El camino de Compiègne
Madame Seconde
En palacio se armó el revuelo que siempre se producía cuando había un nacimiento en el seno de la familia real. Fue una gran ocasión, pues la esposa del Delfín había dado a luz, y en esta ocasión no desilusionó a aquellos que esperaban un niño: el 12 de septiembre de 1751, el pequeño duque de Borgoña vino al mundo.
El Delfín y sus amigos estaban extasiados, al igual que el rey y la reina. María Leszczynska había tratado a su nuera con extrema frialdad a su llegada a Francia, porque María-Josefa era hija del hombre que había arrebatado a Estanislao, su padre, el trono de Polonia. Ahora bien, el talante gentil de su nuera, su piedad y su determinación de conquistar el afecto de la familia real francesa no tardaron en derribar los prejuicios de la reina.
El rey también estaba encariñado con ella. La encontraba inteligente, y, aunque en modo alguno era una mujer atractiva —tenía una dentadura horrorosa, y una nariz grande y fea—, poseía una figura agradable y una piel muy clara; por otra parte, cuando se animaba, algo que a menudo sucedía en compañía del rey, resultaba encantadora.
Tenía un fuerte sentido del deber; tras dar a luz a una niña, y tras ver cómo se malograba otro embarazo, fue a tomar las aguas a Forges, pues pensó que así aumentaría su fertilidad. ¡Hubiera deseado tanto tener un hijo!
Por fin lo había logrado; se dieron órdenes para que el regocijo fuese general en toda Francia.
Todos acudieron a admirar al recién nacido, que prometía ser un niño sano y lleno de vitalidad.
El Delfín afirmó que era el padre más orgulloso de toda Francia, e insistió en llevar él mismo al bebé por la estancia, de un lado a otro, mientras María-Josefa lo miraba con orgullo y con afecto; nunca dejaba de sentir el deseo de complacer a su esposo, y en esa ocasión notó que estaba consiguiéndolo de manera admirable.
La marquesa acudió a rendir homenaje al recién nacido. Estaba deseosa de que el Delfín y su esposa supieran que, por mucho que recelaran de ella, no les guardaba ningún rencor.
—Este pequeño —exclamó— tiene los ojos de su abuelo.
Era verdad. El pequeño duque de Borgoña la miraba fríamente, con ojos de color azul intenso.
El Delfín no pudo soportar la experiencia de ver a su hijo en brazos de la marquesa, así que él mismo se lo arrebató. La marquesa, sonriente, se lo dejó quitar, sin dar muestras de que su brusquedad le hubiese dolido.
Como de costumbre, estaba determinada a conquistar a sus enemigos, a fuerza de sonrisas, si fuese posible, sin amenaza alguna; deseaba verse con ellos, en vez de contra ellos. Era consciente de que una mujer en su situación necesita tener amigos en todos los terrenos, y creía que sólo con ignorar la enemistad, ésta, en ocasiones, deja de existir.
Tras haber cogido a su hijo de brazos de la marquesa, el Delfín abandonó los aposentos de su esposa y se dirigió a los de su madre.
—Sólo de pensar en la relación que esa mujer mantiene con mi padre, me pongo enfermo —dijo él—. Se conduce como si ella fuese la reina. ¡Qué detalle ha tenido con mi hijo! Esa mujer de baja cuna… sin crianza… ha cogido en brazos a mi hijo, al heredero del trono de Francia, y ha comentado su parecido como si tal cosa. ¡Es intolerable!
—Hijo mío —contestó la reina, a la vez que se abrigaba con el chal que le cubría los hombros—, ¿imagináis que me produce algún placer ver su elevación en la corte? No queda más remedio que aceptar tales humillaciones. Hay que soportar con resignación las cargas que Dios nos impone, pensando sólo en Su mayor gloria.
—Si yo fuese el rey, daría buen escarmiento a todas las mujeres como ésa.
