El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 11 de 17

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El campamento de Napoleón

Capítulo XI

XI

 

 

EL SECRETARIO

 

El emperador salió; la tienda quedó vacía en un abrir y cerrar de ojos; quedóme solo con un muy gentil mancebo que se presentó él mismo.

—M. de Meneval, secretario particular de su majestad. Me parece que debemos ir a comer —⁠añadió⁠—. Es una buena precaución para antes de la audiencia que el emperador os ha concedido… Figuraos que el emperador se pasa días enteros sin comer. Obligado a ayunar con él, porque trabajamos constantemente juntos, me muero a veces de debilidad.

—¿Pero cómo se arregla el emperador? —⁠pregunté yo.

Era tan amable el señor de Meneval, que yo me sentía perfectamente a su lado.

—¡Oh! El emperador es un hombre de hierro — ⁠replicó⁠—. No podemos seguirle. Lo he visto trabajar diez y ocho horas seguidas sin tomar más que una o dos tazas de café. Gusta a todo el mundo; sus mismos soldados no podrían resistir.

Yo estoy orgulloso del cargo que cerca de él desempeño; pero hay momentos en que renunciaría de buena gana, de puro extenuado. A las once de la noche, víctima de la jaqueca, de la fatiga y del hambre, me tenéis aun escribiendo bajo su dictado. Y dicta tan de prisa como habla, sin repetir nunca nada. De pronto se para. —⁠«Bueno, de Meneval, basta; vámonos a acostar»⁠—. Y cuando yo lanzo un ¡ah!, de satisfacción pensando con deleite en tenderme en el lecho, ¿sabéis lo que me dice? —⁠«Continuaremos mañana por la mañana, a las tres». En fin, ¡la gran noche!, como dice él.

—¿Pero no tiene hora fija para comer? —⁠Sí, pero no la observa. Hace mucho que ha pasado la de la comida y ni siquiera se ha dado cuenta; ha ido a inspeccionar la artillería. Y después será otra cosa, y luego otra, hasta que de pronto grite: «Mi almuerzo, Constan, mi almuerzo enseguida, al instante». Y el pobre Constan tendrá que traer el almuerzo.

—¡Que será detestable! —exclamé yo.

El secretario se reía a la sordina como el que teme manifestar sus emociones.

Habíamos salido de la tienda y atravesado el gran cuadro.

—He ahí las cocinas imperiales —⁠dijo de Meneval, señalando la última tienda del cuartel general.

Luego, designando un hombre sentado a la entrada, dijo:

—¿Cuántos pollos van hoy, Borel?

—¡Ah, señor de Meneval, qué pena! —⁠gimió el cocinero⁠—. Descorrió la cortina que cerraba la tienda; siete platos, conteniendo cada uno un pollo frío, estaban en fila sobre la mesa. —⁠El octavo está ahora en su punto; pero acaban de decirme que el emperador ha ido a la revista, y he puesto al fuego el noveno.

—Así se las arreglan —dijo M. de Meneval mientras seguíamos nuestro camino.

—Una vez Constan preparó veintitrés pollos; ¡aquel día el emperador no comió hasta las once y media de la noche…! Por lo demás no se ocupa de lo que come, con tal de que se lo sirvan pronto. Su almuerzo se compone generalmente de un salmonete, un pollo a la Marenge y media botella de

Chambertin[2]. Ya tienen cuidado de no poner los postres en la mesa, porque se los comería entre el pescado y la carne… Mirad, mirad allí, es curioso.

Tuve una exclamación de sorpresa.

En la confluencia de las estrechas callejas de las tiendas paseaba un picador, de la brida, un magnífico caballo árabe. En la esquina de una de las callejas había un granadero que sujetaba a un lechoncillo para echarlo entre las patas del caballo, cuando éste pasó ante él; el cerdo huyó con gritos agudos, y el caballo, sin sobresalto alguno, siguió su trote ágil y regular.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

—Esto significa que Yardin, el primer picador de las cuadras imperiales, amaestra un caballo de guerra para el emperador. Primero han sometido al animal a la prueba del cañón, luego le han hecho arrastrar pesados fardos, y, en fin, ésta del cochino es la última prueba. El emperador no es un gran jinete, sobre todo cuando se abstrae en sus pensamientos como de costumbre, y sería imprudente darle caballos sin amaestrar. ¿Veis a ese joven que duerme ante la tienda?

