El castillo de los carpatos

Julio Verne · Capítulo 4 de 19

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El castillo de los carpatos

Capítulo IV

se referían al castillo. Tomaba esto a broma y a risa; y cuando oia decir que nadie se había aventurado, desde tiempo inmemorial, a acercarse al castillo, decía:

–No habrá quien me desafíe a hacer una visita a ese caserón.

Y como nadie le desafiaba, ni pensaba en ello, el doctor Patak no llegó a ir; y como la credulidad seguía en aumento, el castillo continuaba siempre envuelto en impenetrable misterio.

CAPÍTULO IV

Bastaron pocos instantes para que la noticia dada por el pastor Frik se extendiese por el pueblo. El Sr. Koltz, cargado con el precioso anteojo acababa de entrar en su casa, seguido de Nic Deck y Miriota; en el terraplén quedábase Frik entre un grupo de gente de pueblo, al que se unió otro de tsiganes, que no eran los que se mostraban menos emocionados.

Todos rodeaban a Frik apremiándole a preguntas, y el pastor respondía con esa soberbia importancia de un hombre que acaba de ver una cosa extraordinaria.

–Sí, repetía, el castillo humeaba… Todavía humea, y humeará mientras esté piedra sobre piedra.

–¿Y quién ha podido encender ese fuego? preguntó una vieja con las manos juntas.

–¡El Chort! respondió Frik, dando al diablo el nombre que se le daba en el país. He aquí un malo que se entretiene en prender fuego y no en apagarle.

Y cada uno trató de ver el humo sobre la punta del torreón, y la mayor parte afirmó que la distinguía perfectamente, aunque a aquella distancia era por completo invisible.

¡Imposible fuera imaginar el efecto que produjo aquel singular fenómeno!

Es necesario insistir sobre este punto. Colóquese el lector en una disposición de ánimo igual a la de las gentes de Werst, y no se asombrará de los hechos que van a ser referidos. No le pido que crea en lo sobrenatural, sino únicamente que se ponga en el caso de aquella población, Y dé fe a este relato. A la desconfianza que inspiraba el castillo de los Cárpatos, que todo el mundo creía inhabitado, iba a unirse ahora el espanto, pues, que parecía, estar habitado… y ¡por qué seres, Dios mío!

Existía en WeTst un lugar de reunión, frecuentado por bebedores y aun por otros que, sin beber, gustaban de ir allí para hablar de sus negocios después del trabajo. Estos últimos en número reducido, como se comprende. Dicho establecimiento público era la principal, o por mejor decir, la única posada del pueblo.

¿Quién era el propietario? Un judío llamado Jonás, hombre de unos sesenta años, de fisonomía atractiva, pero de marcado tipo semítico, con sus ojos negros, su curva nariz, su labio alargado, sus cabellos lisos y su tradicional perilla. Obsequioso y amable, prestaba de buen grado pequeñas cantidades a unos y otros, sin mostrarse muy exigente en garantías ni muy usurario, porque estaba seguro de ser reembolsado del préstamo en la época del vencimiento. ¡Pluguiese al cielo que los judíos establecidos en Transilvania fueran tan acomodaticios como el posadero de Werst!

Desgraciadamente, el buen jonás era una excepción.

Sus correligionarios y colegas, que son todos tenderos, vendiendo bebidas y artículos de comestibles, practican el oficio de prestamistas con usura inquietante para el porvenir del aldeano rumano. Hemos de ver cómo la propiedad del suelo pasa poco a poco, de la raza indígena, a la raza extranjera. No satisfechas las deudas los judíos llegarán a hacerse dueño de las hermosas tierras hipotecadas; y si la tierra prometida no existe ya en

Israel, acaso figure algún día en los mapas de Transilvania.

La posada del Rey Matías, así se titulaba, estaba situada en uno de los ángulos del terraplén, en la calle Mayor de Werst, y en la esquina opuesta:a la casa del biró. Era una casa vieja, mitad de madera, mitad de piedra, muy remendada por algunos sitios, pero muy adornada de verdura y de atractiva apariencia.

Constaba de planta baja únicamente, con puerta vidriera que daba sobre el terraplén. En el interior, y en primer término, había una sala grande, llena de mesas y de taburetes, con un aparador de encina carcomida, donde resplandecían los platos, los jarros y los frascos, y un mostrador de ennegrecida madera, tras del cual estaba en pie Jonás, al servicio de la clientela.

