El camino de Compiègne

Jean Plaidy · Capítulo 4 de 21

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El camino de Compiègne

Los aposentos de la marquesa

 

 

En los aposentos del Delfín, en la planta baja del palacio de Versalles, sus amistades se habían reunido de acuerdo con la costumbre.

Podría decirse que en Versalles había tres cortes: la del rey, la de la reina y la del Delfín.

El joven Luis tenía veintitrés años de edad, y su carácter era distinto por completo al de su padre. En apariencia era más parecido a la reina. Carecía de la apostura de Luis, de su elegancia cortesana; demasiado grueso, apenas hacía ejercicio; era extremadamente pío, y un tanto farisaico.

Por este motivo, el desagrado que madame de Pompadour le inspiraba era grande; un desagrado que habría existido aun cuando ella no poseyera semejante influencia sobre el rey. Era asombroso, pensaba, que una relación, como la que existía entre esa mujer y su padre, se consintiera de manera tan abierta. El hecho de que ella, nacida de baja cuna, tuviera más o menos las funciones de un primer ministro de Francia, resultaba escandaloso e intolerable.

Era natural que la mujer estuviera en su contra. Lo que él deseaba era lograr que los jesuitas regresaran al poder, puesto que pensaba que la Iglesia debía tener mayor autoridad incluso que el Estado. Ella se oponía en redondo a semejante política, porque una corte en la que la Iglesia tuviera el poder supremo, muy pronto declararía intolerable una posición como la de ellos.

Al observar a sus invitados —que en tales ocasiones le trataban como si ya fuese el rey de Francia—, sintió un profundo resentimiento contra su padre. Había olvidado por completo los tiempos de su infancia, cuando el mayor placer que podía experimentar se lo proporcionaban las visitas que su padre le hacía, siempre amable y apuesto. El rey no estaba ya orgulloso de su hijo. De hecho, miraba al Delfín con ojos críticos, y le había acusado de soñar que un día sería rey, aun cuando estuviera sentado y leyendo un volumen de teología.

—Os gusta que la gente piense que leéis libros serios —dijo el rey sonriendo— mucho más de lo que en realidad os gusta leerlos. Hijo mío, ¡sois aún más perezoso que yo!

Fue desconcertante, sobre todo porque había un elemento de verdad en su comentario.

Pero el Delfín sabía de sobra qué deseaba en realidad. Quería aglutinar una corte en la que se practicara el decoro más radical. Personalidades como el libidinoso Richelieu no iban a encontrar sitio en su corte. Si los hombres tenían sus amantes, nadie debería saberlo, aun cuando el Delfín deplorase de todo corazón el hecho de que cualquier hombre decidiera tener una amante.

Había sido muy afortunado con sus esposas. Las dos habían sido mujeres sin mayor atractivo físico, aunque su carencia de belleza la suplían con creces gracias a la devoción con que cumplían sus deberes. Había llorado amargamente la muerte de su primera esposa, María Teresa Rafaela, que falleció de sobreparto cuando sólo llevaban dos años casados; María Josefa de Sajonia, su esposa actual, era tan virtuosa como su antecesora. Estaba embarazada, y él tenía grandes esperanzas de que esta vez le diese un hijo varón. Su primera hija había sido niña, si bien ambos estaban seguros de que, debido a la honda conciencia de los deberes que tenían para con el Estado, traerían todavía muchos más hijos al mundo.

Cuando sus hermanas, Ana-Enriqueta y Adelaida llegaron, el Delfín y su esposa las saludaron con inmenso afecto. Habían decidido que, así como el apoyo de la reina no les serviría de gran ayuda, las dos jóvenes princesas sí podían ser muy importantes en sus planes.

El rey sentía un gran afecto por sus hijas; al Delfín le agradaba la idea de utilizarlas como espías, ya que eran bien recibidas en el bando opuesto.

—Mi queridísima hermana —murmuró el Delfín—, ruego toméis asiento a mi lado y me relatéis vuestras noticias.

Adelaida estaba tan locuaz como siempre, Ana-Enriqueta callada. Al lado del Delfín, parecía más frágil que nunca. Daba la impresión de que aún sorbía los vientos por Carlos Eduardo Estuardo, lo cual era una ridiculez por su parte. No obstante, el Delfín pensaba que el decaimiento de su hermana era favorable para sus intereses. Estaba dispuesta a decir, y a hacer, todo lo que se le pidiera, ya que parecía no importarle en modo alguno lo que pudiera sucederle.