—Sí.

—Nadie diría que está trabajando para el emperador.

—No, y en todo caso su servicio parece fácil.

—¡Así lo fuera el mío! —suspiró el secretario⁠—. Ese chico es José Linden, cuyo pie es exacto con el del emperador. Su empleo consiste en estrenar las botas de su amo y llevarlas tres días. Los zapatos que tiene puestos son de su majestad; ved las hebillas de oro. ¡Ah! ¡M. de Caulaincourt…! Comeréis con nosotros… ¿verdad?

M. de Caulaincourt nos saludó amablemente. Era hombre de buen porte, pero muy atildado.

—¡Qué feliz casualidad el encontraros, mi querido de Meneval! Salís poco… Mi tarea, como jefe de la casa del emperador, es mucha; pero os creo aún más ocupado que yo. ¿Tendremos tiempo de comer antes que vuelva su majestad?

—Sí, sí; entrad en mi tienda, todo está listo… Desde aquí veré al emperador y podré ganar el cuartel general antes que él. Perdonadme, M. de Laval, si os recibo a estilo de campamento.

Yo moría de hambre y devoré sin hacerme rogar dos o tres chuletas, buena cantidad de papas fritas y una enorme porción de ensalada. Inútil decir que lo encontré todo excelente. Mi soberbio apetito no impidió, sin embargo, escuchar la conversación de mi huésped con M. de Caulaincourt. Me asombraba la franqueza con que este último hablaba del emperador y su política.

—¿Qué dicen de él en Inglaterra, M. de Laval? — ⁠me preguntó.

—Nada bueno.

—Eso es lo que veo en los periódicos… ¡Ah, esos periódicos lo volverán loco! Y que tiene empeño en leerlos todos. Apuesto a que su primer cuidado al llegar a Inglaterra será hacer ahorcar a todos los periodistas.

—¿Y el segundo?

—El segundo será lanzar una proclama, en la que explicará cómo contra su voluntad, y sólo por la felicidad de la nación inglesa, consiente en apoderarse de los reinos de la Gran Bretaña e Irlanda. Y si después de esto los buenos ingleses desean tener un jefe protestante, él les probará por A más B que, siendo la diferencia entre las iglesias católica y protestante cosa de poca importancia, el hombre que ellos necesitan para gobernarlos es él: Napoleón Bonaparte.

—Eso es mucho —exclamó de Meneval entre turbado y divertido con las frases de Caulaincourt⁠—. Cierto que a veces el emperador, por razones de Estado, ha tenido que afectar sentimientos religiosos que no profesaba, y entre nosotros creo que no dudaría de pasar desde la iglesia de San Pablo a la mezquita del Cairo.

—Sin embargo… Después de todo ya sabe él lo que hacer, porque en todo piensa.

—Piensa demasiado —añadió gravemente Caulaincourt ⁠—. Piensa en tanto, que los demás no piensan en nada… ¡Ya me comprenderéis, de Meneval!

—Es verdad —murmuró el secretario⁠— que no anima a la originalidad, a la iniciativa. Le oigo decir a veces que nada prefiere tanto como la medianía. Singular cumplimiento para los que tenemos el honor de servirle…

—Así que el mayor signo de inteligencia en un hombre de su corte es parecer un imbécil —⁠añadió M. de Caulaincourt con amargura.

—Pero, sin embargo, tiene hombres notables a su alrededor —⁠exclamé yo.

—Sin duda; pero se mantienen disimulando su capacidad. Los ministros del emperador, sabedlo, no son más que encargados; sus generales, ayudantes de campo, y todos no somos sino agentes de su poder, o mejor, espejos en que se reflejan todas sus facetas. En uno se os aparece en forma de financiero: Lebrón; en otro, en la de un prefecto de policía: Fouché; en otro, diplomático; Talleyrand.

Los aspectos difieren, pero siempre es el mismo personaje. Yo, de Caulaincourt, duque de Vicence, gran maestre, no puedo tomar ni despedir un lacayo sin permiso del emperador. Cómo se burla de nosotros. Vamos, de Meneval, confesadlo… En eso se ve también su superioridad en el modo con que nos ha atado, ahogado. No autoriza en su séquito las amistades, y entre sus mariscales él mismo atiza sus disensiones; de modo que no hay dos que se den la mano. Davoust detesta a Bernadotte; Lannes execra a Bessieres, y Ney aborrece a Massena. Milagro es que no se desafíen veinte veces al día, y luego… luego… ¡cómo conoce nuestros flacos…! La prodigalidad de Savary, la vanidad de Cambaceres, la brutalidad de Duroc, la necedad de Berthier, la presunción de Murat, son instrumentos de que se sirve para edificar su poder formidable… Yo no he descubierto aún mi flaco; pero él hace tiempo que lo tiene estudiado y usa de él como le conviene.

