El camino de Compiègne

Jean Plaidy · Capítulo 3 de 21

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El camino de Compiègne

La familia real

 

 

Cuando dejó a la marquesa, Luis se dirigió hacia los petits appartements que había hecho construir para su solaz en torno a la Cour des Cerfs. Allí podía disfrutar de la soledad y de la plena dedicación a sus aficiones; en aquel lugar tenía la grata sensación de que podría coronar una de sus ambiciones: separar a Luis de Borbón de Luis XV de Francia.

Deseaba que le fuera posible desprenderse de su melancolía. La vida parecía no tener nada de auténtico interés que ofrecerle; no era más que una cansina ronda de ceremonias y adulaciones, de brillantes distracciones; pero tan parecidas en el fondo unas a otras, que él no recordaba luego cómo había sido cada una.

Contaba cuarenta años; tampoco era un anciano, pero sentía que la vida no tenía nada fresco que ofrecerle. Estaba ahíto, y muy pocas personas sabían cómo sacarlo de su melancolía. La marquesa era, ciertamente, una de ellas; Richelieu, otro; a veces, su hija Adelaida lo entretenía, porque en realidad era una criatura tan disparatada como inestable; su hija Ana-Enriqueta conmovía en cambio su sentido de la piedad, porque era tan frágil y melancólica como él mismo.

La pobre Ana-Enriqueta seguía doliéndose por la pérdida de su amante, Carlos Eduardo Estuardo. Habría sido una rematada estupidez dar su consentimiento a semejante matrimonio, si bien no lograba evitar cierto remordimiento de conciencia cada vez que veía a Ana-Enriqueta. Por esta sencilla razón evitaba encontrarse con ella en la medida de lo posible, pues detestaba sentir su conciencia agitada.

Adelaida le interesaba más de un tiempo a esa parte. Tenía dieciocho años y era muy bella; resultaba entretenido oírle hablar de asuntos de Estado. Se hallaba realmente convencida de tener una gran influencia sobre su padre, y quizá por eso mismo le tenía tanto afecto. Desde luego se sentía encantada con él; nadie se atrevía a criticarle en su presencia, según él tenía entendido. Si ella sospechase que alguien pudiese criticarle, exclamaría, presa de cólera: «¡Lleváoslo a las mazmorras!».

En la corte, la gente empezaba a comentar si la violenta y vivacísima Adelaida no estaría algo desequilibrada mentalmente. Se preguntaba, además, si el rey se habría propuesto que todas sus hijas permaneciesen solteras de por vida. Eran Ana-Enriqueta, de veintitrés años; Victoria, de diecisiete; Sofía, de dieciséis, y Luisa María, de trece, aparte de la propia Adelaida, de dieciocho, todas ellas casaderas, pero el rey no había movido un dedo para pactar algún matrimonio para ellas.

Por supuesto, no pocos cortesanos veían con suspicacia las relaciones del rey con sus hijas, en particular porque Adelaida le quería con descarada y apasionada devoción. Pero a Luis no le importaba gran cosa. Había crecido aletargado. Le daba igual lo que se dijera de él en la Corte o en la malhumorada ciudad de París, a la cual había negado todo su afecto desde que decidió no visitarla mientras le fuese posible evitarlo.

Le agradaba tener a sus hijas en la Corte. Era placentero comprobar con qué devoción le querían, qué dispuestas estaban —e incluso ansiosas— a olvidar a su madre para darle a él todas sus atenciones.

Por otra parte, había demasiadas intrigas a su alrededor. Pero eso no le importaba en absoluto. Incluso encontraba cierto entretenimiento en ellas.

Estaba decepcionado con el Delfín[4], que, a sus veintiún años, se había vuelto un joven bastante grueso y convencido de estar en posesión de la verdad. Era evidente que se hallaba en manos del partido de los jesuitas, y la delfina, su esposa, estaba de su parte.

Resultaba extraño que un joven con tan poco atractivo hubiera logrado inspirar verdadera devoción en sus dos esposas. Daba la impresión de que María Josefa, su actual esposa, estaba tan enamorada de su marido como lo estuvo su antecesora, María Teresa Rafaela, que murió de sobreparto.

Luis se había dado cuenta de que a medida que pasaba el tiempo el Delfín podía llegar a ser motivo de vergüenza para su padre. Si realmente iba a dar su apoyo a los jesuitas, y por medio de ellos a la Iglesia, poniéndose en contra del Parlement —y habían sido intensas las polémicas entre la Iglesia y el Estado en Francia desde que el papa Clemente XI promulgó la bula Unigenitus en 1713, sobre todo porque dicha bula fue condenada por las autoridades civiles de París en 1730—, podría verse a la cabeza de un poderoso partido y generar de esa forma una seria fricción en el país.

Luis no deseaba considerar de antemano una situación tan desagradable. Prefería vivir el día a día.

No obstante, no lograba impedir que sus pensamientos volvieran de continuo a su familia. Sin considerar a la reina. Rara vez pensaba en ella ahora. Se había cansado de ella tiempo atrás, casi desde que llegó a Francia, con gran asombro de toda Europa, siendo simplemente la hija del rey de Polonia en el exilio, un exmonarca que prácticamente vivía en la miseria, para contraer matrimonio con el rey de una de las naciones más grandes del momento. Pero en aquellos primeros años la había amado, pues era un quinceañero inexperto, y ella, la primera mujer que conocía. Le había dado diez hijos nada menos, siete de los cuales seguían con vida; así pues, los dos habían cumplido con sus deberes para con el Estado, y no tenían por qué preocuparse el uno por el otro. Que ella siguiera dedicada a sus devociones, a aquella vida de increíble aburrimiento, a sus infantiles esfuerzos por tocar el clavicordio y por pintar pequeños paisajes; que siguiera llevando su vida de piedad y virtud rodeada de su propia corte, compuesta al fin y al cabo de personajes tan poco interesantes como ella misma.