En sus dos hermanas tenía dos aliadas, aunque por razones muy diferentes; la falta de confianza en sí misma que tenía Ana-Enriqueta y el gusto por la intriga que Adelaida sentía eran igualmente ventajosos para el partido del Delfín. Y no dejaba de ser extraño que el inmenso amor que ambas tenían por su padre le permitiera utilizarlas a las dos en contra de él. Lo crucial era que las dos princesas estuviesen, por encima de todo, celosas de la influencia que madame de Pompadour tenía sobre su amado padre.

—Madame Catin se encuentra cada día peor de salud —le dijo Adelaida encantada—. Estoy segura de que no le queda mucha vida por delante. Ah, ¡qué bueno sería para Francia y para el rey si ella se muriese! No entiendo por qué, teniendo en cuenta el gran beneficio que ello supondría, nadie ha decidido…

El Delfín le puso la mano sobre el antebrazo.

—Os están oyendo —dijo—. Tened cuidado con vuestras palabras.

—¿Y a mí qué me importa? —exclamó Adelaida—. Digo lo que me apetece.

—Si algo le ocurriese, y si alguien recordase que habéis pronunciado esa frase…

—Nuestro padre nunca me echaría la culpa de nada.

—Os estáis excitando demasiado, Adelaida —dijo Ana-Enriqueta en tono apaciguador.

—Lo que nuestro padre necesita, ya que por fuerza ha de tener amantes, es una nueva cada noche. A la mañana siguiente, cada una de ellas sería decapitada.

—Lo que necesita nuestro padre —dijo el Delfín en tono de reproche— es reanudar sus relaciones afectuosas con la reina, y vivir con ella una vida tan honorable como conviene al Estado.

Ana-Enriqueta asintió; en ese momento fue anunciada la visita del cura de Saint Étienne-du-Mont, quien iba a ser presentado al Delfín. Éste le recibió con gran placer, ya que ese hombre, canónigo de Sainte Généviève, se había

hecho famoso por negarse a dar los sacramentos a los jansenistas[6]. Con gran

temeridad, había proclamado sus opiniones ultramontanas[7], estando a punto de ser arrestado, a raíz de lo cual podría haber sido encarcelado y privado de su dignidad y de su cargo; no obstante, en la Iglesia había personajes muy poderosos dispuestos a respaldar a hombres como él. El resultado de la pugna no estaba claro, ni mucho menos. Su arzobispo había intervenido, y el cura fue liberado. Los hombres como él estaban ansiosos de que llegara el día en que el Delfín se convirtiera en rey de Francia, ya que entonces contarían con el respaldo de la corona.

—Bienvenido —dijo el Delfín—. Sois un hombre muy valeroso, monsieur Bouetin. Nuestro disoluto país necesita de hombres como vos. Sé bien que si se presentase una ocasión semejante, le haríais frente con la bravura que ya habéis demostrado.

—Vuestra Alteza puede confiar enteramente en mi persona —respondió el cura.

—Permitidme que os presente a madame Ana-Enriqueta y a madame Adelaida —dijo el Delfín.

Las damas le saludaron con comedida elegancia; Ana-Enriqueta escuchó en silencio todo lo que él dijo, mientras Adelaida afirmaba vigorosamente sus propios puntos de vista.

El Delfín no pudo por menos que sentir un aguijonazo de inquietud al observar a sus hermanas. Su esposa lo miraba con preocupación, adivinando sus pensamientos.

—Quizá —le murmuró— fuese aconsejable consentir que contribuyeran a la causa sólo en lo tocante a la expulsión de la corte de esa mujer.

El Delfín sujetó a su mujer por la muñeca, con afectuoso gesto.

—Habláis con sensatez, como de costumbre.

—Nuestro primer objetivo debería ser librarnos de ella —siguió su esposa —. Mientras esa mujer ocupe su actual posición en la corte, el partido de la Iglesia deberá mantenerse sometido a ella.

El Delfín se acercó más a su esposa.

—No puede mantener su posición por más tiempo —musitó él—. Quienes la observan de cerca me han comentado que sus ataques de tos van seguidos de esputos de sangre. Hay ocasiones en que se queda totalmente exhausta. ¿Cómo podría satisfacer las exigencias de mi padre una mujer en semejante estado?