—No os hará ningún bien despotricar contra ella; además, eso desagrada a vuestro padre. El único modo de tratar semejante situación es negándose a hablar con ella.
—Así lo hago. ¿Sabéis? Ayer mismo mi padre dispuso que ella viajara en mi carruaje. Ni mi esposa ni yo le dirigimos la palabra.
—Ser tratado como si uno no existiese es mucho más efectivo que ser tratado con enemistad —dijo la reina—. Contadme ahora qué festejos habéis dispuesto, vuestra esposa y vos, para celebrar el nacimiento de vuestro hijo.
—Como sabéis, habrá una misa de acción de gracias en Notre-Dame.
—El pueblo deseará que se celebren desfiles, bailes por las calles, que haya vino gratis…
—Pues no tendrán nada de eso. El pueblo es víctima ya de demasiadas extravagancias. Me propongo dar una generosa dote a seiscientas muchachas que se hayan destacado por sus virtudes.
La reina sonrió: su hijo era un hombre modelado a la luz de su propio corazón.
—Un día —le dijo— el pueblo de Francia se llenará de alborozo al llamaros rey.
El Delfín cerró lentamente los ojos; no deseaba que la reina fuese testigo del destello de esperanza que iluminó su mirada. Ni siquiera él mismo quería reconocerlo.
Creía que el pueblo de París ansiaba que llegara ese día en que todos alzarían el mismo grito: «Le Roi est mort. Vive le Roi!». Ni siquiera deseaba admitir que él también lo ansiaba; sin embargo, tenía la impresión de que si fortaleciese al partido de la Iglesia, si lograse que fueran expulsadas de la corte las mujeres del estilo de la Pompadour, Francia sería una nación más feliz.
La procesión real avanzaba hacia Notre-Dame: era una de esas ocasiones en que Luis debía visitar por fuerza su ciudad.
Los parisinos lo contemplaban con mala cara: deseaban hacerle saber que ellos, el pueblo, tenían tan pocas ganas de verle en París como pocas eran las ganas que él mismo tenía de estar allí.
Afrontó con su blando encanto la mirada de los que observaban su carruaje. Emanaba de él una dignidad que exigía de todos los presentes su respeto, aun cuando éstos hubieran decidido no mostrárselo.
No era fácil insultar a gritos al rey cuando él se encontraba entre ellos. Vestido con sus suntuosas ropas oficiales, su figura era impresionante; la reina, a su lado, carecía por completo de esa dignidad, y parecía una mujer sencilla, rolliza, tan alejada de la realeza que los ciudadanos se enorgullecían de su rey, incluso a despecho de sí mismos.
Todos tenían presente que era Luis de Borbón, que pertenecía a un importante linaje real, que descendía directamente de su amado Enrique IV, el cual, había que reconocerlo, tuvo tantas amantes como cualquier otro rey de Francia, si es que no tuvo más. Tal vez recordasen después que Enrique IV, por libertino que fuera, amó a su pueblo y estuvo siempre a su servicio; ahora bien, mientras el carruaje avanzaba hacia Notre-Dame todos olvidaron en esos momentos cuánto aborrecían al rey.
Sin embargo, los viejos resentimientos no estaban tan apagados como para que el pueblo mostrase cierto placer al verle. Entre ellos, en sus casas y en las calles, se habían quejado demasiado de él. El camino a Compiègne había sido construido hacía muy poco tiempo. No era fácil olvidar que esa ocasión era una de las pocas en las que el rey no podía evitar su presencia en París.
Así, hubo muy pocos que gritaron «Vive le Roí!» a medida que la procesión discurría desde Versalles a Notre-Dame de París. Llegó a decirse que quienes lo aclamaron habían sido pagados por ciertos cortesanos, para que despertaran un mínimo entusiasmo en la muchedumbre.
De ese modo atravesó el rey las calles de París, para dar gracias a Dios por el nacimiento de su nieto, blando y sereno, como si ignorase su impopularidad, como si hubiese olvidado por completo que en otros tiempos había sido recibido con tan gran alborozo por los ciudadanos de París que llegaron a llamarle «el Bienamado».