He aquí cómo aquella sala recibía la luz. Tenía dos ventanas en la fachada sobre el terraplén, y otras dos en la pared del fondo. De las dos primeras, una estaba velada completammte por una espesa cortina de plantas trepadoras o colgantes: estaba condenada, y apenas dejaba pasar un poco de claridad. La otra permitía extender la mirada sobre todo el valle interior del Vulcano.

Debajo corrían las aguas tumultuosas del torrente de Nyad; por un lado descendía el torrente por el desfiladero, engrosado en las alturas de la meseta de Orgall, coronada por los muros del castillo: mientras que por el otro, siempre crecido por los arroyos de la montaña, aun durante el estío, descendía engrosando hacia el Sil valaco, que lo absorbía en su curso.

A 1a derecha, y contiguos a la sala, media docena de cuartitos bastaban para alojar a los pocos viajeros que antes de traspasar la frontera deseaban decansar en el Rey Matías.

Se les dispensaba buena acogida, a precios modicos, por un posadero atento y servicial, siempre provisto de buen tabaco, que iba a buscar a los mejores

«trafiks» de las cercanías. Jonás, por su parte, ocupaba un estrecho camaranchón, cuya ventana daba sobre el terraplén.

En esta posada hubo reunión de los notables de Werst la noche del 25 de mayo. Entre otros estaban el Sr. Koltz, el maestro Hermod, el guardabosque Nir, Dock, una docena de los principales de la aldea, y el pastor Frik, que no era el meenos importante. Faltaba el doctor Patak, cuyos auxilios médicos habían sido solicitados a toda prisa por uno de sus antiguos clientes, que sólo al doctor esperaba para pasar al otro mundo. El doctor había prometido asistir a la reunión cuando ya no fueran necesarios sus cuidados al difumo.

En tanto que llegaba el ex-enfermero, se hablaba del grave suceso del día; mas no se hablaba sin comer y beber. Jonás ofrecía a unos de sus parroquianos la crema de maíz conocida con el nombre mamaliga, no del todo desagradable si está bien empapada en leche fresca. A otros les ofrecía copitas de licores fuertes, que corren como agua pura por los gaznates rumanos, alcohol de schnaps, cuyo vaso cuesta medio sueldo, y más particularmente el rakiu, aguardiente fortísimo de ciruelas, cuyo consumo es considera-ble en la región de los Cárpatos.

Conviene advertir que en 1a posada había la costumbre de que Jonás no servía mas que al plato, es decir, a las personas en la mesa, porque había observado que los parroquianos sentados consumen más que los que lo hacen en pie.

Aquella noche el negocio prometía ser bueno, puesto que los concurrentes se disputaban todos los asientos. Jonás iba de mesa en mesa con la botella en la mano, llenando los vasos, vaciados al momento. Eran las ocho y media: desde el anochecer estaban perorando; sin llegar a entenderse sobre lo que convenía hacer, dadas las circunstancias. Solamente en un punto estaban acordes, y era en que, de estar habitado por desconocidos el castillo de los Cárpatos, vendría esto a ser tan peligroso para Werst, como un polvorín a la entrada de la ciudad.

–Es muy grave, dijo el señor Koltz.

–Muy grave, repitió el -maestro entre dos fumadas de su inseparable pipa.

–¡Muy grave! dijeron los demás.

–Lo que no es dudoso, añadió Jonás, es que la mala reputación del castillo causaba ya gran pesadumbte en el país…

–¡Y ahora será otra cosa! exclamó el maestro.

–Aquí casi nunca vienen extranjeros, añadió el juez con un suspiro.

–Y ahora vendrán menos, dijo Jonás uNicndo su suspiro al del biró.

–Muchos habitantes piensan marcharse, dijo uno de los bebedores.

–Yo el primero, dijo un aldeano de las cercanías. Así que venda las viñas me voy…

–¡Pues no sé cómo encontraréis comprador, abuelo! repuso el posadero.

Se ve, pues, cuál era el tema de la conversación de aquemos dignos notables. Al terror que cada uno de ellos sentía ante el suceso, había que añadir el sentimiento de sus intereses lesionados. Sin viajeros, ¿qué iba a hacer Jonás en su posada? Sin viajeros, el juez Koltz, ¿cómo cobrarse el peaje, cuya cifra iba bajando gradualmente? Sin adquirientes para las tierras del Vulcano, los propietarios no podrían venderlas ni a vil precio. Y tal situación, que ya venía de tiempo atrás, amenazaba agravarse aún.

