El camino de Compiègne

Jean Plaidy · Capítulo 1 de 21

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El camino de Compiègne

El camino

 

Durante los días calurosos, las gentes de la ajetreada capital hablaban sin cesar del camino. Bromeaban a cuenta del camino, se mofaban del camino, lo vilipendiaban y, en suma, lo aborrecían.

Como el pueblo de París tenía por costumbre sacar cantinelas a todo lo que fuera motivo de entusiasmo o de odio por alguna razón especial, no tardaron en oírse a propósito del camino.

Cuando los panaderos de Gonesse iban a la ciudad dos veces por semana con sus cargamentos de pan —que forzosamente debían vender al pueblo, ya que les estaba prohibido regresar con sobras al otro lado de la Barrera—, hablaban largo y tendido del camino con los campesinos que iban a Les Halles, el gran espacio circular en el que desembocaban seis calles.

Tras agotar las excelsas cualidades del pan, o del pescado, la carne y las verduras, les quedaba tiempo para hablar del camino.

Las expendedoras de café que se colocaban en cada esquina, con las tinas a la espalda, voceaban: «Café au lait a dos céntimos. Café au lait con azúcar, amigos». Y mientras sus clientes se paraban a tomarse un café en las tazas de barro, bromeaban con la expendedora a propósito del camino.

Los barberos, pese a correr frenéticos de un lugar a otro para cumplir sus citas, pues era la época en que florecían las pelucas y los tirabuzones, con las ropas blanqueadas por los polvos de talco, se contaban unos a otros las últimas noticias acerca del camino; los abogados, cuando iban hacia Châtelet, lo comentaban con graves ademanes; los funcionarios, aunque tenían que correr para llegar puntuales al trabajo, susurraban toda clase de comentarios a cuento del camino.

Hablaban del camino los señores y las señoras en sus carruajes, los sudorosos pasajeros apiñados en los carrabas que iban dando tumbos, yendo a Versalles o viniendo de allí a unos tres kilómetros por hora, así como los que, sin poder permitirse un carruaje, despreciaban el carrabas y se veían obligados a viajar en aquellos cómicos vehículos que el humor de los parisinos había bautizado como pots de chambre, es decir, orinales.

En el Palais Royal, las prostitutas y los galanes se presentaban unos a otros aprovechando cualquier comentario acerca del camino, mientras que los agitadores habían hecho del camino el tema de sus feroces polémicas.

Los hombres y las mujeres que avanzaban cautelosos por las calles, escogiendo bien el itinerario para rehuir los barrizales que desprendían emanaciones sulfurosas, bromeaban a propósito del camino; los que hacían un alto en el Pont-Neuf para peinarse y para cepillarse las ropas, hablaban del camino con los valets de la calle.

El camino de Compiègne, la Route de la Révolte, había prendido en la imaginación de las gentes de París. Era un símbolo interpuesto entre ellos y el rey, era la respuesta contundente de Luis XV a las críticas que todo el pueblo de París le había dedicado. «Habéis dejado de llamarme Luis el Bienamado, ¿no es así? Pues yo he querido que se construya un camino para no tener que atravesar vuestra ciudad. Nunca más volveré a París por asuntos de placer,

sólo cuando mis deberes me exijan estar presente en la ciudad[1]».

Y las gentes de París se reían y cantaban groseras canciones acerca del camino de Compiègne, pues deseaban que el rey supiera que su indiferencia no era superior a la de ellos, amén de estar dispuestos a manifestar su aborrecimiento si fuese necesario.