El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 13 de 17

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El campamento de Napoleón

Capítulo XIII

XIII

 

 

EL SOÑADOR

 

Salí con Sibyla. ¡Pero cuál no sería mi sorpresa al encontrar, a la entrada de la tienda, al teniente Gerard!

—Y bien, señorita, ¿lo consiguió usted? — ⁠dijo precipitándose hacía mi prima.

Sibyla movió la cabeza negativamente.

—¡AH! ¡Era lo que yo me temía…! El emperador es inexorable. Habéis tenido valor de ir a solicitarle. Yo preferiría cargar sobre un escuadrón, con un caballo medio muerto, a pedirle algo. ¡Dios mío, señorita, cuánto me duele vuestro fracaso…!

Los bellos ojos claros del teniente se llenaron de lágrimas, y las guías de su bigote rubio se le cayeron de tan grotesca manera, que yo hubiera reído de buena gana si la ocasión no fuera tan triste.

—He encontrado a M. Gerard cuando atravesé el campo —⁠dijo mi prima⁠— y me acompañó hasta aquí. ¡Están bueno que se interesa por mis penas!

—Yo también, prima mía, participo de ellas — ⁠exclamé⁠—. ¡Sois tan buena, tan animosa…! ¡Qué feliz aquél a quien honráis con vuestro cariño y vuestra solicitud…! ¿Pero es que lo merece verdaderamente?

Desde el momento en que formulaba la menor duda sobre el valor o la lealtad de su prometido, Sibyla se erguía bravamente.

—¡Le conozco mejor que vos, mejor que el emperador! — ⁠exclamó⁠—. ¡Luciano tiene un alma demasiado noble para enlodarse en el fango de los «complots» y de las traiciones…! Fue Toussac quien causó el daño. ¡Toussac es un miserable, un asesino! Mientras que Toussac viva no habrá ni un momento de paz en Francia. ¡Ah! ¡Para ése no haya piedad…!

Su cara se iluminó súbitamente con relámpagos terribles de audacia y de rencor.

—Primo Luis —dijo aún— ¿queréis ayudarme a buscarlo?

Gerard se retorcía el bigote y me veía con una expresión de envidia mal disimulada.

—Señorita, ¿me permitís ayudaros también? — ⁠dijo con tono lastimero.

—Ciertamente, señor —replicó Sibyla ⁠— dos hombres enérgicos no están de más para una empresa semejante. Cuando llegue el momento os lo advertiré, así como a M. de La —⁠val. Ahora os ruego que me conduzcáis al límite del campo, y me dejaréis enseguida.

Sibyla tenía un modo imperativo al expresarse, que parecía encantador al pasar por sus labios de mujer.

El caballo gris que me había traído por la mañana piafaba al lado del de Gerard, y montamos enseguida. Después de pasar las trincheras, mi prima se volvió a nosotros:

—Ahora iré sola —dijo—. ¿De modo que está convenido que cuento con vosotros, señores?

—¡En absoluto, prima mía!

—¡Hasta la muerte! —gritó Gerard.

—Gracias —dijo ella.

Y soltando las riendas, partió en la dirección de Grosbois.

Permanecí algunos instantes inmóvil, soñador… ¿Qué plan había concebido Sibyla…? ¿Cómo esperaba encontrar a Toussac?

Después de todo, la imaginación y el amor de una mujer triunfarían tal vez en donde había fracasado la hábil táctica de Fouché y de Savary…

Cuando levanté la cabeza vi al teniente Gerard abismado en la contemplación de Sibyla, cuya silueta fina se recortaba sobre el azul horizonte.

—¡Esteban, es la mujer que te conviene! — ⁠murmuraba⁠—. ¡Qué ojos…! ¡Qué sonrisa…! ¡Y no tiene miedo del emperador…! ¡Matin, qué amazona! ¡Esteban, hijo mío, esta mujer es la que haría tu dicha!

Habló así hasta que la joven desapareció tras las dunas. Después me preguntó:

—¿Sois el primo de mademoiselle Bernac?

Hice un signo de asentimiento.

—No sé qué empresa medita; pero sea la que sea, estoy pronto a cumplirla.

—Mi querido Gerard; Sibyla quiere que nos apoderemos de Toussac…

—Perfectamente.

—… Para salvar la vida de su prometido M. Lucien Lesage.

—¡Ah!

Gerard frunció las cejas. Sin embargo, su buen natural se sobrepuso.

—¡Pardiez! —dijo— ¡si esto la hace feliz, lo haré sin embargo!

Le tendí la mano y me la estrechó vigorosamente.