–En efecto: si esto había sucedído cuando los espíritus del castillo se mantenían a la expectativa y en reserva, sin ser vistos por nadie, ¿qué sería ahora, que manifestaban su presencia con actos ostensibles?

El pastor Frik aventuró con voz vacilante:

–Acaso habría que…

–¿Qué? preguntó el juez Kaliz.

–Ir a ver, mi amo…

Todos se miraron; después bajaron -los ojos, y nadie respondió.

Entonces Jonás, dirigiéndose al señor Koltz, tomó la palabra, y con voz más firme dijo:

–Vuestro pastor acaba de indicar el único medio posible.

–¡Ir al castillo…!

–Sí, amigos míos, respondió el posadero. Si sale humo de 1a chiminea del torreón, es que allí hay fuego, y si hay fuego; es que alguna mano lo ha encendido…

–¡Una mano!… ¡Una garra! replicó el vieio aldeano sacudiendo la cabeza.

–Mano o garra, dijo el posadero, poco importa. Lo que hay que saber es lo que esto significa. Desde que el barón Rodolfo de Gortz abandonó el castillo, es le primera vez que ha salido humo de las chimeneas.

–Podría ser, sin embargo, que hubiese habido humo sin que nadie lo advirtiera, hizo observar el juez.

–Eso no es admisible, replicó vivamente el maestro.

–Por el contrario, es muy admisible, respondió el biró, puesto que no teníamos anteojo para observar lo que pasaba en el castillo.

La observación era atinada. Podía haberse producido mucho tiempo antes aquel fenómeno, sin ser notado ni aun por el pastor Frik, a pesar de su buena vista.

Como quiera que fuese, que dicho fenómeno fuera reciente o no, era indudable que en el castillo de los Cárpatos había actualmente seres humanos; como también lo de aquel hecho constituía una vecindad

peligrosa en extremo para los habitantes de Vulcano y de Werst.

El maestro Hermod hizo entonces esta observación, en apoyo de sus creencias:

–¡Seres humanos! Permitidme que no lo crea, amigos míos; porque ¿cómo habían de haber pensado en refugiarse en el castillo, y con qué intención y de qué manera habrían llegado?

–¿Qué queréis, pues, que sean? exclamó Kcdtz.

–¡Seres sobrenaturales! exclamó -el maestro con imponente voz. ¿Por qué no han de ser espíritus, fantasmas, duendes? Acaso algunos de esos peligrosos monstruos que se presentan bajo la forma de hermesas mujeres…

Y mientras el maestro iba haciendo esta enumeración, todas las miradas se fijaban en la puerta, en las ventanas, en la chimenea de la sala de la posada del Rey Matías, y cada uno se preguntaba si acaso iba a ver aparecer alguno de aquellos fantasmas que el maestro había evocado.

–Sin embargo, amigos, observó Jonás, si esos seres son espíritus, no me explico para qué han encendido fuego; porque ¿qué van a guisar?

–¿Y sus sortilegios? respondió el pastor. ¿Olvidáis que el fuego es necesario para ellos?

–Evidentemente, añadió el maestro, con un tono que no admitía réplica.

Aquella idea fue aceptada sin oposición. Era opinión unánime que no humanos, sino espíritus, habían elegido el castillo de los Cárpatos para teatro de sus operaciones.

Hasta aquí Nic Deck no había tomado parte en la conversación. El guardabosque se limitaba a escuchar atentamente lo que unos y otros decían. El vicio castillo feudal, con sus misteriosos muros, le había siempre

inspirado tanta curiosidad como respeto. Y como era hombre valiente, por más que muy crédulo, como buen habitante de Werst más de una vez había manifestdo deseos de franquear la antigua muralla.

Ya se comprenderá que Miriota habíale hecho desistir de tan aventurado proyecto. Si él hubiese sido libre, pudiera haber satisfecho su deseo; pero un novio no se portenece, y aventurarse en tales hazañas, hubiese sido obra de un loco, no de un enamorado.

Sin embargo, no obstante sus súplicas, Miriota temía siempre que el guardabosque pusiera en elecución su proyecto. La tranquilizaba el saber que Nic Deck no había declarado formalmente que iría al castillo; porque de haberlo declarado, nadie tendría bastante imperio sobre él, ni aun ella. Y

lo sabía muy bien: Nic era un mozo resuelto que jamas volvía sobre su palabra: cosa dicha, cosa hecha. Así, pues, Míriota hubiera estado en brasas de sospechar las ideas que en aquel momento cruzaban por la mente del joven.

