El campamento de Napoleón
Capítulo XII
XII
EL HOMBRE DE ACCIÓN
La tienda de M. de Meneval estaba de tal modo colocada que desde ella veíase todo el cuartel general. ¿Pero hasta qué punto estaríamos absortos en la conversación? O bien, ¿por dónde había entrado el emperador en el campamento? Lo cierto es que nada vimos ni oímos y que nos quedamos estupefactos cuando un capitán de la guardia vino a anunciar que su majestad esperaba al secretario.
La cara del pobre Meneval se puso más blanca que el papel.
Y saltando agitado y temblando:
—Debía estar en mi puesto —balbuceó—. ¡Qué desgracia, Dios mío, qué desgracia…! Perdonad, monsieur de Caulaincourt. Mi sombrero. ¿Dónde está mi sombrero…? ¿Y mi espada…? ¡Venid, señor de Laval… no podemos perder momento!
El terror del joven me recordó el del almirante Bruix antes en la antecámara y me hice involuntariamente la reflexión de que los súbditos del emperador parecían presos. Nadie respiraba libremente, nadie osaba reír ni conversar, todos perplejos, atormentados del temor de caer en desgracia, tan pronto bien acogidos como rechazados; reprendido en público, humillado en la intimidad, arrastrado en la resaca de los sucesos como un canto rodado.
—Todos éstos —me decía yo— llevan en los puños el grillete de la servidumbre sin darse cuenta. Aman y admiran al amo que los ata y agarrota. ¡Misteriosa influencia!
—Quizás haría yo mejor en quedarme aquí —dije a Meneval cuando llegamos a la antesala, donde aún se hallaba reunida compacta y zumbadora multitud.
—No, no. Tengo orden de llevaros al gabinete del emperador, seguidme. ¡Dios mío, con tal de que no se haya enfadado! Pero ¿cómo ha podido entrar sin que yo lo viese?
Pálido y sudoroso llamó a la puerta dulcemente, y el mameluco Roustan la abrió enseguida.
Entramos en una vasta pieza amueblada con extrema sencillez. Las paredes estaban cubiertas de papel gris, de plata, liso. En medio del techo, entre una nube pintarrajeada, aparecía el águila imperial con el rayo entre las garras.
A pesar del calor, un gran fuego ardía en la chimenea y la atmósfera era pesada, impregnada de un fuerte olor de áloes. En el centro de la pieza una mesa ovalada, con paño verde y muchas cartas y papeles encima. A un extremo de la mesa se alzaba un pupitre verde, enfrente del cual había un sillón del mismo paño con las armas del emperador al respaldo. En torno de la sala, de pie contra la pared, los oficiales, edecanes y correos esperaban órdenes. Cuando entramos, Napoleón se entretenía en picar el respaldo de su silla con un pequeño cortaplumas. Nos miró un instante, e interpelando a de Meneval, dijo con su voz áspera:
—Os estoy esperando, caballero. Nunca tuve que esperar a M. de Bourrienne.
De Meneval balbuceó una excusa.
—¡Inútil disculparos…! Tomad esa relación que he escrito en vuestra ausencia y recopiadla.
El infortunado secretario tomó el papel con mano temblona y fue a sentarse en su sitio a la mesa.
Napoleón se puso a pasear por la sala, con las manos atrás, los hombros en círculo y la gran cabeza redonda inclinada hacia el pecho. Pensé que no le habría sido fácil prescindir de secretario, porque para escribir aquel simple trabajo había rociado de tinta la mesa y hasta su pantalón de cachemir blanco, del que se había servido sin duda como limpiaplumas.
Yo estaba junto a la puerta, cerca de Roustan. El emperador no parecía sospechar siquiera mi presencia.
—¿Y bien, de Meneval, está eso? —exclamó de pronto—. Tenemos mucho que hacer.
De Meneval, cada vez más aterrado, se volvió a él:
—Perdón, Sire —murmuró.
—¡Qué perdón! ¿Qué ocurre ahora?
—Perdón, Sire… pero me es imposible leer lo que habéis escrito.
—¡Ta, ta…! Pero ya veis de lo que se trata… ¿verdad?