La esposa del Delfín iba sentada en su carruaje, con el Delfín a su lado.
Éste, iba diciéndose, debiera ser uno de los días más felices de su vida. Su esposo, a quien tanto empeño había puesto en complacer, la amaba; en esos momentos toda Francia celebraba el nacimiento de su hijo, que un día llegaría a ser su rey.
He ahí el propósito por el cual había ido a Francia cuando sólo tenía quince años, cuando no era más que una muchachita asustada a la que se había ordenado que complaciera a la familia real francesa, ya que si fuese aceptada en ella, ése sería el máximo honor al que podría aspirar.
Jamás olvidaría el frío recibimiento que le hizo la reina, igual que su entonces futuro esposo. Él llegó a detestarla: había amado tanto a su primera esposa que por fuerza se habría mostrado resentido con toda mujer que intentara adueñarse de su sitio. De no haber sido por Ana-Enriqueta, jamás habría podido comprenderlo. Siempre amaría a su cuñada porque ella se lo explicó todo; siempre amaría al rey, por haber sido tan amable con ella al principio.
Deseaba de todo corazón que no se hubiese producido la ruptura entre el rey y el Delfín; ella siempre estaría al servicio del Delfín, pero sentía un gran afecto por el rey, al igual que él lo sentía por ella. Aunque el rey estaba al corriente de las reuniones que se celebraban en los aposentos del Delfín, a las que ella asistía, no le tenía ningún rencor. Comprendía su necesidad y su deseo de apoyar al Delfín en todas las cosas; ella sabía que, por mucho afecto que él le tuviese, Luis consideraba que era un poco aburrida, ya que carecía del encanto de mujeres como la marquesa de Pompadour.
El hecho de que ella y su esposo fuesen considerados personas aburridas por los brillantes miembros de la corte del rey acentuaba en cierto modo la amabilidad del soberano hacia ella, pues siempre escuchaba con atención lo que su nuera quisiera decirle, igual que si fuese tan divertida y tan ingeniosa como la Pompadour.
—Qué afortunada sois —le dijo el rey— por poseer un marido tan fiel.
Desde luego que era afortunada: había muy pocos maridos fieles en la corte de Francia, y ella temía en secreto que un buen día el Delfín se acostumbrara tanto a la moda reinante que tomara una amante también.
Pero no debía sentir tales temores en un día como ése, aun cuando no todo se desarrollara como hubiera debido ser. ¡Qué callado estaba el pueblo! Apenas hubo aclamaciones al paso del carruaje real. La gente, en grupos silenciosos, los miraba con gesto de reproche.
Ella había observado que algunos ciudadanos estaban muy flacos, y llevaban ropas que eran simples andrajos. Se decía que la pobreza reinante en París era muy grande a causa de los altísimos impuestos que los ciudadanos debían pagar. El precio del pan iba en constante aumento, y se contaban abundantes historias de las revueltas desatadas ante las panaderías.
Habían salido de la iglesia, e iban de regreso a Versalles, cuando al aproximarse al puente de la Tournelle se fijó en que la muchedumbre estaba más apiñada que antes. El carruaje que llevaba al rey y a la reina avanzaba en medio de un silencio hostil. La esposa del Delfín se acercó involuntariamente a su marido.
El pueblo llano había comenzado a murmurar; la esposa del Delfín, mirando por la ventanilla, se dio cuenta de que la muchedumbre estaba compuesta sobre todo por mujeres que intentaban acercarse más al carruaje, aunque los guardias hacían lo posible por impedírselo.
Entonces, una de las mujeres consiguió librarse del gentío y se arrojó hacia el carruaje, se agarró del estribo y asomó el rostro por la ventanilla.
—¡Pan! —gritó—. ¡Dadnos pan! Nos morimos de hambre.