—Pero cuando ella se haya ido, vendrán otras.

—El siente un gran cariño por mis hermanas —replicó—. Adelaida le agrada más que Ana-Enriqueta desde que ésta se halla tan melancólica.

—¿Queréis decir… que no habrá otras amantes?

Los ojos del Delfín se nublaron. Había oído rumores sobre las presuntas relaciones incestuosas que su padre mantenía con sus hermanas. Tales pensamientos eran demasiado escabrosos para un hombre con sus convicciones; a pesar de todo, él debía animar a sus hermanas a que siguieran complaciendo a su padre. Tanto él como sus partidarios confiaban en que las dos obrasen en su favor desde la posición de ventaja que ocupaban respecto al rey.

—Hay que esperar —dijo el Delfín con un gesto remilgado— que el rey recuerde que tiene una virtuosa y afectísima esposa, la reina.

La delfina estuvo de acuerdo: siempre lo estaba con él, en todas las cuestiones.

La marquesa iba recostada en su carruaje, por el camino de Versalles a París. Se encontraba relajada y feliz al pensar que tenía unas cuantas horas libres por delante, sin tener que cumplir ningún deber.

Iba a visitar a Alexandrine, a la que había internado en el convento de la Asunción, donde estaba recibiendo la educación que la prepararía para vivir entre la nobleza. Le agradaba hacer planes para Alexandrine; la marquesa se dio cuenta de que debía a su hija algunas de las horas más felices de su vida.

Eso mismo debía de haber sentido su madre por ella. Sonrió al recordar los planes de madame Poisson, que tan desatinados habían parecido en su momento, que acabaron siendo una realidad. Todos habían pensado al principio que ser la amante del rey era cuestión de aceptar homenajes y de presidir las funciones de nota; nadie se había detenido a pensar las otras obligaciones de su posición.

«A pesar de todo —se dijo la marquesa—, soy feliz. A pesar de esta agotadora existencia, sin duda soy feliz».

París quedaba ya a escasa distancia. Empezaba a sentir una cierta aprensión cada vez que pensaba en la capital. Luis podía desdeñar París con entera tranquilidad; pero, a ella, eso le estaba vedado. Debía recordar aquellos tiempos en que al pasar por los Campos Elíseos la gente volvía la cabeza para mirarla, para admirar su belleza, mientras sonreían con placer y murmuraban: «¡Qué criatura tan encantadora! —Ahora, en cambio, los habitantes de París dirían—: ¡Es la Pompadour!». Y le dedicarían malas caras en vez de sonrisas.

Deseaba ser libre para recorrer las calles de París sin que nadie se fijara en ella; para sentir los peculiares olores de la ciudad; vagar por la margen izquierda del Sena, o pasear por las ruinas romanas cerca de la rué Saint-Jacques, o ascender la colina de Sainte Généviève.

Recordó los viejos tiempos en el Hôtel de Gesvres, cuando presidía las reuniones en su salón y recibía a los talentos de la época. Entonces no había tenido que pensar dos veces lo que iba a decir: no necesitaba estar atenta a cada uno de sus actos.

No, su pequeña Alexandrine tendría una vida más apacible que la de su madre. Recibiría una excelente educación, para que pudiera disfrutar de la compañía de talentos y de savants como Voltaire y Diderot. No obstante, no quería que tuviera que sentir esa misma aprensión, esa incertidumbre: el ineludible destino de una amante del rey.

Antes de ir al convento de la Asunción tenía previsto almorzar en la rué de Richelieu con el marqués de Gontaut.

Iba aproximándose a la ciudad; ya se veían Notre-Dame, los tejados del Louvre, las torretas de la Conciergerie y las agujas de algunas iglesias.

Sintió un leve temblor provocado por la emoción de contemplar su adorada ciudad, en la que había pasado tantos años felices, soñando, con su madre, en su glorioso futuro. Parecía extraño que, una vez materializados aquellos sueños, añorara los viejos tiempos.

Las calles estaban más concurridas que de costumbre, y su carruaje tuvo que aminorar la marcha. Se preguntó por qué habría salido tanta gente a la calle. ¿Se trataría de una ocasión especial? Era lunes, día en el que nunca se ejecutaba a los condenados en la Place de Gréve, pero la feria de Pentecostés tenía lugar precisamente en esa plaza tan horrorosa. Se notaba la excitación del gentío en las mujeres que se probaban las ropas de segunda mano, a cuya venta estaba dedicada la feria. Siempre se armaban alborotos, nunca faltaban escenas picantes, ya que las mujeres no tenían más remedio que probarse la ropa en público. De todos modos, ese acontecimiento tan poco importante no podía ser la única causa de que hubiera tanta gente en la calle.