—Sí, Sire… Se trata de forraje para la caballería…
—Ésta es buena. Mirad, Meneval, me recordáis a Cambaceres. Cuando recibió la revista que le enviaba yo de la batalla de Marenco, la tomó por un plan de campaña Es increíble el trabajo que os cuesta a todos el descifrar mi letra. Ese documento no tiene nada que ver con el forraje de la caballería. Contiene las instrucciones al almirante Villeneuve para la concentración de la flota y ocupación de la Mancha. Dádmelo, os lo leeré.
Y se apoderó del papel con su brusquedad ordinaria. Pero después de examinarlo largamente, lo arrugó entre los dedos y lo echó bajo la mesa.
—Escribid —dijo a Meneval—. Os dictaré.
Y volvió a pasearse, hablando por frases breves, cortadas. Pronto, invadido por la ola de ideas, vino el desbordamiento de palabras, que Meneval, colorado como una amapola, trataba de coger al vuelo. Su voz se hacía más vibrante, su paso más rápido, y agarrando la manga derecha con la otra mano, se retorcía el brazo en un gesto epiléptico que le era habitual.
Sus planes, sus órdenes, tenían tal claridad, que yo las hubiera ejecutado fácilmente sin ser marino. Pero lo admirable sobre todo era el conocimiento profundo que tenía del armamento y la posición, no sólo de los navíos de línea, sino de cada fragata, bergantín o goleta de cuántos hacían escala en los puertos de Rochefort, Cádiz, Cartagena y Brest. Enumeraba los hombres de tripulación y los cañones sin vacilación alguna y otro tanto sabía de la flota inglesa. Tal conocimiento asombraría en un oficial de marina; pero en el emperador, que además tenía que ocuparse del ejército, de los negocios interiores y exteriores, comercio, hacienda, agricultura, era prodigioso.
Dije que no parecía notar mi presencia, y, sin embargo, noté que de cuando en cuando miraba a mi lado Cuando acabó de dictar se plantó delante de mí.
—¿Os sorprende, caballero de Laval, el verme arreglar los movimientos de la escuadra sin ayuda de mi ministro…? Ése es mi principio. Un soberano debe saberlo todo y hacerlo todo. Si los Borbones se hubieran impuesto esta obligación no se verían reducidos ahora a vivir entre las brumas de Inglaterra.
—Pero hay que tener la memoria de vuestra majestad para recordar tantos diversos elementos —exclamé yo.
—Mi memoria, joven, es el resultado de un sistema, porque naturalmente yo no recuerdo más que los sucesos y las fisonomías, pero no los hombres ni fechas. Me figuro mi cerebro dividido en casillas o si queréis en cajones, que contienen cada uno una materia diferente. Cuando abro uno de estos cajones los demás se cierran inmediatamente, y así estoy seguro de encontrar lo que necesito… ¡Ah! ¡Tengo tanto en la cabeza, señor Laval…! Tengo, como habéis visto, un cajón lleno de buques y otro de fortalezas. Últimamente, habiéndome enviado el ministro de la Guerra un estado de la defensa de fronteras, le hice observar que se le habían olvidado dos cañones de una pequeña batería cerca de Ostende. En un tercer cajón tengo todos los regimientos de Francia.
—¿Está en orden ese cajón, mariscal Berthier?
Un hombre imberbe que se roía las uñas junto a la ventana respondió con un saludo a la pregunta del emperador.
—Sire, estoy seguro de qué podríais llamar por su nombre a todos los soldados del ejército —dijo.
—No, pero por lo menos a los veteranos que, vinieron conmigo a Egipto Además, M. de Laval, tengo otros cajones para canales, puentes, carreteras, fábricas; para la hacienda las colonias, Italia y Holanda… Para gobernarla Francia de hoy no basta saber llevar un manto de armiño con dignidad y cazar ciervos en el bosque de Fontainebleau. ¿No sois de esa opinión, caballero?
La fisonomía débil, apática de Luis XVI, surgió de pronto ante mí. De niño había tenido el honor de serle presentado en Versalles por mi padre. Me vi obligado a convenir en que, después de la horrible tormenta del 93, nuestro país tenía necesidad de ampararse bajo la autoridad de un jefe de una bravura y de una inteligencia probada.
Napoleón se acercó a la chimenea y se puso a remover las ascuas con el pie, sin cuidarse de los delicados adornos de oro de su calzado que las llamas ennegrecían.