Él seguiría su camino, su melancólico camino, desesperadamente en pos de un medio que le permitiera dejar a un lado el aburrimiento, en compañía de mentes tan alegres como la de madame de Pompadour.

Cuando comparaba a su amante con la reina, se decía que su propia existencia sería imposible sin ella. Su querida Juana-Antonieta, su pequeño pececillo. ¡Ah, qué pez! Era una pena que fuese tan fría; aunque, por fortuna, él entendió que esa frialdad no era debida en modo alguno a lo que ella sentía por él.

Anhelaba tener una amante que compartiera con él su erotismo, pero que al tiempo resultara ser una compañera tan encantadora como su querida marquesa.

¿Era posible reunir ambas cualidades en una sola mujer? Tal vez no. Por eso debía contentarse con su querida amiga, que tanto le complacía en todos los sentidos, con una única excepción.

Tal vez no fuera posible hallar completa satisfacción en una sola persona. Él amaba a Ana-Enriqueta, pero su melancolía por la pérdida de su rollizo príncipe Carlos le irritaba sobremanera, a la vez que le remordía la conciencia. Rápidamente se había cansado de Victoria cuando volvió del convento de Fontevrault; Victoria era realmente una tonta sin encanto ninguno, mientras que Sofía era más tonta incluso. Luisa-María sí era algo más brillante, pero la pobre niña no tenía el menor atractivo, ya que era jorobada. No, Adelaida era su hija predilecta por el momento, la loca Adelaida, en quien siempre se podía confiar para entretenerse, aunque fuera apelando a sus desatinos.

Y al pensar en su familia y en su amante, se acordó de la animadversión que existía entre ellas.

Era quizá comprensible que la familia estuviese resentida con la marquesa. Pero ¿por qué, en cambio, ninguno de los miembros de su familia era capaz de conducirse con la dignidad y el decoro de la marquesa?

Era increíble. Ella, con sus humildes orígenes, podía comportarse como una exquisita dama de la corte; si sentía rencor hacia aquellos jóvenes, ¡con qué encanto lo disimulaba!

Luis se avergonzaba de su familia: los enloquecidos planes de Adelaida para expulsar a la marquesa de la corte, con la estúpida aquiescencia de sus hermanas, que no sabían hacer otra cosa que esperar a que Adelaida les diera arte y parte en sus intrigas… En cuanto al Delfín, se había comportado como un escolar maleducado. El rey le había visto incluso sacar la lengua a espaldas de la marquesa.

Desde luego, cuando se paraba a considerar a su familia, no se quedaba nada complacido con su comportamiento. Incluso se alegraba de que madame Luisa-Isabel, la gemela de Ana-Enriqueta a la que siempre se había considerado la mayor de la familia, se hubiera marchado de Versalles, aunque cuando volvió unos días de visita, y aún no hacía tanto tiempo, se sintió complacido de tenerla a su lado.

Comparadas con su hermana, a la que llamaban madame la infanta, las otras muchachas parecían torpes y desmañadas; él se avergonzaba de todas ellas e incluso de sí mismo, por no haberse tomado más en serio su educación.

Adelaida se mostró de inmediato celosa por la atención que su padre dedicaba a Luisa-Isabel; a su manera, tan desatinada como siempre, había formado un partido para enfrentarse a ella. Por si fuera poco, Luisa-Isabel se había hecho buena amiga de madame de Pompadour, tal vez sólo por fastidiar a sus hermanas y al Delfín, dando en cambio un nuevo placer a su padre.

Pero él muy pronto comprendió que eran las ambiciones de madame la infanta las responsables, en gran parte, del afecto que había mostrado a su padre. Ansiaba un trono; estaba disgustada porque una hija del rey de Francia tuviera que conformarse con los ducados de Parma y de Plasencia, que habían ido a parar a sus manos merced a la paz firmada en Aquisgrán. Ella tenía grandiosas ambiciones; le encantaría ver a Francia de nuevo en guerra, para lograr nuevas conquistas y sobre todo para asegurarse un trono; deseaba que José, el hijo de la emperatriz María Teresa de Austria, fuese el esposo de su hija pequeña.

En la corte de España, donde residía, habían hecho de ella una estadista. Pero al ver que era tan exigente, al darse cuenta de que podía perturbar su paz, a pesar del alborozo que le produjo el reencuentro, Luis no se sintió aliviado hasta que ella se marchó de Versalles.

De vez en cuando tomaba café con sus hijas menores. Era un pequeño ritual que nunca dejaba de divertirle. Además, debía descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llevar sus intrigas el Delfín, y la mejor forma de averiguarlo era congraciarse con sus hermanas.

Fue a la cocina de los petits appartements y preparó el café. Cuando estuvo listo, lo colocó en una bandeja y él mismo lo llevó a los aposentos de Adelaida por una escalera privada.

Los ojos de Adelaida brillaron de placer nada más verle; con un gesto indicó a las damas que la acompañaban que salieran. Hizo una vehemente reverencia —todos sus gestos eran vehementes— y Luis pensó que parecía un poco más desatinada cada vez que la veía.

—Café… Queridísimo sire, con esto el día de hoy no podría ser más feliz.

—Mi queridísima hija —dijo el rey—, no os excitéis demasiado. Os ruego que os levantéis; sólo en pos de la informalidad he venido a visitaros de este modo.

—¡Querido papá! —Adelaida se rió—. Debo llamar enseguida a Victoria, aunque, antes, disfrutemos de unos instantes a solas…

—A solas —repitió el rey—. ¿Es posible estar del todo a solas? Diríase que incluso cuando nos imaginamos a solas, hay quienes nos observan sin ser vistos ni oídos.

Adelaida se llevó el dedo a los labios.

—Intrigas… —murmuró—. ¡Hay intrigas por todas partes!

—Querida, ¡cuánto os complace! Pero permitidme serviros una taza de café.

—Queridísimo papá, no hay café que sepa tan bien como el que vos preparáis.

—Me aduláis, hija mía.

—Eso sería imposible. Todo lo que se dijera de vos y de vuestras acciones, sólo podría faltar a la verdad por no ser alabanza suficiente.