Quizá pudiera explicárselo más tarde monsieur de Gontaut.

El carruaje estaba prácticamente detenido, cuando una mujer miró por la ventanilla, y la marquesa vio un gesto de reconocimiento en aquel rostro.

—¡La Pompadour! —gritó la mujer, y su grito fue repetido por otros muchos parisinos en la calle.

Se recostó contra la rosada tapicería del coche. No tuvo que decir al cochero que hiciera avanzar a los caballos lo más deprisa que pudiera. También él se había dado cuenta de la excitación reinante en las calles, y tampoco deseaba problemas.

Era triste pensar que la gente de París la llamaba por su título nobiliario como muestra de enemistad, nunca de aprecio.

Se sintió aliviada al llegar a la rué de Richelieu, donde encontró al marqués de Gontaut, que la estaba esperando.

—Hay mucha excitación en las calles —dijo ella—. ¿Qué ha ocurrido?

A la vez que la hacía entrar en su casa, se lo explicó.

—Madame de Mailly ha muerto. El pueblo lleva el día entero reunido delante de su casa, en la rué St. Thomas du Louvre. Dicen que era una santa.

—¡Madame de Mailly, la primera amante de Luis… una santa!

—El pueblo necesita encontrar a sus santos, no menos que a sus chivos expiatorios. Dicen que madame de Mailly animó al rey a realizar buenas obras, al menos mientras estuvo con él, y que desde que fue repudiada y olvidada por el rey sólo se dedicó a ayudar a los pobres.

La marquesa rió a la ligera.

—Me pregunto si me tratarán con esa amabilidad cuando haya muerto.

—Os ruego, madame, que no entremos a considerar un tema tan melancólico. ¿Deseáis tomar algo fresco antes de almorzar?

—Sería delicioso, pero no debemos retrasarnos, ya que mi pequeña Alexandrine me espera en el convento.

El marqués condujo a su invitada a un pequeño salón y dio órdenes de que les sirvieran vino. La muchacha que lo sirvió era muy joven —no tendría más de catorce años— y muy hermosa. Sus ojos lo miraban todo, maravillados, hasta que se detuvieron en la marquesa; ésta le sonrió con el encanto que reservaba para todo el mundo, no importaba cuan baja fuera su extracción social.

—Bonita niña —dijo la marquesa cuando la criada se hubo retirado—… vuestra criada.

—Sí, todavía es una jovencita inocente. Pero no pasará mucho tiempo hasta que tome a un amante. Resulta inevitable.

—¿Lo decís porque es tan hermosa?

—Sí. Además, será aquiescente. No me cabe duda.

—Tiene cierto aire de sensualidad —dijo la marquesa mostrándose de acuerdo—. Bueno, es joven y está sana…, y es de esperar que lo sea. De todos modos, contadme vuestras noticias, monsieur de Gontaut.

Estaba a punto de hablar cuando un criado entró apresuradamente en la estancia. La marquesa se quedó perpleja ante semejante intrusión.

—Monsieur marqués… —comenzó a decir el criado, que acto seguido se volvió hacia la marquesa e hizo una reverencia—. Madame… os ruego me perdonéis esta irrupción, pero en el callejón de la parte posterior de la casa se está reuniendo la muchedumbre. Gritan que tirarán las puertas abajo y que forzarán la entrada.

El marqués palideció.

—Madame —dijo—, debéis iros en vuestro carruaje de inmediato, ahora que aún tenemos tiempo.

—Pero mi hija…

—Es preferible que vea a su madre cualquier otro día, en vez de no verla nunca más —musitó el marqués en tono agorero.

—Pero ¿acaso pensáis…?

—Madame, conozco bien a las multitudes.

El marqués, que la había asido del brazo con firmeza, hizo una señal al criado.

—Mira a ver si ya están en torno al carruaje de la marquesa.

El criado obedeció y volvió al cabo de unos instantes.

—No, señor. En la entrada hay muy pocos.

El marqués introdujo a su invitada apresuradamente en el carruaje.