—Os felicito por vuestra resolución —añadió después de mi respuesta—. ¿Y hace ya tiempo que sois de los míos…? ¿No fuisteis vos quien cierto día tomó mi defensa contra un inglés que me había injuriado en la posada del «Hombre Verde»?
La extrañeza y el asombro sellaron mis labios. ¿Quién había relatado este incidente al emperador?
—¿Por qué hicisteis eso?
—No sé, Sire… por instinto… por…
—¡Tonterías…! Sólo los animales o los locos obran por instinto. Teníais vuestras razones. ¿Por qué arriesgar la vida por mí cuando nada podíais esperar de mi gobierno?
—Porque sabía que erais el único sostén de Francia.
Durante este coloquio Napoleón volvió a pasearse, moviendo el brazo convulsivamente. A veces se detenía delante de alguno de sus oficiales y le miraba atentamente con su monóculo. Era corto de vista y esto le obligaba a usar el lente. A veces tomaba un poco de rapé de su tabaquera de esmalte, pero antes de llevárselo a la nariz, el tabaco caía al suelo o sobre su traje.
Mi respuesta le había desagradado, sin duda, porque se echó sobre mí y me cogió violentamente por la oreja.
—Sí, amigo mío, tenéis razón; yo soy el único sostén de Francia, y haré de ella el país más grande del mundo. Todos los soberanos de Europa tendrán que asistir a la consagración de mis sucesores en la capital de Francia.
Después se detuvo con el semblante demudado.
—Mis sucesores —dijo— ¿quiénes son…? ¿Para quién he fundado yo este imperio…?
Después, nuevamente dueño de sí mismo, preguntó:
—¿Qué se dice de mí en Inglaterra? ¿Se teme que pase la Mancha?
—No. Sire; se teme lo contrario.
—Mis viejos soldados están descontentos; creen que esta vez toda la gloria será para los marinos… Los ingleses tienen poco ejército, ¿verdad?
—Casi toda su gente es voluntaria.
—¡Bah, pobre gente! —exclamó haciendo un gesto desdeñoso—. Yo desembarcaré en Ken, o en Succes con 100 000 hombres; ganaré la batalla sin perder más de 10 000 hombres, y en dos días estaré en Londres. Comenzaré por encarcelar a los miembros del Parlamento, a los banqueros, a los negociantes y a los periodistas. Impondré un tributo de 100 millones de libras esterlinas; favoreceré a los pobres a expensas de la aristocracia, para hacerme un partido. Daré la independencia a Escocia y a Irlanda, y les concederé un gobierno que los haga superiores a Inglaterra; sembraré en todas partes disensiones y odios, y, por fin, al abandonar el suelo inglés, les pediré, en premio a mis servicios, el abandono de su flota y de sus colonias. Con esto aseguro la paz para más de un siglo y el imperio de Francia en el mundo entero.
En esta fantástica relación pude observar la portentosa facultad que tenía Napoleón para concebir los planes más vastos y estudiar, al mismo tiempo, los detalles más pequeños.
Durante un momento le vi soñar en la conquista de Oriente. Un instante después formulaba sus órdenes, las tropas y los barcos estaban prestos y en orden de combate, las municiones prevenidas; el sueño se había convertido en realidad.
Su intención, porque el emperador no hacía nada sin intención, era revelarme sus procedimientos administrativos, deslumbrarme por la multiplicidad de sus talentos, con la esperanza sin duda de que yo implorase mi influencia con los emigrados para obligarlos a que viniesen a agruparse en torno del trono imperial.
Me dejó allí durante horas, de pie, obligándome a asistir a su labor abrumadora que, como el Proteo de la fábula, revestía infinitas formas. Las cuestiones más importantes y más triviales eran juguete de su inteligencia: ya se ocupaba del acantonamiento de las tropas durante el invierno; ya discutía con Caulaincourt los medios de amenguar los gastos de palacio.