—Hay que ver; estáis aprendiendo a hacer cumplidos muy floridos, Adelaida. ¿Cómo van las intrigas? ¿Qué me vais a pedir hoy?

—Clemencia para esos pobres jesuitas, señor. ¿No son santos a su manera? Sé bien que madame de Pompadour los detesta, y que desea verlos despojados de su poder. Eso es bastante natural, ¿no os parece? Está temerosa de los hombres de la Iglesia, es lógico. Si lograsen que vos os arrepintieseis, ella se llevaría su congé.

—Oh —murmuró Luis—, sin duda que si prestara atención a los hombres de la Iglesia, no me entregaría con total indulgencia, con mis encantadoras hijas, a eso que he oído que llaman «orgías».

Adelaida dio una patadita en el suelo, encolerizada.

—Orgías… ¡qué estupidez!

—Os tengo muchísimo cariño —murmuró Luis—. Tal vez bebamos en exceso en nuestras cenas íntimas, en las veladas que sólo nosotros compartimos.

Adelaida siguió dando golpes en el suelo con el pie. Su rostro había enrojecido.

—¡Estupideces! ¡Estupideces! —exclamó.

—Ahora, querida, es hora de llamar a vuestras hermanas. Se les quedará frío el café.

Adelaida tiró del cordón de la campanilla conectado a los aposentos de Victoria; minutos más tarde, ésta llegó apresuradamente. Adelaida la observó con severidad mientras la recién llegada hacía una reverencia a su padre.

—¿Habéis llamado a Sofía? —preguntó Adelaida.

—Sí, Adelaida.

—Bien, querida, he preparado este café. Venid —dijo el rey—. Sentaos a mi lado y contadme vuestras noticias.

Cinco minutos más tarde Sofía apareció.

Hizo una reverencia a su padre, y Luis se divirtió al ver cómo volvía la mirada hacia Adelaida, como si quisiese preguntarle qué debía hacer a continuación.

—¿Habéis llamado a Luisa-María? —preguntó Adelaida. Sofía se llevó la mano a la boca—. Habéis vuelto a olvidarlo —la regañó Adelaida—. Volved de inmediato y llamadla ahora mismo.

Sofía se marchó avergonzada. Luis evitó mirarla; no estaba en modo alguno orgulloso de su hija. Ni siquiera Victoria lo atraía en exceso. No era en modo alguno alegre, y se hallaba completamente dominada por Adelaida.

—¿Qué estabais haciendo cuando oísteis tocar la campanilla? —les preguntó Luis.

Victoria miró a Adelaida en busca de inspiración.

—Adelante —dijo esta última con severidad—. Su Majestad os ha hecho una pregunta y espera una respuesta.

—Estaba sentada en mi bergère —dijo Victoria, mirando de reojo pero con ansiedad a Adelaida, a ver si aquella respuesta contaba con su aprobación.

—Sentada —dijo el rey—. ¿Leyendo, tal vez?

—Oh, no —repuso Victoria—. Comía pollo con arroz. —Sus ojos centellearon con el recuerdo.

—¿Y preferiríais seguir allí sentada, en vuestra bergère, comiendo pollo con arroz, en vez de tomar café con vuestro padre?

Victoria miró a su hermana.

—Por supuesto que no —dijo Adelaida—. Vos apreciáis sobremanera el gran honor de tomar un café que no sólo nos sirve Su Majestad, sino que también nos lo prepara.

—Oh, sí —afirmó Victoria.

—Pues aprovechad el honor —dijo el rey—. Me temo que será todo lo que podáis disfrutar, pues el café se ha enfriado con tanto retraso. Y…, ah, aquí llega Sofía.

—¿Llamasteis a Luisa-María? —la interrogó Adelaida.

Sofía asintió.

De todas sus hijas, pensó Luis, Sofía era la menos atractiva. Parecía como si fuese incapaz de mirarle a la cara, pues tenía la irritante costumbre de mirarle de lado. Adelaida había dicho que no sólo le miraba de ese modo a él. La gente la asustaba, y no pocas veces se pasaba días enteros sin decir palabra a nadie. A veces se echaba en brazos de sus damas de compañía y rompía a llorar; cuando se le preguntaba el porqué, ni siquiera estaba segura.

—Venid, niña mía —dijo Luis—. ¿Os apetece café?

Sofía miró a Adelaida, que asintió, y Sofía habló como si le costase un inmenso esfuerzo.

—Sí, Vuestra Majestad.

Luis se percató de que Adelaida no quitaba ojo a Victoria. Algo estaban tramando, y se preguntó qué podría ser. Era evidente que Victoria debía cumplir un cometido, y que Adelaida se lo estaba recordando con su insistente mirada.

—¿Y bien, Victoria? —le preguntó él.

Ella titubeó, miró de reojo a Adelaida y habló como si repitiera una lección aprendida de memoria:

—Maman Putain tiene una tos terrible. Cada vez es peor. Pero ella se la guarda para cuando está a solas.

Una cólera momentánea asomó al rostro del rey. Tuvo que resistir el súbito impulso de tirarle de las orejas a aquella estúpida y deslenguada criatura. ¿Cómo osaba referirse en su presencia a madame de Pompadour llamándola «Mamá Puta»? No sólo era un insulto a la marquesa; sino también a él.

Recordó, no obstante, había muchas probabilidades de que Victoria ni siquiera supiese lo que acababa de decir; obviamente, estaba obedeciendo las órdenes de Adelaida, de manera que si tenía que irritarse con alguien, debería hacerlo con Adelaida.

Ahora bien, como siempre estaba tan ansioso por evitarse cualquier situación desagradable, lo intentó por todos los medios. Miró a Adelaida con frialdad.

—Es de suponer que vuestra hermana se refiere a alguna de sus conocidas. Os ruego le expliquéis que tales epítetos no deben salir de labios de una joven princesa como ella.