Los guardias la habrían quitado de en medio de un empellón, pero el Delfín los contuvo.
—Arrojadles dinero —ordenó.
—¡Dinero! —exclamó la muchedumbre—. No queremos unos cuantos luises, monseigneur, queremos pan.
—¡Pan! —coreaba la muchedumbre—. ¡Pan!
El Delfín sacó la cabeza por la ventanilla.
—Comprendo vuestros sufrimientos —dijo—. Hago cuanto puedo por ayudaros.
Se hizo el silencio. El pueblo había oído hablar de la piedad del Delfín: él no vivía de forma extravagante, no dilapidaba el dinero arrancado al pueblo con los impuestos; no se dedicaba a construir espléndidos castillos. Se decía incluso que daba gran parte de su estipendio a los pobres.
—Os amamos, monseigneur —gritó una mujer—. Pero tenéis que expulsar a la Pompadour, ella es quien gobierna al rey, la que tiene arruinada a Francia. Si la tuviésemos hoy en nuestras manos, no quedaría de ella nada que pudiera servir de reliquia.
—Buenas gentes, hago cuanto puedo por ayudaros —repitió el Delfín.
Acto seguido ordenó al capitán de la guardia que repartiese dinero entre ellos, y el carruaje siguió su camino.
La esposa del Delfín estaba pálida y temblorosa; le costó trabajo dominar su impulso de arrojarse llorando en brazos de su marido.
Sin embargo, el Delfín iba sentado muy erguido, apoyado en el satén de la tapicería pensando en lo sucedido. «Esa mujer ha hablado en nombre de todo el pueblo de París. “Os amamos, —ha dicho—. Expulsad a la Pompadour”».
Era buena prueba de que el pueblo había transferido las lealtades debidas al rey hacia él mismo; sabía que su padre podía ganarse de nuevo el respeto del pueblo, ya que el rey poseía un encanto natural y una dignidad de las que el Delfín carecía. Aún no era demasiado tarde para que el rey cambiara de modo de vida, para que dejase que el pueblo lo viera con más frecuencia, para borrar todas las implicaciones del camino a Compiègne.
Si su padre lo hiciese, si trabajase por el bien de su pueblo, si se mostrase dispuesto a ser un buen rey, el pueblo no recurriría con tal ansia al Delfín.
Pero no lo haría. Ya había elegido qué rumbo quería seguir. Lo decidió cuando ordenó la construcción del camino a Compiègne.
«Y ahora el pueblo espera —pensó el Delfín—. En realidad, rezan para que mi turno llegue pronto».
Era un frío invierno y el viento del este, que barría las calles de París, llevó la enfermedad y la penuria a la ciudad. El palacio no se libró de ello.
Desde el exilio de Carlos Eduardo Estuardo, Ana-Enriqueta había ido debilitándose: estaba cada vez más frágil. Intentaron obligarla a comer, pero no tenía apetito. En ocasiones se pasaba las horas muertas mirando por la ventana de su aposento, ya fueran los jardines o la Avenue de París. En aquellas habitaciones, grandes y aireadas, parecía no sentir el frío.
Los miembros de su familia que realmente la amaban —y todas sus hermanas la querían mucho, incluida Adelaida, a pesar de que le irritaba su apatía— se fueron preocupando cada vez más por su salud.
La reina era quien menos simpatía mostraba. Deploraba la debilidad de su hija, que le había llevado a ceder a sus sentimientos sin oponer resistencia. Si la vida se tornaba difícil, había que afrontar las desilusiones por medio de la oración. Ése fue el consejo de la reina.
Ana-Enriqueta atendió, respetuosa, el consejo de su madre, pero no halló consuelo alguno.
Desde una ventana de palacio, Adelaida la vio un desolado día de febrero: paseaba inadecuadamente vestida por los jardines, como si fuese un día de verano.
Acompañada por Victoria y Sofía, Adelaida salió y conminó su hermana a que regresara al palacio.