—Quiero ser económico en mi casa —decía— para desplegar más lujo fuera de ella… Cuando era teniente vivía con mil doscientos francos al año, ¿por qué no vivir hoy como entonces? Es preciso poner coto a estos despilfarres. ¡Ya veis, Caulaincourt, que se consumen cincuenta y cinco tazas de café al día…! ¡El azúcar cuesta cuatro francos la libra, el café cinco y, por lo tanto, sale a franco la taza…! Esto no puede continuar. Es preciso que cada cual deposite una pequeña cantidad mensual para el café… Las cuentas de las caballerizas son también excesivas. Siete u ocho francos por semana bastan para la manutención de un caballo. No derróchenlos el dinero, Caulaincourt…
En algunos minutos pasó de la organización de un imperio al arreglo de las caballerizas, y de un presupuesto de muchos millones a una insignificante cuenta de algunos francos.
El emperador me observaba atentamente mientras hablaba, queriendo sorprender mis impresiones más fugitivas. ¿Qué le importará mi aprobación o mi censura? —pensaba yo entretanto—. Al recordar ahora los muchos hijos de familias ilustres que siguieron mi ejemplo, alistándose en el ejército de Bonaparte al volver del destierro, empiezo a comprender toda la importancia que adquirió entonces mi personalidad.
—Pues bien, señor de Laval —dijo Napoleón—, ya tenéis una idea de mi organización, de mis planes, de mi método… ¿estáis dispuesto a servirme?
—Más que nunca, Sire.
—Os advierto que mis costumbres no siempre os serán agradables; a veces soy muy exigente, tal vez demasiado severo —dijo sonriendo—. ¿Estabais presente cuando hablé al almirante Bruix? ¡Ah!… ¡tenemos todos deberes muy serios que cumplir…! La disciplina es tan necesaria en las altas esferas como en las últimas filas. Pero, tranquilizaos, la cólera es en mí pasajera; nunca permito que llegue a invadir mi cerebro. El doctor Coroisart Pretende que tengo el pulso más débil que ninguno de los enfermos.
—Y que coméis más de prisa que ningún francés, Sire — añadió un hombre de cara ancha y bondadosa que conversaba con el mariscal Berthier.
—¿También vos contra mí? ¡Ah, bribón! El doctor no me quiere bien; nunca me perdonará que le haya dicho un día que prefiero morir de cualquier enfermedad a ser víctima de sus emplastos… Y si como de prisa la culpa es del Estado. A propósito, ¿es ya hora de comer?
—Son las cuatro, Sire.
—Pues sírvenos.
—Cuando gustéis, Sire; pero M. Isabey ha llegado con sus muñecos.
—Que pase.
Isabey entró un momento después. Parecía fatigado de un largo y penoso viaje. Sus botas y su traje estaban llenos de polvo; llevaba bajo el brazo un cesto de mimbre.
—Dos días hace que os espero, Isabey —dijo el emperador con voz severa.
—Sire, el correo no ha llegado hasta ayer, y me he puesto en camino sin perder un momento.
—¿Traéis los modelos?
—Sí, Sire.
—Ponedlos sobre la mesa.
Apenas pude contener la risa cuando Isabey, abriendo el cesto, fue sacando uno a uno los diminutos muñecos flamantemente vestidos de seda, terciopelo y armiño Pronto, sin embargo, comprendí que el emperador, amante del detalle, quería juzgar el efecto de su corte ataviada con los espléndidos trajes que había encargado.
—¿Qué es esto? —preguntó, cogiendo una de aquellas figurillas, vestida de amazona y tocada con un birrete de plumas blancas.
—La amazona de la emperatriz, Sire.
—Es preciso rebajarle la cintura.
Napoleón tenía ideas singulares sobre la indumentaria femenina.
—Esta maldita moda es lo único que no puedo reformar. Buchesne, mi sastre, también se empeña en achicarme la casaca. Por más que grito y trueno contra su endiablada manía, nada consigo. Creo que resistirá a todos los ejércitos de mar y tierra…
Y cogiendo otro muñeco que lucía un vestido verde con adornos dorados, exclamó:
—¿Qué traje es éste?
—De montero mayor, Sire.
—El vuestro, Berthier. ¿Y este encarnado?
—El del gran canciller.
—¿Y este violeta…?
—El del gran chambelán.
Napoleón se divertía con los muñecos como un niño con juguetes nuevos. Los paseaba sobre la mesa, los agrupaba, los ponía en diversas actitudes, los hacía saludar, y por último los dejaba otra vez en el cesto.