Victoria miraba imperturbable a Adelaida, como quien ha terminado la tarea encargada. Sofía, que tenía la inteligencia elemental para entender que algo no iba como debiera, miraba alternativamente al rey y a Adelaida.

—Ya veo —dijo Luis— que va siendo hora de que me prepare para salir de caza. Diré au revoir a mis hijas.

En ese momento, Luisa-María hizo acto de presencia.

Le había costado todo ese tiempo cruzar las estancias que separaban sus aposentos de los de sus hermanas, debido a su deformidad.

Luis la miró con ojos tristes, hubiera querido que tuviera la presencia de Adelaida, ya que era pequeña, pero muy inteligente; quizá la más inteligente de sus hijas. Era una verdadera desgracia que la pobre niña fuese deforme.

Le ayudó a enderezarse tras la reverencia y la abrazó con un súbito arranque de compasión.

—Lamento mucho, niña mía —dijo—, que hayáis llegado precisamente en el momento en que estaba a punto de marcharme.

—Si Adelaida nos llamara a todas al mismo tiempo cuando Vuestra Majestad desea ver a sus hijas, podría llegar antes de que os marcharais.

—Olvidáis —dijo Adelaida cortante— que sois la menor. Debéis tener en consideración la etiqueta de Versalles.

—La etiqueta de Adelaida, diréis —la corrigió su hermana con una risita —, no la de Versalles. Tal vez Vuestra Majestad quiera dar orden de cómo debe procederse.

Luis le tocó la mejilla con el dorso de la mano.

—Querida —dijo—, ¿deseáis que haga un desaire a madame Adelaida?

Había tenido más que suficiente con las coléricas miradas de Adelaida, el aire desafiante de Luisa-María, la pereza de Victoria y la impasibilidad de Sofía.

—Adíen, hijas. Pronto volveremos a vernos.

Cuando a una señal de Adelaida, todas hicieron una reverencia a la vez, el rey regresó por la escalera privada a sus propios aposentos.

Poco podían hacer sus hijas para aliviar su melancolía. Entonces recordó que esa tarde sería recibido por la marquesa en Bellevue, y su espíritu se animó.

 

En sus aposentos, la reina estaba rezando. Arrodillada ante una calavera humana, iluminada de cerca por una vela y decorada con unas cintas, rezaba por muchas cosas: por la salud de su esposo y por el retorno de sus favores a ella, para que sus hijas encontraran buenos maridos, para que aumentara la credibilidad de la familia y de la nación, para que madame de Pompadour quedase relegada a un lado y el rey se sintiera tan temeroso de la vida del Más Allá que regresara a su esposa.

Era alarmante contemplar el poder que la amante del rey tenía. Hacía poco tiempo el conde Phélippeaux de Maurepas había sido destituido y expulsado de la corte por el simple hecho de haber escrito unos versos satíricos y groseros a propósito de la Pompadour. Maurepas había sido gran amigo de la reina y del Delfín; su marcha supuso una gran pérdida para ambos.

—Santa Madre de Dios —oraba la reina—, mostrad al rey lo erróneo de sus costumbres.

No estaba pidiendo un milagro. Luis, a pesar de su enorme vitalidad —era capaz de cabalgar hasta dejar exhaustos a los caballos más resistentes, podía seguir montando más tiempo que cualquiera de sus amigos, y ella misma había tenido en tiempos una desagradable experiencia de sus demandas conyugales—, había sufrido con frecuencia achaques y fiebres, por lo que no sería impensable lograr que meditara acerca de una muerte repentina.

De hecho, ella estaba convencida de que su melancolía era, en cierto modo, debida a que tenía conciencia de que en cualquier momento podía fallecer, con todos esos pecados encima.

Se estremecía al pensar en el alma de Luis; siempre que le surgía una mínima oportunidad, se lo hacía saber al punto. Obviamente, esas ocasiones no abundaban. Rara vez se hablaban el uno al otro, salvo en público. Si ella deseaba abordarle a propósito de cualquier asunto, debía hacerlo por carta, pues era la única forma segura de llamar su atención.

Se levantó y avisó a sus damas favoritas, la duquesa de Luynes, madame de Rupelmonde y madame d’Ancenis. Iban las tres sobriamente ataviadas, y, al igual que ella eran damas decorosas, espíritus gemelos de la reina.

—Creo —dijo— que leeremos un rato juntas.

Cuando madame d’Ancenis se acercaba a coger el libro de teología que leían en voz alta, la duquesa de Luynes comentó:

—Esperaba que Vuestra Majestad tocase el clavicordio para nosotras.

La reina no pudo disimular su placer.

—En ese caso, ya que me lo pedís, tocaré —dijo—. Podemos leer más tarde.

Sus damas tomaron asiento a su alrededor, mientras ella a duras penas ejecutaba las piezas en el clavicordio, sonriendo de satisfacción, porque la música sonaba deliciosa a sus oídos.

Madame de Luynes, al observarla, pensó: «Pobre señora; le da un placer inmenso, y para nosotras tampoco es muy penoso de soportar».

Después estudiaron todas el mural que la reina estaba pintando en una de sus pequeñas estancias. Manifestó su complacencia como lo habría hecho una niña, incapaz de ver las faltas. Madame de Luynes observó que los maestros de pintura de la reina habían estado trabajando en el mural para mejorarlo en cierto grado, a pesar de lo cual seguía siendo un trabajo penoso.

Las damas lanzaron exclamaciones entusiasmadas, haciéndose lenguas de su belleza, si bien madame de Luynes sabía que las otras, como ella misma, estaban decididas a aportar algo de alegría a la vida de la reina, por lo cual no dudaban suprimir un poco de su honradez con tal de elogiar los trabajos de la soberana.

Se había sentido complacida, así que regresó a sus deberes. Apareció el libro de teología y cada una de las damas leyó por turno un rato en voz alta, mientras las demás escuchaban haciendo sus labores de punto.

Ninguna prestaba atención a la tediosa lectura, aunque todas permanecían sentadas con la cabeza ladeada, fingiendo escuchar con atención.