—Azota a los caballos —ordenó al cochero—. Regresa a Versalles a toda velocidad.

A medida que atravesaban las calles, la marquesa oía que la gente gritaba su nombre nada más reconocer el carruaje. Iba sentada muy erguida, sin mirar a derecha ni a izquierda, mientras se preguntaba si algunos de los agitadores más osados no saltarían sobre el carruaje para detener a los caballos. ¿Qué ocurriría entonces? ¿Qué harían a la mujer que odiaban con tanto resquemor?

«¿Por qué me odian tanto?», se preguntó.

Todos habían tenido que leer los versos insultantes que se compusieron a propósito de su persona, las poissonades, como llamaba el pueblo a esas sátiras; todos entonaban cantinelas acerca de ella, todos la culpaban por la debilidad del rey y sus extravagancias.

Tenía demasiados enemigos. Sabía que en los aposentos del Delfín se tramaban planes contra ella. La reina, por supuesto, no sentía el menor aprecio por ella. Las princesas la consideraban su rival en la disputa por el afecto de su padre. Richelieu y demás amistades estaban atentos, por si surgiese la menor oportunidad de propiciar su caída en desgracia.

Cuando su madre y ella planearon su glorioso futuro, nunca tuvieron en consideración a tales enemigos.

Estaba exhausta; y era precisamente cuando se encontraba así que más inminentes podían ser sus accesos de tos, cada vez más inquietantes.

Eso le recordó que, de todos sus enemigos, su delicada salud era el peor.

Cuan aliviada se sintió al dejar la ciudad a sus espaldas. Los caballos galopaban por el camino, y enseguida alcanzó a ver el castillo de color de miel alzándose ante sus ojos.

En ese momento cayó en la cuenta de que el momento de tomar una drástica determinación había llegado. Llevaba posponiendo durante demasiado tiempo el instante de dar ese paso, no sólo porque podría resultar peligroso, sino porque en el fondo le asqueaba.

No obstante, supo que era imperativo hacerlo.

Centró sus pensamientos en aquella jovencita, ya en sazón, aunque todavía inocente, ¿por cuánto tiempo? No pudo quitarse de la cabeza a la doncella que la había atendido en casa del marqués de Gontaut.

Luis se sintió abrumado por el remordimiento, y ése era el estado de ánimo que la marquesa más temía, pues cuando el ansia del arrepentimiento y el deseo de llevar una vida de virtud se apoderaban de hombres como Luis, las mujeres como ella podían ser consideradas no sólo superfluas, sino incluso una amenaza para la salvación de sus almas.

Si su plan funcionase como ella había previsto, no tendría nada que temer en el futuro. Pero era un plan muy atrevido. ¿Podría coronarlo con éxito? Si lo comentase con sus amistades, le dirían que se había vuelto loca.

Su querida amiga, madame Du Hausset, estaba preocupada en extremo. Era la única mujer a la que se había animado a confiar su plan.

La querida y vieja Hausset había denegado, vehemente, con la cabeza.

—Yo no lo haría, madame. Oh, no lo haría.

—Si no hubiese actuado muchas veces con audacia, bien podría no estar donde ahora me encuentro —replicó la marquesa.

Esa misma noche pensaba poner en práctica su plan. Si fracasaba, ¿en qué se convertiría su relación con el rey?

Pero no debía fracasar. Tan sólo requería una atenta y cuidadosa manipulación. Podía confiar en sí misma, podía confiar en Luis, para que así fuera.

Madame du Hausset revoloteaba en torno a ella, pálida y en tensión, preguntándose cuánto tiempo pasaría hasta que las dos tuvieran que abandonar la corte para siempre. La marquesa aún podía sonreír, contemplando a su acompañante.

—Es preciso hacer algo —dijo—. Vos sabéis que las cosas no pueden seguir como están, vos misma me habéis dicho a menudo que me estoy matando.

—Pero esto…

—Esto, querida Hausset, es lo único que nos queda por hacer. Estoy convencida. De no ser así, podéis confiar en que no lo haría.

—Pero ¿en qué posición os vais a poner, siendo como sois una gran dama? Eso es lo único que pregunto.

—Una gran dama —murmuró la marquesa—. El resultado de esta operación podría ser decisivo para mi grandeza. Hasta el momento, no he hecho nada más que auparme a una posición que muchos envidian y divertir al rey.

