El camino de Compiègne

Jean Plaidy · Capítulo 2 de 21

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El camino de Compiègne

La Marquesa

 

 

La marquesa de Pompadour estaba sentada ante su espejo y, mientras sus doncellas la vestían y le pintaban la cara, recibía algunas visitas en sus aposentos. Era la hora de la toilette, el momento en que la dama más importante de la corte gozaba de entera libertad para atender a las conversaciones de sus visitas.

Sonreía con amabilidad y elegancia. Con las mejillas coloreadas y los labios pintados de carmín, con el cabello recogido en un moño muy alto, sobre un rostro más picante que realmente hermoso, estaba sin duda alguna atractiva, si bien eran muchos asistentes a su toilette, si no todos, los que proclamaban que, por debajo de la serenidad y de la cosmética, habitaba en realidad una mujer fatigada, ahíta y aprensiva. Para quienes la veían en esos momentos parecía muy poco probable que pudiera ser verdad. No obstante, todo el mundo estaba al tanto de que la marquesa era una actriz consumada.

¡Qué elegancia la suya! Nunca, ni siquiera con los más humildes, había mostrado un solo gesto que no fuese de amabilidad y atención.

—¡Ved qué cauta es! —susurraban sus enemigos—. ¿Será porque sabe que el poder de Luis está disminuyendo?

—¿De veras lo sabe?

—Tiene que saberlo; si no, sería imbécil de remate. ¿Y cómo iba a serlo una mujer que nació siendo tan sólo mademoiselle Poisson, y que hoy se ha convertido en la marquesa de Pompadour sin la ayuda de ningún amigo en la corte?

—Pues no da muestras de estar al corriente.

—¿Cómo que no? Fijaos en la malencarada determinación que se le nota cuando aprieta las mandíbulas. Luis la está agotando, y ella lo sabe. No puede durar mucho.

Los bellos ojos de la marquesa miraban con blandura. No parecía probable que estuviera al tanto de los murmullos.

—Mi espejo —susurró a su doncella, y lo sostuvo con delicadeza y con gracia, para poder contemplarse desde todos los ángulos.

Sonrió a la concurrencia. Éste deseaba obtener un cargo en la corte, ése lo quería para su hijo; aquél era un hombre deseoso de conseguir un puesto en el Ejército; aquella de allí, una mujer que aspiraba a lograr un lugar para su hija. Ése era un comerciante que ansiaba venderle a ella un hermoso jarrón; sabía que el gusto de la marquesa rayaba la perfección. Allí había otro que había traído rollos enteros de magníficos satenes, teñidos de esos delicados matices que ya muchos asociaban a su persona.

Así, acudían a madame de Pompadour, porque era tan encantadora como amable. Tenía por máxima no granjearse enemigos, y ayudar siempre que le fuera posible; y, por supuesto, ante el rey, sus palabras tenían más peso que las de ninguna otra persona.

—¡Por ahora! —farfullaban sus enemigos con disimulada satisfacción—. Pero es cuestión de esperar. Dejad que alguna joven encantadora y brillante aparezca. Recordad a madame de Mailly. El rey le fue fiel durante años. Y nunca se había desembarazado de ella a pesar de que le aburría. Ahora bien, cuando la hermana de madame de Mailly, madame de Châteauroux, dijo: «Expulsad a esa mujer de la corte», la pobre madame de Mailly tuvo que irse.

Y así ocurriría con la marquesa.

Por el momento, ella seguía en la corte porque Luis no había encontrado a ninguna otra que le atrajera lo suficiente como para que deseara sustituirla, pero ese momento llegaría, y entonces: ¡ay de la Pompadour!

Ahora sonreía a un hombre que le había pedido un puesto en el Ejército.

—Monsieur —decía con su gracia habitual—, estoy segura de que nosotros podremos garantizar vuestra solicitud.

¡Nosotros! Tenía la afrentosa costumbre de emplear esa palabra que la vinculaba al rey. La decía constantemente. «Nosotros saldremos mañana hacia Marly, hacia Choisy, hacia Fontainebleau». Y quería significar con ello «el rey y yo».

Luis la oía expresarse así, pero no protestaba. Era perezoso en extremo, estaba demasiado preocupado por ahorrarse cualquier situación desagradable. No obstante, todo el mundo estaba convencido de que llegaría el día en que la marquesa recibiría la orden de abandonar la corte.