Ana-Enriqueta se dejó llevar a los aposentos de Adelaida, en donde el gran fuego de la chimenea caldeaba una de las estancias más pequeñas.
—Si estás temblando —gritó cogiendo las manos de su hermana—. ¿Cómo puedes enfriarte de esa manera como si nada? —Adelaida meneó la cabeza, a modo de reprimenda; Sofía y Victoria la imitaron.
En esta ocasión no les dedicó su dulce sonrisa: se recostó en la silla que Adelaida le había acercado, con una gélida mirada.
Estaba tan cansada que se alegró de reposar; sentía un dolor en el pecho que le dificultaba la respiración, y los rostros de sus hermanas parecían flotar ante ella. Aunque no estaba segura del todo: no sabía bien quiénes eran. Por un momento, mientras estuvo en los jardines, junto al estanque, había pensado que su hermana gemela, Luisa-Isabel, se hallaba junto a ella, y que las dos aguardaban a que su padre las llamara para comunicarles cuál de las dos debía viajar a España para casarse allí.
Se había imaginado que le tocó a ella, que ella debía marcharse a España. El duque de Chartres se sintió muy apenado, aunque después no estuvo segura de que fuese el duque de Chartres o el príncipe Carlos Eduardo Estuardo.
—No será para mí —murmuró—. Tengo mala suerte con los amantes…
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Adelaida.
—¿Qué está diciendo? —susurró Victoria a Sofía, que, como de costumbre, miró a Adelaida en espera de la respuesta.
—No tiene importancia —dijo Ana-Enriqueta—. Tengo mala suerte con los amantes, pero eso ya no tiene ninguna importancia.
Luisa-María, la menor de las hermanas, entró despacio en la estancia. Caminaba con cierta dificultad, pero su rostro era todo vivacidad. Sin embargo, al mirar a su hermana mayor se le borró la sonrisa.
—¡Ana-Enriqueta! —exclamó, y se apresuró a coger a su hermana de la mano—. ¿Qué sucede? Le arden las manos —dijo volviéndose hacia Adelaida —. Tiene fiebre. Llamad a sus damas de compañía, llamadlas de inmediato. Que calienten su cama. Tiene que acostarse cuanto antes; nuestra hermana está muy enferma.
Adelaida se sintió molesta por la injerencia de su hermana menor, y alzó las cejas con gesto arrogante.
—No tenemos tiempo que perder con la etiqueta de palacio —exclamó Luisa-María—. Nuestra hermana está enferma…, tan enferma que me da miedo.
Adelaida ordenó a Victoria que fuese a los aposentos de Ana-Enriqueta y advirtiese a sus damas.
—Escuchad —dijo Luisa-María—, la llevaremos allí. Ana-Enriqueta, hermana, ¿no me reconocéis?
Ella sonrió con tal paciencia que Luisa-María pensó que era la sonrisa más dulce que había visto en su vida.
—Daos cuenta —dijo la enferma, dejándose llevar, aunque tambaleante, por sus hermanas—; no hubo amante que me quisiera. Yo traje mala suerte a los amantes, pero no dejéis que eso os preocupe. Ahora ya no tiene importancia.
—Se le va la cabeza —dijo Adelaida.
—No —dijo Luisa-María—. Yo creo que la entiendo.
Se echó a llorar en silencio; las lágrimas resbalaron por sus mejillas, hasta caer sobre el vestido de satén.
Ana-Enriqueta no se dio cuenta de que sus hermanas la llevaban a sus aposentos.
Luis miró a la marquesa con el rostro demudado por la pena.
—Ella… tan joven… —murmuró—. Mi pequeña Ana-Enriqueta… muerta.
—Llevaba algún tiempo enferma —dijo la marquesa—. Nunca tuvo la salud que todos desearíamos que hubiese tenido.
—No puedo ni imaginar siquiera cómo será la vida sin ella.