—¿Cómo está el rey? —preguntó madame Du Hausset.

La marquesa sonrió con tristeza.

—Hondamente arrepentido por su comportamiento para con Luisa de Mailly.

—¡La santa de París! —murmuró con cinismo madame Du Hausset.

—Fue muy buena con los pobres. Los visitaba, cosía sus ropas…, y guardó muy poco para sí.

—Pero no los visitó, ni cosió para ellos cuando aún contaba con el favor del rey, ¿verdad?

—Mi querida Hausset, entretener al rey, como bien sabéis, deja muy poco tiempo libre a la mujer que lo intente. Ahora, no quiero que estéis tan desanimada, os lo ruego. Dejadme que os diga una cosa: cuando yo tenía nueve años, una adivina me dijo que llegaría a ser la amante del rey. Y su predicción se hizo realidad. A veces pienso que entre mi madre y yo logramos que se hiciera realidad. Pero aún os diré algo más: voy a morir; sí, voy a morir siendo la amiga más querida del rey. Estoy tan segura de ello como lo estaba de que un día llegaría a ser su amante. Hausset, sería mucho más feliz si fuese su amiga que si fuese aún su amante. Quisiera ser su confidante, la amiga con quien él pueda hablar de todo: asuntos de estado, escándalos, planes arquitectónicos…, de todo. Eso es lo que sería para el rey, Hausset. Por la noche me retiraría a mis aposentos aquí, en Versalles, y dormiría largas horas, para estar descansada al día siguiente y entretener al rey.

Madame du Hausset meneó la cabeza.

—Vendrían otras que se ocuparían de sus diversiones nocturnas, y ésas serían las que verían hacerse realidad todos sus deseos. Y, según se mire, el primero de esos deseos sería vuestra inmediata desaparición de la corte. ¿Acaso no exigió madame de Châteauroux, que tan segura parecía del real afecto, la destitución de madame de Mailly, a pesar de que era su propia hermana?

—No hay necesidad, Hausset, de seguir los pasos que mis predecesoras hayan dado. Debemos transitar caminos no hollados por otros. Ahí radica el secreto del éxito. —La marquesa se echó a reír, pero a madame Du Hausset le pareció detectar una nota de nerviosismo en su risa—. Mis enemigos están por todas partes. Mi recibimiento en París… ¿a qué es debido? A las poissonades. ¿Y quién escribe las poissonades?

—Dijimos que eran obra del conde de Maurepas, hasta que vos lograsteis que fuera expulsado de la corte.

—Según se mire, es probable que siga escribiéndolas. Podría redactarlas con toda facilidad en su exilio de Bourges, lo mismo que hacía cuándo gozaba del favor de Versalles. Pero sin duda que hay otros que escriben esas sátiras. El partido del Delfín está compuesto por enemigos míos. Ellos ponen en circulación historias y mentiras acerca de mí por las calles. Planean mi expulsión de la corte.

—Si llamaseis la atención del rey sobre esas reuniones que se celebran en los aposentos del Delfín…

—Eso tan sólo serviría para irritar a Luis. Se halla al corriente de esas reuniones; está colérico porque ya no tiene ninguna amistad con el Delfín. No es mi cometido recordarle al rey aquello que él prefiere olvidar. Ésta es una batalla que debo librar yo sola, Hausset. Y así lo haré.

—¡Y el partido de la Iglesia está en contra de vos!

—El partido de la Iglesia es el partido del Delfín. En épocas como ésta, con el Año Santo, con el jesuita padre Griffet predicando sus sermones en Versalles, estoy más inquieta que nunca. La decisión de los parisinos de casi canonizar a madame de Maílly no me va a hacer la vida más fácil. ¿No os dais cuenta de que todo forma parte de una intriga contra mí? Desean que Luis se arrepienta de sus pecados, que haga un repaso de su vida (y de la parte que yo he tenido en ella), y que la considere una existencia repleta de pecados mortales. Quieren inducirle a tal estado de arrepentimiento que no tenga más alternativa que destituirme.

—¡Destituiros a vos! No podría… ¿A quién recurre cuando está cansado y aburrido? A vos, siempre a vos.

—Sin embargo, ya destituyó a madame de Châteauroux cuando él estaba en Metz.

—Eso ocurrió porque pensó que se estaba muriendo, y su necesidad de arrepentirse era perentoria.

