El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 8 de 17

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El campamento de Napoleón

Capítulo VIII

VIII

 

 

LA PRIMA SIBYLA

 

El asombro, la satisfacción se pintaron en la cara de mi tío. Su reciente cólera no se traslucía ya sino por la turbia mirada de sus ojos y cierto chasquito nervioso de las mandíbulas. Con voz muy dulce se dirigió a su hija:

—Tengo que despachar asuntos importantes, Sibyla, que me ocuparán una hora o dos… Vuestro primo debe desear ver el parque donde jugaba cuando niño. Tened la bondad de acompañarle.

La joven no objetó nada. Por mi parte me encantaba prolongar la ocasión de hablar con ella. Las cosas extraordinarias que me dijera habían despertado mi curiosidad… ¿Por qué me aconsejaba que desconfiara de su padre? ¿Por qué se interesaba en mis afectos? Tenía que saberlo a toda costa.

Fuera soplaba una blanda brisa impregnada de olores marinos. Después de la terrible borrasca de la noche aquella caricia del aire tibio era un bálsamo halagador. A través de largas alamedas enarenadas, con cipreses recortados en pirámide, desembocamos ante la fachada del castillo. No podía yo quitar los ojos de aquellas ventanas ojivales, de sombrías vidrieras y de las torrecillas grises cubiertas de pizarra. El ala derecha era de la misma época que la fachada, conservaba aún sus almenas y barbacanas; pero la izquierda, reconstruida nuevamente, se alzaba blanca con su elegante balaustrada y su espeso tapiz de yedra.

En el modo con que Sibyla me indicaba cada nuevo detalle se veía cuán querida le era aquella mansión Quiso excusar lo extraño de su situación:

—Confusa estoy, primo —me dijo—, al haceros los honores de una casa que para mí no ha dejado de ser la vuestra… No era contra vos contra quien yo me enojaba antes, sino contra nosotros, que nos hemos instalado, pájaros parásitos, en el nido por otros hecho… ¡La vergüenza me enrojece, pensando que mi padre os invita en vuestra propia casa!

—Quizá —repliqué yo— habíamos habitado nosotros demasiado tiempo este nido; quizá Dios al arrojarnos quiso regenerar nuestra raza, agotada por siglos de comodidad y seguridad, y forzarla a restablecer por sí misma su fortuna derruida.

—¿Pensáis ir a ver al emperador, primo?

—Sí.

—¿Sabéis que está ahí cerca, en el campamento de Boulogne?

—Lo sé.

—Pero vuestra familia está proscrita… ¿No teméis…?

—Nunca he sido hostil al emperador, y nada me puede reprochar. Iré osadamente a él y le pediré que me incorpore a uno de sus regimientos de caballería.

—Muchos tratan a Napoleón de usurpador; muchos buscan su pérdida; pero yo lo admiro; no hace nada que no sea grande y noble. Figuraos, primo, que yo os creía muy inglés, de corazón y de espíritu; todavía esta mañana me decía que habíais atravesado la Mancha como agente secreto de Pitt.

—No, no; yo soy francés, sinceramente francés. La cordial hospitalidad de los ingleses no me ha hecho olvidar mi patria.

—Sin embargo, vuestro padre nos combatió en Quiberon.

—¡Basta! A qué cargarnos con los odios de nuestros mayores. En eso soy de la opinión de mi tío.

—No juzguéis a mi padre por sus palabras, sino por sus actos —⁠interrumpió vivamente la joven, levantando el dedo en señal de advertencia⁠—. Y después de un instante añadió más bajo: Primo Luis, que mi padre no sospeche nunca que os he prevenido; tendríais tal vez que reprocharos mi muerte.

—¿Vuestra muerte? —balbuceé yo.

—Sí, mi muerte. ¡Oh, no le detendría eso…!

—Ya mató a mi madre…

—Yo me sobresalté.

—No quiero deciros que la haya asesinado; pero la torturó moralmente con insultos y malos tratos. ¡Pobre mujer! Comprendéis ahora mi modo de ser con él.

Sí, yo comprendía la pena inmensa sepultada largos años en el fondo del corazón de aquella joven; comprendía el resentimiento que germinaba en ella y que en aquel instante caminaba sus mejillas y abrillantaba sus ojos espléndidos. Pero al mismo tiempo adquiría la certeza de que, bajo su dulce y frágil aspecto, aquella niña poseía una voluntad indomable.