—Querido mío —dijo la marquesa—, debemos soportar esta pérdida tan bien como sepamos. Habéis perdido a un ser a quien amabais y que os amaba; pero aún os rodean otros a quienes no amáis menos que a ella, otros que no os aman menos por su parte, bien lo sé.
El rey dejó que su amante le cogiera la mano y se la besara con dulzura.
La miró, la vio elegante, encantadora. Y pensó: «Es parte de mi vida. Mis alegrías son las suyas, mis penas también lo son. ¿Cómo podría aguantar esta tragedia si mi querida marquesa no estuviese a mi lado para darme su consuelo?».
Sentada ante su calavera, iluminada por una vela, la reina oró por el alma de su hija. También rezó para que esa tragedia cambiara el curso de los pensamientos del rey, llevándolos del libertinaje a la piedad. Sería un recordatorio para él de que la muerte puede sobrevenir en cualquier instante. Se había llevado a su hija; tal vez no estuviese tan lejos de su padre. Quizá se preguntase si no sería deseable que buscara el perdón de sus pecados cuando aún disponía de tiempo para ello.
—Si lo hiciese —dijo al Delfín—, la muerte de vuestra hermana no habría sido en vano.
El Delfín asintió. Lloraba, apenado, la muerte de la princesa. La había amado por su afable disposición, y María Josefa decía que su cuñada era la mejor amiga que había tenido en toda su vida. Recordaba además su utilidad como miembro de la pequeña comunidad que se reunía en sus aposentos, consiguiendo del rey ciertos privilegios para el partido de la Iglesia. A menudo, un pequeño puesto se cubría gracias a su petición para uno de sus miembros. Ante el rey habría sido difícil encontrar un abogado de la causa con más posibilidades de éxito que su amada Ana-Enriqueta.
—Su muerte es una gran pérdida para mí —dijo a su madre—, quizá también sea una gran pérdida para la Iglesia.
La reina le comprendió y estuvo de acuerdo. La pena que sentía no era tan honda como la que afectaba a otros miembros de la familia. A menudo había luchado contra los celos que sentía por sus hijas, a las que su padre amaba mucho más que a su propia esposa. En no pocas ocasiones, Luis se citaba con sus hijas en los petits appartements para compartir con ellas una cena íntima, mientras la reina había permanecido arrodillada durante varias horas seguidas, en oración, procurando apagar los turbulentos celos que se apoderaban de ella.
Nunca olvidaría su llegada a Francia; aquellos primeros meses en que contó con todas las atenciones del rey, cuando fueron amantes, y ella era, a ojos de él, la mujer más bella del mundo.
Ni siquiera para las damas más virtuosas resultaba fácil amar a las demás mujeres, aun cuando fueran sus propias hijas, sobre todo si eran capaces de complacer al rey como ella tanto anhelaba, de una manera que a ella le estaba vedada.
Adelaida lloró con virulencia a su hermana, y derramó lágrimas tempestuosas. Victoria permaneció sentada en su bergère, más melancólica que de costumbre. Sofía observó primero a Adelaida, luego a Victoria, como si tratase de precisar el tiempo durante el cual era conveniente llorar la pérdida de su hermana.
A Luisa-María se le rompió el corazón. No lloró, ni en silencio ni ruidosamente.
—Si me hubiesen dejado sólo un poco más en Fontevrault —se limitó a decir—, nunca habría conocido a Ana-Enriqueta. Oh, ¿por qué no me dejaron más tiempo allí?
Y, de pronto, Sofía dejó de preguntarse durante cuánto tiempo esperaba Adelaida que llorase a su hermana, para esconderse en un rincón y llorar a solas.
En las calles de París, la muerte de madame Seconde supuso tema de libre discusión.
El veredicto fue que la pérdida de su amada hija era una venganza de Dios contra el rey por su vida disoluta.
—¿Cómo podría ser de otro modo? —se preguntaba la gente en los
cafés[8] y en los mercados—. Dios le castigará por el olvido en que tiene a su pueblo, y su embelesamiento por la marquesa. He aquí su justa recompensa.