—La vida de la amante del rey está llena de sobresaltos y de contratiempos, querida Hausset. En cambio, la vida de la amiga y confidante, más querida del rey sin ser su amante, sería muy placentera, según entiendo.

—Me aterra —murmuró madame Du Hausset.

—Y ahora nos hallamos de nuevo en el punto de partida.

—Y Su Majestad se encuentra con vuestros enemigos. Estarán diciéndole que madame de Mailly era una santa, que debería arrepentirse sin dilación; que aunque el alma de madame de Mailly se haya limpiado con los años dedicados a la piedad, la suya, en cambio, está manchada por los pecados que ha cometido recientemente.

—Pobre Luis, lo pondrán muy melancólico.

—Lo empujarán al arrepentimiento.

—Podría darse el caso de que su melancolía fuese tan grande que se sintiera dispuesto a emplear cualquier medio para disiparla. En ese caso, le oiremos subir las escaleras de mis aposentos.

—¿Y vos le daréis consuelo?

—Yo, y otra. ¿La tenéis preparada?

Madame du Hausset asintió.

—¿Qué aspecto tiene?

—Insolente.

—Y… ¿hermosa, muy hermosa?

—Está como le corresponde a una criada, a una furcia.

Madame de Pompadour se echó a reír.

—Mi querida Hausset, así es exactamente como deseo que esté. Me parece que he acertado. ¡Escuchad! ¿No oís pasos en la escalera?

—¡Ya viene! —exclamó madame Du Hausset, y una sonrisa le iluminó el rostro—. Si quieren, que lo intenten por todos los medios —murmuró—, que nunca conseguirán alejarlo de vos.

 

—He dispuesto que estemos a solas —le dijo ella, sonriéndole con dulzura—. Supuse en qué estado de ánimo os hallaríais. Hausset, por supuesto, se encuentra en su habitación.

Luis asintió.

—No consigo olvidarme de Luisa-Julia —confesó—. Los recuerdos me asaltan a cada paso. Vivía en la indigencia; tengo entendido que ni siquiera disponía de medios para alimentar a sus criados como es debido.

—No cabe duda de que era feliz.

—¿Feliz? ¿En tales condiciones?

—Era una santa, según se dice. Los santos son felices. No aspiran a tener posesiones en este mundo; sólo desean mortificar sus carnes y servir a los demás. Era feliz, mucho más feliz que vos ahora. No tenéis nada que reprocharos.

Él la miró y sonrió.

—Siempre me dais consuelo.

Ella cogió su mano y se la besó.

—No pido más que continuar así el resto de mi vida.

—Querida mía, ¿no os parece significativo que en este estado de depresión necesite yo venir a vos, y que cuando he estado a vuestro lado sólo unos instantes me sienta más animado?

—Que así sea por siempre. ¿Querréis hacer algo por complacerme? He dispuesto que nos preparen una cena solamente para nosotros dos. Cenaremos a la burguesa esta noche, siempre que os plazca. Y mientras cenamos haré que olvidéis a madame de Mailly, aunque no sin antes afirmar que no hay nada por lo cual debáis reprocharos vuestros actos. Vos la hicisteis feliz mientras gozó de vuestros favores; después, ella misma obtuvo la felicidad gracias a su vida ejemplar. ¡Qué dama tan afortunada! La suya ha tenido que ser una vida plena.

—No puedo olvidar de qué forma me miró cuando hice que abandonara la corte.

—Ella debió de entenderlo. Además, fue su hermana, madame de Châteauroux, quien la expulsó, no vos.

—Pero yo di la orden. Me miró angustiada y luego apartó la vista, pues supuso que su pena me causaría tristeza.

—Venid, voy a pedir que nos traigan la cena. Tengo una nueva doncella, la cosa más bonita que hayáis podido ver. Estoy ansiosa por conocer qué opinión os merece.

—¿Mi opinión?

Ella se echó a reír.

—Tiene gracia, ¿verdad?, ¿que el rey de Francia haya de emitir su opinión sobre una humilde doncella? Pero… por el momento es una muchacha inocente, aunque si alguna vez he visto a una joven lasciva y voluptuosa, no os quepa duda, es ella. —Se levantó y llamó a madame Du Hausset—. Su Majestad cenará conmigo, a solas los dos. ¿Está todo listo?

—Sí, madame.