Nic Deck guardó silencio, y nadie aceptó la proposición del pastor. ¡Ir al castillo de los Cárpatos estando habitado! ¿Quién se atrevería a ello, a menos de haber perdido el juicio? Así que cada uno iba dando las mejores razones para excusarse. El biró no estaba ya en edad de arriesgarse en tamañas aventuras; el maestro tenía su obligación en la escuela; Jonás no podía dejar la posada; Frik no podía abandonar sus rebaños, y los otros aldeanos estaban ocupados en sus faenas agrícolas. No. ¡Nadie consentiría en sacrificarse, diciendo todos para su coleto: «El que tenga la audacia de ir al castillo, podrá ser que no vuelva»!

En aquel instante, y con gran espanto de todos, se abrió bruscamente la puerta de la posada. Era el señor Patak, y difícil hubiera sido, en verdad, tomarle por uno de aquellos espíritus fantásticos de los que el Sr. Hermod había hablado.

Habiendo muerto su oliente, lo cual hacía honor a su perspicacia médica, ya que no a su talento, el doctor se había apresurado a acudir a la reunión de la posada.

–¡Aquí está, por fin! exclamó el señor Koltz -al verle.

El Sr. Patak distribuyó apretones de manos a todo el mundo, como si hubiese distribuido drogas, y con tono un sí es o no es irónico, exclamó:

–¡Hola, – amigos! ¿Estáis hablando del castillo, de ese castillo del diablo?

¡Ah, holgazanes! Si el castillo quiere fumar, dejadle que fume. ¿Acaso nuestro sabio Hermod no está fumando todo el día? El país está consternado. En mis visitas no he oído hablar de otra cosa. Los que han vuelto han encendido fuego allá abajo. Estarán constipados… Hará mucho frío en el mes de mayo en las cámaras del torreón. Como no sea que estén cociendo pan para el otro mundo, lo cual puede ser verdad, para el caso en que se resucite. Todo eso significa que los panaderos del cielo han venido a hacer una hornada.

Y de esta suerte estuvo diciéndoles cuchufletas, indudablemente muy poco del gusto de las gentes de Werst, y que el doctor Patak decía con increíble jactancia. Nada le contestaron. Solamente el biró le preguntó:

–¿De manera doctor, que no concedéis importancia alguna a lo que pasa en el castillo?

–Ninguna, señor Koltz.

–¿No habíais dicho que estábais dispuesto a ir allí, si se os desafiaba?

–¡Yo! respondió el antiguo enfermero, no sin disgusto de que se le recordasen sus palabras.

–Vamos, ¿no lo habéis dicho mil veces? insistió el maestro.

–Sí que lo he dicho. ¿Se trata de que lo repita?

–Se trata de hacerlo, dijo Hermod.

–¿Hacerlo?

–Sí. Y ya no es desafiaras, sino rogáros, añadió el señor Koltz.

–Ya comprendéis, amigos… Ciertamente… Esa proposición…

Entonces dijo el posadero:

–Bien, puesto que vaciláis, no os lo rogamos; os desafiamos a que lo hagáis.

–¿Me desafiáis?

–Sí, doctor.

–Jonás, vais demasiado lejos, repuso el biró. No es preciso desafiar a Patak.

Sabemos que es hombre de palabra y que cumple lo que dice, aunque no sea más que por prestar este servicio al pueblo y a todo el país.

–¡Cómo! ¿Pero es en serio? ¿Queréis que vaya al castillo de los Cárpatos?

repuso el doctor, cuya faz rubicunda se había tornado -pálida.

–No podéis excusaros, respondió categóricamente Koltz.

–Yo os suplico, amigos, os suplico que razonemos, si queréis.

–Todo está razonado respondió Jonás.

–Pero no seamos locos. ¿Qué voy a conseguir con ir allí? ¿Qué voy a encontrar? Alguna buena gente que se ha refugiado en el castillo, y que a nadie incomodo.

–Pues bien, replicó el maestro de escuela; si son buenas gentes, nada tenéis que temer, y así tendréis ocasión de ofrecerles vuestros servicios.

–Si tuviesen necesidad de ellos, si me llamasen, yo no vacilaría en ir al castillo; pero yo no visito gratis.

–Se os pagará vuestra molestia a tanto la hora, dijo el juez.

–¿Y quién me la pagará?

