El campamento de Napoleón

Arthur Conan Doyle · Capítulo 3 de 17

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El campamento de Napoleón

Capítulo III

III

 

 

LA CABAÑA

 

Mi primer movimiento fue correr junto al fuego, presentándole alternativamente mis manos ateridas y mis botas saturadas de agua. ¡Qué bueno era ver aquellas brasas rojas crepitar en la hornilla y aquellas llamas azuladas, como llamas de ponche, comenzar a nacer, saltar luego en lengüetadas hasta fuera de la chimenea para volver a recogerse luego sobre la leña calcinada! La piel de mi cara, largo tiempo azotada por la brisa, empezaba a distenderse; mi nariz se esponjaba como fruta madura. Sentía por todos los miembros un agradable cosquilleo sobre el cual empezó luego un invencible deseo de dormir. Pero no cedí a él porque mi curiosidad estaba demasiado excitada por la escena que acababa de desarrollarse. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía en una choza aislada en aquel horrible paraje? ¿Qué huéspedes podía esperar a tal hora y con semejante tiempo? ¿Por qué después de haberme rechazado por modo tan brutal había cambiado de parecer repentinamente? Y sobre todo, ¿qué había escondido en la chimenea?

Haciéndome estas preguntas escrutaba yo a derecha e izquierda la única pieza que componía la cabaña. Evidentemente nadie la habitaba, y sólo debía servir de cita al joven y sus acólitos. Las paredes, chorreando humedad, segregaban gotas negruzcas, viscosas, infectas; en las vigas, una vegetación de aspecto madrepórico; en los quicios de la puerta y en la ventana, desconchados húmedos y blanduchos; toda la construcción parecía roída, podrida, cancerosa. Los muebles se limitaban a una mesa coja, tres grandes cajones en clase de asientos y un montón de viejas redes de pescar, que despedían un indefinido olor de pescado y de fango. En un rincón vi una cuarta caja desfondada y un hacha; esto me indicó el medio de que el joven se valía para procurarse fuego. Pero lo que me fascinaba era, al lado del libro y de la lámpara, sobre la mesa, un canasto que contenía un magnífico jamón, pan y una botella de vino.

Si mi compañero se mostró en un principio poco hospitalario, confieso que ahora rescataba sus hurañeces con una amabilidad exagerada, amabilidad que yo me explicaba aún menos que su mal recibimiento de antes. Deplorando el lamentable estado en que me había puesto mi horrible travesía, acabó de demoler el cajón roto y echó dos o tres tablas al fuego. Enseguida me hizo sentar, me sirvió un pedazo de pan y una loncha de jamón y me dió de beber. Yo devoré mi pitanza sin dejar de observarlo. Me parecía aún más bello que al principio. Tenía ojos negros, dulces y aterciopelados con largas pestañas; solo, como ya dije, la boca desmentía los ojos, transparentando una inquietud secreta, algo de forzado, de cohibido; y la sonrisa que en ella se esbozaba a veces, sin cuajar nunca francamente, le daba una expresión falsa, casi de maldad. Sentía yo que él mismo me examinaba, tamizando mis palabras más insignificantes, y así me conservé en guardia, afectando no responder sino con evasivas a sus preguntas. Lo que más se aplicaba a descubrir era la clase de asuntos que al país me traían.

—¡Ah! ¡Os aseguro —dijo con tono papelero⁠— que resulta muy duro para honrados negociantes el no poder obtener nuestras mercancías, sino tratando con miserables contrabandistas! Mientras el emperador, que Dios proteja, no decida en su alta sabiduría restablecer el libre cambio entre Francia e Inglaterra, estaremos reducidos a hacer este papel oculto, a ser los siervos resignados de intermediarios bribones. Porque, creedme, señor, el café no falta en las Tullerías. El emperador no toma menos de diez tazas diarias de moka; y ya sabe, sin embargo, que este artículo no se cría en las estufas de la Malmaison. ¿Qué haría y que haríamos nosotros sin los contrabandistas?

Y añadió indiferente:

—¿Sois del comercio, caballero?

Yo le hice seña de que no. Noté que le irritaba mi reserva. Yo estaba convencido de que él mentía sin vergüenza. Y hecho singular, mientras más le consideraba más antipático se me hacía. Sus rasgos tan finos, tan delicados, de una armonía casi femenina se cubrían por instantes de una máscara de astucia que me repugnaba como el contacto de una víbora. La traición residía en el fondo de sus pupilas pensativas; sus movimientos de una elasticidad felina, su voz melosa e insinuante recelaban un fondo de bajeza y de obscura fatalidad Era inteligente, pero sin brío, sin alegría, sin abandono, con repliegues y recogimientos de fiera en acecho, y yo comencé a temerle sin saber por qué, por intuición, por presentimiento.