Ella no podía disimular del todo el hecho de que tenía una salud delicada. Además, cualquier mujer necesitaba la vitalidad de otras diez para mantener el ritmo de Luis XV de Francia.

Cuando las visitas estaban reunidas alrededor de la marquesa, llegó el rey. Todos retrocedieron unos pasos, los hombres con una reverencia, las mujeres barriendo el suelo con sus vestidos, mientras Luis avanzaba hacia el tocador de toilette.

La marquesa, que se había puesto en pie, hizo una simpática reverencia. Todos los presentes se hallaban alerta; pero si Luis estaba cansado de la marquesa, no dio muestra alguna de ello. Todos tuvieron que ser conscientes de cómo se iluminó su rostro al coger la mano de aquella encantadora mujer.

—Señora marquesa, ¿cómo os encontráis hoy? Deseo oír vuestras noticias.

No indicó que salieran los que se habían reunido en la estancia, pero la etiqueta de palacio exigía que se retirasen de inmediato. No se dignó a mirar ni a izquierda ni a derecha cuando avanzó hacia la marquesa, señal inequívoca de que deseaba quedarse inmediatamente a solas con ella.

Cuando se quedaron a solas, la marquesa lo miró con ternura. No se le veía buen aspecto. Tenía la piel un tanto amarillenta, una novedad de hacía escasos meses. Con eso y con todo, Luis era un hombre muy atractivo y apuesto. Sus ojos eran de un azul tan intenso que parecían oscuros, y su peluca blanca acentuaba esa coloración. Sus gestos y sus movimientos tenían tal elegancia y tal dignidad, que la marquesa a menudo pensaba que, si no lo hubiese visto nunca, si le pidiesen que encontrase al rey en medio del gentío, lo habría elegido a él sin duda.

Estaba enamorada de él. Incluso antes de haberle conocido tuvo la fuerte convicción de que un día llegaría a ser su amante, y tan pronto como lo vio supo que ninguna otra persona llegaría a ser para ella tan importante como él.

«Si al menos —pensaba—, hubiera podido tener un hijo suyo…». Ya era imposible. Había sufrido varios embarazos malogrados, y su médico, el doctor Quesnay, le había dicho que ya no podría concebir hijos.

Era un infortunio. ¡Hijo o hija de Luis XV y de la marquesa de Pompadour! Nada habría sido demasiado para un niño así; ningún honor hubiera resultado excesivo. ¡Y qué lazo de unión entre ellos dos! Pero no pudo ser.

Le pareció que él se sentía un tanto melancólico, y se preguntó si no estaría pensando en la noche anterior, que a juicio de ella no había sido enteramente satisfactoria para él.

El solo pensamiento de sus deficiencias en el dormitorio la aterraba a veces; sabía que no estaba muy lejano el día en que debería afrontar ese problema.

De todos modos, la noche había quedado atrás; durante el día, en todas las ocasiones de índole social, Luis no podría haber soñado con tener una compañía más deliciosa y más entretenida que la de la marquesa.

—Se os ve encantadora —dijo Luis.

—Y vos, sire[2], estáis con el mejor de los ánimos.

No era ése el caso, si bien ella había descubierto que con sólo sugerirle que se le veía bien y muy animado, a menudo era fácil engatusarle para que mejorase su estado.

—Ansioso por conocer vuestros planes para el día de hoy.

—Esperaba tener el gran honor de entretener a Vuestra Majestad en Bellevue esta tarde.

—Nada podría complacerme tanto.

—Para esta velada había previsto ofreceros una pieza teatral, sire, que con seguridad os divertirá.

—Escrita por vuestro viejo amigo Voltaire, sin duda.

—Bien, sire, hay muchos otros que escriben peores piezas, y muy pocos que lo hagan mejor.

El rey se echó a reír.

—Como no estamos obligados a ver al autor, sin duda disfrutaremos viendo su pieza. ¿Tenéis noticias de cómo le va por Berlín?

—Sí, sire. Escribe de vez en cuando.

—Es un placer acordarnos de que tenemos un lunático menos en la corte.

La marquesa se obligó a reír con ligereza, pero se sintió decepcionada. Había aspirado a colmar de honores a su viejo amigo, François María Arouet de Voltaire; por desgracia, aunque ella lo considerase un genio, carecía de los modales que eran necesarios para ser aceptado en Versalles.

