte, yo la acompañaría para seguir trabajando a su servicio aun en la adversidad.

Semejante lealtad desanimó a los intrigantes.

Era absolutamente necesario, decidieron, que madame de Pompadour fuese destituida lo antes posible, al menos mientras durase la pasión del rey por la condesa de Choiseul-Beaupré.

Al mismo tiempo, no olvidaron que debían actuar con inmensa cautela.

Por su parte, Madame de Choiseul-Beaupré creía saber cómo llevar la idea a buen término. El primo de su esposo, el conde de Stainville, había llegado recientemente a la corte.

—Es el hombre más inteligente que conozco —declaró—. Y odia a la Pompadour. Él sabrá decirme qué debo hacer.

 

El conde de Stainville era un joven cuyos rasgos faciales recordaban los de un dogo; ahora bien, su presencia física era lo único que no resultaba atractivo en él. Brillante, ingenioso, encantador, perteneciente a una de las familias más nobles de Lorena, parecía hecho para alcanzar una gran distinción. Era mecenas de no pocos artistas, daba exuberantes fiestas, jugaba en exceso y era, sin lugar a dudas, uno de los hombres que con mayor facilidad llegarían a lo más alto en la corte.

Cuando aún era muy joven se le había visto rara vez en Versalles. Estaba alistado en el Ejército y sentía un gran afecto por París, de modo que pocas veces iba a Versalles.

Pero, de repente, pareció haber llegado a la conclusión de que su talento era más apropiado para la vida política que para la carrera militar, si bien cuando se firmó la paz ya había obtenido el rango de teniente general.

Al igual que muchos hombres de gran ambición, contemplaba con cautela a la marquesa; había decidido que le sería más fácil escalar el poder siempre y cuando ella no estuviera constantemente junto al rey, aconsejándole qué hacer a cada paso.

Le gustaba escribir poemas: fue lógico y natural que algunos de ellos se refirieran a madame de Pompadour.

Por consiguiente, mostró gran interés cuando la esposa de su primo le pidió una entrevista en privado, pues tenía cierto asunto de la máxima importancia, y absoluto secreto, que deseaba comunicarle, ya que deseaba oír su consejo al respecto.

Él le concedió la entrevista; la parecía una mujer atractiva en lo físico y repulsiva en lo mental.

—Y bien, mi niña, ¿de qué se trata este secreto? —preguntó el conde.

—Estoy enamorada del rey.

Él elevó las cejas y esbozó una cínica sonrisa.

—Ya veo que no me creéis —dijo ella—. De todos modos, el rey me ha dicho que me ama. Madame de Pompadour será expulsada de la corte. Yo se lo voy a pedir, y como el rey me ha anticipado ya que no se negará a ninguno de mis deseos…

Él no dejó de estudiarla en silencio; ella dio un golpe en el suelo, impaciente.

—En fin, veo que aún no me creéis. Mirad esto; es una nota del rey, que Le Bel me ha hecho llegar hoy mismo. Leedla y decidme después si continuáis sin creerme o no.

El conde de Stainville tomó la carta y la leyó con languidez.

Quedaba claro que el rey estaba enamorado de esa mujer, ya que de lo contrario no le habría escrito una carta tan indiscreta; no cabía la menor duda de que la carta era de puño y letra del soberano. ¡Qué situación! Pobre madame de Pompadour: desde luego sus días estaban contados.

Así pues, esa mujer, que había logrado exacerbar semejante pasión en el rey, iba a exigir la destitución de la marquesa, precio de sus futuros favores al monarca. No era ninguna novedad. Madame de Châteauroux había logrado la destitución de la bondadosa madame de Mailly.

—Deseo que me ayudéis, primo —le decía—. Voy a responder a esta carta, y quiero que mis intenciones queden expresadas con toda claridad. La Pompadour ha terminado por convertirse en una costumbre y… yo osaría decir que se debe obrar con mucho cuidado al pedir a un hombre de costumbres, como es el rey, que se desprenda de su juguete.

—Desde luego, hay que mostrarse muy cuidadoso —dijo el conde.

