El castillo de los carpatos
Stilla
¡Muerta!… ¡Muerta!…
¡Sí! La Stilla está muerta… En su pecho se ha roto un vaso… ¡Su canto se ha extinguido con su último suspito!
El conde fue trasladad o a su hotel en tal estado, que se temía por su razón.
No pudo asistir a los funerales de la Stilla, que fueron hechos en medio de un inmenso concurso de la población nápolitana.
El cuerpo de la cantante fue inhumado en el Campo Santo Nuovo. Sobre el mármol de su tumba se lee este nombre:
STILLA
La noche de los funerales, un hombre fue al Campo Santo Nuovo; allí, con los ojos extraviados, la cabeza enmarañada, los labios apretados como si estuvieran sellados por la muerte, permaneció contemplando la tumba de la Stilla. Parecía como si prestase atención, imaginando que la voz de la Stilla iba a resonar por última vez desde el fondo de la tumba…
Aquel hombre era Rodolfo de Gortz.
En la misma noche, el barón de Gortz, acompañado de Orfanik, salió de Nápoles, y nadie volvió a saber de él.
Al siguiente dia llegó una carta, dirigida al conde de Télek. Aquella carta no contenía más que estas palabras, de un laconismo amenazador:
«Vos la habéis matado. ¡Desgraciado de vos, conde de Télek!
–RODOLFO DE GORTZ.»
CAPÍTULO III
Tal había sido aquella lamentable historia.
Durante un mes estuvo en gran peligro la vida de Franz de Télek. A nadie reconocía, ni aun a su fiel Rotzko. En los momentos de alta fiebre, sólo un nombre murmuraban sus labios, prestos a rendir el último aliento: Stilla. El joven logró por fin escapar a la cercana muerte. La pericia médica, los incesantes cuidados de Rotzko, y sobre todo su juventud y fuerte naturaleza, triunfaron, y Franz se salvó, quedando su razón incólume de aquel violento choque. Cuando pudo coordinar sus recuerdos, cuando volvió a su memoria la trágica escena del Orlando, en que la artista exhaló su alma, exclamó:
–¡Stilla, Stilla mía! En tanto que sus manos se tendían instintivamente a aplaudir.
Así que el joven pudo abandonar el lecho, Rotzko obtuvo de él la formal promesa de que abandonarían la funesta ciudad y se trasladaríán a su castillo de Krajowa. Quiso el conde, antes de partir de Nápoles, ir a orar sobre la tumba de la muerta y darla su último, su eterno adiós.
Rotzko le acompañó al Campo Santo Nuovo. Allí se arrojó el joven sobre aquella tierra despiadada…; quería cavar con sus uñas su propia tumba…
Pudo Rotzko arrancarle de allí, de aquella sepultura donde dejaba áu vida, su dicha toda.
Algunos días después, Franz de Télek, de vuelta en. Krajowa, en Valaquia, de nuevo se encontró en su castillo patrimonial, en donde durante cinco años vivió en el más completo aislamiento, sin querer salir de él. Ni la
distancia pudieron dulcificar su pena. No podía olvidarlo. El recuerdo de Stilla, tan vivo como el primer día, se hallaba ligado a su existencia cual incurable herida.
Sin embargo, ya en la época en que comienza esta historia, el joven conde de Télek había dejado el castillo algunas semanas antes. ¡Cuántos ruegos y súplicas costó a Rotzko el decidir a su señor a que dejase la soledad en que íbasa consumiendo! Que el conde no llegase a consolarse, sea; pero, por lo menos, era preciso que tratase de mitigar su dolor.
Dispusieron un viaje que había de empezar visitando la Transilvania.
Rotzko esperaba que más tarde el joven consentiría en continuar su viaje por Europa, tan tristemente interrumpido en Nápoles.
Franz de Télek partió, pues, como un turista, y solamente para una breve excursión. Ambos habían subido a las llanuras de Valaquia y habían llegado hasta la imponente cordillera de los Cárpatos; se internaron después por los desfiladeros del Vulcano; subieron al Retyezat, hicieron una expedición al valle de Meros y fueron a hacer alto a Werst, a la posada del Rey Matías.