—Creo que a Vuestra Majestad le deleitará la pieza.

—Estoy seguro de ello. Vos, mi querida marquesa, ¿representáis algún papel?

—Uno de los más importantes, pero no me preguntéis más sobre ello. Quiero que sea una sorpresa para Vuestra Majestad.

Él le cogió una mano y posó levemente sus labios en ella. Estaba absorto, pensando en cuan deliciosa era. Siempre hablaba con buen criterio. No importaba qué tema plantease él, podía estar seguro de que ella lo comentaría con todo el corazón. En cambio, rara vez insinuaba ella un tema de conversación. Esperaba a que él tomara la iniciativa. Era una mujer maravillosa; si al menos resultara un poco más satisfactoria en la cama, sería sencillamente perfecta.

Luis había descubierto que con frecuencia se le extraviaba la mirada, y sentíase algo molesto consigo mismo. La marquesa era una mujer excepcional, y él no deseaba ni mucho menos ofrecer a sus enemigos la satisfacción que estaban buscando.

La marquesa le sonreía con ternura, sin dar la menor muestra de la alarma que en el fondo sentía. Durante los cinco años que había sido la amante del rey, había estudiado su humor con detalle, de modo que con notable frecuencia sabía leer sus pensamientos.

Las palabras que él pronunció a continuación la aterraron.

—Mi querida marquesa, estoy un poco preocupado por vuestra salud. ¿Podéis asegurarme que habéis consultado con Quesnay este asunto, que tiene la mayor importancia para mí?

Ella se echó a reír. Nadie habría adivinado que había comenzado a sentirse mareada de simple aprensión. De pronto, las lágrimas asomaron a sus ojos.

—Me siento profundamente conmovida —dijo ella— porque Vuestra Majestad esté preocupado por mi salud. Sin embargo, queridísimo mío, me perdonaréis que me ría. Nunca me he sentido mejor.

—Creí, querida mía, que ayer noche estabais un poco fatigada… Pensé que quizá os fatigáis con excesiva facilidad.

—En modo alguno, mi querido sire. Eso no me sucede a mí. Ahora bien, ¿recordáis aquel susto que nos llevamos los dos cuando caísteis enfermo en mi cama, y Quesnay dijo que vos sí debíais tener cuidado? Perdonadme, Luis, pero no puedo olvidar aquella ocasión. A veces, sólo de pensarlo me echo a temblar.

—¡La muerte! —murmuró el rey—. ¿Quién sabe cuan cerca de ella estaremos alguno de nosotros? —Meneó la cabeza con expresión plañidera, y sus hermosos ojos azules sostuvieron burlones la mirada de la marquesa. Nunca parecía fatigarse. ¿Sería eso lo que pretendía decirle?

Ella contuvo un acceso de tos.

—Qué melancólico tema de conversación, y la muerte está lejos, muy lejos, de nosotros. Somos jóvenes aún.

—Confiemos que esté muy lejos entonces —dijo Luis.

—Ah, pero yo aspiraba a haceros reír, Majestad, y en cambio aquí estamos, hablando de tan melancólico asunto. Sire, ¿habéis oído hablar del último affaire amoroso de Richelieu?

—No, querida —repuso Luis—. Pero contádmelo. Es un sujeto asombroso. Con la edad que tiene, ¿cómo se las arregla para seguir como un mozalbete ansioso? Decídmelo.

La marquesa emitió una leve risa.

—Deberíamos recordar, sire —dijo—, que estas anécdotas relativas a sus proezas es él mismo quien las refiere. Y eso podría ser indicio de que las proezas de Son Excellence son más asombrosas aún después del acto que durante el mismo.

El rey se rió con ella, y la marquesa se sintió aliviada.

Recordó otros escándalos para entretener a Luis; cuando él se despidió, estaba mucho más animado que cuando había llegado. A menudo sucedía así. Él subía las escaleras de los aposentos de la marquesa con un humor melancólico, y se retiraba con el espíritu mucho más alegre, casi siempre sonriendo para sus adentros al recordar alguna anécdota divertida.

Cuando se quedó a solas, la marquesa se tendió en un diván e intentó reprimir la tos contra la que había tenido que luchar durante la entrevista con el rey.

Mientras estaba tendida, se abrió la puerta de su aposento y una mujer entró de puntillas.