La mente de cada una de ellas estaba muy lejos de allí. La reina pensaba en el pasado, pues ese mismo día había recibido carta de su padre. Aquellas cartas de Estanislao, por entonces gobernador del Ducado de Lorena, aunque

en tiempos había sido rey de Polonia[5], suponían para ella los instantes de máxima brillantez en su vida. Sólo por parte de su padre contaba con un amor constante.

Se repitió en silencio la frase inicial de esa carta: «Mi querida María, mi única María, sois mi otro yo y vivo solamente por vos…».

No eran palabras huecas: su padre la amaba como no la amaba nadie más en el mundo. A menudo recordaba el día en que él entró como un torbellino en la estancia donde estaba ella con su madre, para comunicarle que iba a ser reina de Francia. Nunca podía pensar en aquello sin que las lágrimas asomaran a sus ojos, si bien, por extraño que pareciera, no eran lágrimas producidas por la pérdida de las alegrías que ella había creído eternas, sino debidas a que echaba en falta a su padre, ya que, como era natural, no podían reunirse con la frecuencia que los dos desearían.

Así transcurría su existencia, pensaba, siendo cada día muy similar al anterior. Ella, con su reducida corte, que nada tenía que ver con la corte del rey, vivía de acuerdo con los modelos que se había impuesto: las oraciones, los interludios con sus damas —como el de esos momentos—, los ratitos dedicados a la pintura, las partidas de cartas al anochecer y el retirarse temprano a su dormitorio.

Luis nunca la visitaba ya en sus aposentos, realidad por la cual sólo sentía un vago pesar y un notable agradecimiento. Era otra la que debía padecer ahora sus virulentos ataques de pasión. ¡Pobre madame de Pompadour! ¡Cómo soportaba la presión!

Descubrió de golpe que estaba pensando en voz alta.

—Me ha parecido que la marquesa estaba hoy un tanto fatigada.

Se oyeron suspiros de alivio entre el grupo. La duquesa de Luynes levantó la mirada del libro.

—Tengo entendido, Majestad, que a menudo sufre rachas de agotamiento —comentó madame d’Ancenis—, y que no es infrecuente que se desmaye.

—Sólo madame Du Hausset sabe la verdad de lo que ocurre —dijo madame de Rupelmonde—. Y ella guarda celosa y devotamente a la marquesa y sus secretos.

—Me alegro —dijo la reina— de que madame de Pompadour tenga tan buena y servidora amiga —sonrió afectuosa al trío—. Yo sé muy bien qué puede significar esa amistad.

—La dama es muy impopular entre el pueblo llano —murmuró la duquesa de Luynes.

—Tales damas suelen serlo —admitió la reina.

—Si vos, madame —dijo la duquesa—, os dejarais ver más a menudo en compañía de Su Majestad, el pueblo se sentiría complacido. Tengo entendido que en la ciudad se habla continuamente del camino de Compiègne. Esta disputa que se ha declarado entre el rey y la capital… me inquieta. Se oyen cuentos y habladurías que…

—Oh —la interrumpió con vehemencia madame d’Ancenis—, si al menos Su Majestad rompiera con la marquesa y estuviera con vos como al principio…

Los dedos de la reina apretaron con fuerza una camisa destinada a algún pobre parisino, y ella olvidó en el acto su aposento, olvidó el presente y se sumergió en el pasado: llegaba a su primer encuentro con el rey en aquel pequeño lugar, no lejano de Moret, que desde entonces había sido bautizado como Carrefour de la Reine. Salía del carruaje para conocer a su esposo, que tenía quince años y era el joven más apuesto que ella hubiera visto en la vida; experimentaba de nuevo el gran alborozo que le supuso saberse amada, a pesar de ser hija de un rey en el exilio sin dinero, y aun siendo casi siete años mayor que su esposo. Aquellos días de éxtasis habían terminado hacía tiempo, y no había forma de regresar a ellos. Por tanto, era una debilidad dolerse por haberlos perdido.

¿De qué estaban hablando sus damas? La conversación había adoptado un giro peligroso. La Pompadour. El camino de Compiègne. No eran temas indicados para una reina que respetaba la etiqueta de Versalles con más rigurosidad que ningún otro cortesano.

La suavidad abandonó sus facciones, y su boca se convirtió en una firme línea recta.

—Os ruego —dijo a la duquesa— que prosigamos con el libro.

 

En el château de Bellevue, madame de Pompadour aguardaba la llegada del rey.

¡Qué paz reinaba en aquel hermoso lugar! Le habría gustado estar allí sólo con su hijita, la pequeña Alexandrine, y con madame Du Hausset, y tenderse perezosamente a la sombra de los árboles, en el rincón más apacible de los jardines. Pero era imposible. Había trabajado muy duro hasta alcanzar la posición en que se hallaba, y debía trabajar con el mismo empeño por mantenerla. En ningún momento debía descuidar el poder que tenía sobre el rey; nadie estaba tan al corriente como ella de las muchas personas que había, ansiosas por apoderarse de lo que, por el momento, a ella pertenecía.

Había llegado de Versalles una hora antes con el fin de asegurarse que todo estaba dispuesto para la visita del rey. Por fortuna, Bellevue no estaba lejos de Versalles. Por desgracia, no estaba lejos de París, con lo que los habitantes de la capital podían dar un cómodo paseo para contemplar la última extravagancia de la amante del rey.

Miró el reloj dorado y se fijó en la hora. Faltaba poco para que el rey estuviera con ella.

Salió a pasear por los jardines, pues el brillo del sol era tentador. No soplaba ni una brizna de aire, y el silencio y la calidez del lugar le daban un ambiente intemporal. «Así ha de seguir siendo —pensó—, mucho después de que yo falte. La gente vendrá a Bellevue y dirá: “Éste es el palacio que el rey hizo construir para madame de Pompadour”». La recordarían como la mujer que más éxitos cosechó en su época, aunque pocos llegaran a adivinar la auténtica historia.