—Los húsares de Bercheny están acampados allá lejos, en donde se ven esas filas de caballos. A la menor alarma prevenidme, M. de Laval; mi espada está a vuestra disposición. ¡Adiós…! ¡Hasta pronto!

Se alejó con ese garbo, con ese buen humor francés que emanaba de toda su persona y que parecía estallar en el plumero rojo de su casco, en los pliegues de su dolmán, en el acero reluciente de sus espuelas.

Cuatro días, cuatro largos días transcurrieron sin noticias de Sibyla, sin oír hablar del emperador ni de mi tío. Yo había ido a Boulogne. Había alquilado en la calle des Vents, cerca de la iglesia Saint Agustín, una alcoba pequeña situada en los altos de un panadero llamado Vidal.

He vuelto ahí el año pasado, empujado por esa necesidad instintiva que nos lleva a volver a ver los lugares en donde hemos vivido, sentido, amado. Nada había cambiado. Era todavía el mismo papel con flores azules, los mismos muebles de caoba. De pie, cerca de la ventana, examiné los viejos grabados amarillos clavados en la pared, el busto de yeso de Juan Bart, adornando la estrecha chimenea de mármol, todos los objetos ringlados sobre la cómoda y en la mesa.

—Mi corazón tampoco ha cambiado — ⁠me dije.

Pero súbitamente, en un mal espejo colocado enfrente de mí, apercibí mi cara arrugada, mis ojos opacos, mi larga barba blanca. ¡Dios mío! ¡Qué decrepitud…! No, ya no era el hombre ardiente e impetuoso de otro tiempo, el que contemplaba todas aquellas cosas, sino un viejo ridículo, arruinado por el reuma.

Para cambiar el curso de mis pensamientos miré hacia afuera. Allá lejos las dunas erigían sus cimas de un blanco cretoso, el mar reventaba sus pesadas olas con un mugido sordo.

Era allí, en ese mismo desolado paisaje, sobre esas dunas estériles, en las que no crecían más que herbasca seca, en donde la gran armada estableció sus cuarteles. Mi corazón latió fuertemente. Creí ver cruzar en todos sentidos a oficiales del estado mayor, portadores de noticias, los remolinos de polvo, las bayonetas y los sables relampagueantes; creí oír el galope de los caballos, las fanfarrias gozosas, el redoble de los tambores… ¡Miseria de las vanidades humanas! La gran armada había sido dispersada como esas nubes que el viento desmenuza en copos. ¡El emperador había muerto y los muebles vulgares de esta alcoba ni se habían movido…! Si el hombre no es humilde no es por falta de lecciones.

Ya instalado, mi primer cuidado fue enviar a buscar a Grosbois las traillas que allí había dejado; después, ya aprovechándome del crédito que me daba la buena acogida del emperador, hice proveer mi guardarropa para poder figurar dignamente en la corte.

Se sabía que Napoleón, a pesar de ser en sí mismo de una sencillez absoluta, exigía mucha elegancia en la ropa de sus soldados y de sus cortesanos.

Nunca, ni en las épocas de los más lujosos Borbones, se vio un tal derroche de armiños, recamados, brocados y oros. El emperador creía con este pomposo aparato establecer más sólidamente su joven imperio, e imponerse, además, a las multitudes y a los soberanos extranjeros.

El quinto día por la mañana recibí un mensaje de Duroc. El jefe de la casa militar me mandaba decir que su majestad me daría audiencia después de mediodía en el cuartel general, que se me invitaba a la recepción de la emperatriz, y que se me había reservado un lugar en una de las carrozas de la corte para ir a Pont-de-Briques.

Aunque llegué al gran cuartel mucho antes de la hora fijada por la audiencia, luego que Constant me apercibió, me introdujo en el gabinete del emperador.

—¡Y bien!, señor de Laval — ⁠dijo el emperador, después de haberme saludado con una amistosa inclinación de cabeza⁠— ¿tenéis noticias de vuestra encantadora prima?

—No, Sire.

—Tengo miedo de que sus investigaciones no conduzcan a nada; pues su poeta es inofensivo, pero el otro, Toussac… En fin, no importa y hace falta un escarmiento; Lesage morirá si Toussac no es entregado.

El día iba muriendo. Constant apareció y se dispuso a encender las bujías, pero el emperador le ordenó que se retirara.

—Estoy persuadido, señor de Laval — ⁠dijo⁠— de que vuestra larga permanencia en Inglaterra os ha habituado a las claridades suaves, a las semiobscuridades.

Después de un momento, añadió:

—Esas gentes de allá deben tener el cerebro lleno de neblina, a juzgar por las majaderías que escriben en los periódicos.