—Sois inteligente con las palabras. Vos sabríais muy bien cómo expresar lo que yo quiero decir.

—Tengo una idea —dijo el conde—. Dejadme esta carta, que yo redactaré vuestra respuesta. Ahora bien, esa respuesta no debe ser tramitada de inmediato. Conviene que Su Majestad no piense que estáis demasiado ansiosa.

Ella asintió.

—¿Lo haréis por mí?

—Desde luego que lo haré, primita. Podéis dejar tranquilamente esta carta en mis manos.

Ella asintió con gesto animado. No albergaba duda alguna de que su futuro sería brillante, gracias al consejo de hombres tales como monsieur d’Argenson y su pariente Stainville. Lo único que luego tendría que hacer sería sonreír y mostrarse agradable, aceptar los homenajes y las joyas, garantizar la concesión de sus favores. Esos hombres tan brillantes se ocuparían de todo lo demás.

 

El conde de Stainville leyó y releyó la carta varias veces. Estaba muy pensativo.

Su primo se había casado con una mujer de extremada hermosura, pero demasiado estúpida también.

¡Pobre condesita! Se había metido en el lecho del rey, pero ¿cuánto tiempo sabría permanecer en él? ¿Una semana? Concedámosle dos. Quizá, con mucha suerte, tres.

¿Podría ella conseguir la destitución de madame de Pompadour en tan corto plazo de tiempo? Tal vez. La pasión del rey era intensa, aun cuando, Stainville estaba seguro de ello, estuviese condenada a la mayor brevedad, en razón de su compañera.

Pecaría de cortedad de miras si se aliase con una mujer tan estúpida, tan rematadamente tonta como era su pariente. Una alianza con la marquesa sería, en cambio, harina de otro costal. Tal vez estuviera ya lejos de su juventud, pero seguía siendo una mujer muy bella; en cuanto a la diplomacia y al sentido común, al conocimiento del mundo real, a la inteligencia…, la condesa era tan boba que se había imaginado que podría competir con ella en tales terrenos. Cuando se detuvo a considerar a la marquesa, se preguntó si no pecaría de rematada estupidez cualquier mujer de la corte que decidiera competir contra ella.

Estaba atravesando la etapa quizá más delicada de toda su trayectoria. Se había convertido en la amiga del rey, tras abandonar el papel de amante. Era un paso muy arriesgado y peligroso, pero ella lo había dado sin temor: era un paso necesario, de eso estaba seguro Stainville. Y hacía falta un gran valor para darlo.

Pero además de sus restantes cualidades, la marquesa poseía un gran valor.

Tomó una resolución.

Envió un mensajero a los aposentos de madame de Pompadour, solicitando que lo recibiera de inmediato, para tratar un asunto de la máxima importancia.

 

Madame de Pompadour observó con frialdad al conde de Stainville.

Sabía que era el autor de ciertos poemas muy perjudiciales para ella, y lo consideraba su enemigo. Sin embargo, no dio muestra alguna de ello, y lo recibió con absoluta elegancia. Él la admiró más que nunca, y se felicitó por su astucia, satisfecho de haber adoptado la táctica por la que había apostado.

—Madame —dijo—, he tenido conocimiento de un asunto que afecta en lo más profundo vuestro futuro bienestar.

—Decidme, monsieur conde.

—Se trata de una carta de puño y letra del rey… dirigida a cierta dama…

—¿Tenéis intención de mostrarme esa carta?

—No la llevo conmigo. Se trata de un documento en mi opinión demasiado importante.

—¿Por qué… me habláis de ello?

—Porque pensé que era un asunto del que deberíais estar informada.

—Lo entendería mejor si pudieseis mostrarme la carta.

—Tal vez esté a mi alcance hacerlo de ese modo.

—¿Estáis… estáis pidiéndome… una recompensa por ese documento?

—Madame —dijo él—, sería suficiente recompensa para mí si me tuvieseis por amigo vuestro.