—Alexandrine —llamó a la niña que, en compañía de un chico pocos años mayor que ella, miraba los peces dorados en uno de los estanques.

Su hija fue corriendo hacia ella. ¡Qué desgarbada era la niña! Pero no tenía más que siete años; aún le quedaba tiempo para cambiar. Con eso y con todo, nunca llegaría a tener una belleza tan deslumbrante como la de su madre.

«Tal vez —pensó la marquesa—, encuentre el contento en vez de la adulación, la paz interior en vez de la constante obligación de sobresalir entre los demás».

—Ah, hija mía —dijo la marquesa después de besar levemente a su hija en la frente—. ¿Estáis cuidando de vuestro invitado?

—Oh, sí, Maman. Dice que los jardines son estupendos para jugar al escondite.

—No os acaloréis demasiado, cariño —dijo la marquesa con cierta preocupación. Sólo con ver a su hija, su única hija, se despertaba en ella la ternura más absoluta. ¡Cómo deseaba que su padre hubiese sido Luis, en vez de Carlos Guillermo Lenormant d’Etioles! Se hubiera sentido mucho más tranquila en lo tocante al futuro de su hija.

Los jardines dejaron de resultarle tan sosegados; volvió a tener constancia de la imperiosa necesidad de conservar su puesto, de luchar contra la agotadora enfermedad que cada día la obligaba a tenerla muy en cuenta. Debía asegurar bien pronto el futuro de su hija.

—Maman, ¿vendrá hoy Su Majestad?

—Sí, cariño, pero cuando venga, proseguid los dos con vuestros entretenimientos, y no os acerquéis a nosotros a menos que yo os llame.

—Sí, Maman.

—Id ahora a jugar con él. Yo he de ir al château. Su Majestad debe estar a punto de llegar en cualquier momento.

Alexandrine se apresuró en regresar junto al chico, que las había estado mirando con gran interés. A la ligera, la marquesa se preguntó qué cotilleos habría oído contar de ella. Sin duda alguien le habría dicho que debía hacer todo lo posible por complacerla.

Madame du Hausset había salido a los jardines y la llamaba.

—El carruaje llegará en cuestión de minutos, madame. Ya lo he oído acercarse por el camino.

Tenía que recuperar toda su compostura, borrar cualquier huella de preocupación. En Bellevue, él debía sentirse capaz de dejar a un lado todas las formalidades, de ser en cualquier momento Luis de Borbón, de convertirse en rey con la misma velocidad, si eso le apeteciera.

Ella le aguardaba sonriente, con las manos extendidas, porque había percibido en el acto que no iban a mediar las formalidades. Se dio cuenta de que la mañana había sido tediosa para él, y supuso que se debía a sus estúpidas hijas. Por lo tanto, no haría ninguna referencia a ellas durante las escasas horas que él pasara en Bellevue. Algunos habrían pretendido beneficiarse de la irritación que él sentía hacia ellas, pero no la marquesa, porque lo que deseaba era que, en Bellevue, él se sintiera lejos de la corte, con la posibilidad de relajarse por completo y de estar a sus anchas; esa tarde, no iba a ser tanto su amante como la amiga que nunca dejaba de divertirle y de entretenerle.

—Querida mía —dijo el rey besándole la mano—, qué encantador es Bellevue. Qué paz reina en esta casa. ¿No estáis deleitada con vuestro palacete?

—Nunca lo he estado tanto con este momento, ya que ahora claramente ofrece a Vuestra Majestad lo que deseáis.

Él continuaba asiéndole la mano.

—Ojalá pudiéramos quedarnos una semana entera. Por desgracia, hoy mismo debo regresar a Versalles.

—¿Queréis preparar té o café, sire? ¿O preferís una copa de vino? ¿Indico a Hausset que lo prepare, o preferís hacerlo vos? ¿O tal vez os apetezca que lo preparemos juntos?

—Lo haré yo mismo —dijo el rey.

Madame du Hausset ya había hecho acto de presencia, para conocer los deseos de su amante, la marquesa. Hizo una exagerada reverencia.

—Levantaos, querida —dijo el rey—. Esta tarde nos hemos escapado de las ceremonias. Voy a enseñaros cómo preparar un buen café. Venid, observadme y probad después mi café.

Con un gesto de galanura, tomó del brazo a ambas mujeres. Madame du Hausset se ruborizó un poco, si bien una expresión de intensa felicidad afloró a su rostro. No era que se sintiera abrumada por esa señal de la consideración en que el rey la tenía, sino que había caído en la cuenta de que esa tarde no iba a ser demasiado agotadora para su amante.

—Sois un dechado de elegancia, sire —le dijo.

—En absoluto —replicó el rey—; vos sois la mejor amiga de mi mejor amiga. Eso es suficiente para mí. ¿Queréis que os cuente qué me dijo la marquesa el otro día?: «Tengo absoluta confianza en mi querida Hausset — me dijo—. Pienso en ella como en un gato, o en un perro; y a menudo me conduzco como si no estuviese conmigo. Con todo, sé que si tiendo la mano, estará al instante a mi lado, dispuesta a descubrir mi necesidad y a satisfacerla».

—El rey ha repetido mis palabras al pie de la letra —dijo la marquesa, sonriendo a madame Du Hausset.

—La marquesa es mi mejor amiga —comentó madame Du Hausset con evidente emoción en la voz.

—El rey comparte con ella ese afecto —murmuró Luis. Decidió que cuando llegara a Versalles dispondría que a madame Du Hausset le fueran entregados cuatro mil francos como señal de su amistad; y se ocuparía de que recibiera también un regalo todos los días de Año Nuevo.

—Tenéis que mostrar a Su Majestad el regalo que os hice —dijo la marquesa, que había adivinado las intenciones del rey.

—Una exquisita cajita para el rapé, sire —dijo madame Du Hausset.

—Y lo que más le complació, Luis —añadió la marquesa—, fue el retrato de la tapa.

—¿Qué retrato?