De pronto, con uno de esos movimientos convulsivos con los que manifestaba sus bruscos accesos de cólera, tomó de sobre la mesa un periódico de Londres, lo desgarró y lo arrojó al fuego. El papel llameó, los caracteres de imprenta se agrandaron; el nombre de Napoleón resplandeció dos o tres veces enorme y rojo; después, los pedazos negros y calcinados se desprendieron y cayeron fuera del hogar… El emperador los rechazó con el pie.

—Un periodista, ¿qué cosa es eso? —⁠gritó con aquella voz áspera y gutural que me había turbado ya. Un individuo cualquiera, mal trajeado, mal calzado, sin talento, sin educación, que garabatea quince horas por día en una oficina sórdida, en el fondo de un obscuro patio. Y eso, osa hablar de imperios, de monarcas, de paz, de guerras, de sacudimientos europeos… ¡Ah! Estoy aburrido de la libertad de la prensa. Hay quienes desean que yo la entronice en París… vos, Talleyrand, por ejemplo… ¡Y bien! ¡No, eso no se hará…! Ningún periódico es útil a la prosperidad de un país. El Monitor es el único tolerable en Francia, porque sirve para hacer conocer al pueblo las decisiones del gobierno.

—Lo que yo digo, Sire —dijo tranquilamente el ministro ⁠— es que más vale tener enemigos declarados, que enemigos ocultos, y es menos peligroso verter tinta que sangre. ¿Qué importa que los diarios de París o de Londres impriman tonterías sobre vos, si mandáis una armada de ciento cincuenta mil hombres?

—¡Sois admirable, Talleyrand! —⁠exclamó el emperador impaciente…⁠— Al oíros se creería verdaderamente que soy el heredero legitimo del último rey de Francia… Además, y sin embargo, seré nieto de Enrique IV; nunca permitiré a los periodistas inmiscuirse en los negocios del Estado… ¡Se ha criticado rudamente a los Borbones…! ¡Luis XVI y María Antonieta guillotinados, la aristocracia diezmada, arruinada, desterrada, cien mil personas degolladas; ése es el resultado del sistema…! Si yo hubiera entrado en la sala de sesiones de la Asamblea Nacional con todo el regimiento de los suizos, igual que entré el 18 de Brumario en la sala del Consejo de los Quinientos, con todos mis granaderos, os respondo de que una bayoneta en el vientre de Mirabeau hubiera arreglado muchas cosas en un momento.

Se sentó y extendió las piernas hacia el fuego. En un rincón del hogar, un poquito de cenizas grises era todo lo que quedaba del periódico de Londres. Ahora la llama que subía de los leños abrasados alumbraba de llenóla cara del emperador, aquella cara de esfinge en la cual no se transparentaban ya ni la cólera ni las ambiciones torturantes y que se había revestido de una singular expresión de dulzura melancólica.

Se pretende que no hay dos retratos del emperador que se parezcan. Esta disparidad no dependía en modo alguno de los artistas, sino del modelo, cuya fisonomía reflejaba, como un limpio cristal, sus menores impresiones. Me acuerdo aún de Napoleón antes del abotagamiento de sus facciones, y aseguro que en reposo, absorbido, era más bello que hombre alguno.

—Vos, Talleyrand, no tenéis ni sueño, ni ilusiones —⁠dijo⁠—. Sois siempre práctico, siempre frío, siempre cínico. En cuanto a mí, a la hora del crepúsculo o frente al mar, mi imaginación empieza a trabajar. Me gusta también dejarme arrullar por ciertas frases lentas, rítmicas, que se repiten como un estribillo. Tales las de Passaniello, que me hacen siempre ossianisar.

Durante esos momentos tengo ideas más grandes, más altas aspiraciones… Sueño en Oriente, ese país maravilloso, con su hormiguear de pueblos y en donde se puede ser grande… Resucito mis proyectos de 1798. Me veo manejando esas formidables masas de hombres armados, disciplinados, domados y precipitándolas sobre Europa… Si se hubiera conquistado Siria, es lo que yo habría hecho… La suerte del mundo entero se hubiera decidido en el sitio de Saint Jean de Acre… Después de esclavizar Egipto hubiera partido hacia las Indias. Me figuro algunas veces que voy en un elefante y que en mi mano llevo una nueva versión del Koran… Así es como yo hubiera atravesado Asia Pero nací muy tarde… Para aspirar al título de conquistador del mundo es fuerza ser un dios o un héroe… Alejandro de Macedonia se jactaba de ser hijo de Júpiter y se le creyó… ¿Qué sucedería hoy si yo formulara la misma pretensión…? M. de Talleyrand reiría con su aire de desdén feroz y los parisienses dibujarían mi caricatura en todas las paredes… No, ya no quedan ni fe, ni entusiasmos… Nuestras generaciones modernas nacen viejas y decrépitas.

