El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 6 de 17

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El campamento de Napoleón

Capítulo VI

VI

 

 

EL SUBTERRÁNEO

 

El fuego moría; apagó mi compañero la lámpara y salimos. El viento apaciguado; caía ahora una menuda lluvia penetrante. Al cabo de cinco minutos ya no distinguíamos nada de la maldita choza, donde por poco me asesinan. Solo no hubiera dejado de perderme como antes. Pero esta vez tenía un guía experto y conocedor de la comarca, que iba con paso firme y rápido. Trabajo me costaba seguirle, porque las ansias sufridas en aquellas dos horas me habían acabado de destrozar. Con mi hatillo bajo el brazo me arrastraba, pues, penosamente al lado del viejo, perdido el pensamiento en vagas cavilaciones.

Aunque muy joven, no dejaba de conocer perfectamente la vida y asuntos interiores de Francia. ¡Había oído Untas veces en Ahsford a los emigrados discutir los menores acontecimientos políticos…! Sabía que el encumbramiento de Napoleón había desesperado a los jacobinos y a los republicanos avanzados, que veían cómo todos sus esfuerzos para abolir los reyes habían ido a parar a la instauración de un Imperio. Los partidarios de los Borbones quedaron por su parte cruelmente desconcertados ante la manera con que el pueblo francés acogiera a aquel aventurero, sin nobleza, sin fortuna, al Bonaparte del 18 Brumario. ¡Ah! Si ellos esperaban el restablecimiento del orden en la patria, no era seguramente pensando en semejante jefe. Así, por motivos distintos, los partidarios más opuestos se unían en su odio a Napoleón y en su deseo de derribarlo. De aquí una porción de conspiraciones, casi todas urdidas en Inglaterra; de aquí también todo un servicio de espionaje, organizado por Fouché y Savary, encargados de velar por la seguridad del emperador. Un azar singular me había traído a Francia al par de un peligroso conspirador y me había proporcionado la ocasión de examinar los procedimientos de la policía imperial. Recapitulando los incidentes de la noche, mi carrera por los pantanos, mi llegada a la cabaña, el descubrimiento de los papeles, el largo período de angustia en que Toussac quería estrangularme, las escenas conmovedoras a que asistí, la prisión de Lesage, la muerte del perro, no me extrañaba estar muy excitado, nervioso, presa de una especie de abandono enfermizo. Sonabanme aún en los oídos confusamente las palabras del general Savary, frases de Lesage, aullidos, ladridos… y una revolución de imágenes se presentaba a mis ojos.

En fin, cosa cierta y probada era que estaba a merced del extraño viejo, cuya incalificable conducta me había llenado de repugnancia. El ardid que empleara para entregar a sus cómplices, el cinismo de su discusión con Lesage, todo denotaba un alma vil y baja. Sin embargo, no podía disimularme que me había arrancado a una muerte cierta. Entre Toussac y Lesage mi situación era desesperada, y él no vaciló para salvarme en arrostrar el furor del uno y el resentimiento del otro.

—Luego —añadía yo—, nada le impedía denunciarme como conspirador. Yo no hubiera podido probar mi inocencia.

No importa; aquel hombrecillo flaco, con cara de piedra, me producía una impresión extraordinaria. Me sentía a la vez atraído y rechazado; estaba inquieto, triste; dividido entre el deseo de saber lo que era y hacía y el de alejarme de él y huir bruscamente.

Después de recorrer dos o tres millas en silencio, le pedí de pronto que me explicase algo de lo sucedido en la cabaña.

Percibí en la sombra su sonrisa ahogada.

—De veras me divertís, caballero… caballero… ¿Cómo habéis dicho?

—De Laval.

—Eso es, de Laval. Tenéis toda la impetuosidad y el candor de la juventud, antes quisisteis ver lo que Lesage escondía en la chimenea… y allá os encaramasteis. Ahora tenéis necesidad de conocer los móviles que me han hecho entregar a mis colegas, y me pedís que os los diga sencillamente. Yo que estoy siempre con gentes preocupadas de ocultar sus sentimientos, confieso que me place vuestra franqueza.

—Señor —le dije— yo no tengo por qué considerar los móviles con que obráis; me habéis salvado la vida y os doy las gracias.

Mi modo de hablarle le reveló cuánto me costaba expresarle mi gratitud.

—No, no me deis las gracias — ⁠dijo⁠—. Si vuestra muerte hubiera sido necesaria a mis designios os habría abandonado a Toussac. Estáis convencido, ¿verdad? Así, pues, no me sois deudor de gratitud alguna.