—Un retrato de Vuestra Majestad —dijo madame Du Hausset.

—Por supuesto —añadió la marquesa con gracejo.

Habían llegado a las cocinas; los criados, tras las reverencias de rigor, desaparecieron. Estaban al corriente del interés que el rey tenía por la cocina, y supusieron que se disponía a preparar café.

Cuando hubieron tomado el café y madame Du Hausset los dejó a solas, estudiaron los planos de un Hermitage que se proponían construir en Fontainebleau. Recientemente habían construido uno en Versalles, pero la marquesa pensaba que sería una idea excelente añadir a este nuevo Hermitage un aviario y un establo.

El rey estaba complacido con la idea; le dijo que estaba pensando en diseñar una cuadra para los criados, ahí en Bellevue, igual que la que él tenía en Crécy.

La marquesa se entusiasmó con la idea, ya que, a la vez que eso le demostró el inmenso interés que él manifestaba por sus asuntos, comprendió que debía de sentir por ella mayor afecto que nunca:

Después deambularon por los jardines, cuando él expresó el deseo de ver una nueva estatua, que había sido erigida después de su última visita.

La marquesa se sintió relajada, feliz bajo la luz del sol. Ya no le cabía duda alguna del poder que tenía sobre el rey, puesto que, con toda seguridad, las horas que habían pasado juntos aquella tarde tenían para él mayor valor que el de una satisfacción sexual pasajera. Eso él podía encontrarlo en abundancia. En cambio, ¿en qué rincón de su reino encontraría una amiga, una compañera tan entregada, capaz de dedicarse en cuerpo y alma a servir sus intereses como la marquesa de Pompadour?

Se sintió embriagada por el ambiente cálido y perfumado, y por su sensación de haber realizado un logro. Decidió que esa misma tarde se prometerían los esponsales de Alexandrine con el niño que había invitado a jugar con ella. Tuvo absoluta seguridad de que esa promesa matrimonial era garantía del futuro de Alexandrine, ya que el niño no era otro que el propio hijo del rey, que tuvo con madame de Vintimille, una amante por la cual se decía que sintió más afecto que por ninguna otra mujer.

La marquesa sentía una inexplicable envidia por la duquesa de Vintimille, que había irrumpido como una tromba en la vida del rey, dominándola, y que había muerto antes de que menguase en un ápice el poder que conquistó.

Hasta Luis hablaba de ella a menudo con emoción. Era mucho más fácil detentar un poder supremo durante un breve tiempo que tratar de sostener esa posición durante años. ¿Habría llegado a tener madame de Vintimille el mismo éxito de la marquesa si no hubiese muerto de sobreparto?

Iban paseando por las terrazas cuando vieron a los niños. Obedeciendo sus instrucciones, ni Alexandrine ni su compañero de juegos parecieron fijarse en ellos.

La marquesa se percató de la mirada que Luis dedicaba al niño. ¿Era ternura por el pequeño o por la madre ya muerta?

—Me temo —dijo ella con una risita— que no se hayan dado cuenta de que están en presencia de Vuestra Majestad. ¿Deseáis que los llame al orden?

—Dejadles jugar —repuso Luis.

—¿No os parece que forman una pareja encantadora, el pequeño y apuesto conde de Luc y mi propia Alexandrine, aun no siendo tan hermosa como él?

—Son encantadores —dijo Luis—. Y salta a la vista que están muy interesados el uno por el otro.

—Me pregunto si durante su vida seguirán encontrándose tan al tanto el uno del otro que no lleguen a darse cuenta de que están en presencia de los demás. Ojalá fuera así.

El rey permaneció en silencio. La marquesa volvió a preocuparse. ¿Sería ése, después de todo, el momento idóneo para plantear la cuestión? ¿O estaba a punto de irritar al rey?

—Siento un gran aprecio por el pequeño conde —dijo ella—. Su apariencia me entusiasma.

El rey no sonrió, y la marquesa no estuvo del todo segura de que hubiera comprendido lo que ella quería decir. Su hijo ilegítimo era asombrosamente parecido a él: tenían los mismos ojos azul profundo, los rizos castaños. A los diez años, Luis tuvo que haberse parecido muchísimo al joven monsieur de Vintimille, el conde de Luc.

—Se parece tanto a su padre… —continuó la marquesa.

El rey se detuvo sobre sus pasos. Tenía el ceño fruncido. ¿Era por la luz del sol, o el síntoma de cierto malhumor?

—¿Su padre? —dijo él de repente—. Entonces, ¿conocíais bien a monsieur de Vintimille?

Fue como si una ráfaga de viento helado se hubiese levantado de golpe para echar a perder la calidez del sol en los apacibles jardines. La marquesa sintió miedo. Había irritado al rey. Éste no estaba dispuesto a aceptar al chico como su hijo; ni preparado para discutir la conveniencia de un matrimonio entre el muchachito y Alexandrine. Había sido un claro reproche para la marquesa. ¿Formaba el placer de la tarde parte de una intriga destinada a arrancarle una promesa? ¿Era ella una arribista, dispuesta a encontrar el mejor sitio, igual que todas las demás? ¿Se había equivocado al pensar que ella le ofrecía su amistad desinteresada?

—Lo he visto a veces —dijo a la ligera—. Sire, ¿podría conocer vuestra opinión sobre el jardín inglés que tengo previsto crear en esos parterres? Estaba preguntándome quién sería el hombre más indicado para encargarse de tal operación.

La expresión se despejó en la cara del rey. Había sido el momentáneo oscurecimiento de un cielo por lo demás perfecto. No obstante, pensó la marquesa intentando aquietar su agitado corazón, con qué rapidez podía descargar una tormenta.

Había que escoger con mucho cuidado cada palabra, cada acto.