—En ese caso, ¿querría Vuestra Majestad acompañarme a la mesa? He dispuesto que la preparen en una de las antecámaras. Allí estaremos más a gusto, creo yo.

—Me habéis preparado una sorpresa —dijo el rey—. Mi querida marquesa, ¡es tan propio de vos desear entretenerme…!

—Este pequeño entretenimiento se adecua a las necesidades que tenéis esta noche mejor que un entretenimiento más grandioso. Además, si hubiese planeado celebrar una mascarada o escenificar una pieza teatral, el padre Griffet me habría criticado más que nunca.

—Desde luego, nos ha traído un aire de melancolía… Aunque, quién sabe, tal vez lo necesitásemos.

La marquesa le había conducido a la antecámara, en donde tomaron asiento.

Hizo una señal a madame Du Hausset, y la doncella entró en el aposento.

La marquesa, mirándole con atención, detectó de inmediato el interés en el rostro del rey. Estaba segura de que esa muchacha, gracias a su peculiar mezcla de inocencia y sensualidad, no dejaría de inspirar deseo. Había elegido con sabiduría. Por el momento, su plan podía culminar con éxito, aunque debía actuar con infinita cautela. Madame de Pompadour tenía que conservar intacta su dignidad. No podía permitir que su conducta se interpretara como la de la celestina del rey. Todo lo que siguiese después había de resultar elegante, desarrollarse con absoluta delicadeza.

La muchacha no sentía el menor temor por el rey. Se inclinó sobre él al servirle, con su inocente y sensual sonrisa. Luis le tocó el brazo, y la marquesa se dio cuenta de que sus manos tardaban en separarse de la joven.

—Debéis perdonarle —dijo la marquesa cuando la muchacha se hubo retirado—. No sabe quién sois. Es la primera vez que está en Versalles. Luis, voy a pediros un favor.

—Concedido —repuso.

—¿Lo decís de veras, cuando aún no sabéis de qué se trata?

—Mi deseo es complaceros. Espero sinceramente que esté en mi poder garantizaros ese favor.

—Deseo dejar estos aposentos.

Luis se quedó sorprendido. Habían planificado juntos la decoración, se trataba de un delicioso grupo de estancias, digno de la amante del rey.

—Hay algunos aposentos en la planta baja del ala norte…

Los ojos del rey centellearon al mirar los de ella. Supo a qué aposentos se refería. Madame de Montespan los había ocupado cuando dejó de ser la favorita de su bisabuelo, Luis XIV.

Recordó que su bisabuelo había adjudicado esos aposentos a madame de Montespan cuando desposó a madame de Maintenon.

Los ojos de la marquesa estaban suplicándole con fervor, aunque eran sabios, serenos, y en extremo amorosos. ¡Qué propio de ella era actuar con semejante delicadeza! Él la entendió a la perfección.

Con ello, renunciaba a su puesto de amante porque sabía que no podría cumplir adecuadamente sus exigencias. Ella quería dedicar sus días a darle comodidad, y sus noches a descansar, ya que lo necesitaba desesperadamente.

Era, desde luego, una mujer maravillosa, tan maravillosa que sabía convertir sus defectos en virtudes.

Se sintió excitado. La bonita joven que ni siquiera sabía que era el rey sería despedida de palacio con un regalo, que tendría un valor superior a lo que ella pudiera ganar en toda su vida. Todo discurriría en un ambiente discreto, sosegado; confiaba en que la marquesa lo dispondría así.

¡Qué situación! ¿Quién, salvo la marquesa, habría sabido conjurar algo tan necesario para los dos y llevarlo a cabo con tanta elegancia? ¿Quién, salvo la marquesa, sería capaz de organizar una velada tan excitante y entretenida?

Ninguna otra cosa podría haberle sacado de su meditabunda melancolía con tanta celeridad como el plan de madame de Pompadour.

Cogió su mano y la besó. Sus ojos resplandecían de contento.

—Mi querida, queridísima amiga —dijo—. Nunca he tenido una amiga como vos. Seguid así, os lo ruego, mientras continuemos vivos los dos.

La marquesa emitió una leve risa.

El primer paso estaba dado. Así iba a empezar una nueva etapa en su vida: noches de glorioso descanso y de paz la esperaban. Todos los días despertaría fresca, llena de vigor, dispuesta a ser la buena amiga del rey, su confidante, para ayudarle en los asuntos de estado, y para planear sus placeres.