—¿Sois vos, Hausset? —preguntó la marquesa.

—Sí, madame.

—¿Y os hallabais en vuestro cuartito, escribiendo, mientras el rey estaba aquí?

—A vuestro alcance, madame, por si me hubierais necesitado.

La marquesa sonrió un tanto macilenta; no tenía por qué seguir guardando las apariencias con su dama de confianza, que era además su buena amiga.

Madame du Hausset se hincó de rodillas y tomó la mano de madame de Pompadour.

—Os mataréis. Os mataréis —declaró, con fervor.

—Pobre Hausset, pues en tal supuesto seríais alejada de palacio, y ¿cómo continuaríais con vuestras memorias? Supongo que de todos modos podríais continuarlas, aunque no serían ni la mitad de interesantes, ¿no es cierto? Ahora, en cambio, escribís lo que os place sobre el rey y sobre vuestra amante, que también lo es del rey. Me pregunto cuánto tiempo nos quedará.

—Ésa no es manera de hablar —dijo madame Du Hausset.

—No es manera, desde luego. Pero yo tengo en cuenta esa posibilidad a todas horas, ya lo veis. Esas personas que han venido hoy a la toilette… ¿habrán sido capaces de creer que no he leído sus pensamientos?

—Esta dieta que lleváis, madame… no os hace ningún bien —dijo madame Du Hausset—. De todo lo que coméis, nada os sirve para estar a la altura del rey. Pocas mujeres podrían estarlo.

—Me temo, Hausset, que no soy una mujer demasiado sensual que digamos. Hay algo que debo deciros. Algunas noches, el rey ha dormido en un diván en mi dormitorio. ¿Qué puede significar eso?

—Significa que os profesa un gran respeto y una muy alta estima, madame.

—A veces dice: «No os molestaré». ¿Qué significa eso?

—Que tiene en consideración vuestra comodidad.

—Pero ¿durante cuánto tiempo, Hausset, un hombre continúa teniendo en consideración las comodidades de su amante?

—Eso depende del afecto que le profese. ¿No puede hacer nada por vos, monsieur Quesnay?

—Me ha dado drogas y píldoras, pero sigo siendo… como ya se ha

dicho… tan fría como mi apellido[3].

—En tal caso, madame, seguid mi consejo. Dejaos de trufas, de dietas y de píldoras recetadas por el doctor. Comed de buena gana lo que os apetezca. Estoy convencida de que eso os dará mejor salud, y más deprisa que ninguna otra cosa; y con la salud llegará la calidez que el rey solicita de vos.

—Mi queridísima Hausset —dijo la marquesa—, estoy contenta de teneros conmigo. Con vos puedo hablar sin disimulos.

—Madame, sabéis que soy vuestra amiga.

—Entonces compadeceos de mí, Hausset. La vida que llevo no es nada envidiable. Los momentos como éste son, bien lo sabéis, muy pocos. Nunca dispongo de un minuto para mí sola. Debo pensar constantemente en mis deberes. No hay descanso posible. Deberíais compadecerme, Hausset, desde lo más profundo de vuestro corazón.

Madame du Hausset asintió levemente.

—Os compadezco, marquesa. De veras os compadezco de todo corazón. En la corte, en París, en toda Francia se os envidia. Pero yo, que os veo más de cerca, os compadezco.

—Mi buena Hausset, me da un gran consuelo teneros conmigo y pensar que estáis en vuestro cuarto escribiendo sin cesar lo relativo al día de la fecha. ¿Figuro yo mucho en vuestras memorias? ¿Y el rey?

—Muchísimo, madame; no podría ser de otro modo.

—No, claro. Supongo que no. Pero ¿en qué estoy pensando? Debo cambiarme de vestido. He de recibir al rey esta tarde en Bellevue. Venid…

Le acometió un acceso de tos que no pudo reprimir. Se llevó el pañuelo a la boca y, cuando terminó de toser, se recostó, exhausta, mientras madame Du Hausset le retiraba de la mano la muselina manchada de sangre.

Ninguna de las dos mencionaba jamás ese tema; era un secreto que, por el momento, habían mantenido entre ellas, si bien ambas sabían que un secreto de tales características no puede permanecer guardado para siempre.

De repente, la marquesa se mostró alegre.

—Venid —dijo—, no hay tiempo que perder. Debo estar en Bellevue a tiempo de recibir a Su Majestad.