 

El rey y sus amistades más íntimas se disponían a partir de Versalles para pasar unos días en el château de Choisy. Luis estaba pensativo: Choisy tenía muchos recuerdos para él. Estaba pensando en madame de Mailly, su primera amante, que con tanta intensidad le había amado. Pobre madame de Mailly; aún seguía viviendo en París, en la rué St. Thomas du Louvre, al menos eso creía él. No lo preguntó; por las penosas condiciones en que ella vivía, era un tema de conversación más bien ingrato. Había oído decir que vivía casi en la pobreza; que le costaba Dios y ayuda incluso dar de comer a sus criados.

Y en otro tiempo él la había amado. Fue la primera de sus amantes, y al comienzo de su pasión, llegó a pensar que la amaría hasta el final de su vida. Ahora bien, sus propias hermanas, primero madame de Vintimille y luego madame de Châteauroux, la habían sustituido; era extraño que ambas, dos seres humanos de una vitalidad desbordante, hubieran fallecido, mientras que la pobre madame de Mailly vivía en la piedad y en la indigencia, en la ciudad que él más detestaba, París.

Y precisamente para madame de Mailly había adquirido el castillo de Choisy, una deliciosa residencia, maravillosamente situada en un lugar muy resguardado, sobre las boscosas orillas del Sena. Recordó cuánto placer le produjo su reconstrucción. Había terminado por ser un castillo digno de todo un rey de Francia, con sus decoraciones en azul y oro, los muros recubiertos de espejos.

Allí podría vivir en un relativo aislamiento, con sus amigos íntimos, encabezados por la marquesa. Cazarían de día; jugarían a los naipes por la noche. En Choisy todo era una delicia; hasta los criados encajaban a la perfección en un entorno oro y azul: llevaban libreas azules, del mismo delicado tono que destacaba en la decoración del castillo. Él mismo había diseñado las libreas azules para Choisy cuando hizo las verdes para Compiègne.

Pensando en los deleites que el castillo le reservaba, se sintió impaciente por partir.

—Estoy dispuesto —dijo al duque de Richelieu, primer caballero del dormitorio real.

Richelieu hizo una reverencia.

—La marquesa y los cortesanos, sire —dijo—, están esperando, conocedores de la impaciencia de Vuestra Majestad por llegar a Choisy.

—Entonces, vámonos.

—A Choisy —murmuró el duque—, el más delicioso de los castillos de Vuestra Majestad, hecho a imagen y semejanza de nuestros placeres… — Miró al rey con un gesto libidinoso, en el cual quizá hubo un destello de insolencia—. Por desgracia —prosiguió—, algunos carecemos de la destreza de Vuestra Majestad.

El rey esbozó una ligera sonrisa, fingiendo que no había notado la alusión a la marquesa. Entonces se volvió hacia el marqués de Gontaut.

—Su Excelencia —susurró el rey— no debería sentir envidia de otros que carecen de sus años. ¿No diríais vos que ya se le ha pasado su mejor momento?

Richelieu (a quien todo el mundo, no sin ironía, llamaban Su Excelencia, desde que regresó de su embajada en Viena) alzó la mirada al techo.

—Sire —murmuró—, no quería expresar compasión de mí mismo. Nada puedo reprocharme, y nada echo en cara a mi destino, pues he encontrado el secreto del perpetuo placer, que no mengua con la experiencia; muy al contrario, va ganando en intensidad con ella.

—Confío que compartáis vuestro secreto con nosotros.

—Desde luego, pero sólo con Vuestra Majestad. —Richelieu acercó los labios al oído del rey—. La variedad —susurró.

—Insisto entonces —dijo Luis— en que no compartáis vuestro secreto con nadie más. No querría que la moralidad de la corte fuese peor de como está en la actualidad. Vámonos.

Salieron del dormitorio del rey y, nada más entrar en la estancia del Ojo de buey, el rey pisó un papel que había en el suelo.

Se detuvo a mirarlo. Richelieu lo recogió; lo miró y quedó en silencio. Lo habría roto en pedazos de no ser porque el rey tendió la mano hacia él.

—Veo —dijo Luis, mirándolo—, que está dirigido a mi persona.

—Algún estúpido lacayo ha debido dejarlo ahí —dijo el duque.

El rey leyó:

Luis de Borbón, en tiempos se os conocía en todo París como Luis

el Bienamado. Ello era debido a que, por entonces, desconocíamos

vuestros vicios. Ahora os marcháis a Choisy para estar con vuestros

amigos. Es deseo de vuestro pueblo que fuerais a St. Denis, a reuniros

con vuestros antepasados.

 

Luis permaneció inmóvil unos instantes. Estaba pensando que, en efecto, parte del pueblo lo odiaba a muerte. Era increíble: hacía muy poco tiempo, a ojos del pueblo nunca hubiera hecho nada malo. Pensó fugazmente en su regreso a París, después de permanecer en Flandes con el Ejército; aún podía oír los aplausos del gentío, el eco de sus aclamaciones; aún lograba ver los rostros sonrientes de la multitud, la adoración que mostró hacia su apuesto rey. Entonces siempre culpaban a sus amantes por sus extravagancias, y a sus ministros por sus medidas políticas. Ahora echaban la culpa a la marquesa de Pompadour casi por cualquier cosa; pero también empezaban a culpar a Luis.

La referencia al panteón de sus antepasados lo dejó momentáneamente desarmado. El pueblo quería verlo muerto. Le daba miedo la muerte; temía morir de repente, sin que tuviera tiempo para arrepentirse.

Habían estropeado su viaje a Choisy. Mientras estuviese en sus estancias, delicadamente decoradas de azul y oro, repletas de espejos, recordaría de vez en cuando a sus antepasados, que en tiempos habían vivido con tanto lujo como él, pero cuyos cuerpos estaban enterrados en el panteón de St. Denis.

Se intensificó el desagrado que París le producía. Cuánto se alegró, entonces, de que se estuviera construyendo un camino que evitara la ciudad.

Nunca más volvería a entrar en su capital, a menos que se viese obligado a hacerlo. Había asegurado que no lo haría, y lo dijo quizá en un momento de obcecación. No obstante, sucesos como ése reforzaban su determinación.

Estrujó el papel.

—Vamos —dijo—, a Choisy.