Ya se ha dicho cuál era el estado de los ánimos en el momento en que Franz de Télek llegó, y como fue puesto al corriente de los incomprensibles sucesos acaecidos en el castillo. Se sabe también cómo el joven tuvo noticia de que el castillo pertenecía al barón Rodolfo de Gortz.
El efecto producido en el joven por aquel nombre no pudo pasar inadvertido para el señor Koltz y sus compañeros.
Rotzko hubiera de muy buena gana enviado al diablo al señor Koltz, que tan inoportunamente le pronunció, y a todas sus estúpidas historias. ¿Qué malandanza había llevado a Franz de Télek precisamente a Werst, junto al castillo de los Cárpatos?
El conde permaneció silencioso. Su mirada inquieta indicaba claramente la turbación de su alma, turbación que en vano trataba de calmar.
El Sr. Koltz y sus amigos comprendieron que algún lazo rnisterioso unía al conde de Télek y al barón de Gortz; pero por grande que fuese su curiosidad, mantuviéronse en prudente reserva y no insistieron sobre el particular. Más tarde se vería lo que había que hacer.
Poco después, todos abandonaron la posada, muy preocupados por aquel extraordinario encadenamiento de aventuras, que nada bueno presagiaba para la aldea.
Y bien: ahora que el joven conde sabía a quién pertenecía el castillo de los Cárpatos, ¿cumpliría su promesa? Una vez en Karlsburg, ¿prevendría a las autoridades y reclamaría su intervención? He aquí lo que se preguntaban el biró, el maestro, el doctor Patak y los demás. En todo caso, y si el conde no lo hacía, el señor Koltz estaba decidido a hacerlo. Advertida la Policía, vendría a visitar el castillo, y vería si se hallaba habitado por espíritus o por malhechores. El pueblo no podía continuar más tiempo bajo semejante temor. No obstante, en opinión de la mayoría, la tal medida resultaría inútil e ineficaz. ¿Qué batalla iba a ser aquella contra los espíritus? Los sables de los gendarmes saltarían cual si fuesen de vidrio, y sus fusiles errarían todos los disparos.
En tanto, Franz de Télek, solo en el establecimiento del Rey Matías, se abandonaba a los dolorosos recuerdos que el nombre del barón de Gortz evocaba en su espíritu.
Al cabo de una hora, pensando en estas cavilaciones, levantóse de su asiento, y saliendo de la sala se dirigió al extremo del terraplén y miró a lo lejos. Allá en la cuneta del Plesa y sobre la llanura de Orgall, alzábase el castillo de los Cárpatos. Allí era donde había vivido el extraño espectador del teatro de San Carlos, el hombre que de tal modo atemorizaba a la desgraciada Stilla. Mas a la sazón el castillo estaba desierto, Y el barón no había vuelto allí desde su marcha a Nápoles. Nada se sabía de lo que le hubiese acontecido, y era probable que, muerta la gran artista, el barón hubiera puesto fin a su existencia. Franz extraviaba su pensamiento por el campo de las hipótesis, no sabiendo cuál aceptar. Por otra parte, la aventura del guardabosque Nic Deck no dejaba de preocuparle en cierto modo, y
hubiérale complacido descubrir aquel misterio, aunque no fuese más que para tranquilizar a la población de Werst.
Como el joven no dudaba que se habían refugiado en el castillo malhechores, decidió cumplir su promesa de sorprender los planes de aquellos falsos aparecidos, dando parte a la policía de Karlsburg.
Sin embargo, antes de poner en práctica su idea, quiso Franz tener detalles más circunstanciados sobre el particular, y a este fin, lo más conveniente era dirigirse al propio guardabosque; razón por la cual, antes de volver a la posada, y a eso de las tres de la tarde, se presentó en casa del biró Koltz.
Mostróse éste muy honrado con la visita de un caballero de las prendas del conde de Télek… descendiente de noble familia rumana, al cual debería el pueblo haber recobrado la calma y su prosperidad, puesto que los turistas volverían a visitar el país, con lo que subirían los derechos de peaje, sin tener nada que temer de los genios maléficos del castillo de los Cárpatos, etc., etc.