—Así pues, ¿han cambiado vuestros sentimientos hacia mi persona, monsieur conde? Oh, perdonadme. ¿Os parezco demasiado tosca? Daos cuenta, esta información que me ofrecéis… parece de todo punto inverosímil, si se tiene en cuenta su procedencia.

—Os entiendo —dijo él—. En el pasado, han existido ciertas diferencias entre nosotros. Pero se me ha ocurrido que, en el futuro, esas diferencias podrían allanarse hasta desaparecer.

—Me deleita oíros decir eso. No tengo el menor deseo de ser enemiga vuestra, monsieur de Stainville.

—Quizá, podamos ser amigos. Tal vez incluso trabajar juntos. Vos, madame, si me perdonáis la impertinencia por expresarme con tanta libertad, sois una mujer de extremada inteligencia. Por mi parte, entiendo que no carezco de tan valiosa cualidad. Somos semejantes en nuestras ambiciones, que no son otras que servir a Su Majestad con todo el celo necesario, e impedir que sea presa de… personas indignas.

—Veo, monsieur de Stainville, que, en efecto, somos de la misma opinión.

—Os estoy profundamente agradecido por haberme concedido esta entrevista, madame. Tal vez me sea permitido veros de nuevo mañana, para discutir con más detalle esta cuestión.

Ella hizo una ligera inclinación de cabeza para mostrar su asentimiento, aun cuando él había detectado la feroz curiosidad que se había apoderado de ella, curiosidad por averiguar algo más de lo que él le había insinuado.

La había asustado, y eso quería él, asustarla. Era preciso que se diera cuenta de la trascendencia del asunto. Deseaba que en el futuro recordara lo que él había hecho por ella. Si le hubiese mostrado la carta de inmediato, el asunto habría tenido menor importancia. Era preferible que pasara unas cuantas horas de incertidumbre, que dudara de los motivos que le habían llevado a hablarle del asunto. Cuando se diera cuenta de que estaba ansiosa por tenerlo de su parte, apreciaría mucho mejor sus cualidades.

Tres días más tarde le hizo entrega de la carta que el rey había escrito a la condesa de Choiseul-Beaupré. Para entonces, ella se encontraba tan exhausta que estaba al borde de una crisis nerviosa, puesto que todo lo que Stainville le había contado venía a confirmar sus sospechas de que el rey se había enamorado de una cortesana, y de que esa mujer, junto con sus enemigos, tramaba su expulsión de la corte.

Con la carta en sus manos se sentía exultante. Por fin sabía cómo actuar.

De inmediato, se dirigió a los aposentos del rey.

—¿Cómo estáis, querida mía? —preguntó el soberano—. Os veo extraña. ¿Os ha molestado algo?

—Esto me ha sido entregado —dijo ella.

Luis lo leyó y enrojeció de cólera. De inmediato dio por supuesto que la condesa de Choiseul-Beaupré, jactándose de su conquista, había mostrado su carta a madame de Pompadour.

—Recuerdo bien a la condesa de Choiseul-Beaupré… —dijo lentamente la marquesa—. Una mujer de extraordinaria hermosura, aunque obviamente frívola, e indigna de confianza.

—Como de costumbre, tenéis razón —admitió el rey. Dejó la carta en un cajón. Y ella supo que él destruiría su escrito en cuanto tuviera la oportunidad.

—Confío que no estaréis demasiado molesto con la condesa —dijo la marquesa con amabilidad—. Es joven y estúpida.

—Querida, me temo que quien ha pasado por estúpido he sido yo.

—Si eso fuera posible, resultaría… imperdonable. Sabéis, mi querido sire, que en todos los asuntos podéis confiar totalmente en mi discreción.

—¡Y confío, confío! —gritó Luis—. Hay ocasiones en que pienso que sois la única persona de la corte de la cual yo podría decir lo mismo.

Se acercó al escritorio y se puso a escribir. Ella lo leyó por encima del hombro.

Era una orden dirigida a madame de Choiseul-Beaupré con instrucciones de que debía abandonar Fontainebleau antes del amanecer.

No volvería a verla nunca más.