—¿No os sorprende mi franqueza, Luis? Hace algunos momentos éramos dos extraños.

—¿A quién hablaríais francamente, prima mía, si no fuera a vuestro pariente más cercano?

—Es verdad. Sin embargo, no esperaba estar tan en armonía con vos… La idea de veros me causaba un malestar, una inquietud indecible… Además, debisteis percibir algo de mis sentimientos cuando me fuisteis presentado.

—En efecto.

—¿Qué habéis conjeturado de mi hostilidad?

—Que mi presencia en Grosbois os era importuna.

—No, ciertamente; vuestra presencia aquí no me es absolutamente importuna, pero ¡ay!, puede sernos funesta… A vos, pues, creo que mi padre tenía sus razones —⁠malas razones⁠— para atraeros a Francia, ¡a mí…!

Se calló turbada.

—¿Por qué a vos? —insistí.

—¿Me habéis dicho que os ibais a casar…? ¡Bien! También yo he dado mi fe.

—¡Ah, Sibyla! ¡Plegue a Dios que seáis feliz! —⁠exclamé⁠—. Pero esto no tiene nada que ver con mi presencia en Grosbois…

—Las brumas de Inglaterra os han obscurecido el entendimiento, primo mío —⁠dijo Sibyla riendo⁠—. Mirad en la situación que estamos; no debo ocultaros un proyecto que os será tan odioso como a mí. Sabed, pues, que mi padre ha resuelto unirnos a fin de asegurarse para siempre el dominio de Grosbois… Concluido nuestro matrimonio, reine Borbón o Bonaparte, su derecho es ya inatacable.

Me acordé de pronto de la solicitud de mi tío respecto a mí «toilette» su descontento cuando Sibyla me acogió con tanta frialdad y su alegría al encontrarnos con las manos unidas en un abrazo amistoso.

—¡Prima, tenéis razón! —exclamé.

—Sí, tengo razón. —Miradle, nos espía detrás de la ventana de su gabinete.

Bordeábamos la orilla de un prado. Levanté la vista y apercibí, enfrente de nosotros, la máscara inerte y amarilla del tío Bernac. Viéndose descubierto nos saludó con la mano y sonrió.

—Ved por qué os ha salvado la vida —⁠continuó Sibyla⁠—. Os consideraba como el futuro esposo de su hija; confesad que no podía haber obrado de otra manera. Solamente que cuando deba renunciar a sus vergonzosos cálculos, estad seguro, mi querido Luis, que para anular las reí vindicaciones del último descendiente de los Laval no vacilará en anular este descendiente.

Las confidencias de mi prima, la expresión sardónica de aquella cara que nos espiaba, me revelaron súbitamente la inminencia del peligro a que me encontraba expuesto. Nadie en Francia se interesaba por mí; nadie intentaría la menor pesquisa si algo desaparecía. Estaba, pues, atado de pies y manos y en poder del miserable que yo había visto ya en sus maquinaciones. Sabía por experiencia, hasta qué extremos podían llegar su rencor y su hipocresía y cuán difícil era evitar los lazos que tendía, con una habilidad sólo comparable a su perfidia.

—¡Pero, Sibyla, vuestro padre no ignora el compromiso que habéis contraído!

—No, y es lo que más me inquieta. ¡Ay de los que estorben sus planes! ¡Tiemblo por mí y por vos, primo mío; pero sobre todo por Luciano!

¡Luciano! Este nombre irradia en mi memoria como un relámpago en noche obscura. Sibyla, esta mujer tan valiente, tan animosa, amaba a ese imbécil cobarde que aquella noche en la cabaña se arrastraba llorando y de rodillas a los pies del tío Bernac… ¡Singular aberración del corazón! ¡Ahora mis recuerdos se precisaban…! ¡Este nombre de Sibyla lo había ya escuchado…! Sí, sobre la primera página del contrato social de Rousseau:

«A Luciano, de Sibyla».

—Luciano es un cerebro abrasado —⁠dijo la joven⁠—, se acalora fácilmente… Además, tiene opiniones políticas muy definidas… Desde hace tiempo mi padre y él se frecuentaban mucho; aun últimamente han estado juntos, encerrados durante muchas horas. He interrogado a menudo a Luciano sobre esta entrevista y se ha obstinado siempre en no responderme. ¡Mientras no se deje arrastrar a una locura…!