—Bien, Isabey, estoy satisfecho de vos y de David también. Presentad la cuenta cuando queráis al consejo… ¡Ah! Decidle a Lenormann que si no modera sus exigencias lo mandaré a pasarse unos meses en Vincennes… ¿Os parece razonable, M. Laval, gastar 25 000 francos en una bata, aunque sea para mademoiselle de Choiseul?
Sorprendido por esta inesperada pregunta, apenas pude responder por un gesto evasivo. ¿Conocía el emperador mis amores con Eugenia? ¡Este hombre extraordinario tenía el don de adivinar las cosas!
Notando mi extrañeza y mi asombro, el emperador sonrió, y su semblante adquirió la expresión jovial que afectaba a veces en los momentos de buen humor. (Sus ojos eran entonces de un azul intenso, mientras que en los momentos de preocupación parecían casi negros, y de un gris acerado en los arrebatos de cólera…). La mano pequeña y redonda del emperador se apoyó sobre mi hombro.
—Hace un momento os extrañaba que conociese yo vuestro duelo con ese gentleman de Ahsford; ahora os asombráis al oírme pronunciar el nombre de mademoiselle de Choiseul. ¿De qué me servirían, decidme, mis agentes de Inglaterra, si ignorase cosas tan importantes como ésas?
—No comprendo, Sire, que estas bagatelas merezcan ocupar un momento vuestra atención.
—Veo que sois modesto; acaso los hábitos cortesanos os harán perder tan encantadora virtud… ¡Será una lástima…! ¿Creéis, en verdad, que cuánto os atañe carece de interés para mí?
—Así lo creo, señor.
—¿Quién es vuestro tío abolengo?
—El cardenal de Montmorency-Laval, Sire.
—En efecto. ¿Y dónde se encuentra?
—En Alemania.
—¡En Alemania y no en Nuestra Señora, donde yo quisiera tenerlo…! ¿Y quién es vuestro primo?
—El duque de Rohan.
—¿Y dónde se encuentra?
—En Londres.
—En Londres y no en las Tullerías, donde podría ocupar el cargo que él solicitase… ¡Ah! Yo quisiera saber si, derribado del trono y sepultado como los Borbones, encontraría también servidores fieles, dispuestos a sacrificar fortuna, patria y afectos por acompañarme en el destierro… ¡Venid acá, Berthier…!
El emperador, cogiendo por una oreja a su favorito —señal inequívoca de afecto—, exclamó:
—¿Contaría con vos, Berthier?
—Señor, no os comprendo…
Hasta aquí nuestra conversación era en voz baja; ninguna de las personas que ocupaban la tienda prestaba atención a nuestras palabras; desde este momento todos quedaron pendientes de los labios de Berthier.
—Si yo perdiera el trono y fuera expulsado de Francia, ¿me acompañaríais en el destierro?
—No, Sire.
—¡Demonio! Me gusta la franqueza.
—Es que no podría, Sire.
—¿Por qué?
—Porque me moriría.
Napoleón celebró con una ruidosa carcajada las palabras de Berthier.
—¡Y dicen que Berthier no tiene talento…! Escuchad Berthier: estoy seguro de vos, y si os estimo y os protejo es sólo por razones personales; pero he notado que no os aprecian en todo lo que valéis. No diría lo mismo de M. de Talleyrand, por ejemplo.
Y volviéndose hacia el diplomático:
—Vos, amigo mío, me abandonarías tan pronto como abandonasteis a Luis XVI. Tenéis un talento admirable para adaptaros a todos los gobiernos, a todos los sistemas…
Napoleón adoraba estas escenas tan violentas y embarazosas para los demás, donde todos temblaban ante la amenaza de una pregunta que no diera lugar a pensar la contestación. En este momento toda su atención era para M. de Talleyrand.
¿Cuál sería la respuesta del diplomático? ¿Cómo aceptaría el reproche?
M. de Talleyrand, apoyado en su bastón de ébano, en pie, inmóvil, plegados los Libios por una sonrisa irónica, parecía haber recibido el más benévolo cumplimiento del emperador Tal era su actitud ante Napoleón, a quien siempre trató de igual a igual, sin adularle nunca.
—¿Creéis, Sire, que os abandonaría si vuestros enemigos me ofreciesen ventajas mayores que cuantas me habéis concedido?