El emperador hablaba consigo mismo más que conversar con nosotros. Su alma se diluía en fantásticas ensoñaciones. Era lo que él llamaba ossianisar, porque sus fantásticas imaginaciones le recordaban las del poeta escocés, que prefería entre todos. En ocasiones se olvidaba de este modo una o dos horas mientras que sus cortesanos, respetuosamente alineados en su derredor, esperaban que volviera a su estado natural.

—Un soberano —continuó— debe poder apoyarse en la religión lo mismo que en la armada, pues interesa más reinar sobre las armas que sobre los cuerpos… ¿No es el sultán el jefe temporal y a la vez espiritual de su imperio…? ¿No eran los emperadores romanos pontífices y sacrificadores a un tiempo…? Mi autoridad será ilusoria mientras no se extienda al culto de mis súbditos… Hay actualmente en Francia treinta departamentos que obedecen más al Papa que a mí. Y bien, lo sostengo; sólo una dominación absoluta, universal, es capaz de asegurar la paz del mundo. Cuando no haya en Europa más que un amo residente en París, cuando todas las naciones sean vasallas y tributarias de Francia, entonces, señores, descansaremos y ya no habrá nada que hacer… Mientras haya frente a frente fuerzas iguales, lucharán por alcanzar el predomio… La situación de Francia, la riqueza de su suelo, la magnitud de su historia la destinan a esa hegemonía… ¡Alemania está dividida; Rusia, bárbara aún; Inglaterra aislada en su isla; España, Italia, Grecia, ya no cuentan…!

—Los ingleses —me dije a mí mismo⁠— tienen razón al asegurar que la guerra durará tanto como este oficialito de artillería.

Constant había preparado, al lado del emperador, un poco de café frío; se sirvió una taza y bebió. Después, recostándose de nuevo sobre el respaldo de la silla, permaneció inmóvil algunos instantes, con la barba sobre el pecho y los ojos fijos en las llamas.

Continuó con voz sorda:

—Los reyes irán detrás del emperador de los franceses… sosteniendo la orla de súmanla… asistiendo a su coronación… Cada uno tendrá una residencia en París, como los ministros del gobierno… ¡Qué sueño…! Entonces la capital se extenderá hasta Versalles… Aunque lo merezca poco, quiero agrandarla aún, dotarla de soberbios monumentos. Es curioso, no quiero a los parisienses… a ellos les pasa conmigo tres cuartos de lo mismo. No me perdonarán que les haya apuntado una vez con mis cañones, y saben de sobra que a la primera trastada se repetiría la función. Los he obligado a temerme, a admirarme, pero a quererme no.

¿Y por qué? ¡Tanto como he hecho por ellos…! ¿Dónde están los tesoros de Génova, los cuadros y las estatuas de Venecia y el Vaticano…? ¡En el Louvre…! El botín de mis victorias ha servido todo para adornar sus palacios y sus iglesias. Pero necesitan variaciones, algo de qué maravillarse cada día y de charlar y reírse. Hoy me saludan; mañana me enseñarían los dientes si de cuando en cuando no les tirase alguna victoria a la cara, como se arroja la carne a las fieras. Cuando termine la expedición a Inglaterra mandaré redorar el dorso de los Inválidos y eso les entretendrá… Luis XIV los embriagó de guerras; Luis XV los divirtió con sus galanterías y los escándalos de la corte; el pobre Luis XVI no supo distraerlos y le cortaron la cabeza. ¿Verdad, Talleyrand, que le condujisteis al patíbulo…?

—No, Sire. Yo siempre fui moderado —⁠continuó el ministro con su acre de amabilidad⁠—. En todo caso, Sire, no tenéis motivo para deplorar la muerte de Luis XVI, que os dejó su sitio.