El joven prosiguió:

—Perdonadme, señor Laval, si me mostré desconfiado de vos. Desde que el emperador está en estos parajes una multitud de espías nos asalta… ¡Diablo! ¡Cada uno vela por sus intereses en este bajo mundo! Vuestro aspecto y vuestro traje no son de los que suelen encontrarse a medianoche en la orilla de un pantano.

Esto era precisamente lo que yo me decía con respecto a él.

—Os repito, señor —dije con firmeza⁠— que soy un viajero que se ha extraviado. Ahora que estoy repuesto no abusaré más de vuestra hospitalidad. Voy a ver si llego a la aldea que me habéis indicado.

—¡Ta, ta, ta! Lo mejor que haréis es quedaros aquí. Oíd, además, cómo aprieta la tormenta.

Y en efecto, como un asalto furioso, desesperado, el viento bufaba queriendo llevarse la choza y el agua saltaba contra los cristales. Creo que la borrasca nos arrebatará.

El joven se paseó de arriba a abajo por la estancia, se acercó luego a la ventana y se puso a mirar por ella como a mi llegada.

—Después de todo —exclamó— podéis prestarme un gran servicio.

—¿Y eso cómo?

—Vaya, voy a seros franco —⁠y nadie con una facha más hipócrita que él en aquel momento; espero a dos personas a quienes he de dar órdenes Me extraña que no hayan llegado, quizá se han extraviado como vos en el pantano salino; quiero ir a ver. Os ruego que tengáis entretanto la bondad de guardar la casa, difiriendo media hora vuestra marcha… y si vienen mis amigos… recibidlos y decidles que he salido a buscarlos…

Esta proposición era bastante natural. A pesar de las reticencias que la acompañaban, no imaginé que pudiera ocultar ningún peligro para mí. ¿Y no me daba además ocasión de satisfacer mi curiosidad? ¡Sí! Y para que mi aventura fuese completa, era del todo preciso descubrir el objeto oculto en la chimenea.

—Convenido, ¿verdad? —dijo el joven cogiendo el sombrero.

Salió precipitadamente cerrando tras sí la puerta, y oí sus pasos alejarse entre los bufidos de la tormenta.

Estaba solo. La cabañil me pertenecía e iba al fin a arrancarle su secreto. Empecé por apoderarme del libro dejado sobre la mesa: era el «Contrato social», de Rousseau. Excelente literatura que no esperaba yo encontrar en manos de un hombre que vendía azúcar y café de contrabando. En la primera página había escrito este nombre; «Luciano Lesage» y debajo, con letra de mujer: «A Luciano, de parte de Sybila». De modo que mi enigmático compañero se llamaba Lesage. No me detuvo mucho este primer descubrimiento. Después de ver que ningún ruido se elevaba en derredor de la choza, sino el enorme aliento de la tormenta, me lancé a la chimenea y me encaramé al reborde de la piedra como había visto al joven.

La chimenea era por el estilo de las que se ven en las cocinas de granjas y cortijos. Se podía estar dentro de pie. Gracias a la viva claridad del hogar vi un agujero causado por la falta de un ladrillo, y en el agujero un pequeño paquete envuelto en tela amarilla y amarrado con cinta blanca. Lo abrí rápidamente y vi que encerraba muchas cartas y una ancha hoja de papel plegada en cuatro dobleces. Las direcciones de las cartas me asombraron. Estaban redactadas en el estilo corriente republicano y dirigidas al «ciudadano Talleyrand», «ciudadano Fouché», «ciudadano Soult», «ciudadano Macdonald», «ciudadano Berthier», en fin, a todos los dignatarios del ejército y la diplomacia, a los pilares del nuevo Imperio. ¡Ah, bien! ¿Y qué tenía aquel pretendido negociante de café con aquellos grandes personajes…? La hoja me lo explicaría quizá. Puse las cartas en su escondite y desdoblé el documento. Desde su primera frase me convencí de que más me hubiera valido seguir chapoteando en el pantano que penetrar en aquella maldita cabaña. He aquí lo que decía:

 

«Ciudadanos franceses:

»Los sucesos de hoy han probado que ni aun en medio de

sus tropas podía sustraerse el tirano a la venganza del pueblo ultrajado. El comité de los Tres, obrando temporalmente por la República, ha decretado que Bonaparte, como Luis Capeto, debía sufrir la pena de muerte en castigo de su atentado del 18 Brumario…».

 

De pronto hube de soltar el rollo; dos anillos de hierro se ajustaban a mis tobillos. Aterrorizado, sin aliento, me incliné y entreveí, a la luz vacilante de las llamas, dos horribles manos, peludas, destacándose en relieve sobre el cuero de mis botas.

—Hola, amiguito. Os pescaron esta vez, ¿eh…? —⁠gritó una voz de trueno.