Y añadió con amargura:

—Os tendería la mano y haríais como ese tarambana de Lassalle, volver la espalda sin tomarla… Sí, es muy bello batirse por el emperador, pero ¿qué es eso en comparación de la lucha incesante que yo sostengo contra fanáticos, cuyas doctrinas los ponen fuera de toda ley humana? La muerte… la afronto yo a cada instante, siempre está suspensa sobre mi cabeza… Sin embargo, no merezco —⁠dicen⁠— el título de hombre de honor. ¿Por qué…? Sí, ¿por qué? —⁠repitió⁠—. Creo haber desplegado más valor en una sola de mis entrevistas con Toussac que Lassalle en todas sus cargas de caballería. Y en cuanto a servicios, ningún mariscal de Francia los ha prestado como yo. Vos no lo creéis así de seguro, señor… señor…

—De Laval.

—Sí, eso. Es extraño, nunca me acuerdo de vuestro nombre. Digo, pues, que debéis compartir las opiniones del coronel Lassalle.

—Mis opiniones importan poco — ⁠dije⁠—. Otra vez os digo que os debo la vida. Gracias.

Iba a responder, pero sonaron dos detonaciones y luego clamores lejanos. Nos detuvimos… Nada ya.

—Habrán visto a Toussac —dijo el viejo⁠—. Mucho me temo que no logren atraparlo. Es listo. A propósito, ¿qué pensáis de él? ¿Sabéis que tendríais que andar mucho para encontrar un barbián semejante?

—Más andaría para evitarlo —⁠exclamé yo⁠—, sobre todo no estando en situación de defenderme…

Mi compañero me aprobó riendo.

—Sin embargo —dijo—, es hombre de una grande honradez, virtud rara en este tiempo. Se arrojó a la Revolución con el ímpetu de una naturaleza sana y recta, seducido por las brillantes promesas de escritores y oradores, por las proclamas entusiastas de los diputados del Tercer Estado.

Estaba persuadido de que luego de las turbulencias y ejecuciones necesarias, Francia sería el centro de la paz, de la dicha, de la fraternidad. Muchas gentes alimentaban tan bellas ilusiones. ¡Ay, la guillotina las segó todas como espigas maduras! Y cuando en lugar de paz encontró la guerra y en vez de la dicha una miseria horrenda y un imperio en clase de libertad, Toussac se volvió loco. Hoy es un bruto, una fiera; ya lo habéis visto. No tiene más que una idea: perseguir, exterminar a los que han destruido su ideal político. Y ha consagrado a esta venganza su fuerza de gigante. Nada teme; es perseverante, implacable, terrible. Me matará seguramente por la jugada que le he hecho esta noche.

Esta reflexión fue hecha con la mayor flema. Entonces comprendí que no se jactaba el viejo afirmando que más valor necesitaba él para ser espía que Lassalle para cargar al frente de sus coraceros.

—Sí, hice mal en no dispararle mientras peleaba con el perro… Pero si le hubiera herido solamente, me habría despedazado… No, decididamente, mejor es así…

Habíamos salido del pantano y comenzábamos a pisar un césped muy suave y espeso. El camino daba vuelta a la cima de bajas colinas. Mi compañero marchaba siempre sin vacilaciones al paso rápido con que saliera de la choza. Esto me venía bien, pues si no me hubiera dormido de pie.

Cuando partí a Inglaterra tenía yo apenas ocho años, de modo que apenas guardaba un vago recuerdo de mi país. No me figuraba, pues, el sitio donde estábamos, ni pensaba en ello. Un embrutecimiento completo se apoderó de mí. Todo me era igual. Sólo deseaba dormir, dormir mucho tiempo. Levantaba los pies y los ponía en el suelo con un movimiento automático. Dormía al andar.

De pronto me desperté estremecido. El viejo se había detenido al borde de una inmensa abertura, cuyos bordes se dibujaban vagamente a la luz velada de la luna. Ya no llovía, pero las nubes rodaban por el cielo Nos hallábamos ante una cantera abandonada y casi invadida por una vegetación de zarzas y retamas.

El viejo se aventuró en ella después de asegurarse de que nadie nos espiaba y yo eché tras él. Pronto nos detuvimos ante una alta roca en forma de monolito.

—¿No distinguís ninguna luz? — ⁠me preguntó mi compañero.

Yo escudriñé las tinieblas en todas direcciones y no vi nada.

—Bueno. Entrad, joven. Os sigo.

Me quedé estupefacto. Un obscuro agujero socavaba la base del monolito. Mientras yo inspeccionaba los contornos, el viejo había arrancado las retamas que ocultaban este orificio, sin duda de él sólo conocido.

—Es un poco estrecho al principio — ⁠dijo⁠—; pero luego se ensancha. Yo no me decidía.