Mucho agradeció Franz de Télek los cumplidos del biró, y le preguntó si había algún inconveniente en ser introducido en el cuarto de Nic Deck.
–Ninguno, señor conde, respondió el biró. El valiente, Nic mejora considerablemente, y no tardará en volver a su oficio.
Y añadió, dirigiéndose a su hija que acababa de entrar en la sala:
–¿No es verdad, Miriota?
–Dios haga que así sea, padre, respondió Miriota con voz conmo vida.
Franz quedó encantado del afectuoso saludo que le hizo la joven, y viéndola todavía inquieta por el estado de su prometido, se apresuró a pedirle algunas explicaciones con este motivo.
–Según tengo entendido, dijo, no ha sido grave la dolencia de Nic.
–No, señor conde. ¡Y que el cielo sea bendito!
–¿Tenéis en Werst buen médico?
–¡Hum!… dijo el señor Koltz un tono poco favorable para el antiguo enfermero del lazareto.
–Tenemos al doctor Patak, respondió Miriota.
–¿El que acompañó a Nic al castillo de los Cárpatos?
–Sí, señor conde.
–Señorita Miriota, dijo entonces Franz. En interés suyo, desearía ver vuestro novio y obtener algunos detalles más precisos acerca de su aventura.
–Se apresurará a dároslos, aunque aún está algo fatigado.
–¡Ah! Yo no abusaré, señorita Miriota; no haré nada que pueda perjudicar a Nic.
–Lo sé, señor conde.
–¿Cuándo se efectuará vuestro matrimonio?
–Dentro de quince días, respondió el biró.
–Entonces tendré un gran placer en asistir, si el señor Koltz tiene a bien el invitarme.
–¡Señor conde, tal honor!…
–Dentro de quince días, convenido. Y estoy seguro que estará ya curado y que podrá dar un paseo con su linda prometida.
–Dios le proteja, señor conde, respondió Miriota ruborizándose.
Y en este momento su encantadora cara expresaba una ansiedad tan visible, que Franz le preguntó la causa.
–Sí, que Dios le proteja, respondió Miriota; pues al intentar penetrar en el castillo de los Cárpatos, a pesar de la prohibición, Nic ha irritado a los genios, y ¡quién sabe si éstos no le atormentarán toda la vida!
–¡Oh, señorita Miriota! Ya les meteremos en cintura, os lo prometo, respondió Franz.
–¿Y no sucederá nada a mi pobre Nic?
–Nada; y gracias a los agentes de la policía, se podrá visitar el castillo dentro de algunos días, con tanta seguridad como la plaza de Werst.
El conde, juzgando inoportuno discutir la cuestión de lo sobrenatural delante de espíritus tan preocupados, rogó a Mirota le condujera al cuarto del guardabosque, lo que la joven se apresuró a hacer, dejando a Franz solo con su novio.
Nic Deck sabía ya la llegada de los dos viajeros a la posada del Rey Matías.
Estaba sentado en un viejo sillón muy ancho, y se levantó para recibir al visitante. Como apenas se resentía ya de la parálisís, que le había acometido, se encontraba en estado de responder a las preguntas de Télek,
–Señor Deck, dijo Franz después de haber estrechado amistosamente la mano del joven; ante todo os preguntaré si creeis en la presencia de seres maléficos en el castillo de los Cárpatos.
–Me veo obligado a creerlo, señor conde, respondió Nic.
–¿Y serían ellos los que os impidieron franquear la muralla del castillo?
–¡No lo dudo!
–Y por qué, ¿queréis decirlo?
–Porque si no había genios, no tiene explicación lo que me ha sucedido.
–¿Queréis hacerme la merced de contarme, sin omitir nada, lo que os sucedió en vuestra tentativa?
–Con mucho gusto, señor conde.
Y Nic Deck refirió detalladamente lo que se le pedía, con lo que confirmó los hechos que habían llegado a conocimiento de Franz en su conversación con los parroquianos del Rey Matías; hechos a los que el conde daba, como se sabe, una explicación puramente natural.
