El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 1 de 17

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El campamento de Napoleón

El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle

 

 

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Titivillus 30-08-2023

Título original: Uncle Bernac

Arthur Conan Doyle, 1987

Traducción: Machado Manuel

 

Editor digital: Titivillus

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I

 

LA COSTA DE FRANCIA

 

No menos de cien veces había yo leído la carta de mi tío; de memoria la sabía ya. Volví a sacarla, sin embargo, del bolsillo, y apoyándome en la borda de la fragata, la leí de nuevo con la misma atención que la vez primera. La letra era clara, precisa, angulosa, letra de leguleyo. La dirección decía: «A Luis de Laval, a cargo de William Hargreaves, posada de “El hombre verde”… en Ahsford, condado de Kent…». El propietario de «El hombre verde» había recibido una partida de aguardiente, de contrabando, y con ella la carta, que decía así:

 

«Mi querido sobrino: Sé que vuestro padre acaba de morir.

Quedáis solo en el mundo. Supongo que no querréis mantener el sentimiento de enemistad que hace tanto tiempo divide a nuestra familia.

Al comienzo de la Revolución vuestro padre abrazó la causa

del rey, yo la del pueblo. No ignoráis cómo acataron las cosas. Tomó vuestro padre el camino del destierro y yo entré en posesión del dominio de Grosbois. Duro era sin duda para vos hallaros en una situación inferior a la de vuestros antepasados; pero, en todo caso, más valía que nuestras tierras fuesen de un Bernac que de un extraño. Teníais, al menos, la seguridad de hallar en el hermano de vuestra madre afectos de simpatías y consideración.

Ahora, mi querido Luis, tengo un consejo que daros. Sabéis

mis opiniones republicanas, que han sido siempre sinceras. Sin embargo, desde que comprendí que el poder de Napoleón se había hecho invencible, resolví abrazar su partido.

Preciso es bailar al son que tocan. Tuve luego ocasión de

servirle tan bien, que en la actualidad nada puede negarme.

En este momento está con el ejército en Boulogne, a escasas

horas de Grosbois. Venid, pues, que él perdonará ciertamente la hostilidad de vuestro padre por la devoción de vuestro tío. Cierto que vuestro nombre está aún proscrito; mas no os detenga eso; yo tengo bastante influencia con el emperador para allanar esa dificultad. Os lo repito, pues; venid enseguida y con toda confianza.

Vuestro tío, C. Bernac».

 

El contenido de la carta estaba bien, pero su dirección me ponía en un cruel embarazo. En cada extremo del sobre había puesto mi tío un sello de cera roja, sirviéndose del dedo para sellarlos, a juzgar por las señales de una piel espesa y rugosa impresas en la cera. Pues bien: sobre uno de los sellos veíanse trazadas estas dos palabras en inglés: «Dosit come», (no vengáis), rápidamente escritas. ¿Y por quién…? ¿Era mi tío que las había añadido a consecuencia de un brusco cambio de idea…? Entonces, ¿a qué mandarme la invitación? ¿Las había escrito alguien para impedirme aceptarla hospitalidad que me ofrecían…? Sin embargo, los sellos estaban intactos. Nadie, pues, había podido conocer la carta. Y aquellas palabras me atraían, me fascinaban, haciendo surgir en mi ánimo un extraño y siniestro presentimiento.

Mecido al son monótono del agua, me puse a pensar en todo lo que me habían contado de mi tío Bernac. Mi padre, único heredero de una de las más nobles y antiguas familias de Francia, había tomado en matrimonio a la señorita Bernac por su belleza y virtudes. Nunca tuvo que arrepentirse de tal enlace, porque mi madre fue siempre para él un ángel de bondad y de dulzura; en cambio, si tuvo mil quejas de su cuñado el procurador Claudio Bernac. Este último, so capa de bajas obsequiosidades, disimulaba un odio implacable hacía mis padres; sus sentimientos venenosos estallaron desde las primeras turbulencias del 89. Excitó a nuestros colonos campesinos a sublevarse de tal modo, que nos vimos obligados a huir del país. Más tarde, habiendo seguido a Robespierre en sus peores excesos, se hizo dar, a título de recompensa, nuestro castillo y tierras de Grosbois. A la caída de Robespierre supo ganarse la confianza de Barrás, y, en fin, a pesar de los distintos gobiernos sucesivos, obtuvo siempre nuevos derechos a la propiedad de nuestros dominios. Ahora pretendía estar en el favor de Napoleón. ¿Qué servicios podía esperar el emperador de un republicano tan feroz como mi tío?