Me encontraba en difícil situación. ¡Qué hacer! ¿Guardar silencio? ¿Decir a Sibyla la triste situación de su prometido? Al notar que yo tergiversaba el asunto, la joven, con esa intuición de las mujeres que aman, dijo de pronto:

—Primo mío, ¿sabéis algo…? ¡Hablad, os conjuro a ello…! Luciano debía ir a París…

—¿Se apellida Lesage? —pregunté.

—Sí; Luciano Lesage.

—¡Pues bien… lo he visto!

—¡Le habéis visto y no estáis en Francia sino desde ayer tarde! Pero ¿dónde lo habéis visto? ¿Qué le ha sucedido?

En su angustia me había agarrado el puño y lo apretaba con todas sus fuerzas.

Indeciso, incapaz de resolverme por ningún partido, paseaba la mirada a mi alrededor, cuando súbitamente me rehíce un poco; el tío Bernac se acercaba a nosotros. A su lado caminaba un joven húsar, el mismo que había sido encargado de conducir al prisionero al campo del emperador. Sibyla se lanzó hacia él; pálida, y con alterada voz, dijo:

—Padre, ¿dónde está Luciano?

La cara impasible del viejo se inmutó ligeramente.

—De eso hablaremos más tarde, dijo.

—No, aquí, y ahora, padre, ¿dónde está Luciano?

—Señores —dijo el viejo, dirigiéndose al húsar y a mí⁠—; me apena profundamente esta escena de familia… Sin embargo, teniente, comprenderéis que no mentía al afirmaros que vuestro prisionero era el más caro amigo de mi hija… Una consideración de esta especie no me ha impedido que cumpla mi deber.

—Señorita, creed en toda mi simpatía —⁠dijo el teniente inclinándose delante de Sibyla.

La desgraciada niña se le acercó.

—¡Al fin, señor, voy a saber la verdad…! —⁠exclamó⁠—. ¿Es cierto que Luciano Lesage está preso?

—¡Ay!, sí, señorita.

—¿Dónde está?

—En el campo.

—¿Por qué ha sido detenido?

—Lo ignoro. No me mezclo en cosas políticas, señorita; mi oficio es montar a caballo, manejar un sable y obedecer. Estos señores son testigos de que he recibido órdenes del coronel Lassalle.

—Pero ¿de qué se le acusa?

—Vamos, Sibyla, basta —interrumpió secamente el tío Bernac⁠—; puesto que insistís, os diré de una vez por todas que M. Lesage ha sido acusado de conspirar contra el emperador y que soy yo quien lo ha denunciado.

—¡Vos, vos…! —exclamó la joven—. Vos que le habéis inspirado sus ideas revolucionarias, vos que le habéis empujado por el camino de los «complots» y la traición. ¡Oh! ¡Miserable, miserable…!

El buen señor alzó los hombros con un aire de indulgencia.

—Es inútil discutir con una mujer encolerizada —⁠dijo.

El teniente de húsares y yo nos habíamos alejado para no asistir a la disputa. Pero la joven se precipitó, hacia nosotros obligándonos de esta manera a escuchar los reproches y las injurias que dirigía al viejo. Estaba transfigurada, bella aún, pero con una salvaje belleza, la nariz anhelante, las pupilas áridas. Se veía en ella una desesperación profunda, desgarradora, pero también una necesidad tal de indignación, una lealtad aplastante, que su padre retrocedió desconcertado, casi vencido.

—Habréis podido engañar a los otros, padre mío, pero a mí no me habéis engañado nunca… Os conozco como vuestra propia conciencia. Fuisteis republicano durante la Revolución para acaparar este castillo y estas tierras que habéis robado… Hoy os declaráis adicto a Bonaparte para librar a vuestros antiguos cómplices… Pero he sabido penetrar vuestros designios; no esperéis que mi primo La —⁠val y yo nos sometamos. Matadme, como habéis matado a mi madre, ¡no importa…! Tanto que os juro que estaré en la tumba antes de pertenecer a alguien que no sea Luciano.