La marquesa sonrió con serenidad, aunque sabía a ciencia cierta que había salido airosa de una difícil situación. Por extraño que pareciera, tenía que agradecérselo al no menos extraño conde de Stainville. Nunca olvidaría lo que había hecho por ella. Era un hombre brillante, y ella se encargaría de que recibiera su justa recompensa.

Además, suponía un consuelo enorme saber que de pronto contaba con un amigo, que quizá sabría revelarse como un brillante estadista.

No dejó de sentir compasión por madame de Choiseul-Beaupré; aunque tampoco en demasía. La estúpida jovencita jamás habría sido capaz de mantener su posición en Versalles. ¡Pobrecita idiota! ¿No se había dado cuenta de toda la ansiedad y del agotamiento que acompañan a la necesidad de conservar el papel de amante del rey?

Su compasión se acrecentó cuando supo que la joven estaba embarazada. A la condesa no le fue permitido ver de nuevo al rey; su gloria había sido muy breve, al igual que iba a ser su vida. Falleció nueve meses después de dar a luz.

 

El rey sintió que de alguna manera debía compensar a su querida amiga por el daño que su aventura con la condesa de Choiseul-Beaupré le había causado. Hacía poco, el Delfín había exigido que la marquesa permaneciera durante dos horas de pie en una de sus recepciones. Luis tomó la determinación de que madame de Pompadour jamás volviera a padecer semejante incomodidad, semejante indignidad.

Para deleite de los amigos de la Pompadour, y para mayor consternación de sus enemigos, Luis proclamó su intención de otorgar el tabouret a madame de Pompadour.

Disponía ya del derecho a estar sentada en la Grand Couvert y en cualquier ceremonia de la corte; iba a tener todos los privilegios de una duquesa, e iba a ser conocida como Dama, Duquesa, Marquesa de Pompadour. Hasta entonces, semejante honor jamás había sido otorgado a una persona que no perteneciera a la nobleza.

La deleitada marquesa decidió de inmediato que su diadema ducal sería exhibida en todas las ocasiones posibles.

D'Argenson y su amante, madame d’Estrades, fueron presa del pánico, por si la marquesa llegara a descubrir el papel que habían desempeñado en el affaire Choiseul-Beaupré.

No obstante, nadie se sintió tan enfurecido como el Delfín, quien además tuvo la temeridad de reprochar a su padre aquel gesto.

—Nunca, nunca —exclamó con fervor—, ha sido tan encumbrada una persona nacida en baja cuna.

—Tal vez ésa sea la razón por la que tenemos tantos botarates en la corte —repuso el rey con frialdad.

—Me negaré a hablar con esa mujer, por muy duquesa que sea.

El rey sacudió la cabeza con tristeza.

—Debierais rezar —dijo a su hijo— porque yo viva largos años. Os queda muchísimo que aprender antes de que podáis ser rey de Francia.

Con eso despidió a su hijo. La frialdad reinante entre ambos no remitió. De hecho, nunca había sido tan acusada. En la corte, todo el mundo se dio cuenta de que el abismo que los separaba se había ensanchado; todos se preguntaban si ese abismo podría salvarse mientras madame de Pompadour siguiera en la corte.

La propia marquesa disfrutó de una renovada vitalidad. Había salido de una dura batalla investida con todos los honores, pero no olvidó que, si sus enemigos hubiesen sido más sutiles podría haberla perdido con facilidad.

Creía que a partir de entonces podría medir el afecto que el rey tenía por ella. Esa aventura había enseñado muchísimo al monarca. No volvería a pensar a la ligera en abandonarla a cambio de una mujer hermosa. Acababa de aprender que podía confiar en la marquesa más que en ninguna otra persona. Así, inauguraron una nueva fase de su amistad.

La marquesa no se olvidó del hombre que le había servido de infinita ayuda. Estaba dispuesta a cultivar el trato del astuto conde de Stainville. De hecho, habría que hacerle algún servicio, y la Pompadour comenzó a esperar el momento en que ella misma y ese hombre, del cual por intuición y por propia experiencia sabía que podría ser un aliado muy valioso, trabajasen mano a mano en beneficio de sus mutuos intereses.