En suma: los sucesos de aquella noche de aventuras se explicaban fácilmente, si los seres humanos o maléficos que ocupaban el castillo poseían la máquina capaz de producir aquellos efectos fantásticos. Respecto a la singular pretensión del doctor Patak, de haberse sentido sujeto al suelo por una fuerza invisible, se podía sostener que el dicho doctor había sido juguete de una ilusión. Lo que parecía más verosímil, era que las piernas del doctor habían quedado paralizadas, porque él estaba loco de espanto; y esto fue lo que Franz dijo al guardabosque.
–¡Cómo, señor conde! respondió éste. En el momento mismo en que el doctor quería huir, ¿iban las piernas de este poltrón a negarse a andar?
Convendréis en que esto no es posible.
–Pues bien, replicó Franz; admitamos que sus pies estaban cogidos en algún lazo, que probablemente estaba oculto bajo la hierba, en el fondo del foso.
–Cuando los lazos se aprietan, respondió el guardabosque, hieren cruelmente; y si examináis las carnes y las piernas del doctor, no encontraréis señal de herida alguna.
–Vuestra observación es justa, Nic Deck, y sin embargo, creedme, si es verdad que el doctor no podía separarse del suelo, era que sus pies estaban sujetos por un lazo…
–Y yo os pegunto ahora, señor conde: ¿cómo este lazo pudo abrirse por sí mismo, para dejar en libertad al doctor?
Franz se vio muy apurado para responder.
–Además, señor conde, replicó el guardabosque, yo os concedo lo que queráis en lo que concierne al doctor Patak. Después de todo, nada puedo afirmar de lo que no sé por mí mismo.
–Sí; dejemos al valiente doctor, y hablemos de lo que os pasó,a vos, Nic Deck.
–Lo que me pasó es bien claro. No hay duda de que yo recibí una fuerte sacudida, y de una manera que no es natural.
–¿No hay en vuestro cuerpo ninguna señal de herida? preguntó Franz.
–Ninguna, señor conde. Y, sin embargo, fui atacado con una violencia formidable.
–¿Fue en el momento en que habíais puesto la mano sobre la bisagra del puente levadizo?
Sí, señor conde. Y apenas le había tocado, quedé como paralítico.
Afortunadamente mi mano no había soltado la cadena que tenía asida, y me deslicé hasta el fondo del foso, donde el doctor me encontró sin conocimiento.
Franz sacudió la cabeza, como hombre cuya incredulidad persistiese ante aquellas explicaciones.
–Veamos, señor conde, replicó Nic. Lo que yo os he contado no ha sido un
sueño; y si durante ocho días he permanecido extendido todo a lo largo sobre este lecho, sin poder hacer uso ni de brazos ni de piernas, no será razonable decir que me he imaginado todo esto.
–No lo pretendo, y es bien seguro que habéis recibido una conmoción brutal…
–¡Brutal y diabólica!
–¡No! En esto es en lo que diferimos, Níc Deck, respondió el conde. Creeis haber sido golpeado por un ser sobrenatural, y yo no lo creo, por la razón de que no hay seres sobrenaturales ni maléficos ni benéficos.
–Entonces, ¿queréis explicarine el por qué de lo que me ha sucedido?
–No puedo aún; pero estad seguro de que todo se explicará de la manera más sencilla.
–¡Dios lo quiera! respondió el guardabosque.
–Decidme, preguntó Franz: ¿ese castillo ha pertenecido siempre a la familia die Gortz?
–Sí, señor conde; y le pertenece aún, aunque el último descendiente, el barón Rodolfo, ha desaparecido, sin que jamás se haya podido tener noticias suyas.
–¿Y en qué época fue esta desaparición?
–Hará unos veinte años.
–¿Veinte años?
Sí, señor conde. Un día el barón Rodolfo abandonó el castillo, cuyo último servidor murió algunos meses después de su partida, y no ha vuelto.
–¿Y desde entonces nadie ha puesto los pies en el castillo?
–Nadie.
–¿Y qué se cree en el país?
–Se cree que el barón Rodolf ha debido morir en el extranjero poco tiempo después de su desaparición.
–Se engañan, Nic Deck, el barón vivía todavía, hace cinco años al menos.
–¿Vivía, señor conde?