—Si le hubierais contemplado esta noche, mostrando su debilidad y su cobardía, ya no hablaríais de ese modo —⁠replicó fríamente el tío Bernac.

Y sin ocuparse de ella:

—¿Qué tenéis que comunicarme, teniente Gerard? — ⁠preguntó.

—Mi mensaje no es para vos, sino para M. de Laval —⁠dijo el húsar volviéndole la espalda.

Después, interpelándome directamente:

—Señor, el emperador me ordena que os conduzca enseguida al campo de Boulogne.

Mi corazón latió de alegría en mi pecho al pensar que iba a salir de las terribles garras del tío Bernac.

—Estoy pronto a seguiros —contesté.

—Está bien. Un caballo y una escolta os esperan a la puerta.

—No corre prisa dijo el tío Bernac. —⁠¿No queréis almorzar con nosotros, teniente Gerard?

—Imposible, señor; las órdenes del emperador no sufren retardo. Hemos perdido mucho tiempo. Es preciso, pues, que dentro de cinco minutos estemos en camino.

Mi tío, tomándome por el brazo, me atrajo suavemente por la vereda, en la que Sibyla acababa de desaparecer.

—Antes de vuestra partida tengo necesidad de hablaros — ⁠murmuró⁠—. Excusadme si abordo la cuestión sin preámbulos, pero nos urge a ambos. ¿Habéis visto a Sibyla? Aunque su mal humor y su enojo de esta mañana no son para prevenir en favor suyo, os aseguro que es una muchacha encantadora… Ha hablado hace un momento de un proyecto de matrimonio que ha concebido… Os confieso que nada me sería más agradable que un matrimonio que aproximara las dos ramas de nuestra familia y terminara toda clase de diferencias.

—Hay, desgraciadamente —contesté⁠—, obstáculos para cumplir ese proyecto.

—¿Cuáles?

—El compromiso de mi prima con Luciano Lesage…

—Compromiso que es fácil de romper — ⁠insinuó el viejo.

—… Y el mío con Melle Choucel.

Me lanzó una mirada feroz, y con la voz alterada añadió:

—Luis, reflexionadlo bien. No se contrarían impunemente mis designios.

—Lo he reflexionado, tío mío.

Me apretó la mano, señalando el paisaje que se desplegaba a nuestros ojos.

—Contemplad este parque —dijo—, estos bosques, estos campos, este castillo, en donde han vivido vuestros antepasados… decid una sola palabra y todo será vuestro.

Evoqué la casita de ladrillos de Ahsford, la cara dulce y pálida de Eugenia asomada a la ventana…

—No, no puedo —grité con firmeza.

Un relámpago de rabia brilló en los ojos de acero del viejo.

—Si hubiera previsto esto —⁠dijo entre dientes⁠— os hubiera abandonado a Toussac esta noche.

—Estoy seguro de ello, tío mío. Es lo mismo. Me gusta oíros decirlo.

Vuestra confesión rompe el lazo de gratitud que me unía a vos. De hoy en adelante nada podemos hacer juntos.

—Creo al contrario, M. de Laval, que estaremos juntos más de una vez. Id por vuestro camino, yo iré por el mío; veremos quién de los dos llegará primero a sus fines.

Al pasar por la reja para entrar al castillo vi la escolta de húsares, los caballos piafando de impaciencia y mi valor se afirmó.

Al fin ya no estaba a merced de mi tío, y se realizaban mis deseos.

Hice mis maletas de prisa; pero al ver a Sibyla, un calofrío me sacudió y quedé inmóvil con las piernas fijas.

—¡Sibyla! —murmuré—. ¿Podría dejarla sola enfrente de su padre…? ¿No me había dicho que su vida estaba amenazada…?

Pensando de este modo percibí un ruido ligero de pasos, y Sibyla misma apareció.

—Sibyla, pensaba en vos. Acabo de tener una viva discusión con vuestro padre.

—¡Gran Dios! —exclamó turbada—. Primo mío, alejaos inmediatamente; volved a Inglaterra, ocultaos, no importa dónde…, pero huid, pues mi padre se vengará.

—Hará lo que quiera, Sibyla, pero yo os llevo conmigo.

—No, no corro ningún peligro por el momento; tranquilizaos. Mi padre no hará sino evitarme por algunos días. Pero os llaman, Luis, partid… ¡Idos, el cielo os proteja…!