Después de todo, ¿quién era aquel enigmático personaje? ¿Dónde me llevaba? ¿Vivía en una guarida como un tigre? ¿Quería precipitarme en una trampa? La luna, saliendo un instante, iluminaba la abertura misteriosa. Era horrible. Diríase una boca desdentada en la faz lívida de un cadáver.

—Es demasiado tarde para retroceder — ⁠observó mi compañero⁠—. Vamos, tened confianza en mí.

—Estoy a vuestras órdenes — ⁠dije.

—Entonces, pasad adelante.

Me introduje en un pasaje talmente apretado y bajo, que tuve que arrastrarme de rodillas. Volviéndome percibí la silueta angulosa del espía, un momento inmóvil a la entrada. Después oí crujir de ramas y toda claridad desapareció. Había vuelto a cerrar el hueco y el viejo se arrastraba detrás de mí.

—Id hasta donde toquéis un escalón —⁠me dijo⁠—. Allí estaremos más anchos y podré batir el eslabón.

Felizmente para mí en aquella época era yo delgado. No sé de otro modo cómo me las hubiera compuesto en aquel tubo cuyo techo tocaba mi espalda y cuyas paredes rozaban mis codos.

Al cuarto de hora de este paseo de pielroja, mis manos hallaron efectivamente un escalón. Lo subí, y al instante me dió en pleno rostro una bocanada de aire que me advirtió estábamos en un sitio más amplio. Un chasquido, una chispa y al fin tuvimos luz: una llamita amarilla y tímida, pero gracias a ella veíamos. Enseguida examiné el lugar adonde habíamos desembocado. Era un subterráneo bastante alto para estar de pie y que parecía muy extenso. Pero estaba a medias hundido, y los desprendimientos de piedra tapaban el pasaje primitivo que a él conducía. Por eso sin duda habrían socavado aquella especie de mina que acabábamos de atravesar. Los trabajos estaban recientes, pues aún vi en el suelo las herramientas de perforar la roca. Mi compañero volvió a caminar.

—¿Habéis visto esto en Inglaterra? — ⁠interrogó.

—No, nunca.

—Vuestros antepasados, joven, eran gentes precavidas, pues se preparaban la retirada para caso de revoluciones. Ahora que ha vuelto el mal tiempo, sus subterráneos son bien útiles para los que los descubrieron.

—¿Y éste, adónde conduce? —⁠le pregunté yo.

—Aquí —dijo el viejo, designando una puerta forrada de hierro. Tanteó luego las cerraduras, colocándose de modo que me fuera imposible ver lo que hacía. Adiviné que buscaba un secreto. La puerta giró sobre sus goznes con un espantoso chirrido y divisé una escalera de tramos inseguros y gastados.

—Cuidado, joven, es muy pina.

Subimos. En lo alto había una segunda puerta que el viejo abrió como la primera.

Cada vez estaba yo más asombrado. ¿Era el mismo Luis de Laval, ayer aún habitante en la posada de «El Hombre Verde», en Ahsford Rent, o el héroe de alguna aventura de Pigault-Lebrun?

Aquellos arcos musgosos, las macizas puertas, el subterráneo, la escalera tortuosa, surgían ante mí como visión fantástica y perturbadora. Pero lo que me traía a la realidad era la vela humosa, mis vestidos llenos de barro y, sobre todo, la fisonomía de mi compañero.

Estábamos ahora en un vestíbulo enlosado de mármol, alumbrado en el fondo por una lámpara de aceite. A la derecha dos ventanas herméticamente cerradas por puertas de madera. Habíamos, pues, vuelto a la superficie de la tierra Atravesando el vestíbulo, y después de recorrer una serie de pasillos y pequeñas piezas, el viejo me introdujo en una habitación confortablemente amueblada.

—Espero que se contentará por esta noche.

—¡Ah! Sí, ya lo creo.

Nada deseaba yo más que soltarlas ropas mojadas y tenderme bajo aquellas sábanas, cuya blancura me deslumbraba. Tuve, sin embargo, un último ataque de curiosidad:

—Señor —dije— ¿queréis colmar vuestras bondades diciéndome dónde estoy?

—Estáis en mi casa y eso os basta por esta noche. Mañana sabréis más.

Llamó. Un innoble criado, todo desgalichado, con los ojos hinchados y el pelo revuelto, se presentó:

—Vuestra ama está acostada.

—Sí, señor; hace más de dos horas.

—Bien, idos.

Y dirigiéndose a mí:

—Buenas noches. Os despertaré mañana por la mañana.

Se retiró. El ruido de sus pasos se alejó en el corredor, y yo me dormí con un sueño de plomo. Era el fin de la pesadilla.