Me preguntaréis, sin duda, por qué aceptaba yo la invitación de un hombre a quien mi padre no dejó nunca de llamar traidor y usurpador. Pero es que nosotros los de la nueva generación hallábamos absurdos e inútiles los rencores de la generación precedente. Para los viejos emigrados todo se había parado en el año 1792: inmutables, guardaban sepultas en el fondo de su alma las ternuras y las aversiones del pasado. Pero nosotros que habíamos crecido en el suelo extranjero, comprendíamos que las ideas habían marchado y nuevas salidas se habían abierto; nosotros, por el contrario, queríamos olvidar el pasado y no pensar más que en el porvenir. Francia no era ya a nuestros ojos la tierra sangrienta de los descamisados y la guillotina, sino la reina de las batallas, la valiente guerrera atacada por todas y de todas triunfadora, pero ¡ah!, asaltada siempre con tal ímpetu, que sus hijos, diseminados por el mundo entero, sentían resonar en los oídos sus gritos de angustia y sus llamadas al arma. Y estos llamamientos, estos gritos, que no la carta de mi tío, me decidían a abandonar Inglaterra.

Hacía mucho que mi corazón se interesaba en la terrible lucha sostenida por mi patria, sola contra toda Europa; hubiera querido inscribirme entre los voluntarios que un entusiasmo sublime hacía correr a la frontera. Pero ¿acaso me lo hubiera permitido mi padre? Él, que había servido con Condé y combatido en Quiberon, ¿no me habría acusado de felonía…? Pero ya muerto mi padre nada se oponía a mi vuelta a Francia. Lo que también me inclinaba a esta resolución es que Eugenia —⁠la que fue luego mi mujer⁠— compartía mis deseos y se asociaba a mis ambiciones. Sus padres, descendientes de una rama segunda de la casa de Choiseul, tenían prejuicios más arraigados aún que los de mi pudre, y cuando ella se regocijaba conmigo de una nueva victoria de la Francia, nuestras familias, reunidas en el salón, se consumían en lamentaciones estériles y vanas maldiciones ¡Ah!, mucho nos queríamos los dos, pero creo que aquella comunión de espíritu en que vivíamos continuamente y en cierto modo nos aislaba de todos, nos hacía querernos más.

Había en un ángulo de nuestro jardín una ventana baja casi invadida por el ramaje de un laurel-rosa; era la ventana del cuarto de Eugenia. Desde ella se asomaba a la noche después de cenar. Yo me sentaba por fuera en una gran piedra que sobresalía en la esquina, y allí, separados solamente por las ramas floridas y perfumadas del arbusto, hablábamos; hablaba yo de mis proyectos y Eugenia me animaba y confortaba. ¡Tiempos dichosos…!

En fin, lo que me forzó a precipitar la partida fue mi duelo con un caballero de Kent, llamado Fairley, una especie de valentón que se nos acercaba sin proferir insultos, no ya contra el emperador, lo que hubiera sido excusable de parte de un inglés, sino contra la misma Francia y los franceses. Concedamos en justicia a la nación inglesa que siempre fue generosa para los emigrados. Pero en ninguna parte está uno libre de imbéciles y fanfarrones, y hasta en la tranquila y somnoliente Ahsford tuvimos que sufrirlos. Generalmente afectábamos no escuchar a Fairley; pero al fin llegó a ser tal su impertinencia, que yo, juré darle una severa lección.

Estábamos una noche juntos en la cantina de El Hombre Verde Fairley se hallaba medio borracho, y, como de costumbre, vomitando injurias contra los franceses. De cuando en cuando me miraba de reojo para juzgar del efecto que me hacían sus palabras. Yo continuaba impasible.

—M. de Laval —exclamó él de pronto, poniéndome su ancha mano en el hombro⁠—, os propongo este brindis: «¡Por el brazo de Nelson, que venció a los franceses!».

Y se detuvo; con los ojos turbios, la boca contraída en una innoble risa.

—Aceptaré vuestro brindis, caballero — ⁠repliqué fríamente⁠—, si aceptáis el mío.

—Convenido —dijo Fairley.

Y bebimos.

—Ahora os toca a vos —gritó el inglés con una voz pastosa.

—No; llenad primero vuestro vaso.

—Ya está.

—Pues bien, por la bala de cañón que se llevó el brazo de Nelson.

En el mismo instante recibí un vaso de Porto en plena cara. Fairley y yo nos batimos al día siguiente. Lo herí en el hombro. Y cuando a la noche me presenté a la ventana, Eugenia cortó unas hojas del laurel y me hizo una corona, que me puso, llamándome su héroe.

No me exponía mi duelo a persecución alguna judicial, pero me impedía vivir por más tiempo en Ahsford. Si en realidad el tío Bernac tenía influencia bastante para que borraran mi nombre de la lista de proscripción, desaparecía el único obstáculo que me cerraba las puertas de mi país…

Aquí interrumpió mis cavilaciones el patrón del barco, sacudiéndome brutalmente:

—¡Eh, amigo —gritó— hay que tomar el bote!