–Yo… Todos. Al precio que queráis, respondió la mayor parte de los parroquianos de Jonás.

Evidentemente, y a despecho, de sus constantes fanfarronadas, el doctor era tan supersticioso como cualquiera otro de sus paisanos de Werst; pero ya una vez puesto en cierta disposición de ánimo y después de haberse mofado de las leyendas del país, encontrábase muy comprometido ante el servicio que de él se esperaba; era una situación difícil. Y, sin embargo, aunque fuese al castillo y le remunerasen la molestia, aquello no podía convenirle de modo alguno. Procuró sacar partido de este argumento: que su visita no tendría resultado, que el pueblo se cubriría de ridículo delegándole a él para explorar el castillo.

Sus argumentos promovieron más discusión.

–Me parece, repuso el maestro, que supuesto que no creéis en los espíritus, nada arriesgáisen la visita.

–¡Yo qué he de creer en eso!

Ahora bien; si son seres de carne y hueso que han vuelto al castillo y se han instalado en él, hacéis conocimiento con ellos.

El razonamiento del maestro no carecía de lógica, y era difícil de refutar.

–Conforme, Hermod, replicó el doctor; pero pudiera verme retenido en el castilllo…

–Señal de que seríais bien recibido, añadió Jonás.

–Es claro; pero ¿y si mi ausencia se prolongase y alguno me necesitara en el

pueblo?

–No; todos marchamos a las mil maravillas, repuso Koltz; no hay un enfermo en Werst desde que vuestro último cliente tomó el pasaporte para el otro mundo.

–Vamos, con franqueza, ¿os decidís a ir? preguntó el posadero.

–Vaya…, no. ¡Oh, y no es por miedo! Ya sabéis que yo no creo en brujerías.

La verdad, eso me parece absurdo, y, lo repito, ridículo. ¿Que ha salido humo del torreón? ¿Y qué? ¿Y si no es semejante humo? Decididamente no voy al castillo de los Cárpatos; no.

–Yo iré.

El que pronunció estas dos palabras era Nic Deck, el guardabosque que hasta entonces no había tomado parte de la conversación.

–¿Tú, Nic? exclamó el juez.

–Yo; pero a condición de que Patak me acompañe.

Al oír esto, el doctor dio un salto para salir de aquel atolladero.

–¿Acompañarte yo? replicó. ¡Vaya un paseo delicioso que nos íbamos a dar! Y, por fin, si eso tuviera utilidad, podría uno aventurarse… Pero tú sabes muy bien, Nic, que no hay camino para poder ir al castillo. No podríamos llegar…

–He dicho que voy al castillo, repuso Nic, y allí iré.

–¡Sí, pero yo no lo he dicho! gritó el doctor agitándose como si estuvieran apretándole el cuello.

–¡Sí lo habéis dicho! replicó Jonás.

–¡Sí, sí! repitieron todos unánimes.

Él antiguo enfermero no sabía cómo escaparse de unos y de otros. ¡Ah, cuánto le pesaba habérselas echado de fanfarrón! Nunca creyó que aquello se tomase tan en serio. ni que le pusieran en tan duro trance. Y no tenía medio de excusarse, a menos que afrontase el ser objeto de burla en toda el pueblo. Decidió, pues, hacer de tripas corazón, como suele decirse.

–Bueno… puesto que así lo queréis, dijo, acompañaré a Nic Deck, por más que sea inútil.

–¡Bien, doctor, bien! exclamaron todos los parroquianos del Rey Matías.

–¿Y cuándo nos vamos? preguntó Patak, afectando cierta indiferencia que encubría mal su situación de ánimo.

–Mañana por la mañana, respondió Nic Deck.

Un prolongado silencio siguió a esas palabras. Esto indicaba cuán grande era la emoción de Koltz y compañeros. Los vasos y los jarros estaban vacíos y, sin embargo, aunque era tarde, nadie se levantaba ni pensaba en marchar en busca del hogar.

Entretanto pensaba Jonás que era buena ocasión para servir otra ronda schnaps y de rakiu…

De pronto dejóse oír en medio del silencio general una voz muy clara, que decía lentamente:

Nicolás Deck, no vayas mañana al castillo. ¡No vayas… o te pasará una desgracia!

¿Quién se había expresado de esta suerte? ¿¡De dónde salía aquella voz desconocida, que parecía surgír de una boca invisible?… Aquella voz era la de un aparecido, una voz sobrenatural, una voz de ultratúmba…