–Sí; en Italia. En Nápoles.
–¿Le habéis visto?
–Le he visto.
–¿Y desde hace cinco años?.
–No he oído hablar de él.
El joven guardabosque quedó pensativo, acometido de una idea que dudaba en formular. Decidióse, al fin, y levantando la cabeza y, frunciendo el ceño, dijo:
–No es de suponer, señor conde, que el barón Rodolfo de Gortz haya vuelto al país con la intención de encerrarse en el castillo.,1
–No… no es de suponer, Nic Deck.
–¿,Qué interés hubiera tenido en ocultarse… en no dejar llegar a nadie hasta él?…
Ninguno, respondió Franz de Télek.
Y, sin embargo, era ésta una idea que comenzaba a tomar cuerpo en el, espíritu del conde. ¿No era posible que aquel personaje cuya existencia había siempre sido tan enigmática, hubiera ido a refugiarse en este castillo después de haber abandonado Nápoles? Allí, gracias a las supersticiones hábilmente preparadas, ¿no le habría sido fácil, si él quería vivir en el aislamiento, defenderse contra toda indagación importuna, dado que él conocía el estado de los espíritus de los países circunvecinos? De todos modos, Franz juzgó inútil lanzar a los de Werst sobre esta hipótesis.
Hubiera sido preciso hacer-les confidencias de hechos que le eran demasiado personales. No conseguiría, por otra parte, convencer a nadie; cosa que comprendió bien cuando, Nic Deck añadió:
–Si el barón Rodolfo es quien habita el castillo, preciso es creer que el barón es el Chort, pues sólo el Chort ha podido tratarme de esa manera.
Deseoso de no continuar sobre este terreno, Franz cambió el curso de la conversación. Después de haber empleado todos los medios a fin de tranquilizar al guardabosque sobre las consecuencias de su tentativa, obtuvo de él la promesa de que no la renovaría. No era éste asunto suyo, sino de las autoridades, y los agentes de la policía de Karlsburg sabrían descubrir el misterio del castillo de los Cárpatos. El conde despidióse entonces de Nic Deck, haciéndole la expresa recomendación de que se curara lo más pronto posible, a fin de no retardar su matrimonio con la linda Miriota, al que él prometía asistir.
Absorto en sus reflexiones, Franz regresó al Rey Matías, y no salió en el resto del día.
A las seis Jonás le sirvió la comida en el salón, por una loable reserva, ni el señor Koltz ni otro alguno del pueblo fue a turbar la soledad del conde.
Hacia las ocho, Rotzko le dijo a éste:
–¿No me necesitáis, señor?
–No Rotzko.
–Entonces me voy a fumar mi pipa al terraplén.
–Puedes ir.
Medio acostado en su sillón, Franz se absorbió de nuevo en sus pasadas reflexiones. Estaba en Nápoles, dilirante la última representación en el teatro de San Carlos. Volvió a ver al barón de Gortz en el momento en que por primera vez éste había aparecido asomando la cabeza por el palco y fijando sus miradas ardientes sobre la artista, cual si la hubiese querido fascinar. Después el pensamiento del conde fuese a aquella carta firmada por el extraño personaje que lo acusaba a él, a Franz, de haber matado a la Stilla…
Mientras se perdía en estos recuerdos, sentía Franz que el sueño le invadía poco a poco; pero se hallaba aún en ese estado en que se percibe el menor ruido, cuando se produjo un sorprendente fenómeno. Parecía como si una voz dulce y bien modulada dejárase oír en aquella sala en que Franz se hallaba absolutamente solo. Sin darse cuenta cabal de si aquello era sueño o realidad, se levanta y escucha.
¡Sí! Diríase que una boca se ha aproximado a su oído y que unos labios dejan escapar la armoniosa melodía de «Stéfano», inspirada en estas palabras:
Nel giardino d’mille fiori
Andiamo, mia cuore…
Franz conocia esta romanza de inefable suavidad; aquella romanza la cantó la Stilla en el conciento que dio en el teatro de San Carlos antes de su función de despedida. Inconscientemente fascinado, se habandonó Franz al encanto de oír aquella voz una vez mas…