—Es el resultado de haber ofendido a Dios y encolerizado al pueblo. Dios le ha arrebatado a la hija que él más quería.
El partido de la Iglesia fomentaba observaciones como éstas. Cuanto antes pudiera el rey darse cuenta de que su conducta era muy ofensiva a ojos de Dios —y al partido de la Iglesia—, mejor que mejor.
En los aposentos del Delfín, la esperanza era casi palpable.
—Un desastre como éste podría acarrear la destitución de la marquesa — dijo el Delfín.
El propio Luis se mostraba muy aprensivo. Empezaba a preguntarse si en esa pérdida recién sufrida no habría una advertencia divina. Su hija era joven; desde luego había tenido una salud muy frágil, pero era demasiado joven para morir.
Sus médicos le dijeron que ella no tenía ningunas ganas de vivir. Había rechazado las medicinas, e incluso se había negado a probar la comida que se le preparaba. Y había dado la espalda a sus amigos y familiares, todo con el fin de ir al Más Allá.
No osó pensar siquiera en la infelicidad de su hija. Muchos dirían que había muerto de penas de amor. En dos ocasiones estuvo enamorada, y en ambas vio sus esperanzas frustradas. Su enlace con la familia de Orleáns no fue del gusto de Fleury, por lo cual no llegó a celebrarse la boda. Su amor por Carlos Eduardo Estuardo había sido quizá más intenso, si bien ¿cómo habría podido el rey de Francia dar su consentimiento a ese matrimonio, después de
la derrota del año 45[9]? De aquello ya habían pasado casi siete años. ¿Había llorado ella durante todo ese tiempo a un príncipe que ni siquiera le había sido fiel?
Había muerto porque no deseaba seguir viviendo. Se oyeron trágicas palabras para describir el fallecimiento de una mujer tan joven. A él le inquietaba, y sólo existía una persona capaz de curarle semejante tristeza; sin embargo, el estado de ánimo que se había engendrado por obra del pueblo de París y de ciertos miembros de la corte le llevaron a dudar de la conveniencia de ese solaz.
¡La muerte… qué cerca estuvo de todos ellos! ¿Quién había de ser su próxima víctima? ¿Y si lo alcanzase a él? ¿Y si pasase de este mundo al otro como un pecador que no se hubiera arrepentido?
Quería confesar sus pecados, pero sabía que antes de recibir la absolución, tenía que jurar que no pecaría nunca más.
La marquesa ocupaba ya la suite de madame de Montespan, si bien seguía siendo la amante del rey a todos los efectos. Él sabía que los confesores y los obispos, con la ayuda y el refuerzo del Delfín y del partido de la Iglesia, mantendrían en suspenso el perdón de sus pecados hasta que madame de Pompadour hubiese sido expulsada de la corte.
Ordenó llamar a Adelaida; la abrazó calurosamente y lloraron juntos.
El rey miró a aquella jovencita, tan vivaz como imprevisible. Tenía veinte años, su belleza empezaba a resultar más desvaída, pero su compañía seguía siendo estimulante para él.
En Adelaida podría hallar el consuelo que, por el momento, se sentía remiso a buscar en la marquesa.
—Deberéis ocupar el puesto de vuestra hermana —dijo a Adelaida—. A partir de ahora, tendréis que ser a un tiempo Adelaida y Ana-Enriqueta para mí.
—Sí, padre —exclamó; en sus ojos no cabía duda de la adoración que le inspiraba.
—Ahora tendréis una estancia cerca de la mía —dijo el rey—. Reconstruiremos parte del castillo. Habremos de derribar la escalinata del embajador, pero lo haremos de todos modos.
Adelaida se arrodilló con torpeza y se abrazó a las rodillas de su padre.
—Seré todo lo que vos queráis pedirme —exclamó, y en sus ojos centelleaba el triunfo. Ya había olvidado la muerte de Ana-Enriqueta.