—Nada me hubiera impedido ocupar el trono —⁠replicó Napoleón⁠—. Yo era un predestinado al supremo puesto. Y así me ha sucedido siempre. Cuando firmé el tratado de Campo-Formio no era sino un general sin mucho nombre y que apenas contaba treinta años; sin embargo, cuando apercibí en la tienda donde se habían reunido los diplomáticos extranjeros un trono vacante coronado por las armas imperiales, tomé en el acto posesión de él, pues no hubiera sufrido que alguien hubiera sido colocado antes que yo. Tengo la presciencia de los acontecimientos; nada me acontece sin que no lo sepa de antemano. Cuando mi hermano Luciano y yo vivíamos miserablemente en una misma alcoba, no gastando más que algunos francos por semana, sabía ya lo que más tarde llegaría a ser, lo que ahora soy. Sin embargo, nada en el presente ni nada en el futuro era propicio a alentar una esperanza semejante. En la escuela fui un mediano alumno. Salí de Brienne siendo el 42 en 58… Era bastante fuerte en matemáticas, pero en lo demás nada. La verdad es que soñaba mientras los otros trabajaban. Ningún ejemplo me fue propicio para alentar mi ambición. No heredé de mi padre más que su enfermedad de estómago. En una ocasión, siendo muy joven, vine a París con mi padre y mi hermana Carolina. Estando en la calle de Richelieu el rey pasó en su carroza. ¿Quién hubiera pensado que aquel joven corso que agitaba su sombrero tendiendo el brazo sería el sucesor de su majestad Luis XVI? Pues bien; os juro, señores, que en aquel mismo momento una voz interior me gritó: esa carroza será tuya algún día… ¿Qué hay, Constant?

El intendente se inclinó al oído del emperador y murmuró algunas palabras:

—¡Pues, naturalmente! —exclamó Napoleón. Había olvidado enteramente esa cita. ¿Está ella ahí…?

—Sí, Sire.

—¿En la tienda de al lado?

—Sí, Sire.

Talleyrand y Berthier cambiaron una mirada y el ministro se dirigió suavemente hacia la puerta.

—No, no —dijo el emperador, deteniéndolo con un gesto⁠—; quedaos aquí… Constant, encended las lámparas. Vigilaréis, además, a que los coches estén listos dentro de media hora. Talleyrand, releed ésta picara carta al emperador de Austria; me diréis vuestras observaciones esta tarde. De Meneval, aquí tenéis un extenso informe sobre los docks de Brest; extractadlo y dejadlo en mi despacho mañana por la mañana a las cinco. Berthier, la armada empezará a embarcarse mañana a las siete. Ved si la operación puede efectuarse en tres horas. Monsieur de Laval, esperadme hasta que partamos a Pont-de-Briques.

Después de una breve orden dada a cada uno se alejó, y poco después no distinguí bajo la cortina semilevantada en un extremo de la estancia más que los faldones de su casaca verde y sus piernas estrechamente ceñidas en el pantalón de cachemir blanco. Percibí un frú-frú de seda, un resplandor rosa y eso fue todo; la cortina cayó.

Berthier se roía las uñas en un rincón, Talleyrand lo observaba con un parpadeo irónico. De Meneval, corrido como si hubiese sido sorprendido con las manos en la masa, se había abismado en un rollo de papeles. Constant, siempre discreto y silencioso, encendía las bujías de los candelabros.

—¿Quién es? —interrogó el ministro de Estado.

—Esa muchacha de la Opera —⁠gruñó Berthier.

—¿La españolita ha caído?

—No lo creo, aquí estaba todavía ayer.

—¿Y la otra, la condesa?

—Vive en Ambletense.

—Señores, os lo ruego, nada de escándalos en la corte —⁠parodió Talleyrand con los labios crispados por una amarga sonrisa.

No había sido sensible a la lección de moralidad dada últimamente por el emperador a los que le rodeaban y en particular a su ministro.

—A propósito, M. de Laval —⁠dijo acercándose a mí⁠—, ¿dónde está el partido de los Borbones en Inglaterra? ¿Cuáles son sus miras, sus proyectos? ¿Tiene algunas probabilidades de éxito?

Lo menos durante diez minutos me hizo mil preguntas y me arrancó mil informes. No tardé en comprender que el emperador lo había juzgado bien. M. de Talleyrand no era el amigo de los días nefastos y de la adversidad; iría siempre y seguramente del lado de la victoria. Charlábamos aun cuando Constant entró precipitadamente, con la mirada extraviada y una agitación inusitada en un hombre de su carácter.

—¡Dios mío! M de Talleyrand, qué desgracia —⁠gritaba torciéndose las manos⁠—. ¿Quién lo hubiera esperado?

—¿Qué pasa, Constant?

—¡Pasa, pasa, que me volveré loco…! ¡Qué desgracia! ¡Dios mío, qué desgracia…!

—Pero hablad, Constant, decidnos…

—¡Ah, M. de Talleyrand, no me atreva a molestar al emperador, y sin embargo…!

—Sin embargo, ¿qué?

—La emperatriz está ahí… ¡Me sigue…!