—¡Qué trabajo —exclamé— para tejer los hilos de esta trama gigantesca!

—Sí, qué trabajo y qué energía —⁠apoyó de Meneval⁠—. Diez y ocho horas de labor al día. Preside el cuerpo legislativo hasta que todos los miembros se duermen sobre el pupitre… Él será causa de mi muerte, como causó la de Bourrienne… ¡No importa! Moriré sin quejarme, porque si es duró para los otros también lo es consigo mismo.

—Y ése es el hombre que Francia necesitaba —⁠repuso de Caulaincourt⁠—. Cuando recordamos el caos en que se sumiera nuestra patria con la revolución, cuando pensamos que nadie se dejaba gobernar y todos querían mandar a los otros, reconocemos que Napoleón, verdadero genio del orden, del método y la disciplina, era el único que podía salvarnos. ¡Ah, M. de Laval, qué extraña figura la de Bonaparte en aquella época! Ahora lo veis feliz, poderoso, aureolado de gloria, sujetando a millones de seres en el lazo de la obediencia pasiva… pero hace diez años no poseía nada y lo ambicionaba todo. Era delgado y pálido, la mirada oblicua y la barba saliente. Iba por las calles como fiera en acecho de la presa que devorar. Las mujeres y los niños se volvían a su paso. La primera vez que lo vi pensé: «Éste se sentará en un trono o se arrodillará en un patíbulo».

—¡Qué —exclamé—, en diez años no más…!

—Sí, en diez años. Dejó el cuartel por el palacio de las Tullerías. Pero estaba designado al fango supremo y nada podía impedírselo.

—De Bourrienne me contaba que en Brienne ya no tenía maneras imperiales; alababa, criticaba, fruncía el entrecejo y sonreía exactamente como hoy. ¿Habéis visto a su madre?

—Contesté que no.

—Es una reina de tragedia —⁠continuó M. de Caulaincourt⁠—. Su hijo se le parece.

El secretario nos miraba alternativamente a Caulaincourt y a mí con indecible angustia.

—Sobre todo, M. de Laval —⁠dijo⁠—, no creáis que el emperador es un tirano. —⁠Si así fuera, no osaríamos hablar de él con esta franqueza. Estoy seguro que él mismo nos hubiera escuchado con gusto y aprobado algunas de nuestras reflexiones. Tiene defectos, convengo; todo hombre los tiene. Pero considerad sus cualidades y decidme qué soberano ha justificado mejor la elección de un país. Trabaja más que ninguno de sus súbditos; no reposa ni se divierte; es sobrio como nadie en el palacio de las Tullerías; trata a sus soldados como un padre. Pobre, educó a sus hermanos y hermanas; dichoso, ha compartido con ellos la fortuna. En una palabra: es bueno, valiente, sobrio, temperante. Comparad su conducta con la del príncipe de Gales.

Recordé la serie de escándalos que levantaron la opinión pública en Inglaterra, escándalos de Londres y de Newmarket, y no pensé en defender al príncipe Jorge. Me contenté con señalar que los ingleses no atacaban la vida privada del emperador, sino su política ambiciosa.

—Es que el emperador está persuadido, y nosotros con él, de que no hay lugar bastante en Europa para Francia e Inglaterra —⁠dijo Caulaincourt⁠—. Una de las dos ha de desaparecer. Si triunfamos nosotros estableceremos una paz eterna. Italia es nuestra; Austria, derrotada segunda vez; Alemania dividida… Rusia puede extenderse al Sur y al Este; América nos pertenecerá cuando queramos. Siempre podemos moverle una guerra ruinosa por la Luisiana o el Canadá… El imperio del mundo nos espera.

Hablando, hablando, M. de Caulaincourt se había adelantado a la salida de la tienda:

—Sólo una cosa nos detiene —⁠dijo⁠—. Y mostró las aguas azules de la Mancha.

A lo lejos, como alas de lechuzas, se estremecían las velas de la flota enemiga.