—Seguramente.
—Entonces, Sire, sería preciso que estas ventajas llegaran a lo extraordinario, porque a más del hotel de la calle de San Florencio y de las 200 000 libras de renta que me habéis concedido, conservo mi cargo de primer ministro… Solamente el trono podría colocarme más alto.
—En efecto, nada os falta —murmuró Napoleón, mirándole con grave atención.
Después añadió:
—Decidme, Talleyrand, ¿cuándo será vuestra boda con mademoiselle Grand…? ¡Demonio…! Acabad de una vez con esas relaciones… ¡Ah!, no quisiera escándalos en la corte ni historias de mujeres…
—Por costumbre o por inclinación natural, Sire, tengo horror al matrimonio.
—Es verdad —dijo Napoleón riendo—; ya olvidaba que tenía ante mí al obispo de Autun. ¿Y es tan inteligente esa mademoiselle Grand…? Parece que marcha bien.
Talleyrand se encogió de hombros.
—La inteligencia no es mérito en la mujer, Sire. Una mujer de talento compromete a su marido; una tonta se compromete a sí misma, y nada más.
—En mi opinión, la mujer más inteligente —dijo Napoleón— es la que mejor sabe disimular su talento. En Francia las mujeres son peligrosas, porque tienen más talento que los hombres. No comprenden que nosotros necesitamos su corazón y no su cabeza. Siempre que han dominado en el alma de un rey lo han llevado a la derrota o a la ruina. Son demasiado nerviosas, demasiado sentimentales; tienen energía, pero carecen de lógica y de previsión. Reparad en esa maldita mademoiselle Stail, en las damas del faurbourg de Saint Germain… todas las escuadras de Inglaterra me causan menos inquietud que sus muecas y sus charlas. ¿Por qué no se ocupan de sus hijos y de sus casas…? ¿No es cierto, Laval?
No participando yo de las ideas del emperador, permanecí callado.
—A vuestra edad —replicó— es poco práctico, amigo mío. Yo también pensaba como vos en otros tiempos, en la época en que estos imbéciles de parisienses creían que la viuda del general Beauharnais hacía una mala boda casándose con Bonaparte.
Se detuvo un instante como absorbido, y después añadió:
—Entre Milán y Mantua hay nueve posadas. Durante la campaña de Italia franqueé con mi ejército la distancia que separa estas dos ciudades en un día, y me detuve en cada mesón para escribir a mi mujer… ¡Nueve cartas en un día! ¡Ya veis si era yo romántico! Pero las ilusiones se van, amigo mío, y al fin vemos las cosas como son… ¡Y qué gris es la vida sin los encantos del amor!
El semblante del emperador se ensombreció al evocar este pasado, acaso más feliz que su presente de gloriosos triunfos. Después, olvidándose de sí mismo, preguntó:
—¿Eugenia de Choiseul, si no me equivoco, es la sobrina del duque?
—Sí, Sire.
—¿Sois novios?
—Sí, Sire.
—Si queréis hacer carrera en la corte, Sr. Laval, preciso es que me confiéis la dirección de ese asunto. ¿Puedo acaso ver con indiferencia un matrimonio entre emigrados, entre gentes que me son hostiles?
—Las opiniones de Mlle, de Choiseul son las mías, Sire.
—¡Todo eso es música…! Mlle, de Choiseul es demasiado joven para tener opiniones. Tiene sangre aristocrática que puede arder un día… Señor de Laval, vuestro matrimonio es un asunto mío. Uno de estos días os llevaré a Pont-de-Briques y conoceréis a la emperatriz. ¿Qué ocurre, Constant?
—Sire, una señora suplica a vuestra majestad que la reciba.
—¡Una señora! —exclamó el emperador—. ¡Pardiez, cosa rara en el campamento! ¿Y quién es? ¿Qué quiere?
—… Se llama Sibyla Bernac, Sire.
—¡Ah! Si es la hija del viejo Bernac… vuestro tío carnal, señor de Laval.
Yo bajé los ojos humillado.
—¡Dios mío! —exclamó el emperador, que había reparado mi turbación—. No tiene mi empleo muy brillante, en efecto, pero me rinde grandes servicios. ¿Es cierto que Bernac posee los bienes de vuestro padre?