Yo rechacé al hombre y le hice notar que estábamos todavía a gran distancia de la orilla.

—Es igual —gruñó él—; tomad la barca o nadad hasta la costa; yo no me meneo de aquí.

Y en vano traté de representarle que le había pagado para llevarme a tierra.

—Sí, sí, muy bien pagado —dijo burlándose.

Y volviéndose a un marinero:

—Vamos, Jim, carga las velas, muchacho.

Y como yo le preguntara qué pensaba hacer:

—El «Vixen», volverá a zarpar dentro de una hora. Volver a Dovres con nosotros si os divierte eso, —⁠me respondió.

—¿De modo que rehusáis absolutamente llevarme a tierra? —⁠le pregunté.

—Absolutamente. Jamás se aproximará el «Vixen», a los arrecifes de Ambletense con esta maldita brisa del Sudoeste.

—Bien —dije—, tomaré la barca.

—La piel vais a dejar en esta travesía — ⁠gruñó, lanzando sobre mis botas un enorme salivazo negruzco.

Temblando de cólera iba a lanzarme sobre él, pero reflexionando que me hallaba solo, desarmado, contra seis, me contuve, salté la borda y me eché en la barca. Cuando estuve en ella me arrojaron mi hatillo, un poco de ropa envuelta en un pañuelo; dos marineros me acompañaron; e impulsada la barca, pronto bogamos hacia la costa.

La noche caía, ¡y qué noche…! Gruesos nubarrones desmelenados corrían de un extremo a otro del horizonte. Al Oeste poníase un sol rojísimo, pero ya envuelto en un pesado velo de bruma. Diríase una monstruosa columna de humo saliendo de un inmenso incendio. A veces, entre la rotura de las nubes percibíase una ancha franja escarlata. El Océano parecía aprisionado en un círculo de fuego. A lo lejos, el pequeño bergantín, ya levantado, ya sumido en las olas, se borraba poco a poco. Los dos marineros bogaban de firme. De cuando en cuando miraban al cielo y a la costa aún lejana. Temiendo verlos retroceder ante el ímpetu de la tormenta, les pregunté, para distraer su atención, qué luces eran las que centelleaban a derecha e izquierda:

—Son Boulogne al Norte y al Sur Etaples — ⁠contestó cortésmente uno de los marinos.

—¡Boulogne…! ¡Etaples…! ¡Cuántos recuerdos evocaban estos nombres…! En Boulogne pasábamos los estíos durante mi infancia. Veíame yo chiquitito, corriendo junto a mi padre cuando se paseaba por la plaza. Todos se descubrían a nuestra vista. ¡Etaples…! Desde allí emprendimos la fuga. El pueblo amotinado en las rompientes vociferaba a nuestro paso, lanzándonos piedras. Mi madre fue herida en una rodilla. Recuerdo la imprecación de mi padre, mis gritos de horror y el atolondramiento de todos. Boulogne al Norte, Etaples al Sur. ¡Y entre ambas mi castillo de Grosbois…! Y mi vista se perdía ardiente en las tinieblas, tratando de divisar la silueta del viejo torreón y el muro almenado…

—Todo eso —continuó el marino— es una miserable costa desierta. Y ésta es la primera vez que en ella desembarco esta clase de mercancía.

—¿Por quién me tomáis? —le dije yo.

—Eso no es cuenta mía. Hay cosas de que más vale no hablar.

—¿Creéis que soy un conspirador?

—Vos lo habéis dicho. En fin, Dios os ayude. Estamos hechos a esto.

—Os doy mi palabra de que no lo soy.

—¿Un prisionero escapado, entonces?

—¡Tampoco!

El hombre se inclinó sobre los remos y vi su cara ansiosa pendiente de la mía.

—¿Seríais un espía de Boney [1], acaso?

—¿Yo? ¡Un espía! —exclamé indignado.

—Bueno, bueno. No os enfadéis. Lo mismo da. Lléveme el diablo si sé lo que sois. Con todo, si hubierais sido un espía de Boney, no habría yo movido un dedo para traeros, dijera el patrón lo que dijera.

—Vaya, no hablemos mal de Boney, que es amigo de los marinos —⁠murmuró el otro marinero.

Me sorprendió oírle hablar así, porque la animosidad de los ingleses hacia Napoleón sobrepujaba a cuanto pudiera imaginarse. La aristocracia y el pueblo se unían en su odio contra el hombre y su política.

—Si se puede meter un poco de café y aguardiente, es gracias a Boney —⁠añadió el marinero.