—Sí, Sire.
El emperador me contempló con aire de desconfianza.
—¿Y vuestro regreso a Francia se debe a la esperanza de recobrar vuestros derechos?
—No, Sire —exclamé—. Yo quiero hacerme una fortuna por mi propio esfuerzo.
—¡Muy bien! Es más glorioso fundar una raza que perpetuarla —añadió—. Por lo demás, señor de Laval, yo no podría devolveros vuestro patrimonio, porque las cosas van tan mal en Francia, que si empezáramos a hacer restituciones no acabaríamos nunca. Perderíamos la confianza pública. Mis más fieles partidarios son hoy los poseedores de tierras abandonadas por los emigrados; y mientras estas gentes me sirvan conservarán sus feudos. Pero ¿qué deseará Mlle, de Bernac…? Constant, decidla que pase.
Un momento después mi prima entró. Estaba demasiado pálida; sus ojos brillaban extrañamente, como consumidos por la fiebre; marchaba con paso lento y su aspecto era lastimoso.
—Y bien, señorita, ¿qué deseáis? —dijo el emperador con el tono brusco que le era habitual cuando hablaba a las mujeres, aun cuando pretendiese cortejarlas.
Sibyla miró en torno suyo, y al verme, pareció tranquilizarse.
—Sire, vengo a pediros una gracia.
—Nada puedo rehusar a la hija de Carlos Bernac —replicó el emperador.
—Sire, no vengo a suplicaros en nombre de mi padre: en mi nombre invoco la clemencia de vuestra majestad en favor de Luciano Lesage, detenido ayer por crimen de alta traición… Es un poeta, Sire; un soñador.
Napoleón cogió de la mesa un paquete de notas y lo recorrió rápidamente.
—¿Y este señor Lesage tiene el honor, sin duda, de ser vuestro novio?
Sibyla se sonrojó.
—He aquí el interrogatorio —continuó el emperador—. Según sus propias confesiones no es digno del amor que le tenéis.
—Perdonadle, Sire.
—Imposible. ¡Ya estoy harto de conspiradores! ¡Asechanzas por parte de los Borbones, emboscadas de jacobinos…! Mi indulgencia les ha dado alientos. Después de ejecutado el duque de Enghien y de Cadondal, parece que los Borbones se deciden a dejarme tranquilo; la ejecución de Lesage servirá de ejemplo a los jacobinos.
Al oír estas palabras del emperador, Sibyla se estremeció, sus ojos se empañaron y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas:
—¡Por amor de Dios, Sire, perdonadle! — exclamó cayendo a los pies del emperador.
Napoleón, furioso, golpeó el suelo con el pie.
—Repito que me es imposible concederos la gracia que me pedís. ¡Las decisiones que tomo para seguridad del Estado son irrevocables! Tiempo es ya de que los jacobinos empiecen a conocerme.
El acento resuelto del emperador y su semblante severo, no dejaba lugar a esperanza de clemencia.
Sibyla insistió:
—Sire, es inocente, os lo juro.
—Su muerte será ejemplar de todos modos…
—Perdonadle, señor, y yo os juro que en lo sucesivo os será fiel y obediente.
—Señor de Laval, llevaos A vuestra prima.
Constant y yo ayudamos a Sibyla A levantarse.
—Sire —añadió cuando tratábamos de llevárnosla, ¿decís que hace falta un ejemplo? ¿Y Toussac?
—¡Ah, sí me entregasen a Toussac! —dijo el emperador, como pensando, en alta voz.
—Toussac y mi padre han impulsado a la rebeldía a Lesage… El culpable es Toussac. Toussac y Lesage son igualmente culpables. Lesage está en poder nuestro, mientras que Toussac ha huido.
—¿Y si yo lo encuentro, Sire?
Napoleón reflexionó un momento y después respondió:
—Si me entregáis a Toussac perdonaré a Lesage.
—Necesito algún tiempo, Sire.
—¿Cuánto?
—Una semana al menos, Sire.
—Está bien; dentro de una semana Toussac será entregado o ejecutado Lesage.
Señor de Laval, llevaos a vuestra prima, porque ahora tengo que ocuparme de asuntos importantes. Pronto os veré en Pout-de-Briques.