Entonces recordé que Bonaparte era muy popular entre los contrabandistas, desde que les había concedido todo el tráfico de la Mancha.

El marino, remando con una sola mano, mostró con la otra el agua movible y gris:

—¡Ese agua, es el mismo Boney! —⁠dijo entre dientes.

Los que vivís en un siglo pacífico no podéis concebir la emoción que me produjo esta simple frase. Hacía apenas diez años que el mundo conocía a aquel hombre de origen italiano. Su fortuna se había elevado con rapidez increíble. Mientras la gente se preguntaba quién era, caía él sobre Italia, atropellaba a Austria, firmaba los preliminares de la paz de Leoben, intimidando a los generales en el campo de batalla, desconcertando a los estadistas en el consejo. Con audacia inaudita se aventuraba en Oriente, y cuando aún maravillaba su manera de convertir al Egipto en departamento francés, reaparecía en Italia y batía segunda vez a Austria. Iba tan de prisa como el ruido de sus conquistas. Donde quiera que llegaba iban nuevas victorias, derrumbamiento de los viejos sistemas, trastorno de las fronteras. Holanda y Suiza no eran más que nombres en el mapa. Francia absorbía la Europa. Aquel imberbe oficial de artillería consagrado emperador por la voluntad del pueblo, había aplastado sin esfuerzo a dos feroces jacobinos ante quienes los más grandes reyes y las noblezas más altivas doblaron la cabeza. Nosotros que lo observábamos en sus menores actos, acabábamos por considerarlo como algo supraterrestre, como un Dios protector de la Francia.

Sus hazañas habían dejado en mi espíritu tan honda huella que cuando el marino inglés designó el agua misteriosa, diciendo: «El Boney» contuve el aliento en la loca esperanza de ver surgir de las olas y flotar sobre la Mancha una criatura gigantesca, una forma terrible y amenazadora.

Pero lo que a mis ojos se presentaba no semejaba en nada a esa visión ideal. Al Norte avanzaba un cabo muy largo y estrecho, cuyo nombre no recuerdo hoy. Confundido al principio con el mismo tinte gris del resto de la costa, a medida que cerraba la sombra, aparecía iluminado de trecho en trecho. Y pronto apareció como una inmensa línea de fuego, de un rojo sombrío.

Señalé las luces a uno de los marineros.

—¿Qué es eso? —le pregunté.

—El campo de Boney, señor. Doce parecidos veréis de aquí a Ostende. ¡Ah!, el pequeño Boney sería muy capaz de atravesar si pudiera escapar a la vista de Nelson.

—¡Cómo! Lord Nelson sabe lo que hace el emperador —⁠dije yo.

El marino mostró por encima del hombro tres luces que brillaban a lo lejos.

—El perro de acecho dijo.

—La Andrómeda —añadió su compañero.

—¡Cuántas veces he pensado en aquellos fuegos del campo de Napoleón y en aquellas tres luces vacilantes del navío de Nelson! Los dos rivales estaban allí frente a frente. La lucha de los siglos pasados iba a continuarse en el porvenir. —⁠Pero ¡ay! ¿No sé ya que todo se consumó?

Avanzábamos rápidamente. La tierra aparecía ya más distinta por cima de las olas. De pronto, un buque salió de las sombras y se adelantó hacia nosotros.

—Los guardacostas —exclamó uno de los marinos.

—Bill, amigo, estamos perdidos — ⁠dijo el otro, metiéndose algo en una de las anchas botas.

Sin embargo, el barco, habiéndonos divisado, se alejó en dirección opuesta.

Los dos marineros se miraron, limpiándose la frente con la manga.

—Me parece que la conciencia de ésos no está más tranquila que la nuestra —⁠dijo el primero⁠—. ¡Y yo que hubiera apostado a que eran guardacostas!

—Parece que no somos solos a pasar mercancías prohibidas esta noche —⁠observó el segundo. Pero ¡qué diablos puede ser ese barco! ¡Que me ahorquen si lo sé! Al verlo he Escondido un paquete de tabaco de la Trinidad en mis botas. ¡Ah! Bill, arría, terminemos.

Un minuto después encallábamos en una playa de grava.

Cogí mi hatillo y me lancé fuera de la barca. Ya no se distinguían las tintas del Poniente ni las nubes desmelenadas. Al volverme para mirar al bote por última vez, éste había desaparecido… Nada ya, sino el rodar de la tormenta y el gemido del vendaval.

Así fue como, en los primeros días del año 1805, tras quince de destierro, volví al país que durante tantos siglos honró y sostuvo mi familia. Bien duramente nos había tratado; nuestros servicios pagados con insultos, con el destierro y la confiscación de nuestros bienes; pero todo lo olvidé cuando, de hinojos sobre la arena, puse mis labios en su bendito suelo.